Mi amiga de la oficina - completa (03)
María vuelve a la oficina con el rostro encendido y el escote abierto; no es casualidad. Cuando él se atreve a tocarla, ella lo rechaza con furia, pero sus ojos delatan que solo quería que lo intentara con más cuidado.
Decidí huir hacia nuestra sala de trabajo, pero no me dio tiempo. María miró hacia dentro y me descubrió. A toda prisa tiró el cigarro y lo pisó. Luego empujó la puerta de entrada y llegó hasta mí a grandes zancadas. Finalmente, me cogió del brazo y tiró de mí, como azorada. Su rostro se hallaba pintado de color grana como un tomate.
—Tranquila, María —quise calmarla—. Si quieres estar un rato más fumando, no pasa nada. Total, ya casi estamos terminando.
—No importa —dijo ella a toda prisa—. Vamos para arriba, es mejor que sigamos.
Me dejó sorprendido su premura, cuando antes había estado holgazaneando unos veinte minutos sin al parecer preocuparse.
*
Instantes más tarde ambos mirábamos al gran monitor, al que habíamos conectado mi PC para repasar la vista general de los planos.
En este caso, la postura de María era más parecida a la que solía mantener cuando trabajábamos en mi escritorio. Su pelo rozaba mi cara, su muslo derecho estaba pegado al mío y sentía su respiración en la mejilla.
Me estaba costando concentrarme. Mi entrepierna se había erguido hasta media asta por lo menos, y mi estómago hormigueaba cuando ella levantaba un brazo y me rozaba con su pecho más próximo. Por si esto fuera poco, el tercer botón de la blusa se le había desabrochado como «por casualidad» y divisaba por el escote una de sus tetas al completo y la otra a la mitad, aunque cubiertas por el sujetador.
«¿Me está provocando?», me pregunté.
La duda se me despejó cuando, con un gesto femenino de cabeza, se echó la melena hacia un lado y su largo cuello quedó descubierto a centímetros de mis labios.
Intenté contenerme, os lo juro. Pero fue solo un segundo, al instante siguiente deposité mis labios sobre la piel que a todas luces me reclamaba. María dio un suspiro y un gritito de queja.
—¡Jose… por dios…!
Se había movido hacia atrás con la silla, pero seguía muy cerca de mí. No parecía querer huir, sino parecerlo.
Me moví con la silla de ruedines y me situé a un costado de ella. Teníamos las cabezas a menos de diez centímetros. Había vuelto la cara hacia mí y su aliento agitado lo sentía en mi boca. Olía a tabaco, como era de esperar, pero ahora ese olor me supo a gloria.
—María… —casi gemí yo, observando el rubor de sus mejillas que multiplicaban por diez su belleza—. Joder, qué guapa estás hoy…
—¿De… veras…? —su garganta me mostró como tragaba saliva.
—Te lo juro…
—Lo dices para quedar bien… —suspiró, casi un jadeo.
Y cerró los ojos. Ese gesto me anunció lo que esperaba, porque todas las chicas con las que he estado cierran los ojos cuando quieren que las beses.
No me hice esperar, me acerqué despacio hacia su boca y mi lengua entró en ella con cautela pero sin ningún impedimento por su parte.
Podéis imaginaros la escena: los dos sentados en una silla rostro contra rostro; mis rodillas chocando con uno de sus muslos; nuestras bocas enzarzadas en un morreo húmedo; sus manos crispadas sobre mis brazos y mis manos crispadas sobre sus tetas.
—Au… —suspiró bajito—. No aprietes tanto, me haces daño.
—Perdona… —repliqué y solté las garras, volviendo a cerrarlas al instante.
Mientras la besaba pensaba en cómo habíamos llegado a esto. Recordé que cuando se había bajado a fumar iba tan normal, pero que al volver venía super colorada y como encendida. No me cabía duda, el tal Ramón la había calentado y yo estaba aprovechando el fuego que la consumía.
No sabía lo equivocado que estaba.
Mientras nuestras lenguas entrechocaban dejando sonidos húmedos en el ambiente, me temí que el trabajo se iba a retrasar un poco, pero en ese momento me importaba una mierda si se atrasaba una puñetera semana.
*
Estuvimos morreando un tiempo indeterminado. Mis manos se habían movido en ese intervalo. La izquierda la había depositado en su cuello, bajo el pelo, y empujaba su boca contra la mía. Y la derecha, entraba por debajo de su falda, acariciando sus muslos y trepando hacia arriba en busca del premio especial.
Las piernas de María se hallaban cerradas a cal y canto, pero mi mano luchaba por separarlas. Tras unos segundos de guerrilla, sus muslos se distanciaron pocos centímetros y mis dedos codiciosos tocaron la tela de sus bragas.
—Espera, Jose… para… —pedía ella.
—Ahora paro… ahora… solo un poco más… —prometía yo.
—Jose, no… joder… no…
—Sí… por dios… sí…
Y entonces la escena se precipitó. María empujó su silla hacia atrás haciendo palanca con sus pies sobre la moqueta y se alejó de mí. Acto seguido se levantó y huyó hacia el ventanal de la sala.
Durante unos instantes se quedó mirando a la calle de pie y con los brazos cruzados. Me daba la espalda a propósito. Me sentí fatal, sabía que me había pasado. Tocaba pedir perdón, pero no me salían las palabras.
—Te has pasado… —corroboró mi suposición con sus primeras palabras tras el paréntesis de silencio.
—Lo… siento… perdona… te juro que no…
—No jures, cochino… todos los tíos sois iguales…
Yo buscaba las palabras adecuadas. Aquel desliz podía costarme un disgusto de los grandes, tal vez el mismo trabajo.
—No, María… lo siento de verdad… yo no quería…
Entonces se volvió de golpe.
—Y una mierda no querías… —dijo de malas pulgas, pero sin gritar. Su tono comedido lo recibí con alivio, aunque sus palabras me dejaron helado—. Tú me quieres follar como cualquier tío… Y te has creído que aquí solos los dos era un momento de puta madre…
—Joder, de verdad que no…
—A ver —me retó—. Mírame a los ojos y dime que no te apetece follarme.
Joder, pensé, ¿a qué coño juega?
—Bueno… eso… jurártelo no puedo… —preferí confesar, aunque decidí proseguir en plan femenino, es decir: con un «sí es no»—. A ver María… una cosa es que tú seas una chica preciosa y que vuelvas loco a cualquier chico y otra es que quiera follarte así por las buenas...
—Ya… lo que yo digo… eres como todos… Vosotros probáis… y si cuela, cuela…
Me sentí un poco molesto. Porque, ¿no era eso justamente lo que había estado haciendo el capullo del vigilante Ramón? Y ella no había puesto ninguna objeción a sus tonteos, con secretitos al oído y mano en la cintura incluidos.
—De todos, nada… —dije enfurruñado—. Eso parece más propio de tu «amiguito Ramón». Y a ti no parecía que te molestara mucho…
María abrió la boca expresando un asombro que no entendí del todo hasta que no la oí replicar.
—Vaya… ahí sale el machito… ya hablas como mi novio…
—¿Tu… novio…? ¿Qué tiene que ver tu novio?
—Joder… lo tiene que ver todo… —se puso en jarras—. Los tíos como vosotros os imagináis que porque una chica se fume un cigarro con un amigo ya está pensando en abrirse de piernas para que le meta la polla hasta los ovarios… Sois todos unos machirulos… y, encima, celosos…
Ahora el que no salía de su asombro era yo.
—Pues, hija, tú dirás lo que quieras… Pero por lo que he visto antes, si yo no hubiera aparecido, la mañana se habría puesto de lo más calentita entre tú y ese cachas…
—Y una mierda… —replicó en un tono más calmado—. A mí ese cachas ni fu, ni fa…
Después de mirarme un minuto sin decir nada, María anduvo hacia mí y se apoyó en la mesa sin mirarme.
—Anda, celoso, que no eres más que un tonto celoso…
—¿Celoso, yo…? —protesté sin fuerzas—. ¿Y eso por qué?
—Pues porque sí, se te ve a la legua… Y no es la primera vez, recuerda lo de Juanlu…
No pude evitar ruborizarme, aunque me encantaba su cambio de actitud. Había pasado de un enfado mortal por haberla magreado a un tono tierno y dulzón.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
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