Xtories

Mi amiga de la oficina - completa (02)

Jose creyó ver lo que no debía y su imaginación lo traicionó. Ahora, atrapado en un fin de semana de trabajo forzado, la línea entre la rivalidad profesional y el deseo prohibido se difumina, especialmente cuando descubre que María no es tan inocente como parecía.

Abel Santos9.7K vistas8.3· 14 votos

Me quedé congelado. María y Juanlu no se revolcaban sobre la mesa o la moqueta como había fantaseado.

Ni mucho menos.

En realidad, María se hallaba sentada en una silla a más de cinco metros del hombre y éste se encontraba de pie ante una pantalla que mostraba las imágenes que iban surgiendo de un proyector. Tenía las piernas cruzadas y tan apretadas que ni con una grúa podrían habérselas separado en el caso de que Juanlu quisiera mirarle el color de las bragas del día.

—¿Jose…? —dijo María sorprendida—. ¿Ha pasado algo?

Deseé que se me tragara la tierra. Apenas conseguí balbucear una respuesta coherente.

—Es que… la hoja no me cuadra… —casi gemí—. Y tengo que irme para casa… ¿Puedes venir cinco minutos? Con eso lo solucionamos y luego te bajas otra vez con Juanlu.

El tipo, más entero que yo, soltó una frase con desparpajo para echarme un capote.

—Tranqui, colega… Yo ya he terminado. Que luego te cuente María. Aquí os dejo, que tengo una cita a la que no puedo faltar. Chao.

Y salió tan tranquilo con su PC después de apagar el proyector con el mando a distancia.

Pensé en lo gilipollas que debía de parecer en ese momento. Y a la vez en que quizá había sobrevalorado a María. Al fin y al cabo, Juanlu tenía a los pibones que le apetecía y la chica, aun estando bien, tampoco era nada del otro jueves. Me había ofuscado por nada, me lamenté, aunque esperaba que ella me diera una explicación como había mencionado Juanlu que haría.

María se levantó de la silla y recogió unos papeles que parecían tener que ver con nuestro proyecto. Su sonrisa era una pura mueca de ironía. Estaba claro que sabía lo mal que lo estaba pasando en ese momento y se regodeó en la faena.

—¿Qué creías que hacía con Juanlu? —preguntó tan pronto nos sentamos en las sillas ante mi escritorio—. ¿No pensarías que estábamos…?

Y se echó a reír bajito.

Cerré los ojos y dejé escapar un suspiro.

—Mira, María, tu vida personal no me interesa… A mí solo me preocupa el proyecto…

—Ya… —sonrió con su sonrisa pícara y se metió un bolígrafo bic entre los dientes.

—Bueno, ¿me vas a contar eso que ha dicho Juanlu que tenías que decirme?

Y entonces se explayó. Resultaba que Juanlu era experto en un software que podía ayudarnos a diseñar la parte más jodida de nuestra solución de ingeniería. Él ya lo había utilizado en uno de sus proyectos y había sido todo un éxito. Si se habían enrollado tanto en aquella sala era porque Juanlu le estaba detallando las capacidades del software para estar seguros de que era lo que necesitábamos.

—Joder… —exclamé—. Y si es tan maravilloso, ¿por qué no me has convocado a la reunión? Podría haber participado yo también.

—Pues porque esa parte del proyecto es responsabilidad mía y quería darte una sorpresa, so bobo… —puso morritos al decir «bobo» y la bilirrubina se me subió de golpe—. ¿No te das cuenta? Este software nos va a ahorrar más de dos meses de trabajo…

Asentí, contento y relajado. Por lo del software, es verdad, pero quizá más porque Juanlu no me hubiera «levantado» a mi compañera.

—Y tú celoso y pensando que estaba haciendo guarrerías con ese ligón de pacotilla… —añadió guasona.

—¿Celoso, yo…? —me defendí—. Celoso tu novio, si acaso. Que tú y yo no somos nada.

—Bueno, tú eres mi jefe de proyecto, ¿no…?

Rió de nuevo y decidí que diéramos por terminado el trabajo por aquel día. Que le dieran a la hoja de cálculo. Estaba tan avergonzado que prefería dejarlo todo para el día siguiente.

FIN DE SEMANA DE TRABAJO

El tiempo fue pasando y el asunto con Juanlu se olvidó. Como María había previsto, el proyecto se benefició tremendamente con aquella herramienta y pudimos avanzar de una manera inesperada.

Pero aquel viernes no iba a ser un día de celebración. Eran casi las tres de la tarde, hora de salida del último día de la semana. María y yo ya cerrábamos las carpetas y los PC para marcharnos a casa cuando se nos acercó mi jefe.

—¿Cómo van los planos de la zona este? —preguntó sin siquiera saludar.

—Ah, genial —respondí alegre. Pensaba darle una magnífica noticia al respecto—. Para el miércoles o jueves de la semana que viene estarán terminados.

—¿¡Qué…!? —casi gritó y me señaló con un dedo—. ¿Cómo que para el miércoles? ¡Esos planos tienen que estar para el lunes!

María nos observaba con cara de pánico.

—¿Para… el lunes…? —dije casi sin resuello.

—¡Pues claro, Jose, si ya lo hemos hablado...! ¡Es que no me escuchas, joder! El lunes a las nueve tengo que presentárselo al director general en la reunión de seguimiento.

—Hostia, Rafa —protesté mirando a mi compañera de reojo—. Tanto María como yo tenemos planes personales para este fin de semana. Para el lunes es imposible.

—¡Pues tú verás…! —rezongó y comenzó a alejarse—. ¡Si no los tienes el lunes a primera hora atente a las consecuencias!

Y desapareció hacia la planta cuarta donde se ubicaba su despacho.

María y yo nos miramos desesperados. Yo tenía una boda el sábado y ella iba a pasar el fin de semana con su novio en una casa rural en no sé dónde.

Pero nuestros respectivos planes se habían ido a la mierda.

*

Con ojos llorosos cerramos nuestros compromisos personales. Después nos fuimos a comer un bocadillo rápido y a las cuatro de la tarde ya estábamos de nuevo trabajando.

Para estar más cómodos nos movimos a una sala de reuniones, cada uno con su PC portátil y una gran pantalla que conectábamos a uno u otro PC según lo necesitáramos.

La noche del viernes cerramos a las once y media y no llevábamos ni un veinte por ciento del trabajo terminado. Aquella tarde, María había cerrado las piernas de tal manera que no pude verle las bragas ni por un segundo. Y no me extrañó, su nivel de decepción era, como mínimo, comparable al mío.

Al día siguiente, sábado, mi compañera apareció sobre las diez, cuando yo ya llevaba una hora trabajando. No se había maquillado ni lavado el pelo —recogido en una coleta—, y sus eternas faldas habían dado paso a unos vaqueros anchos que la afeaban el tipo. El escote de su blusa no dejaba ver ni un centímetro de piel. Su depresión debía de ser de las grandes.

Mejor, me dije, así no me entretengo con jueguecitos idiotas.

Trabajamos, comimos unos sándwiches, trabajamos, cenamos pizza y, al final, trabajamos más. Todo esto entremezclado con litros de café. Sobre las once de la noche nos encontrábamos exhaustos, pero dichosos. Habíamos completado un ochenta por ciento del trabajo y el domingo podríamos acabarlo durante la mañana.

Nos abrazamos felices y cada uno se fue para su casa.

*

El domingo por la mañana el aspecto de María había dado un giro de ciento ochenta grados.

El pelo se lo había lavado y planchado, y le caía con un bonito flequillo que le llegaba hasta los ojos. Éstos se veían maquillados con esmero y parecían haber crecido bajo las manos de una experta. La blusa de seda —de un rosa palo muy sugerente— llevaba desabrochados dos botones y dejaba entrever la parte superior de las copas del sujetador. La falda, también corta, no lo era tanto como para mostrarme sus bragas, pero le daban un aspecto muy sexy. Las sandalias, en fin, eran de tacón alto y muy poco apropiados para trabajar.

Le lancé un piropo y le pregunté a qué venía tanta belleza. María se ruborizó y me explicó que por la tarde iba con su novio a un espectáculo con cena incluida. Me sentí idiota al pensar que aquel derroche de sensualidad estaba dedicado a mí.

Sin mucha conversación, tomamos un café de máquina y nos pusimos a trabajar. No llevábamos ni diez minutos, cuando la puerta de la sala de reuniones se abrió. Miramos hacia ella al unísono y nos encontramos con el vigilante de los fines de semana.

—Ah, hola… —dijo algo cortado—. Es que estaba haciendo la ronda y he visto luz en esta sala. Pensé que alguien se la había dejado y me disponía a apagarla.

—Pues no… —repliqué—. Ya ves, no se la ha dejado nadie, somos los pringados de turno que estamos aquí dándole a la tecla.

Reímos los tres y no supe por qué, pero un brillo extraño asomó a los ojos de María. Imaginé que sería por la presencia del vigilante, un tipo al que yo conocía poco, pero con el que había coincidido en otros fines de semana de curro. Y había que reconocer que el tipo —alto, moreno y con una espalda cuadrada— estaba para mojar pan desde el punto de vista de una mujer. Y aquello no había debido pasarle desapercibido a mi compañera.

—Pues nada… —dijo el cachas haciendo el gesto de retirarse—. Ya sabéis donde encontrarme. Si necesitáis algo no tenéis más que bajar a verme a la recepción. Si no ando por ahí es que estoy de ronda, pero bajo enseguida.

—Gracias, Ramón —dijo María y me quedé asombrado.

Aquel «Ramón» en labios de mi compañera dejaba bien claro que se conocían de antes. Y hasta por su nombre, vaya tela. Al menos, yo conocía de vista al tipo, pero de su nombre no tenía ni idea.

Preferí no pensar en ello, no era momento para uno de mis ataques de cuernos. Me puse al tajo y animé a mi compañera a que volviéramos a concentrarnos en nuestro objetivo.

*

Pasadas dos horas, María se estiró sobre la silla y se levantó de un saltito.

—Ufff… —dijo—. Estoy reventada. Creo que voy a hacer una parada técnica. Me apetece un cigarro. ¿Te apuntas?

—¿Tabaco? —repliqué con cara de asco—. Ni de coña. Por cierto, no sabía que tú fumaras.

—Y es que no fumo —aclaró ella—. Solo muy de vez en cuando echo un pitillo. En días coñazo como éste, por ejemplo.

—¿Y tienes tabaco, aunque no fumes? —imaginé que no llevaría y que se quedaría con las ganas.

—Sí, he venido preparada para ello —sonrió triunfal.

Salimos de la sala de reuniones, yo hacia la máquina de café y ella hacia la planta baja para fumar en la calle.

Tomé el líquido oscuro con sabor a algo parecido a café mirando por la ventana de la sala. El día era fantástico, ideal para cualquier cosa menos para pasarlo encerrado en una oficina. Pasados quince minutos me preocupé porque María no regresaba. No teniendo nada que hacer hasta que volviera, decidí bajar a la planta cero a estirar las piernas. Si aún estaba en la entrada fumando, podría acompañarla.

Según salía de los ascensores y embocaba hacia la puerta, observé que María no se encontraba sola, sino acompañada por el tal Ramón. Un pinchazo de celos se me clavó por dentro como la tarde con Juanlu.

Me acerqué lo más que pude y observé lo que hacían. Ambos fumaban y charlaban. María reía con cada bobada que decía Ramón y este se acercaba a ella más de lo que parecía necesario. De hecho, una de sus manos se había posado en la cintura de la chica y ella no parecía tener intención de quitársela.

Continuará...

Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!

...

Continúa en