Xtories

Mi amiga de la oficina - completa (01)

María le mostraba las bragas cada día sin pudor, pero era con otro con quien se escapaba a las salas oscuras. Él creía tenerla bajo control hasta que la puerta de la sala de reuniones se abrió sola.

Abel Santos22K vistas8.4· 14 votos

Llevaba ya cinco años en la primera empresa para la que trabajé tras acabar la carrera, cuando María entró en mi vida. La chica era algo más joven que yo, aunque solo uno o dos años. Yo contaba con veintisiete y a la sazón tenía una novia formal. Bueno, debo decir que estábamos en un parón de nuestra relación, nos habíamos dado un tiempo y llevábamos unos dos meses sin vernos. Justo el tiempo que llevaba sin follar, lo que me tenía al borde del infarto. He de confesar que nunca he sido muy de pajas, así que lo de ver porno y castigar al instrumento era algo bastante frustrante para mí.

Por lo poco que sabía de María, ella tenía un prometido y estaban haciendo planes de boda. Y nunca me habría fijado en ella si no hubiera sido por un gran proyecto en el que coincidimos.

Aunque la chica era guapa, tampoco era «rimbombante». Tenía ojos pequeños y pocas tetas, es verdad, pero sabía arreglarse y a veces aquellos ojos parecían luceros y su pecho crecía «misteriosamente». Por supuesto que sospechaba que se metía algo en el sujetador, pero a quién le importaba como se mejorara una chica guapa y simpática como María.

De lo que sí estaba sobrada era de piernas. Las tenía preciosas y con muslos de infarto, y las lucía con faldas supercortas, de esas que te dejan ver el piquito de las bragas a poco que la mires sentada y de frente.

Y por aquella época yo le veía las bragas a María día sí y día también. Porque, a pesar de que trabajábamos en plantas diferentes, ella venía a verme a mi mesa varias veces cada jornada. Era cierto que nos habían asignado a un mismo proyecto del que yo era el director, pero su manía de venir a mi mesa a comentar cada paso que iba dando, cuando podía haberlo hecho por teléfono o por e-mail, me mantenía empalmado seis o siete horas al día.

Lo primero que tocaba cada mañana, mientras me duchaba, era hacer apuestas sobre el color de las bragas que traería ese día. Daba igual como se colocara. A veces lo hacía sobre el filo de la mesa. Otras, en una silla a mi lado. Se sentara como se sentara, me las enseñaba tanto si me apetecía como si no.

No es que fuera molesto vérselas, entendedme, pero es que me desconcentraba y a veces me pasaba el día jodido hasta que me decidía a ir al baño a cascármela. Solo así conseguía un poco de paz para centrarme en el trabajo y avanzar.

Total que, como el proyecto era de los largos y María y yo nos veíamos varias veces al día —incluso comiendo o cenando para luego seguir con el trabajo—, pues casi llegué a sentirla un poco «mía». Y este sentimiento me llevó a hacer el ridículo en más de una ocasión.

*

Una de las ocasiones en que más hice el ridículo con María se presentó en un día cualquiera. Tal vez era martes, o quizá miércoles. Vete a saber. El caso es que la cagué de lo lindo y quedé como un idiota.

Eran las siete de la tarde más o menos. A aquella hora ya casi no quedaba gente en la oficina. Solo los pringados como yo —o María— seguíamos encerrados luchando por sacar adelante propuestas de trabajo tan ambiciosas como la que nos traíamos entre manos. No nos iba a reportar más sueldo, pero si salía bien podría proporcionarnos algún tipo de promoción a corto o medio plazo.

María se hallaba sentada junto a mí y ambos chequeábamos una hoja de cálculo de esas tan complicadas que no pueden ser abarcadas por un solo par de ojos. La chica, como tantas otras veces, estaba tan volcada sobre mí que su calor me llegaba de lleno hasta ponerme realmente cachondo.

No solo me tocaba un brazo con el suyo, sino que nuestros muslos eran casi uno solo y su teta derecha me rozaba el costado cuando estiraba un brazo para señalar algo en la pantalla.

Conclusión: yo estaba empalmado como un burro, y ella no parecía ni darse cuenta. O tal vez sí, como pude comprobar días más tarde.

Llevábamos trabajando en la hoja de cálculo una media hora cuando el móvil de María lanzó un silbido. Supuse que sería el novio de la chica, como tantas otras veces. En esta ocasión, sin embargo, la sonrisa de mi compañera se agrandó y deduje que el mensaje vendría de alguien diferente. Por alguna razón desconocida para mí, María nunca sonreía cuando chateaba con su novio.

Y no me equivoqué.

Tras teclear y leer durante un minuto, mi compañera elevó los ojos y se quedó observando al fondo de la planta de la oficina. Le seguí la mirada y descubrí a Juanlu de pie y con el móvil igualmente entre las manos. Me quedó claro que era con él con quien se estaba escribiendo.

Juanlu era un tipo de edad indeterminada en el entorno de los cuarenta. Alto, musculado y muy moreno, era el típico ligón de oficina por el que todas se volvían locas. En su caso, a diferencia de los salidos de pacotilla, el tipo no necesitaba presumir del número de chicas de la empresa que se había tirado. Y no lo necesitaba porque eran ellas las que presumían de habérselo tirado a él. Hijo de puta… ¡Cómo le odiaba! Aunque con el tiempo he sabido que no era odio lo que sentía por él, sino envidia.

Cuando las miradas de María y Juanlu se encontraron, la chica giró la silla de ruedines y se puso en pie como empujada por un resorte. «¡Joder! —pensé—. ¿Tantas ganas le tienes?». Luego se levantó y echó a andar hacia él.

—Tengo que ver una cosa con Juanlu —dijo María antes de alejarse—. Sigue con lo de los tipos de interés y nos vemos en un rato.

La vi dirigirse hacia Juanlu tirándose de la falda hacia abajo. Se me pasó por la imaginación que no entendía como podía sentir vergüenza de enseñarle las bragas a aquel tío, teniendo en cuenta que a mí me las enseñaba cada día sin pudor.

Con este pensamiento mi ego creció unos centímetros, pero mi autoestima volvió a desinflarse cuando él la puso una mano en el hombro y la condujo hacia la salida al hall de ascensores.

No me cabía duda de que mi amiga María iba a ver las estrellas en unos minutos.

*

Media hora más tarde, María no había vuelto y empecé a ponerme nervioso. Ya había revisado la hoja en varias ocasiones, pero algo no terminaba de cuadrarme. Se iba haciendo tarde y María no daba señales de vida. Y si antes mi ego se había sentido dolido en lo personal, ahora lo hacía por asuntos profesionales. La necesitaba y aquel cerdo se la estaba beneficiando con toda seguridad, haciendo crecer los cuernos de su novio a ojos vista. Si no volvía en diez minutos, me planteé, iría a buscarla, estuviera lo que estuviera haciendo con Juanlu.

No llegué a los diez minutos. Antes de los cinco no pude resistirlo y me lancé escaleras abajo hacia la segunda planta. La empresa constaba de cuatro, así que podía equivocarme al elegir, pero la lógica me impulsaba a la número dos, en la que ambos tenían su mesa.

Al entrar en la planta, las sombras de una oficina por la noche me recibieron. Toda ella se hallaba a oscuras, a excepción de la luz de las farolas de la calle que entraba por los ventanales, creando una atmósfera de semi penumbra. Anduve unos pasos y descubrí una luz blanquecina que salía de una de las salas de reuniones. No tenía mucho donde elegir, aquella dirección era tan buena o tan mala como cualquier otra, así que me dirigí hacia allí con paso titubeante.

Los cristales de la sala eran opacos, así que desde fuera no podía ver lo que sucedía en el interior. Ni siquiera adivinarlo por las sombras. Aunque lo imaginaba a la perfección. Sobre todo cuando se escuchó una risa femenina que me quedó claro que pertenecía a María.

Me senté en una silla frente a la sala pensando en cómo actuar. No me hacía ni puñetera gracia interrumpir un polvo entre compañeros, pero si seguían allí dentro cinco minutos más no iba a poder contenerme. Necesitaba la ayuda de María para un asunto de trabajo, ¡y la necesitaba ya!

Reflexioné sobre el infierno que sentía por dentro y, aunque me resistía a admitirlo, lo que estaba teniendo era un brutal ataque de cuernos. Joder, ¿por qué me pasaba aquello? Al fin y al cabo, ¿qué coño me importaba quién se tiraba a María? Ella no era nada mío. Si alguien tendría que sentirse ofendido era el novio de la chica.

Pero mi ataque de cuernos iba más allá. Porque, me decía, eran cuernos «profesionales». María estaba en «mi» proyecto. Yo era el director y responsable de su éxito o fracaso. Distraer a «mi» chica con jueguecitos me estaba retrasando. Y eso no podía tolerarlo, por mucho que se tratara de Juanlu.

Con estos argumentos me fui realimentando hasta que, a punto de explotar, salté de la silla y me dirigí hacia la puerta de la sala donde retozaban los tortolitos. Esperaba encontrar la puerta asegurada por dentro, por lo que me predispuse a golpearla con el hombro para reventarla si era necesario.

Pero no lo fue. Apenas la rocé, ésta se abrió sin impedimento. Y los dos tortolitos giraron sus cabezas hacia mí con ojos de sorpresa.

Continuará...

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