Xtories

Vacaciones 9

Júlia nunca imaginó que la desnudez fuera tan liberadora. Pero cuando Carlos la toma de la mano y la arrastra hacia la noche, ella comprende que su cuerpo ya no le pertenece. En cada mirada ajena, en cada toque dominante, descubre una sumisión que la vuelve loca.

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Júlia se quedó sola en la habitación. Se sentó en la cama y suspiró dejándose caer de nuevo en ella, sobre las arrugadas sábanas, recorriendo con las palmas de sus manos su cuerpo, sus muslos, su barriga, sus pechos, notando como se le ponía el vello, la carne, los pezones, de punta. Cerró los ojos mientras sus dedos pasaban lentamente por su raja, y notó que algunos pelillos rozaban sus yemas. Se incorporó y, desnuda, miró la funda y la caja que había al pie de la cama. Se moría de curiosidad por saber lo que había, pero primero tenía que adecentarse.

Bajo la ducha se frotó vigorosamente con jabón. Cada vez que la manopla pasaba por su sexo sentía oleadas de placer y pensó en que se estaba convirtiendo. Como había podido caer en aquella vorágine de sexo desenfrenado en tan poco tiempo. Dirigió el chorro de agua de la alcachofa de la ducha a su sexo y sintió como reaccionaba a los pequeños y fuertes dardos de agua que la golpeaban sin cesar.

Suspirando, apartó la presión incesante y cogió la cuchilla repasando su vagina, sus muslos y el interior de estos, repasando escrupulosamente con sus dedos toda la zona sin dejar ni un solo atisbo de pelo.

Le vino a la mente una escena de una película que había visto y decidió llevarla a cabo. Reguló la temperatura del agua y espero a que estuviera temblada, sacando la alcachofa y dejando el estrecho tubo entre sus dedos. Bajó la presión y lo dirigió a su orificio anal, introduciéndolo poco a poco, entreabriendo las piernas, poniendo los pies a cada lado de la mampara, notando la presión de su esfínter hasta que finalmente éste entro unos centímetros en su interior. La sensación del agua llenándola era placentera. Abrió un poco más el paso del agua caliente y sintió como la llenaba, como recorría su interior, llenándola por dentro. Sus dedos fueron a su sexo y empezó a frotarse lentamente, en círculos, respirando agitadamente, notando reaccionar su cuerpo, sus pezones, endureciéndose, su sexo palpitando.

No aguanto mucho esa primera vez, sacó el tubo de su interior y una cascada de agua sucia, con restos de heces apareció bajo su mirada. Hizo fuerza para vaciar lo que quedaba en su interior, y repitió la operación. El olor que llegaba era intenso, pero en vez de notarlo repulsivo aún la excitó más.

El agua iba llenándola y su mano volvió a su sexo. Se puso de puntillas introduciendo dos dedos en su interior, pero ella misma se negó el orgasmo que insistía en salir. Apretó con fuerza su pezón y se mordió el labio.

La tercera vez que repitió la operación el agua salió limpia, pero aun así volvió una cuarta vez a llenarse con agua lo mas caliente que pudo aguantar. Cerró el grifo y se sentó en el plato de ducha, notándose llena. El rugido de su estómago le hizo sonreír. Apretó el culo, notando salir gotitas de agua que precederían a la cascada que se produciría si se dejaba ir. Apretó la mandíbula, intentado evitar la naturaleza de su cuerpo al intentar evacuar.

Cogió el bote de gel, redondo y estrecho y lo pasó por su raja. El tapón era redondo y rugoso. Empezó a pasarlo por su raja, provocándose oleadas de placer, hasta que, en una de ellas, metió la mitad dentro de su cavidad. Le costó no evacuar cuando sintió como se rompía la resistencia y entraba en su interior el tapón y parte del envase. Cerró los ojos de nuevo y continuó introduciéndose aún más el bote, empezando un movimiento de vaivén adentro y afuera.

Poco duró el frotamiento hasta que le vino un orgasmo en el que se dejó ir por completo. Sus piernas, sus muslos, sus pies se vieron inundados a la vez por la intensa corrida que le sobrevino junto al agua, ahora ya limpia, que salió expulsada del interior saliendo por el agujero de su culo a presión.

Agotada pero feliz, se puso de pie, con las piernas temblando y volvió a activar la ducha lavándose con jabón otra vez todo el cuerpo, satisfecha y reconociendo que se había convertido en una vulgar ninfómana.

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Salió de la ducha con el albornoz entreabierto. Se vio en el espejo y le gusto la imagen que le devolvía de su cuerpo medio desnudo medio tapado. Sus incipientes pechos asomando lo justo envolviéndola en un erotismo que hasta a ella misma hizo que su sexo volviera a humedecerse.

Joder pensó. ¿Cómo puede ser que mi cuerpo reaccione así?

Se quitó el albornoz, dejándolo en el suelo y se quitó la toalla que llevaba en el pelo dejando que este cayera sobre su espalda provocándole un escalofrío al notar ésta la humedad de su cabellera mojada.

Descalza se miró las uñas de sus pies debidamente recortadas y pintadas de un color rojo intenso. Se moría de ganas de ver lo que había en la caja y en la funda que la esperaban encima de la cama.

Como una niña pequeña el día de su cumpleaños, con manos trémulas, cogió la cremallera y empezó a moverla entreabriendo la funda y dejando a la vista un espectacular vestido rojo. Apenas llegaba a cubrir su cuerpo, era corto y con la espalda al aire y escotado, muy escotado.

Lo dejó a un lado y abrió la caja para encontrarse con unos zapatos negros brillantes con unos tacones de 12 cm. Tragó saliva. ¿Cómo iba a andar con eso?

Los dejó en su sitio y se sentó en la cama, sin pensar en nada, con la mente en blanco, asimilando en lo que se iba a convertir si se ponía aquello. Con ojos curiosos busco en el interior de la caja, apartando los zapatos y en la bolsa donde había estado el vestido y cerró los ojos. ¡Fenomenal! – pensó – no hay ropa interior.

…/

Subida en los zapatos su figura se realzaba marcando sus gemelos, su culo, redondo y firme bajo la falda del vestido que llegaba solo a tres dedos del nacimiento de su trasero. El hecho de no llevar ropa interior hacía que fuera cachonda perdida des del mismo momento en el que se lo había puesto.

La parte superior del vestido recogía sus tetitas remarcando los pezones que se mostraban como dos diamantes en bruto a través de la tela que subía en dos finas tiras de tela que se anudaban a su nuca y cuyo escote descendía hasta su ombligo. La espalda, totalmente al aire, le llegaba hasta el nacimiento del coxis, dejando entrever por los laterales el contorno de sus pechos.

Su pelo húmedo tras la ducha caía sobre su espalda peinada hacia atrás dejando su frente despejada. No llevaba ningún tipo de joya, ni en dedos, ni en cuello, ni orejas. Sólo el color de las uñas de los dedos de manos y pies, y de sus labios, era lo único que realzaba su belleza y que se llevaba las miradas y admiración a partes iguales por hombres y mujeres que la vieron dirigirse a la barra donde se encontraba su macho.

Carlos se encontraba de espaldas a la sala. Un vaso grande y con hielo con licor en su interior se movía entre sus grandes dedos. Iba impecablemente vestido con un traje negro y camisa blanca abierta mostrando su pelambrera canosa. Puso su mano sobre su hombro y sus caras se quedaron a escasos centímetros una de la otra.

Júlia le sonrió mientras él le dedicaba una sonrisa de sádico pervertido mirándola de arriba abajo, dando su conformidad a lo que veía mientras su mano se posaba en su culo y lo estrujaba suavemente a través de la liviana tela.

- Me siento desnuda – Le dijo mientras le daba un pico. – Y nerviosa.

Él sonrió de nuevo ofreciéndole el vaso, sin dejar de sobar su culo, observando divertido la cara que puso cuando bebió de un trago todo el contenido hasta que los cubitos de hielo chocaron con sus labios rojos.

- Joder, ¿qué es esto? – Su cara se tornó roja al instante entre las risas de Carlos

- Jagermeister. Y no, no te sientes desnuda. Vas desnuda mostrando a todo el mundo lo puta que eres y lo afortunado que soy de tener una puta como tú, ¿no te parece? O ¿es que esos pezones que vas marcando son por el frio del aire acondicionado? Reconoce que estas cachonda como una perra en celo, que tienes ahora mismo el coño encharcado por no saber lo que te depara la noche.

Le señaló el taburete que había frente a él y levantó dos dedos al camarero, pidiendo dos bebidas más de lo mismo. Al subirse en la alta silla, su raja quedó totalmente al descubierto, cerrando las piernas instintivamente, totalmente azorada.

Carlos cogió un vaso y se lo tendió, cogiendo el suyo y sin dignarse a mirarla habló con voz dura.

- El coño a la vista

Con el camarero aún al otro lado de la barra, sin perder de vista la conversación, abrió las piernas, subiéndose el escaso vestido y dejando a la vista su raja, húmeda, con un hilo de baba que mojaba de su cueva.

- Ostias – Dijo Carlos acercando dos dedos y recogiendo el preciado rocío. Se lo llevó a la nariz y lo olió. Miró al camarero que no perdía detalle y los llevó a la boca de su zorra, dejándoselos un rato dentro, sintiendo la lengua de ella saboreando su propio jugo con cara de vicio, sin importarle que la vieran o que pensasen de ella.

Sacó los dedos y se los limpió con una servilleta, indicándole con una mirada que se bebiera el contenido del vaso, cosa que hizo sin dejar de mirarlo y sin poner caras esta vez.

Satisfecho, Carlos sacó la cartera, dio una buena propina al excitado camarero y, cogiéndola por la cintura, atravesó la sala entre las miradas de envidia de la gente que empezó a aplaudir y vitorearlo.

Salieron a la noche. Había poca gente y empezaron a callejear. El taconeo de ella resonaba en las calles. La mano de él bajó a su culo y en más de una ocasión subió el vestido lo suficiente para mostrar el redondo culo a las pocas personas que circulaban, que atónitas unos, excitados otros, veían como se lo magreaba sin ningún tipo de pudor, pensando que era una puta que había cazado a un viejo maduro, o un viejo maduro que había pagado por una puta de lujo.

No se había sentido tan puta en su vida. De hecho, no sabía cómo catalogar lo que estaba viviendo desde que había llegado a ese lugar y había conocido al hombre que la trataba de esa manera y, más difícil aún de asimilar, que lo estaba disfrutando.

- Vamos a cenar a un sitio que te va a encantar. Evidentemente no voy a gastar el dinero en un sitio de lujo. Con estas pintas de puta no te dejarían entrar y me dejarías en evidencia.

Humillada pero excitada por sus palabras, Júlia se arrimó más a su macho y le sonrió.

- Como quieras, sabes que mandas tú

Carlos lanzo una carcajada.

- Espero que eso que acabas de decir no se te olvide esta noche

La lanzó contra la pared y le cogió la cara con las manos morreándola en un beso lascivo, recorriéndola por encima del vestido, en su cintura, sus mulos, subiéndole la corta falda hasta el ombligo, dejándola desnuda de ombligo para abajo, metiendo sin compasión, pero con mucha facilidad dos dedos en su interior, obligándola a ponerse de puntillas sobre los altos zapatos, gimiendo como la zorra que era, mientras sus propias manos recorrían la ancha espalda de su maduro, su macho, su amo.

Con el movimiento de sus dedos en su interior, el placer era indescriptible, sus gemidos ahogados por la boca de él en la suya propia quedaban amortiguados, desnuda frente a cualquiera que pasara por la desolada calle, con los coches aparcados a lado y lado de la calle, evidenciando la muy probable posibilidad que alguien fuera a buscar el suyo. Pero nada de eso le importaba.

Sus gemidos se incrementaron, su cuerpo empezó a temblar y el orgasmo incipiente estaba a punto de recorrerla, cuando los dientes de él se cerraron en su labio inferior, apretando fuerte provocándole dolor mientras sus dedos salían de su interior y palmeaban fuerte con la mano abierta su coño a la vez que la mano libre aprisionaba el pezón que se marcaba en la tela del vestido y lo retorcía duramente.

Se olvidó al instante del orgasmo. La mano se aferró a su cuello y la lengua le recorrió la mejilla.

- ¿Ves? Mando yo. Te correrás cuando yo quiera y donde yo quiera. No en medio de la calle como una vulgar zorra. ¡Bájate el vestido joder!

Júlia le miro a los ojos. Se sentía exultante. Cachonda perdida. ¿Cómo podía ser que ser tratada así la llevara a ese punto de excitación total?

Se bajó el escueto vestido tapándose el palpitante coño, el pezón le dolía, pero una sonrisa afloro a su rostro. Estaba totalmente entregada a él y él lo sabía. La cogió de nuevo de la cintura y emprendieron de nuevo el camino al lugar donde cenarían. La pregunta que le rondaba en la mente era ¿dónde?

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