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Dominaciónmar 2022

Necesitaban chica (2)

La entrevista fue solo el comienzo. Esa noche, en lugar de irse a casa, ella debe presentarse como un objeto de deseo para una audiencia exigente. No hay salida, no hay dignidad, solo la obediencia absoluta bajo la mirada de quienes deciden su destino.

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NECESITABAN CHICA (2)

Ya os conté cómo me dieron el trabajo de chica de servicio en la casa de esa señorona y su marido. La forma que me trataron en la entrevista, mi modo de aceptar… Ahora quiero contaros algo también muy especial, la velada que organizaron para celebrar mi contratación, enseñándome a sus amistades. En ella vi por primera vez al marido, antes ni él ni ella quisieron.

Yo estaba nerviosa, por supuesto. No había comentado nada en casa, simplemente que esa noche la pasaría donde mis señores, tal como ellos me habían exigido. Hasta entonces, el trabajo en la casa había sido más o menos normal, de rutina, de lunes a viernes, salvo algún cachete en el culo que me propinaba la señora, con el insulto de turno. Y la noche del viernes tocaba mi presentación, a las diez.

Yo debía esperar en el pasillo, en una esquina, a que me llamaran al salón. Perfectamente peinada y maquillada, con el uniforme blanco y negro de raso con falda corta, tacones altos, lencería sexy. Se debían ver las ligas del liguero, por supuesto, de cortita que iba. Y no podía faltar en mi mano derecha el plumero con que limpiaba el polvo a diario.

En la espera, nerviosa, oía llegar a los invitados, los saludos, las risas, todas esas cosas. Y el corazón me iba latiendo cada vez más deprisa, al advertir que se iban sentando, con sus copas y bebidas correspondientes. Calculaba que habría unas diez o doce personas, entre hombres y mujeres. Por las voces, gente mayor, de sesenta años para arriba, me parecía.

Y no me equivocaba.

- ¡Niña, ya puedes entrar! – ordenó mi señora, en un momento dado.

Obedecí al instante, quedándome justo bajo el arco de la entrada al salón.

- Dos pasos más. Y mirando al suelo – agregó la señora.

No me hice repetir la orden, nerviosa por cómo comenzaba la velada, pero también excitada por lo que pudiera suceder.

- Un poco de caderas, que se vea como meneas – fue la siguiente orden. La cumplí, quedándome en posición de modelo fina pero mirando al suelo. Aquello prometía.

- Bien, queridos amigos, ésta es nuestra nueva chacha.

Espontáneamente, los invitados aplaudieron, y alguno incluso gritó ‘bravo’.

- Como veis, una preciosidad. Y también muy puta, ¿verdad, niña?

- Sí, señora – respondí con humildad, hablando por primera vez en la velada.

- Levanta la vista, y repítelo más alto, mirando a mis invitados.

Elevé un poco la cabeza, abrí los ojos y afirmé:

- Soy muy puta.

Sonaron más aplausos, mientras la gente me devoraba con los ojos, sonreía y asentía. Todos vestían con elegancia, los hombres con trajes oscuros, y ellas con vestido de fiesta. Eran realmente de alta sociedad, eso no puede impostarse.

- Avanza un poco, que te vean bien.

Lo hice, y así pude verlos bien también a ellos. Desprendían no solo óptima posición social, sino cultura y talento. También depravación. Era gente muy especial, sin duda. Se notaba en sus miradas. Y ellas no me miraban con menos deseo que ellos. Alguna, incluso más.

- Más.

Obedecí de nuevo, y me planté junto a la mesa horizontal donde estaban las bebidas y los canapés.

- Gira el cuerpo un par de veces. Mirando a todas partes, con cara de boba, como si fueras una muñeca.

Lo hice, y me aplaudieron a gusto, con sus bocas húmedas y ansiosas. Y yo me estaba excitando.

- Y ahora limpia el polvo. Con posturitas, en putita.

A fin de obedecer, me acerqué a todos los muebles del salón que pudiera limpiar con el plumero y lo hice. Meneando, poniendo el culito bien en pompa para que se vieran las ligas del liguero, relamiéndome… sin prisa, durante varios minutos.

Nueva salva de aplausos, naturalmente. Yo estaba encantada.

De repente, capté en el otro pasillo un ruido especial. No podía identificarlo, y empecé a ponerme nerviosa… Mientras limpiaba, miré hacia allí de reojo. Era un hombre de unos setenta años, o bastante más, que se desplazaba en silla de ruedas. ¡El señor de la casa!

Sonaron otra vez aplausos, pero en este caso se referían al inválido, los amigos, o quizá familiares, saludaban su aparición. Supongo que en su juventud fue más o menos normal, pero ahora era feo, desagradable, casi asqueroso. Con el cuerpo deformado, el rostro lleno de arrugas, una cicatriz horrenda cruzándole media cara, los ojos vidriosos, la tez lívida… y una expresión de depravado absoluto.

- Por fin te conozco, cielo – dijo mirándome de arriba abajo y con ojos de gula animal.

- Opina, cariño – pidió la señora a su marido.

- ¡Inmejorable! – exclamó el paralítico, dando una palmada a cuyo eco los asistentes volvieron a aplaudir.

Sonreí, sin darme cuenta, a modo de agradecimiento, y superando un poco el miedo que me inspiraba mi señor. Parecía sacado de una película de terror gótico, con castillo.

La señora, encantada con el éxito, se me acercó y me besó en la boca, con ternura y deseo. Yo, captando lo que quería, entreabrí los labios y ella me empezó a morrear con todo su vicio, con su lengua por fuera y dentro de mi boca, abrazándome estrechamente. Entorné los ojos, no sin antes advertir cuánto disfrutaba la gente mirándonos, empezando por el marido.

Cuando tuvo bastante, y ambas estábamos bien calientes, se apartó de mí y me ordenó:

- Quítate el vestido. Con gracia. Y mirando a la gente.

Cumplí la orden, y lo hice despacio, consciente de que debía calentar aún más a los presentes. Lo dejé sobre la mesita de las copas, y me cubrí el pecho con los brazos, fingiendo pudor para hacerme la decentita.

Una mujer, gruesa y con mirada viciosa, exigió:

- Pon los brazos como Jesucristo, monada.

Todo el mundo rio la gracia, incluso yo estuve a punto. Y dejé de taparme, para que se viera bien mi sujetador caladito, de color rojo al igual que el tanga. Las medias y el liguero en cambio eran negros.

Sonreí a mi público, que me miraba sin discreción alguna. Estaban sentados en un sofá en forma de U, con la mesa rectangular de las bebidas en el centro y yo delante de ella. A mi derecha, oí la silla de ruedas acercarse un poco más, hacia mí.

- Ponte a cuatro patas, niña. Y avanza así, despacio y sensualmente. Como una perrita en celo. Desde una esquina del sofá a la otra. Rozando las piernas de los invitados.

Tardé unos segundos en reaccionar a la orden de la señora, de puro asombrada. Pero lo hice y empecé el recorrido por la banda izquierda del sofá.

Sonriendo a cada persona con cuyas piernas me rozaba, mirándoles a los ojos.

El primer matrimonio me devolvió la sonrisa, mientras me sobaban el culito entre ambos. La esposa susurró al marido:

- Está buena, eh…

El hombre asintió, y con la otra mano me acarició el pelo.

Seguí a cuatro patas hasta el siguiente, y les sonreí igualmente. El hombre me dio uno de sus viejos dedazos para chupar, y lo hice. La esposa comentó, encantada:

- Tan joven y tan puta.

Asentí, chupando el dedo a su marido. En ese momento, me dieron un correazo en el culito, de la parte del primer matrimonio. ¿Fue él o ella? Por supuesto, no giré la mirada para verlo, y seguí gateando, hasta la siguiente pareja de invitados.

En este caso, la señora se subió el vestido. Llevaba unas bragas preciosas, y medias y liguero como yo. Exigió:

- Acerca el morro y huele, zorrita.

Lo hice. Estaba cachonda, claramente. Su marido, encantado con vernos así, aprovechó para desgarrarme el tanga. Y sus trozos cayeron al suelo.

- Lo mismo digo, niña puta.

Susurró la siguiente señora, subiéndose su vestido. Obedecí, y así olisqueé un chocho viejo y peludo, que olía fatal. Al hacerlo, me sentí tan cerda…

- Ahora besa mi paquete – demandó su marido.

Por supuesto que lo hice, por encima del pantalón del elegante traje negro. Era enorme, y estaba hinchado.

Seguí así, pareja tras pareja, hasta terminar el recorrido de la U y volver a ocupar el sitio donde me presenté, pero de rodillas. Era la forma ideaba por mi señora de que me conocieran sus amistades, viendo también cuán servil puedo ser. Supongo que para despertar envidia… Una señora me hizo lamer uno de sus tacones, un viejo me morreó con toda su lengua, otro me destrozó el sujetador, llovieron más correazos en mi desnudo e indefenso culito.

- ¿Qué os ha parecido nuestra empleada del hogar? – preguntó la señora a los invitados, señalándome arrodillada y con la mirada baja.

En respuesta, todos aplaudieron, sin proferir palabra.

- ¿Y a ti, cariño? – preguntó al marido.

- Que repita el recorrido – fue la respuesta del terrible anciano.

Lo hice. Y, como si se hubieran puesto de acuerdo, ahora todos y cada uno de los invitados me azotaron el culo cuando estuve ante ellos, con las manos o con el cinturón. Alguno que otro, y alguna también, me sobó el chichi durante unos segunditos. Un anciano, insinuó un dedo en mi culito. Varios me manosearon a placer las tetas, que tenía bien erguidas por cierto. Y la señora que había hecho antes el comentario de Jesucristo me dijo cuanto estuve frente a ella:

- Jesucristo en su vía crucis.

Cuando terminé la segunda vuelta, con la cabeza alterada por lo alucinante de la situación y el corazón latiendo a toda velocidad, mi intimidad chorreante y mis nalgas ardiendo por los correazos, la señora ordenó:

- Ahora, chúpasela a mi marido.

No me esperaba algo así. Pero no me podía permitir pararme a pensar ni negarme. Con que, sin pensarlo dos veces, me arrodillé ante la silla de ruedas. No me había percatado de que el anciano la había situado de lado ante los invitados justo en el punto donde me presenté, para que la mamada pudiera verse perfectamente. Y no podía suponer que, vestido con un esmoquín absurdo en alguien tan deformado y horrible, ya se la había sacado. Su polla es enorme. Gruesa, dura y rugosa, daba miedo.

- Y se la chupas con arte, que seguro que sabes.

Asentí, y abrí las piernas, para que quedara mejor mi cuerpo a la vista de nuestro público. La señora añadió:

- Repito, con arte. Nada de terminar deprisa. Y como se te escape una sola gota, dios te ampare. ¿Entendido?

Me apeteció hablar, no sé por qué, y comenté:

- Me lo tragaré todo, por supuesto.

Sobrevino otra salva de aplausos, incluyendo a la señora, y yo empecé a besar la punta de aquel cipote, tan grande que parecía de caballo. Después besé el resto de la polla, llena de arrugas y de venas, poco a poco y mirando unas veces al anciano, para sentir miedo morboso de su rostro, y otras al público, a fin de que vieran lo bien que chupo.

La gente enmudeció al verme lamer. Con mucho respeto, con absoluta sumisión. Un buen rato, sin prisa, para endurecer aún más un rabo viejo pero todavía exigente, el rabo del señor de la casa donde me habían admitido.

Yo solo tenía el liguero, las medias y los zapatos, mi chichi estaba empapado, mi culo abierto. No se oía más que algún vaso, algún trago cuando por fin metí la punta de ese glorioso y monstruoso pene en la boca. No cabía nada más, ni siquiera el capullo me entraba dentro. Y así perdí la noción del tiempo, compaginando succionar, lamer, besar… sacando el rabo de mi boca, volviéndolo a meter, pasándolo por mis labios, por mi cara… Hasta que noté que iba a correrse. Entonces lo metí en mi boca, lo sujeté suavemente con mis manos… y encajé la eyaculación. Qué espeso, qué salado, qué abundante era su semen. Por segundos, pensé que no podría tragarlo todo. Pero pude.

El silencio persistió durante dos o tres minutos, conmigo aguantando las ganas de tocarme para correrme también, roto solo por los suspiros de aquel monstruo anciano. Cuando la polla se aflojó, salió por sí sola de mi boca, y yo, arrodillada todavía, miré a mi señora.

Su sonrisa de felicidad me lo dijo todo. Y fue ella otra vez la que inició una salva de aplausos que me emocionaron intensamente.

Pero si todo aquello fue lo más inesperado que me había sucedido nunca, lo que vino a continuación lo remató. Y de forma bien positiva.

- Toma este platito, fabulosa mamona. Y lo vas pasando entre el público.

Temblé de emoción debido a la orden, a la idea. Más allá de ninguna dignidad, del pudor, de la vergüenza, de todo. La inventiva perversa de esta mujer era excepcional, lo que hacen los años…

Sin más tardar, tomando en una mano el platito, me aproximé a los espectadores. Todos estaban alborozados, con los ojos brillantes. Siguiendo el mismo sentido que las otras veces, dirigí hacia el primer matrimonio el platito, como si fuera una mendiga, humillando la vista. Y así hasta el último.

Ninguno pronunció palabra, y los hombres estaban empalmados, del primero al último, lo noté mirándoles la entrepierna. Dieron algo todos. Quien menos, una señora, que me arrojó unas cuantas moneduchas, con una mirada ardiente, disfrutando humillándome así, quizá celosa de mi tipo y mi juventud. Quien más, un señor, que depositó en el plato un billete de 500, mientras silabeaba “eres… una zorra… maravillosa”. Y entre estos dos extremos, hubo de todo, predominando los billetes de 100.

Tras terminar de recoger las propinas, la señora ordenó:

- Vete a tu cuarto, guarra. Y no salgas hasta que todos los invitados se hayan marchado. Entonces tendrás que volver a ponerte el vestido y recoger y limpiar todo. Luego te quedarás a dormir en casa.

Hablé para decir humildemente:

- Sí, señora.

- Y nada de tocarte, cerdita, que sé que lo estás deseando.

En eso desobedecí. Apenas entrar en el cuarto, dejé el plato con el dinero sobre un mueble, sin prestarle atención y me tumbé, pero boca abajo, y me masturbé como una loca, recordándolo todo, saboreando la memoria de la humillación, metiéndome varios dedos, hasta llegar a un orgasmo fabuloso. Pero antes de cerrar la puerta, oí a la señora preguntando al marido:

- ¿Buen fichaje, verdad, cariño?

Y a él respondiendo entusiasmado:

- Por fin una chacha de verdad.