Xtories

Rellena como un churro

Ella es la chica decente que vende churros bajo el sol; él es el bruto que huele a tabaco y fracaso. En la feria, donde todos miran, ella decide dejar de mirar y empezar a temblar.

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El calor era insoportable. No solo el del clima sofocante de la tarde, sino el que provenía del aceite burbujeante donde sumergía los churros. Cada vez que el vapor caliente subía, pegajoso y denso, se mezclaba con el dulzor de la masa frita y el azúcar esparcido sobre la mesa de trabajo.

Mariana pasó el dorso de la mano por su frente, sintiendo cómo el sudor se adhería a su piel. El calor de la freidora era insoportable, pero no tanto como el que se acumulaba entre sus piernas. Llevaba un top sin tirantes, rosa, corto y ajustado, pegándose a su cuerpo húmedo como una segunda piel. Su ombligo desnudo brillaba bajo las luces de la feria, y, por supuesto, no llevaba sujetador. El calor endurecía sus pezones, haciéndolos visibles bajo la tela delgada, una provocación involuntaria que los hombres no dejaban pasar desapercibida.

Los que venían a comprar no solo querían churros. Algunos estaban con sus hijos, otros con sus esposas, pero eso no les impedía mirarla descaradamente mientras deslizaban los billetes en su mano sudorosa. Sus ojos recorrían su cuerpo, deteniéndose en sus pechos, en la curva expuesta de sus caderas, en la forma en que su short blanco apenas cubría el inicio de sus nalgas, dejando a la vista la suavidad de sus muslos dorados por el sol. Mariana lo sabía y lo disfrutaba.

Cada vez que se inclinaba para alcanzar una bolsa de papel, cada vez que el aceite burbujeante salpicaba y ella se estremecía, sentía las miradas clavadas en su piel como una caricia invisible. No era solo el calor del verano ni el de la freidora; era el ardor creciente dentro de ella, esa sensación húmeda y palpitante entre sus piernas que la hacía moverse con más lentitud, con más intención.

Pero entre todas esas miradas, había una que la quemaba más que las demás.

La de él.

Víctor. Treinta y cuatro años. Fuerte, con los brazos curtidos por años de trabajo montando y desmontando atracciones. Siempre olía a madera, grasa y tabaco. Su piel tostada por el sol contrastaba con la sombra permanente de su barba descuidada, y sus manos, ásperas y rudas, eran las de un hombre acostumbrado a tomar lo que quería sin pedir permiso.

Desde que había llegado a la feria, Mariana había sentido su presencia como un imán. No era un hombre refinado ni de palabras bonitas, pero tenía algo en su forma de mirarla que la hacía arder más que el aceite en la freidora. Cuando hablaba, su voz era ronca, grave, con ese tono de hombre que ha fumado demasiado y que no tiene paciencia para las sutilezas. Y cuando sonreía—una sonrisa oscura, siempre con un cigarro colgando de sus labios—, Mariana sentía un escalofrío que le recorría la espalda hasta perderse entre sus piernas.

Pero lo que más la inquietaba, lo que más la tenía atrapada, era el tatuaje en su cuello: unas letras negras, gruesas, medio borroneadas por el paso del tiempo, justo en la base de su garganta. Nunca le había preguntado qué significaba, pero siempre que lo miraba, imaginaba esas mismas letras rozando su piel cuando la tomaba.

Sabían que lo suyo no debía pasar. Él era demasiado mayor, demasiado peligroso para una chica como ella. Pero esa prohibición solo lo hacía más tentador.

Sabían que lo suyo no debía pasar. Él era demasiado mayor, demasiado peligroso para una chica como ella. Pero esa prohibición solo lo hacía más tentador.

Había escuchado cosas sobre él. Otras chicas de la feria hablaban, entre risas y murmullos, de cómo Víctor tenía hijos regados por ahí, de cómo no respondía por ninguno, de cómo desaparecía cuando las cosas se complicaban. Decían que era un bruto, un cabrón irresponsable, el tipo de hombre al que ninguna mujer con algo de dignidad debería acercarse.

Pero a Mariana eso solo la excitaba más.

Cuando la feria cerraba, cuando las luces de colores titilaban en la distancia y la música se apagaba, ella sabía que él la esperaría detrás de los puestos, en la parte más oscura del parque de diversiones. Lo habían hecho antes, siempre a escondidas, siempre con la urgencia de quien sabe que está a punto de hacer algo malo. Y eso la encendía.

Despertaba en ella algo animal, una atracción sucia que le hacía hervir la sangre. No era solo su cuerpo fuerte o su mirada intensa, era lo que él representaba: lo prohibido, lo peligroso, lo que ninguna chica "decente" debería desear.

Sabía que era una imbécil. Que cualquier mujer con sentido común huiría de un hombre como Víctor. Pero sus hormonas no tenían conciencia.

Esa noche Mariana cerró el carrito, asegurándose de que todo estuviera en orden antes de caminar entre los pasillos de la feria. Su corazón latía fuerte, como si pudiera adelantarse al momento en que sus manos la tocaran. Víctor estaba allí, apoyado contra la estructura metálica de la rueda de la fortuna apagada, un cigarro colgando de sus labios.

—Te tardaste —murmuró él, dejando caer la colilla al suelo y aplastándola con la punta de su bota.

—Tenía que limpiar —respondió Mariana, aunque la voz le salió un poco más temblorosa de lo que habría querido.

Víctor sonrió. No necesitaba palabras para que ella supiera lo que estaba pensando.

Con un solo movimiento, la tomó de la cintura y la empujó contra una de las vigas frías del juego mecánico. Su aliento caliente se estrelló contra la piel sudorosa de su cuello mientras sus manos descendían lentamente por su espalda. Sin vacilar, una de ellas se aferró a su glúteo con fuerza, apretándolo con una posesividad descarada que le arrancó un alarido entre sorpresa y placer.

Víctor se rio entre dientes, su voz ronca y baja contra la piel húmeda de Mariana.

—Siempre vienes así, pegajosa y caliente… —murmuró, deslizándole la lengua por el cuello, saboreando la mezcla de sudor y azúcar que se adhería a su piel—. Como si estuvieras hecha para que te devore.

Mariana cerró los ojos, sus pestañas temblando mientras su cuerpo se rendía antes que su mente. Sus músculos estaban tensos, su respiración entrecortada, pero no por miedo. No realmente. Su conciencia le gritaba que se apartara, que no se dejara atrapar por este hombre, por sus manos rudas que ya bajaban a su cintura, deslizándose bajo su short, por sus labios húmedos que trazaban un camino pecaminoso por su clavícula.

Pero su entrepierna latía con otra verdad.

La humedad entre sus muslos la traicionaba, la exponía, le decía sin palabras que no era una víctima, que estaba allí porque lo deseaba. Y Víctor lo sabía.

—Estás temblando, muñeca —murmuró contra su piel, su barba áspera raspándole el cuello mientras su mano grande terminaba de bajar el elástico de su short—. ¿Es miedo o es que ya no aguantas más?

Mariana tragó saliva, su cabeza girando de un lado a otro, intentando aferrarse a la lógica, a algo que la salvara de lo inevitable. Pero el aire en esa esquina de la feria estaba denso, cargado del aroma dulzón del azúcar quemada, del aceite caliente que aún impregnaba su ropa, del sudor que se pegaba a su piel. Un aire que sofocaba, que la hacía sentir atrapada en un lugar donde solo existían él y sus manos.

—Es una locura… —susurró, aunque sus caderas ya se movían instintivamente hacia él, buscando más.

—Entonces no pienses —sentenció Víctor, empujándola de espaldas contra la estructura metálica de la rueda de la fortuna, el frío del acero contrastando con el calor abrasador que crecía entre ambos.

La mano de Víctor bajó, sus dedos largos y ásperos acariciando el interior de sus muslos antes de hundirse sin advertencia entre su ropa húmeda. Mariana ahogó un gemido, su espalda arqueándose cuando sintió el primer roce directo contra su carne temblorosa.

—Joder… estás empapada —gruñó él, mordiéndole el lóbulo de la oreja, su mano moviéndose con la precisión de alguien que sabía exactamente cómo hacerla temblar—. Y vienes a decirme que esto está mal…

Mariana abrió los ojos, su respiración entrecortada, su orgullo despedazado. Quería negarlo, pero el sonido húmedo que se filtró en el aire delató su estado, haciéndola enrojecer.

—Dilo —insistió Víctor, su voz goteando burla y deseo mientras deslizaba los dedos con más profundidad, sintiéndola contra su palma—. Dime que me necesitas.

Mariana cerró los ojos con fuerza, su cuerpo estremeciéndose bajo él, el placer mezclándose con la vergüenza, con el morbo de estar ahí, a la vista de cualquiera que se aventurara a cruzar la feria cerrada. El metal contra su espalda, el suelo de tierra pegajoso bajo sus sandalias, el sonido lejano de alguna atracción apagándose… Todo le decía que debía escapar.

Pero sus piernas se separaron aún más.

—Te necesito… —susurró, con la voz rota.

Víctor sonrió, una sonrisa oscura, hambrienta.

—Buena chica.

Y entonces, sin darle tregua, la giró de golpe, pegando su pecho contra la estructura de metal. Sus manos la sostuvieron firme, marcando territorio en su cintura antes de bajar a su trasero expuesto bajo el short subido.

—Ahora vas a saber lo que es que te cojan de verdad —susurró contra su cuello, su aliento caliente haciéndola estremecer.

El calor del ambiente ya no importaba. El único fuego que la consumía ahora era el de Víctor, y ella estaba dispuesta a arder.

El metal frío contra su pecho la hizo jadear, pero no tuvo tiempo de pensar en ello. Víctor la sostenía con fuerza, su cuerpo grande y caliente pegándose al suyo mientras una de sus manos le subía aún más el short, dejándola completamente expuesta.

—Mira qué bonita te ves así… —murmuró contra su oído, su aliento caliente resbalando por su cuello mientras sus dedos recorrían su piel desnuda, trazando círculos lentos que la hacían temblar.

Mariana apretó los dientes, una mezcla de vergüenza y deseo latiendo entre sus piernas. Sentía su ropa pegajosa de sudor, su piel erizada por la brisa nocturna, pero nada de eso importaba. Lo único que importaba era la dureza creciente que se acomodaba contra su trasero, frotándose con descaro, como si Víctor no tuviera intención de contenerse.

Y no la tenía.

—Dilo otra vez —ordenó, presionando su erección contra ella, haciéndola sentir cada centímetro a través de la tela.

Mariana tragó saliva, pero su cuerpo ya había cedido mucho antes que su voz. Se arqueó contra él, buscando más fricción, empujándose sin pudor mientras sus dedos se aferraban a la estructura metálica que la sostenía en pie.

—Te necesito —susurró, con la voz temblorosa pero cargada de certeza.

Víctor gruñó bajo, satisfecho. Su mano descendió entre sus muslos con más urgencia, deslizando sus dedos por la humedad que ya le había delatado antes.

—Así me gusta —murmuró—. Mojadita y dispuesta.

No le dio tiempo a responder. Sus dedos se hundieron en ella sin piedad, moviéndose con una precisión que la hizo soltar un gemido ahogado. Mariana sintió cómo sus piernas flaqueaban, su espalda se arqueaba aún más, pero Víctor la sostuvo firme, obligándola a recibir cada embestida de sus manos con la intensidad que él marcaba.

—Más… —jadeó, su voz apenas un suspiro entrecortado.

—¿Más? —Víctor sonrió contra su piel, su barba raspando la curva de su cuello—. No tienes idea de lo que estás pidiendo.

Se apartó lo justo para bajarse la cremallera y liberar su erección, gruesa y palpitante, frotándola contra la piel húmeda de Mariana mientras sus manos le abrían más las caderas.

—Vas a sentirme hasta mañana, muñeca —prometió, acomodándose entre sus muslos.

Y entonces la tomó.

El primer empuje fue fuerte, un golpe de placer y dolor que la hizo arquearse contra la estructura de metal. Mariana gimió, su respiración entrecortada mientras Víctor la llenaba sin piedad, hundiéndose hasta el fondo con una precisión que la dejaba sin aire.

—Joder, qué ajustada estás… —gruñó, sus manos aferrándose con fuerza a sus caderas mientras comenzaba a moverse, lento al principio, disfrutando de cada estremecimiento que la recorría—. Pero mírate, me lo estás pidiendo a gritos.

Y lo estaba. Sus caderas lo buscaban con cada embestida, su cuerpo cediendo al ritmo brutal que Víctor imponía sin darle tregua. Cada vez que se hundía en ella, el metal rechinaba bajo su peso, el sonido mezclándose con la respiración entrecortada de ambos, con el sonido húmedo y obsceno que marcaba cada choque de sus cuerpos.

Las manos de Víctor descendieron a su vientre, presionando justo donde él se abría paso dentro de ella, sintiendo la forma en que la llenaba con cada embestida. Pero no se detuvo ahí. Con una sonrisa cargada de lujuria, deslizó las manos hacia arriba, buscando sus tetas bajo el pequeño top sin tirantes que apenas se sostenía en su lugar.

Con un movimiento brusco, tiró de la tela, liberándolas por completo. La noche cálida envolvió su piel desnuda, y la sensación de estar expuesta hizo que Mariana gimiera en un jadeo tembloroso. Víctor gruñó al sentirlas llenas en sus manos, su textura suave contrastando con la aspereza de sus dedos rudos.

—Mierda… —murmuró, apretándolas con una mezcla de fuerza y devoción, amasándolas con lascivia, disfrutando de cómo se moldeaban a su agarre. Sus pulgares trazaron círculos lentos sobre los pezones endurecidos antes de pellizcarlos, arrancándole un gemido ahogado—. Estas tetas piden que me las coma.

Se inclinó sobre ella sin dejar de embestirla, atrapando uno de sus pezones entre sus labios, succionándolo con una desesperación que la hizo temblar. Mariana jadeó, aferrándose con más fuerza al metal mientras él alternaba succiones con pequeños mordiscos, salivando sobre su piel antes de deslizar su lengua por el contorno de su pecho.

—Sabes a azúcar, muñeca… —susurró entre lamidas, su aliento caliente resbalando sobre la piel húmeda de sudor—. A puta feria y a algo más… algo que solo yo voy a probar esta noche.

Su boca devoró sus tetas con el mismo ritmo enloquecido con el que la embestía, mordiéndola y chupándola con avidez, como si quisiera dejar su marca en cada centímetro de su cuerpo.

—Siente eso, Mariana —murmuró, inclinándose sobre ella, su lengua recorriendo el lóbulo de su oreja—. Siente cómo te estoy jodiendo de verdad.

Mariana gimió, sus dedos aferrándose con más fuerza al metal, su cuerpo completamente entregado al ritmo cada vez más intenso.

Pero Víctor no se conformó con solo tomarla. Su mano libre buscó su entrepierna, sus dedos frotándola con la misma intensidad de sus embestidas.

—Vamos, preciosa —dijo con una sonrisa oscura—. Dámelo todo.

Mariana gritó ahogada, su cuerpo sacudido por un orgasmo que la dejó temblando, su interior apretándose en espasmos incontrolables alrededor de él. Víctor gruñó con fuerza, hundiéndose hasta lo más profundo antes de derramarse dentro de ella con un gemido gutural.

El mundo pareció detenerse por un momento. Solo quedaron sus respiraciones descontroladas, el sudor pegando sus cuerpos, el eco de su placer aún vibrando en el aire caliente de la noche.

Víctor dejó caer su frente contra la espalda de Mariana, su aliento pesado resbalando por su piel. Luego, con un movimiento lento, salió de ella, tomándola por la cintura para evitar que se desplomara contra la rueda de la fortuna.

—Te lo dije —murmuró, mordiendo suavemente su cuello—. Ahora sabes lo que es que te cojan de verdad.

Mariana, todavía jadeante, cerró los ojos y sonrió. Sí, lo sabía. Y, joder, quería más.

Mariana respiró hondo, tratando de recuperar el control de su cuerpo, pero sus piernas todavía temblaban y la piel húmeda entre sus muslos ardía con la sensación pegajosa de lo que acababa de ocurrir. Se inclinó ligeramente contra la estructura de la rueda de la fortuna, sintiendo el metal frío en su espalda mientras su pecho aún subía y bajaba de forma errática.

Víctor se separó un poco, acomodándose la cremallera con una calma casi insultante. Su mirada la recorrió sin pudor, deteniéndose en su short mal subido, en sus pechos aún al descubierto, con la piel húmeda de su saliva y marcada por sus dientes. Sonrió con satisfacción al verla así, deshecha, con el maquillaje corrido y los labios entreabiertos en busca de aire.

—Mírate, muñeca… —murmuró, pasándose la lengua por los labios mientras alargaba una mano y le daba una palmada en el trasero—. Toda cogida y temblorosa… te ves mejor así, con mis marcas encima.

Mariana parpadeó, aún sumida en ese estado donde el placer confundía su percepción de las cosas. Se estremeció cuando sintió su mano subir por su espalda y sujetarle la nuca, obligándola a levantar la mirada hacia él.

—Te gusta, ¿verdad? —susurró Víctor, ladeando la cabeza con una sonrisa burlona—. Que te usen así, que te dejen hecha un desastre.

Mariana tragó saliva, pero no se apartó. No lo negó. En cambio, dejó escapar una risa suave y nerviosa, sus dedos temblorosos subiendo su top y ajustándolo de cualquier manera sobre sus pechos todavía sensibles. Su mente le gritaba que esas palabras deberían molestarla, indignarla… pero su cuerpo aún vibraba con el eco del placer.

—No seas creído… —murmuró, pero la falta de firmeza en su voz lo decía todo.

Víctor rió entre dientes, alcanzando su short y tirando de él con brusquedad para ayudarla a subirlo, aunque lo hizo más por provocación que por otra cosa.

—Anda, acomódate bien, muñeca —se burló, dándole otra nalgada antes de meter los pulgares en los bolsillos de su pantalón, mirándola con una expresión demasiado satisfecha—. No quieres que la gente te vea tan hecha mierda, ¿o sí?

Mariana bajó la mirada, reprimiendo un escalofrío mientras terminaba de arreglarse. El roce de la tela contra su piel sensible la hizo estremecerse, pero más allá de eso, sentía algo en su interior que no podía definir del todo. No sabía si era vergüenza, morbo o una peligrosa mezcla de ambos.

Víctor la observó en silencio por unos segundos antes de inclinarse sobre ella otra vez.

—Sabes dónde encontrarme si te quedaste con ganas —murmuró contra su oído antes de morder su lóbulo con descaro—. Y sé que te quedaste con ganas.

Mariana cerró los ojos y no respondió. No necesitaba hacerlo.

La ducha fue rápida, más un intento de calmar el ardor en su piel que una verdadera limpieza. Pero el agua no logró borrar la sensación de sus manos, de su boca, de su cuerpo marcándola como algo suyo. No había sido suficiente.

Durante el día, Mariana atendió el carro de churros como si nada hubiera ocurrido. Sonrió mecánicamente a los clientes, manejó el dinero con la misma rutina de siempre y soportó las miradas de los hombres pegándose a su cuerpo sudoroso. Pero cada mirada, cada billete entregado con los dedos rozando los suyos, cada palabra dicha con esa cadencia sugerente no hizo más que avivar el fuego en su interior.

Y los churros… calientes, gruesos, bañados en azúcar y chorreando manjar… Ni siquiera podía verlos sin que su mente la traicionara.

Cuando la feria cerró y pudo escapar de la monotonía del trabajo, no hubo duda sobre a dónde iba. Se había puesto un vestido blanco corto y ceñido, de tela ligera que se adhería a su piel con cada movimiento. Los tirantes finos dejaban al descubierto sus hombros y clavículas, y debajo de todo solo llevaba una tanga mínima, apenas un hilo oculto entre la curva de sus nalgas. Caminó hasta el lugar de Víctor con pasos seguros, sintiendo la brisa nocturna acariciar su piel aún caliente.

Antes de tocar la puerta, lo escuchó gritar desde adentro.

—¡Te dije que mañana! ¿Qué mierda quieres que haga? No tengo dinero ahora. ¡Que esperen, son niños, no se van a morir!

Hubo un silencio breve, seguido de una respiración pesada. Mariana se quedó quieta, observando la puerta entreabierta, escuchando el roce de tela cuando él pasó la mano por su cabello, seguramente frustrado.

—Mañana te deposito. Adiós.

El móvil quedó olvidado en la mesa, y cuando levantó la vista y la vio, su expresión se transformó.

La tensión se disipó al instante, su ceño fruncido se relajó y una sonrisa ladeada, sucia, se ensanchó en su rostro.

—Mírate nada más… —murmuró, sin ocultar cómo la devoraba con la mirada, recorriendo la forma en que el vestido se ceñía a su cuerpo, la curva de sus pechos, la insinuación de sus muslos bajo la tela ligera—. No me digas que vienes por más.

Mariana no respondió de inmediato. Solo dio un paso adelante y cerró la puerta tras de sí. El aire dentro del lugar era denso, impregnado de olor a cigarro, a alcohol y algo más, algo masculino, fuerte, salado. El lugar era un desastre: ropa tirada, botellas vacías en la mesa, el colchón apenas cubierto con una sábana arrugada. Pero a ella no le importaba.

Se acercó a él con una mirada que no dejaba dudas, sus dedos recorriendo lentamente la tela de su propio vestido mientras hablaba:

—No ha sido suficiente.

Víctor rio bajo, relamiéndose los labios.

—Claro que no —murmuró, acercándose a ella, su presencia envolviéndola por completo—. Porque ahora ya sabes lo que te gusta.

La tomó de la cintura y la giró con brusquedad, presionando su pecho contra la pared con una sola mano mientras la otra subía la falda de su vestido.

—Y te lo voy a recordar.

Víctor dejó escapar un gruñido bajo, disfrutando del contacto de su cuerpo contra el suyo. Con movimientos pausados, casi ceremoniosos, fue subiendo la falda del vestido, recorriendo la piel caliente de sus muslos con la palma abierta, deleitándose en la suavidad y el leve temblor que la recorrió.

Cuando la tela finalmente cedió y su trasero quedó expuesto, él soltó un suspiro pesado, cargado de deseo.

—Joder… —murmuró, pasándose la lengua por los labios mientras recorría con la mirada la curva perfecta de sus glúteos.

La tanga era apenas un hilo negro desapareciendo entre su piel tersa, dejando casi todo al descubierto, una invitación descarada que lo hizo endurecerse aún más dentro de su ropa. Víctor llevó una mano a la pequeña prenda y tiró de ella con brusquedad, deslizándola lentamente, disfrutando de cómo la tela se tensaba antes de ceder.

—Sabía que vendrías así… —susurró, inclinándose sobre ella, su aliento caliente resbalando por su cuello—. Pidiéndome más.

Mariana se mordió el labio, pero no dijo nada. Sus manos se movieron por instinto, deslizándose hacia atrás, hasta que sus dedos se posaron sobre sus propios glúteos. Los separó lentamente, ofreciéndose, exponiéndose aún más para él.

Víctor apretó la mandíbula con fuerza, su excitación golpeándolo como un puñetazo en el estómago.

—Buena chica… —ronroneó, deslizando los pulgares por la piel recién expuesta, acariciándola con posesión—. Mira cómo aprendes rápido.

Dejó que sus dedos viajaran más abajo, explorando la humedad que ya la delataba. Mariana jadeó y arqueó la espalda, empujando sus caderas contra su mano, buscando más.

—Mírate, tan mojada, tan lista para mí… —se burló, deslizando su erección por la piel expuesta, frotándose contra ella sin prisa, disfrutando del contraste entre su calor y la necesidad temblorosa que la recorría—. Dime cuánto lo quieres.

Mariana cerró los ojos con fuerza, su respiración entrecortada, su cuerpo gritando la respuesta antes que sus labios.

—Por favor… —susurró finalmente, moviendo las caderas contra él, desesperada por más.

Víctor sonrió contra su piel.

—Así me gusta.

Y sin más espera, se posicionó, presionando contra su entrada con la promesa de tomarla como ella había venido a buscarlo.

Víctor entraba y salía de ella con fuerza, disfrutando del calor que lo envolvía, de la carne blanda y temblorosa que cedía a su ritmo brutal. Mariana se aferraba a la pared con los dedos abiertos, su frente pegada al frío de la superficie mientras su cuerpo se rendía sin resistencia, atrapado en el placer crudo y morboso que la consumía.

No tenía una respuesta clara de por qué se entregaba tan fácil a este hombre. No era estúpida, no era una de esas chicas que se enredaban con tipos como él. Trabajaba en la feria solo en vacaciones, pero el resto del año era una estudiante aplicada de medicina, con un futuro prometedor. Sus compañeros la respetaban, la deseaban. Incluso algunos profesores y médicos habían dejado caer insinuaciones, algunos con elegancia, otros con descaro. Podría haber escogido a cualquiera de ellos.

Pero aquí estaba, gimiendo como una perra mientras este bruto imbécil la usaba como quería. Y le encantaba.

Su cuerpo lo pedía, lo exigía. Más sumisión. Más humillación. Más entrega. Su lengua salió de su boca en un jadeo húmedo, los ojos vidriosos de deseo mientras se empujaba contra él con desesperación, buscando que la rompiera más.

Víctor lo notó y se rio con sorna, su aliento caliente golpeando su oreja mientras aceleraba el ritmo.

—Mírate… —gruñó, hundiendo los dedos en la carne de sus caderas, marcándola con su agarre—. La niña bien, la universitaria… empalada en mi verga y gritando como una cualquiera.

Mariana gimió más fuerte ante sus palabras, su mente nublada de placer y vergüenza.

—¿Te gusta, ah? —continuó él, llevándose una mano a su cabello, tirando de él con fuerza para arquear su espalda—. Dímelo, zorrita.

Mariana jadeó, su voz entrecortada por el ritmo frenético que la hacía chocar contra él una y otra vez.

—Sí… me gusta… —murmuró, pero no era suficiente para Víctor.

Sus manos reclamaron sus tetas de nuevo, amasándolas con rudeza, pellizcando sus pezones hasta hacerla gritar.

—Más fuerte —exigió, inclinándose sobre ella, su voz impregnada de lujuria y dominio—. Dime que te encanta que te coja así, que te insulte, que te use como la perra caliente que eres.

Mariana apretó los dientes, su cuerpo temblando mientras el placer la consumía entera. No tenía sentido resistirse. No quería hacerlo.

—Me encanta… —gimió con voz rota—. Me encanta que me folles así…

Víctor sonrió contra su piel, satisfecho.

—Buena chica.

Y con esa última palabra, la embistió con más fuerza, decidido a llevarla más allá de cualquier límite.

La tomó del brazo y la arrastró hacia la cama sin ningún tipo de delicadeza. La sábana desordenada y percudida despedía el mismo olor a sudor, cigarro y alcohol que impregnaba toda la habitación. Mariana apenas podía sostenerse en pie, las piernas aún temblorosas por la brutalidad con la que la había tomado contra la pared.

—Ven, muñeca —se burló, empujándola para que cayera boca abajo sobre el colchón—. Ahora sí te voy a rellenar como esos churros que vendes.

Mariana sintió la quemazón en sus mejillas al escucharlo. Su mente le decía que debería sentirse ultrajada, que ningún hombre decente hablaba así de una mujer. Pero Víctor no era un hombre decente. Y ese pensamiento solo la excitó más.

Se quedó inmóvil unos segundos, sintiendo cómo él se acomodaba tras ella, subiéndole el vestido hasta dejarla completamente expuesta. El aire frío le erizó la piel, pero el calor que emanaba de él la hizo olvidar cualquier otra sensación.

—Mira nada más… —gruñó Víctor, pasando dos dedos por su sexo, resbalando con facilidad entre la humedad espesa que lo recibió—. Diciendo que te uso, que te humillo, y aquí estás… chorreando como la puta que eres.

Mariana apretó los ojos con fuerza, sintiéndose completamente rota. Rota de conciencia. Rota de dignidad. Pero el placer era mayor. Mucho mayor.

Víctor se inclinó sobre ella, sus labios casi pegados a su oído.

—Dímelo, muñeca… dime que no puedes parar.

Ella tragó saliva, sintiendo cómo la punta de su erección se deslizaba por su entrada, rozándola con lentitud, jugando con su desesperación.

—No puedo… —susurró, apenas un hilo de voz.

—Eso pensé.

Y sin más advertencia, la penetró de nuevo, hundiéndose en ella con una embestida sucia y profunda que la hizo gritar contra la sábana.

No hubo espacio para la ternura ni para la paciencia. Víctor la tomó con más rudeza que antes, sus manos aferrándose a su cintura con la única intención de marcarla, de hacerle entender que en ese momento era solo suya.

—Qué rica estás, mierda… —gruñó entre dientes, empujándola más contra la cama con cada embestida, obligándola a recibirlo sin escapatoria.

Mariana enterró los dedos en la tela arrugada del colchón, su cuerpo convulsionando entre el dolor, el placer y el morbo de verse así: rendida, sumisa, utilizada por un hombre que ni siquiera merecía su tiempo.

Pero era justo eso lo que la tenía al borde.

Y cuando él la tomó del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás, obligándola a arquear la espalda mientras su otra mano volvía a reclamar sus tetas, Mariana supo que estaba completamente perdida.

Víctor gruñó contra su oído, sintiendo el temblor incontrolable de su cuerpo. Le encantaba verla así, rota, sin rastro de la universitaria correcta que seguramente fingía ser delante de los demás. Su pecho subía y bajaba con cada embestida, sus pezones endurecidos entre sus dedos ásperos, su espalda arqueada ofreciéndoselo todo.

—Mírate, muñeca… —jadeó con una risa sucia—. La niñita buena, la estudiante ejemplar… y aquí estás, atrapando cada centímetro de mi verga como si hubieras nacido para esto.

Mariana apretó los ojos, sintiendo cómo sus palabras la atravesaban como otro golpe directo a su conciencia, pero ya no quedaba nada de ella para resistirse. Solo placer, solo ese abismo oscuro en el que se había dejado caer.

—Y lo mejor de todo —continuó Víctor, aumentando el ritmo, azotando su trasero con cada choque de su cuerpo contra el suyo—. Es que no tengo que hacer ni mierda para merecerte. No tengo dinero, no tengo futuro, no tengo responsabilidades… —rió con sorna, inclinándose más sobre ella, su aliento caliente escurriéndose por su cuello—. Pero aquí estás, pidiéndome que te coja.

Mariana gimió más fuerte, su mente nublada por la crudeza de lo que decía. Víctor lo sabía, sabía que su entrega no tenía lógica, que era el tipo de hombre del que debería alejarse… y justo por eso la tenía rendida a sus pies.

Hundió una mano en su vientre, justo donde podía sentir la forma en que la llenaba con cada embestida.

—¿Sabes qué es lo peor? —su voz se volvió un susurro ronco, lleno de malicia—. Que te podría preñar ahora mismo…

Mariana dejó escapar un gemido ahogado, su cuerpo estremeciéndose sin control.

—Imagínalo… —Víctor mordió su cuello con fuerza, relamiendo la marca que dejó—. Volver a tu universidad con mi hijo en esa barriga. Con mis malditas marcas en tu piel.

El pensamiento la destruyó. La imagen de sí misma, con su vientre hinchado, marcada por el hombre al que no podía dejar de buscar, solo hizo que su cuerpo se rindiera más.

—Mierda… te aprietas más cuando te lo digo… —gruñó él, aferrando su cintura con ambas manos—. Te gusta la idea, ¿no?

Mariana no respondió. No podía. Su cuerpo hablaba por ella, estremeciéndose, empujándose contra él, perdiéndose en un placer tan oscuro como el morbo que Víctor seguía alimentando.

Y cuando sintió que estaba por explotar dentro de ella, Víctor rio con burla, inclinándose para susurrarle con voz cargada de pura perversión:

—Tal vez lo haga.

Y entonces, con un último golpe, se hundió hasta el fondo y se dejó ir, asegurándose de marcarla de la única forma que le faltaba.

El ventilador roto giraba con desgana en el techo, moviendo apenas el aire caliente de la habitación. El olor a sexo, sudor y cigarro impregnaba cada rincón de aquel lugar caótico, de sábanas percudidas y ropa tirada en el suelo. Mariana estaba ahí, desnuda sobre la cama sucia, con la piel aún húmeda y las piernas entreabiertas, dejando que el calor pegajoso se asentara en su cuerpo marcado por las manos de Víctor.

A su lado, él encendió un cigarro, soltando el humo sin preocuparse en dónde iba a parar. Con una mano sobre su vientre y la otra rascándose el pecho, su actitud seguía siendo la misma: desinteresada, vulgar, como si lo que acababa de hacer con ella no fuera nada más que otra forma de matar el tiempo.

—Qué bien te sientes cuando dejas de mierdas—murmuró, dándole una palmada en la pierna antes de soltar una carcajada baja—. Vas a terminar regresando por más.

Mariana no respondió. Su mirada se perdió en el techo mientras su mano, casi sin pensarlo, se deslizó instintivamente hasta su bajo vientre. Sintió un cosquilleo recorrerla cuando recordó las últimas palabras de Víctor. "Tal vez lo haga." Su cara se enrojeció y un escalofrío la atravesó, pero no de miedo.

Sabía perfectamente lo que debía hacer. Una pastilla solucionaría todo. Aún estaba a tiempo.

Pero ¿y si no lo hacía?

El fuego de la indecencia la consumió. Se imaginó a sí misma cargando con ese embarazo, su vientre hinchado exhibiéndose bajo la tela ajustada de un vestido barato, el tipo de prenda que usaban esas mujeres sin clase, demasiado corta, demasiado apretada, marcando cada curva exagerada de su nueva figura. Sus caderas ensanchadas, su piel tensa y brillante, sus pechos pesados, hinchados de leche, goteando a través del escote descarado mientras caminaba por la feria con la mirada de los hombres clavada en ella, devorándola con los ojos.

Y él, Víctor, a su lado.

Un desastre de hombre, con la misma actitud despreocupada y vulgar de siempre, pero satisfecho, orgulloso de verla así, de saber que era suya, que la había marcado de la forma más definitiva posible. La imaginó sentada en su regazo, con sus manos ásperas recorriendo su piel estirada, amasando su barriga con una mezcla de posesión y lujuria, murmurando obscenidades sobre cómo la había llenado, sobre cómo su cuerpo ya no era solo suyo.

La visión era degradante. Humillante.

Y la excitó como nunca.

Tener que lidiar con Víctor, con su descuido, su falta de dinero, su forma ruin de existir. Tener que soportarlo, manipularlo, retorcer la situación a su favor.

Porque si jugaba bien sus cartas, podía convertir esa humillación en poder.

Porque los hombres siempre cambiaban por el sexo.

Y ella sabría aprovecharlo.

Una sonrisa oscura cruzó su rostro antes de girarse hacia él, acariciándole el abdomen con la misma mano que segundos antes reposaba en su vientre.

Tal vez, solo tal vez… no tomaría la pastilla.

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Finalizado el 26 de enero de 2025.