La tentación de Sara
Pablo lleva un año sin sentir deseo, hasta que la llegada de Sara a su oficina reaviva sus instintos. Pero no es la compañía de la chica lo que lo excita, sino escucharla desde la habitación contienda mientras celebra su éxito con otro hombre.
PARTE 1
Capítulo 1
La mayoría de las veces no valoramos lo que tenemos. Siempre estamos pensando en problemas absurdos, en facturas, el trabajo, dinero…, y no nos preocupamos de disfrutar del día a día. Y es que no somos conscientes de que nuestra vida puede dar un giro radical de la noche a la mañana.
Y eso es precisamente lo que me pasó a mí.
A mis cuarenta y cinco años puedo decir que atravesaba un gran momento personal y profesional. Consolidado como uno de los mejores auditores de la compañía, llevaba casado quince años con Natalia, teníamos dos preciosas niñas de diez y siete, un enorme chalet de tres plantas que era la envidia de nuestros vecinos y un BMW X6 recién estrenado.
Al llegar a casa, después de trabajar, me encontré a mi mujer sola. Me extrañó que no estuvieran nuestras hijas y ella tenía mala cara.
―Tenemos que hablar ―me dijo con voz seria.
Lo primero que hice fue preocuparme y pensar que tenía una enfermedad grave o algo por el estilo, pero nada más lejos de la realidad, me hizo sentarme a su lado y me cogió de las manos en un gesto cariñoso. Luego las soltó, se recostó en el sofá cruzando las piernas y con voz temblorosa me soltó de repente.
―Pablo, es muy difícil para mí decirte esto…, pero quiero el divorcio.
Creo que me quedé sin palabras y el corazón me palpitaba tan fuerte que se me iba a salir del pecho. Miré fijamente a mi mujer como si no entendiera lo que acababa de decir, pero claro que lo había entendido. Y eso era lo peor de todo, que no comprendía lo que estaba sucediendo.
Nos llevábamos bien, jamás discutíamos, teníamos una vida acomodada y no había percibido ningún indicio de que esto pudiera pasar. Ni por lo más remoto.
Es difícil aceptar esa situación o saber qué decir a tu mujer en ese momento, así que tiré de tópicos.
―Pero ¿por qué?, ¿he hecho algo?
―No, no es por ti……, de verdad que no es por ti…, tú no tienes la culpa de esto.
―¿Entonces?, ¿es que acaso te estás viendo con otro?, porque es que estoy a cuadros.
―Esa no es la cuestión.
―Claro que es la cuestión ―exclamé poniéndome de pie―. Llevamos juntos toda la vida, veintitrés años, y ahora me sueltas de repente esto…, creo que al menos merezco una explicación…
―Llevaba una temporada mal y me ha costado darme cuenta de lo que me pasaba…… y ya no podía seguir así.
―¿Que no podías seguir cómo…?
―Contigo…, no quería seguir contigo.
―¿Es que ya no me quieres?, ¿cómo se puede dejar de querer a una persona de un día para otro después de tantos años?
―Pues claro que te quiero…, eres el único hombre con el que he estado, el padre de mis hijas……
―¿Y entonces?, ¿estás con otro?
―No, no estoy con otro…, pero tampoco te quiero mentir, he conocido a alguien, sí, aunque no tiene nada que ver con esto.
―Ah, que has conocido a alguien, pero no tiene nada que ver… ―dije en tono irónico―. ¿Y se puede saber quién es?
―No lo conoces.
―¿Te has acostado con él?
―No, joder, no me he acostado con él, te he dicho antes que nos estamos conociendo, pero lo del divorcio es otra cuestión, te lo hubiera pedido igual aunque él no estuviera…
―Ya, seguro, ¿y cuánto tiempo llevas «conociéndolo»?, si se puede saber…
―Mira, Pablo, no quiero seguir con esto, creo que te haría más daño del necesario.
―Necesito saberlo, no puedes soltarme de repente que me dejas y no darme más datos, me volvería loco.
―¿Qué quieres saber?
―Pues quién es, dónde lo has conocido, cuánto tiempo llevas con él…
―Es un chico del gimnasio, llevamos hablando cinco meses, un día me invitó a un café después de clase de spinning y yo acepté y… hasta hoy…
―Y ya está, te tomas un café con un tío y lo dejas todo por él… ¿Y cómo es?, ¿joven?, ¿en qué trabaja?
―Pablo, no quiero seguir con esto…
―Contéstame, por favor…
―Es más o menos como nosotros, treinta y cinco…
―Es diez años más joven… ¿Y en qué trabaja?
―Tiene un concesionario de coches de lujo…
―Así que me has dejado por un vendecoches…
―Lo sabía, Pablo, sabía que te ibas a poner así, no me siento cómoda hablando de él contigo.
―¿Y no te has acostado con él?
―No.
―Está bien, tendré que creerte. Lo dejas todo por un tío con el que solo te has tomado algún café después del gimnasio. ¿Tú te lo creerías?
―Pablo…
―¿O es que habéis quedado más veces?, ¿cuándo os veis?
―Ya te he dicho que solo allí.
―¿Y él sabe que me vas a dejar por él?, porque supongo que no se esperará que dejes a tu marido si solo habéis charlado.
―Sí, está al corriente.
―Venga, Natalia, sé sincera y dime cuánto tiempo llevas follando con ese tío…
―Pablo, aquí se acaba la conversación ―dijo mi mujer y salió del salón para ir a la cocina.
Abrió el armario, sacó una infusión de tila y yo fui detrás de ella.
―¿Y ahora qué se supone que va a pasar? ―pregunté.
―Por las niñas espero que lleguemos rápido a un acuerdo. Creo que lo mejor es que se queden aquí conmigo hasta que encuentres algo y luego podemos compartir custodia, una semana cada uno con ellas.
―Claro, para que puedas follar con ese sin preocuparte de las niñas la semana que no te tocan…
―Deja de decir tonterías, Pablo.
―Así que me pones los cuernazos y tú te quedas con la casa, con las niñas y luego ya si eso, compartimos custodia para que vivas de puta madre con ese tío y con mi dinero…
―Mi abogada está preparando los papeles, no voy a discutir más contigo…
―Ah, que ya tienes abogada y todo…, muy bien. ¿Y ahora qué tengo que hacer?, ¿me voy de casa y me denuncias por abandono del hogar?, ¿me quedo y nos hacemos la vida imposible?
―Yo no te voy a denunciar por abandono del hogar, Pablo, creo que me conoces un poquito.
―Sí, eso creía, pero ahora ya no sé quién eres… Antes de irme yo también tengo que hablar con un abogado, asesorarme…, ¿es lógico, no?
―Sí.
―Tranquila, esta noche dormiré en otra habitación, yo también quiero que esto sea rápido, y me gustaría despedirme de las niñas.
―Sí, claro, ahora voy a buscarlas a casa de mis padres…
Y en menos de dos semanas me vi en la calle, sin casa, sin mujer y sin mis hijas. Ese primer impacto inicial no lo supe digerir bien y me vine abajo. Mi vida con Natalia se podía decir que era casi idílica y de la noche a la mañana me acababa de enterar de que mi mujer se había encoñado con otro y me dejaba por él.
Los primeros meses fueron un suplicio. Saqué un par de maletas con ropa de casa y me metí en el primer piso que visité de la inmobiliaria. Estaba céntrico, con dos habitaciones y cerca del trabajo, pero muy viejo y olía a rancio que tiraba para atrás. No tenía ganas de buscar más. Perdí ocho kilos en esas semanas, apenas comía, me costaba dormir, tenía ataques de pánico nocturnos, no limpiaba, no hacía la cama, y aquel chamizo en el que me había metido se convirtió en una pocilga.
Estaba tan jodido que incluso perdí las ganas de estar con mis hijas. Me daba asco que pudieran verme así o que me visitaran en aquella cloaca.
Un día apareció Natalia, tenía muchas llamadas perdidas suyas que no había querido contestar y sin previo aviso se presentó en mi casa.
Recuerdo la cara de asco que puso cuando vio el estado de abandono y depresión en el que me encontraba. Ella estaba radiante, impoluta, con un brillo de piel que yo no había visto jamás, me pareció realmente atractiva, como si no conociera a esa mujer con la que había estado tantos años casado. Llevaba una americana oscura, camiseta blanca y unos pantalones vaqueros ajustados. Lo primero que hizo fue recoger la mesa y llevar el plato y el vaso al fregadero.
―Joder, Pablo, ¿qué estás haciendo?, ¿cómo puedes vivir así?, llevamos tiempo sin saber de ti, las niñas quieren verte…
―He estado ocupado…
―Esto es deprimente, menuda pocilga… ―dijo apartando una silla para sentarse, pero se lo pensó bien al ver su estado y se terminó quedando de pie.
―No tengo ganas de buscar otra cosa, esta es mi casa ahora ―comenté dejándome caer en el sofá y encendiendo la vieja tele de tubo con el mando―. Y deja de recoger eso, coño, que a mí me gusta que esté así…
―Este fin de semana quería dejarte a las niñas, pero ya veo que…
―¿Te vas todo el finde a follar con tu nuevo novio?
―Déjalo, Pablo, ya las llevo a casa de mis padres…
―Me parece bien.
―¿Y eso es todo lo que vas a decir?, no te reconozco, en serio, no es propio de ti comportarte así con las niñas…
―No quiero que me vean así ni que vengan a esta «pocilga»…
―Llevas sin verlas casi un mes…, quiero ponértelo fácil con lo de la custodia, pero como sigas en este plan, quizás tenga que hablar con mi abogada…
―Déjame una semanas para que busque otra cosa…
―Te doy un mes, Pablo, si sigues así… ―me amenazó sin terminar la frase―. Y no quiero llegar a…
―Lo he entendido.
―¿Entonces, no te quedas con las niñas este finde?
―No, no puedo, había quedado…
―Ya veo, ya… Como quieras. ― Se dio medio vuelta y salió de casa sin decir nada más.
Me gustaría decir que esa visita de Natalia hizo que me pusiera las pilas, pero cuando entras en un estado así de abatimiento, depresión y ansiedad como el que yo tenía, no te quedan fuerzas ni ganas de nada.
Lo único que pude hacer fue llorar desconsoladamente y me metí un chute de benzodiacepinas para quedarme dormido hasta el día siguiente.
Tenía que tocar fondo y el detonante fue una carta certificada que me llegó de Natalia. No cumplió su amenaza y por cortesía mi ex todavía me dio un margen de cuatro meses más hasta que, viendo mi situación, su abogada se puso en contacto conmigo para pedirme la custodia total de mis hijas para ella.
Aquella tarde llamé a mi mejor amigo, Daniel, al que había dado todo tipo de excusas para no quedar con él y le pedí que viniera a verme. Él había pasado por un caso como el mío, también se había divorciado cinco años atrás y era el que mejor me podía entender y asesorar.
En cuanto llegó a casa me desahogué con él y Daniel escuchó atento sin decir una sola palabra. Lo primero que hizo fue buscarme unas zapatillas, unas bermudas, una camiseta vieja y salimos a la calle a correr. Yo no podía ni con el alma, y después de veinte minutos echamos otra hora más andando a toda velocidad.
Es increíble lo que puede hacer un poco de deporte en nuestro organismo, pero cuando llegué a casa, me sentía eufórico y con ganas de revertir mi situación.
―No tenía que haber dejado que pasara tanto tiempo ―se lamentó mi mejor amigo.
―Tú no tienes la culpa, me llamaste muchas veces y pasé de ti.
―Sí, tampoco te quería agobiar, en estos casos, y hablo por experiencia, es mejor dar un poco de margen, pero quizás debería haber estado más encima, no pensé que fueras a estar tan jodido, lo siento, tío ―dijo Daniel sentándose conmigo en el viejo sofá―. Y, por favor, lo primero que tienes que hacer es salir de esta cueva, ¡es deprimente!
―Tienes razón, no sé cómo he acabado así…
Entre los dos recogimos la casa, le pegamos un repaso de arriba abajo y tres horas más tarde seguía siendo la misma mierda, pero al menos estaba limpia.
Daniel se despidió de mí con la promesa de volver al día siguiente para salir a hacer ejercicio otra vez. Y yo, con la adrenalina todavía recorriendo mi cuerpo, después de cenar, me tomé un café bien cargado y me puse manos a la obra. Estuve mirando pisos en varias páginas de inmobiliarias y por la mañana llamé a todas para cambiar de vivienda.
No podía seguir en aquel sitio.
Mi amigo volvió al día siguiente y al otro también…, y tres semanas más tarde me estaban dando las llaves de un lujoso apartamento de dos habitaciones.
No quiero decir que me curé de mi ansiedad de un día para otro, pero cuando mis hijas entraron en el nuevo piso y escuché sus gritos de alegría recorriendo la casa, me llenó de orgullo y me invadió una gran felicidad.
Aquel apartamento era una gozada. Preparado con una fantástica tele oled de 65 pulgadas en la que ver películas con mis princesas, una Nintendo Switch para jugar con ellas y una habitación llena de juegos con dos camas para que se empezaran a quedar a dormir conmigo.
Natalia se portó de manera muy generosa olvidando mi fase depresiva, y unos meses más tarde firmamos el divorcio y la custodia compartida.
Un año después de aquel fatídico día en el que mi ex me dijo que me quería dejar, había nacido un nuevo Pablo, aunque todavía no me encontraba preparado para rehacer mi vida y empezar una relación con nadie.
Había estado demasiado centrado en el trabajo, en mis hijas y en hacer deporte, y precisamente en el curro se me acercó Javier, jefe y compañero a la vez, para anunciarme una novedad.
―La semana que viene va a entrar una chica de prácticas en nuestro grupo…
―¿Ah, sí?
―Sí, he participado en el proceso de selección, ya verás cuando la veas… ―me dijo subiendo las cejas.
―¿Es guapa?
―Si te digo la verdad, ni he leído su currículum, en cuanto he visto la foto me he decantado por ella, je, je, je, veinticinco añitos…, no te digo más… ―bromeó en un asqueroso tono que sonó muy machista.
Y el lunes, a las ocho y cinco, cuando llegué a la oficina, una jodida diosa acompañaba a Javier, que le enseñaba cortésmente la auditoría. Guapa no, guapísima, con unos labios carnosos que eran una invitación a besar, pelo muy largo de color castaño con mechas por las puntas, ojos grandes, sobre 1,70, parecía tener un pecho generoso y un perfecto culo bajo ese pantalón de vestir negro que llevaba con un dobladillo con el que lucía una pulsera tobillera.
Moderna, elegante e informal.
Se subió las mangas de la americana talla oversize cuando se acercó a mí y Javier me la presentó.
―Y este es Pablo, estaremos los tres juntos en el equipo…
―Encantada, me llamo Sara… ―Y me dio dos efusivos besos ante la atenta mirada de Javier.
Una agradable fragancia me envolvió los sentidos… y me puse muy nervioso solo con pensar en que durante los seis próximos meses iba a trabajar con aquella chica.
No podía ser más atractiva…
Capítulo 2
Llevo veintidós años trabajando en la misma empresa, ha sido mi único trabajo desde que salí de la universidad. No sé hacer otra cosa.
Entré en Auditores Corporation a la edad de veintitrés y hasta hoy. Enseguida me convertí en uno de los mayores activos de la compañía debido a mi juventud y los últimos siete años he estado trabajando mano a mano con Javier.
Se puede decir que es mi jefe más directo, un tipo peculiar, no es nada fácil tratar con él y ha tenido roces con casi todos los trabajadores de la empresa debido a su carácter tan fuerte. Llegó un punto en el que nadie quería ser su compañero y formar grupo con él, y reconozco que no me hizo mucha gracia cuando me propusieron hacer pareja con Javier, pero conmigo congenió muy bien desde el principio, y hasta hoy.
Un día está contento y otro no se aguanta ni él mismo, y esos días suelen ser la mayoría, aunque cuando está simpático, es un tipo encantador. Profesionalmente es un auditor magnífico y he aprendido muchísimo trabajando a su lado, pero en lo personal es un auténtico impresentable, sobrado, déspota, machista, mujeriego y no se le puede considerar alcohólico, porque lo controla bastante; pero sí que le gusta mucho beber y alguna mañana se ha presentado con una buena resaca.
Cincuenta y nueve años, dos divorcios a sus espaldas, cuatro hijos con tres mujeres distintas. Toda una joyita mi compañero.
Yo con mi carácter afable nunca he tenido ningún roce con él, cuando empezamos juntos, ya tenía un buen bagaje a mis espaldas y luego he sabido «llevarle» muy bien, y Javier, también sabedor de que en la compañía ya tenía pocos amigos, decidió darse una tregua conmigo.
Pero ahora tenía una nueva víctima a la vista. Una mujer joven, inexperta, que no sabía la que se le venía encima. La chica de prácticas. Sara.
Javier enseguida mostró su verdadero rostro con ella. Lo del primer día, en el que le enseñó la empresa y le fue presentando a los compañeros con una simpatía inusitada, fue un espejismo. La primera semana se encargó de demostrarle a Sara que los seis meses de prácticas iban a ser un puto infierno para ella.
El cuarto día ya le pegó una buena bronca porque todavía no sabía hacer muy bien una tarea que le había enseñado la mañana anterior. Yo pensé que Sara le contestaría y le mandaría a la mierda, pero no le supo parar los pies desde el principio y cuando tenía a Javier delante, ya todo eran nervios y dudas por su parte.
Yo intenté ayudarla todo lo que pude, incluso me quedé con ella varios días después de la jornada de trabajo para enseñarla. Para mí era muy importante porque Sara tenía que liberarnos de mucha de la tarea administrativa y burocrática que nos tocaba hacer.
La mayoría de las semanas Javier y yo nos íbamos de viaje dos o tres días para auditar alguna empresa y luego Sara tenía que ocuparse de gran parte del papeleo, lo que nos daba un respiro a Javier y a mí, bueno, sobre todo a mí, que era el encargado de esos menesteres en un 80 %.
Sara era lista y aplicada y en un par de meses ya se desenvolvía más o menos con soltura, aunque le fueran surgiendo muchas dudas; pero Javier seguía machacándola a la más mínima.
―Si es que salen de la universidad y no tienen ni puta idea de nada ―soltó en alto en medio de la oficina antes de bajarse al bar.
―Tú no le hagas ni caso, Javier es así, estás haciendo un trabajo estupendo ―intenté animar a Sara.
Para mí fue como un soplo de aire fresco tenerla conmigo trabajando. Y no solo porque lo hiciera bien y me quitara mucho papeleo, sino porque era un cambio abismal estar con Javier a hacerlo con Sara, yo quizás me encontraba un poco entre las dos generaciones, ni era tan mayor como Javier ni tan joven como Sara; pero su compañía era un gran motivo para ir a currar cada mañana con una sonrisa.
Y es que además de guapa, era simpática y extrovertida. Debía tener un armario de dimensiones kilométricas, porque lucía modelito nuevo cada día. Vaqueros ajustados, vestidos, jerséis, camisas, blusas, falditas cortas, zapatos de tacón, leggings de cuero, botas altas. Toda una prêt-à-porter que nos deleitaba y le ponía un punto de color a la formalidad habitual de la auditoría.
Me gustaba especialmente cuando llevaba su pelazo suelto y se ponía minifaldas. Tenía la piel muy morena y unos muslos increíbles. Con el paso de las semanas fue ganando en confianza y las faldas fueron acortando su tamaño, hasta que llegó a la línea que ya no podía traspasar. Y Sara lo sabía bien, el tamaño de sus faldas estaba al límite de lo permitido en una compañía como la nuestra, pero ella nunca lo traspasó.
Después empezó con los escotes, también cada vez más pronunciados, con los que insinuaba unos pechos naturales y firmes de gran tamaño y llenos de venas.
Yo me fijaba en cómo la miraba Javier, unas miradas sucias y libidinosas que la traspasaban; además, no se cortaba ni un pelo y hacía sentir a Sara todavía más incómoda con su presencia e incluso dejaba caer algún comentario con respecto a su cuerpazo que a mí me daba vergüenza ajena.
Cuando ya llevaba tres meses con nosotros, la confianza conmigo era total, habíamos pasado mucho tiempo juntos y me sorprendió que aquel viernes, a la salida del trabajo, Sara me preguntara si me quedaba a tomar una caña con ella en el bar de abajo.
Yo por supuesto acepté su invitación y a aquella caña le siguieron tres más y terminamos comiendo de tapeo hasta las cinco de la tarde.
Esa tarde Sara se desahogó conmigo, incluso se le escapó alguna lágrima contándome lo mal que lo estaba pasando debido al comportamiento de Javier.
―No le hagas ni caso, es así con todo el mundo, ya has visto que en la empresa no lo soporta nadie…
―Ya, pero conmigo se pasa demasiado.
―Si quieres, intento hablar con él…
―No, eso sí que no, llevas muchos años siendo su compañero y no quiero causarte problemas.
―No me importa, de verdad.
―Muchas gracias, Pablo, tú ya has hecho bastante, te has quedado muchas horas enseñándome, cuando no tenías por qué hacerlo, te estoy muy agradecida. ―Y me tocó el muslo en un gesto cariñoso.
Luego cruzó las piernas y se le subió la faldita, mostrándome sus muslazos de manera sensual mientras apuraba la cerveza.
―¿Tomamos otra? ―me preguntó.
―Por supuesto, yo me quedaría toda la tarde, estoy muy a gusto contigo.
―Y yo también, eres muy buen tío, Pablo.
―Gracias, lo mismo digo.
A las cinco salimos del bar y al despedirnos Sara se lanzó decidida y me dio dos besos en la mejilla que me dejaron descolocado, pues no me lo esperaba.
―Si quieres, te acerco, no me importa, tengo el coche en el parking… ―dije con voz temblorosa.
―No te preocupes, que cojo el bus.
―No es molestia, de verdad.
―Vale, si insistes, no te voy a decir que no…
Para que engañarnos, lo que quería era presumir de cochazo con aquella jovencita de veinticinco años que todavía vivía con sus padres. Sabía que Sara estaba fuera de mi alcance, pero mi BMW X6 seguro que la impresionaba y así fue.
―Uf, menudo cochazo tienes… ―afirmó cuando se sentó a mi lado.
Sonreí orgulloso y después arranqué para llevarla hasta casa. Mentiría si dijera que no sentí un agradable cosquilleo en el estómago con aquella preciosidad en el asiento del copiloto. En cada semáforo observaba como la gente se fijaba en ella y luego me miraba con envidia, deseando estar en mi lugar.
Al llegar, Sara volvió a inclinarse sobre mí y me soltó un solitario beso en la mejilla antes de bajarse del coche.
―Muchas gracias, Pablo, el lunes nos vemos, que pases un buen finde.
―Lo mismo digo.
Me quedé mirándola con su caminar elegante, viendo cómo movía su culo debajo de esa falda tan corta. No me esperé que ella se girara y me sorprendiera con los ojos clavados en sus posaderas, y Sara sonrió haciéndome un gesto con la mano a modo de despedida.
Regresé a casa con una estúpida sonrisa de satisfacción en el rostro, aspirando el perfume que me había dejado en el coche y recordando su sonrisa traviesa.
Había pasado tanto tiempo que no recordaba lo que era esa sensación. ¡Joder, me estaba pillando por aquella chica!, y volví a sentirme vivo y con un agradable cosquilleo en el estómago. Y todavía fue peor cuando antes de cenar me llegó un whatsapp de ella.
Sara 21:23
Hola!
Muchas gracias por todo, me ha venido muy bien hablar contigo, lo he pasado genial, esto tendríamos que repetirlo todos los viernes
Pablo 21:23
Por supuesto, cuenta conmigo
Sara 21:24
Genial, te tomo la palabra, eh
Pablo 21:24
Eso está hecho
Sara 21:25
Guay, el lunes nos vemos
Un beso
Pablo 21:25
Hasta el lunes
Me acababa de tirar un beso por whatsapp, supongo que entre la juventud sería algo normal ese tipo de despedidas en las conversaciones informales; pero a mí me dejó descolocado que de buenas a primeras me pusiera eso.
Ese finde solo pude pensar en Sara, con la que sabía que no tenía ni la más mínima posibilidad, pues ella estaba en otra liga y el sábado y el domingo se me hicieron eternos deseando que llegara el lunes para poder verla de nuevo…
Capítulo 3
Tenía miedo de que el fin de semana enfriara la complicidad que había surgido entre Sara y yo y ella volviera a mostrarse seria, trabajadora y formal, como hasta ahora; pero al entrar en la oficina me recibió con una sonrisa amigable.
―¿Qué tal el finde, Pablo?
―Bien, no he hecho nada especial, un poco de gimnasio, salir a correr y el sábado por la noche una buena peli en casa… yo solo.
―Pues no suena nada mal ese plan…, yo vengo muy cansada, el sábado estuve de cena con unos amigos y terminamos tarde…, muy tarde, todavía no me he recuperado.
―Ja, ja, ja, no me das ninguna envidia, ya hace tiempo que dejé atrás lo de salir de fiesta.
―Un día te vienes de fiesta con nosotros, ya verás qué bien lo pasas…
―Quita, quita, casi prefiero lo de quedarme en casa viendo una peli, me encanta el cine… y aprovecho cuando no me tocan las niñas… ―Estuve a punto de añadir una pequeña coletilla invitándola cuando quisiera, pero me pareció muy precipitado; así que no dije nada.
Tampoco pudimos hablar mucho más, porque enseguida llegó Javier con su humor habitual. Y a media mañana le pegó una buena bronca a la pobre Sara. Me pareció tan desproporcionada que incluso tuve que intervenir para apaciguar un poco los ánimos de Javier, pero Sara ya se quedó confundida y nerviosa y le salió todo del revés desde ese momento.
Me bajé al bar con Javier, intentando quitarle hierro al asunto, y le pedí que no fuera tan duro con ella.
―Si es que son unos inútiles estos niñatos de hoy en día ―me soltó Javier―, salen de la universidad sin tener ni puta idea de nada, y esta ya no es una chiquilla, eh, que tiene veinticinco tacos; pero, joder, ¡es que es muy corta la pobre!
―No lo está haciendo tan mal, hombre. Ha aprendido rápido, no es nada fácil lo que hacemos.
―Menos mal que por lo menos está muy buena, ¿has visto los modelitos que lleva?
―Sí, es muy guapa.
―Guapa, ¡no me fastidies!, tiene unas tetas perfectas y un buen culo, tiene pinta de saber lo que se hace, a esta no te la acabas en una noche, hazme caso…, sé de lo que hablo.
―No sé, Javier…, parece una tía maja…
―Ja, ja, ja, una tía maja dice, tú siempre tan buenazo, Pablito… Y ahora encima no puedo quejarme de que sea una inútil, ¿sabes por qué?, pues porque la culpa la tengo yo por haberla seleccionado solo por la foto.
―Pues creo que acertaste, porque Sara lo está haciendo muy bien.
―¿Tú crees?
―Sí, lo que pasa es que se pone nerviosa cuando estás delante, te pasas un poco con las broncas que le pegas…
―Bueno, hombre, tampoco es para tanto…, pero si me lo dices tú…, intentaré ser más amable con ella, que esta juventud es muy de cristal, no quiero que se me eche a llorar cualquier día de estos, ja, ja, ja.
―Gracias, Javier.
Pensé que la conversación con mi jefe tendría sus efectos, pero el «buenismo» le duró dos días a Javier, hasta que volvió a reprender a Sara dejándola en evidencia una vez más. Ella intentó aguantar el chaparrón, pero tuvo que salir de la oficina con los ojos humedecidos en dirección al baño para que no la viéramos llorar.
El viernes volvimos a quedar a la salida del trabajo, aunque como me tocaban las niñas todo el finde, apenas pudimos tomarnos una cañita rápida en media hora. Sara iba cogiendo confianza conmigo y ya no era tan prudente como al principio. Ahora se despachaba bien a gusto con el cerdo de Javier, sabiendo que me tenía de su parte.
―¡Es que no lo soporto, te lo juro!, ya es que me da asco en cuanto lo veo, no me gusta su tono de voz, ni cómo viste, ni su colonia ni ese peinado ridículo que lleva, que se piensa que tiene veinte años, joder, ¡qué personaje!
―Tú tranquila, no eres la única a la que le cae mal, de hecho, en la empresa no lo aguanta casi nadie.
―No me extraña.
―Pero es muy bueno en lo suyo, intenta aprender todo lo que puedas con él y olvídate del resto.
―Casi prefiero aprender contigo, eres tan bueno como él y es que no quiero estar ni un segundo con ese tío a mi lado.
―Ya solo te quedan dos meses y medio de prácticas y luego nos pierdes de vista.
―Eso va a ser lo único bueno de terminar, que no voy a volver a ver a Javier; pero a ti te voy a echar mucho de menos.
―Gracias, yo también, espero que cuando pasen estos seis meses te contraten, nos vendrías muy bien en la auditoría, nos hace falta gente y tú has aprendido muy deprisa.
―Ojalá, porque quitando lo de Javier…, ¡me encanta el trabajo!
―¡Jo, es una pena que me tenga que ir!, me quedaría hablando contigo toda la tarde, como la semana pasada; pero tengo que pasar por casa de mi ex a recoger a las peques.
―Pues nada, Pablo, no te entretengo más, que pases un buen finde con tus hijas. ―Y se echó el bolso al hombro bajando del taburete.
Salimos juntos del bar y ella me dio dos besos antes de irse en dirección contraria a la mía. Me hubiera gustado seguir más tiempo con Sara, pero también me apetecía pasar todo el finde con mis hijas.
Por la noche, mientras cenábamos unas pizzas viendo una peli infantil en mi nuevo apartamento, me llegó un whatsapp de mi compi.
Sara 21:54
Muchas gracias por todo, Pablo, no sabes lo que me está ayudando hablar contigo a la salida del trabajo
Pablo 21:54
No tienes por qué dármelas, yo lo hago encantado. Me ha sabido a poco la cañita de hoy, a ver si el viernes que viene repetimos y podemos quedarnos un ratito más
Sara 21:55
Estaría muy bien
Pablo 21:55
Pues no quedes con nadie, eh
Sara 21:56
Vale, perfecto
Pablo 21:57
Pasa buen finde
Sara 21:57
Lo mismo te digo
Pablo 21:58
Sí, mira, aquí viendo Avatar…
Sara 21:58
Planazo
Pablo 21:59
Jajaja, seguro que tu finde va a ser más entretenido
Sara 22:00
Mañana tenemos cena con el grupo de amigos, así que sí, la noche va a ser larga
Pablo 22:01
Disfruta
Sara 22:01
Igual, un beso
Pablo 22:02
Otro para ti
Esta vez sí que me lancé un poco y me despedí con un beso. Me gustaban esas conversaciones con Sara y estuve a punto de invitarla a ver una peli en mi apartamento cuando me puso lo de planazo, pero supuse que fue en tono irónico y al final no me decidí.
Me estaba empezando a crear falsas expectativas con Sara, yo no tenía nada que hacer con aquel bellezón a la que sacaba veinte años. Cuando hablábamos, apenas tocábamos los temas personales, aunque ella sabía que yo me había divorciado y mi situación con las niñas; pero yo no conocía si tenía pareja o novio.
Desde luego que si lo tenía nunca me había hablado de él.
El lunes, nada más llegar al trabajo nos dijeron que esa semana teníamos que salir a hacer una auditoría a una empresa de Bilbao. Serían tres días y la buena noticia es que ¡Sara iba a venir con nosotros!
Ella ni se lo creía cuando se lo dije y se puso un poco nerviosa.
―¿Pero tú crees que puedo acompañaros?, no sé si estoy…
―Claro que estás preparada, Sara, además, nos vas a quitar mucho trabajo a Javier y a mí y vamos a poder avanzar más rápido.
―Pues me hace mucha ilusión hacer una auditoría externa, por fin.
―Eso es muy buena señal, ya verás como cuando pasen los seis meses de prácticas, te contratan…
―Me encantaría…
Tampoco pudimos hablar mucho más tiempo, porque enseguida llegó Javier, que cuando sabía que teníamos que viajar, se ponía todavía más insoportable.
―El miércoles a primera hora salimos para Bilbao, viene ella también ―dijo como si Sara no estuviera delante.
―Sí, ya me lo habían dicho, vamos a empezar a preparar la documentación.
Javier se quedó mirando a Sara como si algo le chocara en ella. Es verdad que aquella mañana había venido más provocativa de lo habitual, con una falda larga veraniega que tenía una abertura lateral con la que nos mostraba su morena pierna al más mínimo movimiento que hacía y una camiseta blanca de tirantes demasiado escotada, pero que le sentaba de maravilla con esos preciosos y perfectos pechos naturales.
―Me parece bien, solo tenemos dos días. Ah, por cierto… ―le soltó a Sara de repente―, aquí puedes venir como te dé la gana, porque nadie te va a decir nada, pero cuando salgamos fuera, haz el favor de vestir correctamente, no puedes ir a una auditoría así, ¡es que no me fastidies, casi no te puedes ni agachar! Vamos en representación de la empresa y hay que vestir de manera sobria y formal, además, también nos dejas en evidencia a tus compañeros y yo estoy ya demasiado mayor para que me pongan colorado… ―Y salió de la oficina como si tal cosa.
La cara de Sara era un poema y tiró de la camiseta hacia arriba intentando taparse un poco el escote, pero con aquel trapito era imposible.
―¿En serio me acaba de decir lo que he escuchado?, pero este tío ¿de qué va? ―me preguntó una Sara descompuesta.
―No le hagas ni caso y viste como te dé la gana, faltaría más, a mí me parece que siempre vas muy… chic, nos viene bien un poquito de modernidad en la empresa…
Con mis palabras intenté tranquilizar a Sara y restarle importancia al comentario de Javier, pero aquello la dejó muy afectada para todo el día y por la tarde, mientras estaba en casa, después de comer, ella se puso en contacto conmigo por WhatsApp y estuvimos casi una hora chateando en la que Sara se volvió a desahogar.
Nunca había tenido una compañera de trabajo con la que tuviera esa complicidad y notaba que Sara también se sentía muy protegida por mí. En cierta manera me consideraba una especie de mentor con ella en la empresa y nuestra buena relación en lo profesional se fue trasladando cada vez más a lo personal.
Y un rato más tarde Daniel pasó por casa. Mi colega estaba muy pendiente de mí y venía a buscarme todas las semanas para ir al gimnasio, salir a correr o echar un pádel.
Él había pasado por una situación como la mía, con un divorcio difícil, pero enseguida se había recuperado y, además, aprovechó el tiempo perdido, porque se pegó unos cuantos años follándose a todo lo que se movía. Últimamente había empezado a verse más a menudo con Isabel, una mujer que trabajaba como guía turística enseñando a los guiris los principales museos de la ciudad. A mí me parecía una mujer increíble, media melena, rubia, cuarenta y tres años, atractiva, culta, con curvas, le encantaba viajar; y todavía no sabía qué hacía una mujer así con mi colega, al que solo le importaba hacer deporte y ligarse a todo lo que se movía.
Me acompañó hasta casa y le invité a una cerveza bien fría después de haber corrido por el parque casi quince kilómetros en una hora y cinco minutos.
―¡Joder, tío, me estás poniendo muy en forma! ―le agradecí a Daniel.
―Sí, aguantas bien para haber estado desentrenado tanto tiempo, estás que te sales…
―Ya lo creo.
―Mira, Pablo, no te he querido decir nada porque me caes muy bien, pero creo que ya va siendo hora de que pases página.
―¿Que pase página?
―Sí, con Natalia…, te voy a hacer una pregunta y quiero que seas sincero, ¿hace cuánto que no echas un polvo?
―¡Qué cabrón!, pues ya lo sabes, hace más de un año, desde que me separé.
―¿Ves?, a eso me refiero. ¡No me jodas, tío!, tienes cuarenta y cinco tacos, ganas pasta, estás de buen ver, podrías estar follándote a una cada semana.
―Sí, ya, ja, ja, ja, muy optimista te veo.
―¿Qué pasa, es que no te apetece?
―Pues he estado una temporada que no mucho, la verdad.
―¿Y ahora?
―Ya me voy animando, aunque todavía no me veo para rehacer mi vida.
―¿Quién está hablando de rehacer nada?, yo te estoy hablando de pasarlo bien, de follar, de conocer mujeres y nada de compromisos, ahora ellas van a lo que van también, te lo aseguro.
―¿Tú has ligado mucho?
―Yo estaba como tú, solo había estado con Estela toda la vida y me costó empezar, pero luego me he follado a muchas, muchísimas, las tengo a todas apuntadas en una libreta, ja, ja, ja.
―Ja, ja, ja, pero ¿con cuántas has estado para tenerlo que apuntar?
―En estos tres años desde que me separé…, con más de treinta, es adictivo, tío.
―¡Guau!, eso son muchas, y ahora Isabel me gusta para ti, a ver si sientas la cabeza con ella.
―Sí, es maja y tal…, pero, no sé, no quiero un compromiso serio, ella sabe lo que hay y estamos bien así.
―Entiendo.
―¿Y tú qué tal?, ¿no te decides?, ¿tienes por ahí alguna amiga?
Entonces se me escapó una media sonrisa que intenté ocultar dándole un trago a la cerveza, pero mi colega me descubrió. Me conocía demasiado bien.
―¡Venga, no me fastidies!, ¿estás con alguien?
―No, no estoy con nadie, ¿con quién voy a estar si solo voy del trabajo a casa y de casa al trabajo y dos semanas al mes me tengo que quedar con las niñas?
―Tú no me engañas, algo tienes por ahí, pillín, lo veo en tu cara, venga, cuéntamelo.
―Que no es nada, de verdad.
―Suéltalo ―me pidió haciendo un gesto con la mano.
―No es nada, solo que…, bueno, ha venido una chica nueva a la oficina.
―Mmmm…
―Y me llevo muy bien con ella, pero ya está, hablamos por WhatsApp y los viernes nos quedamos a tomar una caña a la salida del trabajo. Solo eso.
―Bueno, pues ya es un comienzo, ¿y te gusta esa chica?
―Sí, está muy bien, demasiado diría yo…, y solo tiene veinticinco años, es una niña, sé que no tengo ninguna posibilidad, ¡pero si le saco veinte años!
―Anda, ¿y qué tiene que ver eso?, la edad no es ningún impedimento.
―Si la vieras, lo entenderías…
―Joder, ¿tan buena está?
―Uf, ya te lo estoy diciendo, está fuera de mis posibilidades…
―Pues ya me irás contando, tienes que ir decidido a por ella, lo que a ti te pasa es que eres demasiado bueno y ellas lo perciben enseguida, deberías ser un poco más cabroncete, eso es lo que les gusta.
―Yo soy de esta manera y no lo puedo evitar…
―¿Y te ves opciones o no?
―No, pero mira, hoy por ejemplo hemos estado hablando casi una hora por WhatsApp, Javier se pasa mucho con ella y lo está pasando muy mal.
―Joder, ¿tu jefe sigue tan gilipollas como siempre?
―Más o menos…
―Y tú la consuelas.
―Se podría decir así…
―Bien, pues yo creo que vas bien por ahí y…, eh, te quería comentar, como veo que de momento no tienes nada en concreto con esa chica, me gustaría proponerte un plan para este sábado…, ya que estás sin niñas…
―¿Un plan?
―Sí, verás, Isabel tiene una amiga…
―Noooooo, no, no, no, ¡¡ya te estoy viendo venir y ni de coña!!
―Pero si todavía no te he dicho el plan…
―No, pero me lo estoy imaginando.
―Es una cena entre cuatro amigos y ya está, joder, la amiga de Isabel está como tú, divorciada, cuarenta y siete años.
―Que no, paso, te lo agradezco de verdad…, pero estas citas a ciegas me dan pánico, lo pasaría fatal.
―No seas así, ya le dije a Isabel que ibas a venir, para que se lo comentara a su amiga. No es una cita ni nada por el estilo, es algo informal, que os gustáis, pues nada, tampoco tienes que casarte con ella, es solo echar un polvete, creo que te va a venir muy bien.
―No, Daniel. Muchas gracias, pero no.
―No acepto un no por respuesta. El sábado a las nueve y media en mi casa ―afirmó mi amigo apurando la cerveza y dejándola sobre la mesa antes de ponerse de pie.
―No, Daniel, lo siento, te lo digo muy en serio.
―Ooooh, tío, no insisto más…, bueno, pues nada, tú te lo pierdes…
―De todas maneras, gracias. Eres un gran amigo.
―Lo sé, ja, ja, ja, al menos lo he intentado… Tengo que irme, Pablo, ¿mañana quedamos?
―Uf, mañana no creo que pueda, el miércoles salimos para Bilbao y seguramente tenga que preparar algo de trabajo y descansar.
―Vale, pues vamos hablando.
―Nos vemos…
El día siguiente fue de locura, dejando todo listo para la auditoría en Bilbao. Sara vino a trabajar más recatada de lo normal. Sin duda alguna, las palabras de Javier le habían afectado más de lo que me pensaba. Con un pantalón negro de vestir ancho, camisa blanca y americana grande arremangada estaba muy fashion, mostrándonos las pulseritas de su mano derecha y con su pelo suelto despeinado, pero peinado.
Era toda una belleza a la que Javier no le prestó ese día la más mínima atención y nos pasamos la mañana los tres en silencio, trabajando sin un segundo que perder.
Salimos tarde, casi a las cuatro, pero con el trabajo hecho, y entonces Sara me sorprendió mientras bajábamos las escaleras del viejo edificio en el que estaba la auditoría.
―¿Te quedas a tomar una caña, Pablo?
―Eh, sí, es un poco tarde, pero vale…
―Si quieres, picamos algo en el bar o… ¿tienes algo que hacer?
―No, no…, sin problema, así desconectamos un poco…
Nos pedimos un par de cañas con sus tapas, con las que prácticamente comimos, y Sara siguió dándole vueltas al tema de su vestuario.
―Te lo juro que hoy casi ni he dormido, me sentó fatal lo que me dijo ayer este imbécil… ―afirmó quitándose la americana y dejándola sobre el perchero.
―Ya hablamos ayer, mira, Javier es así, te dice una cosa y al día siguiente ni se acuerda, este suelta lo primero que se le pasa por la cabeza…
―No sé, tampoco me dieron unas normas sobre vestuario, no quiero que esos detalles afecten a mi posible contratación cuando terminen las prácticas.
―Cuando termines las prácticas, yo hablaré con quien tenga que hablar para que te contraten…
―¿Harías eso por mí?
―Por supuesto, no solo eres muy buena trabajando, es que, además, nos has venido como un soplo de aire fresco en la auditoría.
―Muchas gracias, Pablo, no sé ni cómo agradecerte todo lo que estás haciendo por mí…
Esas palabras hicieron que me ruborizara, pero no me dio casi tiempo a disfrutar esa pequeña victoria, porque justo entró en el bar un guaperas, rubio, alto, con el pelo largo, imberbe, en bermudas y camisa a rayas de manga larga con tres botones desabrochados y un collar de surfero. Parecía sacado de un puto anuncio de Calvin Klein. Se acercó por detrás a Sara mirándome con una sonrisa perfecta y poniéndose el dedo en la boca para que no dijera nada.
La abrazó por la cintura y cuando ella se giró, el guaperas le plantó un beso en los labios. Os lo juro que aquel beso me dolió como una puñalada. ¡Menuda decepción!
Estaba claro que Sara no se esperaba que ese chico fuera a buscarla al trabajo y parece que no le hizo mucha gracia.
―Hola, Abel, pero ¿qué haces aquí? ―le preguntó ella con cara de sorpresa.
―Me dijiste que te ibas a quedar a tomar una caña y tenía muchas ganas de verte…
―Luego iba a llamarte…
―Así que aquí me he presentado ―dijo interrumpiéndola―. Hola, soy Abel. ―Y me estrechó la mano con fuerza, como si estuviera marcando territorio.
―Yo soy Pablo, un compañero de Sa…
―Ya sé quién eres, Sara me está hablando de ti a todas horas, joder, tío, tenía ganas de conocerte…
―Sí, yo también ―mentí, pues Sara no me había comentado nada de que tuviera novio.
Y tras una tensa calma estaba claro que yo sobraba allí. Me puse de pie inmediatamente y pagué la cuenta.
―Chicos, yo ya me voy, quiero descansar un rato…
―Sí, nosotros también ―dijo Sara cogiendo la americana.
Salimos a la vez, casi sin despedirnos, cada uno fuimos en una dirección, y a mi espalda escuché al guaperas.
―Bueno, ¿dónde vamos? ―Y me giré para ver como el muy cabrón la agarraba por atrás, pegando el paquete en el culo de Sara y comiendo su cuello a besos.
Llegué a casa con un cabreo considerable. No tenía por qué enfadarme, al fin y al cabo, ya sabía que las posibilidades de tener algo con Sara eran casi nulas; pero me jodió mucho verla con ese guaperas. Lo que me pareció curioso fue la cara que puso ella, como si no le hiciera gracia que su novio se hubiera presentado allí sin avisar.
Y despechado, actué en caliente, cogí el móvil y casi sin pensármelo le mandé un mensaje a Daniel.
Pablo 17:15
Sé que me voy a arrepentir de esto, pero si sigue en pie lo de la cita del sábado, cuenta conmigo…
Veinte minutos más tarde tenía el ok de mi amigo. Ya estaba todo en marcha, no tenía ni idea de con quién había quedado, ni cómo era ella físicamente ni a qué se dedicaba, pero el sábado por la noche tenía mi primera cita en mucho tiempo.
Desde que me había separado de Natalia mi libido sexual había desaparecido por completo. Fue una de las consecuencias de la pequeña depresión por la que atravesé y pasados unos meses no echaba en falta el sexo. Absolutamente nada. De hecho, ni tan siquiera me masturbaba.
Llevaba casi un año sin correrme. Aquello no podía ser muy sano, pero es que no me apetecía, y solo la aparición de Sara había hecho que durante las últimas semanas mi sensación de deseo empezara a florecer muy lentamente dentro de mí.
Intenté pasar página cuanto antes en el asunto de Sara, tenía que estar relajado para dormir bien antes de salir de viaje y después concentrarme en el trabajo, pero estaba claro que ella no me lo quería poner fácil, porque justo antes de cenar me mandó un whatsapp que no me esperaba.
Sara 21:02
Hola, Pablo!
Oye, que siento mucho lo de esta tarde, no pensé que Abel se fuera a presentar en el bar, me apetecía tomarme unas cañas contigo
Pablo 21:03
No tienes que darme explicaciones, no pasa nada, me parece normal que tu novio pase a buscarte
Sara 21:03
Te había dicho yo lo de bajar al bar y luego me ha sabido mal que viniera, no lo sabía, de verdad
Pablo 21:04
Que no pasa nada, lo entiendo perfectamente
Sara 21:05
Te debo unas cañas, eh, a ver si en Bilbao sale todo bien en la auditoría y luego te puedo invitar
Pablo 21:05
Cuando quieras, y claro que va a salir todo bien, estás preparada
Sara 21:06
Muchas gracias por todo. Mañana nos vemos
Un beso
Pablo 21:06
Buenas noches, hasta mañana, descansa
Ahora sí que no entendía a que habían venido estos mensajes de Sara. Para mí era lógico que su novio fuera a buscarla al trabajo, no tenía por qué disculparse y mucho menos conmigo, puesto que no me había hecho nada; pero mi teoría de que se había molestado porque aquel chico se hubiera presentado allí, era cierta.
Estaba claro que, por el motivo que fuera, Sara no quería que en la auditoría se conociera que tenía novio. O al menos no quería que yo lo supiera.
Me acosté dándole vueltas a todo lo que me había pasado las últimas semanas con Sara, pensando en mi cita a ciegas del sábado y en la auditoría de los próximos días. Se presentaba un viaje interesante con Sara y Javier y a la vuelta me esperaba mi primera cita después de un año.
Lo que no me imaginaba es que aquel viaje a Bilbao lo iba a cambiar todo.
Capítulo 4
Muy temprano cogimos el Alvia que nos llevaba hasta Bilbao. Yo me senté con Sara y en la fila de al lado Javier encendió la tablet en cuanto el tren se puso en marcha. En total eran cuatro horas y media de viaje, que bien administradas eran muy valiosas.
Javier puede ser muchas cosas, pero sobre todo es un gran profesional y le gustaba ser muy perfeccionista en el trabajo. Sara y yo empezamos revisando la documentación y lo que teníamos que hacer nada más llegar a la empresa a auditar, pero en apenas una hora yo ya estaba leyendo un libro y ella se puso música con unos gigantescos cascos inalámbricos.
Me encantaba tenerla a mi lado, sentirla cerca, oler su dulce perfume. Sara era toda una tentación irresistible. Y eso que a pesar de estar ya en verano se había vuelto muy recatada en su manera de vestir. Aquel día iba con unos pantalones de vestir azul marino, zapatos de tacón y americana gris, con una camiseta blanca sin ningún dibujo.
Joven, elegante, discreta y formal.
Estaba claro que la advertencia de Javier sobre su vestuario había hecho mella en Sara y no quería dar pie a que nuestro jefe volviera a reprenderla por la ropa que llevaba.
Media hora antes de llegar repasé con Sara nuestro plan de trabajo. En principio, si todo iba bien, pasaríamos dos noches allí y el viernes por la mañana regresaríamos a casa. Sara me comentó que había vivido unos años en Bilbao y tenía muchos amigos en la ciudad; por lo que el jueves saldría a cenar con ellos.
―El jueves, después de estar dos días currando más de doce horas seguidas, no creo que tenga fuerzas para salir de fiesta… ―dije.
―Seguro que sí… y, además, te recuerdo que tenemos pendiente una caña, por lo de ayer.
―Cuando quieras…
―A ver si luego.
―Bueno, ya estamos ―anunció Javier guardando la tablet en su funda―, cada vez se me hacen más pesados estos viajes… ―murmuró intentando establecer un poco de cercanía con nosotros, pues durante el trayecto apenas habíamos cruzado dos frases.
Estaba claro que su relación con Sara no era todo lo fluida que debería ser en un equipo de tres personas y yo me encontraba en medio, intentando ser el nexo entre todos para que el trabajo saliera adelante.
Por la mañana llegamos a la empresa que íbamos a auditar y nos adjudicaron una pequeña sala dentro. El administrador nos facilitó la información que necesitábamos y sin tiempo que perder nos pusimos manos a la obra.
Desde el primer minuto Sara estuvo activa, concentrada y sabiendo lo que tenía que hacer. Como si llevara toda la vida. Incluso me di cuenta de que Javier se mostró gratamente sorprendido por la eficiencia de nuestra chica de prácticas.
No cabe duda de que había tenido un gran maestro.
Y ella era lista e intuitiva, y había aprendido muy deprisa. Con la americana en la silla, esos pantalones de vestir ajustados, el brazo lleno de pulseritas con un cierto aire hippie y su pelo de leona recogido en una coleta, era toda una delicia verla trabajar.
Apenas nos tomamos una hora para comer, en la que estuvimos hablando de cómo iba la auditoría y pronto reanudamos la tarea. A las ocho de la noche decidimos que ya estaba bien por ese día. Habíamos avanzado mucho más de lo que pensábamos y ya teníamos más de la mitad del trabajo realizado.
Un rato más tarde llegamos al hotel y por fin pudimos dejar las maletas y pegarnos una ducha. Habíamos reservado tres habitaciones individuales y casualmente la de Sara estaba al lado de la mía.
Fue ella la que unos minutos más tarde picó en mi puerta, se había preparado antes que yo y me sorprendí al abrir y verla con sandalias, un vaquero bastante más ceñido que el pantalón que había llevado durante el día y un polo rosa, con el que iba muy clásica.
A pesar de no estar en horario de trabajo Sara quería seguir vistiendo así para que Javier no se molestara. Estaba igual de guapa…, pero ese no era su estilo.
―¿Ya estás listo?
―Un minuto ―le pedí abriendo la puerta―, pasa si quieres ―dije metiéndome al baño para echarme un poco de colonia por el cuello.
Ella aceptó con timidez mi invitación y se quedó plantada en medio con los brazos cruzados y el bolso al hombro. Enseguida hizo una panorámica de la habitación y se dio cuenta de lo recogido que estaba todo.
―Me gusta lo apañadito que eres, tenías que ver mi habitación, está hecha un desastre.
―No será para tanto, y qué te voy a decir…, después de mi separación no me ha quedado más remedio que aprender a organizarme, aunque tampoco es que me haya costado mucho…, supongo que gracias al trabajo siempre lo he tenido todo muy planificado. Por cierto…, enhorabuena, hoy has dejado a Javier con la boca abierta.
―¡Muchas gracias!, ¿en serio?, ¿te lo ha dicho él?
―No es de hacer esa clase de cumplidos, para Javier estamos obligados a hacerlo perfecto, pero si te equivocas ahí sí que te va a decir algo. Seguro. Que le hayas cerrado la boca es muy buena señal.
―Entiendo.
―Habíamos quedado dentro de media hora con él para cenar, ¿qué hacemos?, ¿le pegamos un toque? ―pregunté a Sara.
―Casi que… mejor nos adelantamos, ¿no?, y así puedo invitarte a esa cañita que teníamos pendiente ―me dijo Sara.
―Como quieras…
Bajamos al bar del hotel, en el que Sara y yo compartimos una cerveza antes de que se nos uniera Javier para cenar. Ella estaba contenta y eufórica por lo bien que se había desenvuelto en la auditoría y aquello hizo que ganara la confianza que necesitaba cuando tenía a Javier delante.
Ese día fue un punto de inflexión en el trabajo de Sara, y Javier no era tonto, llevaba muchos años de auditor y sabía que Sara podía llegar a ser una gran profesional en el futuro. No era nada fácil hacer lo que había hecho la chica de prácticas en su primera auditoría externa.
Durante la cena nuestro jefe estuvo bastante agradable y eso era señal de que todo iba de maravilla, incluso después nos invitó a un chupito en la cafetería, que Sara y yo aceptamos gustosamente.
Cuando estaba en ese plan, era una persona encantadora. La pena es que se podían contar con los dedos de la mano las veces que Javier se mostraba así a lo largo del mes. Y hoy nos recordaba anécdotas graciosas de las primeras auditorías que hizo de joven, aunque al día siguiente podía levantarse perfectamente siendo un puto ogro.
Por suerte, el jueves Javier estuvo igual de simpático, o incluso más, y a eso de las seis de la tarde terminamos el trabajo.
―Muy bien, chicos ―nos felicitó Javier―, si queréis, nos pasamos por el hotel a pegarnos una ducha y cambiarnos y luego os invito a unas tapas por el centro, nos lo hemos ganado…
Sara se vio en un pequeño compromiso, pues había quedado para cenar y se excusó de manera elegante.
―Me encantaría, pero hace tiempo que no veo a mis amigos y ya había quedado con ellos, jo…, ¡qué pena!, me hubiera gustado ir con vosotros… ―se disculpó Sara.
―No pasa nada, otra vez será, seguro que vamos a tener más oportunidades ―comenté yo para quitarle hierro al asunto.
Tampoco es que me hiciera mucha ilusión salir de tapeo con Javier, pero él también tenía conocidos en la ciudad y con un par de llamadas reunió un grupo de siete personas con las que no me quedó más remedio que cenar, echando mucho de menos la juventud, belleza y compañía de Sara.
Curiosamente, sobre las once, recibí un whatsapp de ella.
Sara 23:05
Hola!
Qué tal va todo?
Siento haberte dejado solo con Javier, seguro que esta me la guardas, jajaja
Pablo 23:06
No te preocupes, no estamos solos, Javier ha reunido a sus amiguetes y al final hemos salido siete personas
Pero sí, esta te la guardo, eh, jajaja
Y tú qué tal la cena?
Sara 23:06
Bien, bien, también estamos de tapeo por el centro
Dentro de un rato, si seguís por aquí, me acerco donde estéis y me tomo una contigo
Pablo 23:07
Vale, luego te digo sitio y si te apetece
Sara 23:08
Hecho.
Un besote.
Pablo 23:08
Otro para ti.
Noté a Sara un poco más efusiva de lo normal, sin duda alguna debía estar muy contenta por el buen trabajo que había hecho durante las dos jornadas de auditoría y en presencia de sus amigos y con un par de cañas encima estaba algo más desinhibida. Si no hubiera sabido que tenía por novio a ese guaperas de metro noventa de altura, podría haberme emocionado un poquito con esos mensajes, pero la actitud cariñosa de Sara me seguía desconcertando.
¿A qué venía ese tonteo conmigo?
Quizás solo eran imaginaciones mías, pero los continuos whatsapp por privado, el querer vernos a solas para tomar algo, sus gestos hacia mí… Yo todo eso lo consideraba como un juego entre nosotros que, aunque era inocente, me estaba creando unas falsas expectativas que posiblemente estuvieran bastante alejadas de la realidad.
Desde que recibí su mensaje ya estuve pendiente del móvil toda la noche. Los amigos de Javier se fueron marchando y cuando solo quedábamos otro señor, él y yo, recibí otro mensaje de Sara.
Sara 00:23
Ya estás libre?
Si eso, ahora me acerco…
Pablo 00:24
Estamos en el Winston Churchill, no sé si te pilla bien
Sara 00:24
Sí, estoy aquí al lado… me paso
Repasé la conversación y Sara me estaba preguntando si ya estaba libre. ¿Solo? No lo había leído bien y yo le había dado nuestra ubicación sin caer en la cuenta de que todavía estaba con Javier. Ahora tenía que pensar en algo para deshacerme del jefe y su colega, que justo acababan de terminar la copa.
―Bueno, chicos, yo os voy a dejar ya, estoy muy cansado y me apetece volver al hotel dando un paseo. Encantado de conocerte ―le dije al señor a modo de despedida.
―Pero ¿ya te vas?, si todavía es muy pronto ―me recriminó Javier mientras pedía otra copa para su amigo y para él.
―Yo creo que voy a seguir los pasos de Pablo ―le interrumpió su colega―, como me tome otra mañana no voy a ser persona.
―No me jodas, Gorka, con lo que tú has sido…
―Ya vamos teniendo una edad, Javier…
―Vaya dos, ¡seréis cabrones!, ¿me vais a dejar aquí solo tomando la copa?
Y justo en ese momento llegó Sara al bar. Fue como una aparición estelar. Mierda, se había adelantado y no me había dado tiempo a salir y quedarme a solas con ella, como me pidió.
¡Dios mío, estaba espectacular!
En nada tenía que ver con la Sara pija y moderna del trabajo. Ahora estaba vestida para salir de fiesta y aquella minifalda roja había sobrepasado con mucho la delgada línea de la decencia y el erotismo.
Sus piernazas morenas lucían increíbles con unas sandalias de cuña, llevaba una blusa blanca escotada sin mangas y más maquillaje del que su juvenil rostro le pedía, pero, aun así, estaba guapísima y radiante.
―Te acompaño a la salida… ―me dijo el amigo de Javier justo cuando Sara se dirigía hacia nosotros.
Llegó hasta nuestra altura y me hice el sorprendido al verla. Ella también se quedó descolocada, pues creo que no se esperaba que estuviera acompañado y mucho menos por Javier, que la iba a ver así vestida.
―Pero bueno, Sara, ¿qué haces aquí? ―le preguntó Javier al verla como si fueran íntimos de toda la vida y le dio dos besos.
―Es que había quedado con unos amigos y… ―intentó excusarse.
―Menos mal que has venido, porque estos dos iban a dejarme solos ahora mismo…
―¡Anda, qué suerte! ―ironizó ella.
Le presentó a Sara a su colega y yo me quedé dudando qué hacer. No quería dejarla a solas con Javier, pero ya había dicho que estaba muy cansado y me apetecía regresar al hotel. Ahora no podía cambiar de opinión. Aquello podría considerarse un gesto muy feo hacia Javier y Sara y yo nos miramos con complicidad intentando salir del apuro.
―¿Qué quieres tomar?, te invito a una en lo que vienen tus amigos, ¿no me harás el feo, no? ―la preguntó Javier.
―No te preocupes, de verdad, deben estar al llegar…
―Venga, deja que te invite, no voy a aceptar un no por respuesta ―insistió Javier poniendo una mano en su cintura en un gesto cariñoso.
―Está bien, pues un San Francisco, por ejemplo…
―Eso está mejor…
―Bueno, Sara, pues yo me voy… ―Y subí las cejas como si le estuviera dando una seña de duples en el mus.
Ahora la pelota estaba en su tejado y era ella la que tenía que inventarse algo para perder de vista a Javier y venir conmigo, pero el camarero ya estaba sirviendo el cóctel que había pedido y la copa de mi jefe.
Antes de poner un pie en la calle pasé por el baño y al salir me los encontré en el mismo punto de antes. Javier seguía con una mano en su cintura y parecía disculparse por el comportamiento que había tenido con ella desde que llegó a la empresa y Sara no solo las aceptaba, sino que subía los hombros y asentía con la cabeza.
―Si yo lo entiendo, es normal… ―intuí leer en sus labios a la vez que esbozaba una sonrisa ¿forzada?
Se me hizo un nudo en el estómago al ver aquella escena. Después de todo lo que había pasado Sara, los desplantes de Javier hacia ella, cómo la había machacado constantemente y ahora era como si todo eso se hubiera borrado de un plumazo y ella incluso le reía las gracias.
La imagen era brutal, el cuerpazo de Sara, moreno, brillante, sensual, con su pelo suelto y salvaje, y Javier, a sus cincuenta y nueve tacos, con su incipiente barriguita, un pelín más bajo que ella, con su canoso pelo engominado hacia atrás, le ponía una mano en la cintura en una actitud que para mí rozaba incluso el acoso.
Lo único que se me ocurrió fue mandarle un whatsapp a Sara y salí caminando del bar muy despacio en dirección al hotel.
Pablo 00:37
Siento haberte dejado así con Javier, pero ya me había despedido
No se me ha ocurrido nada para perderle de vista…
Espero que no se ponga muy pesado
Si puedes llámame…
En veinte minutos llegué al hotel y Sara todavía no me había contestado; es más, ni siquiera había leído el mensaje. Intenté llamarla tres veces, pero no me cogió el teléfono. Con el bullicio del bar seguro que ni habría escuchado el sonido del móvil. Hice algo de tiempo, esperando que se pusiera en contacto conmigo, pero cuando ya eran más de la una y media, me di por vencido y me quité la ropa para meterme en la cama.
Nada había salido como me hubiera gustado.
Reconozco que me había fastidiado no quedarme a solas con Sara para tomar una copa con ella. Estaba muy intrigado por saber el porqué de su comportamiento conmigo y si hubiera seguido con su descarado tonteo.
Caí en un sueño profundo después de dos intensas jornadas de trabajo y una hora más tarde unos ruidos en la habitación de Sara me despertaron. Miré el reloj y solo llevaba una hora dormido. No podía distinguir bien lo que sucedía tras la pared, pero una cosa estaba clara por los tonos de voz que percibía.
Sara no había regresado sola y un hombre estaba con ella en su habitación a las dos y media de la mañana…
Capítulo 5
Todavía adormecido me quedé en la cama sorprendido porque Sara tuviera compañía. O eso me había parecido, ya que, pasados diez minutos, no escuchaba nada en su habitación. Quizás habían sido imaginaciones mías y Sara había regresado sola.
Pero cinco minutos después me llegó un gemido. Tímido y casi imperceptible.
¿Se estaba masturbando Sara?
Eso me habría gustado, aunque, por desgracia para mí, la cama de ella empezó a crujir. Un sonido agudo y chirriante, con un vaivén cadencioso acompañado de unos cuantos suspiros. Y luego un gruñido hosco y ahogado de hombre.
No podía ser. Se estaban follando a Sara delante de mis narices. A mi Sara.
Solo contemplaba tres alternativas. Que hubiera venido su novio a Bilbao, que se lo estuviera montando con alguno de sus amigos, por lo que le estaría siendo infiel a su chico, y una tercera posibilidad que era, y con mucho, la que menos me gustaba.
Que estuviera follando con Javier.
Era la última persona con la que había visto a Sara, pero eso no podía ser. Después de tantos meses puteándola, comportándose con ella como un auténtico cretino, no quería creerme que, con una simple disculpa, Javier hubiera conseguido llevarse a la cama a Sara con tanta facilidad.
Además, ella lo odiaba, me lo había dicho muchas veces en las que yo había sido su paño de lágrimas. No soportaba nada de él, ni su manera de ser, ni su rancio machismo, ni su olor ni su físico de galán anticuado.
Era impensable esa posibilidad. Sara no podía estar acostándose con él. Que ya le pusiera los cuernos a su novio no era muy propio de ella, pues me parecía una chica fiel y con principios, pero que, además, lo hiciera con Javier, cuando su novio era un auténtico adonis, no me cuadraba nada de nada.
Y mientras tanto, seguían follando, a un ritmo lento, muy lento. Sara gemía bajito, quizás sabiendo que yo estaba en la habitación de al lado y no quería que la escuchara. Aunque el hotel estaba bien insonorizado, cualquier mínimo ruido, por pequeño que fuera, se hacía perceptible en el silencio de la noche.
Yo estaba metido en la cama, avergonzado, como si estuviera invadiendo la intimidad de Sara, y no quería que eso pasara. De verdad que no. Pero ¿qué podía hacer? Lo único que me quedaba era taparme los oídos, cosa que por supuesto no hice.
No me atrevía a moverme ni un milímetro, tumbado bocarriba, rígido, tapado con la sábana hasta el cuello, noté una gota de sudor perlando mi frente.
Era demasiado pudoroso para estas cosas, consideraba a Sara algo más que una simple compañera de trabajo, ahora era mi amiga. Y estaba empezando a sentir algo por ella, por eso me daba vergüenza escuchar cómo estaba follando en la habitación de al lado. No solo eso. Me encontraba incómodo en esa situación que yo no había generado, pero no lo podía evitar y lo peor era la sensación de opresión en el pecho y el estómago.
Sentía una decepción muy grande con Sara y sobre todo… celos. Muchos celos. Yo pensando que ella quería pasar la noche conmigo, tomarse una copa, comentar lo bien que había salido la auditoría y ahora me encontraba que Sara lo estaba celebrando con otro.
Otro que yo no sabía quién era.
Había sido un estúpido por pensar que tenía alguna posibilidad con aquella chiquilla a la que casi doblaba en edad y me quedé en la cama esperando que terminara de follar con ese desconocido. Era como una traición y los celos me invadían por completo.
Sin embargo, la calma inicial fue dando paso a un polvo más agresivo. Los movimientos de la cama incrementaron la velocidad y ahora los gemidos de Sara ya no eran tan tímidos. Jadeaba ansiosa, desesperada, y se notaba que lo estaba disfrutando mucho.
Los cuerpos de los dos amantes chocaban con violencia y a buen ritmo. Ese sonido de cuando embistes por detrás es único e inconfundible. Y no me cabía ninguna duda de que a Sara se la estaban follando así.
¿A cuatro patas?
Se me venía a la cabeza la imagen de Sara vestida de manera exquisita, con sus faldas, esos pantalones vaqueros hechos a medida, sus americanas arremangadas, su estilo hippie pero pijo, el pelo despeinado pero peinado. Informal y arreglada.
Con estilo y mucha clase.
Y ahora debía estar desnuda en la cama, dejando que se la follaran en una posición sumisa. ¿Le estaría poniendo los cuernos a su novio?, quizás se lo había llevado a Bilbao sin decirnos nada, al fin y al cabo, era lo lógico. En su primer viaje de trabajo no creo que se atreviera a decirnos que había metido a su novio en la habitación.
Pero ¿por qué entonces había insistido tanto en quedar conmigo durante la noche? Algo no me cuadraba, mi fuero interno no quería aceptar que Sara fuera una adúltera y que le estuviera haciendo a su chico lo mismo que mi exmujer había hecho conmigo.
Todo eran cábalas y suposiciones y aunque mi cabeza iba a mil, desde la cama no podía hacer nada más que conjeturas. Lo único que estaba claro es que a Sara se la estaban follando bien duro. Y sus gemidos se fueron transformando en gritos.
Ya no se escondía y dejaba salir todo ese placer aun sabiendo que yo podría escucharla desde la habitación de al lado. Y la seguían embistiendo más y más. Joder, el que se la estuviera follando era una puta máquina.
¡Menudo ritmo y vaya aguante que tenía!
Eso le restaba muchas posibilidades a que fuera Javier el que estuviera con ella. No me imaginaba a mi jefe con semejante capacidad física.
Durante todo el polvo no me había movido ni un milímetro, quieto, sin hacer ningún ruido, como si ellos pudieran verme a través de la pared. Yo no estaba haciendo nada, pero no podía quitarme esa sensación de vergüenza ajena, sintiéndome un pervertido por estar escuchando aquello.
Lo estaba pasando muy mal y de repente el que se tiraba a Sara dijo unas palabras que no pude entender y después un azote retumbó por toda la habitación. ¡Qué hijo de puta!
Aquel cerdo acababa de castigar el glúteo de Sara y fue la primera vez que sentí envidia por no ser yo el que estuviera con ella en la habitación. La estaba sometiendo con dureza y a Sara parecía que le gustaba que la trataran así cuando se le escapó un gemido de placer.
Y después de aquel azote vino otro. Y otro más. ¡PLAS, PLAS, PLAS!
La follada ya duraba más de media hora y por la manera de jadear, Sara debía estar a punto de correrse. Entonces fui yo el que comenzó a temblar. Nervioso, celoso, avergonzado, y sobre todo…, excitado.
Sí. Algo se había despertado en mí. Puede sonar extraño, pero durante el último año no había experimentado ningún apetito sexual, y no era algo que me molestara. Estaba centrado en mis hijas y en el trabajo. Tampoco lo había echado en falta.
Pero aquella noche, en la que estaba viviendo un cóctel explosivo de sentimientos, mi cuerpo dijo basta. Y liberó todo eso que llevaba guardado. A lo bestia. Jamás había tenido una empalmada así. Ni con dieciocho años. Incluso llegué a asustarme. La tenía dura, palpitante, los huevos muy hinchados. Una erección dolorosa.
Y casi sin querer bajé la mano para comprobar que estaba en lo cierto. Colé los dedos por el elástico del calzón. De repente hacía mucho calor en la habitación y salí de mi escondite, quedándome sobre las sábanas.
Bajé un poco el calzón y liberé mi polla, que me lo agradeció mostrándose erecta y poderosa.
Sara gritaba, gemía, se revolvía ansiosa y el traqueteo de la cama me indicaba que la follada no había bajado la intensidad. Su amante se tomaba de vez en cuando unos segundos de descanso, pero cuando volvía a la carga era peor y embestía a Sara sin piedad, como si la quisiera traspasar.
El muy cabrón ya la había dejado al límite en dos ocasiones. Por su manera de gemir no hubiera tenido problema en hacerla llegar al orgasmo, pero justo en ese momento él se paraba y Sara se quedaba ronroneando, ofreciéndole su culazo para que él volviera a la carga cuando le diera la gana.
Y yo comencé a acompasar sus movimientos con los míos. Mi mano subía y bajaba a la vez que el desconocido penetraba a Sara. Cuando sus cuerpos chocaban, yo hacía lo propio contra mi pubis.
Imaginé que era yo el que se estaba follando a Sara.
«Te gusta, ¿eh?, grita más alto, grita, zorra, que todo el hotel se entere de lo bien que te están partiendo en dos».
La tenía muy sensible, había sido demasiado tiempo sin tocármela y aquella paja no iba a durar mucho tiempo. Apenas pude seguir su ritmo un par de minutos y tuve que ralentizar o me hubiera corrido irremediablemente.
El que no aflojaba era el tipo de la habitación, que aceleraba y frenaba, soltando algún azote cuando le apetecía. Y Sara gritaba, buscando por fin el orgasmo del que tantas veces le habían privado por esa noche.
Él ya debía estar al límite también. ¿Cuánto tiempo se puede aguantar follando con semejante diosa?
Si yo mismo, escuchándolos desde la habitación de al lado, e imaginándome a Sara desnuda a cuatro patas, apenas había podido masturbarme durante dos minutos.
Entonces se acercó el final. Supe que esta vez él iba a dejar que Sara se corriera. Comenzó de cero. Se la debía haber sacado y un gemido de Sara me indicó que se la había clavado hasta los huevos. Luego un golpe seco, y otro más, cada vez más seguidos, y los gemidos de Sara también subieron de decibelios. Un azote duro ¡PLAS!, y después del grito de Sara él le recriminó algo que no pude entender.
Pero Sara estaba a lo suyo. Y veinte segundos más tarde, con las embestidas de ese animal a su máxima intensidad, Sara ya no gritaba. Berreaba. Aquella chica formal, dulce, pija y exquisita, gemía a lo bestia, mientras se la jodían a pollazos de manera vulgar.
Tensé las caderas, casi sin podérmela tocar, me palpitaba de manera descontrolada y pasé un dedo por el tronco, tirando ligeramente hacia abajo. Tenía el capullo hinchadísimo y en la penumbra de la habitación mi polla amenazó con explotar.
―¡¡¡AAAAAHHHGGG!!! ―chilló Sara liberándose por fin y llegando al orgasmo, pero no por ello su amante dejó de penetrarla.
La cama parecía a punto de partirse en dos, los huevos de ese tío rebotaban contra su coño y un nuevo azotazo impactó en el culo de Sara, que chilló más.
―¡¡AAAAAAAUUUU, AAAAAAUUU, SÍÍÍÍÍÍÍÍ, AAAAAAAAAH!!
Yo temblé y tuve que agarrarme la polla con firmeza. Una sacudida incontrolable me atravesó desde los pies a la cabeza y reconozco que sentí hasta miedo. Un año sin correrse no es cualquier cosa.
Noté el semen subiendo apresurado desde los huevos y atravesando impaciente todo mi falo, en busca de la salida. Era doloroso y también placentero. Me revolví en la cama y cerré los ojos dejándome llevar.
Salió con tanta potencia que el primer impacto me alcanzó de lleno en la cara. Lo noté caliente y viscoso, corriéndome a la vez que Sara, que no dejaba de gritar en un interminable orgasmo. El segundo y tercer latigazo me cruzaron también la cara de arriba abajo. Seguía con la cadera tensa y levantada, apuntando hacia mí, sin importarme que me estuviera bañando con mi propia leche.
¡Jamás me había corrido así!
No paraba de soltar semen y mi mano subía y bajaba incrédula por lo que salía de mis pelotas. Cuando terminé, el corazón latía desbocado, y debía haber echado más de quince lefazos que me habían bañado por completo la cara y el pecho.
Me quedé unos segundos todavía jugando con mi mano, acariciándomela, exprimiendo las últimas gotitas y cuando se me pasó el calentón, me invadió casi de inmediato un sentimiento de culpa. Me acababa de correr escuchando cómo se follaban a Sara y me avergoncé de mí mismo.
¿Cómo podía haberme hecho una paja mientras se tiraban en la habitación de al lado a la chica que me gustaba?
Ellos parecían haberse dado una tregua, y yo también me quedé unos segundos tumbado sobre la cama. No me atrevía ni a moverme para limpiarme y a pesar de haberme corrido no se me había bajado ni un ápice la erección.
Entonces escuché unas cuantas embestidas más y luego Sara le dijo algo a su amante. Esto sí lo pude entender más o menos con claridad.
―Espera, no quiero que te corras dentro…
Después él protestó una frase ininteligible y la cama me indicó que los dos se estaban moviendo. No reconocí la voz de aquel tipo a través de la pared. Era muy normal, sin ninguna característica especial, ni grave ni aguda, y podía ser perfectamente la de mi jefe como no serlo.
Luego volvieron a hablar y de repente silencio. ¿Habrían terminado ya? Y unos minutos más tarde percibí unos ruiditos de succión. Ahora solo se escuchaban unos tímidos gemidos de Sara. ¿Se lo estaría comiendo después de follársela? ¿Le estaría chupando las tetas?
Fuera lo que fuera el caso es yo seguía empalmado y cubierto por mi propia corrida. Me sentí sucio y depravado, aunque no había hecho nada malo, solo excitarme mientras escuchaba cómo se la metían a la de prácticas.
Pero en el fondo había algo más. Mucho más. Sara no era solo la chica de prácticas, desde que llegó a la empresa habíamos congeniado genial y aunque me lo negaba a mí mismo, me estaba empezando a pillar seriamente por ella.
Entonces, ¿por qué me ponía cachondo aquella situación?
Era una contradicción que me tenía muy descolocado. Quería odiarla, pero la deseaba al mismo tiempo. Y cuando ella volvió a gemir, mi mano buscó desesperada mi polla y la rodeé con los dedos. Ni tan siquiera me molesté en limpiarme y bañado en mi propio semen comencé a masturbarme. Saqué la lengua, alcancé una gotita de lefa que me rozaba los labios y la lamí desesperado.
Tuve que tensar las caderas de nuevo y aumenté el ritmo al que me la sacudía a la vez que Sara gemía ya de manera plausible. Ahora el chapoteo de su coño y sus gemidos solitarios me indicaban que su acompañante la estaba penetrando con los dedos.
¡Y qué bien lo hacía el muy cabrón, porque ella parecía que estaba a punto de alcanzar un nuevo orgasmo!
―Ooooh ―jadeó aquel tipo de repente.
¿Se la acabaría de meter?
No parecía, porque sus dedos entraban y salían a toda velocidad y Sara estaba más mojada que en toda la noche. Con otro gruñido de él y un nuevo ruido de la cama cambiaron de posición.
―Al suelo, ponte en el suelo, de rodillas… ―Pude entender a aquel tipo―. Ooooh, eso es…, más, más, no pares ahora… ¿Estás segura de que…? ―Y me fue imposible descifrar el final de la frase.
Pero Sara le contestó con un «SÍ» rotundo.
Ella dejó de gemir y ahora tan solo lo hacía su misterioso acompañante, que debía tener su polla metida en la boca de Sara. Se la clavaba tan profundo que enseguida me llegaron las primeras arcadas y el ruidito típico de succión acompañado de saliva, que le rebosaba.
Llevaba más de un año sin correrme y ahora iba a hacerlo de nuevo en menos de diez minutos. Esta vez aguanté más y disfruté al máximo cerrando los ojos e imaginando lo que pasaba al otro lado de la pared.
Quería estar muy enfadado con Sara, pero no lo podía evitar.
Aquel cabronazo debía tener los dedos entrelazados en su preciosa melena y le sujetaba la cabeza para clavarle la polla hasta el fondo de su garganta. Y Sara la recibía gustosa, excitada, caliente, sumisa. De rodillas en el suelo de ese hotel.
Era una curiosa manera de celebrar su primera auditoría.
Recogí con el dedo parte del semen que me bañaba la cara y lo metí en mi boca. Ese sabor tan peculiar era lo que iba a degustar Sara en breves instantes. Pasé dos dedos por mi mejilla, por la frente, por el pecho, hasta formar una mezcla más abundante para ponerla sobre mi cara a unos veinte centímetros.
Abrí los labios y dejé que me cayera directamente en la garganta, sintiendo cómo aquel denso manjar se abría paso con dificultad y resbalaba hasta mi estómago a la vez que me la meneaba con brío y soltura.
Tensé las caderas, esperando el momento de la verdad. «Vamos, cerdo, córrete en la boca de esa putita, hazlo, joder», mascullé entre dientes escuchando atragantarse a Sara.
«Menuda golfa estás hecha. Te están clavando la polla hasta los huevos». «Solo espero que sea tu novio el que está contigo, porque si no menudos cuernazos le estás poniendo al surfero ese buenorro».
―No pares ahora, no pares…, ooooh, ooooh. ―Pude entender a su acompañante y Sara le contestó con la boca abierta y mirándolo a los ojos mientras no dejaba de meneársela con la mano.
―¡Hazlo, no me importa!, eso es lo que querías, ¿no?
―OOOOH, OOOOH… AAAAAH, AAAAAH, AAAAAH…
Y a la vez que ese tipo derramaba su primera descarga de la noche en la boca de Sara, me la agarré con firmeza y un nuevo disparo me impactó de nuevo en la cara. Yo gruñía al mismo tiempo que él y fantaseaba con que era el que tenía mi polla acomodada en los perfectos y carnosos labios de Sara.
Os puedo asegurar que ese segundo orgasmo fue igual o mejor que el primero, y el acompañante de Sara se pegó casi un minuto jadeando a lo bestia mientras descargaba en su boca. Luego escuché cómo ella tosía y terminaba escupiendo todo al suelo.
«¿No es eso lo que querías? ¡Pues toma lefada en la boca!».
Todavía me quedé unos segundos más relamiéndome y jugando con mi mano sobre mi falo mientras el tío que estaba con Sara comentaba algo y luego alguno de ellos utilizaba el baño.
Ahora sí, parecía que también habían terminado. Casi una hora de buen sexo después, se podía afirmar que el amante de Sara desde luego que había cumplido con creces, más de lo que el 95 % de los mortales podría haber aguantado con semejante diosa.
Escuché el ruido de la puerta de su habitación cuando el misterioso acompañante se fue tras una breve despedida de apenas treinta segundos. Eso solo me confirmaba una cosa.
Que el que había estado con Sara no era su novio, o habría pasado la noche con ella. La muy puta le acababa de poner los cuernos. Eso sí que no me lo esperaba por parte de Sara.
Me levanté al baño yo también y me miré al espejo. Estaba hecho un cuadro y lo normal hubiera sido pegarme una ducha, pero era demasiado tarde y no quería molestar al resto de huéspedes del hotel; así que me limpié como pude con un poco de papel y regresé a la cama.
Miré la hora en el móvil y ya eran más de las tres y media. Casualmente abrí el WhatsApp y entré en el chat de Sara, aunque sabía que no me había contestado, pero sí que leyó el mensaje que le mandé nada más salir del bar. Y el corazón me latió a mil pulsaciones cuando unas letras en verde con tres puntos suspensivos comenzaron a parpadear en la pantalla.
Sara 3:37
… escribiendo…
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