Xtories

La Luz atrapada en una bombilla

El tren avanza hacia la oscuridad, pero dentro del compartimento la luz se concentra en sus miradas. Él, acostumbrado al control, pierde la compostura ante sus ojos violetas; ella, acostumbrada al dolor, encuentra refugio en sus manos. No hay tiempo para el pasado, solo para lo que sucede cuando el silencio se vuelve insoportable.

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Un año antes.

Los murmullos procedentes del pasillo ganaron en intensidad, lo suficiente para que Enrico DiPontoferro levantara la vista del periódico que leía con una resignación cansada. Sin dejar de sostener las páginas, giró la muñeca lo imprescindible para que su Patek Philippe le mostrara la hora. «Diez minutos de retraso». Suspiró. Le enervaba esa recurrente «manía» tan arraigada de su tierra.

Un momento después de que los murmullos se convirtieran en declarado tumulto, la puerta corredera del compartimento se abrió lo suficiente para dejar paso a la cabeza, tocada con gorra roja y emblema dorado, del interventor del tren. Los otros dos ocupantes del privado se envararon en sus respectivos asientos, pero, ante una señal cuasi imperceptible de DiPontoferro, quedaron expectantes.

—Perdonen la intromisión, caballeros—empezó el empleado del tren, sin apartar la vista totalmente del pasillo—. Me preguntaba si no les importaría alojar, momentáneamente, a un pasajero mientras solucionamos el desmi…el malentendido que se ha ocasionado, y el tren pueda partir.

El hombre del periódico notó las miradas desaprobadoras de los otros dos ocupantes ante la propuesta, pero las rechazó con una hastiada elevación de cejas.

—Claro—contestó, doblando el periódico y acomodándolo entre sus piernas cruzadas—. No hay problema. Con tal de que este tren salga antes de que tengamos que abrir aquí los regalos de navidad…

El interventor acusó la puya con una sonrisa de disculpa.

—Desde luego caballero. Enseguida nos pondremos en marcha. Y—añadió descubriendo su cabeza monda—, muchas gracias. Perdonen las molestias.

El empleado desapareció durante un breve lapso de tiempo para volver a abrir la puerta con el susodicho pasajero.

DiPontoferro asistió a la entrada de una mujer rubia enfundada en un vestido de vinilo rosa que parecía proceder de un horroroso futuro, cuajado de tachuelas, pequeños pinchos y cremalleras que no abrían nada.

Pese al revés que sintió DiPontoferro en su buen gusto, caballero demodé como era, se levantó de su asiento y conminó con la mirada a los otros dos para que lo imitaran. Alargó su mano hacia la recién llegada, quien, un poco sorprendida por el gesto, la tomó, sin apenas tocarse.

—Cavalieri Enrico DiPontoferro y Casccia—se presentó, inclinando ligeramente la cabeza hacia la mujer—. Por favor, acomódese.

La mujer se dejó caer en el asiento que quedaba enfrente del ocupado por DiPontoferro y comenzó a sollozar con gesto contenido. El hombre, ante el inesperado gesto, dio un paso hacia ella, sacándose el pañuelo de hilo blanco que adornaba el bolsillo superior de su chaqueta y se lo entregó. Ella, en un primer momento, tuvo un impulso de retirarse hacia atrás, hasta que pudo fijar su vista en lo que aquel hombre le ofrecía.

—Lo siento…yo…—balbuceó ella—discúlpeme.

Alargó la mano—una mano estilizada de dedos delicados pero acabados en unas uñas postizas de lo más hortera, dos de ellas rotas, pintadas a juego con su vestimenta—cogiendo la tela, pero sin tan siquiera levantar la vista hacia su interlocutor.

En ese momento, por las ventanillas que daban al corredor del tren, Enrico vio pasar velozmente a cuatro carabineros. Las voces aumentaron en volumen, incluso, el vagón, comenzó a moverse. Pero no era que por fin se hubieran puesto en marcha. A los pocos minutos, los de la benemérita volvieron a pasar por delante del compartimento, pero, esta vez, empujando a un tío grande y con cara de marsellés patibulario. El detenido se resistía a ser llevado por los uniformados. Tenía una expresión de alerta en los ojos, como si estuviera buscando algo o a alguien. Instintivamente, DiPontoferro se interpuso entre la mujer y la ventanilla. Cuando el tipo alcanzó a mirar someramente en el interior de aquel compartimento, lo único que pudo ver fugazmente, fue a un hombre impecablemente trajeado que le devolvía una expresión severa, remarcada por un bigotillo sobre el rictus crispado de sus labios.

***

Discúlpeme, Cavalieri—el sonido de la voz de ella, ahora más sosegado, sacó a DiPontoferro de sus pensamientos—. Aún no le he agradecido su amabilidad.

El tren hacia un rato que se había puesto en camino. Los edificios de granito musolínico que envolvían el término de la estación Milán Central, había dejado paso a los minifundios lombardos que se extendían al sur de la capital.

DiPontoferro levantó la vista del periódico, tras el cual se había refugiado tras el segundo intento infructuoso de darle conversación a la extraña, y ladeó las hojas para poder verla. Uno de los ocupantes—por indicación discreta de él—, había salido a informarse de lo ocurrido. El otro aguardaba con el cuerpo pegado a la ventanilla y la vista perdida en los pastos que atravesaban su visual como rayos de distintas tonalidades de verdes, simulando no atender a lo que ocurría en el interior del compartimento, pero sin perder ojo del reflejo que el interior generaba en el cristal.

En ese lapso que habían estado en silencio, él la había observado discretamente en un par de ocasiones, sin tener muy claro un veredicto. Lo anguloso de la ropa, el recogimiento con el que ella se había refugiado en su asiento y las enormes gafas de sol que prácticamente ocultaba su rostro, le habían impedido hacerse una idea clara. Pensó que era bonita. Pero, no estaba seguro de si lo era o era lo que él quería pensar. Desde luego, lo que él podía ver de sus piernas era de lo más sugerente; fuertes, marcadas, con unos gemelos que sus prejuicios asociaron, automáticamente, a una ducha acróbata de la barra vertical. Sus formas se correspondía con alguien de unos treinta, pero, eso también era difícil decirlo con seguridad. Pero algo había. Tal vez su pelo que, pese a estar recogido y muy estirado por un moño de institutriz decimonónica, tenía un brillo que le llamaba la atención. Era rubia, sí. Pero, era como si entre sus cabellos se intrincaran menas de un cobre dorado. Tal vez le gustaba porque le recordaba al color de un lingote de oro.

Veredicto general de él: ni fu ni fa, pero con salvedades que, a poco de quererlo, se podría cerrar con un rotundo fa…o ya puestos, un do sostenido.

—Creo—continuó ella—que voy a buscar al revisor para ver si puedo volver a mi asiento. Ya les he molestado bastante.

Enrico, dejó el diario a un lado y se incorporó levemente sobre el asiento.

—Le aseguro que no ha sido ninguna molestia—respondió él, más por quedar bien que por otra cosa—señora…

—Claro, discúlpeme otra vez, ni si quiera he respondido a su cortesía presentándome—contestó, quitándose las gafas—. Me llamo Sofía. Sofía Scicolone.

—Encantado de nuevo. Yo…

No fueron sus facciones suavemente angulosas, ni tampoco el moretón que se derramaba desde su órbita derecha hacia el pómulo marcado. Fue el color de sus ojos lo que le cortó la respiración. Pese a que el lado afectado mancillaba un tanto el conjunto—doliéndole a él como si hubiera visto un grafitti sobre la «Lady Hamilton vestida de Circe» de Romney—, el violeta intenso, casi nuclear, le llegó al fondo del alma de la misma forma que lo haría una piedra que toca el agua de un pozo tras una eterna espera.

—¿Cavalieri?—sondeó ella, tras aguardar (cerca del minuto) las palabras de DiPontoferro.

Enrico parecía una estatua, una de sal; una de esas que el Antiguo Testamento narraba como castigo divino a mirar lo prohibido. En un momento dado, hasta el acompañante que quedaba se enderezó en su sitio, poniendo una cara que empezaba a ser de preocupación.

—Perdone…, perdóneme señora— consiguió pronunciar—Pero es que sus ojos…

—Ah, eso—contestó ella, con la voz cansada de quien a tenido que soportar toda una antología de comentarios sobre el tema—. Es solo una anomalía de pigmentación que…

—¿Anomalía?—casi saltó Enrico—Señora, permítame decirle que eso no es ninguna anomalía; ¡es un regalo de los dioses!

Sofía se sonrió cansinamente ante el piropo. Ese, no se lo habían dicho nunca.

—¿Regalo? Más bien una maldición.

—¿Cómo puede decir eso?—se escandalizó—. Es el ejemplo vivo más claro que he visto del «síndrome de Alejandría» en toda mi vida.

—Ahora resulta que va a ser una enfermedad…—dijo ella, divertida.

— ¿No me diga que nunca lo había oído?

—Pues…

—Se llama así porque desde la antigüedad es una característica tan rara que solo se reservaba para los elegidos por los dioses. A sus poseedores se les atribuía poderes mágicos de videncia, longevidad—empezó a explicar con cierta vehemencia—. Los egipcios los deificaron; decían que era el color de los ojos de Anubis, el color del Otro Mundo. Hesíodo se los atribuye a Atenea y a Hécate, y Homero a Casandra. Como los suyos eran los ojos de Ginebra según Mallory. Incluso…

—los de Cleopatra—añadió ella, con un deje burlón.

DiPontoferro pareció salir de un ensueño, poniendo cara de extrañeza.

—No…no creo que…

—Lo digo por Elisabeth Taylor.

Él quedó noqueado por el comentario. O, no por el comentario en sí, si no porque, sumido como estaba en su inventario, no cayó en que ella le estaba tomando el pelo con su broma. Aún tuvieron que pasar un par de largos segundo para que reaccionara, con una suave risa de salón de la Pompadour.

—De todas maneras, salvo Atenea—continuó ella, adoptando una expresión pensativa—, todas las demás que ha enumerado, no me negará que no tienen algo de malditas.

DiPontoferro pegó un respingo con la salida de ella.

—¡Vaya!—exclamó, complacido—veo que a parte de bella, es usted…

—Me creía tonta, ¿verdad, Cavalieri?

Nuevo jab, directo al puente de Enrico. Éste, algo azorado, intentó salir por la tangente. «Ay, los prejuicios», pensó. «Siempre los prejuicios».

—Para nada, señora Scicolone—dijo tras un leve carraspeo—. Leída, quería decir. Me gusta eso en una mujer.

—Pero mis ojos más, ¿no es cierto?—preguntó, con un cierto deje picaruelo que encantó a la par que descolocó, de nuevo, al Cavalieri.

—A qué negarlo—alzó las manos como un soldado rindiéndose, o un niño travieso pillado en una trastada. Pero—intentó recomponerse, atacando—, si no es mucha indiscreción, ¿Por qué lo considera una maldición en su caso?

Sofía miró al Cavalieri a los ojos, como decidiendo si era buena idea confesarse con aquel extraño. El violeta de ella se mezcló con el azul claro, lánguido, de él. Cuando ya parecía haber tomado una decisión, hizo un brevísimo movimiento hacia el tipo que fingía dormitar contra el ventanal. Enrico lo entendió a la primera, pues le era harto difícil apartar su mirada de ella.

—¿Café, o prefiere té?

—Es muy tarde para café y demasiado pronto para el té—contestó ella—¿Me acompañaría si pido un Garibaldi?

Enrico sonrió, complacido.

—Vaya, tiene usted buen gusto. El Campari es mi bebida a estas horas.

—Nadie lo diría por mi forma de vestir, ¿verdad?—preguntó ella, dibujando una media sonrisa triste.

—Por favor, señora. Deme tregua.

—Solo bromeaba.

DiPontoferro sonrió. Le gustaba aquella mujer. Le gustaba mucho.

—Salvatore—llamó, de forma suave pero con indudable autoridad—. Haz que nos traigan un servicio para preparar el cóctel. Y apáñatelas para conseguir unas «nocellaras».

El tal Salvatore—tipo corpulento pelado al uno—se levantó con una expresión interrogante en su cara. Con un ligero titubeo, como si tuviera la intención de decir algo, se encaminó hasta la puerta del compartimento. En el umbral se detuvo.

—Avisaré a Peppé para…

—No es necesario—cortó DiPontoferro—. De hecho, ir los dos. Y no volváis sin las aceitunas.

Salvatore, a regañadientes, entendió y abandonó el reservado, dejándolos solos.

El túnel que atravesaban en aquellos momentos, sirvió para crear una atmósfera de intimidad necesaria. Sofía contó un relato compuesto por sueños rotos, esperanzas perdidas, y malas decisiones; algunas por binarias, otras porque la necesidad de salir del fango, no deja opciones. Una historia como tantas otras en las que a ella le tocó pagar el pato del ambiente machista en el que vivía a consecuencia de esas decisiones de la vida, donde los dados, parecen estar cargados y siempre caen para el mismo lado. El relato acababa aquella mañana, en la que su acompañante, el de pinta de marsellés que acabó saliendo del tren esposado, le había golpeado en su enésimo ataque de ira.

—Siento mucho lo que ha pasado—se apenó Enrico, tras escuchar el duro relato de ella—. Pero la maldición no es suya. Es inherente a este país. Será por nuestra herencia griega, pero aquí, la belleza y la tragedia parecen ir de la mano. No puede existir la una sin la otra. Dimana de nuestro pasado violento, como decía Orson Wells en aquella película.

—¿Pasado? ¿Le parece poco la violencia de nuestros días, Cavalieri?

Enrico DiPontoferro se removió incómodo, ante el comentario.

—Ahora es diferente—concluyó—La violencia de ahora es mecánica. Carece de belleza. Carece de sentido. La de ahora solo es…sistémica.

—Pues duele igual.

Tras las palabras de ella se quedaron en un tenso silencio. La luz había vuelto al compartimento hacia rato, dejando el momento del relato con una especie de jirones de pesadilla. Enrico observaba como el sol iluminaba a aquella mujer maltratada, haciéndola más cruda; más auténtica. Ella se había vuelto a colocar las gafas velando su rostro, en un intento de que aquel pasado quedara oculto tras ellas.

En un momento dado, DiPontoferro tocó algo dentro del bolsillo de su chaqueta y, sincrónicamente, la puerta se abrió para que un vetusto camarero entrara con un carrito con servicio de bebidas.

El silencio se rompía con el trajín del vejestorio preparando las bebidas. El sonido de los hielos contra el cristal del vaso mezclador. El metal de la cuchara imperial chapoteando en el combinado. El fluir acuoso de los elementos al servirlo…Todo acompañaba la mirada fija que DiPontoferro mantenía con Sofía. Una vez estuvo todo servido, el camarero se retiró, aceptando entre sus huesudas manos el billete marrón que Enrico le había deslizado con sutileza después de darle unas gracias protocolarias.

Cuando Sofía se incorporó para coger su bebida, ésta tembló entre sus manos, haciendo que los hielos produjeran un suave tintineo. En ese momento, Enrico se adelantó en su asiento y tomó la mano con la que ella sostenía el Garibaldi.

—Déjeme ayudarla.

Y Sofía comprendió que no sólo se refería a la copa. Se quitó las gafas con la mano libre y se quedaron mirándose fijamente.

—Gracias, Cavalieri—musitó ella, aun con trazas de emoción en su voz.

—Llámame Enrico, por favor.