La vecina del quinto
Desde la sombra de su balcón, Carlos ya no solo mira: ha trazado cada movimiento de Elena como quien traza un camino a la conquista. Ahora, el deseo se ha vuelto un plan, y la noche promete revelar si la obsesión se convertirá en posesión.
NOTA DEL AUTOR:
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LA VECINA DEL QUINTO:
Pablo y Elena, su esposa, hace unos meses que se han mudado a su nuevo apartamento, en una comunidad de vecinos con piscina.
Elena es joven, hermosa y muy exuberante de modo que, pronto, se convierte en el objetivo de Carlos, el vecino del segundo, un hombre de 55 años, que la observa sigilosamente desde el balcón.
Contada desde el punto de vista de sus personajes, esta es una novela distinta, llena de matices que explora la conducta de la fauna vecinal, el deseo, la envidia y el morbo.
CAPÍTULO 1 - CARLOS
Me llamo Carlos, tengo 55 años y soy viudo. Mi esposa murió hace dos años y desde entonces, siento un atenazador vacío durante las noches, cuando me tumbo en la fría cama matrimonial, ahora solitaria, vienen a mi mente los recuerdos felices. Recuerdo cómo poseía a mi esposa hasta que gritaba de placer con su hambriento coño devorando mi gruesa polla; recuerdo cómo se la tragaba hasta que me derramaba en su boca y recuerdo cómo me seducía con su erótica lencería de encaje.
Pero desde hace unas semanas, tenemos vecinos nuevos y han alterado el orden natural de las cosas.
Se han instalado en el quinto piso, un matrimonio de clase media de mediana edad.
Ella se llama Elena, tiene 34 años y un cuerpo esculpido para pecar; sus grandes y firmes pechos rebotan como globos llenos de leche cuando echa a andar; su redondeado y prieto culo pide a gritos que lo azoten hasta dejarlo en carne viva y sus mullidos y dulces labios parecen hambrientos e impacientes por tragarse mi polla hasta el fondo.
Su piel morena brilla como si estuviera aceitada y, cada día, a las cinco de la tarde baja a la piscina comunitaria del edificio con su diminuto bikini incapaz de cubrir sus pezones rosados o el contorno de su coño depilado, marcando claramente el bulto hinchado de sus labios mayores.
La observo desde mi balcón, oculto tras las cortinas y sujetando mi polla mientras la veo descender por las escaleras balanceando sus tetas con cada peldaño.
"Joder, que hembra", pienso, apretando fuerte mi polla dentro de los pantalones; me masturbo lento al principio, imaginando cómo la montaría allí mismo en la piscina, como enterraría mi polla en su coño mojado mientras el sol calienta nuestras pieles sudadas.
“!Ummmmm!!!” – jadeo cuando noto que me acerco al clímax.
Acelero la masturbación hasta que, finalmente, eyaculo y el viscoso semen empapa mi mano. Pero no es suficiente; quiero más, quiero controlarla, espiarla y hacerla mía.
Al principio, solo la observo cuando toma el sol en la piscina. Me sitúo fuera de su vista en el balcón, oculto y con los binoculares disfruto de cada uno de sus sinuosos movimientos; de cómo se unta la crema solar con sus manos deslizándose por sus torneados muslos hasta rozar el borde del bikini; casi parece que se esté metiendo un dedo en su coño para provocarme.
Y luego pienso en su marido, Pablo, ese imbécil de 36 años que, cada mañana, sale a las ocho en su coche gris hacia su oficina de contable, dejando a su diosa sola. "Cornudo, no sabes lo que tienes en casa; si fuera mi mujer no la dejaría sola ni un momento ", me digo con mi polla palpitando mientras la veo tumbada boca abajo, desatando sensualmente el top para broncearse la espalda.
Sus tetas se aplastan contra la toalla y fantaseo con acercarme, sigiloso, quitarle el bikini y meterle mi polla por detrás. Embistiendo su culo virgen mientras ella ahoga gemidos para no alertar a los vecinos.
Mi obsesión crece; no basta con mirar. Empiezo a controlar sus horarios. Me despierto temprano para ver cuándo sale Pablo, siempre a las ocho en punto, vestido con su traje barato, besándola en la mejilla como un hermano, no como un hombre que debería follársela salvajemente cada mañana.
Luego, Elena sale a las nueve al supermercado del barrio, empujando un carrito con sus caderas; contoneándose con sus shorts ajustados y marcando el surco de su culo. La sigo a distancia, oculto tras unas gafas de sol. Mi polla se endurece al imaginarla arrodillada en el pasillo de frutas, chupándome la polla mientras Pablo, encerrado en su gris oficina, está ajeno a todo.
"Cornudo, tu mujer compra verduras mientras yo fantaseo con llenarle la boca de semen", pienso, masturbándome en el coche después de verla salir ajetreada con las bolsas en la mano.
Investigo todo sobre ella. Descubro que trabaja media jornada en una boutique de ropa en el centro, de diez a dos, vendiendo lencería. Me la imagino probándose todas las prendas íntimas para que, luego, me pida que se las arranque con los dientes.
La sigo un día en autobús, viéndola entrar en la tienda y atendiendo a los clientes con su uniforme ajustado y una sonrisa encantadora.
"Pablo, tu mujer vende bragas mientras yo la espío imaginando que me la estoy follando contra el mostrador empotrándola como tú nunca has logrado". Me regodeo en mis pensamientos y mi deseo se convierte en un fuego que me quema.
A las dos del medio día regresa a casa y se prepara algo para comer, faena en la casa o ve la televisión. Puntualmente a las cinco baja a la piscina, cuando más aprieta el sol y se pasa una hora mostrándome sus curvas para que pueda admirarlas y masturbarme con ellas.
A las seis, cuando el sol deja de apretar va al gimnasio del centro donde hace yoga y cardio. Me inscribo en el mismo gimnasio solo para verla sudar con sus leggings negros que marcan cada pliegue de su coño y sus tetas rebotando en la cinta de correr.
Un día, en el gimnasio, me acerco más de lo habitual y la veo en la sala de pesas. Sus leggings se ajustan tanto a su piel que se marcan perfectamente los labios de su coñito mientras hace sentadillas; admiro ese delicioso coño reflejado en el espejo.
Mi polla se endurece tanto que duele y tengo que esconderme en el baño para masturbarme. Cierro los ojos y la veo tirada en el suelo, pidiéndome que le arranque los leggins, la abra de piernas y le chupe su coño sudado hasta que squirtee en mi boca. "Pablo, tu mujer se pone cachonda como una cerda en el gimnasio y yo me la follaría aquí sin pensarlo".
Los fines de semana son lo peor y lo mejor. Pablo está en casa, pero Elena sale algunas noches con sus amigas, un grupo de putas como ella, todas casadas pero insatisfechas. Investigo sus nombres a través de redes sociales; Elena tiene un perfil público donde sube fotos de sus salidas y puedo verla riendo con sus amigas brindando alegremente.
Algún sábado por la noche las sigo hasta un pub del centro; me mantengo a distancia, oculto entre las sombras y la veo bailar mostrando orgullosa su escote, contoneando su voluptuoso culo al ritmo de la música y rozándose con extraños. Pienso en acercarme, susurrarle al oído: "Elena, deja a ese cornudo de Pablo y déjame follarte en el baño, te clavaré mi polla en el coño mientras tus amigas esperan".
Pero me contengo hasta que no aguanto más y me veo forzado a ir al baño del pub para masturbarme convulsivamente y eyacular con fuerza sobre la tapa del retrete mientras me imagino tu boca repleta de semen. "Cornudo, tu mujer baila con otros hombres mientras yo la espío; ella merece una buena polla como la mía.".
Mi obsesión se profundiza; controlo cada uno de sus movimientos, la sigo, la espío, la conozco mejor que su propio marido.
Establezco una rutina diaria muy estricta, me despierto a la misma hora que ella, algunos días la sigo al supermercado o la boutique en la que despacha lencería o al gimnasio donde se entrena sin descanso, pero siempre, todos los días, puntualmente, espero que baje a la piscina y con esa parsimonia suya, coloque la toalla sobre la hamaca y se tumbe sobre ella. Con los binoculares observo cómo se acicala el pelo, cómo cruza las piernas y cómo sus pezones se endurecen bajo el sol.
Mis sentimientos son un remolino de deseo crudo que me hace palpitar la polla, siento ira hacia Pablo por no follarla como se merece, y siento un morboso placer imaginándomela desnuda, expuesta sola mí. "Cornudo, tu mujer es mi fantasía; yo la controlo sin que tú lo sepas y pronto se tragará mi semen".
La obsesión me consume y también investigo a Pablo; trabaja en una firma contable del centro, sale de su casa a las ocho y tarda casi una hora en llegar hasta su oficina. Trabaja hasta las cinco y regresa a casa sobre las seis, con el tiempo suficiente como para despedirse de Elena con un beso en la mejilla antes de que vaya al gimnasio. "Cornudo, no la follas como se merece; yo la embestiría cada noche y la dejaría con mi semen chorreando de su coño".
Mis sentimientos son oscuros, un amor enfermizo se apodera de mi cuerpo. Deseo a Elena, deseo poseerla y deseo amarla como se merece pero por otro lado siento cómo un venenoso odio hacia Pablo recorre mis venas por tenerla y disfrutar de ella sin merecerla.
Al caer la noche repaso los acontecimientos del día y decido que ha llegado el momento de tomar la iniciativa. Diseño un plan muy elaborado para seducirla y, relajado, con la vista fija en las pocas estrella visibles del firmamento asumo que más temprano que tarde, Elena, será mía.
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