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La Dulce Sara llega a la oficina (III)

Sabe que su esposa duerme al otro lado de la cama, pero su mente ya no está allí. Cada foto de Sara es un detonante, cada mirada en la oficina una provocación silenciosa. Ahora, un viaje a Roma los dejará solos, y la línea entre el deber y el deseo está a punto de romperse.

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(Tercera parte)

Mentiría si dijera que mi situación era normal y habitual. No estaba acostumbrado a emociones nuevas, quizá tantos años de hacer lo correcto sin pasar ninguna línea habían estructurado mi personalidad cuadriculada, como ya he dicho, tenía habilidad para elegir lo que quería y no quería; lo que me convenía y lo que no. Por todo ello el fin de semana fue uno más, con actividades rutinarias y tiempo para el descanso. Pero a pesar de ello la sensación era como cuando dejas hibernando un programa en el ordenador, aparentemente no está pero existe una sombra que siempre deja rastro (no sé si se me entiende). No hablé a mi esposa de Sara, ni siquiera sabía que la empresa había tomado un nuevo rumbo y que con un poco de suerte recibiría unos bonus extra que ayudarían a la economía familiar. Algunos pensarán que no es el rumbo correcto en el matrimonio, pero tras tantos años de absoluto despotismo y poco interés de ella por mis cosas personales en el trabajo, tampoco tenía la necesidad ni la obligación de compartir ese tipo de asuntos. Ya vendrían los extractos del banco y las buenas noticias.

Un poco de lectura era el mejor método para llamar la atención de Morfeo y caer en sus garras para cerrar el fin de semana, pero antes de apagar luces y en la soledad del salón no pude evitar conectarme a las redes de Sara. Esperaba alguna noticia, alguna nueva foto en la que pudiera verla y tener noticias de lo que seguro habría sido una agradable jornada familiar para ella. La inspección fue decepcionante ya que no existía ninguna actualización, en parte era absolutamente ridículo sentir esa especie de bajón, pero por otro lado sí que sirvió para desconectar de la manera más rápida posible pensando en la gran motivación que me suponía volver a la oficina el lunes por la mañana.

Llegué pronto, afeitado e ilusionado, con ganas de iniciar una semana que sería larga. Centrado en la pantalla de mi ordenador pero con un cosquilleo especial, y entonces apareció ella. Sara saludó desde la puerta pidiendo disculpas por su ligero retraso. Había elegido un vestido veraniego azul (las temperaturas comenzaban a subir) que dejaba a la luz parte de sus muslos, un collar de perlas a modo de complemento y traía la cara lavada con poco maquillaje esta vez. Lo que más me llamó la atención fueron sus pies, perfectamente adaptados a unas sandalias de tacón negras que me parecieron muy sexis (siempre me he sentido muy atraído por las mujeres que lucen tacones con la suficiente elegancia femenina pero sin perder la esencia del morbo que desprenden. No todas las mujeres saben combinar estos dos aspectos a la hora de ir a trabajar, pero sin duda Sara sí era una de ellas).

No era ni media mañana y ya me había dado cuenta de que las cosas estaban cambiando. Hasta en tres ocasiones levanté la cortinilla de mi despacho solo para verla, y en esos instantes me percaté de que me estaba comportando como tantos hombres a los que criticaba. Debo decir que estaba perdiendo un poco el control de la situación debido al físico de Sara, quizá también por una especie de morbo que desconocía que se encontraba anquilosado en mi persona. Pero había algo más.

¿Qué puedo decir del trabajo de Sara? Tan solo apuntaré que en una jornada ya había conseguido cerrar tres nuevos clientes y con sus eficientes tácticas había salvado una cuenta importante para la empresa que estuvimos a punto de perder. Por si fuera poco, no escatimaba en tener el despacho ordenado a la perfección y hacerme el trabajo fácil. Siempre con una sonrisa, que atrapaba a clientes y a mí me embelesaba. ¿Quién querría volver a casa teniendo a la dulce Sara en la oficina? Con ella cerca todo iba mejor y además empecé a notar que cada vez me gustaba más. Disimuladamente pero con insistencia, forzaba situaciones para hablar con ella o tenerla cerca unos segundos, ¿me estaba enamorando o definitivamente se había convertido en mi fiel objeto de deseo? Todo se iba de las manos, cada vez más. La angustia de saber que no pasaría nada (ya que nunca me atrevería a dar un paso así) se solapaba con unas ganas que encendían mi espíritu. Sabía que no ocurriría nada ya que jamás haría daño a mi esposa o mi familia, pero, ¿qué opción tenía para apagar mis instintos?

A aquella paja con enorme sentimiento de culpabilidad de la semana anterior le acompañaron varias escapadas en los siguientes días. De incógnito y en la soledad di rumbo a mis instintos desahogándome mirando sus fotos. La disfrutaba en la oficina y antes de volver a casa acudía a mi retiro para masturbarme viéndola y pensando en ella. Hice carpetas con sus fotos, me regocijaba fantaseando cosas e incluso me excitaba imaginarla echando un polvo con su marido (con el que salía en muchas fotos). Era razonable pensar que su esposo se la follaría de manera habitual y me ponía cachondo imaginarla en esas situaciones, acostumbrado como estaba a verla trabajando de manera seria en la oficina. El sentimiento de culpa era brutal: me miraba a mí mismo como un guarro, un cerdo infantil sin capacidad para reprimir mis instintos sexuales. Pero era la única manera de encontrar paz y a la vez vivir una adrenalina que no habría imaginado meses atrás. En la semana siguiente incluso llegué a hacer algo que años antes me habría parecido escandaloso y que no entraba en mis códigos. Amplié una foto de su cara y le di a Sara una fotocorrida; llené la pantalla de semen cargado de excitación, ver su cara y su boca con mis jugos aunque fuera en una foto me llevó a otra dimensión.

A la mañana siguiente todo transcurrió con normalidad, pero el demonio volvió a regir mis actos cuando tuve a Sara frente a frente, con su cara a escasos 50 centímetros de la mía. Al mirarla en persona no pude evitar acordarme de su foto llena de esperma y la excitación que me produjo, me consideraba a mí mismo como un irrespetuoso pajillero pero mientras hablaba con ella me empalmé. La admiraba, la respetaba, y sobre todo....la deseaba mucho.

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Recién terminada la jornada laboral, tengo dos horas hasta llegar a casa a una hora razonable. Acabo de despedirme de Sara, promete que mañana terminaremos el informe que hay que enviar a nuestros socios de Rusia y que no me preocupe. Tan receptiva y predispuesta como siempre, me ve tenso y antes de marcharse me pasa el dedo por la mejilla a modo cariñoso:

-Descansa, que mañana lo finiquitamos como sea. Quedará genial

-Gracias Sara, hasta mañana (no sé cómo agradecerle su apoyo)

La veo perderse por la acera mientras coge el móvil para hacer una llamada. Giro la cabeza y le miro su culito, tan preciosa, tan sexy, tan superior. Su culo prieto se mueve de un lado a otro al compás de sus zapatos de tacón hasta que gira la esquina. Su dedo en mi mejilla ha sacado mi lado más humano, he sentido su energía. Acudo a mi piso vacío, tengo que aprovechar el tiempo para liberar la tensión acumulada y en el ascensor ya noto cierta excitación por lo que va a ocurrir. Entro en casa, acomodo el ordenador, lo abro y voy directo a las fotos de Sara.

1) Aparece en una fiesta de guardería con otras madres. Las hay de buen ver pero mis ojos se clavan en ella, ya me estoy tocando el paquete.

2) Una foto de Sara más joven en la playa. Es una monada pero de esa instantánea ya deben haber pasado años. Mucho antes de casarse, ¿follaría en esa época? (mi mente divaga y a estas alturas ya me estoy frotando el pene fuera del pantalón)

3) La foto del viaje a Brasil con las mallas negras en las que se aprecia la raja de su vagina. Con esa foto me hice la primera paja con ella y ahora ya estoy de nuevo masturbándome.

4) Una foto de su cara en un cumpleaños, soplando velas. La hago más grande, miro sus labios y me excita.

5) Foto de su boda con el marido, vestida de novia. Siento envidia y mi mente continúa fantaseando, ¿esa noche follaría?, ¿llevaría medias y una liga?

6) Una de mis preferidas. La fecha marca un año, muy ceñida de negro en otra fiesta con amigas, esta vez parece como un reencuentro y no hay hombres. Está buenísima, muy maquillada y sexy. La miro y mi pervertida mente pasa de verla como la "dulce Sara de oficina" a "la putita Sara de la noche". Me pajeo con muchas ganas.

7) Más de la misma noche. Esta vez con cara de zorrita, me da mucho morbo. ¿Se la follaría algún jovencito de polla grande y Sara gimió de placer? (esas cosas pasan por mi mente, estoy excitado imaginándola zorreando).

8) Algo más calmado. Foto en familia, pero de nuevo la amplío para admirar su cara con poco maquillaje, me recuerda a cuando llega a la oficina con prisas. Hablo en voz alta con el pene en la mano: "Qué buena estás Sara, cómo me pones".

9) En una boda de una amiga. Elegante, muy diosa para mí y con unos tacones altísimos. Ella ríe....seguro que más de uno deseó follarla esa tarde. Me excita saber que mañana volveré a verla pero ahora es mi momento, me corro como un salido y doy rienda suelta a mi instinto. Sara me lo ha sacado todo una vez más, todo sigue avanzando más rápido en el tiempo y mi mente empieza a ver normal cascarme pajas con mi dulce compañera. Siguen los sentimientos de culpa, pero también aumenta el morbo y la excitación.

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Aunque el ambiente de la oficina no podía ser mejor, por momentos el trabajo nos desbordaba. Mi delegación se había convertido en pocos meses en una de las mejores del país y las perspectivas eran muy buenas. Sara conseguía rebajar el estrés con la misma facilidad que levantaba otras cosas, ya se me entiende. Su magnetismo era desbordante y aunque no lo demostrara, definitivamente estaba loco por ella. No sé si enamorado o enchochado, pero no conseguía sacarla de mi cabeza. Obviamente esto se transformaba en falta de atención a mi esposa en la esfera sexual, había llegado a un punto en el que era mucho más satisfactorio masturbarme que esperar a tener una sesión del sexo al que estaba acostumbrado. Cuando no tenía cerca a Sara mis visitas a sus perfiles de redes sociales eran habituales, no es que publicara con demasiada asiduidad pero sí dos o tres veces por semana (sobre todo los sábados y domingos). Una nueva foto y saber de ella siempre era una gran alegría, aunque fueran fotos de lo más cotidianas.

Descubrí que a su familia le gustaba mucho pasar días en el campo o hacer excursiones, y eran precisamente ese tipo de fotos las que sin saber por qué, me producían más morbo. Probablemente la última de las intenciones de Sara fuera conseguir excitar a alguien, pero verla tan inocente con ropa deportiva y aspecto diferente a cómo iba por la oficina me gustaba. En las excursiones solía vestir con mallas deportivas o se recogía el pelo, disfrutaba viendo sus formadas y delgadas piernas embutidas en una fina licra. Enseñaban poco pero abrían la imaginación, aunque Sara no era para nada una hembra voluptuosa, la ropa deportiva insinuaba sus sexis formitas femeninas. En una ocasión y mientras intentaba hacer la siesta eché un vistazo a sus redes (nada extraño). ¡Bingo! tuve mucha suerte porque la excursión dominical había sido inmortalizada y Sara aparecía de lo más atractiva. Una camiseta de manga corta a rallas, el pelo recogido con una especie de moño y gafas de sol para combatir el sol. Zapatillas deportivas y lo mejor: unas mallas de color verde muy claro que terminaban justo debajo de su rodilla, dejando al aire sus espinillas. Eran cuatro fotos y en una de ellas aparecía ligeramente agachada, la perspectiva de la foto era tan buena que permitía admirar una parte de su apretado trasero. Una auténtica gozada para mis ojos que hizo que me empalmara en pocos segundos. Era tal la excitación que, a pesar de haber gente en casa, llegué al aseo como pude y cerré con pestillo mientras aguantaba una terrible presión en mi cremallera. Sí, ya lo sé y es lo que pensaba de mí mismo: era una escena de pajillero adolescente no demasiado decorosa en alguien de mi edad. Pero ya no dominaba estas situaciones.

Amplié la foto en el movil para poder observar mejor el culo y las piernas de Sara y empecé a frotarme con desesperación. ¿Llevaría bragas o tras la tela de las mallas se rozarían sus dos preciados agujeros? Agachada estaba en la posición perfecta para que un hombre la enculara y diera a esa hembra el placer que merecía. La miraba con deseo, y la sensación de no haber podido evitar masturbarme tras ver esa publicación me producía mucho morbo. No hacía ni diez minutos que Sara había subido sus fotos y yo ya estaba en el cuarto de baño con la polla en la mano y a punto de reventar. Ni siquiera me importó poder hacer daño a la pantalla del movil (era un aparato bueno que servía para ver mejor el culo y las piernas de la que era en ese instante mi diosa pajillera). En pocos segundos el verde casi fluorescente de sus mallas se convirtió en blanco debido al semen que salió disparado desde mi pene directo a la pantalla, como se suele decir mal y pronto, terminaba de lefarla con una paja rápida que alivió mi tensión. Qué cachondo me ponía Sara, nunca nadie me había llevado a esos extremos.

Mis anhelos sexuales se centraban tanto en Sara que hacer el amor con mi esposa se había convertido casi en un problema. Ya sé que es triste reconocerlo pero sorprendentemente era yo quien rehusaba esos momentos y mi mujer, en sus días de necesidad (pocos pero también llegaban), tenía que tomar la iniciativa. Esa misma noche y tras apagar las luces mi esposa pedía algo de guerra arrimándose bajo las sábanas. Debo decir que entre el cansancio y la eyaculación masiva de la tarde mis ganas eran nulas, pero los movimientos de mi esposa eran tan abruptos que sin duda necesitaba que le pegaran un buen polvo. Hice lo que pude, con la luz apagada y sobando el cuerpo de mi esposa (mucho más curvilíneo que el de Sara), tuve que empezar a imaginarme a Sara y pensar en ella para lograr excitarme. Bombeaba el coño de mi esposa por detrás mientras ella jadeaba de placer; lo estaba disfrutando pero en realidad era algo poco ético y triste. Me la estaba follando pensando en otra, mis embestidas iban a hacer que me corriera porque estaba haciendo un papel. En mi mente y con las luces apagadas estaba fornicando con la dulce Sara. Mi esposa llegó a un gran orgasmo y yo me corrí justo antes de que ambos quedáramos algo exhaustos y rendidos.

Me había convertido en alguien distinto del concepto que tenía de mí mismo, pero, ¿era algo positivo o por el contrario un agujero oscuro del que avergonzarse? Nunca había sentido aquello que denominan como la crisis de los cuarenta, en todo caso yo ya estaba en esa crisis desde muchos años antes de llegar a los cuarenta. Escuché cientos de historias de hombres casados que llegados a una edad dan un giro importante; comienzan a cuidarse y a fijarse en otras mujeres con la intención de seducirlas. Inevitablemente a mí me estaba ocurriendo algo similar, pero debo admitir que no era algo premeditado o buscado. También buscaba ir a la oficina con mejor presencia, comencé a cuidar la alimentación y la vestimenta, fumaba mucho menos y me sentía realmente productivo y motivado en el trabajo. Como digo, no era debido a ninguna promesa de cambio, simplemente surgió como algo natural. Y es que, la presencia de Sara en la oficina, con todas sus virtudes y excelente aspecto, obligaba a elevar el nivel en todos los sentidos solo por el hecho de estar mínimamente a la altura.

Nos entendíamos a la perfección y creo que laboralmente el uno aprendió muchas cosas del otro, realmente ella era feliz en su puesto de trabajo y a mí me encantaba que así fuera. Cada vez más abierta y adaptada, los mejores momentos eran los cafés de relax a media mañana que Sara y yo compartíamos. Representaban oxígeno en medio de la exigente presión del resto de horas, y a mí me permitían disfrutar del mejor momento del día conociéndola más. Obviamente estaba seguro de que ella me veía como un excelente compañero de trabajo, un jefe comprensivo y educado que le había ayudado a mejorar. La admiración por su parte se ceñía a lo laboral y en ningún momento sospechaba lo que provocaba en mí en la parcela emocional y el instinto sexual. Sara había sido madre dos veces, y la buena posición económica (su marido tenía un alto cargo y en mi empresa se pagaba muy bien) hacía que pudiera liberarse un poco de las duras tareas diarias ya que contaba con ayuda. También supe por ella de la afición que tenía por la natación, había nadado toda su vida y a sus 40 años lo hacía tres o cuatro veces por semana. Era casi perfecta, exquisita en los modales y una excelente conversadora; me volvía loco pero al mismo tiempo me sentía avergonzado por mis comportamientos y pensamientos.

En muchos de esos cafés me excitaba, incapaz de dar el mínimo paso que pudiera romper una barrera pero con un deseo interior muy potente. Tenerla delante, sabiendo que me había "matado a pajas" y lo seguiría haciendo me producía un morbo espectacular. Luchaba contra ello pero llegué a la conclusión de que era una batalla perdida. Como digo, en ocasiones llegaba a ponerme erecto con solo escucharla o mirarla un poco, sobre todo si su vestimenta tenía toques sexis o en algún descuido podía fijarme en sus piernas o caminar por detrás mirándole de manera descarada el culo sin temor a ser descubierto. Yo era una cosa, pero mis pensamientos hablaban internamente y sacaban mis instintos más cerdos y bajo mis principios, poco decorosos y demasiado lujuriosos:

"Ojalá me chuparas la polla ahora mismo"

"Qué ganas tengo de follarte Sara"

"Te daba la follada de tu vida en la oficina ahora"

"Cuando llegue a casa me voy a cascar una paja pensando en tu culo"

"Si te cojo en la piscina con el bañador puesto me corro en tu coño"

"Joder, cómo me has puesto el rabo con ese vestido que llevas hoy"

"Estás tan simpática porque seguro que tu marido te ha pegado una buena follada antes de salir"

Eran pensamientos muy cerdos, solo fantasías que contrarrestaban el enamoramiento que sentía. Aunque lo cierto es que mi sueño más húmedo y excitante era el de tener sexo con Sara y hacerla disfrutar, que se corriera y correrme con ella.

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Alberto había ascendido en poco tiempo y era ahora un asesor del gerente de la empresa. Yo lo conocía desde hacía tiempo y esa mañana tenía que venir a la oficina para ponernos al día, mi sorpresa fue la calidez y alegría con la que Sara le recibió.

-Ah, que, ¿os conocíais? (susurré)

Curiosamente Sara y Alberto habían trabajado durante tres años en otra delegación, antes de que él ascendiera a la velocidad de un meteorito. Por la reacción y la predisposición de ambos se intuía que habían tenido buena relación, estuvimos charlando de cosas triviales antes de entrar al despacho. Sara estaba contenta y se sentó ligeramente en la punta de la mesa mientras charlaba. Todavía era verano y ese día llevaba puesto un vestido veraniego que al sentarse y por la inclinación dejaba al aire gran parte de sus muslos y sus piernas, adornadas con unas coquetas y sexis cuñas de tacón. En medio de las risas no pude perder la oportunidad de desviar la mirada y admirar sus piernas mientras tragué algo de saliva. Tengo que admitir que aunque la conversación era de lo más cordial, no pude evitar sentir algo de celos por tanta complicidad y el hecho de que ya se conocieran. Era como si arrebataran algo de la suerte que yo tenía por poder compartir horas con la dulce Sara, definitivamente había sufrido un infantil ataque de celos.

Alberto:- "Bueno, el caso es que traigo buenas noticias. Nos han seleccionado entre las cuatro empresas españolas que van a la Feria de Roma....

Sara:- "¡Uau! eso va a ser un impulso, increíble.

Alberto:- "Sí, aunque nosotros ya lo sabíamos desde hace semanas. Y no he venido solo para saludaros, sino para daros noticias mejores.

Sara:- "Cuenta"

Alberto:- "Pues ya se puede decir, y tras hacer mucha auditoría y gestión de cuentas, hemos seleccionado a las 12 personas que mejor nos pueden representar, y los dos estáis en el equipo. ¡Os vais a Roma el mes que viene chavales! Yo no podré ir pero hay que ponerse a preparar las presentaciones desde ya.

La noticia era muy buena, lo mejor que nos podría ocurrir tanto a nivel global como a mi oficina en concreto. Y debo reconocer que el hecho de planear un viaje en el que también iba a estar Sara disparó mi adrenalina en todos los sentidos. Sabía que nunca ocurriría nada pero era algo inesperado que cambiaba las perspectivas de las próximas semanas. Me reuní con Alberto en mi despacho, y después de tratar aspectos concretos de trabajo me preguntó:

-¿Qué tal con la chica esta?

-Mejor imposible Alberto, ya ves el cambio que ha dado la oficina

-Sabíamos que se adaptaría a la perfección, valorábamos su potencial y queríamos darle mucha más responsabilidad. No nos hemos equivocado enviándotela. Bueno, no lo digo yo, los resultados están ahí

-Yo estoy encantado con ella, ha traído orden y todos los clientes están encantados. Es muy dinámica...

-Y guapa (me cortó)

-Eh, sí, bueno bueno, sí. Muy guapa (Balbuceé un poco, tratando de desviar el comentario)

-Yo estuve tres años trabajando con ella y es muy seria, siempre he confiado en Sara. Lo único que es un poco especial, tiene sus cosas

-¿A qué te refieres? Yo no he tenido ningún problema

-Nada, nada. Pues perfecto, no hagas caso y a seguir así de bien. ¡Hay que triunfar en Roma!

Aquella conversación hizo que me comiera la cabeza más de lo habitual. Suelo ser intuitivo y percibir reacciones más allá de las palabras, ¿qué habría querido decir Alberto con lo de que Sara tenía sus cosas? Supongo que habría surgido algún roce sin importancia en otra oficina, aunque no me imaginaba a Sara creando problemas. Probablemente fue un comentario sin importancia y mi enamoramiento, enchochamiento y excesiva protección hacia ella estaba haciendo que le diera demasiadas vueltas. ¿Quizá Sara tenía algún problema que yo desconocía?, ¿habría ocurrido algo a mis espaldas que los gerentes sabían y no me contaron? Demasiadas vueltas sobre algo que probablemente era anecdótico, pero a estas alturas Sara era de todo menos algo anecdótico en mi vida.