Subcontratando el placer de mi mujer 3
Alicia nunca imaginó que su matrimonio sería el escenario de sus fantasías más oscuras. Cuando su esposo le entrega las riendas a un desconocido, ella descubre que la verdadera sumisión no es solo obedecer, sino entregarle todo a él. Pero hay una mirada más allá del teléfono, y una camarera que no duda en cruzar la línea.
Estaba colapsada. Demasiados pensamientos. Demasiadas sensaciones. No era capaz de centrarme en ninguna. Lo había disfrutado, de eso no había duda. Mejor que en mis fantasías. Y ese era el problema. Me gustaba demasiado. Me gustaba demasiado ser sumisa. Me gustaba demasiado ser SU sumisa. ¿Y mi marido? Eso era lo que trataba de averiguar…
De camino a casa Daniel paró en una farmacia. No supe que compró hasta más tarde, cuando salí de la ducha y me hizo tumbarme desnuda sobre sus rodillas. Sentí que separaba mis nalgas y aullé. No podía creer que fuese a jugar otra vez en mi destrozado agujerito. Y no fue así. Con una ternura angelical, mi amado esposo untó crema en mi reventado ojete. Y en esa situación tan embarazosa comenzaron mis dudas. Ese acto era idea de Daniel o de él.
Tumbada boca arriba en el sofá esperé a que Dani preparase la cena. No pudo aguantar la risa cuando vio que colocaba un cojín sobre la silla al sentarme a la mesa. Cenamos felices, mucho. Lo estaba, de verdad que sí. Pero esa duda en mi cabeza…
A la hora de meternos en la cama también tenía sensaciones encontradas. Por un lado, mi excitación perenne parecía no querer abandonarme. Pero también estaba agotada, con el culo dolorido y saber que no podía correrme… Volvió a echarme crema con mimo. Al bajarme de sus rodillas me encontré un bulto en su pantalón. De inmediato me vino a la mente sus palabras. Debía ofrecerme a complacer a mi marido. Seguro que Daniel le contaría todo lo que hiciéramos. Y no podía permitir que la primera noche como sumisa ya tuviera quejas de mí. Me arrodillé a sus pies y le dije:
- ¿Quieres que te ayude con eso, Señor?
- No, cariño. Esta noche mejor descansar. Ha sido un día muy intenso.
Aliviada por la comprensión de mi marido entré en la cama, aún con el culo al aire. A los pocos minutos caí al mundo de los sueños, donde supongo que estaba ese hombre, pues amanecí con el pantalón del pijama bajado y las bragas empapadas.
No di pie con bola en el trabajo. Mi mente estaba en otra cosa. En lo vivido ayer y en lo que sucedería el sábado. Era suya… ¡me lo dijo! ¿Pero a que se refería? ¿Quiere decir que el sábado sería él quien me sometiese? ¿Al que tendría que chupársela de rodillas? ¿El que me reventaría el culo? ¡Uff mi culo! Ya puede ser buena esa crema para tenerlo listo para entonces.
Daniel estaba como siempre, un amor. Pasó la tarde preguntándome que tal estaba, preocupándose por mí… Y a la hora de irnos a la cama, llegó mi tormento. No por intenso o salvaje. Pues cuando le pregunté que podía hacer por él, solo quiso una mamada. Bien por mí ¿no? Aún tenía agujetas del día anterior. Eso pensé al principio. Pero según me fui excitando, quise más. Y cuando mi marido se corrió sobre mis tetas, con esa cara de satisfacción… ¡Yo también quería! Limpiándome en el baño pensé en tocarme, pero no… debía ser una perrita obediente para él. Y para mi marido, claro.
El miércoles fue más duro, pues trabajaba desde casa. Sin compañeros que te entretengan tienes más tiempo para pensar. Y en mi caso solo podía pensar en el sábado. Lo que a su vez solo hacía calentarme más.
No sé por qué me vino a la mente en ese momento. Yo me inclino más por un sentimiento de culpabilidad hacia mi pobre Daniel. Todo lo que había hecho por mí… Debía devolverle el favor. Aunque tuviera que superar mis celos. Porque dudo mucho que mi estado de frustración sexual me haga pensar en ella. Cómo fuese, escribí un mensaje a aquella mulata del restaurante. No tardó en contestar y comenzamos a hablar, primero como unas amigas sin más. Pero pronto salió el tema que a ambas nos interesaba.
- Te estabas tocando bajo la mesa ¿a que sí? – me preguntó.
- ¿Se notaba mucho?
- Estabas roja, con la boca entreabierta y te costaba hablar sin jadear. Además de que tu tanga estaba sobre la mesa.
- ¡Qué vergüenza! Pensé que había disimulado mejor.
- Pues no. ¡jajaja! ¿Siempre hacéis esas cosas cuando salís a cenar?
- ¡Noooo! Fue algo especial… – objeté para evitar que pensase que era una pervertida.
- ¿Y que tenía de especial para que acabase con el chichi lleno del semen de tu marido?
Ahora sí tengo claro que fue la excitación quién me hizo confesarlo todo. Yo le narré como mi marido había buscado ayuda para aprender a someterme. Que había sido ese hombre quien me ordenó hacer todo aquello en su restaurante. Y lo relativo a aquel café donde conocí a mí Amo. Lara me interrogó fascinada por la historia. Y tengo que reconocer que fue peor que ver pornografía para mi libido. Y al parecer, no era la única que se calentó con la conversación.
- ¡Qué morboso! Ser sometida por un desconocido. Tuvieron que alucinar los conductores al verte con las tetas botando mientras te follaba el culo.
- ¡Calla, calla! Qué aún me duele un poco. Y eso que Dani me echa crema todas las noches.
- ¿Te echa cremita en el culito? ¡Qué mono! – me dijo Lara, sintiendo un poco de celos al recordar cómo le tiraba la caña.
- Sí. Y anoche después de ese momento tan ridículo, me ordenó chupársela. Y claro, como no me puedo correr hasta el sábado por orden de mi Amo… Imagina lo que me costó dormir.
- ¿No puedes correrte? Qué interesante…
- ¿Interesante?
- Sí, me parece muy morboso. Tener que hacer lo que tu marido te pida y tú quedarte con el calentón.
- Pues no es divertido ¡eh! Me paso todo el día cachonda. – le confesé sin querer.
- ¿Estás cachonda ahora?
- Sí… lo estoy siempre desde esa noche. Pero la verdad que hablar del tema contigo me ha encendido más.
- ¿Y si te digo que yo me estoy tocando ahora mismo?
- ¿En serio?
Lo siguiente que recibí fue una foto, se veían sus piernas con unas mallas azules bajadas hasta los muslos y su mano dentro de una braguita del mismo color.
- ¡Qué envidia! Ojalá yo pudiera hacer eso. – le contesté después de un rato de ver su foto.
- ¿No puedes tocarte sin correrte? – me preguntó.
- No. Me dijo que no podía masturbarme sin permiso. Y me muero por hacerlo.
- ¿Y que te parece si te cuento cómo disfruto de un estupendo orgasmo gracias a ti?
- ¡Qué zorra eres!
- ¿No quieres? Seguro que te pone muy cachonda saber que yo me estoy tocando.
Era cierto lo que decía. Me excitaba pensar que esa chica se tocaba mientras hablaba conmigo. Y más pensar que se iba a correr sabiendo que yo no podía. ¿Pero para que sufrir así? Era mejor decir que no y evitarme esa frustración. Entonces recibí otra foto. Era similar, solo que está vez había estirado de la braguita y la tela marcaba su coño sensualmente. No pude evitar hacer zoom y vi una mancha justo en esa zona donde la tela apretaba sus labios. La coherencia salió del grupo de mis pensamientos.
- Sí quiero. Hazlo. Disfruta mientras yo me quedo cachonda. – le contesté.
- Pues ayúdame. – me dijo Lara.
No tuve que pensarlo mucho. Por alguna razón a ella también le excitaba saber que estaba cachonda y no podía hacer nada. Por lo que bajé el pantalón de mi pijama y me hice una foto igual que la suya, pero con mi mano cerca de mi sexo, sin llegar a tocarme.
- Para que veas las ganas que tengo de hacer lo que tú.
- ¡Estás empapada! Y yo también. No sabes el gustito que da pasar mis deditos por aquí. – me dijo, mandando una foto de su mano dentro de las bragas.
- ¡Esto es una tortura! Y no entiendo por qué, pero quiero ver tu coñito mojado. – contesté sin pensar.
- ¿Sí? ¿Te gusta mi chochito? ¿Y qué vas a hacer para que te lo enseñe?
¿Me estaba volviendo loca o me estaba retando? Esa jovencita me tenía ardiendo solo con unas fotos de sus bragas y su forma de hablarme.
- ¿Qué quieres?
- Demuéstrame lo sumisa que eres. Quiero verte desnuda para mí, para que yo me corra y tú te quedes cachonda.
Podía darle mil vueltas, pero en mi estado solo me apetecía más de eso que me estaba calentando tanto. Me desnudé por completo y apoyando el móvil en la mesa me hice una foto de cuerpo entero. Sintiendo como mis muslos comenzaban a mojarse, le di a enviar.
- Daniel es un hombre muy afortunado. Pero esa no es la foto que esperaba.
- Lo siento. ¿Cómo la quieres? – pregunté preocupada por mi error.
- Deseas ver mi coñito ¿no? Pues imagina que me tienes delante y me bajo las braguitas en tu cara. Quiero ver lo que tendría ante mí.
Cómo había estado practicando últimamente, obedecí. Imaginé la situación. Tener a esa joven mulata conmigo. Yo desnuda y cachonda deseando ver su coño mojado, justo como ahora. Me imaginé arrodillándome a sus pies, en actitud sumisa, espalda recta, las manos sobre mis muslos separados para que ella pueda ver todo de mí. Ofrecida a esa niñata, deseosa y suplicante por ver lo que guardan sus braguitas azules. Y así me hice la foto, agachando la mirada hacia mi móvil, como si este fuera ella.
- Esa me gusta mucho más. Solo te falta un collar para parecer una perra.
- ¡Lo tengo! Dani lo compró cuando conocimos a mi Amo. Supongo que fue idea suya, como siempre.
- Póntelo.
Fui corriendo a buscar mi collar y la correa a juego. Me lo puse y los recuerdos de esa tarde volvieron a mí… frente al espejo del dormitorio, desnuda y con mi collar, me vi preciosa. Volví al despacho y después de arrodillarme me hice otra foto para ella.
- ¡Me encanta como te queda! Cómo me gustaría que tu marido te trajese a mis pies así, llevada por la correa como una perrita obediente.
Otra vez esos celos hipócritas volvieron a mí. Y esa mezcla de celos y excitación dieron paso a mi siguiente mensaje.
- ¿Qué harías si eso sucediera? – le pregunté.
- Dejaría que vieras como tú marido me desnuda acariciando mi cuerpo. Cómo mete la mano dentro de mis braguitas y me da placer en tu cara.
- Sigue, por favor… – supliqué.
- Yo le sacaría su polla mientras sus dedos entran en mí. Cuando estuviese tan cachonda que no pudiera aguantar más, le pediría que me bajase las bragas. Y entonces tiraría de tu correa para que veas de cerca donde la va a meter tu maridito.
Y seguidamente me envió una foto. Su chochito completamente depilado y brillante. Me estaba volviendo loca. Necesitaba tocarme. Me sentía muy rara. Tan cachonda y celosa, pero quería vivir aquello.
- ¿Me harías comerte el coño? – pregunté, hambrienta de más morbo.
- No. Le chuparías la polla a Daniel, mientras nosotros nos besamos contigo de rodillas. Así le prepararías para follarme en tu cama, mientras tú miras como me corro varias veces con él.
- Necesito verlo. Quiero ver cómo te corres mientras yo estoy arrodillada y me quedo cachondísima.
- Pues yo quiero que estés más cachonda todavía. No puedes masturbarte, pero puedes tocar esas tetas tan bonitas que tienes ¿verdad? – me preguntó Lara.
- Sí… supongo que sí.
- Pues hazlo. Acaricia tus tetas. Aprieta, juega con tus pezones. Quiero que acabes manchando el suelo.
Lo hice y fue una tortura deliciosa. Imaginaba la escena que ella me había relatado, conmigo arrodillada delante de ellos, sin poder tocarme. Justo como ahora, magreando mis pechos por su orden, mientras esa mulata se follaba a mi marido. No es que quisiera, necesitaba hacerlo. Con el temporizador de la cámara, me hice una foto apretando mis pechos para ella.
- ¡Como me gustan tus tetas! Cuando te vi el escote en el restaurante casi se me salen los ojos. No puedo más, tengo que usarlo.
Al instante me llegó otra foto. De nuevo solo se veía sus piernas con las mallas y las bragas bajadas. Pero su coñito estaba tapado por su mano sujetando un satisfyer que no me dejaba ver lo que había debajo. Y creo que esa era su intención. Dejarme con las ganas de ver y de sentir. Cuando ella podía ver todo lo que quisiera de mí y yo no podía disfrutar de ese juguete.
- Eres malvada… Te gusta hacerme sufrir. Pues te gustará saber que tengo el mío en el cajón y estoy deseando usarlo.
- ¿Tienes uno? Pues cógelo.
- Pero no puedo…
- Cógelo.
Volví con él en mi mano sin entender nada. Esa chica me tenía loca en ese momento. Pero no iba a desobedecer a mi Amo. Eso lo tenía claro. ¿Pero entonces porque me estaba arrodillando otra vez con mi juguete en la mano?
- Ya lo tengo.
- Muy bien. Quiero que te grabes así, arrodillada y con tu soplachichis puesto, pero sin encender. Puedes acariciarte las tetas, pero nada más. Y con ese vídeo yo tendré mi orgasmo, tumbadita en mi cama, con el cacharro a máxima potencia.
Esa cría era más sádica que mi Amo. ¡Y me encantaba! Aunque tal y como estaba, creo que todo me gustaba. Antes de contestar que lo haría, me llego una foto. Se la veía tumbada en la cama, de cintura para abajo. De nuevo su coñito estaba tapado por estar jugando en él. Pero solo ver sus piernas, tan tersas y morenas, esos pies pequeñitos… ¿Me estaba excitando mirando los pies de una mujer?
- Esto es todo lo que verás de mí. Si me gusta tu vídeo, dejaré que veas como me corro.
- ¡Te odio! Pero lo haré.
Me sentía ridícula, pero tremendamente excitada. Puse el móvil a grabar. Aun de rodillas, encendí el juguete, lo pasé por ambos pezones y al acercarlo a mi clítoris lo apagué. Me mordí el labio de frustración al sentir eso que tanto placer me había dado muchas veces y que ahora parecía en huelga. Con él inerte en mi coño, me toqué las tetas buscando darme placer. Un placer desesperante sabiendo que no llegaría a culminar. ¿Y por qué? Solo para ver como esa camarera zorrona que ligaba con mi marido tiene un orgasmo a mi costa.
- Espero que te guste. – le dije, enviándole el vídeo.
- Ahora lo veré y si me gusta, tu podrás verme a mí. Pero no te muevas, quiero saber que sigues tal y como sales en el vídeo mientras yo me corro.
Al menos estuve cinco minutos manteniendo eso entre mis piernas y excitándome los pezones para nada. Me sentía ridícula y más sabiendo que ella tenía un vídeo donde se me veía hacer eso mismo. Pero seguía muy cachonda.
De repente recibí un mensaje con un vídeo. El móvil enfocaba desde los pies de su cama, por lo que podía ver sus piernas abiertas y su juguete funcionando allí. El zumbido no era capaz de encubrir sus jadeos. No podía ver su cara, ni siquiera sus pechos. Solo llegaba a ver su ombligo de ese vientre morenito y brillante. Me desesperé al escuchar sus gemidos a la vez que un gran chorro salía disparado hacia la cámara. Grabó más de un minuto de ella temblando del impresionante orgasmo, en lo que yo no dejé de mirar su brillante chochito y el charco de sus sábanas. Cuando se agachó a por el móvil pude ver sus tetas por unos segundos, lo justo para decirme: “Me he quedado como nueva. Espero que tú pases el día cachonda, pensando en mí chochito.”
- Lo estoy. Mucho. Muchísimo. ¡Te odio! Pero me ha encantado… - escribí.
- Y a mí. Ya puedes levantarte del suelo. Pero no te vistas, ni te quites el collar. Te recomiendo que esperes así a tu marido. Demuéstrale lo buena sumisa que eres y verás como no solo quiere una mamada.
- Así lo haré. Mañana te cuento, si quieres…
- ¡Claro! Mañana repetimos. Eres mejor que el porno.
Continúe trabajando desnuda y con el collar. Sentía como manchaba la silla, pensé en poner una toalla, pero me gustaba esa sensación de estar mojando todo. Atendí varias llamadas e incluso hice una videollamada grupal con mi jefa y compañeros. Tuve que asegurarme que la cámara solo enfocaba mi cara. Fue el día de trabajo más excitante de mi vida.
A la hora que solía llegar Daniel yo estaba esperándole de rodillas. Estaba nerviosa por su reacción. Y más de que se abriese la puerta y un vecino hubiera coincidido con él. Pero no, cuando pasó y me vio, su cara fue de sorpresa máxima.
- Bienvenido, Señor. – le dije entregándole mi correa.
- Alicia… buena chica… – contestó titubeando mi marido.
Me llevó, o quizás le llevé yo, al sofá. Le di una cerveza fresquita y arrodillada a sus pies, comencé a descalzarle.
- Veo que hoy estás muy sumisa.
- Sí… Creó que debo compensarte por todo lo que has hecho por mí.
Masajee sus pies mientras se tomaba la cerveza. Creo que nunca lo había hecho. Y ahora me estaba costando no besarlos. A mi mente vino la imagen de las piernas de Lara. La imaginé sentada con él, dándome sus pequeños y bonitos pies para masajear. ¡Esta frustración sexual me estaba volviendo loca!
- ¿Cariño? ¿Me escuchas? – me despertó Daniel de mi fantasía.
- Dime, gordi… digo, Señor.
- Descansa un poco, mi amor. ¿Quieres que continuemos con la serie?
Afirme con una sonrisa y él me hizo un gesto para que subiera al sofá. Nos tumbamos juntos, para ver esa serie que nos tenía enganchados. Y yo no me enteré de nada. Solo podía sentir mi desnudo culete sobre su paquete. Mis muslos seguían mojándose por la ausencia de ropa que absorbiera mi excitación. Sin darme cuenta estaba frotando mis nalgas sobre su entrepierna.
- Así es imposible ver la tele. – me dijo Daniel.
- Lo siento… es que…
- Estás cachonda. – continuó él mi frase.
- Sí… no puedo controlarlo, lo siento.
- Ve a la cama y espérame allí.
Le besé y salí disparada a nuestro dormitorio. Me tumbe en la cama, 15 poses diferentes para que me encontrase sexy, y no aparecía. ¿Estaría esperando instrucciones de él? Eso me excitó más. ¿Cómo podía ser tan tonta? Me iba a quedar más frustrada todavía… Pero lo deseaba.
Apareció y sin decir nada comenzó a buscar en sus cajones. Sacó varios cinturones y un fular mío. Vendó mis ojos y sentí como fue amarrando mis extremidades. Quedé abierta en forma de X y me estaba volviendo loca. Traté de liberarme, no porque quisiera escapar, solo quería saber si podía hacerlo. Y no, estaba bien atada. Esto era obra de mi Amo, seguro.
Sus manos comenzaron a acariciar mi cuerpo suavemente. Pasaban por mis pechos recorriendo con la yema de sus dedos mi aureola, haciéndome desear más. Mi vientre, mi pubis, saltó a mis muslos… ¡Joder! Me estaba desesperando. Sus dedos volvieron hacia arriba y acariciaron eso que parecía un manantial. Recorrió mis babeantes labios un par de veces y desapareció.
¿Dónde estaba? ¿Seguía en la habitación? Una música de fondo comenzó a sonar impidiéndome usar el sentido del oído. ¿Qué estaba haciendo? ¿Esperando instrucciones? ¿Me estaría haciendo fotos para él? No tenía ni idea, pero sonreí y traté de posar sexy.
Y así estuve un buen rato, sin saber si me veía o estaba sola. Cuando ya pensé que estaba haciendo el ridículo, sentí algo entre mis piernas. Algo duro, estaba más bien frío, como de goma… ¡Llevaba un condón! Recorrió mi entrada volviéndome loca de desesperación.
- ¡Métela! ¡Métemela ya!
- ¡shhh!
No me dio tiempo a decir nada más, pues tapó mi boca con algo. Era blando, como de tela, pero ni idea. Solo sabía que no podía ver, oír, ni hablar. Tampoco moverme. Me sentía completamente a su merced. Y él continuaba recorriendo mi entrada, sin llegar a invadirme. Noté como empujó un poco y justo cuando sentí como empezaba a penetrarme, sentí un golpe en mi mejilla. Y otro, y otro… Me estaba dando pollazos en la cara mientras me follaba. ¡¿Qué?!
Destapó lo que tapaba mi boca y entró su polla. Sí, eso lo tenía claro. ¿Pero entonces que me estaba follando? No pude pensar más, aquello en mi coño entraba y salía a toda velocidad. Daniel empezó a follarme la boca al mismo ritmo. ¡Estaba en la gloria! No sabía que o quien me estaba follando, pero daba igual. Solo deseaba ese orgasmo. ¡No! ¡No puedo! ¡No puedo correrme! No puedo fallar.
- Me has puesto cachondo y es tu obligación arreglarlo. Y más te vale no correrte o se lo diré y anulará la cena.
¡No, no, no! ¡Eso no! ¡Tenía que aguantar! Daniel siguió follándome la boca sin detenerse, al igual que lo que trabajaba entre mis piernas. Tenía que resistir la falta de aire, las arcadas y lo peor de todo, el orgasmo que amenazaba con explotar. Por suerte, y para mí mayor desesperación, mi marido no aguantó y sacándola en el último segundo de mi boca, se corrió sobre mi cara. Lo que tenía dentro de mí se detuvo, pero no salió.
- Te dejaré así un rato. A ver si se te pasa el calentón.
Subió la música y sentí como se bajaba de la cama. Allí me dejó, no se cuánto tiempo, atada, con algo metido en mi coño y la cara llena de semen. Me sentía utilizada, vejada, tratada como un juguete. Y eso lejos de relajarme me excitaba más. Bastante tiempo después, cuando sentí que me liberaba, le escuché decir.
- Ya está lista la cena. El postre lo tienes entre tus piernas.
Descubrió mis ojos y pude sacarme del coño un plátano envuelto con un preservativo. El cual, efectivamente, fue mi postre esa noche, que cene desnuda y con su semen en mi cara.
Al día siguiente le conté todo a Lara mientras trabajaba. Traté de contarle todos los detalles, quería excitar a esa guapa mulata que le gustaba a mi marido. No entendía la razón, no me consideraba bisexual, pero deseaba más de ella. Aunque también más de Daniel, más de mi Amo… ¡Necesitaba más!
- No creo que me molesten en un rato, por si quieres… - le dije a la joven camarera.
- ¿Quieres que te ordené algo mientras me toco? Eres una ninfómana.
- Lo sé… lo siento… no se qué me pasa. Olvídalo. – le dije avergonzada.
- Ve a por un plátano. – me ordenó.
Acabé de nuevo desnuda, con los mismos calcetines en la boca que Dani uso para amordazarme y el plátano apuntando a mi coño, pero sin entrar. Yo por el contrario, veía una foto con otra fruta igual sobresaliendo de su cerradito chochito. Y para terminar, tuve que limpiar de mis flujos el plátano, viendo un vídeo de cómo ella se follaba hasta correrse. Aún de rodillas y mamando, le dije:
- Daniel sospechará porque estoy tan cachonda cuando llega a casa.
- Dile que la mulata guarrilla mantiene a su mujer caliente para él.
Al llegar Daniel no le dije eso, aún estaba decidiendo que haría con Lara y él. A cambio me encontró en el sofá, desnuda y con mi collar, comiéndome ese afortunado plátano. Seguí actuando sumisa con él, atendiéndole como un sultán, preparando la cena, quitando la mesa… Él a cambio me mimaba mucho. Yo lo agradecía, pero mi calentura me pedía sacar su lado perverso. O al menos que cogiera el móvil y pidiera instrucciones.
Al llegar la hora de irnos a la cama se desnudó completamente. Yo mordí mis labios sabiendo que llegaba la hora de la acción. Entonces sacó un bote de una bolsa y me dijo:
- Tengo el cuerpo destrozado. Así que voy a aprovechar que estás tan servicial.
- Sí, señor. Lo que quieras.
Me entrego el bote y sentándome desnuda sobre su espalda, comencé a masajear con las manos untadas. Era aceite de masaje, con lo que su espalda pronto se volvió una pista de patinaje para mis manos.
- Continúa con las piernas. Quiero un masaje completo.
Al masajear sus glúteos pensé en excusarme en el aceite para acercarme a ese lugar prohibido de mi marido, pero pensé que no era muy de sumisa jugar con el ojete de mi pseudoamo. Tentada por la oportunidad, continúe con sus piernas, bajando hasta los pies. Me entretuve demasiado en esa parte. ¿Me estaba volviendo fetichista?
- Ahora por delante.
Daniel se dio la vuelta y pude ver el mástil de la bandera bien izado. Deseando llegar a esa parte, pasé por su pecho, dejándolo también brillante por el aceite. Cuando por fin llegué a eso que me llamaba a gritos, me eché un buen chorro de aceite en las manos y fui a agarrar el joystick de mi esposo.
- No, el final feliz, después. Ahora el masaje cuerpo a cuerpo.
Sintiendo cosquillitas entre mis piernas, Daniel me untó el aceite sobre mis pechos. ¡Dios que gustito! ¿Cómo podía necesitar tanto que me tocasen? Con los pezones como tornillos y el cuerpo brillando, me tumbe sobre mi marido. Froté mi pecho con el suyo. Mis piernas se resbalaban entre las suyas. Y su miembro… su rabo resbalaba entre mi coñito, dándome un placer increíble.
Me olvidé de todo, del masaje, del aceite, de complacer a mi marido. Solo pensaba en conseguir que eso duro entrase en mí. Dani sujetó mis manos cuando vio que intentaba ensartarme con su polla. Por lo que solo podía reptar desesperada sobre su cuerpo, frotándome con su erección, tratando que entrase. Y después de luchar un rato contra el maldito y resbaloso aceite, me di cuenta que estaba a punto de llegar al orgasmo sin necesidad de metérmela. Seguí y seguí hasta estar a punto. Y cuando lo estuve, paré.
- Me voy a correr... – dije resignada.
- Pobrecita… te tienes que mantener en castidad para tu Amo… Pero yo no. Quiero mi final feliz.
Me ordenó ponerme a cuatro patas con el culo mirando a él. Una postura extraña para hacerle una paja. Quizás fuese idea de mi Amo no dejarme ver a mi marido, solo sus pies… otra vez… ¿Por qué me ponía tanto sentirme tan inferior? ¿Y por qué tenía tan claro que no era idea de Daniel?
Con mi mano resbalando a toda velocidad sobre su falo, sentí como jugaba con mi culo. Supongo que tuvo la misma idea que yo cuando masajee esa zona de su cuerpo. Pero él no dudó y en un instante sentí como su dedo entraba en mi ano. No me dolió nada, la crema funcionaba. Y el aceite ayudaba mucho. Comenzó a jugar y después de acostumbrarme a tener algo allí moviéndose, llegó el placer.
- Es una pasada esto. Disfrutar sin tener que preocuparme por nada. Poder meterte un dedo en el culo y en lugar de quejarte, tú te esfuerzas más en darme placer. – me dijo Dani.
- ¿Te gusta? A mi me encanta, amor. Sigue, hazme lo que quieras. Mi culo es tuyo. Yo soy tuya. Tú solo disfruta de lo que te pertenece.
¿Eso era verdad? ¿Se lo estaba diciendo a mi marido o a mi Amo? No lo sé. No lo tengo claro normalmente, mucho menos cuando siento algo follándome el culo. En ese momento solo sentía mi alma sumisa salir. Deseaba mi contraparte dominante, ese hombre que sabía hacerme ser una puta pervertida y sentirme orgullosa de ello. ¿Pero ese era Daniel? No lo sé… Y con esa duda, mientras su dedo se clavaba hasta los nudillos en mi recto, mi marido se convirtió en una fuente, regando mi mano, mi cara y su propio cuerpo.
Empalada me quedé mirando como palpitaba su polla. De nuevo cachonda y frustrada. Cubierta de semen y aceite, con mi coñito desesperado por atención. Solo unos segundos jugando con mis deditos y explotaría en un océano de placer. Pero no, esperé que mi marido liberase mi ano. Una ducha romántica, sábanas limpias. Y a contar ovejitas hasta poder conciliar el sueño con tremendo calentón.
El viernes necesitaba más que nunca hablar con Lara. No solo para contarle el masaje con final feliz a mi marido. Estaba nerviosa y llena de dudas. De todas mis amigas, aquella jovencísima mulata era la única con la que podía hablar de verdad.
- Estoy hecha un flan. Mañana viene. No tengo ni idea que pasará. ¿Usará a mi marido para someterme, como el lunes? O será él mismo. – escribí a mi confesora sexy.
- ¿Y tú que quieres?
- Yo… bueno… no sé…
- Tú quieres que sea él. Pero te sientes culpable por hacerle eso a Daniel. – me dijo Lara.
- Sí… justo eso. Cuando fuimos a conocerle, bromee con Dani sobre ti. Como una forma de justificarme que yo desease a otro hombre. – le confesé.
- ¿Ah sí? ¿Y que le dijiste?
- Que cuando fuese un dominante profesional… tú tenías pinta de ser también sumisa. Aunque después de estos días… está claro que no.
- No te creas. También disfruto mucho de ser sumisa. Pero solo con quien es dominante de verdad. ¿Tú crees que tu marido lo es?
- Sí… ¿no? Mira todo lo que me ha hecho estos días.
- ¿Pero era tu marido? Yo solo sé que Daniel se desvive por hacerte feliz. No sé si es dominante o no. Pero no te preocupes, puedo someteros a los dos a la vez. ¡Jajaja!
- ¿Dani como tu sumiso? No sé… la verdad que me pone mucho pensar en ti y en él… pero los celos… no sé si sería capaz.
- Mañana es el gran día, Alicia. Es normal que tengas muchas dudas. Pero deberías ir despejando algunas. No es justo para tu marido. Él lo esta dando todo por verte feliz.
- Tú lo que quieres es follarte a mi marido. ¡Jajajaja!
- Y a ti, no lo olvides. Y ahora ve a por ese bote de aceite. Quiero ver como brilla tu precioso cuerpo desnudo.
Me ordenó grabarme untando el aceite por mi cuerpo. Yo a cambio, recibí una foto de su vientre, con su ombligo y el elástico de su ropa interior como única visión. Y ya con eso me puso a mil. Podía ver mil imágenes porno, de hombres o de mujeres. Pero saber que solo vería de su cuerpo lo que ella quisiera, me volvía loca.
- Me gusta la idea del masaje cuerpo a cuerpo. Quizás se lo haga a tu marido. O a ti, para ponerle como una moto viendo a dos mujeres aceitosas restregándose.
- ¡Joder! De solo imaginarlo me estoy mojando. – le dije, sin exagerar lo más mínimo.
- Tú estás siempre mojada. Pero como anoche, hoy tu coño no me importa. Quiero ver tu culito. Ábretelo para mí.
Muerta de vergüenza por enseñarle algo tan íntimo, traté de ajustar el móvil para hacerme una foto. Que difícil es abrirse el culo y sacarse una foto del ano. Por fin lo hice y tan avergonzada como excitada, la envié.
- Tienes un asterisco muy bonito. Normal que Daniel te metiese el dedo para disfrutar de su final feliz. Que pena que yo no pueda. Pero puedes meterte algo mientras yo me toco.
- Pero… no sé si puedo. No sé si eso se considera masturbación…
- No te preocupes, si no sientes placer, no lo es. Busca algo muy fino.
Desnuda y llena de aceite rebusqué por la casa algún objeto que pudiera meterme por el culo. Como había cambiado mi vida en unos días. ¿Quién me diría que estaría cumpliendo los caprichos de una niñata, de un desconocido y de mi marido? Encontré un pincel muy fino, poco más que un palillo de dientes. Le mandé una foto y ella aprobó el utensilio que me introduciría por el ano.
- ¡Es perfecto! Casi ni lo notarás, pero te estarás metiendo algo en el culo por mí.
- Y pensar que me pone que me digas eso…
- Ya lo sé… eres una zorrita salida. ¡Venga, pincel para dentro!
Con tan solo el aceite de mis manos y lo fino del asunto, entró como si nada. Me hice una foto con parte del palo y los pelitos del pincel sobresaliendo de entre mis nalgas. Y otra foto separándolas, para que viese que estaba dentro.
- ¡Qué divertido! ¿Qué se siente? – me preguntó.
- Pues… poca cosa. Incómodo… Es raro tener algo ahí dentro.
- ¿Sí? Tengo ganas de probarlo.
- ¿Nunca lo has hecho por detrás? – le pregunté sorprendida.
- No… Ya te he dicho que también soy sumisa. Busco a alguien especial para entregárselo. Quizás sea tú marido. O quizás sea yo quien estrene el suyo.
- ¡Jajajaja! Pues no sé que me apetece más. Ayer me quedé con las ganas de hacerlo yo. – le confesé.
- ¿Sí? Pues no. Tú déjame a mí. Yo le pasaré el test de Dom/sum a tu maridito. De momento, folla tu culito con ese pincel, que me voy a correr imaginando en el matrimonio que voy a sodomizar.
Me ordenó ponerme a cuatro patas en el suelo y follarme ridículamente con el pincel. Así estuve hasta que recibí un mensaje. Salía ella tumbada de espaldas sobre la cama, completamente desnuda. Por fin puede ver su trasero. Un culo pequeño pero muy respingón, precioso y parecía muy duro. No pude volver a sacarlo de mi mente desde ese día.
Al volver Daniel a casa me encontró sentada en el sofá. Estaba releyendo las conversaciones con Lara. Trataba de decidirme que hacer. ¿Le contaría todo lo que había hecho con ella? ¿Qué la camarera mulata usaba a su mujer para masturbarse? ¿Qué estaba deseando follar con ambos? En la fantasía era muy morboso, pero pensar en mi marido con otra…
- ¿Qué tal el día? ¿Has hecho cosas de sumisa? – me dijo mi marido bromeando.
- No. Para eso espero que llegue mi Amo. – le dije con una sonrisa cómplice.
- ¿Al sábado? Ya solo quedan horas. – me dijo él.
- Eh... no… Sí… lo sé. – me dejó sin palabras.
Es verdad que, en mi mente, mi Amo era ese hombre. ¿Tan evidente era que hasta Dani se había dado cuenta? ¿Y eso que quería decir? ¿Qué no se sentía como mi Amo? ¿Qué aceptaba que otro hombre lo fuese? ¿Qué coño le pasaba por la cabeza a mi marido?
La tarde pasó tranquila. Daniel no parecía estar por la labor de hacer nada conmigo. Y mi excitación estaba medio controlada por mis dudas. Pero al llegar la hora de meternos en la cama, sabía que tenía algo preparado. ¿Quién de los dos? Aún no lo sé.
- Desnúdate. – me dijo Daniel.
Yo lo hice viendo cómo él colocaba mi almohada en medio de la cama. Me puso la correa y me hizo subir a la cama a cuatro patas.
- Me han dicho que te gusta frotarte como una perra. Pues ahí tienes tu nueva pareja. Móntate sobre la almohada y muéstrame lo guarra que eres.
Súper avergonzada lo hice. No ya porque mi marido me hablase así, si no porque era verdad lo que decía. Seguro que él le había contado cómo me corrí frotándome con su pierna en aquella parada. Su esposa frotándose con un desconocido delante de un autobús lleno de gente…
Me hizo arrodillarme sobre la cama con la almohada entre las piernas. Frente a mí colocó el espejo de pie que teníamos en la habitación. Y así, viéndome, empecé a moverme. Me sentía ridícula montando mi almohada. Y más según el roce iba excitándome, mi cara se ponía roja y mis pezones se endurecían. Y todo, bajo la atenta mirada de mi marido, que se mantenía de pie completamente vestido, como un simple espectador.
- Así que prefieres esto que echar un buen polvo conmigo. – habló mi marido.
- No… no es eso. – dije yo, tratando de no jadear.
- No mientas. Mira tus bragas, te las has quitado antes de hacer nada y ya están manchadas. – me dijo, con mis braguitas blancas en la mano.
- Yo podría ser quien estaría debajo de ti. En lugar de tu almohada tendrías mi polla clavándose en tu coño. Pero te gusta más frotarte como una perra. Sentirte humillada buscando el placer sabiendo que no puedes tenerlo, solo porque un hombre así lo ha decidido.
- Dani… – jadeé yo.
- Te gusta sufrir, pues yo haré que disfrutes.
Dani apartó el espejo y volvió a mi espalda, no podía verle. Me ordenó mantener la vista al frente. Sin saber que hacía o que pensaba mi marido, seguí montando mi almohada. Increíblemente me estaba dando mucho placer mi almohada viscoelástica. Y entonces lo sentí, un fuerte golpe en mi nalga derecha. Sin poder evitarlo me giré y le vi con la paleta de madera que había usado para hacer la cena.
- He dicho que vista al frente. – me dijo muy serio.
- Lo siento, señor. – me disculpé apresurada.
- ¿Te duele?
- Un poco. – contesté, recibiendo seguidamente otro golpe en la misma nalga.
- ¿Quieres que pare? – me preguntó.
Mordiéndome el labio, no de dolor precisamente, negué con la cabeza. Mi marido azotaba mi culo con la pala de cocina y yo me frotaba contra la almohada. Un matrimonio moderno, pensé.
Después de un par de minutos se detuvo. Pero solo fue para añadir otro “complemento BDSM” de andar por casa. Desde mi espalda acaricio mis pezones, llevó su dedo a mi boca y yo chupé con devoción. Volvió a mis pezones, mojándolos de mi saliva. Cuando pensaba que estaba en el culmen del placer, algo se cerró con fuerza en ellos. No pude evitar mirar hacia abajo. Una pinza de la ropa pendía desafiante de mi pezón derecho. Hizo lo mismo con el izquierdo y volvió a colocar el espejo frente a mí. Allí estaba yo, con dos banderillas botando sobre mis tetas, sintiendo el dolor de esas pinzas. Y detrás él, mi osito de gominola, pala en mano, azotando el culo de la zorra de su mujer.
- Esto es lo que te gusta ¿no? – me dijo él, seguido de un azote.
- ¡Sí! – aullé.
- Te gusta que te usen, que te humillen…
- ¡Sí! ¡Dani, Sí!
- Qué te azoten, que te exhiban como una puta.
- ¡¡Sí!! ¡Me encanta! ¡Me gusta! – gritaba yo desquiciada.
- ¿Quieres ser su puta? ¿Qué te use como una perra para su placer?
- ¡Si! ¡Quiero ser su puta! ¡Su perra! – no sabía lo que decía, o quizás sí.
- ¡Pues ladra! Ladra para que todos te escuchen que eres una perra. La perra de tu Amo.
Y ladré. Vaya si ladré. Ni vergüenza ni hostias. Ladré tanto que el perro de mi vecino se unió a mí. Me iba a correr, me estaba corriendo entre ladridos. ¿Qué? ¡No puedo! Me levanté de golpe de la almohada sintiendo como mi orgasmo empezaba, pero no seguía, estaba atascado. ¡Noooo! ¡Sal! ¡Ya que he llegado, sal! Mi cuerpo temblaba sobre la almohada, las pinzas parecían dos muelles botando. Y mi cara era el reflejo de mi decepción por haber tenido un orgasmo y la frustración por no haberlo disfrutado.
Caí rendida sobre la cama con ganas de llorar por esas sensaciones. Daniel se tumbó a mi lado y dándome un beso en la mejilla me preguntó:
- ¿Qué te pasa? ¿Te he hecho daño? ¿No te ha gustado?
- No… es qué… me he corrido… he parado cuando empezaba… no lo he disfrutado nada… lo siento…
- Eso se llama un orgasmo arruinado. – me dijo, el nuevo experto que era mi esposo.
- Y tan arruinado…
- ¡Jajaja! No te preocupes. No creo que él lo considere una falta. Pero yo no pienso quedarme así. – dijo Daniel, haciendo temblar una de mis pinzas.
Fui presta a hacerle una buena mamada a mi perfecto marido, pero me detuvo. Solo quiso una paja, los dos tumbados juntos, mirándonos a los ojos, mientras él jugaba a mover las pinzas de mis pechos.
- ¿Tú lo estás disfrutando? – le pregunté mientras movía mi mano en sus bajos.
- Mucho… ¿no se nota? dijo él jadeando.
- En general… ¿te gusta esto?
- Me gusta verte feliz.
- Te quiero Daniel. Y yo también voy a hacer todo por verte feliz, te lo prometo. De momento… espera.
Me levanté corriendo de la cama. Con el dolor de las pinzas al botar, fui a buscar mi móvil. Puse la foto de Lara tumbada de espaldas en su cama y se lo di a mi marido.
- De momento disfruta de que tu mujer te de placer mientras ves lo que será tuyo.
Mientras mi marido veía el culo de esa mulata, yo le pajeaba sintiendo el dolor en mis tetas en cada meneo. Cuando se fue a correr, cogí el móvil y lo puse frente a su polla. Mi marido se corrió en la pantalla de mi móvil. Entre las piernas de mi desfogado esposo, lamí la pantalla de mi móvil cubierta de leche sobre ese bonito culito moreno, demostrándole lo que haría por él.
Gracias por llegar hasta aquí.
He recibido bastantes correos pidiéndome que les “enseñe” a ser dominantes. Siempre han tenido la misma respuesta. Pero he querido usar este capítulo a modo de ejemplo o ideas, para las personas que tienen esas inquietudes. Todo lo que aparece aquí es sencillo de recrear, comprobado al 100%.
Como siempre, gracias a todos por leerme. Más aun por comentar, valorar, escribirme con sus ideas, criticas, etc. Si el interés continúa, lo hará la historia. Es tan sencillo como eso. Gracias a todo aquel que se molesta en dar su opinión, todos podemos leer relatos por aquí.
Saludos.
Wilmorgan.
Continúa en
- Relato #199857— title-regex: contiguous parts (2 -> 3)
Relatos similares
- Sadomaso
Descubriéndose sumisa
Nunca imaginó que el placer pudiera estar tan ligado a la obediencia. Cuando él le dictó las primeras normas, ella creyó que era solo un juego, pero…
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
Cassidy
Cassidy tiene el control total de su vida y su cuerpo, pero Chris ha aprendido que el dolor es su única vía hacia el éxtasis.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaVoyeurismo oculto
- Dominación
Mi vecina me domina (22)
No es solo una jaula lo que lo encierra. Es la mirada de su ama, marcada por el látigo de otra mujer, y la complicidad prohibida con su hija.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Dominación
Mis inicios en las relaciones D/s (6)
Carla no solo quiere controlarlo; quiere exhibirlo. Desde la vergüenza pública en la tienda de animales hasta el dolor agudo de la pala en casa, cada…
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaSumision consentida
- Hetero: Infidelidad
Embarazada, cachonda e ignorada por su marido
La fiesta prometía ser solo una cena, pero las luces bajaron y las minifaldas se convirtieron en excusa para desnudar secretos.
Comparte:Bdsm plenoDominacion femeninaOrgia grande
- Hetero: Infidelidad
Mis inicios como cornudo (sumiso)
Él siempre obedeció. Pero esta vez, la orden es clara: arrodillarse, desvestir al otro hombre y chupar su polla mientras ella lo folla.
Comparte:Sumision consentidaVoyeurismo ocultoSumision como liberacion