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Dominaciónmar 2023

Subcontratando el placer de mi mujer 2

Nunca imaginó que ser suya significaría arrodillarse desnuda bajo los ojos de extraños. Él le dio una orden: no correrse. Pero el placer y el miedo a ser vista la empujan al límite, mientras su propio marido la usa como un juguete a la vista de todos.

Wilmorgan13K vistas9.5· 26 votos
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Dormí como un angelito aquella noche, aunque había sido el mismísimo diablo. En realidad no, el diablo era él. Yo solo seguía sus órdenes, dejándome llevar por su experiencia. Cumpliendo cualquier cosa por él. Hasta ese punto llegaba su control. Sin haberle visto, sin haber hablado con él. Y aun así me tenía completamente rendida a sus pies.

Desperté y lo primero que pensé fue en él. Necesitaba saber si había contestado. Que le habían parecido mis fotos. Y si había aceptado la oferta de mi marido de ser mi Amo. Respiré hondo y pensé en Daniel. El pobre había hecho todo esto por mí. Y lo hizo increíble. Le amaba con locura.

Con el primer sorbo de café tuve que preguntar. Una respuesta negativa por parte de mi esposo me hizo rebajar mi efusividad. Había estado contestando durante toda la cena. ¿Por qué justo cuando me entrego como sumisa, no contesta? ¿Sería por mis fotos? ¿No le gusto? No soy una modelo, pero siempre he tenido mucho éxito con los hombres…

El día pasó despacio, muy despacio. O al menos para mí. No podía quitarme de la cabeza a ese misterioso hombre. ¿Por qué no contestaba? Daniel estaba… bueno no lo sé. Es difícil de saber lo que pasaría por su mente. Creo que le gustó casi tanto como a mí. Pero entiendo que no es fácil que otro hombre provoque eso en tu mujer. En cierta manera lo entiendo. Pues, aunque en su momento me puso muy cachonda la camarera, las indirectas que mi marido me tiró para volver a ver su foto… Sí… algo de celos había. Irracional, cuando yo estaba como una moto esperando a que un desconocido decidiera someterme a sus caprichos y perversiones. Lo sé. Entiendo que no es lógico, pero es lo que hay.

Habíamos paseado, salido a comer fuera y ahora estábamos viendo una película tumbados en el sofá. Un domingo perfecto… Pero ya no podía más. Me estaba volviendo loca la espera. Necesitaba saberlo. Sí o no. No es tan difícil. ¿No te gusto? Pues que te den, amito de pacotilla. ¡Pero di algo!

- Escríbele.

- No puedo, Ali. No puedo estar insistiendo. Bastante que anoche estuvo todo el tiempo diciéndome que hacer.

- Por favor… Necesito saberlo. Necesito saber si me acepta. Si es que no le gusto…

- ¿Cómo no le vas a gustar? ¡Eres perfecta! Pero él tendrá su pareja, su sumisa. O sumisas… No sabemos nada de él.

- ¿Pues por una más que importa? Venga Dani… por favor… Si dice que no, no volveré a insistir. Pero por fa… Necesito saberlo…

El bizcochito de limón que tengo por marido cogió su teléfono. Yo me colé entre sus brazos para comerle a besos mientras él trataba de atinar con las teclas. ¡Me encantaba mi chico! ¡Era él mejor! Deseaba que se volviese como ese hombre. Un dominante estricto y pervertido. Pero sin perder ese toque de osito de gominola que hacía cualquier cosa por verme feliz. ¿Es tanto pedir?

- ¿Qué le has puesto?

- Que conteste.

- ¿Así? ¿Tan seco? Nos va a mandar a la mierda…

- No, mujer. No te preocupes. Ya contestará…

La película terminó y no había respuesta. En cuanto Daniel fue a la cocina a preparar la cena no pude resistirme. Con los primeros ruidos de sartenes agarré su móvil decidida a leer el mensaje que le había mandado. Necesitaba saber si le había explicado bien la urgencia de su réplica. En cuanto desbloqueé la pantalla, el móvil vibró con una notificación. Los nervios hicieron que se escapase de mis manos y cayera al suelo. Lo recogí rápidamente, pero ya era tarde, Dani me miraba desde la puerta con los brazos en jarra.

- Es él… - dije con una sonrisa de niña buena.

- Esta bien… puedes leerlo.

- ¡Te quiero, te quiero, te quiero! – le contesté abriendo el mensaje.

- ¿Qué? No, no, no. Ni de coña. Dile que no. – le dije indignada ofreciéndole el móvil.

- ¿Qué dice?

- Qué soy preciosa. Que tengo alma de sumisa. Pero que soy tu mujer y que no quiere meterse en medio de una relación, bla, bla, bla. ¡Dile que no! Que tú estas de acuerdo y que no pasa nada. Por fa…

- ¿No decías que no ibas a insistir?

- Pero esto es distinto. No ha dicho que no. Bueno sí… pero por razones equivocadas.

- ¡Qué paciencia…! Mira, contesta tú. Así le dices lo que quieras. Pero eso sí, dile que eres tú.

- ¿Yo? No… Yo… es qué…

- Eres tú quien quiere que ese tío la someta. Ahora que no te entre la vergüenza. – me dijo, volviendo a la cocina.

Me quedé allí sentada, con su móvil en la mano. Era absurdo, Dani tenía razón. No podía desear ser su sumisa y someterme a sus perversiones, y no atreverme a enviarle un triste mensaje. Después de borrar cuatro veces el mensaje, le di a enviar. Ahora tocaba esperar. Y espere. Y esperé…

- ¿Contestó? – me preguntó Dani, poniendo la mesa.

- ¡No! – respondí secamente.

- Ya lo hará. Siempre lo hace.

Mientras mi marido cenaba y yo removía mi comida de un lado a otro del plato, sonó el teléfono. Muy cortésmente, con mucho énfasis en que era un placer hablar conmigo y lo bien que lo hice, me vino a decir lo mismo que a mi marido. ¡Este no sabe con quién está hablando!

Volví a escribir y volvió a contestar. Otro mensaje, otra negativa. Cené entre mensajes. Tratando de dirigirme a él de manera respetuosa, al fin y al cabo, quería ser su sumisa. Pero sin vacilar un ápice en mi objetivo. ¡No ha nacido Amo que pueda conmigo!

- ¡Lo conseguí! – grité a los cuatro vientos al leer su último mensaje.

- ¿Qué? ¿Ha aceptado? ¿Vas… a ser suya? – me preguntó mi marido.

- ¡Sí! Bueno, no. Ha aceptado quedar con nosotros mañana, para un café.

- ¿Un café?

- Sí. Quiere hablar con los dos. Conocernos y que le conozcamos a él. Dice que nos dará unos consejos para ir empezando nosotros solos. Pero mañana le convenceremos para que me someta. ¿A que sí?

- Eh… bueno… lo intentaremos.

Al día siguiente yo estaba como si me hubiera caído en un barril de redbull. Volví del trabajo y comencé a probarme ropa. Necesitaba algo formal. No podía ir pareciendo una cualquiera. Pero sensual. Que desease ver lo que había debajo. Bueno… eso ya lo había visto. ¡Qué vergüenza!

En el coche estaba tan nerviosa que en mi estomago se juntaron las mariposas, libélulas, y un par de agapornis. Aparcamos y traté de salir del coche sin quitarme el cinturón.

- Tranquila, cariño. Si no lo tienes claro podemos volver a casa. Él lo entenderá. Y yo también.

- ¡Sí, sí! Lo tengo claro. ¿Y tú?

- Sí… me pone la idea… pero me da miedo.

- ¿No te fías de él? – le pregunté.

- No es eso. Pero temo que pueda cambiar algo entre nosotros.

- ¡Eso no va a pasar! Créeme. Lo que estas haciendo solo me demuestra lo que me quieres. Y yo lo tengo clarísimo. ¡Te amo! Y eso no va a cambiar. – le dije mirándole a los ojos.

- Gracias. Eso es lo que necesitaba escuchar.

- Además, cuando seas todo un dominante profesional… yo creo que Lara también es bastante sumisa… – dije, guiñándole un ojo.

- ¿Podré tener a la mulata como sumisa? Pues haber empezado por ahí. – me contestó riendo.

Entramos en el bar y busqué al desconocido que me convertiría en sumisa. No sabíamos nada de su físico, ni siquiera me había preocupado hasta ese momento. Pero no hizo falta. Era él. Ese hombre sentado solo en una mesa. Lo tenía clarísimo. Agarré de la mano a Daniel y fuimos hasta él.

- ¿Amo?

- ¿Cómo? – dijo él, mirándome con cara de duda.

- Soy Alicia, la sumisa. – recalqué tontamente.

- Encantado, yo soy Juan, informático. Creo que te has equivocado. – me contestó aguantando la risa.

Me quise morir en ese momento. ¿Como había podido confiarme tanto? El hombre nos miraba aguantando la risa y yo solo deseaba que el suelo me tragase.

- No deberías llamar eso a cualquiera. Y menos con Daniel delante. – dijo el hombre.

¡Qué… cabrón! Sí, estaba claro que era él. Sin poder disimular mi cara de tonta, se presentó con su verdadero nombre y nos invitó a sentarnos en una mesa. Pedimos un café, bueno yo una tila, que bastante nerviosa estaba ya.

- No es fácil negarle algo a tu mujer.

- A mi me lo vas a decir. – contestó resignado mi marido.

- Bueno, pues contarme. ¿Qué más necesitáis?

- Que te cuente ella mejor…

Estuvimos hablando y hablando. Comencé preguntándole dudas, su opinión, como haría él cada cosa. La verdad es que fue muy interesante. Hablamos de cosas que nunca me atreví, ni siquiera con mi marido. ¡Tenía que convertirme en su sumisa! Aunque en cada intento mío por llevar el tema a esa parte, era desviado sutilmente por él. Pero claro… el hombre que me ordenó masturbarme en medio de un restaurante, no se conformaría con indirectas.

- ¿Puedo ir al baño? – le pregunté.

- Claro. – contestó con un falso gesto de no entender mi pregunta.

Me puse en pie y alisándome con descaro la falda y la chaqueta de mi traje para que se fijase en mí, desfilé hacia los aseos. Encerrada en un cubículo me quité el tanga. Pensé en tocarme un poco antes, pero al ver cómo estaba no fue necesario. Salí de mi escondite con él en la mano, decidida a entregárselo a ese hombre. Entonces caí en la cuenta. No era suficiente. Estaba sola, por lo que me deshice de la chaqueta, abrí mi blusa y me quité el sujetador. Aun no, no podía quedarme corta. En topless, sin pararme a pensar que podría entrar alguna clienta, rebusqué en mi bolso. Retoqué mis labios con el rojo putón que había estrenado para la ocasión, y lo hice. Una foto en el espejo y para fuera.

Salí de allí, con la chaqueta abierta, dejando mi ceñida y trasparente blusa bien a la vista. En mi mano llevaba colgando mi tanga y mi sujetador. Los dos se quedaron mirando con cara de sorpresa. Supongo que no serían los únicos, pero no me atreví a mirar a nadie. Dejé mi ropa interior sobre la mesa, delante de él. Aun de pie, sintiendo como todo el bar me miraba, saqué mi móvil y le mostré la foto. Mi marido se quedó mudo al ver la foto de su mujer con las tetas al aire y la frase “Quiero ser tu sumisa” escrita en ellas.

- ¿Sabes que se puede leer a través de la blusa? – me dijo él, muy tranquilamente.

Bajé la mirada y efectivamente, era tan trasparente que las letras rojas resaltaban junto a mis pezones. Tragué saliva y mi vergüenza para mantenerme en pie, con la mirada baja, tratando de adoptar una pose sumisa para él.

- La verdad es que no lo sabía. – le dije casi murmurando.

- Puedes sentarte. Y abrocharte la chaqueta.

En mi silla y tapada me sentí algo menos expuesta, pero igual de nerviosa. No podía dejárselo más claro. Era el momento de la verdad. O me aceptaba o me rechazaba.

- Alicia… no creo que sea lo más conveniente. – me dijo.

- Sí, sí lo es. Lo necesito, tú no lo entiendes. Usted, perdón. Estoy nerviosa. Pero es lo que quiero.

- ¿Y tu marido? ¿Es lo que quiere él de verdad? Que yo sepa solo quería aprender para hacerte disfrutar.

- ¡Sí! Sí quiere. ¿Verdad, Dani?

- Sí. Lo hemos hablado. Solo por un tiempo. Como… unas clases prácticas con el profesor. – dijo Daniel.

Se quedó mirando a mi marido, como si quisiera leerle la mente para saber si era sincero en sus palabras. Unos segundos que a mí se me hicieron horas. Vi como Dani volvía a afirmar con la cabeza y entonces habló.

- Está bien. Este sábado iré a vuestra casa a cenar y probaremos. Pero habrá ciertas normas que tendrás que cumplir.

- ¡Sí, sí, sí! Lo que quieras. Haré lo que me pidas. – le dije dando saltitos en mi silla.

- Lo primero, si alguno de los dos tiene dudas, lo dejamos.

- Sí, sí. ¿Qué más? – insistí deseando llegar a lo interesante.

- Hasta el sábado, Daniel será tu Amo. Yo hablaré solo con él y le daré consejos y órdenes para ti. Pero tú no sabrás si son mías o suyas.

- ¡Vale! Digo, sí, Amo. – contesté notando como me calentaba.

- Ya le explicaré como hacerlo. Pero no tienes que tratarle como Amo las 24 horas. Actuareis como un matrimonio normal, pero en cuanto él dé una orden, dejarás de ser su mujer para ser su sumisa. – me dijo, a lo que yo solo pude asentir con felicidad.

- Por supuesto, tendréis todo el sexo que él quiera. Tú debes de ofrecerte a complacerle lo máximo posible. Una sumisa debe buscar el placer de su Amo, dentro y fuera de la cama.

Con cada palabra de su boca sentía como me mojaba. Imaginar toda una semana siendo sometida a los caprichos de ese hombre a través de mi marido, sin saber quién de los dos daba la orden… ¡Uff! Estaba a mil. ¿Me ordenaría tocarme bajo la mesa como en el restaurante? O mejor, que se pusiera uno a cada lado y me tocasen a mí, mientras yo les pajeo a los dos. ¡Qué se corran los dos sobre mis muslos! Salir de esa cafetería con la falda y las piernas cubierta de semen. ¡Joder, sí!

- Recuerda. Actuareis normal la mayor parte del tiempo, pero tienes que saber cambiar de esposa a sumisa cuando él quiera. No puedes saber lo que hablamos. Y debes tratar de complacerle para demostrarle lo buena sumisa que eres. ¿Entendido?

- Sí, Amo. – contesté mordiéndome los labios.

- ¡Ah! Se me olvidaba. No puedes tener ningún orgasmo hasta el sábado. No puedes tocarte sin permiso. Y debes complacer a tu Amo sin correrte.

- ¿Qué? ¿Hasta el sábado? Pero…

Fui a seguir quejándome, pero entonces me miró diferente. Como penetrante. Me estremecí, no de miedo, de placer. ¡Esa! Esa es la mirada que tiene que aprender Dani. Casi fallo en esa norma por culpa de esa mirada.

- Sí, Amo. Casta y cachonda hasta el sábado. Entendido.

- Me parece que me voy a divertir mucho. – saltó mi marido con una sonrisa.

- La idea es que lo hagáis los dos. Pero sí, en este caso, seguramente tú más. – contestó él riéndose.

¡Joder como me ponía! Estaban hablando de lo bien que se lo pasarían a costa de mí, conmigo delante. Me sentía un objeto. Y eso es lo que sería esa semana. Un juguete sexual para mi marido, mientras me usa y me somete, sin que yo pueda tener ni un mísero orgasmo.

- El resto de indicaciones se las daré a Daniel. Por lo que si no tenéis ninguna duda, lo mejor es que volváis a casa y habléis de esto.

- ¿Ya? ¿Nada más? ¿No me vas a dar ninguna orden?

- Me preguntas a mí o a Daniel.

- A ti. Él seguro que ya está tramando que hacerme esta semana. Pero tú… hasta el sábado… – dije, sonando ansiosa, porque lo estaba.

- Está bien. Quítate la chaqueta. – contestó después de hacerse rogar.

Sintiendo unas cosquillitas en lo que tenía al aire, lo hice, quedando de nuevo con esa blusa ceñida y semitransparente. Estaba muy nerviosa. Y también excitada, como es normal. Era la primera vez que me daría una orden directa.

- Necesito hablar con Daniel, espera en el asiento trasero de vuestro coche.

Dani me dio las llaves y les dejé allí, tremendamente cachonda pensando como mi marido y ese hombre planearían que hacerme. En cuanto salí del bar fui corriendo al coche. Los cristales traseros eran oscuros por lo que nadie podría fijarse en cómo se me trasparentaban los pechos y la frase escrita en ellos.

Sentada me puse más nerviosa todavía. ¿Qué tendría pensado hacerme ese hombre? ¿Le estaría diciendo a mi marido que iba a follarme en su propio coche? No lo creo… quizás una mamada… Sí, eso sería un buen comienzo. Probar las dotes orales de su nueva adquisición. ¿Por qué me refería a mí misma como un objeto? ¿Y por qué me ponía tanto eso? Me había mandado al coche como a una niña mientras ellos hablaban. Eso normalmente me hubiera enfurecido, pero ahora me hacía sentir más sumisa, inferior a ellos… y me encantaba esa sensación. Sonó mi móvil.

- Quiero ver la blusa y tu falda en el asiento del copiloto. – escribió Dani.

¿Qué? ¿Estaba loco? Estábamos en medio de la ciudad, con gente pasando continuamente. ¿Cómo iba a desnudarme en el coche? Aunque… no podían verme por el cristal oscuro… Solo tenía que mantenerme detrás del asiento para que no me vieran los que venían de frente… No era para tanto ¿no? Mejor no pensarlo y hacerlo. Tiré la blusa y después la falda al asiento quedando únicamente con los zapatos y las medias.

- Buena chica. Ahora ábrete de piernas y comienza a tocarte.

¡Joder! Bueno… puestos a pasar un mal rato, mejor tener algo de placer. Tal y como “me ordenaba mi marido” separé las piernas todo lo que pude y me sorprendí al tocar lo mojada que estaba. Pobre Dani como le iba a poner el asiento…

Comencé a tocarme y aunque el placer era enorme, no podía concentrarme. La gente no dejaba de pasar a mi lado. Solo un cristal nos separaba. Podía escuchar hasta sus conversaciones. Pero me estaba gustando… Cerré los ojos, respiré hondo y traté de ponerme en modo zen. Necesitaba disfrutar de mis deditos tranquila. Comencé a centrarme en mi placer, en lo mojada que estaba. En cómo me excitaba masturbarme en plena calle, con la gente pasando a mi lado, ajena a que en ese coche había una mujer desnuda frotándose como una salida. ¡Joder que gustazo!

Ya podía saborear el comienzo de un magnífico orgasmo cuando escuché una puerta. Abrí los ojos inmediatamente y allí estaba él, sentándose en el asiento del copiloto. Me quedé como si hubieran pausado un video, completamente congelada, con mis dedos inmóviles sobre mi coñito abierto y empapado. No podía moverme y el olor a sexo inundaba el pequeño habitáculo. ¡Qué vergüenza! ¿Por qué no hablaba? ¿Dónde estaba mi marido? ¿Sigo?

- No creo que te haya dicho que pares.

- Pe.. perdón… Amo.

No podía verme por estar justo delante de mí y aun así estaba muerta de vergüenza. Lentamente volví a acariciar mi botoncito. Estaba super cortada. Era lo que deseaba, pero no me lo esperaba. ¿Y por qué no me miraba? ¿No quería verme? Estábamos los dos solos en ese coche, conmigo tocándome desnuda… y no me miraba….

- ¿Estás segura que es lo que quieres?

- Sí. Muy segura, Amo. – contesté sin poder evitar jadear.

Movió el espejo interior y nuestros ojos se encontraron allí. Ahora podía verme. Era una sensación extraña tocarme delante de ese hombre… Solo Dani me había visto hacerlo. Y no así. No tan descaradamente. Con él vestido, sin hacer nada. Solo mirándome a través del espejo. Y yo allí, espatarrada en el coche con la gente pasando. Esa diferencia abismal entre nosotros. Yo desnuda y él vestido. Yo sin saber qué ocurrirá a continuación y él que decidirá todo. Yo sin saber que siente al verme tocarme para él. Y él que sabe perfectamente, por mi respiración y jadeos, que estaba volviendo a rozar ese orgasmo que tenía prohibido.

Sin decir nada salió del coche y me dejó allí gimiendo sola. Entonces la puerta se abrió y se sentó mi marido al volante. No tuve tiempo de decir nada, cuando la luz entró por la puerta de mi lado. Allí estaba él entre la puerta y la gente, siendo lo único que evitaba que todo el mundo me viese desnuda.

- ¿Puedo sentarme contigo? – me dijo con esa voz que me hacía derretir.

- Sí, sí, claro.

Como una niña avergonzada me fui a la otra punta del asiento para dejarle entrar. Se sentó a mi lado tranquilamente, como si no hubiera una mujer desnuda y con el coño chorreando allí. Daniel arrancó el coche y comenzamos a movernos. No tenía ni idea de donde íbamos, ni que tenía que hacer. Entonces él carraspeo sutilmente y Dani me dijo:

- Sigue con lo que estabas haciendo hasta que te diga lo contrario. Pero recuerda que no puedes correrte.

Ahora no solo estaba en el coche conmigo, le tenía a mi lado. ¡Pero qué coño, era lo que yo quería! Separé mis piernas y comencé a tocarme. Él intercambiaba su mirada entre mirarme tranquilamente y mirar al frente como si no estuviera yo allí frotando mi pepitilla. Era increíble la serenidad de ese hombre. Lo normal es que se hubiera abalanzado a comerme las tetas mientras me sobaba todo el cuerpo. Pero no. Solo me miraba y luego miraba el tráfico, como intentando decidir que era más interesante.

Y esa indiferencia, además de irritarme y hacerme sentir ridícula, me estaba poniendo más. Tenía que tocarme lentamente para no llegar. Pero cada vez me costaba más reprimirme, cada vez estaba más caliente. ¿Por qué no me tocaba? Necesitaba que me tocase. Un poco. Solo su mano en mi muslo, que acariciase mi media… Abrí más las piernas, casi podía tocarle. Estaba tan cerca…

- ¿Estás excitada? – me preguntó.

- Mucho.

- ¿Y por qué?

- No sé… ¿porque llevo diez minutos tocándome?

- ¿Es por eso? ¿Por masturbarte?

Esa pregunta me hizo pensar incluso en mi estado de embriaguez sexual. En parte tenía razón. No era por eso. No sólo por eso…

- Porque estás tú. – le dije entre jadeos.

- Te equivocas. No es por mí. Es por lo que significo para ti. Es porque yo te he ordenado que lo hagas. Por estar obedeciendo un capricho mío, aún a sabiendas que no tendrás el orgasmo que tanto deseas.

- Sí… me pone mucho obedecerle. Tener que hacer lo que usted quiera… sin pensar en mí… - confesé entre jadeos.

- ¿Qué te gustaría hacer por mí? – me dijo, apoyando su mano en mi pierna.

- ¡Todo! ¡Lo que quiera!

- ¿Cómo qué? – insistió subiendo su mano por mi rodilla.

- Complacerle, humillarme para usted, que me azote, que me pegue, que me trate como una puta… Todo lo que desee, Amo.

- ¿Tienes a tu marido sentado delante y le pides a otro hombre que te haga eso?

Mis ojos se encontraron con los de Daniel en el espejo. Tenía razón. Mi marido había intentado sacar eso de mí, pero jamás le había dicho tal cosa. ¿Cómo podía comportarme así delante de él? Sabía que me estaba excediendo, que no debía hacer eso. Pero no podía dejar de abrir más mis piernas, tratando de acercar su mano donde jugaba la mía.

- ¿Qué opinas tú, Daniel? – preguntó a mí marido.

- Que es una zorra.

- ¿Y qué vas a hacer con una zorra como ella?

- Enseñarle cómo trato a las zorras pervertidas como ella. – me dijo, clavando sus ojos en los míos.

- Dani… – gemí mirándole, sintiendo que casi me corría al escuchar esa frase de mi marido.

El coche se detuvo y salí de ese trance donde me habían llevado esos dos hombres. Habíamos salido de la ciudad, estábamos en un polígono industrial que parecía a medio construir. Justo al borde de la autovía por donde habíamos venido. Él salió del coche, cogió mi ropa y comenzó a andar.

- Sal.

- Pero Dani… estoy desnuda. No puedo salir a la calle así.

- Puedes obedecer o no hacerlo. Pero no poner excusas. – era la voz de mi marido, pero no sus palabras.

- Gracias, Dani.

Agradecida por el esfuerzo que estaba haciendo mi esposo por comportarse como él, abrí la puerta y salí a la calle. Vi como aquel hombre se alejaba sin mirar atrás con toda mi ropa. Allí estaba, solo con los zapatos y las medias a plena luz del día. Daniel apareció y me enseñó eso que había ido a buscar mientras su maestro veía como me masturbaba en el coche.

- He tenido que comprarlo en una tienda de animales. Creo que es lo justo si tanto deseas ser mi perra. – me dijo mientras lo ponía.

Incrédula al ver a mi marido tan dominante, no dije nada cuando sacó una cadena y la sujetó a mi collar rojo con un lazo al frente. De un tirón me empujó contra él y con mis labios rozando los suyos llevó su mano entre mis piernas. Sus dedos entraron en mí, se podía escuchar claramente el chapoteo resonar a pesar del ruido de la autovía. Fui a besarle, pero se apartó. Sacó sus dedos de mi coño y los llevo a mi boca. Mientras yo lamía con ansia mis flujos me dijo:

- Si tan cachonda te pone estar desnuda en medio de la calle, es que eres una puta. Y a las putas no se las besa. – me dijo ese hombre que se parecía a mi marido.

Otro jalón a mi cuello y me hizo andar con él. Nos alejábamos del coche siguiendo el camino que había tomado él. Nerviosa pero excitada le vi, estaba en lo alto del puente peatonal que cruzaba la autovía. ¿Allí íbamos? No podía ser…

Llegamos a una parada de autobús que había junto a las escaleras de aquel puente. No había nadie allí y aunque los coches pasaban a toda velocidad, seguro que podían verme. Verían a una mujer desnuda llevada con una correa de perro. En la parada de bus había un cartel que indicaba el tiempo para que llegase el próximo. 18 minutos.

Estaba muerta de vergüenza, pero seguí a mi marido escaleras arriba sin saber que pasaría allí. Al llegar arriba le vi, justo en la mitad del puente, tranquilamente apoyado en la barandilla viendo pasar los coches. Daniel me miró como preguntándome si quería continuar. Asentí con una sonrisa y mi marido me llevó desnuda y mojada hacia ese hombre.

La altura quizás me diese algo de intimidad, pero no me lo parecía. Los coches pasaban bajo mis piernas, al igual que el viento que recorría aquella parte que nunca antes lo había hecho. Después de un exhibicionista paseo llegamos hasta él. Daniel le entrego mi correa y yo sentí que tenía que hacerlo. Me arrodillé a sus pies sobre aquel puente.

- Es hora de demostrarme lo que sabes hacer. – dijo ese hombre.

Soltó mi correa por un segundo, solo para cruzarla por la barandilla y volverla a enganchar en mi collar. Sacó un pequeño candado de su bolsillo y lo pasó tanto por la cadena como por el cierre del collar. Quitó la llave y me di cuenta que estaba atrapada allí. Cómo un perro en la puerta de una tienda, sin posibilidad de huir. Guardó la llave en su bolsillo, era suya.

- Cómo habrás visto, de donde venimos no hay nada, solo una parada de bus. En cambio, a ese lado si hay empresas, muchas de ellas trabajan las 24 horas. Algo me dice que cuando llegue el bus, quien se baje en la parada subirá esas escaleras y cruzará el puente por aquí.

Estaba temblando y no de frío. Lo tenía todo pensado. Hacía ya tiempo que había pasado por la parada. ¿5 minutos, 7, 10? No tenía ni idea del tiempo que me quedaba. Pero sabía lo que tenía que hacer. Acerqué mi cara a su entrepierna frotando mi mejilla con su bulto, como la perra que era en ese momento.

- El sábado, quizás… Ahora quiero que me muestres que tal lo haces. No te liberaré hasta que Daniel se corra. Así tendrás dos motivos para hacerlo mejor que nunca.

Él se apartó y mi marido se puso frente a mí. No había tiempo que perder, por lo que atada del cuello a esa barandilla, saqué la polla de mi marido y comencé a mamar encima de aquel puente. A pesar de los nervios por si llegaba el autobús, me estaba poniendo a mil. Desnuda, atada, a la vista de cientos de personas que solo tenían que mirar hacia arriba desde sus coches… Y él… mirándome tranquilo mientras yo chupaba y lamía glotona el pene a mi marido. Notaba como mis muslos se empapaban, hasta las medias deberían estar ya manchadas de mis flujos. Deseaba tocarme, pero no podría aguantar ni un minuto sin correrme.

¡Joder el tiempo! Era imposible hacer que se corra tan rápido, por más que chupase con fuerza, que me la tragase hasta el fondo, queriendo demostrarle a ese hombre lo que se hacer. No era justo, podía hacer muchas más cosas si tuviera tiempo. Enseñarle como aguanto que me folle la boca. Como le lamería sus dominantes pelotas. Como abriría mi boquita y sacaría la lengua para que él se corriese dentro. Deseaba su leche. Lo deseaba todo de él. De ese hombre que miraba relajado mientras se la chupo a mi marido.

- ¡Fóllame! – le dije a Dani.

No me daría tiempo a hacerle venirse solo con mi boca. Pero quizás si me follaba… Me puse en pie y apoyándome sobre la barandilla donde estaba encadenada, mi marido me la clavó de golpe. Yo estaba cachonda como nunca en mi vida y Daniel también. Comenzó a embestirme con furia, haciendo que mis pechos se balanceasen sin control. Ahora si era difícil que los conductores no se fijasen en aquella zorra a la que estaban follando sobre el puente. Pero me daba igual, no podrían reconocerme. ¡Qué me viesen! Que viesen a la puta del puente disfrutar de ser follada por su marido. Estaba en la gloria, sentía como me iba a correr como nunca en mi vida. ¿qué? ¡mierda! No podía. Espera… no será ese bus. No se detendrá en la parada. Joder, sí, va a parar.

- Córrete, Dani. ¡Córrete ya! ¡El bus!

- ¡No puedo, un poco más!

El autobús entró en el desvío, aminoraba la marcha, se detuvo.

- ¡Dani! ¡Por favor! Se están bajando…

- No puedo. Suéltala. Quítale el candado. – le pidió mi marido a mi Amo.

- Cuando te corras. – dijo él, con su parsimonia habitual.

- ¡Qué no puedo! Ya lo intento, pero no puedo. – decía desesperado mi marido.

- Eso es un problema psicológico. Puede más el miedo a que os pillen, que el morbo. Tu mujer no puede controlar tu miedo, pues que aumente el segundo.

¿Pero de qué coño iba este tío? El bus salió de la parada y los vi. Tres hombres y creo que dos eran mujeres, comenzaron a caminar hacia las escaleras del puente. Solo tenía unos pocos minutos. No tenía tiempo de frases profundas ni de acertijos. ¿Qué aumentase el morbo? Que más morbo quería, me estaba follando sobre la autovía completamente desnuda, atada con un collar de perra. ¿Qué podía hacer yo que a mi marido le diese más morbo?

- ¡Fóllame el culo!

- ¿Qué? – preguntó mi marido atónito.

- Que me la metas por el culo y me lo folles como un animal hasta que te corras.

- Pero… siempre dices que te duele.

- ¡Exagero! ¡Fóllamelo! ¡Rápido! ¡Reviéntame el culo Daniel! Enséñame como tratas a las zorras como yo.

Dani la sacó y comenzó a jugar en mi otro orificio. Era cierto que lo habíamos intentado antes, con poco o ningún éxito. En los mejores casos había conseguido penetrarme por unos minutos y muy despacio. Pero ahora no teníamos tiempo de eso, ni de ir con cuidado.

- ¡Clávamela! ¡De golpe! No lo pienses, solo métemela y fóllame como una puta. Como la puta que soy. ¡Hazme gritar! ¡Qué escuchen como revientas el culo a la zorra de tu mujer!

Y lo hizo. Vaya si lo hizo. Con aquello tan duro como los barrotes a los que estaba atrapada, me lo metió de golpe y me hizo gritar a los cuatro carriles de aquella carretera.

- ¡Jodeeeer! ¡Ahhh! ¡Sigue! ¡Fóllame! ¡Córrete! Párteme el culo y llénalo de tu leche. – le grité a mi marido.

Seguro que alerté a los que subían las escaleras, pero no podía verlos mientras lo hacían. No sabía en qué momento aparecerían en el puente y me verían zarandearme mientras me sodomiza mi marido. Por suerte yo estaba tan lubricada que había ayudado bastante. No diré que no me dolía, pero era más la preocupación por hacerle terminar. Solo pensaba en que mi esposo me llenase el culo de lefa. No me importaba si me dolía, si me veían, si acababa con el culo roto. Y eso me estaba poniendo muy cachonda. Todo ese tiempo reteniendo mi orgasmo estaba haciendo que solo me centrase en el placer. Ese placer que nunca había sentido con el sexo anal. Casi parecía que podía llegar a correrme yo también. Y cuando una última embestida me dejó empalada y con la boca abierta con un grito sordo, lo sentí. No llegué, solo por un poco, pero no llegué. Pero lo importante, él sí. Mi marido se corrió como un animal, en lo más profundo de mi recto.

- Buena chica. – dijo él, tirándome la llave.

La llave voló hasta mi mano, pero estaba tan extasiada por el polvo que no fui capaz de cogerla. Con mis ojos llorosos por la tremenda follada anal y la frustración de no correrme, vi como esa llave iba en caída libre hasta la calzada.

- ¡La llave! ¡Dani! – grité desesperada.

Le miré aterrada. Las cinco personas aparecieron en el último tramo de escaleras. Ya estaban allí y yo encadenada. Mi marido salió de mí y ni siquiera me dolió del miedo que tenía a ser descubierta. Iban a pasar junto a mí, desnuda y con el culo chorreando semen. Y ese hombre no cambió un ápice su rostro de tranquilidad. Se dirigió a mí mientras le decía a mi marido.

- Ya sabes que hacer.

Mi marido recompuso su ropa y comenzó a caminar por donde habíamos venido. ¿Me estaba abandonando allí? ¿Me dejaba a solas con ese hombre, encadenada del cuello y desnuda? Ni siquiera miró atrás. Vi como Daniel se alejaba de mí después de haberme usado. Abandonándome como la perra que le había pedido ser. ¿Me lo merecía? ¿Era su forma de vengarse por desear ser la sumisa de otro hombre? Quise gritar, pero entonces él me habló.

- Lo has hecho genial. Estoy muy orgulloso de ti. Y tu marido también. – me dijo, agarrando el candado.

Tiró de él y se abrió. Yo no entendía nada. Se quitó su chaqueta y me la puso sobre mis hombros. Agarrándome de la cintura comenzamos a andar en sentido contrario que mi marido.

- Nunca estuvo cerrado ¿verdad? – le pregunté.

- No. Es un candado trucado. Nunca se cierra.

- ¿Y Dani lo sabía?

- Por supuesto. Sabe todo lo que ocurriría.

- ¡Cabrón! Pues me ha reventado el culo.

Hice reír a ese sádico hombre, al que no le importaba exhibirme como una puta o hacer que me destrocen el culo. Quien había conseguido que mi marido lo hiciese también. Ese que nos había pervertido a ambos. Y ahora me sujetaba con ternura como si fuese una frágil muñeca de porcelana.

- ¿Y mi ropa?

- Tras unos arbustos en la parada. Daniel la recogerá. No te preocupes.

- Pues creo que te voy a manchar la americana… Lo siento, pero noto como va saliendo. – le dije, muerta de vergüenza.

- No te preocupes, hasta el sábado tienes tiempo de lavarla. – me contestó con una sonrisa, a lo que yo solo asentí embobada pensando en ese día.

- Y entonces… ¿Por qué vamos al otro lado? – le dije, comenzando a bajar las escaleras.

- No hemos acabado.

Tragué saliva y no fui capaz de preguntar más. Deseaba decirle mil cosas. Hacerle cientos de preguntas, pero no me atrevía. Estábamos a solas. Mi marido estaba lejos, con mi ropa. Solo su chaqueta tapaba mi desnudez. Podía hacerme lo que quisiera. Estaba en sus manos. Y era justo lo que deseaba.

Llegamos abajo donde había otra parada. 6 minutos anunciaba. Me puso de espaldas a la carretera y la escalera del puente. Abrió su chaqueta y mi cuerpo desnudo quedó de nuevo antes sus ojos. Volvió a enganchar la correa en mi collar. Dudé si arrodillarme, el cuerpo me pedía hacerlo ante ese hombre. Pero él comenzó a acariciar mi piel con la correa. Recorriendo mi cuello, bajando por mi canalillo para luego dibujar la forma de mis pechos con ella.

Continuó bajando por mi vientre, mi ombligo y llegó a mi pubis. A mi espalda escuché unas voces. Serían los cinco que habían cruzado el puente. La chaqueta cubría poco más que mi culo, dejando la liga de mis medias a la vista. Me dio igual, yo estaba en la gloria, con ese hombre recorriendo mi rajita con la tela de esa correa. Sintiendo el frio de la cadena en mis erectos pezones. Siendo suya, aun sin tocarme.

Escuchaba las voces de esa gente alejarse cuando mi cuerpo comenzó a moverse sobre aquella correa que jugaba en mi coño. Estaba demasiado cachonda. Aquello me ponía tanto. Todo lo que habíamos hecho, sentirme tan sumisa con él. Ver a mi marido tan dominante. Exhibirme como una puta delante de la gente. No podía controlarlo, mi cuerpo buscaba el placer como fuese. Y si debía ser frotándome con una correa de perro, lo haría.

- Quedan 3 minutos. ¿Quieres correrte por última vez hasta el sábado?

- Sí, Amo. Por favor… Lo necesito. Haré lo que quieras.

- Abre las piernas.

En mi cabeza sonó como lo más bonito que me habían dicho en la vida. Abrí mis piernas dejando mi chochito desesperado por atención. Esperaba su polla, su mano, un triste dedo sería suficiente. Pero fue su pierna la que entró entre las mías. Flexionando un poco, su muslo quedo pegado a mi sexo solo separado por la tela de su pantalón. Entendí lo que quería. Lo mismo que quería mi cuerpo, pues ya había empezado. Me frotaba como una perra en celo contra su pierna, allí en medio de la parada, bajo ese cartel que marcaba ahora 2 minutos.

Cuando cambió a 1 minuto, yo ya había empapado su pantalón y mi chichi estaba que echaba humo. Me restregaba desesperada sujeta a sus hombros, con mis ojos clavados en ese bulto que no paraba de crecer. Tan cerca de donde yo estaba frotándome, sin poder llegar a eso que tanto deseaba conocer. Quería tocarlo, que me tocase él. No había puesto su mano en mi cuerpo ni una sola vez. Lo necesitaba. Y esa desesperación me ponía más cachonda. Me iba a correr frotándome con su pierna. Escuché el ruido del bus. Estaba a mi espalda.

Me agarró de la cintura y me llevó a la esquina de la marquesina. Mis caderas continuaban bailando sobre su muslo. El bus llegó, ahora podía verlo, lo tenía frente a mis ojos. Las puertas se abrieron, la gente bajaba.

- No pares. Córrete como la perra que deseas ser. – me dijo al oído.

- Sí, Amo. – le susurré.

Su altura me tapaba, al igual que su ancha espalda. La gente solo podía ver a una pareja acalorada besándose. Pero justo eso, no lo estábamos haciendo. Mis labios estaban junto a los suyos, deseándolo. Pero solo fueron capaces de hundirse contra su cuello para esconder el gemido de placer que sentí al llegar. Restregándome en su pierna, abrazada a ese desconocido que mi marido buscó para darme placer, me corrí delante de una decena de viajeros. Esos que miraban extrañados a esa mujer cubierta con una americana que se estremecía en los brazos de un hombre. Y sin ellos saberlo, en su pierna.

El bus cerró las puertas, la gente continuó su camino y nos quedamos solos. Conmigo temblando sobre su muslo, agarrada por sus brazos para no caer. No me había tocado, no me había besado, ni siquiera había podido ver lo que hay bajo su ropa. Pero me había hecho sentir más que nunca antes. Su pierna se alejó de mí y después él. Hizo un gesto al conductor del bus para que abriese la puerta. Antes de que subiera, le pregunté.

- ¿El sábado seré tuya?

- Ya lo eres. – me contestó antes de que se cerrase la puerta.

El bus se fue y cuando pensaba que estaba sola, apareció el coche de mi marido detrás. Subí y me tiré sobre él besándole. Había hecho todo esto por mí. Le amaba. Era el mejor marido que se puede tener. ¿Sería eso suficiente? Tenía hasta el sábado para decidirlo.

Gracias por llegar hasta aquí. Lo primero, como debe ser, agradecer a todos los que se implican con los autores. De no ser por los que se molestan en valorar o comentar no habría relatos que leer. Considero que es un trabajo en equipo, cuando recibes esas muestras de apoyo debes continuar escribiendo. Un comentario, un correo, una idea, un consejo… Todo es valido para saber que la historia interesa y el tiempo invertido en ella merece la pena.

Espero vuestras críticas y opiniones sobre el relato. Y de querer una continuación, todas las sugerencias son bienvenidas.

Saludos.

Wilmorgan.