Desayuno con lujuria (Parte XI)
Thor la miró como quien examina una pieza rara. No era solo su cuerpo lo que estaba en juego, sino su dignidad. Y cuando las cadenas se cerraron, supo que esta noche no sería ella quien decidiera cuándo terminar.
El Umbral de la Inquisición
Rafa había preparado con esmero lo que sería nuestra última noche en Madrid. Íbamos a ir a La Pastelería, una sala de fiestas exclusiva que yo le había mencionado de pasada, recordando una sesión a la que fui con Víctor, en los buenos tiempos. Él había indagado y había comprado entradas para una velada nocturna privada: «El Círculo de la Inquisición». Una sesión desde las once de la noche hasta las cinco de la mañana, de acceso limitadísimo. Allí sí que podía haber gente que me recordara, si los dueños seguían siendo los mismos. Era un riesgo calculado, uno más, en la larga lista.
Descansamos un par de horas en el hotel, mi cuerpo fatigado, pero los nervios alerta. Cenamos en un restaurante de moda que resultó ser decepcionante, famoso por un chef televisivo pero carente de alma. Para cuando terminamos, el reloj se acercaba a la hora de la cita. Yo llevaba toda la parafernalia, el corsé puesto, las medias, los tacones de aguja y varios «aditamentos»— en una bolsa escondida dentro de mi enorme bolso de Bimba & Lola, un trastero que cargaba con mis secretos.
El morbo, ese viejo amigo, ya había erizado mis pezones hasta un punto casi doloroso dentro del corsé. Mi «amigo del fondo sur», como le llamaba en mi intimidad, también se había despertado, anticipando otra inmersión en lo extremo.
En el taxi, Rafa, ya en su papel de Amo, me dio las instrucciones finales. Su voz era baja, pero cada palabra tenía el peso de un mandato:
—Es una sesión privada de iniciación. Un rol de sumisión colectiva, imitando un tribunal de la Inquisición. Seremos solo doce o catorce parejas. Discreción absoluta. Cada amo cederá a su sumisa para que el tribunal dicte los castigos y designe qué amo los aplicará. Solo al final, si no coincidimos antes, tendremos un rato para nosotros. Sé que es algo distinto. Pero tú eres un espectáculo. Te tendrán en adoración permanente.
Llevaba puesto el corsé rojo y negro desde el hotel. Medias de rejilla, los tacones de aguja mortales, y un guardapolvo ligero que escondía mis piernas casi desnudas por el corto vestido, de las miradas callejeras.
—Sí, mi amo —respondí, y las dos palabras ya me colocaban en el lugar que me correspondía: el de la sumisa perfecta.
Llegamos a una casa señorial en el casco histórico, imponente y silenciosa. Una clave en un portero automático nos abrió el acceso a una cochera anexa. De allí, un ascensor panelado en madera nos elevó directamente a la sala principal.
El lugar era exactamente como lo recordaba: una explosión de lujo decadente. Arañas de cristal vetustas, muebles de época, cortinajes pesados. Paredes cubiertas de madera pintada de un blanco roto por las escenas contempladas allí. El aire olía a cera de abejas, a perfume caro y a una excitación contenida. Ya estaban casi todos los invitados. Una mujer —o una criatura hecha de cuero y anillas— se acercó. Llevaba solo un arnés escueto, sus pechos desnudos sujetos por aros metálicos. Con educación de mayordomo, me pidió el guardapolvo. Rafa iba impecable con su traje negro. Al despojarme de mi envoltorio, quedé casi desnuda ante todos, con el corsé, y las medias, el vestido cortísimo solo era más una idea que una prenda.
Me coloqué a su izquierda, bajé la vista. Él me ordenó, con un gesto, que me quitara el vestido. Lo hice. El susurro de la tela al caer fue seguido por un murmullo tangible que recorrió la sala. Sentí decenas de ojos clavándose en mi carne, midiéndome, deseándome, juzgándome. Era como si mi piel emitiera un calor propio. La mujer se agachó a recogerlo y lo unió al resto de mi guardarropa.
Mi amo se acercó a un grupo. Un hombre alto, de presencia magnética, le estrechó la mano con efusión.
—Saludos, Thor. Felicidades por el ambiente.
—Gracias. Enhorabuena, te veo muy bien acompañado —dijo Thor, y su mirada, gélida y analítica, se posó en mí. No pareció reconocerme. Era un alivio y una humillación a la vez.
—Es una mujer excepcional. Estamos explorando el mundillo.
—¿Me permites? —preguntó Thor, dirigiéndose a Rafa.
—Por supuesto —contestó mi amo, y me hizo un gesto casi imperceptible.
Thor se acercó. Me levantó la barbilla con dos dedos, forzándome a mirarle.
Luego, sin ningún miramiento, me sobó los senos con sus manos grandes, apretando hasta que la carne casi se desbordó del corsé. Su mano bajó, recorrió mi culo y se detuvo en mi monte de venus, presionando. Un estremecimiento involuntario me recorrió. No me había acostumbrado a esa exhibición pública, pero mi cuerpo, el traidor, respondía. Estaba caliente. Como una perra en celo.
—Veo que está a punto. Es una buena hembra —dijo Thor, retirando la mano como si yo fuera un objeto que ha pasado control de calidad—. Espero que disfrute, y nos haga disfrutar a todos. Felicidades de nuevo.
—Había pensado —dijo Rafa, con una voz que pretendía ser casual— que, para la sesión, la dejaré en sus manos. Creo que nadie mejor que usted para hacer de iniciador.
Una ola de frío me recorrió. Me sentía observada, diseccionada, desde todos los rincones de aquel salón que destilaba una perversión elegantísima. Rafa me exhibió ante el resto de amos y amas, y sus esclavos y esclavas. Éramos seis mujeres y dos hombres sumisos. Había otros personajes, figuras silenciosas con máscaras o uniformes de sirvientes, cuyo rol no entendía. Algunas de las otras mujeres estaban demasiado flacas, otras demasiado gordas. Yo, a pesar de mi edad, era sin duda la más… apetitosa. No sabía si era una ventaja o una condena.
Mi amo me envió a sentarme en un sofá de terciopelo. Caminé hacia allí con pasos cortos, menando el culo de forma instintiva, provocadora. Al sentarme, por un lapsus de pura costumbre, crucé las piernas. Fue solo un instante, pero fue suficiente.
Rafa se acercó al rato, se sentó a mi lado, me ofreció una botella de agua de lujo y, sin que nadie más pudiera verlo, me dio un pellizco brutal en el muslo interno.
—Solo para que sepas que siempre te veo —susurró—. Y que no puedes desobedecer ni equivocarte.
—Lo siento, amo. No volverá a suceder.
Poco después, Thor, el centro gravitatorio de aquel universo, convocó a los Amos al centro de la sala. El resto, los sumisos y los sirvientes, permanecimos en nuestros lugares. Thor alzó la voz, clara y teatral:
—¡La fiesta va a comenzar! Todos los esclavos serán conducidos por mis sirvientes a la mazmorra. El tribunal se constituirá en la sala superior, y allí nos iremos viendo todos. Se oirán los cargos, se dictarán las sentencias… y se aplicarán los castigos. Disfrutad de la vida, que es breve.
—¡Carpe diem! —respondieron al unísono todas las voces de los amos y amas, un coro siniestro y eufórico.
Inmediatamente, uno de esos personajes enmascarados que no sabía identificar se plantó frente a mí. Su voz era un rasguño metálico y carente de humanidad:
—Vamos, perra. Levántate. Tenemos que ir a la mazmorra.
El corazón me dio un vuelco. La partida, la verdadera, comenzaba ahora.
El Tribunal y la rendición
Me quedé paralizada. En la lógica torcida de nuestro juego, pensaba que todo —cada orden, cada degradación— siempre pasaba por la mirada permisiva de mi amo. Pero ahora, por más que buscaba sus ojos entre las sombras del salón, él se negaba a devolverme la mirada. Era una ausencia deliberada, un abandono táctico que me dejó desamparada. Ante la perspectiva clara de un castigo por desobediencia, opté por la sumisión cobarde. Hice caso a aquel tipejo que, con su disfraz de sirviente medieval, me repugnaba nada más verlo.
Me levanté. El hombre, con una sonrisa que mostraba dientes amarillentos, me puso unas cadenas con argollas en los tobillos. Eran pesadas, frías, y limitaban mis pasos a movimientos cortos y forzados, aumentando involuntariamente el contoneo de mis caderas. Miré a mi alrededor: los demás esclavos y esclavas, igualmente encadenados, se dirigían como un rebaño silencioso hacia una puerta al fondo. Una última mirada desesperada… y entonces, por fin, encontré la mirada de Rafa. No fue un gesto de amor o protección, sino un asentimiento frío, casi imperceptible, con los ojos. Adelante. Era la orden que necesitaba.
Me metí en mi papel. Caminé con ese contoneo exagerado hacia la puerta, sintiéndome la última de la fila. El sirviente repugnante no perdió la oportunidad: me puso las manos en el culo y me empujó bruscamente para que empezara a subir las escaleras. Me revolví, furiosa, un destello de mi orgullo civil que aún no estaba completamente muerto.
—¡Quítame las manos de encima! —bufé.
Su respuesta fue instantánea. Un azote seco, doloroso, en mis nalgas ya sensibles.
—Menos humos, perra —escupió, con un tono entre amenazante y burlón—. Eres una esclava y te debes a tus señores. Y ahora mismo, nosotros somos los que te tenemos que preparar. Así que ojito con pasarte de soberbia, o verás.
La amenaza flotó en el aire: podían chivarse a mi amo. Un reporte de insubordinación significaría un castigo extra, más duro, quizás ideado por el propio Thor. La elección era clara: transigir. Tragué mi orgullo, que supo a hiel, y seguí subiendo.
La habitación del piso superior era un reflejo perverso del salón de abajo: lujosa, con decoración estilo Luis XV, pero más pequeña, más opresiva. Y en el centro, unas jaulas bajas, indignas, donde ya estaban encerrados mis compañeros de infortunio. Los sirvientes se paseaban entre ellas, metiendo las manos por los barrotes para manosear a los prisioneros a su antojo.
A mí me introdujeron a gatas. En el momento en que me vi en esa posición vulnerable, todos los sirvientes se abalanzaron. Sentí manos por todas partes, dedos rudos explorando cada centímetro de mi cuerpo desnudo, tirando del corsé, pellizcando, mordiendo. Incluso unos labios húmedos y desconocidos se cerraron alrededor de mi pezón y succionaron con fuerza. Conteniendo náuseas y un grito, forcejeé como pude, sin ser demasiado brusca para no provocar más, hasta conseguir meterme en la jaula asignada.
Dentro, en la penumbra con el olor a miedo y excitación ajena, hablé con los demás en susurros. Éramos ocho. Les pregunté si era su primera vez. Salvo uno de los chicos, delgado y con una mirada resignada, y una chica diminuta y llena de cicatrices, todos éramos novatos. Los dos iniciados nos explicaron la ceremonia con la frialdad de un manual.
—Es una especie de juicio —susurró la chica, sus ojos brillando en la oscuridad—. Nos sacan de uno en uno. En la sala de al lado están todos los amos, con el jefe, el tal Thor, presidiendo como un juez. Te leen los cargos —desobediencia, insolencia, lo que sea—. Te piden que te declares culpable o inocente, pero da igual. Siempre eres culpable. Luego dictan la sentencia y designan a un amo, que puede ser el tuyo o no, para que ejecute el castigo. Puede ser allí mismo, delante de todos, o en una de las salas laterales.
Seguimos hablando en voz baja, vigilando que los sirvientes no nos oyeran. De vez en cuando, uno se acercaba y metía sus manos a través de los barrotes, buscando un pellizco rápido, una caricia forzada. El seboso que me había empujado ahora se asomaba por la puerta que comunicaba con la sala principal. Desde allí llegaba un murmullo grave, y luego una voz potente que hacía temblar el aire:
—¡SE CONSTITUYE ESTE TRIBUNAL DE LA INQUISICIÓN PARA JUZGAR A AQUELLOS QUE HAN SIDO TRAÍDOS ANTE ÉL POR SUS DESOBEDIENCIAS!
La puerta se cerró. Se oyeron golpes sordos, como de un martillo o un bastón golpeando el suelo. Unos minutos después, el seboso abrió la puerta de par en par. Desde mi jaula, pude ver el perímetro de la sala contigua: una fila de hombres y mujeres bien vestidos, los amos, observando con expresión severa. En el centro, sobre una tarima, Thor, imponente en un trono de madera oscura. Su voz retumbó:
—REUNIDO ESTE TRIBUNAL, SE PROCEDE A LA LLAMADA DE LOS ESCLAVOS QUE HAN INCUMPLIDO SUS OBLIGACIONES, PARA QUE SEAN DEBIDAMENTE ESCUCHADOS Y REPRENDIDOS O CASTIGADOS SEGÚN SUS PECADOS.
Luego, un nombre atravesó el aire:
—¡PRIMERA LLAMADA: CARMEN!
Un escalofrío me recorrió. ¿A mí la primera? Pero si soy la novata… Pensé en la mirada complaciente de Thor cuando me presentaron. Quizás esa complacencia era solo el preludio de querer cobrarse su parte al instante.
El seboso acudió a mi jaula, abrió la portezuela y me indicó con un gesto brusco que saliera. Tuve que hacerlo a gatas. Mis pechos, liberados del corsé por los manoseos previos, se desbordaron por encima del arnés que aún llevaba. Al ponerme de pie, traté desesperadamente de recomponerlos, de recuperar un ápice de dignidad, pero el sirviente me empujó hacia la puerta. Llegué a la sala principal azorada, con los pezones completamente expuestos, temblando tanto por el frío como por una excitación vergonzosa que nacía de ser el centro absoluto de todas las miradas. Era la reina de aquel antro, sí, pero una reina destinada al sacrificio.
La sala era un teatro del horror elegante. Thor, en su trono, me observaba como un entomólogo examina un insecto raro. A su izquierda, en un lugar de privilegio, estaba Rafa. Mi amo. Su propuesta de cederme había surtido el efecto deseado: yo era ahora el juguete estrella de la velada y él coprotagonista gracias a mí.
—Carmen —tronó la voz de Thor—. Se te trae ante este tribunal por haber sido poco servicial con tu señor, por haber incumplido las reglas de etiqueta propias de tu posición, y por haber desobedecido a los sirvientes en tu traslado. ¿Cómo te declaras?
La pregunta era una farsa. Todos lo sabían. Aun así, un último rescoldo de rebeldía empujó la palabra a mis labios:
—In… inocente —balbucí, sin convicción alguna.
—¡INSOLENTE! —rugió Thor, y el eco de su voz llenó la sala—. ¡Una esclava no puede rebelarse! Se te castigará de inmediato con veinte latigazos, y luego pasarás a mi servicio personal el resto de la noche. Arrodíllate sobre ese potro y expón tus nalgas.
No había apelación. No había escape. Caminé como un autómata hacia el potro de madera que había a un lado de la sala. La posición era a cuatro patas. Al adoptarla, mis pechos cayeron por completo, colgando pesados y generosos por encima del corsé. Vi cómo dos de los amos, enfrente, llevaban sus manos discretamente a la entrepierna, ajustándose el bulto que crecía en sus pantalones. La exhibición ya estaba surtiendo efecto. Mis pezones, ya enhiestos por el frío y la humillación excitante, llamaron la atención de Thor.
—Que le pongan las pinzas —ordenó, señalándome.
Uno de sus vasallos recogió dos pinzas ornamentadas de un clavo en la pared. Se acercó a mí, que mantenía mis pechos aplastados contra la madera fría del potro. Con una parsimonia sádica, fueron recogiendo cada pezón, estirándolo, y aplicando la pinza. Aunque llevaban una pequeña muesca de silicona para no dañar la piel, el dolor fue agudo, punzante, un foco de agonía que contrastaba brutalmente con el calor que empezaba a extenderse por mi bajo vientre. Lo aguanté. Busqué la mirada de Rafa. Allí estaba, observando, y en su rostro vi algo que pudo ser aprobación. Aquello, absurdamente, me confortó.
Una cadenita fina unía las dos pinzas, tirando de mis pezones sensibles. Thor hizo una señal. Una mujer alta, vestida de cuero negro —la dominatriz—, se situó a mi espalda. Sin ceremonias, comenzó a azotarme. El látigo silbó en el aire antes de conectar con mis nalgas una, otra, veinte veces. Cada impacto era una explosión de fuego, una pintura de dolor que se iba extendiendo. Grité, pero los gritos se mezclaban con gemidos que no podía controlar. Curiosamente cada dos latigazos alguien que no podía ver me pasaba una manopla húmeda y fría con algo untuoso por la zona azotada. Cuando terminó, mis nalgas ardían, palpitando, vivas y dolorosamente encendida, pero sin marcas visibles del castigo.
Me hicieron incorporarme. La dominatriz cogió el punto medio de la cadenita de mis pezones y tiró de ella, guiándome como a un animal por el anillo de la nariz. Me llevó hasta una cruz de San Andrés en una pared lateral. Allí, me liberaron de las cadenas de los tobillos, pero me sujetaron: espalda contra madera, manos por encima de la cabeza, piernas abiertas y atadas a los soportes por los tobillos, forzándome a una apertura total y vulnerable sobre mis altos tacones. Quedé expuesta, ofrecida, suspendida en un limbo de expectación.
A mi alrededor, el tribunal continuaba con otros, pero Thor había dejado su trono. Se acercaba a mí con un vibrador enorme en la mano, un artefacto que parecía más una herramienta industrial que un juguete sexual. Ya estaba encendido, emitiendo un zumbido bajo y amenazador.
Con las piernas abiertas y atadas, no podía hacer nada más que relajarme y, paradójicamente, prepararme para recibirlo. Thor posó una mano en mi vientre, un gesto casi paternal, y sentí un gemido escapárseme.
—Espero que disfrutes, sumisa —susurró—. Has sido muy eficiente en tu castigo. Me ha gustado cómo lo has asumido.
Luego, bajó la otra mano. El cabezal frío y vibrante del vibrador buscó mi entrada, restregándose, abriéndome con insistencia. La vibración se transmitió a todo mi cuerpo como una corriente eléctrica de bajo voltaje, haciéndome temblar. Sintiendo cómo se me aflojaban las piernas, Thor inclinó el artefacto y, con un movimiento hábil y un poco de fuerza, consiguió introducir el enorme cabezal en mi interior.
—¡Ahhhhhhhhh! —Mi grito fue gutural, surgido desde el estómago, una mezcla perfecta de dolor por la intrusión y un placer inmediato y obsceno que empezó a crecer como una mala hierba.
Ahora era yo la que, olvidándome de todo, arqueaba la espalda para buscar más profundidad, doblaba las rodillas para que aquel objeto diabólico me llegara más adentro. Thor se percató de mi entrega y se inclinó hacia mi oído:
—Puedes correrte cuando quieras, zorrita —murmuró—. Pero solo será el principio.
Al mismo tiempo, empezó a succionar mi pezón derecho, liberándomelo de la pinza, con una fuerza que rayaba en el dolor. La combinación fue demoledora: la vibración interna insostenible, la succión en el pecho, su voz en mi oído. El placer, que había estado creciendo en oleadas suaves, se desbordó de golpe.
—¡Me corro! ¡Me corro, por Dios, amo, qué bueno, me corrrooooo…!
Un torrente de flujos brotó de mí, resbalando por mis muslos internos y goteando al suelo con un sonido húmedo. Un espasmo final de Thor y un «plof» aguoso me dejaron vacía, huérfana del artefacto. Quedé colgando de las ataduras, completamente relajada, las piernas flojas, sin fuerzas ni voluntad. Solo el jadeo profundo y el eco de mi propio orgasmo en los oídos.
Thor me liberó de la cruz. Me agarró del pelo, haciendo una cola de caballo improvisada y tirando de ella para guiarme a una estancia contigua. Allí me dejó caer en un sillón de terciopelo, desmadejada, aun suspirando por la violencia del placer recibido. La cadenita de mis pezones ya no me estorbaba; mi cuerpo, dolorido y satisfecho, parecía pedir más, hambriento de esta nueva forma de existencia donde la sumisión era la llave del éxtasis.
Thor se agachó frente a mí. Me cogió la barbilla con dos dedos y me obligó a alzar la vista. Su rostro, el de mi nuevo dueño temporal, respiraba deseo y lujuria a centímetros de mí.
—Bien. Ya has tenido algo de placer —dijo, su voz grave como una caricia áspera—. Ahora es cuestión de que devuelvas parte del mismo a quienes has excitado tanto que ya no puedo contenerlos.
Se apartó. Y entonces vi, detrás de él, a varios de los amos que habían presenciado mi castigo. Estaban desnudos de cintura para abajo. Mostraban, entre ellos, atributos considerables, erectos y palpitantes. Thor agarró de nuevo la cadenita de mis pezones y tiró. El dolor agudo me hizo levantarme del sillón de un salto. Di pequeños saltitos sobre mis tacones de aguja, siguiendo la dirección de sus tirones, mientras él no dejaba de tensar mis pechos sensibles. Me dirigió así hasta un sillón de madera con brazos, en el otro extremo de la habitación.
—Siéntate —ordenó, y por fin soltó la cadenita.
Luego, puso un cojín en la parte baja de mi espalda, inclinándome ligeramente hacia delante. Así, mis pechos quedaron colgantes sobre mis rodillas y mi cabeza se proyectó hacia el frente. Empecé a intuir, con un nudo de excitación y temor, lo que se preparaba.
Ató mis piernas a las patas de la silla, una a cada una, con correas de cuero. Mi coño volvía a quedar expuesto, pero menos, porque ahora mi propio cuerpo hacía de pantalla. Luego, ató mis manos a mis rodillas, con las palmas hacia arriba, dejándome completamente inmovilizada, ofrecida y, sin embargo, parcialmente protegida. Un recipiente atado.
Thor se situó a mi lado. Su voz era clara, inapelable:
—Deberás servir de recipiente para satisfacer a todos y cada uno de los que yo autorice. No te está permitido correrte en esta situación. Aunque te toquen. Aunque te masturben. ¿Comprendido?
—Sí, mi amo —fue mi única respuesta, débil pero clara.
Vi cómo eso lo satisfacía. Asintió y se alejó para hablar con tres de los amos que esperaban, sus miradas fijas en mí como la de depredadores ante una presa atada. Luego, Thor salió de la habitación, dirigiéndose hacia donde los gemidos y los latigazos de la sesión principal continuaban, inundando el aire de un morbo denso e inquietante. Yo me quedé sola, inmovilizada, esperando a que el primer hombre se acercara a cobrarse su parte de la excitación que yo, sin quererlo, había generado.
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