Descubriéndose sumisa
Nunca imaginó que el placer pudiera estar tan ligado a la obediencia. Cuando él le dictó las primeras normas, ella creyó que era solo un juego, pero pronto comprendió que su cuerpo y su mente ya no le pertenecían. Ahora, cada latigazo y cada orden confirman que su destino es ser suya, sin preguntas y sin salida.
Tengo 29 años y cierta experiencia con los hombres. Pero nunca he sabido lo que es gozar plenamente hasta conocer a Mariano. Cuatro años mayor que yo, es un hombre muy atractivo, y no le costó mucho llevarme a la cama.
Como no lo hizo nada mal no me importó repetir. Sabía que era un hombre casado, pero no me importaba, no creía que lo nuestro fuera a durar mucho. En nuestra segunda cita empezamos a probar posturas, siempre me ha encantado follar a lo perro y me excité mucho cuando me colocó así para penetrarme. Mientras follamos con gran intensidad, él soltó unos azotes en mis nalgas. No sólo me gustó, me excité aún más. Viéndome que no me quejaba, aumentó la fuerza y la cadencia de los guantazos en mi culo. Cuando ya mis gritos dejaban ver que mi orgasmo estaba próximo, me tiró del pelo y sin soltarme se corrió dentro de mí, diciendo: “córrete, perra”.
Apenas unos instantes después estábamos abrazados felices y jadeantes. Él me dijo: “te ha gustado, ¿verdad?”. “Sí, follas muy bien”, contesté. “No me refiero a eso. Me refiero a los azotes, a tirarte del pelo… eres un poco masoquista, ¿verdad?” No estaba muy segura de la respuesta. Apenas conocía nada del sadomasoquismo, sólo lo que había visto en algún reportaje en la tele o lo que había leído en revistas femeninas. “No lo sé”, contesté, “pero la verdad es que me ha gustado”. A partir de ese momento mi vida cambió por completo.
Gracias a Mariano he descubierto un mundo que jamás soñé que existiera. No acabo de comprender cómo puedo encontrar tanto placer y excitación en la sumisión y la humillación, pero es la realidad y no puedo cambiarla.
Muy pronto mi Amo comenzó a dictarme unas normas que yo seguía con obediencia ciega. Lo primero que hizo fue prohibirme usar bragas salvo que estuviera con la regla. Sólo podía utilizar tanga. Si alguna vez aparecía sin avisarme a la salida de mi trabajo, le bastaba con palparme el culo para comprobar si le había obedecido. En pocas semanas me acostumbré a los tangas y sólo dejo de usarlos cuando mi condición de mujer me obliga. Tampoco me estaba permitido llamarle por su nombre. Debía llamarle Amo, mi Señor o mi Dueño. En su proceso de destrucción de mi personalidad, también me cambió el nombre. Una vez que le hice una mamada y se me escapó un poco de leche de la boca, manchando levemente su pantalón, me otorgó mi nuevo nombre: Guarra. Así me llamaría cuando no hubiera testigos. Casi sin darme cuanta sus azotes en mi culo fueron sustituidos por latigazos. Siempre llevaría un collar de perra y una cadena cuando estuviéramos a solas. Si venía a mi casa, debía recibirle desnuda o sólo con el tanga y el collar. Si era yo la que acudía a su casa en ausencia de su esposa, debía desnudarme apresuradamente apenas franqueada la puerta para no despertar su cólera.
Sus caprichos y sus órdenes eran totalmente aleatorias y sus castigos frecuentemente injustos. Pero siempre hay en él un límite que sabe que no puede traspasar, lo cual a mis ojos le hace admirable. Cuando no puedo soportar la dureza de sus castigos, unos latigazos por ejemplo, para excitarle suelo suplicar que pare, que me perdone, que basta, pero él no se detiene hasta escuchar de mi boca la palabra PIEDAD. En ese momento él sabe que debe detenerse, o al menos, moderar su dureza.
También me ha introducido en prácticas sexuales que antes desconocía. Jamás había consentido probar el sexo anal hasta conocer a mi Amo, y la primera sorprendida fui yo al comprobar que, una vez pasados los momentos de dolor, era capaz de alcanzar el orgasmo si me penetraban el culo. También gané una gran pericia como chupadora, arte en el que he sido siempre muy torpe. Ahora soy una mamadora extraordinaria gracias al adiestramiento de mi Amo. Para aprender a chupar rápido y bien nada hay como unos latigazos que no cesan hasta que no se corre el Amo.
Pero más que el dolor lo que me excita más de él es su capacidad para idear nuevas formas de humillación. Quizá lo más perverso y retorcido es recordarme continuamente que es un hombre casado, enamorado de su esposa y que ni se le pasa la cabeza dejarla por mí, que sólo soy un juguete para él. Incluso la llama “tu Ama” en mi presencia. Una vez le insinué que aquélla situación no podía durar siempre, que alguna vez tendría que elegir entre ella y yo. Sin apenas palabras me dio su respuesta. Me esposó las manos a la espalda, y me colocó pinzas en mis pezones. Tras retorcérmelos cruel y dolorosamente, me llevó hacia la cama arrastrándome con la cadena que siempre llevo al cuello. Cruzó mi cara con cuatro guantazos. Me obligó a ponerme de rodillas y me metió su verga en la boca, sabiendo que sin poderme ayudar de las manos tardaría mucho más tiempo de lo normal en correrse. Cuando se cansó me llevó a la cama colocándome en posición perruna, con gran incomodidad al estar esposada por detrás. Empezó a follarme violentamente. Hasta ese momento todo estaba dentro de lo normal, pero alargó la mano y puso ante mi cara una foto de su mujer. “Besa a tu ama, puta”. Me propinó fuertes latigazos en culo y espalda, al tiempo que tiraba de la cadena dificultando mi respiración, siguiendo con la intensa follada mientras yo sólo acertaba a besar la foto de mi Señora. Él repetía una y otra vez “besa a tu Ama, besa a tu Ama” y yo para luchar con su enfado besaba continuamente la foto y decía cuando los tirones del cuello me lo permitían: “La amo, la amo tanto como a ti, mi amo. Soy vuestra esclava y os amo a los dos.” Me inundó con su corrida en cuanto mis sacudidas y mis gritos le dejaron claro que yo le había precedido unos segundos antes. “Espero que todo haya quedado claro”, me dijo. Sólo había una respuesta posible: “Sí, mi Amo.”
Desde que ocurrió esto mi Dueño cada vez me recuerda más frecuentemente la existencia de mi Ama. No sé si repetir la placentera experiencia provocándole de nuevo, pero la verdad es que no me atrevo del todo sabiendo que el castigo sería más duro todavía, y su imaginación parece no tener límite. Ya he asumido que seré siempre su esclava y que si alguna vez dejaré de serlo será porque él se canse de mí, porque yo no puedo cortar con él. Ahora no para de decirme que me va a presentar a mi Ama cualquier día, y no sé si es verdad o sólo lo dice para mortificarme. A su vez siento una curiosidad perversa. ¿Sabrá ella que su marido posee una esclava? ¿Compartirá con él y conmigo este tipo de aficiones? ¿Haremos tríos como los de las películas porno? ¿O se limitará a presentármela sólo para recalcarme una vez más cuál es mi sitio? Sólo mi Amo lo sabe.
MASTERDARKSEID
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