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Dominaciónjul 2022

Un encuentro inesperado y ansiado (5)

Paula no solo quiere su obediencia, sino su esencia. Con un cinturón de castidad como sello y sus uñas como látigo, le enseña que pertenecerle significa desaparecer para existir solo como su instrumento.

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Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Tras servirle su refresco y mientras lo tomaba me quedé a su lado sentado en el suelo y contemplándola. Mirarle era para mi era un placer inigualable. Mis ojos se detenían en cada zona de su cuerpo, sus ojos, su boca, sus labios, sus pechos, sus piernas y en general todo su cuerpo. Me excitaba solo de pensar que por fin había encontrado a la mujer a la que entregarme por entero perteneciéndole en cuerpo y mente. Mis pensamientos fueron interrumpidos por su voz.

- Vamos a tu habitación que te ponga guapa.

Allí me preparó unas medias para ponerme.

- ¿Me quito el cinturón de castidad?

- ¿Porqué te lo vas a quitar? ¿Te lo he mandado yo?

No mi Señora, perdone.

- Te dejas el cinturón de castidad puesto y encima te pones estas medias. Como verás las medias tienen unas aberturas tanto por delante como por detrás para tenerte en todo momento accesible y controlado.

Se quedó sentada en mi cama, viendo como me vestía.

Me gusta como te quedan. Vas muy guapa. Ahora toma esto y póntelo.

Era un sujetador sin copas que rodeaba cada uno de mis pechos dejando mis pezones al descubierto. Supuso una gran sorpresa para mi cuando lo tomé de sus manos para ponérmelo.

Acércate que te lo ajuste mejor.

Verme así ante una mujer, obedeciéndole con gusto, era algo que solo en mis momentos solitarios llegué a imaginar y excitarme. Pero ahora todas esas fantasías estaban dejando de serlo y eso me suponía por un lado algo de vergüenza y a la vez felicidad por estar apunto de lograr mis sueños.

Tiró de las tirantas haciendo que mis pechos estuvieran más aprisionados. Una vez a su gusto acercó sus manos a ellos rodeando con sus uñas cada uno de ellos y pellizcándolos.

Me gusta que estén hinchados y duros. Así los disfruto mejor. ¿Te sientes cómodo?

Sus uñas pellizcaban mis pezones cada vez más fuerte. El dolor iba en aumento pero no podía quejarme. Llegó un momento en que sus uñas clavadas en mis pezones y estirándolos con fuerza me hizo caer al suelo arrodillándome ante ella con mis ojos clavados en su rostro disfrutando de su sonrisa y gozo.

No sabía cuánto tiempo iba a pasar hasta que cayeras arrodillado a mis pies. Me gusta mucho tu actitud y tu aguante, Luisa.

Gracias mi Señora Paula. Me siento muy dichoso el que que me permita poder demostrarle mi entrega.

Creo que pronto se terminará tu período de prueba y pasarás a ser mi sumiso en propiedad. Me haces sentir muy bien. Bien vístete con este polo y los pantalones y me acompañas a mi dormitorio para arreglarme.

Así lo hice. Al llegar se fué al baño a orinar. Sentada sobre el wc me hizo un gesto con sus dedos indicándome que me acercara.

¡Límpiame Luisa!

A cuatro patas frente a ella coloqué mi cabeza entre sus piernas y alargando mi lengua me dispuse a pasarla de abajo a arriba recogiendo los restos de orina que aún mojaban su coño y sus muslos. Era un sabor increíble, mezcla de salado y amargo que al ir saboreándolo me hacía sentir muy bien.

Muy bien vamos fuera.

Sabía que debía prepararle unas bragas limpias con su salvaslip, un sujetador, la falda y la camisa que me había indicado y por último sus zapatos, siempre de tacón alto. Cuando todo estuvo preparado sobre su cama se levantó e irguió sus brazos. Procedí a desvestirla lo que me permitió poder contemplar todo su cuerpo en su esplendor, tan bello, tan sensual y tan apetecible. Esto provocó una terrible y dolorosa erección provocada por el cinturón de castidad. Ella se dio cuenta y mirando hacia abajo posó su mano sobre las rejillas del cinturón y la apretó haciendo que el dolor aumentara ya que la excitación aumentó. Levantó su mirada a la altura de mis ojos y sonriéndome me dijo algo que me hizo sonreírle también.

Me ha gustado mucho tu reacción. Ahora voy a vestirme. Espero tener todo preparado.

Cuando estuvo vestida me mandó seguirla hasta el tocador. No sabía lo que deseaba realmente. Un bofetón y sus palabras me lo hicieron saber de inmediato

¿Dónde piensas que me siente para maquillarme? ¿Para que te quiero si no me sirves? Ponte a cuatro patas que pueda sentarme. Antes tráeme un cigarrillo.

Rápidamente fui hasta la mesita de noche, tomé el paquete de tabaco, el mechero y me fui ante ella en la posición que me había indicado. Así a cuatro patas le ofrecí el tabaco y le di fuego para a continuación sentarse sobre mi espalda y comenzar a maquillarse. Solo de reojo podía alcanzar a ver como su rostro se iluminaba con la pintura de sus ojos y de sus labios. Cuando terminó se levantó y sin mediar palabra tomó el cenicero y me lo ofreció colocándolo delante de mi boca. El hacerlo me indicaba ya lo que debía hacer. Lo tomé de sus manos y acercándolo a mi boca, con mi lengua lo fui limpiando hasta quedar impoluto, devolviéndoselo nuevamente.

Así me gusta, el olor de la ceniza no me gusta nada. Por eso procurarás que siempre estén limpios para poder utilizarlos. ¿Entendido?

Si, mi Señora Paula.

Bien, vámonos Paula.

Salimos de la casa, le abrí la puerta del coche y arrancándolo salimos.

¿Dónde desea que vayamos?, le pregunté.

Vamos a la avenida principal que hay una serie de tiendas que me gustan y tienen ropa que me gusta.

Al llegar aparqué el coche y yendo hasta su lado volví a abrirle la puerta y acompañarla a las compras que deseaba hacer. Al entrar noté que era una clienta habitual por la forma en que se acercó la dueña a ella a saludarla.

Hola Paula, cuánto tiempo hace que no vienes por aquí. Pensaba en llamarte por si ocurría algo.

No me pasa nada es que he estado muy ocupada. Te presento a Luis.

Encantada de conocerle.

Es un placer para mí.

Bueno, Paula, ¿que deseas ver?.

Pues quisiera que me enseñaras ropa interior de color negro y algo sugerente. Tú ya me entiendes.

Te voy a enseñar lo que me acaba de llegar que creo que te gustará.

Yo mientras, permanecía a su lado, callado.

¿Te apetece una copa, Paula?

Claro que si.

Se sentaron en una mesa que tenía para ello con unos sillones alrededor. La dueña se sentó a su lado y sirvió champagne.

Voy a traer un sillón para ti, Luis.

No te molestes Mónica, el permanecerá de pie junto a nosotras, ¿verdad, Luis?

Si, mi Señora. No se moleste usted, permaneceré aquí de pie.

Pero, ¿te tomarás una copa con nosotras?

Mi mirada se dirigió a mi Señora esperando su respuesta. Ella me miró, me sonrió y le contestó a Mónica.

Él no tomará nada, ¿verdad, Luis?

No, gracias. No me apetece.

Ya te lo he dicho, Mónica.

¡Guau! que obediente es Luis. ¿Así es todo Paula?

¿Tú que crees? Me conoces desde hace mucho tiempo y sabes como soy y lo que me gusta.

Ellas estuvieron charlando durante un rato, bebiendo la bebida servida por Mónica y yo pendiente de Paula por si necesitaba algo. Era una situación que no me esperaba llevara a cabo tan pronto y sin haberlo hablado conmigo antes.

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