Un encuentro inesperado y ansiado (4)
Luisa no es más que un instrumento para el placer y la caprichosa voluntad de la Señora Paula. Desde la penetración anal hasta recibir su orina en la boca, cada acto refuerza una verdad ineludible: él existe solo para servir. ¿Está dispuesto a entregar hasta su dignidad por el privilegio de pertenecerle?
- ¿Te das cuenta feliz que me haces, Luisa? Mira mi cara de felicidad, a mis años no creía poder encontrar ya a alguien como tú.
Mientras me hablaba sus dedos iban masajeando mi ano para entremeter la crema en él.
- ¿Te gusta, Luisa? Es una pena que lo tengas tan cerradito por lo que me va a suponer prepararlo para mí.
- Mucho mi Señora Paula, me encanta saberme el protagonista de su felicidad. Gracias por su dedicación.
- Eres muy amable y me gusta. Tu entrega la valoro mucho y más ahora que veo como está tu culito de cerrado y como te ofreces a mí.
Sus dedos seguían rodeando mi ano y haciendo incursiones suaves en él. Sentía su dedo como se adentraba en mi ano virgen sin ninguna dificultad. Quería ayudarle en su tarea y comencé a moverme hacia adelante y hacia atrás muy despacio.
- Muy bien, Luisa. Me gusta saber que has entendido lo que deseo hacerte y que lo favorezcas con ese movimiento. Sigue así, Luisa.
En uno de esos movimientos míos sentí uno de sus dedos como se introducía totalmente en mi cuerpo. La sensación fue bestial. Nunca lo había sentido. Mientras, la miraba y me excitaba ver su cara de satisfacción mientras me penetraba: sus ojos medio cerrados y su boca entre abierta dejando su lengua que mojara sus labios que a su vez los mordía con sus dientes en señal del placer que estaba obteniendo.
Así estaba de ensimismado mirándola cuando se levantó y poniendo sus piernas una a cada lado de mi cuerpo se sentó sobre mí dándome la espalda.
- ¿Estás cómoda, Luisa?
- Mucho, mi Señora.
- Así creo que disfrutaré mucho más.
Dicho esto sentí como ese dedo que se estaba moviendo despacio adelante y hacia atrás ahora había tomado un ritmo cada vez mayor, penetrando mi culo de una forma salvaje. Tal fue la satisfacción que sentí en ella que con su otra mano enguantada comenzó a azotarme cada vez más fuerte. Sentir sus azotes y a la vez sentirme desvirgado analmente fue algo maravilloso que solo en sueños recordaba. Cuando terminó sacó su dedo y me descabalgó para volver a sentarse en la hamaca del jardín.
- Ufffffff Luisa, ha sido increíble. Qué placer me has dado. ¡Enciéndeme un cigarrillo!
Le pasé su cigarrillo y así, a cuatro patas mirándola me volví a excitar sobremanera. El ver sus manos enguantadas en látex negro húmedas por la penetración a la que me había sometido y sujetando el cigarrillo que lo acercaba a su boca para darle unas fuertes chupadas exhalando el humo de su boca hacia mi cara era algo difícil de explicar.
- ¿No abres la boca, Luisa?
- Perdóneme Señora.
Mi boca ahora se abrió a la espera de recibir el humo de su boca. Sin embargo y como el día que nos conocimos su acción no quedó ahí. Entre chupada y chupada acercaba el cigarrillo entre mis labios para dejar caer la ceniza en mi boca. Era una forma de usarme que le agradaba sobremanera y a mí me hacía sentir lo que era yo para Ella.
- Bien, Luisa, ahora creo que voy a echarme un rato. ¡Acompáñame!
Tras Ella la seguí hasta el dormitorio. Se sentó sobre la cama y me dispuse a desvestirla para echarse un rato a descansar. Mis manos recorrían su cuerpo a la vez que la iba desnudando. Mis ojos se posaban en cada parte de su cuerpo provocando mi deseo para con Ella. Sus pechos me decían que los rozara, que los masajeara, que los chupara, pero bien sabía que no podía hacerlo salvo que me manifestara su deseo de que lo hiciera.
- Llámame sobre las seis, Luisa.
- Si Señora, así lo haré.
Me marché a la cocina para dejarlo todo a punto a la espera de avisarle, tal y como me había ordenado.
Todo estaba limpio y ordenado a la espera de que fueran las seis. Mis deseos y mis sueños de tantos años se estaban haciendo realidad y solo vivía para complacerla y hacerle sentir la necesidad de poseerme en propiedad.
La espera se me hacía interminable, solo deseaba que las manijas del reloj marcaran las seis para avanzar escaleras arriba y postrarme a sus pies.
- ¡Por fin, van a dar las seis!
Me apresuro a subir las escaleras y en silencio me arrodillo a los pies de su cama. Levanto un poco la sábana y descubro sus pies. Los beso y los lamo muy despacio, su despertar ha de ser muy lento y complaciente. Siento como se mueve en la cama. Estira una de sus piernas e introduce los dedos de su pie en mi boca que chupo y lamo. Es este un placer inigualable.
- ¡Para ya, Luisa!, me estoy haciendo pis.
No sabía si esperar sus órdenes o abrir mi boca u ofrecerle la correa de mi collar para que la acompañara.
- ¡Imbécil, a qué esperas para abrir la boca! No pretenderás que me lo haga encima.
Así como estaba, arrodillado abrí mi boca a la espera de que estuviera sentada en la cama. Ya sentada abrió sus piernas y tomando mi cabeza con sus manos me pegó la boca a su coño.
- Procura que no se desperdicie nada. No me gusta que se manche la cama.
Mis labios se posaron alrededor de su orificio a la espera de que su orina inundara mi boca. Al principio solo fueron unas gotas para ir poco a poco haciendo que su orina fuera abundante. El chorro de orina era abundante, caliente y con un sabor salado, dulce y un poco amargo. Cuando terminó separé mis labios para ir secando con mi lengua todo su coño de las gotas de orina que quedaban en él. Mientras lo hacía sentí como tomaba el mechero y se encendía un cigarrillo.
- ¡Basta ya, perra. Abre tu boca!
Permanecí arrodillado entre sus piernas, ahora de espaldas a Ella. Con una de sus manos me tomó por la barbilla haciendo que mi boca se abriera aún más.
- Me gusta que me sirvas para todo.
Diciendo esto acercó el cigarrillo a mi boca dejando caer la ceniza en ella. La tragué mezclada con mi saliva. La siguiente vez que lo hizo me mandó permanecer con la boca abierta sin tragarla.
- Voy a ayudarte a que tomes la ceniza de mi cigarrillo.
Escuché como arrancaba de su garganta una cantidad grande de saliva que escupió en mi boca.
- Ahora puedes tragarla. Como tu Ama debo ayudarte a que lo que te mande hacer lo hagas de la mejor manera posible.
- Gracias mi Señora.
Se levantó y tomando la correa me llevó tras Ella escaleras abajo.
- Prepárame algo fresco, tengo sed.
Del frigorífico le serví un zumo muy fresco que tomó sentada en uno de los taburetes de la cocina.
- Bueno, vamos a arreglarnos para salir de compras. Ahora iré a tu habitación y elegiré la ropa que te has de poner. Quiero que vayas muy guapa a mi lado.
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