Mi nombre es comemierda . Capítulo 2
Él no perdona los errores, y este fue grave. Mientras él sostiene las pinzas y la pala, tú solo puedes llorar y obedecer, aprendiendo que tu cuerpo ya no te pertenece.
Capítulo 2: Los comienzos de mi modificación corporal
Mi nombre es comemierda.
Como ya he mencionado, mi cuerpo no es más que un trozo de carne que existe porque mi Amo existe. Fue creado para servirle y satisfacerle sin condiciones. Por eso, Él tiene pleno derecho a modificarlo como considere necesario, y lo ha hecho, conforme a su gusto.
Comenzaré con la más sencilla de todas sus modificaciones: la eliminación del vello corporal.
Una tarde, cuando aún no vivíamos juntos, mi Amo me reclamó. Tuve que acudir a Él sin pasar por casa, lo que me impidió depilarme como a Él le gusta. Al llegar a su piso, encontré la puerta abierta. Pasé. Estaba frente al ordenador, como casi siempre, trabajando. Sin mirarme, me ordenó:
—Desnúdate y abre las piernas.
Obedecí mientras Él se levantaba y se acercaba. Me rodeó lentamente, observándome, y luego se sentó en el sofá.
—Ábrete el coño —me dijo, con gesto asqueado.
Seguí su orden. Entonces se levantó y fue al baño. Volvió con un espejo de mano, que colocó entre sus piernas mientras se sentaba de nuevo.
—Acércate, comemierda. Abre las piernas y pon el coño aquí.
Me puse a horcajadas sobre sus piernas, frente al espejo.
—Flexiona un poco las rodillas, baja el coño.
Obedecí. En el reflejo vi cómo mi Amo sacaba dos pinzas de depilar, una en cada mano. Empezó a apretar algunos pelos de mis labios.
—Enderézate, puta.
Me quedé parada al comprender sus intenciones.
—Joder... de todas las putas de Madrid, me ha tocado la retrasada. No me gusta repetirme. Esto es básico. Vas a pasar por ello con dolor, por haber sido tan estúpida de venir así. Siempre debes estar impecable para mi uso. No admito margen. Enderézate.
Me puse de pie. Sentí el tirón de las pinzas en mis labios. Se me saltaron las lágrimas.
—Otra vez, perra. Vamos a quitar cada uno de esos pelos. Y yo no moveré las manos. Subes y bajas tú hasta que no quede ni uno. Vamos.
Volví a bajar, aunque me temblaban las rodillas. Aquello iba para largo. Me enderecé más deprisa para que el dolor fuese más corto, pero la diferencia era mínima.
—Date prisa, puta. No tengo todo el día. La próxima vez vendrás como es debido. No pido tanto, joder. Traer el coño en condiciones lo sabe hasta la ama de casa más arrastrada cuando folla los sábados.
Continué bajando y subiendo. Mi Amo me arrancaba los pelos durante un buen rato. Mis piernas me fallaban, me dolían. Intenté apoyar una mano en el sofá, pero Él me detuvo.
—Ni se te ocurra, tarada. Manos a la nuca, sacando ubres. ¡Arriba y abajo, cerda!
Lloraba mientras mi coño y mis muslos ardían. No sé cuánto duró. Cuando terminó y arrancó el último pelo, me dio un puñetazo que me tiró al suelo. Mis piernas agradecieron el descanso.
—Abre las piernas, perra.
Obedecí, pensando que quería revisar si no quedaba ni un pelo. Pero sacó la pala de azotar y empezó a pegarme en el coño.
—Pretendes ser una esclava y no llegas ni a calientapollas, puta.
Siguió azotándome sin piedad.
—Ábrete el coño bien con ambas manos. Voy a azotarte el clítoris.
Nunca lo había hecho antes, pero entendí que mi falta había sido grave. Coloqué las manos en los labios, abrí el coño todo lo posible y empujé con la cadera, dejando el clítoris completamente expuesto.
El primer palazo fue insoportable. Me doblé, cerré las piernas, jadeando de dolor.
—Aprende esto bien, zorra. Si quiero castigar una parte de tu cuerpo, tú la abres y la entregas. Esconderla o retirarla, aunque sea un acto reflejo, solo hace que aumente la fuerza del golpe. Tú sabrás hasta dónde quieres llegar. Túmbate de espaldas, lleva las rodillas al pecho y vuelve a abrir el coño.
Obedecí. Ni bien había terminado de colocarme, el segundo palazo cayó sobre mi clítoris. Grité internamente, sujetándome las rodillas para evitar encogerme y agravar el siguiente golpe.
—Eso es, perra. Algo mejor. Pero has apartado las manos. Así que te vas a llevar diez palazos en el clítoris. Iré aumentando la intensidad. Me duele hacerlo, pero debes aprender. Eres un trozo de carne. Si quiero destrozarte el clítoris a palazos, tú lo abres y das las gracias. ¿Entendido?
—Sí, mi Amo.
—Perfecto. Vamos a empezar. Ábrelo bien.
Abrí el coño. Aguanté los diez palazos como pude. Nunca antes me había dolido tanto el clítoris. Al terminar, me ordenó mantener la posición. Fue a por el espejo, lo puso frente a mi coño y vi mi clítoris: hinchado, en carne viva, rojo como nunca antes.
—Está bonito, ¿verdad? Así me gusta ver las marcas en el coño de mi perra. Ahora busca una clínica donde hacerte el láser en ese coño sucio. No quiero volver a ver ni un pelo en los labios. En el pubis sí, por si quiero atarte una correa y tirarte de ella. Aquí sí, perra.
De pronto sacó un mechero, acercó la llama a mi pubis, y dio un palazo que la apagó justo antes de quemarme. Grité del susto. Entonces, mi Amo metió la pala en mi boca hasta la garganta, ahogando mi grito.
—Escucha, puta. Debes confiar ciegamente en mí. No voy a hacerte daño irreversible. No voy a quemarte el coño apestoso que tienes. Así que nada de gritar por tonterías. Ahora limpia la pala con la lengua, que huele a cerda chamuscada.
Lamí los restos de pelos quemados hasta dejar la pala limpia. Luego me levanté y busqué una clínica de depilación láser.
Sobra decir que, desde ese día, mi coño nunca dejó de estar perfecto para mi Amo.
Para mi Amo, mi Dueño, mi Dios.
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