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Arantza se excede y es castigada (II)

El agua sucia cae sobre sus rodillas ya doloridas, arruinando horas de esfuerzo. Ricardo no solo la observa, sino que espera que le agradezca la humillación. En esta casa, el dolor no es un castigo, es el lenguaje del amor.

Arantza Urbiola3.3K vistas

Relato previo: Arantza se excede y es castigada (I)

----0----Durante la siguiente semanas, además del castigo físico y el aislamiento, Arantza se enfrentó a una rutina significativamente más exigente. Cada mañana, al comenzar su jornada de limpieza, se arrodillaba en el suelo y usaba únicamente la pequeña bayeta para fregar los suelos y limpiar las superficies. La tarea era ardua y lenta, y sus rodillas comenzaron a resentirse por el contacto constante con el suelo.

Arantza estaba arrodillada en el suelo de la cocina, vestida solo con su ropa interior, con una pequeña bayeta en la mano. El suelo de azulejos porcelánicos reflejaba ligeramente la luz que entraba por la ventana, pero lo único en lo que ella podía concentrarse era en el trabajo que tenía por delante. El cubo de agua sucia junto a ella apenas disimulaba el esfuerzo que llevaba acumulado en cada rincón que había limpiado. La tarea era agotadora, no solo por la extensión del suelo que debía fregar, sino por las condiciones impuestas: sin usar fregona, arrodillada y con aquella diminuta bayeta que apenas cubría sus dedos. Cada movimiento lento y repetitivo era una prueba de su dedicación y su deseo de redención.

Las rodillas comenzaban a dolerle de una manera persistente y aguda. El frío del suelo porcelánico, combinado con la postura que mantenía durante horas, hacía que el dolor en sus articulaciones se intensificara. A medida que avanzaba en la tarea, el dolor se volvía más molesto, pero no podía permitirse el lujo de detenerse. Sabía que Ricardo revisaría cada centímetro del trabajo. Cualquier mancha, cualquier pequeño rincón que no estuviera impecable, sería motivo suficiente para volver a empezar.

El silencio de la casa era roto solo por el suave deslizamiento de la bayeta contra los azulejos y los pequeños jadeos de Arantza mientras trabajaba. Sus pensamientos oscilaban entre el deseo de terminar cuanto antes y la necesidad de hacerlo perfecto. Sentía que con cada fricción de la bayeta, con cada esfuerzo, lavaba un poco más de su culpa. Ricardo había sido claro en su castigo, y ella sabía que solo cuando él considerara que todo estaba impecable, podría obtener su perdón. Y Arantza estaba deseosa de ser perdonada, de volver a sentirse en paz con él.

A pesar de la concentración que ponía en su tarea, el dolor en sus rodillas le recordaba constantemente su situación. El azulejo frío parecía una superficie hostil, diseñada para hacerle más difícil su penitencia. Sabía que la postura y la tarea no eran casuales; eran una parte integral del castigo. Cada gota de sudor, cada punzada de dolor en sus rodillas, era una prueba de su sumisión. Y aunque en el fondo se rebelaba contra el sufrimiento físico, aceptaba que era necesario. Era su manera de lavar no solo el suelo, sino también sus errores.

Cuando finalmente estaba a punto de terminar, después de horas de esfuerzo, oyó la puerta abrirse. Ricardo había vuelto. El corazón de Arantza se aceleró, esperando su revisión. Su cuerpo estaba exhausto, y sentía que cada músculo le pedía descansar, pero su mente estaba enfocada en una sola cosa: la aprobación de Ricardo. Sin embargo, lo que sucedió a continuación la dejó helada.

Ricardo se acercó al cubo de agua sucia y, sin siquiera revisar su trabajo, lo volcó sobre el suelo que acababa de limpiar. Arantza lo miró, incrédula. El agua sucia se esparció rápidamente por el suelo, arruinando todo lo que había logrado. Se levantó de inmediato, la rabia y la frustración burbujeando en su interior.

—¡Pero si ya casi había terminado! —protestó, la voz temblorosa por el cansancio y la indignación.

Ricardo la miró, firme, su mirada penetrante como siempre.

—¿Estás protestando por el castigo que mereces? —su voz era calmada, pero autoritaria.

Arantza bajó la mirada, sintiéndose pequeña e indefensa bajo su escrutinio. Sabía que no tenía derecho a cuestionar lo que él decidía. Aun así, el esfuerzo que había puesto la hacía querer gritar, pero sabía que eso solo empeoraría las cosas.

—Lo siento… —susurró, casi entre dientes.

—Agradece el castigo, Arantza —dijo Ricardo, implacable.

Ella levantó la cabeza, con los ojos enrojecidos por la mezcla de frustración y resignación.

—Gracias por el castigo —murmuró, con un nudo en la garganta, tratando de mantener la compostura.

—En voz alta —le ordenó.

—Gracias por el castigo —repitió ella, más clara esta vez, aunque su voz estaba impregnada de dolor.

Ricardo asintió, satisfecho. Sin más, se dio la vuelta, dejándola sola para continuar. Arantza, con lágrimas que luchaban por no salir, se arrodilló de nuevo, recogiendo la bayeta con manos temblorosas. El suelo estaba de nuevo sucio, y ahora debía empezar desde cero. Cada vez que deslizaba la bayeta, el dolor en sus rodillas se intensificaba, pero también lo hacía su determinación. En cada movimiento, se repetía a sí misma que esto era parte de su redención, que tenía que superar la humillación y el cansancio si quería ganarse el perdón de Ricardo.

Mientras trabajaba, sus pensamientos giraban en torno a una sola idea: limpiar el suelo era, en cierto modo, limpiar su propia culpa. Cada rincón que dejaba impecable la acercaba un poco más a la reconciliación con Ricardo. El dolor físico se mezclaba con el emocional, pero Arantza lo soportaba todo, confiando en que, al final, todo valdría la pena.

Cuando finalmente terminó de nuevo, el suelo brillaba. Ricardo regresó para inspeccionar su trabajo. Caminaba lentamente, examinando cada rincón, y en más de una ocasión le señaló pequeños detalles que, según él, aún necesitaban atención. Arantza, sin protestar esta vez, se apresuraba a corregirlos. Al final, con un suspiro de alivio, se arrodilló frente a él.

—Lo siento, Ricar… por haber protestado antes. —Sus ojos, llenos de cansancio y arrepentimiento, lo miraron con una súplica silenciosa.

Ricardo la observó por un momento antes de asentir. —Está bien. Ahora prepárame algo de comida mientras me ducho. Un montado de jamón estará bien —dijo, su tono más suave que antes, pero aún firme. Después pasaremos al castigo físico de hoy y por último podrás descansar.

Después de preparar el montado de jamón, se quedó esperando en la cocina mientras Ricardo terminaba de ducharse. Sabía que cualquier pausa era solo temporal y que el verdadero reto aún estaba por llegar.

—Ven, Aran —dijo Ricardo, asomándose desde la puerta del baño cuando hubo terminado su ducha—. Ayúdame a secarme y a vestirme.

Arantza obedeció al instante, dejando atrás el cansancio que sentía en las piernas y el dolor en sus rodillas. Sabía que cualquier muestra de desgana o duda solo alargaría el proceso, y ella necesitaba terminar con aquello cuanto antes. Al entrar en el baño, se encontró con Ricardo, que la miraba con una mezcla de expectación y calma.

Cogió la toalla con manos firmes y comenzó a secarle el torso con cuidado. Ricardo cerró los ojos, disfrutando de la atención de Arantza, mientras ella se movía alrededor de su cuerpo, secando con esmero cada rincón de su piel. No era la primera vez que lo hacía, pero en cada ocasión sentía que el proceso la ayudaba a reconectar con él, recordando su lugar y la dinámica que compartían.

Después de secarlo por completo, Arantza le ayudó a vestirse. Le tendió una camiseta y unos pantalones cómodos, y se aseguró de que todo quedara bien ajustado. Ricardo, aún serio, observaba cómo su novia se dedicaba a la tarea con precisión, sin cometer ningún error.

—Hoy he decidido que usaremos algo diferente —dijo Ricardo de repente, mientras se terminaba de poner la camiseta.

Arantza levantó la vista, algo intrigada y también nerviosa por lo que vendría. Entonces, Ricardo sacó una raqueta de ping-pong del armario.

—Hoy te castigaré con esto. —anunció, mientras hacía un pequeño gesto con la raqueta en su mano—. Me gusta variar las herramientas de tu disciplina.

Arantza asintió sin decir nada, aunque su corazón empezó a latir más rápido. Sabía que Ricardo no improvisaba nada. Todo tenía un propósito, una intención. Y aunque los castigos podían variar, siempre había una lección detrás de cada uno. Esta vez, el mensaje parecía ser que no debía acostumbrarse a nada, que siempre debía estar preparada para lo inesperado.

—Vamos al salón —dijo Ricardo, tomando la raqueta y caminando hacia la puerta.—Y trae el montado que has preparado, tengo hambre.

Ella lo siguió en silencio, su mente centrada en lo que estaba a punto de suceder. Al llegar al salón, se arrodilló frente a Ricardo, con las rodillas aún doloridas por haber estado fregando el suelo durante tanto tiempo. Ricardo la observó un momento antes de hablar.

—Quiero que recuerdes lo que te dije esta mañana —dijo con calma—. Cada castigo tiene un propósito, y hoy no es diferente. Quiero que aprendas, Arantza, que entiendas lo que has hecho y por qué estás aquí. No basta con aceptar el castigo; quiero que lo aprecies.

Arantza tragó saliva y asintió.

—Sí, Ricar. Lo entiendo. —dijo, su voz temblorosa pero firme.

Él entonces comenzó el castigo. La raqueta golpeó su piel con precisión, cada impacto dejando una sensación de ardor. Los golpes no eran tan fuertes como cuando utilizaba otros instrumentos, pero la sensación era más aguda, más directa. Con cada golpe, Arantza sentía cómo su piel ardía, y el dolor en sus rodillas se intensificaba por la postura en la que se encontraba.

Intentó no llorar, manteniéndose lo más serena posible, pero con cada nuevo impacto, el nudo en su pecho crecía. Sentía la necesidad de liberarse, de desahogar toda la tensión acumulada, pero no quería mostrarse débil delante de Ricardo.

Finalmente, después de lo que le parecieron horas, los golpes cesaron. Ricardo la observó durante unos segundos, evaluando su estado, y luego habló.

—Levántate. —ordenó.

Arantza, con las piernas temblorosas y el cuerpo dolorido, se puso de pie lentamente. Aún sentía el calor en su piel, y el peso del cansancio era casi insoportable. Sin embargo, cuando levantó la mirada para ver a Ricardo, notó que había algo diferente en su expresión. Quizás era un toque de satisfacción por haber cumplido su deber de disciplinarla, o tal vez algo más. Tal vez Ricardo se estaba excitando mientras la castigaba. Seguramente ambas cosas eran ciertas, dedujo Arantza, con el alma tan dolorida como el cuerpo.

—Gracias, Ricar —dijo Arantza en voz baja—. Gracias por castigarme.

Pero entonces, antes de que Ricardo pudiera responder, Arantza dio un paso hacia él. Aún con los ojos llenos de lágrimas, su voz quebrada por el dolor y la emoción, pidió lo que más necesitaba en ese momento.

—¿Puedo... puedo darte un abrazo? —preguntó, casi en un susurro.

Ricardo la miró con seriedad durante unos segundos, evaluando su petición. Entonces, sin decir nada, abrió los brazos. Ella no dudó un segundo más y se lanzó hacia él, rodeándolo con sus brazos y apoyando la cabeza en su pecho. La calidez de su cuerpo y el sonido de su respiración la llenaron de consuelo. Se permitió llorar en silencio, desahogando toda la presión que había estado acumulando durante el día.

El informático la sostuvo en silencio, acariciando su espalda con suavidad. No había palabras necesarias en ese momento. La abogada sabía que él entendía su arrepentimiento y su deseo de ser perdonada, y ese abrazo, por breve que fuera, era la prueba de que el perdón estaba más cerca.

—Está bien, no más sufrimiento por hoy —murmuró él finalmente—. Vamos al dormitorio.

Después, en la cama, Ricardo comprobó la flexibilidad creciente de las caderas e ingles de Arantza, separándole las piernas en todas las posiciones, colocándola en las posiciones más inverosímiles que se le pasaban por la cabeza, mientras la penetraba con fuerza y contundencia.

Ella, inteligente y observadora, sabía como darle el máximo placer y se esforzaba en ello, adaptando ligeramente las posiciones en que él la colocaba, pero sin que él notara los pequeños cambios que denotaban que era ella quién mejor sabía como hacerlo, siempre pensando en el placer de su hombre, hasta que ambos llegaron al clímax.

Y aunque el dolor seguía presente en su cuerpo, Arantza sintió una paz momentánea, sabiendo que, al menos por ahora, había hecho lo suficiente para acercarse al perdón que tanto anhelaba.

Al día siguiente, el castigo volvió a repetirse, tal como el informático lo había prometido. Arantza comenzó de nuevo su tarea de fregar el suelo, esta vez sin queja ni duda alguna. A pesar del cansancio acumulado, se arrodilló en el suelo de la cocina con la pequeña bayeta en la mano y empezó a trabajar. Los azulejos porcelánicos eran fríos y duros, cada vez que sus rodillas tocaban el suelo, sentía el mismo dolor punzante del día anterior. Aun así, se forzó a seguir adelante.

Sabía que él revisaría el trabajo con la misma meticulosidad y no podía permitirse cometer errores. Cada baldosa debía estar impecable, cada rincón libre de cualquier mancha o resto de suciedad. Mientras limpiaba, su mente se concentraba en el ansia de ser absuelta, de restaurar la confianza de Ricardo y, sobre todo, de demostrarle que había aprendido la lección.

Cuando terminó de limpiar la cocina y pasó al baño, la fatiga empezaba a pesarle. Pero su mente seguía firme, consciente de que no podía permitirse flaquear. Cada pasada de la bayeta era una penitencia, una forma de redimir sus errores, de lavar la culpa que sentía desde lo más profundo de su ser. El esfuerzo físico era intenso, sus músculos se resentían, y el dolor en las rodillas era constante, como un recordatorio punzante de su castigo. A pesar de todo, no se detuvo, enfocada en acabar la tarea.

Finalmente, cuando estaba a punto de terminar, escuchó el sonido de la puerta abriéndose. Ricardo había vuelto a casa. Arantza respiró hondo, preparándose para lo que vendría. Tal como el día anterior, esperaba que revisara su trabajo, con la esperanza de que esta vez todo estuviera perfecto. Pero lo que ocurrió fue mucho peor de lo que imaginaba.

Ricardo entró en la cocina y, sin siquiera mirar el suelo que ella había limpiado con tanto esfuerzo, tomó el cubo de agua sucia que había usado y, sin advertencia alguna, lo volcó directamente sobre ella. El agua sucia la empapó de pies a cabeza, empapando su ropa interior y cubriéndola de la suciedad que tanto había intentado eliminar.

Arantza se quedó paralizada por un momento, el shock de lo sucedido la dejó sin palabras. Sentía cómo el agua sucia recorría su cuerpo, pegando la ropa a su piel y haciéndola sentir profundamente humillada. Su primera reacción fue pedir permiso para ducharse, incapaz de soportar la sensación de suciedad y degradación que la cubría.

—Por favor, Ricardo —dijo con la voz temblorosa—, ¿puedo ducharme antes de continuar?

Éste la miró con una expresión impasible, Arantza notó que él estaba empalmado, su tono firme y autoritario.

—No. Termina primero el trabajo. Recoge toda esta agua sucia con la bayeta. Cuando el suelo esté seco, entonces podrás ducharte.

El corazón de Arantza se hundió, pero sabía que no podía desafiarlo. Sin más opción, volvió a arrodillarse en el suelo empapado y comenzó a recoger el agua sucia con la misma pequeña bayeta que había usado para fregar. Cada movimiento era más pesado que el anterior, no solo por el esfuerzo físico, sino por la humillación que sentía con cada gota de agua que recogía. Sabía que Ricardo la observaba en todo momento, evaluando su desempeño, esperando ver su completa sumisión y obediencia.

A medida que el agua sucia iba desapareciendo, Arantza sentía que su dignidad se esfumaba también. Pero, en su mente, todo tenía un propósito. Sabía que este castigo no era solo físico, sino una forma de purgar su culpa, de mostrarle a Ricardo que estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para obtener su perdón.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el suelo quedó seco. La dócil ternerita, agotada y cubierta de suciedad, miró a su hombre con un leve destello de esperanza.

—¿Puedo ducharme ahora? —preguntó con voz débil.

Ricardo asintió, y ella se levantó rápidamente para dirigirse al baño. La ducha fue un alivio momentáneo, el agua caliente lavó la suciedad de su cuerpo, pero no eliminó la sensación de humillación que aún la envolvía. Sabía que el castigo no había terminado.

Después de secarse y vestirse, se presentó ante Ricardo, quien ya había decidido cuál sería el siguiente paso. Ese día, usaría el cinturón, una herramienta que reservaba para ocasiones en las que quería dejar una marca clara y duradera. Arantza lo sabía y, aunque temía el dolor que vendría, no se permitió dudar.

Él la hizo inclinarse sobre el sofá, su cuerpo tenso en anticipación. El primer golpe del cinturón fue un recordatorio brutal de lo que vendría, y aunque la abogada intentaba mantenerse firme, el dolor era insoportable. Cada golpe resonaba no solo en su piel, sino en su mente, como una forma de purificación. Con cada latigazo, se esforzaba por mantenerse en silencio, aunque las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Gracias, Ricar —murmuró entre golpes—. Gracias por castigarme, por enseñarme.

—Esto es para que aprendas—respondió Ricardo, su tono implacable—. Quiero que entiendas que todo lo que haces tiene consecuencias.

El castigo continuó hasta que él decidió que había sido suficiente. Arantza, llorando silenciosamente, se giró hacia él, aún arrodillada, y habló con la voz rota.

—Perdóname, Ricardo… Traicioné tu confianza. No debería haberlo hecho. Nunca volverá a suceder. Te agradezco de verdad... por ayudarme a aprender.

Él la miró durante unos segundos antes de asentir, reconociendo su arrepentimiento.

—Hoy has sido una buena chica, Aran. Levántate y descansa.

La dejó descansar un buen rato en la cama antes de acudir a hacerle el amor, cosa que hizo con intensidad y pasión pero con ternura.

A pesar del esfuerzo y el dolor, Arantza se comprometió a obedecer y a comportarse con el mayor cuidado posible. Cada tarea se convertía en un desafío que le exigía atención y dedicación, y pronto comenzó a valorar más el tiempo y el esfuerzo que implicaba mantener la casa en perfecto estado.

Durante los siguientes días, Ricardo azotó a Arantza todos los días. Con la mano desnuda a veces, aunque también utilizó una buena variedad de herramientas, desde un cucharón de madera o un bastón a una raqueta de pin-pon y un cinturón de cuero, pues disfrutaba experimentando con el cuerpo de ella. La piel de la navarra se puso roja cada tarde y gritó de dolor y placer. Sin embargo no se ensañó con ella, cada día la golpeó hasta dejarle alguna marca nueva y tras conseguir el pequeño trofeo del día, cada día se detuvo y la acarició, recordándola la gravedad de su infidelidad y haciéndole suplicar perdón. Después la llevaba al orgasmo.

En la cuarta noche de castigo, él empezó a pensar que quizás ya era suficiente, que quizás Arantza no merecía más escarmiento. Aunque ella lo estaba aceptando con sorprendente naturalidad, no quería excederse innecesariamente.

Este pensamiento empezó a dar vueltas en su cabeza y a hacerle dudar y preguntarse si sería buena idea acortar el castigo, o quizás hablar con ella para ver su opinión, aunque temía que eso fuera en contra de su propia autoridad. Pasó mala noche pensando en ello, ella sin embargo parecía relajada y dormía a pierna suelta, segura de estar lavando su culpa gracias a la ejemplaridad del castigo.

El quinto día, él tras castigarle la espalda con un cable, su castigador decidió hablar con ella.

—Arantza, por mi parte ya estás perdonada. ¿Has aprendido la lección?

—Gracias, sí, nunca volveré a permitir ningún acercamiento, Ricardo.

—Quizás sea suficiente correctivo ya. Estoy seguro de que no lo vas a repetir.

La obediente abogada se sintió confundida, ya se había hecho a la idea de las dos semanas de correctivo.

—No sé... Por un lado, es cierto que he aprendido, y no es necesario en ese sentido más castigo... — sentía perfectamente el escozor en su piel por los golpes recibidos por el cable, y le dolía, pero en cierto modo, ese dolor la hacía sentir más viva, más unida a su hombre por un lazo de obediencia que ella elegía y deseaba, así que añadió:—por otro lado, quizás es mejor que reciba integro el castigo que decidiste, aunque no sea imprescindible, quizás ayude a mejorar mi comportamiento general— y guiñó un ojo con picardía y una ligera e inesperada sonrisa, aunque su estampa general era más cercana al patetismo, por las marcas visibles y el maquillaje arruinado por las lágrimas.

— Cuando acabe el castigo habrás aprendido mucho más, cariño, — dijo Ricardo con una sonrisa maliciosa, — van a ser unas semanas interesantes. Sus dudas habían desaparecido, dejando paso a la complicidad entre ambos. Él sin duda disfrutaba teniéndola a su merced. Y ahora tenía claro que ella también estaba, en cierto modo, disfrutando este correctivo, pese a su severidad.

La zurra diaria, y el resto de la condena, continuaron, y le ofrecieron a Arantza la oportunidad de reflexionar sobre sus acciones y volver a ganarse la confianza de su hombre a través de su comportamiento y dedicación.

A ratos lo sufría y a ratos lo disfrutaba secretamente. A ratos se sentía redimida y a ratos seguía sintiéndose culpable. Pero sobre todo, ella sabía que era suya y que siempre sería suya. Había cometido un error, pero había aprendido la lección. Nunca volvería a faltarle el respeto a Ricardo y siempre estaría agradecida por su amor y disciplina.

Al final, Arantza se dio cuenta de que los castigos de Ricardo no eran sólo para hacerle sentir dolor. Se trataba de hacerla sentir amada y de recordarla que ella era suya. Y para Arantza ese fue el mayor placer de todos.

Cada día, la jóven mostraba su arrepentimiento a través de sus acciones y su sumisión, esforzándose por cumplir con todo lo que se le ha pedido. A pesar de estar dolorida, cansada y abrumada, no dejó de expresar su gratitud por la disciplina y la oportunidad de corregir su comportamiento.

Al final de las primera semana, Ricardo notó las marcas visibles en las rodillas de su ternerita mientras ella se arrodillaba para limpiar. Decidió que era el momento de aflojar la presión.

—Aran, ven aquí un momento.

Arantza, agotada y dolorida, se acercó a él, que la abrazó con ternura, intentando aliviar su dolor con el gesto.

—Siento mucho que hayas tenido que pasar por esto, pero no debiste llegar a este punto.

Arantza, con lágrimas en los ojos, empezó a hablar con voz temblorosa.

—Lo siento, Ricardo. Debería haber rechazado a Ramiro en el momento en que se presentó el problema, pero no quise... No sé, simplemente no me di cuenta de lo grave de la situación.

El informático la miró con comprensión y tomó la mano de Arantza y la llevó al baño, dónde tenían el botiquín. Sacó algunas pomadas y ungüentos diseñados para tratar la piel dañada.

—No te preocupes, cari. Lo importante ahora es que te recuperes. Voy a aplicarte estas pomadas para que sanen tus heridas. En una semana deberías estar perfecta para volver a trabajar con normalidad.

Ricardo, con una cuidadosa delicadeza, comenzó a aplicar las pomadas sobre las áreas enrojecidas y dañadas de Arantza. El gesto fue acompañado por suaves palabras de aliento y consuelo. Arantza se tumbó en una silla mientras Ricardo trataba sus rodillas y nalgas, sintiendo una mezcla de alivio y gratitud.

—Gracias, Ricardo. —dijo sinceramente ella —Aprecio mucho tu apoyo y tu comprensión.

—Siempre estaré aquí para ti, Aran. —respondió él— Lo que has pasado te ha enseñado mucho, pero quiero asegurarme de que te recuperes bien. —espero que no necesites una dosis de refuerzo – agregó maliciosamente.

—Prometo que no, gracias por ser comprensivo.

Después de aplicar las pomadas, Ricardo ayudó a Arantza a acomodarse en un cojín grande en el suelo. Se aseguró de que tuviera todo lo necesario para su recuperación, incluyendo mantas suaves y una almohadilla para su comodidad.

—Tómate esta semana para recuperarte por completo —le dijo. —Esta tarde compré utensilios nuevos de limpieza. Mañana puedes usar la fregona.

Aliviada por la atención de Ricardo, la abogada se acomodó en el lugar que él había preparado. Sabía que, con su apoyo y comprensión, la recuperación sería más llevadera.

Durante esa semana de descanso, preparó el juicio que tenía para el viernes. Mientras sus marcas se iban borrando paulatinamente, reflexionó sobre la experiencia vivida. Aunque fue difícil, la lección fue clara: no se toleraría ninguna distracción en su dedicación a Ricardo, especialmente si venía de otros hombres.

Con la recuperación llegando a su fin, estaba lista para volver a su trabajo, lo que hizo con un buen papel en el juicio, en el que sus alegatos y argumentaciones fueron decisivos para darle la victoria a la empresa que ella representaba.

Se sintió agradecida por el cuidado y apoyo de Ricardo, que supo integrar sus necesidades incluso cuando se sentía indignado por el desliz inaceptable de ella. Tampoco se olvidó de que en algunos momentos, había sentido excitación e incluso placer mientras recibía su escarmiento. La experiencia, aunque desafiante, reforzó su dedicación y gratitud hacia él.

Él, por su parte, se sentía satisfecho de haber convertido un desafío en una fortaleza para su relación, al tomar decisiones adecuadas, aunque severas, para corregir a Arantza y protegerla. Además, disfrutó del proceso, y sabía que, de algún modo, ella también. Ambos sentían que estas dos semanas habían impulsado su crecimiento como pareja y cimentado su futura felicidad.

(Continuará)-----

Ese relato forma parte de la novela 'Arantza. Felizmente sumisa', de Arantzazu Urbiola.

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