Revancha (2)
Ella sabe que le duele, pero también sabe que le excita. Esta vez no será un secreto a medias: quiere que lo vea, que lo pida y que goce mientras ella se entrega a otros. La humillación es el preludio de un placer prohibido.
REVANCHA (2da. parte)
"-¡Claro que te gustó, cornudo! Y esto recién empieza"- había dicho mi esposa al final de la primera entrega.
Creo que por primera vez di real crédito a sus palabras. Lo sucedido hasta este momento, cruel y vergonzoso por donde se lo mire, era apenas el comienzo. Luego de la sesión de revancha anterior, mi esposa estuvo unos días como entre relajada y tranquila. No hablamos de lo sucedido, y, obviamente, tampoco tuvimos sexo. De repente, un jueves a la noche durante la cena, dijo:
-Se acerca el fin de semana.
-Sí- contesté.
-Quiero hacer algo bueno- afirmó.
A esta altura de los acontecimientos yo estaba seguro que "algo bueno" sería algo bueno para ella y denigrante para mí.
Como yo no articulé palabra, ella siguió hablando: -Podríamos hacer una linda fiestita ¿No te parece?
Yo no dije nada y ella prosiguió:
-Sì que te parece, cornudo. Es más: estás deseando ver como otro se coge a tu mujer.
-No…-intenté una vana defensa.
-Jajajaja- se rió -¿A ver? Lo vas a negar? No te creo nada.
La verdad no me atrevía a hacerlo porque si bien la deshonra había sido muy fuerte, la situación morbosa creada, realmente me había excitado muchísimo, pero no dije nada.
-Imaginá que esta vez no va a venir uno, sino dos o tres. ¿Imaginás cómo me van a dar? ¿Cómo me van a dejar? ¿Podré con los tres a la vez?- preguntó con maldad y lujuria.
Mi mente viajó instantáneamente a esas películas porno clase "B" en la que se veían a menudo una mujer con tres hombres, pero ubicar a mi consorte en la escena me excitó tremendamente y mi pene se puso durísimo al instante.
-¿No te lo imaginás?- preguntó ella otra vez en forma aun más libidinosa aun pesumiendo lo que yo había imaginado.
Como yo no contesté, en un rápido movimiento, puso su mano debajo de la mesa y manoteó mi pene, al darse cuenta que estaba duro estalló:
-¡Sí que lo imaginaste, cornudo! ¡Y te gustó mucho! Jajajajajaja.
Yo me mantuve en silencio.
-¡Bueno, dale! –me apuró mientras soltaba mi pene.
-¿Dale qué?- pregunté.
-Quiero oírte- ordenó.
-¿Oír qué?- indagué.
-Quiero que me digas que te gusta -espetó.
-No…- traté de armar una frase, pero ella me interrumpió:
-Ya no podés negarlo. Ahora decíme que te gusta lo que voy a hacer: Es más: me lo vas a pedir…
-¿Qué?- yo no entendía.
-Lo que oíste- aseveró.
La degradación era cada vez mayor, pero me di cuenta que eso era lo que ella quería y además era cierto, a mí me gustaba.
-Me lo imaginé y me gustó mucho la idea- dije quedamente.
-Me alegro- respondió ella sin emoción -¿Y qué más?
-Y me gustaría que lo hagas- dije.
-¿Qué haga qué?- mi esposa quería precisión.
-Qué vengan tres tipos con pijas grandes y te la metan por todos lados todas las veces que quieran mientras yo miro y gozo- solté casi sin respirar.
-¡Excelente!- se alegró -¿Pero estás seguro que eso querés?
-Sí- afirmé -muy seguro.
-¿Y después te vas tomar toda la lechita que me dejen de todos mis agujeritos y me vas a agradecer por ello?- preguntó con voz de muy puta.
-Sí- contesté.
-La verdad… no sé si hacerlo- dijo ella dubitativa.
Yo estaba desorientado: -¿No?
-No- confirmó -a menos qué…
-¿Qué?- quise saber.
-Que me lo pidas por favor- dijo riéndose.
La mofa y la ignominia ya no tenían límites.
-Pedíme. Pedíme por favor que te meta los cuernos. Pedímelo y tal vez te satisfaga- y su voz más que una orden, parecía un ruego.
-Por favor, mi amor, quiero que me metas los cuernos que me gusta, me encanta- dije de una vez.
-Está bien- aceptó -pero conste que lo hago por vos- y volvió a reírse.
Yo estaba cada vez más acongojado pero a la vez más caliente.
-Y ahora vamos a cerrar este pacto- dijo.
-¿Cómo?- pregunté.
-Veo que seguís caliente ¿Es así?- cerró en modo de pregunta retórica.
-Sí- reconocí.
-Vení. Chupáme la concha y hacéme acabar. Y mientras lo hacés, pensá en como vas a gozar cuando veas que tengo todas esas lindas pijas adentro.
Mi esposa se sacó toda la ropa y se recostó en el sofá del living. Su vagina estaba muy caliente y muy mojada. Ella también se había excitado con el tema.
Mientras se la chupaba me decía cosas hirientes como:
"-Sí, mi amor, chupá esa concha llena por pijas de otros."
"-Cómo te voy a meter los cuernos; con que placer, mi amor."
"-Cómo voy a gozar. Cómo vas a gozar".
-¿Por qué vos vas a gozar más que yo, viendo como me cogen y tomándote la lechita? –preguntó mientras me levantaba la cara con sus manos, apartándola de su entrepierna, y obligándome a mirarla a los ojos.
-Sí, mi amor- concedí -por supuesto.
-Claro que sí, cornudo- aseveró ella -ahora seguí chupando que me falta poco.
Después de eso, bastaron unos pocos lengüetazos más para que alcanzara un espectacular orgasmo. Yo seguí chupando hasta que no dejé ni una una gota de su rico elixir. Cuando terminé me apresté a penetrarla, pero ella me frenó:
-¡No! ¿Qué hacés?
-Pero estoy caliente- objeté.
-¿Y quién te dijo que podés metermela? ¿Quién te dijo que tenés permitido acabar, idiota?- aulló.
-Pero…-atiné.
-Pero nada– dijo ella cortante -¡Y ni se te ocurra masturbarte! Te voy a controlar. Vas a tener que esperar hasta el fin de semana. Desde ahora en más solamente vas a acabar cuando yo quiera ¿Estamos?
-Estamos- capitulé- mi desgracia continuaba.
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