Xtories

El gitano del mercadillo (II)

La furgoneta es estrecha, el aire es denso y la cortina no cierra del todo. Sabe que pueden verla, y eso es exactamente lo que la hace temblar. Afuera, su marido la observa sin moverse, y por primera vez en años, Felicia no se siente una esposa correcta, sino un cuerpo vivo y peligroso.

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La furgoneta era más estrecha de lo que había imaginado. En cuanto crucé el umbral sentí que el aire cambiaba: más caliente, más denso, cargado de tela nueva y metal tibio. Abelardo dejó caer la cortina sin cerrarla del todo. Ese detalle me hizo consciente de algo: podían vernos. O, al menos, intuirnos.

—Así que el marido te manda… y tú vienes —me dijo.

—Rafael es un buen hombre.

—¡Ya! Pero ¿es un buen marido?

Su voz me llegó por la espalda. No me estaba preguntando; me estaba midiendo. Me volví despacio.

—No me manda nadie —contesté—. He venido porque quiero.

Él soltó una risa baja, casi incrédula.

—Claro… cómo sois las payas. Mucho recato, mucha cara fina… y luego os puede la curiosidad.

Sentí el pinchazo del desprecio, ese filo áspero en su tono. Debería haberme molestado. Y, sin embargo, lo que sentí fue otra cosa: una sacudida bajo la piel, como si me hubiera tocado donde más vulnerable era.

Me giré hacia el pequeño espejo pegado con cinta a la chapa y empecé a desabrocharme la blusa. Notaba su mirada clavada en mi espalda, no frontal, pero sí presente. Sabía que me observaba en el reflejo.

—No me metas en tu idea de “las payas” —dije, intentando sostener la dignidad en la voz—. No me conoces.

—Eso ya lo estoy viendo —respondió.

No se apartó. Tampoco se acercó de golpe. Dio un paso lento, medido. Sentí su proximidad antes de tocarme. El calor de su cuerpo era real, tangible, como una pared viva a mi espalda. Tomé el encaje rojo con manos que fingían seguridad. Cuando me lo acerqué al pecho, él se inclinó un poco, lo justo para que su aliento me rozara el cuello.

—Con esa cara de señora decente… y mírate.

Me volví bruscamente.

—No me faltes al respeto.

Pero mi voz no fue tan firme como quería. Él me sostuvo la mirada, oscura, directa, sin ternura. No había romanticismo en sus ojos; había hambre. Me agarró por la cintura para girarme hacia el espejo. Sus manos eran grandes, ásperas. El gesto fue firme, posesivo, pero no violento. Aun así, me recorrió un estremecimiento entero.

—Póntelo.

Obedecí.

Mientras ajustaba el encaje sobre mi piel, escuché una risa pasar muy cerca de la furgoneta. La puerta vibró levemente. Afuera estaba el mundo. Afuera estaba Rafael. Y yo estaba allí dentro.

—Tu marido está ahí —murmuró Abelardo, casi en mi oído—. Y tú conmigo.

Miré hacia la rendija de la puerta. Vi una sombra que podía ser la suya. O no. El hecho de no saberlo me aceleró el pulso.

—Si no quisiera estar aquí, ya me habría ido —respondí, más baja.

Él sonrió de lado.

—Eso me gusta más. Por cierto, ¿tenéis hijos?

—Sí, dos. ¿Por qué quieres saberlo?

—Eso me pone: casada y con hijos.

—No te hagas ilusiones —le dije.

—Sé cuándo hacérmelas y cuándo no.

Sus manos regresaron a mi cintura, esta vez más lentas. Me giró un poco, examinándome como si yo fuera otra prenda de su puesto.

—Si fueras mía, no te dejaba salir así.

La frase no sonó romántica. Sonó territorial. Casi obscena. Sentí el calor concentrarse bajo el ombligo, una corriente nueva, primitiva. No era amor. No era ternura. Era algo más antiguo. Apoyé las manos contra la pared metálica para sostenerme. Mi respiración ya no era tranquila.

—Yo no soy de nadie —le solté.

—Eso decís muchas payas.

Y, sin embargo, no me aparté.

En ese instante comprendí que lo que me retenía allí no era él. Era la sensación de estar siendo mirada sin filtros, sin el papel de esposa correcta, sin la máscara habitual. Me miraba como cuerpo. Como deseo posible. Como riesgo.

Y lo más perturbador no fue su desprecio. Fue descubrir que, lejos de apagarme, me encendía.

***

Me llamo Felicia. Cumplí cincuenta años hace apenas tres meses. Lo digo y aún me sorprende cómo suena el número en mi cabeza, redondo, definitivo. No soy alta ni baja: mediana estatura, como tantas cosas en mi vida. El cabello castaño, algo rizado, cae en una media melena que me roza los hombros; a veces lo aliso, otras lo dejo libre, según el humor o la prisa. No soy delgada, pero tampoco estoy pasada de peso. Tengo caderas suaves, vientre blando de madre, muslos que han sostenido años de caminar deprisa entre pasillos de supermercado y tardes de colegio.

Soy madre de familia. Contable a media jornada en un supermercado modesto del barrio. Entro por la tarde, reviso números, facturas, cierres de caja. Ordeno cifras con la misma disciplina con la que he intentado ordenar mi vida. Siempre correcta. Siempre cumplidora.

Y, sin embargo, siempre soñadora. De joven imaginaba un matrimonio distinto. Más conversación, más complicidad, más fuego. Rafael es un buen hombre. Nunca me ha faltado nada esencial. Pero lo esencial no siempre coincide con lo deseado. Con el tiempo, la pasión se volvió rutina, y la rutina se volvió costumbre. No mala. No amarga. Simplemente… tibia.

Me refugio en los libros. En las novelas donde las mujeres sienten más de lo que dicen. Camino mucho. Me gusta salir sola a andar al anochecer, cuando la luz se vuelve oblicua y todo parece tener otra oportunidad. A veces, mientras camino, imagino versiones alternativas de mí misma. Mujeres que se atreven.

Y ahora estoy aquí. Dentro de una furgoneta blanca, con el corazón golpeándome el pecho como si tuviera veinte años. Con encaje rojo sobre la piel. Con un hombre que no me habla con ternura, sino con hambre. Con desprecio incluso. Y lo más desconcertante es que no me siento ofendida. Me siento viva.

Me miro en el espejo improvisado y veo mis hombros aún firmes, la curva de mi pecho, la línea de mis caderas. No soy la muchacha que fui, pero tampoco soy una sombra. Soy una mujer de cincuenta años con cuerpo, con historia, con cicatrices invisibles y deseos que no se extinguieron, solo se adormecieron.

¿En qué momento dejé de sentirme deseada? No recuerdo la última vez que alguien me miró como Abelardo me está mirando ahora: sin filtros, sin educación, sin la suavidad del cariño. Me mira como si pudiera tomarme allí mismo. Como si el mundo fuera pequeño y urgente.

Afuera está Rafael. Mi marido. Mi vida ordenada. Mis años compartidos. Aquí dentro está otra cosa. No es amor. No es futuro. No es promesa. Es el temblor primitivo de saber que aún puedo provocar, que aún puedo elegir, que aún puedo cruzar una línea.

He sido esposa correcta. Madre responsable. Trabajadora eficiente. Mujer discreta. Pero en este instante —con la chapa fría en la espalda y el latido bajo el ombligo— también soy deseo. Y no sé todavía qué voy a hacer con él.

***

Rafael se quedó junto al puesto con las manos en los bolsillos, aparentando una tranquilidad que no sabía muy bien de dónde sacaba.

Miraba a la esposa de Abelardo doblar prendas con gesto mecánico, escuchaba el pregón de otros vendedores, observaba a las mujeres rebuscar entre las perchas. Pero su atención estaba, en realidad, fija en la furgoneta blanca. En la rendija apenas visible. En la posibilidad.

Si alguien le hubiera preguntado veinte años atrás, habría jurado que aquello era inadmisible. De joven había sido ferozmente celoso. Apenas soportaba que otros hombres hablaran con Felicia más de lo necesario. Le molestaba una mirada demasiado larga, una broma fuera de tono, incluso un elogio inocente. Sentía que el mundo entero intentaba arrebatarle algo que consideraba suyo. Nunca hizo aspavientos visibles, ni lo pagó con ella; lo aguantó con estoicismo.

Recordaba una fiesta, recién casados, en la que un compañero de trabajo de ella le sostuvo la mirada más de la cuenta. Rafael había pasado la noche entera con el estómago encogido, vigilando cada gesto. Aquella posesividad le parecía entonces una prueba de amor.

Y ahora… Ahora estaba allí, sabiendo que su mujer estaba dentro de una furgoneta con otro hombre. Y no sentía la furia que habría esperado. Sentía otra cosa.

Una tensión espesa, sí. Un leve ardor en el pecho. Pero también una curiosidad oscura, una inclinación que no se había permitido nombrar antes. La imagen de Felicia siendo mirada por ese hombre, tocada quizá con esa rudeza casi insolente… no lo paralizaba.

Lo excitaba. Se sorprendió a sí mismo imaginando la escena: Abelardo demasiado cerca, Felicia respirando más rápido, el encaje rojo contra su piel. Sintió un calor bajo el cinturón que no era rabia.

«¿Qué me está pasando?», pensó. Y eso que estaba prácticamente seguro de que no ocurriría nada.

Miró hacia la furgoneta otra vez. La puerta no estaba completamente cerrada. Eso lo hacía todo más perturbador. No era secreto absoluto. Era un riesgo compartido. Una línea trazada a propósito para que pudiera ser cruzada.

Recordó cómo había sido Felicia al principio: tímida pero curiosa, siempre con un fondo de fuego que él había ido apagando sin querer, domesticando con horarios, facturas y responsabilidades. Quizá aquella escena no era una amenaza. Quizá era una revelación.

Lo inquietaba reconocer que había algo en él que deseaba verla deseada. Que había algo turbio —sí, esa era la palabra— en la idea de que otro hombre la codiciara.

Pero no quería perderla. No estaba dispuesto a eso. Pero la posibilidad de que ella sintiera algo, de que despertara, de que regresara a él encendida por otra mirada… le producía una sacudida difícil de admitir.

Se pasó la lengua por el labio inferior, consciente de su propia respiración.

«No soy el mismo», se dijo.

El joven celoso habría abierto la puerta de golpe. Habría reclamado su territorio. Habría marcado presencia. El hombre de ahora permanecía quieto. Observando. Esperando. Sin saber si lo que estaba haciendo era un acto de confianza… o el inicio de algo que ya no podría controlar.

***

Carlota, la mujer del gitano, no necesitó mirar hacia la furgoneta para saber lo que estaba ocurriendo. Había visto esa escena otras veces.

No exactamente con el mismo tipo de mujer, no siempre con la misma intensidad, pero sí con el mismo patrón: la paya curiosa, el marido que finge distraerse, Abelardo oliendo la duda como un perro de caza. Ella conocía el ritmo de su esposo mejor que nadie. Sabía cuándo era simple venta y cuándo era otra cosa.

Siguió doblando camisones con movimientos secos, casi impecables. Su rostro, ajado por el sol y los años, no traicionaba emoción alguna. Pero por dentro no había indiferencia. Había cálculo.

«Otra más», pensó.

No sentía ya celos como al principio del matrimonio. Los había sentido, sí. Celos ardientes, rabiosos, acompañados de discusiones y lágrimas. Con el tiempo comprendió que Abelardo no buscaba irse con otras. Buscaba medirse. Confirmarse. Necesitaba verse reflejado en el deseo ajeno para sentirse hombre. Y ella había aprendido a distinguir entre peligro real y teatro.

La paya no era de las peligrosas. Lo supo en cuanto la vio acercarse al puesto. Demasiado correcta. Demasiado contenida. Ese tipo de mujeres se asoman al borde, pero pocas saltan. Alzó la vista entonces hacia Rafael. Él no parecía alterado. No había tensión en sus hombros. No estaba fingiendo mirar precios con el ceño fruncido. Estaba… atento. Quieto. Casi expectante.

Carlota entrecerró los ojos.

—¿No te preocupa? —le soltó sin preámbulo, con voz grave—. Tu mujer está ahí dentro con mi marido.

Rafael tardó un segundo en responder. No porque no tuviera palabras, sino porque estaba midiendo las suyas.

—Si le preocupa a usted, siempre puede ir a buscarlo.

La réplica fue suave, pero no inocente. Carlota dejó de doblar una prenda y lo miró de frente.

—A mí no me engaña —dijo—. Usted sabía lo que hacía cuando la ha dejado ir.

Rafael sostuvo la mirada. Sintió el desafío, pero también algo más: una complicidad áspera.

—Ella es libre de hacer lo que le apetezca. ¿Y usted? —preguntó—. ¿También lo sabía?

Carlota soltó una risa corta, sin alegría.

—Mi Abelardo es así. Le gusta probar hasta dónde puede llegar. Pero vuelve siempre.

Hubo una pausa breve. El murmullo del mercadillo pasó entre ellos como un río indiferente.

—Lo que no entiendo —añadió ella, bajando ligeramente la voz— es a los maridos que miran hacia otro lado.

Rafael respiró hondo.

—No estoy mirando hacia otro lado.

Ella arqueó una ceja.

—No. Eso ya lo veo. Quizá hasta quiera mirar más directamente.

Se estudiaron en silencio. Había algo incómodo y honesto en ese intercambio. Ambos sabían que lo que ocurría detrás de la furgoneta no era solo cosa de dos.

—Tu mujer no parece de las que hacen locuras —continuó Carlota.

—Quizá no la conozca tanto como creo —respondió él.

Carlota recogió un vestido del suelo y lo sacudió con energía.

—Las payas sueñan mucho —murmuró, casi para sí—. Y cuando despiertan, a veces no saben qué hacer con lo que sienten.

Rafael, que no entendió bien, no supo si aquello era advertencia o experiencia. Miró de nuevo hacia la furgoneta. La puerta seguía entreabierta. Carlota también miró. Él pensó solo en observar. Porque, al final, cada matrimonio, el suyo, el de los gitanos, tiene sus propios pactos. Algunos se firman con palabras. Y otros con silencios.