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La Esposa que Aprendió a Mirarse-18-Amenaza tormen

Gema acaba de firmar su contrato como modelo, pero el precio no es dinero, es su cuerpo expuesto a miles de ojos. Javi lo sabe, y mientras ella lo mira desde la escalera de su trabajo, él comprende que ya no la posee, sino que la comparte con el mundo. ¿Hasta dónde está dispuesto a llegar para no perderla?

Melisa2.4K vistas10.0· 6 votos

LA TORMENTA QUE VIENE

Llegó el lunes, y con él esa resaca viscosa que se adhiere a la piel y al cerebro como semen seco, pegajosa, caliente, imposible de ignorar. El domingo en la playa había dejado un rastro que aún me quemaba por dentro, celos que se clavaban como agujas en el pecho, morbo que me mantenía la polla semierecta incluso mientras intentaba dormir, y una tensión sexual tan densa que a Gema y a mi nos descontrolaba a partes iguales, con el aire entre nosotros oliendo a sudor salado, protector solar y a coño mojado que no se había calmado. Toda la noche sentí su calor a centímetros de mi espalda, su respiración irregular a la vez que dormía profundamente.

En la oficina todo parecía normal al principio. Buenos días mecánicos, cada uno a su mesa, el zumbido de los ventiladores y el tecleo constante. Me daba la sensación de que el ambiente estaba cargado. Carlos, Marcos y Pepe habían estado allí. Habían visto a Gema con ese bikini blanco empapado que se convertía en un velo inútil, los pezones rosados endurecidos y apuntando como si suplicaran una boca, el monte de Venus hinchado y prominente, el surco del coño dibujado en negativo bajo la tela transparente, los labios del coño separados ligeramente por la humedad, el clítoris como un botón apretado y rosado asomando, una mancha oscura de excitación justo en el centro que se extendía con cada paso. Cada vez que se movía, el tejido se pegaba más, dejando ver el interior rosado y brillante, el hilito del tanga hundido, tan profundo entre las nalgas que parecía tatuado en la carne. Y yo lo sabía. Ellos lo sabían. Y eso hacía que cada mirada fugaz fuera un recordatorio punzante, un latigazo directo a la entrepierna que me obligaba a cruzar las piernas bajo la mesa.

Pasadas un par de horas, Carlos se acercó a mi mesa con esa discreción que usamos cuando el tema quema de verdad.

—Buenos días, Javi. ¿Cómo estamos?

—Qué tal, Carlos. Bien… ¿fijo que lo preguntas por lo de ayer?

—Pues claro, amigo. No fue un día muy agradable para ti.

Me encogí de hombros, pero la voz me salió ronca, como si tuviera arena en la garganta.

—Son cosas de casa. Cuando llegamos lo arreglamos con tres frases. No tiene importancia.

Carlos se apoyó en el borde de la mesa, bajó la voz hasta que fue casi un susurro íntimo, caliente.

—Coño, Javi… sin querer ser un capullo, tu mujer está tremenda. Ese bikini mojado se le pegaba como una segunda piel. Se le transparentaban los pezones duros como piedras, ese coño hinchado y abultado, se le marcaba todo… Joder, era imposible no mirar. Cada vez que se inclinaba o se arqueaba, se le veía el surco húmedo, la tela pegada al coño como si estuviera empapada de dentro hacia fuera. O la cuidas o te la follan y la pierdes. Te lo digo como amigo.

Sentí un latigazo directo en la polla. Recordé cómo Gema se había inclinado en el agua, cómo el tejido se había adherido a su coño dejando ver el surco brillante de humedad, cómo los labios se separaban ligeramente con cada movimiento, cómo Pepe la había mirado con hambre descarada, como había estado montando en sus hombros. Tragué saliva, sintiendo cómo se me ponía dura bajo la mesa, el prepucio retraído y la punta húmeda rozando el bóxer.

—Pues dependerá de lo que ella quiera hacer. Yo no tengo por qué obligarla a que quiera estar conmigo, cuando quiera cambiar de pareja, o mejor dicho, cuando uno de los dos quiera cambiar de pareja. No quedara otra opcion, ambos somos libres Carlos. Solo nos debemos respeto y si te refieres a eso en concreto, si, quizas a mi mujer se le fue un poco de las manos el jueguecito.

—No me refiero a eso. Me refiero a que te ponga unos cuernos de verdad. Joder… ayer con Pepe… que por cierto está por ahí, ¿os habéis visto ya?

—No, qué va. ¿Ya va pavoneándose?

—No, ni mucho menos. Está a lo suyo con el curro. Te voy a contar una cosa, y no se te ocurra ni mencionárselo a nadie y menos a mi mujer. Ella y yo hemos visitado ocasionalmente algún club de intercambios, ya sabes... bueno seguro que sabes a que me refiero, - se puso algo más tenso y nervioso - El matrimonio hay veces que cansa, y en esas ocasiones nos ha venido muy bien. Quizás, visto lo vistos, es mejor que os planteéis algo así. Es solo una recomendación. Y ni mu de esto a nadie que me cuesta un divorcio.

— ¿De verdad? ¿Habéis follado con otros?

— Bueno... yo te lo dejo ahí, yo me vuelvo al mío, solo quería saber que estabas bien. Bueno, lo dicho, si necesitas algo, nos tomamos un café y lo hablamos.

Antes de irse, le tiré la pregunta que me quemaba por dentro.

—Por cierto, Carlos… ¿tu mujer te ha comentado algo sobre Gema?

Carlos soltó una risa baja, miró alrededor y se acercó más, hasta que sentí su aliento.

—¿Algo? Joder, Javi… anoche eché un polvo con mi mujer como hacía tiempo que no lo echaba. Y te digo la verdad, fue gracias a vosotros. Mi mujer no la bajó de guarra en toda la noche. “viste cómo se contoneaba, cómo se le mojaba el coño solo con mirarla Pepe, cómo se le marcaban los labios del coño cuando se movía, cómo se le transparentaba todo bien rosadito, cómo se le veía el interior brillante cuando se abría de piernas…” Y yo… yo me puse como una piedra pensando en cómo Gema se arqueaba en el agua, en cómo le temblaban los muslos cuando Pepe la sujetaba por la cintura, en cómo el bikini se le perdía entre sus carnes. Me la follé pensando en eso, follamos pensando en Pepe y Gema, lo siento Javi..., soy amigo tuyo hace mucho, y sabes que siempre nos lo hemos contado todo, hasta creo que hubo un momento en que fantaseamos en hacer un intercambio de parejas con ellos. Total, que la puse a cuatro, la embestí imaginando que era Gema la que gemía debajo de mí. Pero, se quedó en eso, en una gilipoyez en la cama de una pareja. Sabes que los dos le tenemos mucho cariño, a los dos os tenemos mucho cariño y son cosas de alcoba. De mi casa no sale.

—Gracias por tu sinceridad, parece que todo el mundo se lo ha pasado bien por culpa de mi mujer. Gracias, amigo.

Se fue, dejándome con el pulso en la garganta y una erección completa que tuve que disimular ajustándome los pantalones bajo la mesa. La imagen de Gema abierta de piernas en la playa, el bikini pegado como una segunda piel, el coño empapado por el morbo de provocarme… no se me iba de la cabeza. Sentía la polla golpear contra el pantalón.

La mañana siguió lenta, entre correos y papeles que apenas leía. A eso de mediodía decidí ir a por un café. Estaba rebuscando monedas cuando la voz de Pepe resonó desde el fondo, grave, confiada, con ese tono que ya me ponía los nervios de punta.

—Deja, anda. Te invito yo.

Me giré. Allí estaba, con esa media sonrisa de sobrado, los ojos brillando con algo que no era solo amistad.

—Pues la verdad es que no te voy a decir que no. Es lo mínimo después de lo bien que te lo pasaste ayer, Pepe.

Él sonrió más ancho, metió las monedas y pulsó los botones.

—No te voy a decir que no… pero tío, ¿no estarás insinuando que quieres que lo hablemos aquí?

—Pues sí. No me importaría. Mientras nos tomamos ese café.

—Y de qué quieres hablar, que no sepas.

—Tú de qué crees. Ayer fue uno de tus mejores días de playa, creo.

—Bueno…tampoco exageres, los ha habido mejores. Hubiera sido el mejor si hubiera terminado de otra manera… pero Gema te quiere mucho.

—No creo que seas tú el más idóneo para decírmelo.

—Pues te lo digo. Te quiere mucho. Si no llega a ser por eso, creo que hace mucho que la hubieses perdido.

Sentí un nudo en la garganta. Bajé la voz.

—Lo importante, te lo advierto Pepe, de lo que pasó ayer y de las fotos que te enseñó Gema, no quiero ni un comentario por aquí. Lo de hacerte el hombrecito contando tus hazañas lo dejas para tus otras guarras.

Pepe alzó una ceja, divertido.

—Esa frase da por hecho que Gema es una guarra, Javi.

—Pues rectifico. Deja las historias para tus otras ostias que vienes contando por aquí.

—Vale, vale. Tranquilo. Pero… ¿a qué fotos te refieres?

—Gema te enseñó una serie de fotos. Mucho más íntimas. Unas fotos para nosotros.

Pepe frunció el ceño, genuinamente sorprendido.

—¿Cómo? Ojalá.- jajajaj. Pero me parece que te equivocas.

Mi cara debió cambiar bastante, porque él volvió sobre la pregunta, más serio.

—Pero bueno… ¿Se puede saber qué te ha contado Gema de lo de ayer?

—Mejor cuéntame tú qué pasó cuando fuisteis a por el hielo.

Pepe suspiró, miró alrededor y empezó a hablar en voz baja, cruda, sin filtros.

—Mira, no sé qué rollo os traéis vosotros dos. Pero poneros de acuerdo. Porque sí, a mí me gustan las tias al perder, y cuando puedo me follo a la que me guste y me da lo mismo si está casada o no. Lo que no quiero son follones con maridos, amigos o compañeros.

—Vale, vale. Pero me puedes contar qué coño pasó.

—Joder!!! ¿En serio Gema no te ha contado nada?, ¿nada de nada?

—No, si no, no te estaría preguntando. -Por un momento pensé que me iba a contar con pelos y señales como se había follado a mi mujer el muy cabron-

—Ok, Es cierto que tu mujer no paró de tontear conmigo toda la mañana. Bueno eso fue bastante publico ¿no?. Después vino lo del chiringuito. Cuando fuimos al chiringuito a por los mojitos, le propuse hacer nudismo, pero no quiso, a mi me dio igual y me quité el bañador para que me viese bien el rabo. Joder… no paraba de mirármelo. Cada vez que lo hacía se le dilataban las pupilas, se le entreabrían los labios, se mordía el inferior… Se notaba como se le habían endurecido los pezones bajo el bikini, se le marcaba aún más el coño, no se si estaba sudando por el calor o por la calentura, pero le caían gotas de humedad de todos lados, hasta por el interior del muslo, y lo sé porque estando sentados puso una de sus piernas apoyada en mi banqueta y entre las mías, casi ronzando con ella la punta de mi rabo.

Y añadió más lentamente.

— Gema está tremenda y aquel rollo consentido por ti, me hacía pensar que tú estabas al tanto y de acuerdo con todo, que era un juego vuestro y os habíais puesto de acuerdo para hacer lo que fuera conmigo.

—Pues creo que te confundiste.

—Sí, ya me di cuenta después en el coche.

—¿Cómo que después en el coche? ¿Le metiste cuello?

—No, coño. ¿Cuello? Noo... No te líes. A ver… yo pensaba que ya lo tenía hecho, que como mínimo un pedazo de mamada me llevaba para casa. Perdona por decírtelo así de crudo, pero ya te he comentado que pensé que era algún juego que los dos habíais consensuado. Bueno, el caso es que después de lo del chiringuito, y de ver cómo me miraba la polla… joder, si es que hasta me comentó el pollón que tenía y que para ser una polla que normalmente son un trozo de carne feo, la tenía bonita… Hasta se le escapó un “joder, qué venas, qué grosor, qué cabeza gorda” bajito, como si estuviera midiendo con los ojos cuánto le llenaría la boca o el coño, cuánto la abriría.

—Venga, avanza… que te pierdes en los detalles, que parece que es lo que te gusta.

—Sí, me pierdo, pero me has preguntado y supongo que querrás saberlo todo y los detalles siempre son importantes.

—Siiiiii.

El cabron tenía razón, no es que no quisiese escucharlos, es que no quería que pensase que aquello me interesaba más de lo que yo podía imaginar.

—Pues eso. Después de todo eso llegó el momento de lo del hielo. Todo fue normal, bromas, charlas simpáticas. Es verdad que Gema no necesita provocar para lograr lo que quiere y aquel bikini… joder, no te imaginas la que lio en la gasolinera. Se bajó y entró dentro en hora punta, con un montón de gente comprando cosas y repostando. No había un alma que no la mirase. Se le transparentaba todo, los pezones duros como piedras, la raja del coño dibujada perfectamente, una mancha oscura de humedad que se extendía y empapaba la tela hasta hacerla casi transparente del todo. Algunos se giraban dos veces, otros disimulaban, pero se les notaba la erección en los pantalones. Yo mismo tuve que ajustarme el bañador tres veces porque se me ponía dura solo de verla caminar con ese contoneo entre los tíos, las nalgas temblando y el hilito perdido tan profundo que parecía que se lo había metido alguien. Te juro que alguno debió de pensar que debía de haberla sacado del algún puti.

—Pepe… por favor…Es mi mujer y ya te estas pasando otra vez!!!

—Que sí, que sí… vale. Total, que la lió y se notaba que la lió aposta. En fin, que pagamos y nos volvíamos. Ya en el coche de regreso fue cuando ella sacó que si tú le habías comentado que yo había visto las fotos de Insta y que las cosas que te pregunté… la conversación derivó en que me preguntó qué me habían parecido. No le mentí, le dije lo mismo que a ti, que me había pajeado mirándolas. Que me había corrido pensando en cómo se le marcaba el coño y el culo en esas fotos. No me corte en la respuesta, después de cómo iba el día, tampoco iba a jugar a las ñoñadas.

—Menos mal que te considerabas un amigo mío, porque si no…

—No, no, para…, yo sigo considerándote un amigo mío y compañero. te recuerdo lo que te he dicho antes, pensaba que eso lo queríais los dos y por supuesto... que, si asi era, me iba a follar a Gema. Pero continuo, ¿vale? Después de decirle eso de que me había pajeado, empezó a contarme lo de que le habían ofrecido un contrato de modelo y esas mierdas de como tendría que posar… Cuando llegamos a la playa, mi intención era regresar con vosotros, pero me pidió que aparcara detrás de la duna… Otra vez pensé que lo tenía hecho, que detrás de la duna le iba a pegar un polvazo y que tú lo mismo aparecías por allí mirando o te unías o yo qué sé leches. El caso es que aparcamos, ella se puso cómoda en el asiento, cruzó los pies y se puso frente a mí, con todo ese bikini marcando y enseñando lo que tenía debajo. Ooootra vez ese pedazo de coño a la vista de mis ojos, ese bikini húmedo con la tela empapada la tela hasta hacerla casi transparente del todo. No fui menos me senté de frente, apoyado en la puerta del coche, con el rabo ya duro, sé que se me notaba, porque me miro allí abajo varias veces… Pero algo no me cuadraba, la conversación seguía siendo sobre lo de la historia esa de los posados, y solo me preguntaba por mi opinión…

—Y ¿Qué opinión tienes?

—Que cuantas más fotos se haga, mejor para mis ojos. ¡¡¡Me cago en la puta!!!, que necesitas que te diga... que me la voy a cascar más que un mono viendo las fotos de tu mujer. No se para que me preguntas eso, si la respuesta ya la sabes.

—Encima te tendré que estar agradecido por tu sinceridad, ¿no? Cabron.

— Continuo porque tengo que volver a curro. Pues eso… yo la miraba… allí despatarrada, con aquel coño prácticamente a la vista… y fue entonces cuando me acerque hasta ella, junto su oído, y le bese el lóbulo de la oreja, y ella aparto la cara y me puso la mano en el pecho suavemente para que volviera a mi sitio.

—Y entonces fue cuando me dijo, Pepe lo siento. Si no estuviese con Javi, te follaba aquí mismo, hasta exprimirte los huevos, pero estoy con Javi lo quiero un montón, perdona por todo el día de hoy, que por otra parte lo he disfrutado mucho, ya te digo que si fuese por eso te hubiese follado ahora y el agua, pero Javi esta primero. “Solo quiero estar un rato contigo, y de paso darle por culo Javi por mamon, pero no te puedo contar porque, así que por favor estémonos un ratito de charla aquí”. Y eso fue todo.

—¿Solo? ¿Eso fue todo?

—Que sí, coño. Ya me jodio, me jodio mucho, porque todo el día me estuvo calentando para al final, eso, pero me figuro que en el fondo sabía a quien escoger para ello. Ya cuando nos despedimos, cuando nos íbamos todos, fue cuando le dije que cuando quisiera continuábamos o repetíamos, pufff creo que ni pensaba lo que le decía, tenía toda la sangre acumulada en la punta del rabo, vaya dolor de huevos, chaval, tienes una mujer de bandera, y había estado todo el día levantándome la moral. —¿y? Que más.

— Le dije eso y que la próxima vez a la playa nudista todos, que me debía una. Y me respondió que quizás, que ya lo hablaría contigo. Pero eso fue todo. Me dio las gracias, y dos besos de despedida. ¿Qué coño te contó a ti, si se puede saber?

—Eso ya te lo contaré otro día. Gracias A M I G O!!!

—Javi… no me dejas así. Cuéntame de que coño va todo esto.

Me marché con el café en la mano hacia mi mesa, el pulso latiéndome en las sienes como un tambor de guerra, la polla dura y dolorosa apretando contra la tela del pantalón con cada paso que daba. Sentía los huevos pesados, contraídos, como si llevaran todo el día cargado de deseo sin descargar, el calor subiendo por el vientre cada vez que la imagen de Gema despatarrada en el coche me cruzaba la mente, su coño marcado bajo el bikini, los labios hinchados y abiertos. Me dejé caer en la silla con cuidado, el asiento frío chocando contra la erección ardiente y haciendo que se me escapara un jadeo bajito que tuve que disimular con un carraspeo. Ajusté los pantalones disimuladamente, sintiendo cómo la tela rozaba la vena gruesa de la base, y tuve que morder el interior de la mejilla para no tocarme allí mismo.

Saqué el móvil con dedos temblorosos, abrí WhatsApp y tecleé sin pensar, el corazón golpeándome las costillas.

Javi: “Buenos días cariño, ¿estás disponible?”

Enviado.

El doble check azul apareció casi al instante.

Y luego… los tres puntitos bailando. Eternos.

Gema: “Buenos días mi niño. Sí, en el curro. ¿Qué pasa, amor?”

Javi: “Ok. Te llamo, ¿vale?”

Marqué sin esperar respuesta. Sonaron dos tonos y ella descolgó. Su voz salió alegre, pero con ese ronquido suave que ponía cuando esta atareada.

—¡¡¡Buenos días bicho!!! — y joder, solo oírla ya me hizo apretar los muslos.

—Buenos días cariño… ¿te pillo liada?

—No, qué va. Estaba ordenando y limpiando las estanterías altas de la cafetería, que parece que no existen y de vez en cuando hay que echarles un ojito. ¿Dime qué querías?.

—Esta mañana he estado hablando con Pepe. Ya sabes, en la oficina es difícil que no nos encontremos.

—No me jodas!!! ¿te está vacilando?… ¿Estás bien?

—No, tranquila. Hemos hablado de lo de ayer. El caso es que me ha dicho que no le enseñaste ninguna foto.

—Ostia… Te lo pensaba decir anoche, pero después del polvo me quedé frita. Y esta mañana cuando me levanté tú ya no estabas. Pensaba decírtelo hoy en la comida.

—Entonces… ¿es verdad? ¿No le enseñaste nada?

—Eres tonto… ¿Cómo le voy a enseñar una foto de esas a este? si ya estuvo todo el día que se moría de ganas. Se le ponía dura cada vez que me miraba el coño mojado bajo el bikini, se le marcaba el pollón en el bañador y no paraba de ajustárselo, como si quisiera sacársela y metérmela allí mismo. No pensé que lo hablarais tan rápido.

—Joder Gema, es que ayer te pasaste tres pueblos. Y casi nos echas a pelear.

—Sí, sí, me pasé tres pueblos… pero te tenía justo donde quería, castigado y celoso. Y luego lo mejor, bien que lo disfrutaste en casa, recordándolo todo, pensando en que Pepe había estado a punto de follarme. Y ya de paso me hiciste disfrutar a mí. Que falta me hacía un buen polvo rabioso como el de anoche.

Sentí cómo la polla daba un salto violento dentro del pantalón al oírla hablar así, cruda, sin filtro. Tuve que morder el labio para no gemir en medio de la oficina.

—Entonces… ¿no ocurrió nada entre vosotros?

—Te lo dije ayer, nada de nada. Que ayer estuviera en modo cabrona no significa que no recuerde a quién debo mi lealtad y quién es mi marido. ¿Más tranquilo?

—Sí… bastante más. Te quiero.

—Yo también. Pero que sepas que éste tiene un pollón con una cabeza gorda que se le ponía roja cada vez que me miraba el coño. —Y ambos reímos a la vez, aunque mi risa salió entrecortada, nerviosa, con la respiración acelerada.

—Ya estamos otra vez, que burra que eres… Jajaja. ¿Qué llevas puesto hoy?

—Jajajajaj… ¿Y esa pregunta? ¿Estás cachondo hoy en el curro?

—Pues no sé… puede ser que algo.

—Pues una minifalda veraniega de esas que son muy cortitas, apenas me tapa el culo cuando me inclino, y un suéter de esos que son como de tela de media, con la espalda al aire y por delante solo tupido en los pechos. No llevo sujetador.

—Espera… pero tú estás limpiando las estanterías de arriba, ¿no?

—Sí, jajaja. Ya estás imaginando, ¿verdad? La falda subiéndose, el tanga perdido en mi culo…

—Imaginando… Para limpiar esas estanterías tienes que subirte a una escalera.

—Jajajaj, qué bien conoces mi cafetería, amor.

—Madre mía…

—Jajaja, ya he pillado a uno haciéndome una foto a escondidas. Estaba abajo, mirando hacia arriba, el móvil en alto… seguro que desde ahí se me veía bien. Se le notaba la cara de salido, la respiración acelerada, la mano temblando mientras enfocaba.

—No me jodas… ¿Le has dicho algo?

—Qué va, déjalo que disfrute. Pero si quieres le pido la foto… ¿Quieres? Y luego te la envío. Para que veas exactamente lo que ve él.

—No, no… como se la vas a pedir… No te molestes. Yo en su lugar, creo que hubiese hecho lo mismo. Jajaja.

—Hay que cuidar a la clientela, cariño. Jajaja. Bueno, si no quieres nada más, voy a seguir con lo mío. Tengo que subir otra vez a la escalera…

—Recuerda que te quiero. Luego te veo en casa.

—Yo a ti también. Un beso…

Colgó.

Me quedé mirando la pantalla, el café olvidado y frío en la mano, la polla latiendo tan fuerte que dolía. La oficina seguía su ritmo, pero yo ya no estaba allí. Estaba imaginándola, subiendo la escalera despacio, la minifalda subiéndose centímetro a centímetro, el tanga desapareciendo entre las nalgas, la cámara del móvil capturando lo que yo no podía ver en directo, lo que solo podía imagina.

Cinco minutos después, el móvil vibró sobre la mesa con un sonido seco que me hizo dar un respingo. El corazón se me subió a la garganta. Miré alrededor, nadie prestaba atención, el zumbido de la oficina seguía igual, pero para mí el mundo se había reducido a esa notificación.

Abrí WhatsApp con dedos que casi se me escapan del teléfono.

Gema me había mandado una foto. Sin texto. Solo la imagen.

La abrí con el pulso acelerado, bajando el brillo de la pantalla por instinto, aunque nadie podía ver nada desde donde estaba sentado.

Allí estaba ella.

Subida a la escalera metálica de la cafetería, de espaldas a la cámara pero girada ligeramente, como si supiera exactamente cómo posar para que se viera todo lo que tenía que verse. La minifalda veraniega se había subido demasiado —o quizás la había subido ella a propósito—, dejando al descubierto casi todas las nalgas, la curva perfecta y bronceada, la piel brillante por el sudor ligero del trabajo. El tanga blanco de encaje se le había metido tan profundo entre las nalgas que prácticamente desaparecía; solo se veía una fina línea oscura que se perdía hacia abajo.

Arriba, el suéter de malla fina se le había subido un poco con el movimiento de los brazos estirados hacia la estantería. La espalda quedaba completamente al aire, la curva de la columna vertebral brillando con una fina capa de sudor. Los pechos se marcaban perfectamente bajo la tela, los pezones duros y oscuros, apuntando hacia delante como si estuvieran excitados por la situación, los círculos areolares visibles a través del tejido casi transparente cuando la luz del techo los atravesaba. Se le veía el perfil del pecho derecho, la curva llena y pesada, el pezón endurecido rozando la malla cada vez que respiraba.

Debajo de la foto, un único mensaje de Gema,

Gema: “El cliente de antes no ha podido resistirse. Me ha mandado esto por DM al Instagram de la cafetería. Dice que es ‘para que vea lo guapa que estoy trabajando’. ¿Quieres que le responda algo? ¿O prefieres que le diga que mi marido ya sabe lo guapa que soy cuando trabajo y cuando no?”

La cabeza me latía, los huevos dolían de la presión acumulada. Miré la hora, faltaban horas para salir. Horas eternas imaginándola allí, subida a la escalera. Entre unos y otros y mi mujer, - pensé – Esto va a ser imposible, me va a dar algo.

Intenté centrarme a duras penas en el trabajo. Me puse los cascos con música que me aislara algo —un playlist de lo-fi denso, sin letras, solo beats lentos y graves que resonaban en el pecho como latidos—, pero era inútil. Cada bajo me hacía pensar en el ritmo de Gema cabalgándome anoche, en cómo su coño se contraía alrededor de mi polla. Cerraba los ojos un segundo y la veía, subida a la escalera de la cafetería, la minifalda subida hasta la cintura. Y yo aquí, en mi mesa, incapaz de concentrarme en el puto Excel.

Al principio era solo un juego, algo caliente, para ponernos a mil. Y de repente estamos aquí, con esta bola cada vez más grande y ella pendiente de firmar un contrato para posar en lencería delante del mundo entero, desfiles donde cientos de ojos la van a devorar, fiestas donde influencers y clientes VIP la van a mirar como si fuera un trofeo. Fotos suyas en catálogos, en webs, en redes… mi Gema, la de la cafetería, la que me sirve el café por las mañanas, convertida en un objeto de deseo público. Y yo… ¿qué soy yo en todo esto?

Me pone. Joder, cómo me pone. Ver los comentarios en su Instagram, leer cómo desconocidos se pajean con su culazo, con sus tetas, con esa mirada que antes era solo mía… me la pone dura como nunca. Eso me encanta. Me hace sentir poderoso.

Pero luego vienen las dudas, como cuchillos pequeños que se clavan despacio. ¿Y si esto se nos va de las manos? ¿Y si el morbo se convierte en algo más grande que nosotros? Ella ya tontea con mulatos en la discoteca, ya deja que un cliente de 50 años le insinúe un polvo por dinero, ya posó sabiendo que otro hombre se masturbaba viéndola. Pero ¿me gusta de verdad? ¿O solo me gusta mientras dura el polvo? ¿Y cuando se vaya a un desfile y vuelva oliendo a perfume caro y a deseo ajeno? ¿Seguiré poniéndome duro… o empezaré a dolerme de verdad?

Y luego está esa confesión suya. La fantasía recíproca. Quiere verme follar con otra. Quiere sentarse en una silla, abrir las piernas, tocarse el coño empapado mientras yo embisto a otra mujer. Ya me lo dijo, “Quiero verte disfrutar con otra, Javi. Quiero ver cómo se te pone dura por otro coño, cómo la follas profundo, cómo te corres dentro de ella mientras yo me corro mirándote. Quiero sentir celos que me mojen tanto que tenga que tocarme hasta correrme tres veces”. Y yo… joder, me lo imagino y se me pone dura otra vez. Quiero hacerlo. Quiero que me vea disfrutar con otra, que sienta celos que la mojen, que se corra viéndome embestir, que me mire con los ojos brillantes de rabia y deseo mientras yo le digo “mírame, amor, mira cómo me la follo”. Y luego follarla a ella, con rabia, con ternura, con todo lo que quede después. Pero ¿y si después de eso algo cambia? ¿Y si nos gusta demasiado? ¿Y si ella se da cuenta de que no soy suficiente? ¿Y si el morbo nos rompe?

No quiero perderla. No quiero que el mundo la vea y piense que es una cualquiera que se deja follar por cualquiera. La quiero puta, mi puta, pero no la guarra de todos, mi diosa, la que posa para miles pero vuelve a casa para que yo la folle o al menos lo intente.

Pero al mismo tiempo… deseo que siga. Deseo verla firmar, deseo que empiece los desfiles, deseo que suba más fotos, que el mundo la desee tanto que se vuelva loco. Deseo que algún día, en una habitación que controlemos nosotros, traigamos a otra mujer y la hagamos nuestra, yo follándomela mientras Gema me mira, Gema tocándose el clítoris hinchado, los tres sudados y gimiendo hasta corrernos juntos.

Y luego está lo de Carlos, lo que hoy me ha comentado entre líneas, probar un club de intercambios. “Hay sitios discretos, Javi. Gente como nosotros. Nadie sale herido si se pone reglas”. Y ahora todo me martillea. Quizás Gema necesite eso, sin necesidad de que se nos rompa el amor. Quizás necesita alguien que se la folle como ella necesita, porque lo reconozco, está necesitada de que alguien le meta un pollón en condiciones, de sentir cómo la abren, cómo la llenan hasta que le tiemblen las piernas, de quitarse ese trauma que tiene conmigo porque sabe que no llego a eso. Quizás la opción de Carlos… no sea tan mala idea. Un lugar donde ella pueda abrirse de piernas para otro mientras yo miro, mientras yo me pajeo viéndola correrse con una polla más gruesa dentro, mientras luego vuelvo a casa con su amor intacto.

Estoy cagado. Pero estoy más cachondo que nunca. Lo único que sé con certeza es que la quiero. Y que, pase lo que pase, no quiero perderla. Ni a ella… ni esta puta locura que hemos creado juntos. Y mientras tanto, aquí sentado, con los cascos puestos y la música grave retumbando en el pecho, solo puedo pensar en una cosa: en lo mucho que la deseo. En lo mucho que me asusta. En lo mucho que me pone.

Por fin acabó la jornada. Salí de la oficina con la cabeza hecha un puto caos, la polla todavía medio dura del subidón de la foto que Gema me había mandado desde la escalera —esa imagen clavada a fuego en la retina, la minifalda subida hasta la mitad de los muslos, el tanga hundido entre las nalgas, el coño hinchado marcándose bajo la tela fina y húmeda —. Caminé hasta el coche con pasos pesados, sintiendo el roce constante del bóxer empapado contra la punta sensible, que me recordaba cada segundo que había pasado pensando en ella subida allí, abierta, expuesta.

Llegué a casa y abrí la puerta. Allí estaba Gema, tal y como me había descrito por teléfono, pero en carne y hueso, la minifalda veraniega apenas cubriéndole el culo, tan corta que cada paso dejaba ver la curva inferior de las nalgas, el suéter de malla fina abrazando sus tetas como una segunda piel, los pezones duros y oscuros apuntando hacia delante, visibles a través de la tela casi transparente, endurecidos por el aire fresco o por la excitación que ya se le notaba en la respiración acelerada. Sonreía de oreja a oreja, con los ojos brillantes de euforia y algo más oscuro, más caliente. En la mano… una botella de champán fría, gotas de condensación resbalaban por el vidrio como si fuera sudor bajando por su escote.

—¿Qué celebramos? —pregunté, la voz ronca, sin poder apartar los ojos de cómo la minifalda se le subía un poco al moverse, dejando ver el encaje del tanga.

—¡He firmado el contrato! ¿Te lo puedes creer? Ya está hecho. Me llamaron esta mañana, me lo enviaron por email, lo leí, lo firmé electrónicamente y… ¡ya está! ¡Ya soy modelo, Javi! ¡Joder! —gritó, saltando un poco, haciendo que sus tetas rebotaran bajo la malla fina, los pezones rozando la tela con cada movimiento, endureciéndose más, como si el simple hecho de decirlo en voz alta la pusiera cachonda—. Estoy eufórica.

El tapón saltó con un pop seco y alegre. La espuma brotó fuerte, blanca y efervescente, salpicando un poco sus dedos y el escote. Ella sirvió con manos temblorosas de emoción, derramando un chorrito sobre sus pechos que resbaló despacio por la curva, dejando un rastro brillante hasta perderse bajo la malla. Se lamió los dedos despacio, la lengua recorriendo la piel con una lentitud deliberada, mirándome fijamente mientras lo hacía.

—Entonces… ¿ya está? ¿Ya eres modelo? —repetí, como si necesitara oírlo otra vez para creérmelo, aunque mi polla ya estaba dura como una piedra solo de verla así, celebrando su nuevo mundo de exposición.

—Brindemos por ello —dijo, chocando su copa contra la mía.

Bebió de un sorbo largo, la garganta moviéndose mientras tragaba, un hilillo de champán escapándose por la comisura de los labios y bajando por su cuello hasta perderse entre sus tetas, dejando un rastro brillante que me hizo tragar saliva. Yo bebí más despacio, sintiendo las burbujas explotar en la lengua, pero el verdadero cosquilleo lo sentía entre las piernas, la polla latiendo contra el pantalón al verla así, feliz, excitada, a punto de convertirse en algo que miles iban a desear, a pajearse, a follarse en su cabeza.

—Venga, acabemos la botella —dijo, rellenando las copas—. Que te invito a comer. Esto hay que celebrarlo. ¡Estás casado con una supermodelo! —rió con ganas, esa risa profunda y contagiosa que siempre me ponía duro, pero ahora tenía un filo nuevo, era la risa de alguien que sabía que acababa de abrir una nueva puerta.

—¿Dónde me vas a llevar a comer?

—Al italiano de siempre. El que tiene las mesas bajas y la luz tenue… donde se puede enseñar pierna sin que parezca demasiado. Donde el camarero se pone nervioso cuando me siento y cruzo las piernas.

Llegamos al restaurante poco después del mediodía, hora punta de comida. Gema caminaba delante de mí, contoneándose con esa naturalidad provocadora que no era natural en absoluto, cada paso hacía que la minifalda se subiera un centímetro más, dejando ver la curva inferior de las nalgas, el tanga negro desapareciendo entre ellas, los muslos firmes y bronceados rozándose con un sonido suave que solo yo podía oír de cerca. El camarero —un tipo joven, moreno, con esa sonrisa profesional que se volvió genuina y hambrienta en cuanto la vio— nos guio a la mesa con una lentitud deliberada. Se situó a un lado tras ella, los ojos clavados en su culo mientras la ayudaba a sentarse, la mano rozando apenas su cintura “por accidente”. Vi cómo tragaba saliva audiblemente cuando Gema cruzó las piernas despacio y la falda se subió lo justo para que el encaje del tanga asomara un segundo.

—Buenas tardes. ¿Qué desean tomar? —preguntó, la voz un poco más grave de lo normal, los ojos bajando una y otra vez a las tetas de Gema, donde los pezones seguían marcados como si estuvieran pidiendo atención, duros y oscuros bajo la malla fina.

—Trae la carta, por favor —dije yo, intentando sonar normal, aunque mi polla ya estaba dura otra vez bajo la mesa, latiendo contra el pantalón al ver cómo el camarero no podía dejar de mirarla, cómo se le marcaba la erección incipiente en los pantalones negros del uniforme.

Gema se inclinó hacia delante para coger la carta, haciendo que el suéter se tensara y los pezones se marcaran aún más, oscuros y duros bajo la malla fina. El camarero se quedó congelado un segundo, la bandeja temblando ligeramente en su mano, la respiración acelerada, la mirada fija en el escote donde el champán de antes aún había dejado un rastro brillante.

—Ve pidiendo lo que quieras —le dije a Gema, abriendo el móvil—. Ya sabes que pique un poquito.

Ella sonrió de lado, esa sonrisa peligrosa que ponía cuando sabía que me tenía justo donde quería, y que ahora también tenía al camarero.

—Vale… pero primero mira el contrato. Te lo mandé esta mañana, pero ni lo viste.

Abrí el email. Allí estaba: el PDF con el logo de la agencia, cláusulas sobre sesiones de fotos en lencería, desfiles, campañas publicitarias, derechos de imagen… todo muy profesional, todo muy real.

—Joder… es verdad —murmuré, sintiendo un nudo en el estómago y un calor que subía desde la entrepierna, la polla latiendo con fuerza al imaginarla en un set, lencería transparente, abierta de piernas para la cámara, los pezones duros bajo los flashes, el coño marcado bajo tangas diminutas, miles de ojos devorándola.

Gema se inclinó sobre la mesa, acercándose tanto que olía su perfume mezclado con el leve sudor del día y el champán que aún tenía en los labios.

—Sí, amor. Ya está. A partir de ahora… el mundo va a verme como nunca. En lencería que, en bikinis, en ropa interior cuando pose abierta de piernas. Van a verme las tetas al aire en poses que dejan los pezones duros y expuestos, el culo en pompa con tangas que se pierden entre las nalgas. Fotos en catálogos, en webs, en redes… miles de ojos devorándome, poniendo a miles de pollas duras – dijo soltando una gran carcajada- ¿Te pone? Porque a mí sí. Me pone saber, que se te pondrá dura cada vez que vea un like nuevo, un comentario guarro, una polla anónima masturbándose con mi imagen.

El camarero volvió con las bebidas. Gema se recostó en la silla, cruzando las piernas despacio, dejando que la falda se subiera lo justo para que el tanga quedara a la vista un segundo, el encaje pegado a los labios hinchados y húmedos, una gota de humedad visible deslizándose por el interior del muslo. El chico tragó saliva audiblemente, los ojos clavados en ella antes de apartarlos con esfuerzo, la erección ahora evidente bajo los pantalones.

—¿Ya saben qué van a pedir? —preguntó, la voz un poco temblorosa, el bulto moviéndose ligeramente al hablar.

Gema sonrió, mirándome directamente a los ojos mientras respondía, la voz baja y ronca.

—Algo que pique… pero no demasiado. Todavía tengo que guardar energías para esta tarde. Mi marido y yo tenemos mucho que celebrar… y mucho que probar.

El camarero se fue rojo hasta las orejas, casi tropezando al darse la vuelta. Yo sentí cómo la polla me latía contra el pantalón, dura como una piedra.

Abrí el contrato otra vez en el móvil, pero ya no lo leía. Solo podía pensar en una cosa, en Gema en un set de fotos, en lencería transparente, abierta de piernas para la cámara, sabiendo que el mundo la vería.

El camarero volvió con los antipasti, prosciutto crudo, mozzarella fresca, tomates cherry y aceite de oliva que Gema pidió “bien generoso”. Se inclinó para servirle, el brazo rozando su hombro, los ojos clavados en el escote donde los pezones seguían duros y marcados. Gema se inclinó hacia delante “para ayudarle”, haciendo que el suéter se abriera un poco más, dejando ver el borde de la areola rosada. El chico casi deja caer la aceitera, la erección ahora evidente bajo los pantalones.

—Grazie… —dijo ella con voz dulce, mirándolo directamente a los ojos mientras se lamía los labios despacio—. Está todo… delicioso.

El camarero murmuró algo ininteligible y se fue casi corriendo. Gema se giró hacia mí, los ojos brillantes de morbo.

—¿Ves? —susurró—. Ya está empezando. El mundo me mira… y se pone duro. Y tú… tú estás aquí, con la polla goteando bajo la mesa, imaginando cómo será cuando me vean muchos mas. Cuando me vean en lencería que no tapa nada… ¿Todo esto te la pone dura? ¿Dime la verdad?

Bajó la mano bajo la mesa, los dedos rozando la cremallera, presionando justo en la cabeza hinchada.

—Abre un poco las piernas —me ordenó en voz baja—. Quiero sentir cómo late.

Obedecí sin pensar. Ella metió la mano dentro, rozando la polla a través del bóxer empapado, los dedos trazando la vena gruesa, apretando ligeramente la cabeza hasta que se me escapó un gemido bajo que tuve que disimular con una tos.

—Estás empalmado… —susurró, los dedos moviéndose despacio, masturbándome bajo la mesa con movimientos lentos y precisos—. Mira cómo te la pone dura solo de pensarlo.

El camarero volvió con los primi, tagliatelle al ragù para ella, risotto ai funghi para mí. Se inclinó para servirle, el brazo rozando su hombro otra vez, los ojos clavados en el escote. Gema se inclinó hacia delante “para probar”, dejando que la malla del suéter se abriera un poco más, dejando ver de nuevo el borde de la areola rosada. El chico casi deja caer el plato.

Gema sonrió, mirándome mientras lamía la cucharilla despacio.

—Todo esto tambien me pone muy cerda!!. Esta tarde… cuando lleguemos a casa —susurró solo para mí—, quiero que me folles. Quiero que me pongas a cuatro patas, que me abras el coño con los dedos. Quiero correrme imaginando los flashes.

La comida siguió entre miradas, roces y promesas susurradas. El camarero no dejaba de volver, más agua, más pan, más aceite… cada vez con una excusa más pobre, cada vez con la erección más evidente. Gema jugaba, cruzaba y descruzaba las piernas, se inclinaba para probar bocado, dejaba que el suéter se abriera lo justo para mostrar más.

Cuando trajeron el tiramisú para compartir, ella metió el dedo en la crema, lo sacó despacio y se lo llevó a los labios, lamiéndolo con la lengua plana mientras me miraba fijamente.

—Está rico… —susurró—.

La comida siguió su curso lento y tortuoso, cada bocado de pasta al dente, cada sorbo de vino tinto, cada mirada que Gema me lanzaba era como gasolina sobre el fuego que ya ardía dentro de mí. Ella lo sabía. Lo notaba en cómo se me entrecortaba la respiración cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas bajo la mesa, dejando que la minifalda se subiera lo justo para que el tanga negro quedara a la vista un segundo. Lo notaba en cómo mi mano temblaba al sostener la copa, en cómo mi polla latía visiblemente contra el pantalón.

En un momento, mientras el camarero se alejaba otra vez con los platos vacíos, Gema se inclinó hacia mí, los pezones duros rozando la malla fina del suéter, casi saliendo por el borde del escote.

—Estás que ardes, amor —susurró, la voz ronca y baja, cargada de morbo—. Se te nota la polla tiesa desde aquí. ¿Es por mí? ¿Por el contrato? ¿Por imaginarme abierta de piernas en un set, con la gente mirando? ¿O por el camarero que no deja de mirarme las tetas y el culo?

Tragué saliva. No pude contestar. Solo asentí ligeramente, la polla dando un salto doloroso contra el bóxer empapado.

Gema sonrió despacio, esa sonrisa de depredadora que ponía cuando sabía que me tenía al límite.

—Vale —dijo, poniéndose de pie con una gracia felina—. Yo voy al baño. Pide la cuenta… y luego ven donde mí. No tardes.

Se levantó, la minifalda subiéndose lo justo para que viera cómo el tanga se le había metido entre esas dos montañas carnosas que tenía por culo. Caminó hacia el fondo del restaurante contoneándose, el culo temblando con cada paso, el camarero girando la cabeza para seguirla con la mirada hasta que desapareció por el pasillo que llevaba a los baños.

Pedí la cuenta con la voz temblorosa. El camarero me la trajo casi al instante, pero sus ojos seguían desviándose hacia el pasillo. Le dejé billetes de más, sin esperar cambio, y me levanté.

Llegué al baño de hombres. La puerta estaba entreabierta —por descuido o a propósito, nunca lo sabré—. Empujé despacio.

Gema ya estaba dentro, un cubículo pequeño, lo suficiente para que una persona se moviera entre la taza y el lavabo. Las baldosas blancas. Delante de la taza había un semicírculo de goterones unos amarillentos y secos, otros frescos todavía con un brillo húmedo que reflejaba la luz fluorescente parpadeante del techo. El olor era denso y pegajoso, una mezcla pesada de orina rancia, desinfectante barato que ya no desinfectaba nada y un leve fondo de humedad mohosa que se pegaba a la garganta.

Al verme llegar se puso de rodillas en el suelo, no le importo el estado del suelo, se subio la minifalda hasta la cintura, aparto el tanga negro a un lado, los dedos comenzaban a separar los labios de sus coño mientras se tocaba despacio. Me miró con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta.

—Ven aquí —susurró—. Quiero comértela ahora. Quiero tragarme el mejor de los postres.

Me acerqué. Ella me bajó la cremallera con dedos hábiles, sacó la polla tiesa y goteante. La cabeza estaba roja, hinchada. Gema abrió la boca y se la metió entera de un solo movimiento, la lengua plana recorriendo la vena gruesa, los labios apretando alrededor de la base mientras la garganta se contraía alrededor de la cabeza.

Gemí bajo, apoyando una mano en la pared. Ella succionaba con fuerza, la saliva resbalando por la barbilla, los ojos fijos en los míos mientras me la chupaba profundo, la nariz me rozaba el vientre. El sonido húmedo y obsceno llenaba el baño pequeño: gluck-gluck-gluck cada vez que se la metía hasta la garganta.

Entonces oí la puerta abrirse del todo.

El camarero entró, congelado en el umbral. Llevaba una bandeja vacía en la mano —seguramente había venido a “comprobar” por qué tardábamos tanto—. Sus ojos se abrieron como platos al vernos, Gema de rodillas en el suelo sucio, la polla de su cliente metida hasta la garganta, los labios estirados alrededor de la base, la saliva goteando por la barbilla y cayendo al suelo entre los goterones de pis, los pezones duros rozando la malla fina del suéter, el coño abierto y mojado entre sus rodillas, los dedos todavía frotando el clítoris hinchado.

Se quedó paralizado. No dijo nada. Solo miró. La erección que ya llevaba desde la mesa ahora era imposible de esconder, el pantalón tenso, la forma gruesa marcada, la punta húmeda oscureciendo la tela.

Gema no se apartó. Siguió chupando, más lento ahora, más profundo, mirándome a los ojos mientras lo hacía, como si el camarero no existiera… o como si existiera precisamente para esto.

Yo tragué saliva, la polla latiendo dentro de su boca caliente y húmeda.

—Lo siento, Gema… —murmuré, la voz ronca, rota por el placer—. Continúa. Déjalo que mire. Déjalo que se toque si quiere… pero no me dejes a medias.

Ella gimió alrededor de mi polla, el sonido vibrando directo en los huevos. Aceleró el ritmo, una mano en mi base apretando, la otra metida entre sus piernas, los dedos frotando el clítoris hinchado mientras me la chupaba con hambre.

El camarero no se movió del umbral. Solo miraba. La mano libre bajó despacio a su entrepierna, rozando la erección a través del pantalón. Se mordió el labio, los ojos clavados en la boca de Gema deslizándose arriba y abajo por mi polla, en la saliva que goteaba por su barbilla, en el coño abierto y brillante entre sus piernas.

Gema se apartó un segundo, la polla saliendo de su boca con un pop húmedo, un hilo de saliva conectando los labios con la cabeza.

—Míralo —me susurró, lamiendo la punta despacio—. Está duro por mí. Igual que tú. Igual que miles lo estarán pronto.

Volvió a metérsela entera, succionando con fuerza, la garganta contrayéndose alrededor de la cabeza mientras me miraba a los ojos.

Yo sentí el orgasmo subiendo rápido, imparable.

—Joder… Gema… me corro…

Ella aceleró, la mano apretando la base, la lengua girando alrededor de la cabeza.

El camarero se tocaba ya sin disimulo, la mano dentro del pantalón, masturbándose despacio mientras miraba.

Y yo exploté.

Me corrí con un gemido ronco, profundo, la polla latiendo dentro de su boca caliente. Unos chorros gruesos y calientes llenaron su garganta y que ella tragaba sin parar, los ojos fijos en los míos, un gemido vibrando alrededor de mi polla mientras se corría también, los dedos frotando su clítoris con furia, el coño contrayéndose visiblemente, un chorrito de humedad salpicando el suelo sucio entre sus rodillas.

El camarero se corrió casi al mismo tiempo, un gruñido bajo escapándosele mientras se manchaba la mano dentro del pantalón, los ojos clavados en Gema tragando mi semen hasta la última gota.

Ella se apartó despacio, mi polla salio limpia y brillante de su boca. Se lamió los labios, se puso de pie con las piernas temblorosas, se bajó la falda y se giró hacia el camarero con una sonrisa tranquila.

—Gracias por la comida —dijo con voz dulce—.

Él salió corriendo sin decir nada, rojo hasta las orejas.

Gema se acercó a mí, me besó con sabor a mí mismo, la lengua rozando la mía.

—Tengo ganas de fiesta —susurró—. ¿Vamos de copas?.

Salimos del restaurante con el sol de media tarde pegando fuerte. Agarrados como dos novios que acababan de conocerse, una euforia ligera pero peligrosa que hacía que cada roce, cada mirada, se sintiera eléctrico. Caminamos despacio hacia el coche, Gema contoneándose con esa gracia felina que ahora sabía que tenía un público nuevo, yo, el mundo, y cualquier desconocido que la viera pasar. La minifalda se le subía con cada paso, el tanga negro asomando un instante, el coño todavía hinchado y húmedo marcándose bajo la tela fina. Sentía su excitación en el aire, en cómo se le aceleraba la respiración cada vez que alguien giraba la cabeza para mirarla.

Subimos al coche. Ella se sentó en el asiento del copiloto con las piernas abiertas un poco más de lo necesario, la falda subiéndose hasta la mitad de los muslos, el tanga empapado dejando ver el surco rosado y brillante. Me miró de reojo mientras arrancaba.

—No quiero ir a casa todavía —dijo, la voz ronca—. Quiero seguir celebrando. Unas copas. Hagámoslo sin pensar demasiado.

—¿Dónde? —pregunté, con el recuerdo fresco de su boca en el baño sucio vaciandome los huevos.

Gema sonrió, sacó el móvil y abrió Insta... Deslizó la pantalla con el dedo, buscando algo.

—Espera… —murmuró—. Esta noche hay actuación en el Starlite de Marbella. Un DJ que me encanta. ¿Vamos?

El Starlite. El sitio donde la élite de la Costa del Sol se mezclaba con el glamour internacional, con luces bajitas, música que te entraba por la piel, copas caras y miradas que desnudaban sin tocar. El sitio perfecto para que Gema estrenara su nueva vida, vestida para matar, rodeada de ojos que la devorarían sabiendo que ahora era “oficialmente” modelo.

—¿Estás segura? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. La polla me dio un salto solo de imaginarla allí, minifalda o vestido corto, tacones altos, el cuerpo brillando bajo las luces, rodeada de tíos con pasta y pollas tiesas pensando en cómo sería follarla.

—Segurísima —dijo, inclinándose hacia mí y rozándome la entrepierna con la mano—. Quiero celebrarlo por todo lo alto.

Arrancó el coche ella misma, pisó el acelerador y puso rumbo a casa para cambiarse, el trayecto no dejó de tocarse disimuladamente, la mano entre las piernas, rozando el tanga empapado, los dedos tocando el encaje de la braguita, mientras me contaba cómo se imaginaba la noche.

—Voy a ponerme ese vestido negro que se me transparenta los pezones cuando hay luz. Sin sujetador. Sin tanga. Solo el vestido pegado al cuerpo, cuando me siente en la barra y el culo en pompa cuando baile. ¿Te gusta la idea?. Y que tú me mires y me desees… y luego me lleves a un rincón oscuro y me folles contra la pared, con la música de fondo y el riesgo de que alguien nos vea.

Yo solo podia asentir a todo, aquella mi mujer estaba eufórica, excitada, acelerada...

Llegamos a casa, y quise tocarla, satisfacerla, devolverle el regalo que me habia hecho en el restaurante, pero ella me lo impidio.

—Javi, esta noche, que al Starlite hay que llegar temprano, que aquello se peta, cambiate rapido, yo me ducho y me visto y nos vamos.

Me paro en seco, y salió disparada hacia el dormitorio. Necesitaba agua, y tras ir a por un vaso de agua, seguí los pasos de Gema. Cuando llegué al dormitorio, la ropa de ella estaba tirada sobre la cama en un caos deliberado, la minifalda negra hecha un ovillo, el suéter de malla fina con los pezones todavía marcados en la tela, el tanga negro empapado y arrugado en el suelo como si se lo hubiera arrancado de un tirón. El baño estaba encendido, la luz cálida saliendo por la puerta entreabierta, y el sonido del agua cayendo fuerte llenaba la casa.

Me acerqué al quicio de la puerta, el vapor ya empezando a salir en nubes densas y calientes. La mampara de cristal estaba completamente empañada, pero a través del velo blanco se veía su silueta, Gema de pie bajo el chorro, la cabeza echada hacia atrás, el agua resbalando por su cuerpo desnudo, por las tetas pesadas y los pezones duros, por el vientre plano hasta llegar al coño abierto entre sus piernas.

No pude entrar. Me quedé allí, apoyado en el marco, mirando.

Se masturbaba con ganas, salvajemente. Una mano entre las piernas, dos dedos —no, tres— metidos hasta el fondo, entrando y saliendo con un ritmo frenético que hacía que el agua salpicara contra el cristal. La otra mano apretaba un pecho, pellizcando el pezón con fuerza, tirando de él hasta que se ponía aún más rojo y duro. Gemía profundo, gutural, los sonidos mezclándose con el ruido del agua, suspiros largos que se convertían en gruñidos, “joder… sí… métemela… más gorda… más profunda…”, la voz rota, entrecortada, casi llorosa de placer.

El vapor era tan denso que apenas se veía detalle, pero se veía suficiente. Se veía cómo arqueaba la espalda, cómo empujaba las caderas hacia delante contra su propia mano, cómo los dedos desaparecían dentro del coño hasta los nudillos, cómo el pulgar frotaba el clítoris hinchado en círculos rápidos y desesperados. Se veía cómo se mordía el labio inferior, cómo cerraba los ojos con fuerza, cómo la boca se abría en un gemido silencioso cuando el orgasmo empezaba a subirle por el vientre.

Y yo imagine en qué estaba pensando.

En la polla de Pepe, gruesa y venosa, dura contra su muslo. En el camarero del restaurante, masturbándose en la puerta del baño mientras ella me tragaba hasta la garganta en el suelo sucio. En las sesiones de fotos que estaban por venir, luces calientes, fotógrafos pidiéndole que abra más las piernas, que arquee la espalda, que deje ver el coño mojado bajo tangas transparentes. En desfiles donde cientos de ojos la devorarían, en fiestas donde influencers y clientes VIP la mirarían como un trofeo, rozándole la cintura, susurrándole guarradas al oído. En cómo se correría ella misma pensando en todo eso, en cómo miles de pollas se pondrían duras por su culpa.

Se corrió con un grito ahogado que resonó contra las baldosas. Las piernas le temblaron, los dedos se hundieron hasta el fondo una última vez, el coño contrayéndose visiblemente incluso a través del vapor, un chorrito de humedad salpicando el cristal de la mampara. Se apoyó en la pared, jadeando, el pecho subiendo y bajando rápido, los pezones duros como piedras bajo el agua caliente.

Yo seguía allí, en el quicio de la puerta, la polla tiesa y goteando dentro del pantalón, los huevos doliendo de la presión acumulada.

Ella giró la cabeza despacio, como si hubiera sentido mi mirada todo el tiempo. Me vio. Sonrió, esa sonrisa lenta y sucia que ponía cuando estaba al límite, el coño me ardía, Javi. Me ardía tanto que no podía ni caminar casa sin tocarme.

Se acercó despacio, el agua goteando de su cuerpo al suelo, dejando un rastro brillante. Se detuvo a centímetros de mí, el calor de su piel chocando contra el mío, el olor a gel de ducha mezclado con el olor crudo de su excitación llenándome la nariz.

—No te preocupes, lo entiendo —dije, la voz baja y áspera—. Anda, date prisa que no llegamos.