Xtories

La esposa sin rostro y el marido cornudo

Carlos creía que lo estaban engañando, pero su verdadera culpa era otra: deseaba ser humillado. Cuando Alex llega a la playa, no solo cumple la apuesta, sino que desata en Daniela y Carlos un juego de poder y placer que ninguno sabía que necesitaban.

wildbull6916K vistas9.5· 19 votos

Mi vida se había convertido en un torbellino de situaciones “peligrosas” o complicadas y en el grupo de amigos se notaba a la legua. Los tíos me evitaban como si yo fuera la peste. Me habían convertido en un peligro público para sus parejas, y lo más jodido es que a la mayoría no les importaría que tuviera algo con sus mujeres; lo que les aterraba era que se corriera el rumor. Así que decidí tomarme un respiro, a ver si se les pasaba el pánico y, si no, ya buscaría yo la forma de hacerles cambiar de opinión.

Para colmo, me topé con Eutimio, un viejo de noventa y tres años, que siempre estaba sentado en el mismo banco con su sombrero y un bastón que no necesitaba pero que le daba aire. Todo el mundo lo ignoraba. A mí, desde el primer día, me cayó bien. Era un pozo de sabiduría y nunca se equivocaba. Ese día, me hizo una seña para que me sentara. —Alex, te voy a contar algo porque eres el único que me trata como a una persona y no como un mueble que estorba. Aquí, viendo cómo se acaba el mundo, soy invisible para todos, menos para ti. Voy al grano. No soy moralista, ni puedo serlo, pero te lo digo para que lo tengas en cuenta: donde trabajes y donde tengas el pesebre, no metas la polla—. Me lo soltó con la calma de un santo.

—De acuerdo, don Eutimio, ¿y por qué me lo dice usted a mí?—.

—Porque, Alex, sin tener ni la mitad de tu estampa, yo fui un cabrón con las mujeres. Tú, con ese cuerpo, tienes que ser la ostia. Se te nota hasta al andar. Uy, si yo hubiera tenido tu físico... Pero voy a lo que voy. Un tal Carlos está buscando gente para darte una hostia porque dice que te has follado a su mujer, Daniela, o que al menos la estás acosando—. Esta vez su voz tenía un matiz de advertencia.

—¿Carlos? ¿Y quién coño es ese Carlos?—.

Me describió al tipo y supe de quién hablaba. Había jugado una sola vez al pádel con él porque les faltaba uno. Ni me acordaba del nombre. —Debe de estar confundido, porque no conozco a ninguna Daniela—.

—Pues te aconsejo que te apartes de él. No te cruces con él y vela por tu espalda. Él solo no vale para una mierda, pero si son varios...—. Se quedó con la frase en el aire.

No soy de los que corren asustados. Subí a casa, me cambié y me fui directito a la zona de las pistas de pádel. No tuve que esperar mucho. Apareció el susodicho Carlos y me fui a por él. —Buenas tardes, Carlos. Me han llegado rumores de que andas diciendo que me he follado a tu mujer o que la estoy acosando. Pues te aviso: ni una cosa ni la otra es cierta. Primero, porque no he tenido ni tendré nada con ninguna mujer de esta urbanización. Segundo, porque no he acosado a NUNCA a ninguna mujer. Y tercero, porque no sé quién coño es tu mujer. ¿Quedó claro? Porque conmigo las tonterías se acaban pronto. Y si andas buscando gente para pillarme a traición, solo te diré que no me des tiempo a nada. Si me dais una segunda oportunidad, os arranco la cabeza. ¿Lo has entendido?—. Se lo dije con un tono que no dejaba lugar a dudas.

Carlos se quedó mudo, pillado por sorpresa, pero reaccionó. —¿Me vas a decir que no conoces a mi esposa Daniela?—, me desafió.

—¿Eres sordo? Te he dicho que no la conozco y punto—. Grité más alto.

Entonces me sorprendió. —Acompáñame un momento—. Nos acercamos a las pistas. Había cuatro mujeres jugando, todas ellas estaban buena. No conocía a ninguna, aunque una me la había cruzado en el portal alguna vez. —La del polo rosa palo—, me dijo, señalando. —Mírala—. —¿Qué tengo que mirar?—. —Esa es mi mujer—.

—Pues ya está aclarado. Y por si quieres que te lo diga más claro: con esa mujer, sea tu mujer o no, NADA DE NADA—. Lo dije con un tono de suficiencia, pero él lo interpretó mal. Pensó que decía que su mujer no valía físicamente nada, y eso le ofendió más que la supuesta infidelidad. Su mujer, al vernos, se acercó a saludar a su marido y él me la presentó. Daniela (38 años — 1,68 m — Ojos azules brillantes — 45 kg — Pecho normal, una 90 como mucho — Melena corta de color castaño — Piernas robustas, fuertes, musculadas y muslazos, que hacían que su culo se mostrase de forma duro, potente, fuerte y con nalgas separadas, que lo mismo era por la falda pantalón — La expresión de su cara era misteriosa) hizo el amago de darme dos besos, pero yo extendí la mano, dejándola en evidencia. Volvió con sus amigas. —No me puedo creer que digas que mi mujer no vale una mierda—, dijo Carlos, furioso.

—¿Eres siempre tan pesado? No he dicho nada sobre el físico de tu mujer. He dicho que con esa mujer nada de nada porque no la conocía, y ahora que me la has presentado, sigo sin tener nada con ella—.

En ese momento lo calé. Sus actos, sus palabras, pero sobre todo su mirada, le delataban. Carlos era de esos tíos que se corren con la fantasía de que su mujer les pone los cuernos. Lo oculta, le aterra que la gente lo sepa, pero la idea le provoca una excitación perversa que le carcome. Una dualidad de mierda: por un lado, la furia posesiva; por otro, el morbo de ser el cornudo. Le dejé con sus pensamientos y su vergüenza. Lo que sí es cierto es que la mujer estaba para mojar el pan.

Como ya estaba cambiado, me fui a jugar con un grupo al que les faltaba uno y se lo ofrecieron a Carlos. No recordaba que jugara tan bien, porque les dimos una paliza. Al acabar, me di cuenta de que Daniela nos había estado observando. Y de repente, mientras tomábamos algo, Carlos me invitó: —Oye, Alex, si este viernes o sábado no tienes nada, ¿vendrías a cenar a casa?—. La cara de Daniela era de aguantar el tirón, pero pareció tan sorprendida como yo. Intenté que lo pensara, que consultara. —Si es por mí, no te preocupes. Si me avisa con tiempo, no hay problema. Lo que me molesta es el aviso sea de última hora, no por nada, solo por tener que organizarme—, dijo Daniela, sin mucho convencimiento. Luego me preguntó si había algo en especial que me gustara.

No supe qué decir, pero le lancé una mirada obscena, de arriba abajo. —Cualquier cosa que me des para comer, me lo comeré encantado. Soy de buen comer—. La respuesta me sonó fatal en cuanto la solté. Mi mirada decía otra cosa, y su cara se sonrojó al instante. Carlos era odontólogo y su mujer gestionaba la clínica. La pregunta del millón: ¿cuándo cojones le iba a poner los cuernos si siempre estaban juntos? Era su subconsciente el que le traicionaba. Le gustaba la sensación, los celos que le llevaban a una excitación suprema. La cena me demostraría si tenía razón.

La noche de la cena, llevé una caja de macarrons y una orquídea. Me abrió la puerta Carlos y me pasó al salón, donde tenía preparado un combinado que, según él, era su especialidad. Estaba bueno. Dejé los regalos en la mesa. —Alex, quiero que sepas que me siento muy avergonzado por todo lo sucedido, de verdad. Daniela está muy perturbada y espero que sepas disculparme. A veces no sé qué me pasa, no soy yo—. Lo dijo compungido.

Entonces apareció Daniela y me cortó el habla, la respiración, la circulación... Llevaba un top blanco cruzado con un escote en V que mostraba unas tetas mucho más grandes de una talla 90. Deduje que para jugar al pádel se ponía un sujetador deportivo. Lo acompañaba con una minifalda vaquera que enseñaba el ombligo. Era demasiada mujer para el señor odontólogo. Y para rematar, unas sandalias de cuña que realzaban sus piernas y su culo sublime.

Durante la cena, no capté ninguna señal. Nada que indicara que Daniela fuera accesible. Lo que sí vi era la complicidad de la pareja, se querían, se admiraban. Intentar algo era como querer sembrar en el desierto. Al acabar, quise ayudar a recoger, pero Daniela me lo cortó de raíz, con un tono muy serio. —No, Alex, déjelo, me encargo yo—. Así que me quedé a solas con Carlos, que me miraba con una sonrisa de tonto. —¿A que ahora te parece mucho más guapa mi esposa?—. Y sin esperar respuesta, continuó: —Es que tiene un magnífico estilista, que soy yo, je, je, je. Por eso le elijo la ropa y la acompaño a comprar—. Me callé para no meter la pata. —¿Qué te parece?—, preguntó, expectante. No medí mis palabras.

—No sé a qué te refieres, pero si meto la pata, me disculpas. Me parece que sabes que tienes una esposa que es una preciosidad y que te gusta que la miren, que sepan la mujer que tienes. Saber que la desean, pero eso no te basta. Tienes pensamientos inconfesables, fantasías que te asustan, que, aunque te llenan de celos que te carcomen, te morirías de ganas que se hicieran realidad, aunque tiembles pensando que se entere la familia o los amigos—. Tras soltarle eso, esperé su reacción, pero en ese momento volvió Daniela y se sentó con nosotros. —¿De qué habláis?—. —Alex me estaba contando lo que más le gusta de nuestra tierra—, soltó él, con una mirada llena de incertidumbre y lujuria. Daniela, ingenua, me preguntó por mis sitios favoritos. Le cité varios y para el final me dejé caer un par de playas nudistas, esperando ver su reacción. Ella fue espontánea. —Pues este—, dijo, mirando a su marido, —está empeñado en que vayamos a una, pero yo me niego. Como máximo me quito la parte de arriba del bikini y en playas perdidas, donde sea imposible encontrarme con nadie conocido—. —Pues se está mucho mejor en esas playas—, le dije, tratando de picarla. —Yo voy a una que es muy discreta, cuesta llegar y nadie molesta, todo el mundo va a lo suyo—. A ella no le hizo efecto, pero a él sí, porque enseguida le dijo que no era para tanto. —Vale, pues seré una rara. ¡SOY MUY RARA, EA!—. No sé si sería rara, pero era competitiva. Daniela en el fragor de una discusión tonta, por un tema que trato todos los días, tenía una postura cerril y que tenía la razon, porque es algo que mucha gente piensa equivocadamente. —¿QUE TE APUESTAS?—. Fue lo peor que podía decir. Caía en mi trampa o quedaba como una cobarde. —No voy a retroceder. Te doy ventaja. Me apuesto lo que quieras, y si tienes razón, me pides lo que sea. Pero si gano yo, mañana mismo, sin perder tiempo, vamos a la playa nudista—. Su marido se reía, diciéndole que la habían callado. —A mí nadie me deja muda. Acepto. Pero si sigues adelante, prepárate, porque vas a pagar bien pagado—.

Se puso a mirar el móvil y su cara se fue transformando hasta alcanzar una lividez absoluta. Al final, reconoció que había perdido y, muy sutilmente, intentó cambiar la apuesta. —De momento, mañana a las nueve, si os parece, vamos en vuestro coche y lo mismo dejo en manos de Carlos la última palabra—. Carlos se reía a carcajadas, lo que cabreaba más a su mujer. —Lo de la hora, igual. Pero lo he pensado mejor, lo dejo en manos de tu marido—. Ella lo miraba suplicante, pero él le dijo que no lo mirara así, que igual íbamos a otra playa pero que ella invitaría a una paella. Dije que me iba y, mientras ella recogía los vasos, Carlos me acompañó a la puerta. Con la puerta ya abierta, le susurré: —Carlos, te aviso. Si no anulas la apuesta, cumplirás tus fantasías—. —No sé a qué te refieres...—, me respondió con el pánico reflejado en sus ojos. —Sabes que me has entendido. Pero si quieres escucharlo, te lo diré: si no anulas la apuesta, me follare a tu mujer. Y será un secreto que solo sabremos los tres—. Dije esto abriendo la puerta del ascensor y dándole las buenas noches. A mis espaldas no escuché ni su respiración. En casa estuve un buen rato esperando una llamada que cancelara todo.

Bajé a la hora acordada. Carlos esperaba solo. Me hablaba del tiempo, de que el sol apretaba... pero nada de lo último que le dije al despedirme en su casa. Escuché una carraspera detrás de mí. Era Daniela. Llevaba un vestido kaftan largo, que salvo por una abertura que dejaba ver parte de su pierna, no era nada excitante. Tardamos casi una hora, sobre todo por la forma de conducir de Carlos. Le tuve que indicar un camino sin asfaltar, entre las protestas de Daniela. —JODER, ¿dónde nos hemos metido? Aquí nos atracan y no se entera ni Dios. ¿Alguien pasa por aquí?—, decía nerviosa. Tardamos en elegir el sitio, hasta que Daniela se decidió por una zona de la playa con poca visibilidad en forma de herradura, a la que solo se llegaba por un vericueto. —AVISO, no me metáis prisa, me desnudaré, pero a mi ritmo—, dijo muy seria. —Para que veas que predico con el ejemplo—, dijo Carlos, desnudándose. Su físico era el de un sedentario, sin llegar a ser gordinflón. Su polla, amorcillada por la excitación del momento, era normal, la media nacional.

Aunque ambos me miraban expectantes, me desnudé sin prisas y esperé a que mi miembro estuviera como el de Carlos. Cuando sentí que era el momento, me quité la ropa. Daniela llevaba un bikini fucsia cortito que poco escondía y unas gafas de sol. Al quedarme desnudo, la boca de ella hizo un gesto contenido de sorpresa y Carlos clavó sus ojos en mi polla sin disimulo. Aparte de la diferencia evidente de tamaño, yo tenía todo depilado. Él, un vello abundante. Ella se quitó la parte de arriba y sus pezones, gordos y de un rosa claro, mostraban las marcas del bikini. Me fijé más y vi que llevaba unos anillos en los pezones, pero no eran piercings. Nunca había visto unos iguales: un aro con cuatro bolas pequeñas que no taladraban el pezón. —Sí, Alex, sé lo que piensas. Una puta locura. Y menos mal que me opuse, porque quería perforárselos. No lo entiendo, ¿para qué llevar nada en los pezones, si los pobres no han hecho nada?—, me decía Carlos.

—Es una joya más, como unos pendientes. Lleva varios y si a ella le gusta... Oponerse es tontería. De hecho, es excitante. Tengo una amiga que me dice que cuando está con su marido, le pone muchísimo que se los manipulen con los dedos, con la lengua—. Lo dije mirándola a ella, que, a pesar de las gafas, sabía que me estaba mirando. Carlos dijo que con él no contaran para eso, que le daba grima. De pronto, Daniela se puso de pie y se desnudó del todo. Lo hizo dándonos la espalda y se agachó para guardar el bikini, mostrándonos su culo y parte de su coño depilado, porque no flexionó las piernas. La visión fue espectacular. La polla de Carlos se puso tiesa como un palo. Controlé la mía, aunque se hincharon un poco, y ese pequeño aumento demostraba la enorme diferencia entre las dos, y eso que la de él estaba al máximo. —Para que se levante todo ese garrote, tiene que llegar muchísima sangre, te tiene que resultar difícil—, soltó la mayor gilipollez que podía haber dicho Carlos.

Daniela estaba blanquísima en las zonas que cubría el bikini, sobre todo la parte inferior. Se puso un poco de protector por delante y luego le pidió a Carlos que se lo pusiera por detrás. —Deja, Carlos, que se lo pongo yo—, dije, cogiendo el envase naranja. Ella no se tumbó, se quedó de pie, mirando a su marido con las piernas ligeramente separadas. Masajeé con delicadeza su cuello, sus hombros, su espalda. Luego me eché más líquido en las manos y fui a por su culo. Me costaba cogerlo de lo duro que lo tenía. Metí dos dedos por entre sus nalgas, acariciando su ano. Se apartó en silencio. Fui a darme un baño antes de que mi polla se subiera del todo, no era el momento. Estuve en el agua más de media hora. Cuando volví, Carlos seguía tumbado boca abajo. Daniela estaba boca arriba. Tenía muy poco vello en el pubis, un triángulo perfecto y bien recortado. Se veían sus labios vaginales y el monte de Venus, completamente depilados.

Cogí de nuevo el envase naranja y solté un buen chorretón sobre sus tetas. —Hoy hace mucho sol—, dije. Le acaricié las tetas con descaro. Ella giró la cabeza hacia donde estaba Carlos, que tenía los ojos cerrados pero seguro que nos observaba. Volvió a colocar la cabeza en su sitio. Con las gafas puestas, se dejó hacer. Al llegar a sus pezones, se los acaricié, los retorcí con tanta insistencia que los anillos se quedaron en mis manos. Intenté ponérselos y me dijo que era imposible por el aceite. Seguí con mis dedos, notando cómo se ponían más duros. Su boca hacía esfuerzos por no emitir ningún sonido. Entonces se dio la vuelta.

Empecé por su espalda. Ella se había quitado las gafas. Me coloqué en el lado opuesto a Carlos, para que pudiera ver mejor, porque sabía que nos miraba. Todo fue normal hasta que llegué a su culo. Esta vez mis dedos masajearon su coño, su ano, su clítoris, sin penetrar. Ella estiró el brazo y alcanzó mi polla sin querer, notó que estaba al máximo y retiró la mano como si le hubiera dado una corriente.

Fue entonces cuando me pongo encima de sus piernas. Mi polla era un cañón preparado para la batalla. Volví a acariciar sus hombros, su espalda, agachándome de forma que mi polla rozara entre sus nalgas. Ahora ella estiró el brazo izquierdo para agarrar la mano de su marido. Él se hizo el loco, hasta que al final le dio la mano. Abrió los ojos, no me miró a mí, solo miró a su mujer. Los ojos de ella no los veía bien, solo los de él, que la miraban con fuego y con una intensidad brutal. En ese momento, Daniela, en uno de esos movimientos que hacía que mi polla se deslizara por sus nalgas, alzó el culo con orgullo, ofreciéndomelo, invitándome a poseerlo. No hizo falta que me lo dijera dos veces. Me levanté un poco y sin más preámbulos, posicioné la cabeza de mi polla en la entrada de su coño. Estaba empapada. La empujé lentamente, sintiendo cómo se abría paso en su interior, una caldera de carne húmeda y ardiente. Entré hasta el fondo de una sola sentada, y un gemido ronco y contenido escapó de su garganta.

Carlos se había incorporado. Se sentó, con la boca abierta, sin apartar la vista de donde nuestros cuerpos se unían. Su propia polla, que antes estaba tiesa como un clavo, ahora latía con una fuerza descontrolada. Estaba viendo en directo su fantasía hecha realidad, y el terror y el morbo se le peleaban en la cara.

Empecé a moverme, lentamente al principio, dándole tiempo a Daniela a que se acostumbrara a mi tamaño. Cada embestida era profunda, haciéndola temblar. Ella apretaba la mano de su marido con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Con la mano libre, se agarró a la arena, arañándola. El ritmo se fue acelerando. Mis caderas golpeaban su culo con un sonido húmedo y rítmico que era lo único que se oía, aparte de nuestra respiración agitada y el jadeo de Carlos.

—Joder... Alex... sí... así...—, susurró ella, rompiendo por fin el silencio. Era una voz ronca, cargada de lujuria.

La miré. Se había quitado las gafas del todo y sus ojos, azules y brillantes, estaban perdidos en el éxtasis. Me miraba fijamente, como si solo yo existiera en ese momento. Pero luego su mirada derivó hacia su marido, y vi una chispa de desafío, de poder. Estaba disfrutando, sí, pero también estaba ejecutando un castigo, una venganza por todas sus inseguridades y fantasías tóxicas.

Carlos se había puesto de rodillas. Se había acercado, como hipnotizado. No decía nada, solo miraba. Mi polla entraba y salía de su mujer, brillando con el jugo de ella. Era la imagen de su humillación y su máxima excitación. Vi que se tocaba, frotándose despacio, perdido en la escena.

—Mírame, Carlos—, le ordené, sin dejar de follar a Daniela con fuerza. —Mírame bien. Mírame mientras la dejo sin aliento—.

Él obedeció. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no de tristeza. Eran lágrimas de pura y absoluta rendición. La fantasía era real y era mucho más grande de lo que había imaginado. El poder, la vergüenza, el placer, todo era uno.

Daniela empezó a gemir más alto. —Me voy... me voy a venir...—. Su cuerpo se arqueó en tensión, sus piernas temblaron y apretó su coño contra mi polla con una fuerza increíble mientras el orgasmo la recorría entera. La sentí palpitar, contrayéndose alrededor de mí una y otra vez.

Eso fue mi detonante. Con un último embite profundo, me corrí dentro de ella, llenándola con mi semen caliente. Me quedé dentro un momento, disfrutando del latido de su cuerpo, mientras la brisa marina nos refrescaba la piel sudorosa.

Me aparté lentamente. Daniela se quedó tumbada en la arena, con las piernas abiertas, respirando con dificultad. Un hilo de mi semen se deslizaba lentamente por su muslo. Carlos seguía arrodillado, mirándola, con su polla todavía dura y goteando. La apuesta estaba cumplida. El secreto, ya no tanto. El silencio que siguió fue denso, cargado de olor a sexo y a sal. Daniela, recuperando el aliento, se giró lentamente para mirar a su marido. No había vergüenza en su mirada, solo una autoridad nueva, una posesión que él nunca le había cedido. Le extendió una mano.

—Ven, Carlos—. Su voz era un murmullo sedoso, pero era una orden. —No te quedes ahí como un espectador. Acércate—.

Él vaciló por un segundo, como un perro al que no sabe si le permiten subir al sofá. Luego, como si un cable se hubiera roto en su cabeza, se arrastró hacia ella. Se arrodilló junto a su cabeza, con la polla todavía tiesa, pulsando con cada latido de su corazón.

Daniela le acarició la mejilla. —Siempre has tenido razon, aunque no te lka diera. No ha sido tan terrible, ¿verdad?—. Sonrió, una sonrisa de pura complicidad. —Ahora es tu turno. Quiero que me folles. Quiero sentirte dentro de mí—.

Le guiñó un ojo, una mezcla de amor y desafío. —Anímate. No seas tímido. Fóllame—.

Se giró, apoyándose en codos y rodillas, ofreciéndole su culo, todavía húmedo y brillante por mi corrida. Carlos se colocó detrás de ella, con la respiración entrecortada. Miró su coño, abierto y usado, y mi leche brillando en sus labios. Tragó saliva con fuerza.

Daniela giró la cabeza para mirarlo por encima del hombro. —¿Qué pasa, amor? ¿Es esto lo que siempre has soñado? ¿Follar a tu mujer después de que otro se haya corrido dentro?—.

Él no respondió, pero su polla se movió, como si asintiera.

—Mete esa polla—, siseó ella. —Métela y dime qué sientes. Dime si notas la corrida de otro dentro de tu mujer—.

Carlos se acercó, tocó la punta de su polla en la entrada de su coño. Era un contacto delicado, reverencial. Luego, con un gemido ahogado, se hundió en ella. Entró sin resistencia, deslizándose en la mezcla de sus fluidos y los míos.

—Joder...—, escapó de sus labios.

—¿Sientes eso, Carlos?—, preguntó Daniela, empujando su culo hacia él para que entrara más profundo. —¿Sientes lo caliente y resbaladiza que estoy? Es su leche, cariño. Está toda para ti. ¿Qué se siente al notar la corrida de otro en tu polla mientras me follar?—.

Él empezó a moverse, con un ritmo torpe y desesperado. —Está... está increíblemente húmeda...—, balbuceó. —Caliente... muy caliente...—.

—¿Te gusta? ¿Te gusta follar un coño lleno de la leche de otro hombre?—, insistió ella, cada vez más excitada por sus palabras. —Dímelo. Dime que te gusta ser mi cornudito consentido—.

—Sí... joder, sí... me gusta—, confesó él, con la voz rota por el placer y la humillación. —Me gusta... me encanta...—.

—Pues fóllame más fuerte—, le ordenó. —Demuéstrame lo mucho que te gusta. Lléneme tú ahora. Corre dentro de mí, mézclate con él—.

Carlos aceleró el ritmo, embistiendo con una furia que había mantenido reprimida durante años. Cada golpe era una liberación. Daniela lo animaba con gemidos y palabras sucias, mientras yo, sentado en la arena, observaba la escena con una sonrisa. Habían roto el último tabú, y en ese momento de absoluta depravación, su unión era más fuerte que nunca. Él la follaba con una energía salvaje, y ella lo recibía todo, gritando su nombre hasta que él, con un rugido, se vació dentro de ella, añadiendo su propia semilla a la mía.

Se derrumbó sobre su espalda, ambos jadeando, agotados. La apuesta se había cumplido, pero lo que habían descubierto era mucho más profundo y complejo que una simple apuesta. Era la verdad cruda de su deseo compartido. Carlos se quedó sobre ella, un peso muerto y sudoroso, recuperando el aliento. Daniela, lejos de quedarse quieta, movió su culo con un movimiento lento y provocador, exprimiendo las últimas gotas de su marido. —¿Ya estás, mi vida? ¿Se te ha acabado la pila tan pronto?—, bromeó con una voz cargada de ironía y satisfacción. Se giró debajo de él, dejando que su polla flácida saliera de su coño con un sonido obsceno. Se sentó, abriendo las piernas, y se miró el coño, hinchado y rojo, brillando con la mezcla de semen de los dos. —Qué panorama, cariño. Parece una guerra barroca y tú has sido el último cañón en disparar—.

Se giró hacia mí, que seguía observando la escena con una sonrisa cómplice. —Y tú, gigante, ¿te has quedado con las ganas? ¿O te basta con abrir el camino?—. Sin esperar respuesta, se acercó a cuatro patas hasta mí. Su cuerpo era una obra de arte recién estrenada. Me tomó la polla, todavía semi dura, con una mano experta. —Vamos, despierta a esta bestia. Aún le queda trabajo por hacer hoy—.

Mientras me masturbaba lentamente, le hablaba a su marido, que nos miraba con una mezcla de agotamiento y fascinación. —¿Lo ves, Carlos? Esto es una polla de verdad. Una que sabe a dónde va y qué hace cuando llega. La tuya es monótona, predecible. Esta... esta es una aventura—. Me miró a los ojos. —¿Verdad, Alex? Dile a mi marido lo que te gusta hacer con un coño como el mío—.

—Me gusta abrirlo bien—, respondí, mientras mi polla se endurecía en su mano. —Me gusta sentirlo resistir al principio y luego rendirse, expandirse hasta que se trague entero. Me gusta escuchar cómo gime cuando le doy hasta el fondo y le toco el fondo del alma—.

—¿Oyes, Carlos?—, dijo ella, riendo. —Él toca el fondo del alma. Tú apenas llegas a la puerta del recibidor—. Se inclinó y me metió mi polla en la boca, chupándola con avidez, limpiando los restos de su propio coño. La escena era tan demencial como excitante. Carlos, sentado en la arena, se estaba tocando otra vez, su polla renaciendo de sus cenizas.

Daniela soltó mi polla con un pop sonoro. —Ahora te toca a ti, mi cornudo favorito—, le dijo a él. —Ven aquí y ponte de rodillas. Quiero que mires de cerca cómo me como a tu nuevo amigo—.

Carlos obedeció como un autómata. Se arrodilló junto a nosotros, su cara a centímetros de donde mi polla estaba a punto de desaparecer. Daniela se montó sobre mí, de espaldas a él, para que tuviera la mejor vista. Se sentó lentamente sobre mi polla, dejando que entrara centímetro a centímetro mientras gemía. —Joder, Alex... así... así me gusta... lléname hasta que me duela—.

Una vez que me tuvo todo dentro, empezó a moverse, una danza lenta y sensual. —Mírame, Carlos—, le ordenó. —Mira cómo su polla me abre. Mira cómo mi coño la devora. ¿Ves cómo se estira? La tuya ni la noto cuando entra, cariño, lo siento, es la verdad—. Se inclinó hacia atrás, apoyándose en mis pechos, para darle una vista aún mejor. —Tócame—, le susurró. —Tócame el clítoris mientras él me folla. Siente cómo se mueve todo por dentro. Quiero que sientas su polla a través de mi piel—.

Con la mano temblando, Carlos acercó sus dedos al coño de su mujer. Al tocarla, mientras mi polla la llenaba, ella soltó un gemido gutural. —¡Sí! ¡Así! ¡Joder, sí!—. —¿Qué sientes, amor?—, le preguntó, bromeando. —¿Sientes su polla moviéndose bajo tus dedos?—. —Sí...—, balbució él. —Siento cómo late... cómo la estira...—.

—Ahora méteme un dedo—, ordenó Daniela, completamente perdida en la lujuria. —Mete un dedo en mi culo mientras él me folla el coño. Quiero sentirme llena por todas partes—.

Carlos hizo lo que le pedía, deslizando un dedo por el culo de su mujer mientras yo seguía embistiéndola desde abajo. Daniela gritó, un sonido puro y animal de placer absoluto. —¡Estoy gozando como una perra! ¡Soy vuestra perra! ¡Folladme! ¡Destrozarme!—.

El mundo se había reducido a esa pequeña cala, a los tres cuerpos sudorosos, a los olores, a los sonidos de la carne golpeando la carne y a las palabras sucias que volaban como proyectiles. Carlos, con un dedo en el culo de su mujer y la mano en su propia polla, me miró y me dijo con una voz que no reconocía: —Fóllala más fuerte. Hazla tuya. Dámela toda—.

Y así lo hice. La follé con una ferocidad que ella reclamaba, hasta que ambos llegamos al límite, un orgasmo compartido y violento que nos dejó exhaustos y unidos en la más absoluta y gloriosa depravación. La apuesta no solo se había cumplido; la habían reescrito con nuestro propio sudor y semen. Caímos los tres sin respiración, llenos de sudor, en la arena húmeda. El aire olía a sexo y a sal, un perfume primitivo y satisfactorio. Carlos era el primero en moverse, incorporándose con torpeza, con la mirada perdida, como si acabara de despertar de un sueño de la que no quería despertar. Daniela, en cambio, parecía renacer. Se estiró como una gata satisfecha, una sonrisa perezosa en sus labios.

—Bueno, muchachos, creo que por hoy la lección ha sido suficiente—, dijo, con una voz ronca de tanto gritar. Se levantó y fue hacia el mar, caminando con una confianza nueva. Entró en el agua hasta las rodillas, dejando que las olas limpiaran su cuerpo. Carlos y yo la observamos en silencio. Él, con una mezcla de admiración y sumisión. Yo, con el apetito ya despierto y pidiendo más.

Cuando volvió, su piel brillaba bajo el sol. Se arrodilló entre nosotros. —¿Qué tal, os habéis recuperado?—, preguntó, riendo. Su mirada se posó en mi polla, que ya empezaba a mostrar señales de vida de nuevo. —Vaya, vaya... parece que al gigante le queda munición—.

Se inclinó hacia mí y me dio un beso lento y profundo, un beso que sabía a ella, a mí y a su marido. —Tienes una polla increíble, Alex. De verdad—. Luego se giró hacia Carlos. —Y tú, mi amor, has sido el mejor cómplice que una mujer podría desear—. Le acarició la mejilla. —Pero no te creas que todo es permitido. Hay un último santuario, un último tesoro que nadie ha conquistado todavía—.

Mi mente, siempre un paso por delante, captó la insinuación. Mi polla lo hizo también, hinchándose visiblemente. Daniela lo notó y sonrió. —Ah, ¿así que eso te interesa, eh?—. Me dio un golpecito en la punta. —Paciencia, campeón. Ni a él se lo he permitido nunca—, dijo, señalando a Carlos. —Es la única cosa que es solo mía. Mi pequeño reducto de poder. Un agujero virgen y de momento inexpugnable incluso para mi marido—.

La frase colgó en el aire, cargada de promesa. Carlos la miró con una mezcla de frustración y excitación. Era un territorio que él mismo anhelaba pero que le había sido negado.

Daniela se acercó a mí y me susurró al oído, lo suficientemente bajo para que Carlos no oyera, pero sabiendo que él se moría por saber qué decía. —Pero a ti... a ti tal vez, algún día, te lo dé para conquistar. Un día en que te sientas merecedor de la llave de la puerta trasera. Pero no hoy. Hoy tienes que irte con la miel en los labios y con el recuerdo de mi coño bien follado. Te hará más fuerte la espera—.

Se apartó y se puso de pie, empezando a vestirse con una calma que era casi insultante. —Bueno, chicos, esto se ha acabado. Carlos, recoge todo. Alex, te llevamos a casa. Y no, no hay segunda ronda. Las buenas cosas, para desearlas—.

Mientras nos vestíamos, Carlos me miró. Había una nueva pregunta en sus ojos, una nueva frontera que ahora ansiaba cruzar, no solo para mí, sino para él también. La apuesta había terminado, pero el juego, el juego verdadero, acababa de empezar. Y yo sabía, con una certeza absoluta, que volvería a jugar. Y que la próxima vez, el premio sería aún mayor.

La rutina se convirtió en tensiones no dichas. La urba, ese microcosmos de apariencias, se había convertido en mi escenario personal, y cada encuentro era una escena más de esta obra de teatro perversa que yo mismo había escrito sin saberlo.

Pasaba lo mismo con Carmen y su hija, Lucía. Carmen era la divorciada salida y necesitada. Lucía, su hija, era la versión veinte años más joven, con la misma insolencia en la mirada y una boca que parecía hecha para pecar.

Ahora, cada vez que nos cruzábamos, era el mismo guion. Una sonrisa neutra, un «hola, Alex, ¿qué tal?», como si el único universo que compartiéramos fuera el del rellano. Pero sus ojos... sus ojos eran una traición a la formalidad. Un día, me encontré con ellas en el pasillo del supermercado. Carmen llevaba un vestido ceñido que marcaba unas caderas que pedían a gritos un agarre firme. Lucía, con unos leggins que no dejaban nada a la imaginación, me miró por encima del hombro mientras su madre me preguntaba por el fin de semana. En los ojos de ambas había la misma llama: una mezcla de curiosidad, desafío y un deseo puro y animal. Era la mirada de dos hembras que huelen la sangre de un macho alfa y quieren volver a ser cazadas, pero no se atreven a dar de nuevo el paso.

Y luego estaba Carlos. Pobre, maravilloso Carlos. Su mirada se había convertido en una súplica constante. Ya no era solo el deseo de ver a su mujer follada; era una necesidad patológica. Se tocaba el bolsillo, como si buscara algo que no estaba. Su cara era un poema de desesperación. Sus ojos me gritaban: «Por favor, Alex. Hazlo de nuevo. Humíllame. Necesito sentir mi polla pequeña e inútil mientras la tuya la posee. Hazme el cornudo más feliz del mundo».

Nosotros cuatro —Carmen, Lucía, Daniela y yo— éramos un cuarteto de deseos ocultos, conectados por las miradas y por el secreto que compartíamos con Carlos, el espectador involuntario y adicto. La urbanización era nuestro polvorín, y yo era la cerilla. Cada día era una espera, una tensión creciente. El silencio ya no era un prólogo. Era el momento previo a la explosión. Y yo sabía, con la certeza de quien sabe que el fuego arderá, que muy pronto no harían falta palabras. Solo miradas. Y acción. Era cuestión de dar tiempo al tiempo, sin tener prisas, porque al final todo vendría rodado.