La doctora Parte 1 (Relato)
Raquel siempre fue la mujer perfecta, pero su inocencia se quebró cuando un viejo la miró con codicia y la acusaron de provocación. Ahora, vestida para la venganza, va a enfrentar al hombre que la humilló, sin saber que la trampa ya estaba cerrada y que el verdugo no era quien creía.
LA DOCTORA Parte 1
Estaba a punto de casarme con Raquel, y comienzo por aquí porque esto era lo central en mi vida en ese momento. Tenía yo 32 años, me iba muy bien en mi profesión, estaba establecido como economista en una empresa, trabajando en consultoría. Y luego había conocido a Raquel, hacía cuatro años ya.
Llevábamos tres de convivencia, y en realidad no sería tan exacto decir que estaba a punto de casarme con ella. Pero sí que estábamos forjando planes muy concretos, de boda, de viaje de boda, de comprar un piso. La convivencia había sido perfecta con ella, tres años de una felicidad plena, como nunca pensé que podría vivir.
Y luego es que Raquel era muy guapa, muy hermosa, más de lo que yo hubiera imaginado para la mujer con la que iba a casarme. No es que yo no sea guapo, porque sí lo soy, y me cuido, y vamos, que sé que soy un tío razonablemente guapo. Pero siempre he tenido un pelín de inseguridad con respecto a las mujeres muy hermosas.
Y Raquel lo era, vaya si lo era. Tenía 28 años, médica, rubia, con el pelo rizado en una melena casi afro, pequeños rizos naturales que ella cuidaba con esmero. Una carita perfecta, aniñada, un óvalo bien definido, con pómulos bien marcados y ojos azules y por momentos celestes.
Una boca carnosa y pequeña, una nariz pequeña también y respingada, una barbilla perfecta, igual que sus orejas, toda su carita era pequeña y simétrica, y su cuerpo es que era un escándalo. Unos pechos naturales, enormes, redondos, carnosos y blancos, impresionantes, una cintura pequeña y un culo muy bien puesto, redondo y pulposo. Además que se cuidaba mucho, que iba al gimnasio y que era una tía que a sus 28 años estaba más que buena, era un pibón, un escándalo de mujer.
Y eso lo coronaba con un carácter dulce, suave, alegre, no era una de esas mujeres que te hacen más agria la vida, todo lo contrario, todo en ella era dulzura y alegría, creo que podía definirla en esas dos palabras. Tenía una sensación de festejar la vida todo el tiempo, que a veces no es tan común en las mujeres tan hermosas. Así que podía decirse que todo en mi vida era perfecto e iba sobre rieles, y luego el sexo con ella también era algo increíble, y en ese punto debo hacer un asterisco y decir que me había sorprendido, ella en la cama, quiero decir.
Pues a esa carita angelical y ese cuerpo de escándalo se le agregaba una actitud completamente desinhibida, como nunca me hubiera imaginado que podía tener cuando la conocí, pues parecía una chica muy modosita, de esas que no han roto un plato en su vida. Y luego ya desde las primeras veces que follamos me di cuenta de que era muy liberal, muy lanzada en la cama, si fuera yo un poco más machista podía decir que le iba a la marcha o que tenía alma de zorra, no sé.
De todos modos todo tiene una explicación en la vida y ya la daré un poco más adelante. Pero mi sorpresa mayúscula fue, creo que la segunda o tercera vez que follábamos, cuando me pidió que me corriera en su cara, sí, así como lo dije, me pidió que me corriera en su cara, como en la mejor de las películas porno.
Me tomó tan de sorpresa que hasta sentí una baja en mi erección, cosa que ella remedió instantáneamente, pues comenzó a chupármela y a lamerme los huevos y luego puso mi polla entre sus enormes tetazas. Y luego sí, estuve listo para masturbarme y correrme en su hermosa carita y pringársela completamente de lefa. Me quedé asombrado de que ella me pidiera eso y no tuve más remedio que preguntarle si era algo común, algo que ella solía hacer.
Me miró extrañada y un poco avergonzada.
--¿Qué? ¿Con otras tías que has estado no lo has hecho?-- dijo
-- La verdad es que no, jamás se me hubiera ocurrido pedírselo a nadie y nadie me lo había pedido a mí, esa es la verdad---
--- Uff, joder Daniel, es que me hace sentir un poco, ¿sabes?, como una zorra—Dijo
--- No, no es eso cariño, sabes que no pienso eso de ti, pero es que me has sorprendido un poco, joder---
--- Vale, te debo una entonces--- dijo ella.
--- ¿Que me debes una?—Dije.
--- Sí, que te debo una explicación. La verdad es que de adolescente, ¿sabes? me gustaba mucho mirar porno---
--- ¿Sí?--- Nuevamente me quedé sorprendido, pues en general a las mujeres con las que había estado no les gustaba demasiado el porno. Y un poco, tampoco les gustaba que yo mirara de vez en cuando algo de porno.
--- ¿Te gustaba el porno? ¿Es raro, no?---
--- ¿Por qué es raro?-- dijo ella--- ¿que las mujeres no tenemos derecho a mirar porno?---
---Sí, claro que sí, dije, pero sabes lo que se dice. Que el porno es una visión machista del sexo y que pone a la mujer en un lugar, ya sabes, de mucha humillación y sumisión---
---- Bueno, sí, puede ser, dijo ella, pero al fin y al cabo solo se trata de sexo, ¿no?---
---- Sí, así lo entiendo yo. Y joder, me alegra que tú también---
----Bueno, te digo que fue un poco fuerte mi adolescencia, ¿sabes? descubrir el porno. Y luego tuve un periodo en que miraba mucho, sí.
--- ¿Y qué mirabas?---
----De todo, dobles penetraciones, lesbianismo, ¿sabes? Todo me gustaba.
Pensé en las enormes pollas que se ven en el porno y en las cosas que sucedían allí.
--- ¿Y has hecho algo de lo que se ve en las películas?--- dije, mi cara debía hablar por mí mismo, pues ella sonrió con intención.
--- Bueno, creo que te he dado una muestra de ello, ¿no?--- dijo riendo y enseñándome su carita. Que ya la había lavado en el aseo y no tenía rastros de semen, de mi propio semen.
Eso quedó allí, pero la práctica de que yo me corriera en su cara se volvió bastante habitual. Y lo siguió siendo durante esos cuatro años que llevábamos como pareja. También el sexo anal, por supuesto, ella me lo pidió.
Tenía un lubricante y también tenía un consolador. Y lo usamos y fue la gloria ese día, la primera vez que hicimos el anal y que pude penetrar su culo. Yo estaba eufórico.
Bueno, cuestión es que no tenía nada de qué quejarme. Estaba con una mujer hermosa, dulce, que me quería, estábamos a punto de casarnos. Y el sexo con ella era algo increíble y prometía seguir siéndolo por mucho tiempo.
A veces me gustaba ir al hospital y cogerla de sorpresa. Y verla allí en su trabajo con los pacientes o haciendo cualquier cosa. Y la esperaba y luego nos íbamos junto a casa.
Una noche de esas fui a recogerla al hospital. Pregunté en qué parte del hospital estaba, me lo indicaron. Y fui a verla.
Y de pronto salí del ascensor, yo estaba a unos 7 u 8 metros de donde estaba Raquel. Y me la encontré conversando con alguien, con un viejo, calvo, con unos bigotazos como de morsa. Que era bastante más bajo de estatura con ella, quien medía 1,70 y estaba con sandalias de tacón muy fino.
Raquel le estaba explicando alguna cosa y gesticulaba bastante con las manos. Y noté que su guardapolvo blanco estaba abierto. Y mostraba una camiseta blanca con tirantes que yo le había visto por la mañana.
Cuando hacía calorcillo, ella solía ir vestida así al hospital. Unos vaqueros muy ajustados, ceñidos al cuerpo y que le marcaban sus increíbles piernas y su culazo enorme, unas sandalias en los pies que dejaban sus delicados deditos a la vista.
Y por encima ese guardapolvo blanco. Pero ahora el guardapolvo blanco estaba completamente desabrochado. Y enseñaba sus soberbias tetazas apenas cubiertas por la camiseta blanca.
Y yo sabía que no llevaba sujetador en ese momento. Y sus pechos, como dije, eran enormes, carnosos. Y saltaba a la vista que el pobre hombre estaba obnubilado mirándola.
Y no podía dejar de mirarle las tetas. A veces levantaba la vista y prestaba atención a lo que ella le decía. Pero suponía un esfuerzo terrible para el pobre viejo.
Este tenía unos mechones blancos canosos al costado de la calva. Y esos bigotazos enormes de morsa. Y parpadeaba un poco y tenía una nariz como de pimiento, un poco curvada.
Y cada tanto la miraba a ella con los ojos turbios. Y estaba visiblemente incómodo de estar mirándole las tetas. Pero a la vez totalmente flipado con ella.
Me daba cuenta, podía percibir la tensión en el ambiente. Y me pregunté por qué coño Raquel se había desabrochado el guardapolvo blanco. Y le enseñaba las tetas a ese hombre.
Me pareció, de alguna manera, que ella se excedía con eso. Si bien, más allá de lo que me había contado del porno, y de cómo follábamos y de las prácticas sexuales bastante desinhibidas que teníamos, era una chica muy inocente. Tan inocente como para hacer eso. Quizás como para desabrocharse el guardapolvo blanco y enseñarle las tetas a este pobre hombre sin tener conciencia de ello.
Me quedé contemplándola, a ella de pie. Que era imponente, una escultura humana al lado de este pobre viejo. Y luego me oculté y esperé a que el hombre se fuera.
Y entonces, recién ahí, me acerqué a ella. Le dije:
--- Hola cariño, he venido a buscarte.
--- Qué guay, Daniel. Mira, me cambio y vamos.
El cambiarse simplemente era quitarse el guardapolvo blanco y ponerse un jersey. Cuando ya estábamos en el coche, de camino a casa, le dije:
--- Oye, te he visto con ese viejo que le estabas contando algo.
--- Sí, es el marido de una paciente.
---- Pues sí que estaba flipado contigo, se ha quedado bizco mirándote.
---¿Por qué dices eso?—dijo ella ya un poco ofuscada
--- Porque tenías el guardapolvo desabrochado. Y en fin, tus pechos.
--- Joder, ¿qué tienen mis pechos? Tampoco es que le estaba enseñando tanto. ¿O no?
-- Bueno, no llevas sujetador y ya sabes las tetazas que tienes tú.
--- Joder, no me gusta, Daniel, que hables así. Que digas esa palabra, tetazas, la odio.
--- Perdona—dije, tratando de quitarle hierro a la situación, es que a veces mi novia tenía esa dicotomía y al saberla tan liberal en la cama y que le gustaba el porno, se me escapaban algunas frases guarras que a ella, como había dicho en ese momento, no le gustaban para nada. Llegamos a casa, comimos una ensaladilla de bonito y una tortilla y unos filetes y bebimos una botella de vino blanco.
Y luego follamos, como solíamos hacerlo. Le di por el culo, como a ella le gustaba. Y una vez más me corrí completamente en su cara.
---Joder, qué bueno--- dijo ella, recostada en la cama, sus enormes tetazas ejerciendo su peso sobre el torso esbelto. La contemplé desnuda mientras se limpiaba mi lefa del rostro. Era espectacular, era increíble.
No daba crédito a la suerte que tenía de estar con semejante mujer. El día siguiente pasó sin pena ni gloria, salvo que ese día tuve que trabajar hasta tarde y no pude ir recoger a Raquel al hospital. Y cuando llegué a la casa me la encontré que estaba un poco de mal humor, enfurruñada.
--- Hola cariño, ¿qué pasa? ¿Todo bien?
--- No, no está todo bien-- dijo ella.
--- ¿Sí? ¿Problemas?
--- Problemas en el hospital. No sabes lo que ha pasado hoy--- me dijo.
--- Cuéntame, anda--- me senté a su lado. Ella seguía con los pantalones vaqueros ajustados aunque estaba descalza ahora y llevaba una de esas camisetas con tirantes que solía usar.
-- ¿Sabes lo que me contaste del viejo ayer? Algo debe haber pasado, creo que estuve mal o me equivoqué o no sé qué-- dijo ella.
-- ¿Sí? ¿Por qué? Cuéntame—
El corazón me latía apresuradamente y en ese momento supe que me iba a contar algo que iba a ser importante. A veces sucede que sientes eso, de que algo va a pasar, de que te van a contar algo o te vas a enterar de algo que de alguna manera va a cambiar tu vida.
--- Mira, no sé si te he contado lo del director del hospital, que es un viejo horrible, un idiota.
---Sí, creo que me has dicho algo.
--- Bueno, es una suerte que no le vea demasiado, ¿sabes? He conversado muy pocas veces con él, por eso me sorprendí cuando me llamó a su oficina. ¿Sabes? Digo, ¿qué pasará ahora? ¿Qué se le ocurrirá a este? No es tan común que el director del hospital llame a una médica que hace poco que trabaja en el hospital para hablar con ella. Yo creía que ese hombre ni siquiera sabía mi nombre ni me registraba—dijo ella
--- Claro, pero es el director del hospital-- dije.
---- Sí, sí, es el director del hospital. Así que fui a verlo. Mira, es un hombre calvo y tiene unas cejas muy pobladas y es un viejo horrible, ¿sabes? Te mira de un modo que te da miedo-- dijo ella.
---- Vale, lo entiendo. Y entonces, es que voy a verlo a su oficina y ¿sabes lo que me dice?--- dijo ella abriendo bien grandes los ojos azules.
---No, no tengo idea--- dije.
--- Que uno de los pacientes se había quejado de mí.
---¿Se había quejado de ti?---
--- Sí, pero no uno de los pacientes, sino el marido de una de las pacientes. ¿Sabes lo que te digo? Ese viejo, el que tú has visto conmigo.
---¿Se había quejado de ti? ¿Por qué? ¿Por cómo tratabas a su mujer? ¿Algo así?
--- No, se había quejado de que había estado enseñándole las tetas. ¿Puedes creerlo?---
---- ¿Y el director del hospital te dijo eso? ¿Que se había quejado de que tú le enseñabas las tetas?—
--- No, no tanto así, sino que comenzó a decirme que debía vestirme apropiadamente.
Y luego me dijo:
---Por ejemplo, ¿qué lleva usted debajo de ese guardapolvo?---
--- Una camiseta, le dije, blanca—
--- ¿Con sujetador o sin sujetador? me dijo él.
--- Imagina cómo estaba yo. Era una situación que no te la esperas, ¿no? --- dijo ella, todavía parecía asombrada
---No para nada, pero ¿no es una suerte de acoso preguntarte eso?—
--- Sí, puede ser, pero como estaba la queja de ese paciente o del marido de una paciente. Y entonces le dije, sin sujetador, ¿y a qué viene eso? ¿Sabes? Tampoco iba a dejar que me pasara por encima, así como así---
-Y él me dijo: --- Es importante porque un paciente se ha quejado de que usted le está enseñando las tetas.
Así, joder, me lo soltó así.
--- Las tetas, justamente esa palabra que a ti te desagrada tanto--- dije yo a Raquel
--- Claro, aunque en ese momento no era tanto lo que me desagradaba la palabra, sino la situación que estaba viviendo—dijo ella. “A ver, desabróchese el guardapolvo” me dijo el director. Yo sabía que era algo totalmente fuera de lugar, ¿sabes? Pero estaba en una situación que, bueno, qué lo hice, me desabroché el guardapolvo y le enseñé la camiseta.
---¿Esta misma que llevas ahora?--- pregunté.
---Sí, esta misma--- dijo ella
Y miré la camiseta, y sí, ella sin sujetador y con esas tetas enormes. Era como que se veía el canalito y la parte de arriba de los pechos, las tetazas blancas, redondas, de una carnosidad y una jugosidad increíbles.
Ella continuó su relato
--- Bien, usted puede llevar lo que quiera debajo del guardapolvo, pero es conveniente que se lo deje siempre abrochado--- dijo este viejo cabrón. Y en tanto, me miraba las tetas, ¿sabes? Era una cosa horrible.
--- Bien, ya puede abrochárselo nuevamente--- dijo.
--- Cuestión que me abroché los botones otra vez y me marché de allí, totalmente humillada. Había sido lo más humillante que había vivido hasta ese momento--- dijo Raquel
--- Vale, cariño, ya ha pasado--- dije, y nos abrazamos sobre el sofá, y sentí sus pechos sobre mi propio cuerpo, y pensé que el cabrón, el director, había aprovechado la ocasión para mirarle las tetas también.
--- Pero eso no es todo--- dijo ella.
---¿No?---
---No, luego tuve que ir a ver a la paciente, la señora de este hombre, la esposa que está internada, y luego llegó él. Y no pude evitar mirarle con un cierto rencor, ¿sabes? Porque había sido algo muy feo, una putada lo que me había hecho, de quejarse ante el director por semejante chorrada. Porque vale, puede ser que le haya enseñado las tetas, pero ¿tú te quejarías de eso?--- Dijo ella.
--- Yo no me quejaría, y creo que nadie lo haría en su zona de juicio, pero este viejo debe ser un cabrón también--- dije, apoyando a mi novia
-- Sí, es lo que pensé, y luego le di el parte de cómo estaba su esposa, que está internada, por un virus raro, y pensé que hay que ser un idiota y un rematado hijo de puta para tener a tu esposa así internada, y quejarte ante el director del hospital por semejante chorrada. Y entonces, mientras le estaba dando el parte en el pasillo, así como nos has visto tú, ayer, no pude evitar decirle:-- ¿Usted se ha quejado ante el director por una actitud mía?
--- Bueno, niña, sí, me he quejado, sabes que uno tiene ya una edad y no está para ver ciertas cosas--- dijo el gilipollas
---Vale, entiendo--- dije, no supe qué decir, pues me desarmó un poco.
---Pero si tú quieres, podemos beber una copa en algún lado y lo conversamos mejor--- dijo él. Imagina que me quedé completamente sorprendida de que me dijera eso, y sentí una rabia increíble contra ese viejo, baboso y cabrón.
---Y entonces, ¿sabes qué hice? Acepté—dijo Raquel
---¿Aceptaste? Dije, ¿qué cosa aceptaste?---
--- Beber una copa con él. Lo voy a hacer. Mañana.
---¿Mañana?---
No podía creer lo que me estaba contando Raquel, que el viejo le había invitado a beber una copa y ella había aceptado.
---Mañana es viernes--- dije.
--- Sí, mañana es viernes. Luego del trabajo, el viejo dijo que quería invitarme a un sitio a beber una copa y conversar un poco. ¿Y sabes qué voy a hacer? ---
----No tengo idea--- dije.
---Me voy a poner un vestido bien escotado, ese vestido negro que usé para la boda de Maite, ¿sabes? Y cuando el viejo me esté mirándome las tetas, le voy a decir, ahora no le molesta que le enseñe esto y lo voy a dejar allí como un idiota, ¿sabes? Le voy a humillar de ese modo---
Pensé que el plan de Raquel no era muy efectivo, que no me imaginaba que el viejo se sintiera humillado en lo más mínimo porque ella le dijera eso. Pero mi cabeza era un torbellino de ideas y me sorprendía la decisión que había tomado ella, de pretender humillar a ese viejo y de tomarse revancha.
De algún modo me parecía una actitud infantil de parte de ella, muy inmadura y me sorprendía completamente.
--- Pero mira que este viejo ya se ha quejado ante el director. A ver si hace lo mismo esta vez---
--- No, no lo hará, no lo hará porque quiere verme, quiere estar conmigo en ese lugar. Pero no sabe lo que le espera. Le voy a humillar, ¿sabes? E incluso voy a grabar lo que conversemos. Y luego le voy a amenazar con que se lo voy a enseñar a su esposa y a sus hijos. Porque hay que ser cabrón, ¿no? No te jodes. Tener a tu mujer internada así en un hospital y dedicarte a hacer semejantes gilipolleces.
Es una situación muy extraña cuando te encuentras con que una persona que crees conocer bien, hace algo que no te esperas de ella, eso era lo que me pasaba en ese momento con Raquel.
---Sí, sí, de eso no hay duda. El hombre es un idiota, es un cabrón, un imbécil---
---- Pero ya verá lo que le espera--- dijo ella.
--- Joder, ¿y vas a ir sola con él a ese bar, supongo? ¿Te invitará a un bar?
---- Sí, creo que sí, pero me gustaría que tú estés allí por cualquier cosa que pase, ¿sabes?
---- ¿Quieres que yo esté allí mirando cómo te encuentras con este viejo?---
La situación se tornaba cada vez más surrealista a medida que Raquel seguía desarrollando su plan.
---Sí, me gustaría que tú estés por cualquier cosa, Daniel. Además que este hombre no te conoce, así que puedes estar allí bastante tranquilo y cerca de mí. Por si acaso, ¿sabes?
Me sorprendió, todo me sorprendía, lo que ella me estaba contando, la actitud.
Era como que había entrado en nuestras vidas una brisa muy fuerte de irrealidad. Todo era irreal, que ella fuera a encontrarse con ese viejo, que hubiese aceptado y que llevara ese vestido negro, el de la boda de Maite. Que era brutal cómo le quedaba, cómo le marcaba todo su figura y sus pechos.
Y también el hecho de que quería que yo estuviera allí contemplando todo, por si acaso. Pero de una manera en que me dejaba en un papel bastante patético, pensé, viendo cómo mi novia intentaba darle una lección a ese viejo, quien además era el marido de una paciente, quien además ya se había quejado con el director del hospital. Era una actitud totalmente infantil, inmadura de parte de ella, y estuve tentado de decírselo.
Pero al fin y al cabo no lo hice. Y luego llegó ese día, el viernes, por la tarde. Ella había regresado del hospital.
Y luego se puso ese vestido negro, el de la boda. Era un mini vestido que se ajustaba a su cuerpo como un guante y dejaba sus piernas al desnudo. Y llevaba zapatos de tacón y se veían sus muslos musculados y carnosos.
Y luego un escote pronunciado y la espalda también al desnudo. Y sus tetas que pugnaban por salir de ese vestido, de ese pequeño y diminuto mini vestido. Y su pelo rizado y rubio y su carita perfecta.
—¿Cómo me ves? —dijo.
—Es que estás brutal, increíble.
—Bueno, venga, vamos, hagamos esto--- dijo ella
Salimos, subimos al coche.
—Oye, Daniel, te agradezco esto, que estés conmigo en esto, es importante para mí, ¿sabes? —dijo ella.
—Sí, de todos modos, no sé si está bien lo que estamos haciendo.
—No te preocupes, tú déjame a mí, vamos a darle una lección a ese viejo.
Yo iba conduciendo y no podía dejar de mirar a Raquel, y ver lo buena que estaba, y admirar todo su cuerpo perfecto, y su belleza, y su pelo rubio tan rizado, tan afro con esa melena que era algo increíble, y sus piernas musculadas, y sus pechos casi saliendo por fuera del pequeño vestido negro, con unos tirantes, y pensé que todo era un gran error, y a la vez seguía en ese estado de shock de estar viviendo una irrealidad.
Cuando una persona a la que creías conocer de pronto te sorprende de una manera inusitada o hace algo totalmente fuera de lo que tú esperas de ella, sientes que el suelo se mueve bajo tus pies y este era el caso mío con Raquel, ella era una persona muy dulce, muy inteligente, y muy razonable, y todo esto me parecía algo totalmente inesperado, a la vez de ser inmaduro e infantil.
Y estar con ella en el coche yendo a ese sitio, a ese bar, a encontrarse con ese viejo, era como que había entrado en otra dimensión de la realidad, donde sucedían cosas totalmente inesperadas, y a la vez pensaba que era la mujer con la que me iba a casar, y de la cual estaba completamente enamorado, y trataba de pensar que tenía que ser plástico en mis pensamientos, plasticidad.
Plasticidad es una palabra que una amiga mía me había dicho varias veces, que ante situaciones inesperadas uno debía tener la plasticidad suficiente para amoldarse a la situación, pero esto es que era demasiado, pensé, era absurdo.
Eso también era algo que me ponía de muy mala hostia, lo absurdo que era todo, y a la vez giraba un poco la cabeza para mirar a Raquel con toda su belleza, en todo su esplendor, que me sonreía con esa carita aniñada y de tan bellas facciones, su boquita, su maquillaje perfecto, sus cejas rubias y perfectamente delineadas, y todo su cuerpo exuberante y potente en acción.
De alguna manera era eso, lo estaba viendo en acción, estaba viendo en acción a mi esposa, mi futura esposa, desplegando toda su belleza y su locura, porque me pareció que era una locura lo que estaba a punto de pasar.
Llegamos al sitio, era un bar bastante cutre y a la vez raro, un bar de viejos, una especie de pub, donde había bastante caoba y madera, un pub donde se escuchaba una musiquilla que podía ser jazz o algo así, un piano, aunque nadie estaba tocando el piano.
Ella entró primero y yo miraba todo desde fuera y vi un movimiento de cabezas de seres humanos dándose vuelta cuando ella entró a ese lugar, claro la estarían mirando con una avidez espantosa, de buitres al acecho al entrar una presa indefensa y disponible.
Espere 3-4 minutos no más y luego entre yo como si no conociera de nada a Raquel y la divisé allí sentada en la barra, en un taburete y estaba conversando con ese viejo, ese mismo puto viejo que había visto en el hospital aquella vez.
El viejo llevaba un blazer de color azul y otra vez vi sus cejas pobladas y canas y su nariz un poco curvada como si fuera un águila y sus bigotazos blancos y él estaba de pie y ella sentada cruzada de piernas en uno de los taburetes al lado de la barra y ya tenían sus bebidas, ya habían pedido algo y me acerqué bastante como para escuchar lo que hablaban y él le estaba explicando algo en un tono meloso y suave.
--- Sabes, es que no he querido joderte pero esto de mi esposa es que me tiene muy mal, imagina que son 35 años que llevo con ella---
--- Si, si lo entiendo--- decía ella que parecía haber perdido toda beligerancia sus planes de venganza del viejo me parece que se habían visto cortados por la actitud misma de ese hombre.
--- Es que perdona, perdone usted doctora--- le dijo ---yo no he querido hacerle mal para nada pero es que me sentía tan mal en ese momento, estaba tan preocupado y justo que aparece el director del hospital y me dice: “¿todo bien, le han tratado bien?
“Si, si dije pero ha sucedido algo con la doctora es que es tan guapa y que se viste de un modo” pero que no me he quejado realmente, ¿Cómo podría quejarme?--dijo el viejo, precisamente mirándole las tetazas a Raquel, enfundada en ese mini vestido negro
--- Claro entiendo dijo ella, es que discúlpeme usted ni me había dado cuenta que tenía un poco de calor y me había desabrochado el guardapolvo---
--- Claro que sí, niña, lo entiendo además que es usted una mujer joven y que puede vestirse como quiera, incluso como ahora que está muy guapa--- dijo él
--- Mire Antonio discúlpeme usted, entiendo que ha quedado aquí para conversar conmigo para explicarse y creo que soy yo la que debe disculparse ---dijo ella.
Yo escuchaba todo y no daba crédito a lo que llegaba a mis oídos y además que el viejo seguía mirándole los pechos de un modo descarado aunque esta vez mientras bebía, se le notaba bastante más tranquilo, aplomado, como más dueño de la situación.
---Es que es muy fuerte saber que la esposa de uno corre peligro y que está a punto de morirse---
--- No, no es así, su mujer no corre ningún peligro es solamente un virus extraño pero estamos analizándolo, ya sabremos lo que es y cuando lo sepamos vamos a darle los antibióticos necesarios y se va a poner bien no se preocupe por eso--- dijo ella y extendió una de sus manitas y tocó uno de los brazos del viejo.
---Joder pero qué guapa eres niña la verdad es que es un regalo de dios poder mirarte--- dijo el hombre, pasando a tutearla descaradamente
--- Vale gracias dijo ella, entiendo entonces por qué me ha citado, aquí porque quería explicarse ¿verdad?---
--- Claro, quería explicarme y además poder seguir conversando contigo porque espero que podamos ser amigos finalmente--- dijo el hombre.
---- Si claro podemos ser amigos pero no olvide que yo soy la doctora de su esposa y que ella es mi paciente---
--- Es que eso lo entiendo perfectamente--- dijo él y entonces la puerta de ese pub se abrió y entró una persona, inmediatamente Raquel giró la cabeza y se le quedó mirando.
---¿Pero qué hace este aquí?--- musito, casi con espanto.
Miré bien al recién llegado, era un hombre bajo y bastante obeso con una panza pronunciada y una cara cuadrada y calvo pero con bastante pelo a los costados de la cabeza y se acercaba con un paso desmañado como si fuera un campesino que acaba de llegar de tierra adentro.
Y se aproximaba con ese paso de paleto desacostumbrado a estar en la ciudad y llegó hasta donde estaba Raquel y el viejo.
Ella se le quedó mirando, completamente sorprendida.
--- ¿Pero qué hace usted aquí?---- dijo mi novia, la voz le temblaba.
--- Lo mismo me pregunto yo doctora ¿qué hace usted aquí con el marido de una paciente, se ve que está de ligue o qué?--- dijo el hombre con una voz cavernosa y arrastrada
---¿Pero cómo se le ocurre? no estoy de ligue simplemente estoy conversando.
---Vamos cariño ya veo cómo vas vestida, ¿si esto no es estar de ligue?--- dijo el hombre
--- ¿Pero qué coño se ha creído?--- dijo ella, tartamudeaba e intentó ponerse de pie.
--- Tranquila, tranquila me imagino que estáis tratando de componer las cosas ¿verdad?-- dijo el hombre, el paleto y miro al otro viejo, quien sonreía.
--- No entiendo qué es lo que hace usted aquí---dijo ella.
---- Antonio ¿usted le ha invitado?--- dijo Raquel al viejo de los bigotes de morsa, al marido de la paciente.
--- Bueno sí, he debido invitarle ya que es el director del hospital, creo que debía saber lo que estaba pasando ¿o no?--- dijo el tal Antonio.
Y entonces me quedé de piedra. Este hombre, el paleto, el recién llegado, el campesino, mal vestido de ciudadano, era el director del hospital
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