El viejo mirón y la joven pareja 7
Sabe que Don Víctor la espera detrás de las persianas. Sabe que su marido ha dejado de ser su escudo para convertirse en cómplice. Esta noche, ella decide no darle lo que pide, sino lo que necesita para perder el control.
Parte 7: El despertar de la obsesión y el desafío de MC
La luz de la mañana se filtraba con una intensidad cegadora a través de los ventanales del chalé número 7. Luis y MC seguían durmiendo con las cortinas abiertas, una costumbre que se había vuelto casi obligatoria en su nueva y retorcida rutina. MC fue la primera en abrir los ojos. Se sentía pesada, con un calor persistente entre los muslos que no la había abandonado en toda la noche.
Se giró lentamente y vio a Luis, que dormía con una expresión tranquila, ajeno por un momento al torbellino de emociones que devoraba a su esposa. MC se quedó mirando hacia la casa del vecino. Las persianas de Don Víctor estaban bajadas, pero ella podía imaginar perfectamente al viejo allí detrás, sentado en su sillón oscuro, con el telescopio apuntando directamente a su cama.
Luis se removió y abrió los ojos, encontrándose con la mirada perdida de MC.
—Buenos días, preciosa... —susurró él, alargando una mano para acariciarle la mejilla—. ¿Has descansado?
MC soltó un suspiro largo, casi un lamento, y se hundió más en la almohada.
—No he dejado de dar vueltas, Luis. Tengo los nervios a flor de piel. Siento como si tuviera electricidad debajo de la piel... y sé perfectamente por qué es.
Luis se incorporó un poco, apoyándose en el codo. Sabía que se refería a la comida del día anterior, al momento en que el mundo de ambos cambió al ver lo que Don Víctor escondía bajo sus pantalones.
—No te puedes quitar la imagen de la cabeza, ¿verdad? —preguntó Luis con una voz que mezclaba la preocupación con ese morbo que ya era parte de su lenguaje.
MC se sentó en la cama, dejando que la sábana cayera y mostrara sus pechos desnudos. Sus pezones, rozados por el aire fresco de la mañana, se pusieron duros al instante.
—Es que no es solo una imagen, Luis —dijo ella, con la voz temblorosa—. Es una obsesión. Me da pavor, te lo juro. Me da miedo lo grande que la tiene... es monstruosa. Solo de pensar en el grosor de ese glande, en esas venas tan marcadas... siento que me va a partir en dos. No entiendo cómo un cuerpo tan viejo y decrépito puede albergar algo tan... tan potente.
Luis escuchaba hipnotizado, sintiendo cómo su propia excitación despertaba ante la crudeza de las palabras de su mujer.
—Ayer, cuando se la sacó... —continuó MC, con los ojos brillantes—, sentí un terror puro. Pero a la vez, Luis, y esto es lo que me está matando... solo de imaginar que me la mete de un solo golpe, sin avisar, sin lubricar, de forma brutal... me apasiona. Me excita tanto que me dan ganas de gritar. Siento que quiero que me destroce, que me llene, sin mirar las consecuencias, sin pensar en el dolor o en la humillación.
Luis tragó saliva. Se acercó a ella y le rodeó la cintura, pegando su pecho a la espalda de MC.
—A mí también me excita, cariño —confesó él contra su oído—. Me vuelve loco ver cómo te transforma. Me pone muy cachondo la posibilidad de que ese viejo te abra de par en par con esa bestialidad que tiene entre las piernas. Ver tu cuerpo de muñeca sometido por algo tan desproporcionado... es superior a mí.
MC se giró para mirarlo a los ojos, con una expresión de seriedad que contrastaba con el deseo que emanaba de sus poros.
—Pero hay algo más, Luis. Me he dado cuenta de algo horrible. Me estoy convirtiendo en una voyeur. Yo, la chica buena... Ahora soy yo la que busca su silueta. Soy yo la que se asoma a la ventana esperando ver un movimiento en su casa. No puedo parar de mirar hacia allí, deseando que él me esté mirando a mí. Me he vuelto adicta a su mirada de viejo sucio.
Hizo una pausa y su expresión se volvió algo más dura, más desafiante. Se apartó un poco de Luis y se puso de pie, caminando desnuda frente al ventanal, exhibiéndose con una mezcla de orgullo y malicia.
—Pero escucha bien lo que te digo —dijo MC, señalando hacia la casa de Don Víctor—. Una cosa es la conversación que tengo contigo, nuestras fantasías en la cama y el morbo de que nos mire... y otra muy distinta es lo que ese viejo asqueroso pueda conseguir de mí en la realidad.
Luis la miró con curiosidad.
—¿A qué te refieres?
—Me está gustando provocarle, sí. Me encanta ver cómo se le pone la polla como una piedra cuando me ve el culo o cuando me levanto el vestido. Me gusta tener ese poder sobre él, ver cómo babea. Pero Don Víctor se cree que ya me tiene ganada, que porque ayer me toqué delante de él y dejé que me metiera los dedos, hoy va a venir y va a hacer conmigo lo que quiera.
MC se pasó una mano por su vientre plano y bajó hasta sus labios mayores, todavía sensibles.
—No le voy a dejar que consiga su propósito tan fácil como él piensa —sentenció ella con una sonrisa gélida—. Quiero que sufra. Quiero que desee mi cuerpo hasta que le duela. Voy a jugar con él, voy a llevarle al límite, pero no voy a dejar que me folle así como así. Quiero que se gane cada centímetro de mi piel, que se desespere. No va a entrar en mí hasta que yo lo decida, por mucho que su polla sea la más grande que he visto en mi vida.
Luis sonrió, fascinado por la nueva faceta de su esposa. La corrupción no solo la estaba volviendo más promiscua, sino también más manipuladora y consciente de su propio poder sexual.
—Me encanta ese plan —dijo Luis—. Vamos a invitarle a tomar café esta tarde, como dijimos. Pero hoy, MC... hoy vas a ser tú la que lleve el ritmo. Vamos a ver cuánto aguanta el viejo antes de perder los papeles.
MC asintió, mirando de nuevo hacia la casa del número 9. Sabía que Don Víctor estaba allí, acechando, preparando su tercer movimiento. Pero ella ya no era la presa asustada de los primeros días. Era una jugadora que, aunque aterrorizada por el tamaño de lo que se le venía encima, estaba dispuesta a disfrutar del peligro antes de sucumbir a él.
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El hospital estaba a pleno rendimiento. El olor a desinfectante, el pitido constante de los monitores y el ajetreo de las camillas solían ser el entorno donde MC se sentía segura, profesional y bajo control. Pero esa mañana, la "muñeca de porcelana" era solo una sombra de sí misma. Caminaba por el pasillo de urgencias con el uniforme blanco impecable, pero su mente estaba a kilómetros de allí, atrapada en el salón de su casa, reviviendo una y otra vez la imagen de la verga venosa y palpitante de Don Víctor.
Iba tan absorta, recordando el calor del roce de aquellos dedos viejos y la humillación excitante de haber sido expuesta por su propio marido, que no vio venir a la persona que doblaba la esquina con un fajo de historiales clínicos.
—¡Cuidado, MC! —exclamó una voz familiar.
El impacto fue inevitable. MC chocó contra el pecho de Ana, su mejor amiga y compañera de fatigas en el hospital. Los papeles volaron por el suelo y MC soltó un pequeño grito, saliendo bruscamente de su trance.
—¡Ay! Dios mío, Ana... lo siento muchísimo. Estaba... estaba en las nubes —balbuceó MC, agachándose rápidamente para recoger los informes.
Ana, una mujer de unos 30 años, de mirada aguda y lengua afilada que no se dejaba engañar fácilmente, se quedó de pie, observándola con los brazos cruzados y una ceja levantada. No ayudó a recoger los papeles; se limitó a analizar el lenguaje corporal de su amiga.
—En las nubes no, MC. Estabas en otro planeta —dijo Ana con tono inquisitivo—. Te he llamado tres veces desde el mostrador y ni te has inmutado. Y mírate... tienes las mejillas encendidas y estás sudando, y eso que el aire acondicionado está a tope.
MC se levantó, entregándole los papeles con las manos ligeramente temblorosas. Evitó la mirada directa de su amiga, pero el rubor de su cara la traicionaba.
—Es el cansancio, Ana. La mudanza, ya sabes... Luis y yo no hemos parado de colocar cajas y apenas dormimos —mintió, aunque técnicamente la parte de no dormir era cierta, solo que el motivo era mucho más oscuro.
Ana la tomó del brazo y la arrastró hacia una pequeña sala de descanso que en ese momento estaba vacía. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, bloqueando la salida.
—A otra con ese cuento, bonita. Llevas casada poco tiempo y se supone que deberías tener esa "luz de recién casada", pero lo que veo en tus ojos es algo distinto. Estás ausente, nerviosa... y tienes esa mirada que solo tienen las mujeres que están experimentando algo muy fuerte en la cama. ¿Qué pasa? ¿Luis se ha vuelto un salvaje de repente o es que hay algo que no me estás contando?
MC sintió que el corazón le daba un vuelco. Ana era su confidente, la única persona con la que hablaba de sus intimidades, pero lo que estaba viviendo con Don Víctor era tan retorcido, tan corrosivo, que sentía que si lo ponía en palabras, se volvería demasiado real para soportarlo.
—Es que... es todo muy raro, Ana —comenzó MC, sentándose en una de las sillas de plástico y jugueteando con el fonendoscopio que colgaba de su cuello—. Nos hemos mudado a un sitio increíble, pero el vecino... el vecino es un hombre muy mayor. Un viejo.
Ana soltó una carcajada. —¿Un viejo? ¿Y eso es lo que te tiene así de distraída? ¿Qué pasa, te molesta con la radio alta o se queja de vuestras fiestas?
—No... es que nos mira —soltó MC en un susurro, sintiendo un escalofrío de placer y vergüenza al decirlo—. Tiene un telescopio. Nos espía. Luis y yo lo sabemos... y lo peor es que, al principio nos daba asco, pero ahora... nos hemos dejado mirar. Ayer incluso entró en casa.
Ana dejó de reír. Su expresión se volvió de una curiosidad morbosa. Se sentó frente a MC, inclinándose hacia delante. —Espera, espera... ¿Me estás diciendo que tenéis a un viejo voyeur y que, en lugar de llamar a la policía, le habéis abierto la puerta? MC, eso es una locura. ¿Qué hizo Luis?
—Luis... Luis es el que más me incita, Ana. Me hizo exhibirme delante de él. Me quedé casi desnuda en la cocina mientras él nos miraba. Y el viejo... —MC hizo una pausa, sintiendo que la boca se le quedaba seca—. Ana, ese hombre no es lo que parece. Bajo esa apariencia de viejo decrépito, tiene... tiene algo que no es normal. Ayer se desabrochó el pantalón delante de nosotros.
Ana abrió los ojos como platos, conteniendo el aliento. —¿Te la enseñó? ¿Delante de tu marido?
—Sí. Y es... es monstruosa, Ana. Nunca he visto nada igual, ni en los libros de anatomía ni en ningún paciente. Es gruesa como una muñeca, venosa, enorme... Luis se quedó bloqueado y yo... yo no pude dejar de mirar. Me hizo tocarme mientras él me miraba con esos ojos amarillentos. Me siento una sucia, una enferma... pero solo de pensar que hoy va a volver a casa, no puedo evitar que se me empape el uniforme.
MC ocultó su rostro entre las manos, avergonzada por la confesión. Ana se quedó en silencio unos segundos, procesando la información. Como médica, sabía que el cerebro humano era complejo, pero como mujer, el morbo de la situación la golpeó de lleno.
—Dios mío, MC... Estás jugando con fuego —dijo Ana, aunque su voz no sonaba a reprimenda, sino a una extraña fascinación—. Ese hombre os está corrompiendo. Está usando esa "arma" que tiene para anular vuestra voluntad. ¿Y Luis? ¿De verdad permite que un viejo te toque?
—Luis disfruta con mi humillación. Me dice que soy su zorrita de exhibición. Pero tengo miedo, Ana. Tengo miedo porque sé que hoy el viejo no se va a conformar con mirar. Quiere metérmela. Y sé que me va a doler, que me va a destrozar... pero una parte de mí, la parte que ya no reconozco, está deseando sentir ese golpe dentro de mí.
Ana le puso una mano en el hombro, apretando con firmeza. —Ten cuidado, amiga. Esas fantasías son adictivas, pero ese hombre es un depredador. No dejes que tome el control total. Provócale, úsalo si quieres para tu placer, pero recuerda quién eres.
MC asintió, aunque en su interior sabía que la "muñeca de porcelana" ya se había roto. El turno de hospital se le iba a hacer eterno. Solo podía pensar en que, en unas pocas horas, volvería a estar frente a Don Víctor, y esta vez, el juego pasaría de las palabras a la carne de la forma más brutal imaginable.
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Mientras MC se debatía entre la ética médica y el deseo oscuro en los pasillos del hospital, Luis vivía su propio calvario de distracción en la oficina técnica de la empresa de ingeniería donde trabajaba. Frente a él, tres monitores de 27 pulgadas mostraban planos complejos de una estructura hidráulica, pero para Luis, las líneas de AutoCAD se desdibujaban hasta convertirse en las curvas del cuerpo de su mujer y las venas abultadas de la verga de Don Víctor.
Luis siempre había sido un hombre metódico, racional, el tipo de ingeniero que no deja nada al azar. Pero desde que se mudaron al chalé número 7, su cerebro había sido hackeado por una frecuencia de morbo que no podía apagar.
—¿Luis? ¿Me oyes? —La voz de su jefe de proyecto lo sacó de su trance.
Luis parpadeó, desorientado. Tenía la mano derecha sobre el ratón, pero la izquierda estaba cerrada en un puño bajo la mesa, apretando su propio muslo.
—Sí, dime... —respondió con la voz algo ronca.
—Te he preguntado por el cálculo de tensiones del eje C. Llevas veinte minutos mirando la misma cota sin mover el cursor. ¿Estás bien? Te veo pálido... o sudoroso, no sé.
—Sí, sí... perdón. Es la mudanza. No he pegado ojo —repitió la misma mentira que MC le decía a Ana a esa misma hora.
Su jefe se encogió de hombros y se alejó, pero Luis no volvió al trabajo. Se reclinó en su silla ergonómica y cerró los ojos. En la oscuridad de sus párpados, la escena de la comida de ayer se reproducía en bucle, con una nitidez obscena. Recordó la expresión de MC cuando Don Víctor se sacó aquella monstruosidad. Recordó que, por un segundo, sintió un impulso de protección, el instinto básico de un marido de defender a su mujer de una amenaza. Pero ese instinto fue aplastado casi al instante por una oleada de excitación tan violenta que le hizo doler los testículos.
Lo que más perturbaba a Luis no era el viejo, sino su propio papel en la historia. Se sentía como un proxeneta de su propia esposa, un facilitador de su corrupción. Y lo peor, lo que le hacía latir la sien, era que ver a MC humillada, verla chorreando de miedo y deseo ante un hombre que podría ser su abuelo, le producía un orgullo retorcido.
"Es mía", pensaba Luis mientras fingía teclear, "es mi muñeca perfecta, y yo soy quien decide quién puede romperla".
Sacó el móvil con disimulo y entró en la aplicación de seguridad de la casa. Tenía acceso a una de las cámaras del salón, pero la imagen estaba vacía. MC estaba en el hospital. Luis suspiró, frustrado. Se imaginó a Don Víctor al otro lado de la linde, quizás también mirando su casa vacía, esperando el regreso de "la pieza".
El pensamiento de la polla de Don Víctor volvió a su mente. 22 centímetros. Gruesa como una muñeca. Venosa. Luis miró hacia abajo, a su propio paquete. Él era un hombre joven, atractivo, en forma... pero se sentía pequeño, insignificante frente a la autoridad biológica que el viejo exhibía. Era como si Don Víctor fuera un macho alfa ancestral que venía a reclamar un territorio que Luis no era capaz de satisfacer del todo con su modernidad y su cortesía.
—Joder... —susurró para sí mismo.
Se levantó y fue al baño de la oficina. Necesitaba refrescarse la cara con agua fría. Mientras se miraba al espejo, se preguntó si el Luis de hace un mes se reconocería en el hombre que ahora estaba planeando cómo dejar a su mujer a solas con un depredador.
"Ella ha dicho que no se lo pondrá fácil", recordó Luis, rememorando la conversación de la mañana. "Ella quiere jugar".
Una sonrisa perversa apareció en su rostro mientras se secaba las manos. No podía esperar a que dieran las seis para salir de allí. La jornada laboral se había convertido en un trámite molesto, una interrupción en su verdadera vida: esa lenta y corrosiva caída al abismo que compartía con MC.
Luis regresó a su sitio, pero ya no intentó trabajar. Abrió una ventana privada en el navegador y empezó a buscar "juguetes" y accesorios. Si Don Víctor iba a entrar en su casa y en su mujer, Luis quería asegurarse de que el escenario fuera perfecto. Quería que la humillación de MC fuera total, y que el placer de ambos fuera tan intenso que no hubiera vuelta atrás.
El ingeniero racional había muerto. Solo quedaba el marido voyeur, impaciente por ver cómo la verga monstruosa del vecino empezaba a reclamar lo que él le entregaba en bandeja de plata.
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La tarde cayó sobre la urbanización con un tinte anaranjado y denso, como si el mismo aire estuviera cargado de la electricidad que vibraba entre el chalé número 7 y el 9. MC había llegado del hospital agotada mentalmente, pero con el cuerpo en un estado de alerta máxima. Tras hablar con Ana, una parte de ella había decidido recuperar algo de control. No quería ser una simple marioneta; quería sentir que ella manejaba los tiempos de esa corrupción.
—Luis, hoy no vamos a dejar que pase de la raya —le dijo a su marido mientras se cambiaba en el dormitorio—. Me muero por verlo, lo admito, y no puedo dejar de pensar en lo que tiene entre las piernas, pero si se lo damos todo hoy, perderemos el juego. Quiero que sufra un poco.
Luis, que la observaba apoyado en el marco de la puerta, asintió con una sonrisa cómplice, aunque sus ojos devoraban la figura de su mujer. MC eligió un vestido de seda negra, extremadamente corto y de tirantes finos, que se deslizaba sobre su piel como una caricia. Bajo el vestido, cumpliendo con su propia dosis de morbo, no se puso bragas. El roce de la seda directamente contra sus labios hinchados la hacía estremecerse a cada paso.
—Voy a decirle que no vuelva por un tiempo —continuó ella, mientras se retocaba el labial—. Pero antes... quiero algo de él. Le he contado a Ana lo que vimos ayer y no me cree. Quiero una foto. Quiero tener esa monstruosidad guardada en mi teléfono para verla cuando esté en el hospital.
Cuando Don Víctor llamó al timbre a las siete de la tarde, la tensión en el recibidor se podía cortar con un cuchillo. El viejo entró con su habitual aire de suficiencia, pero esta vez MC no se mostró sumisa. Le recibió con una mirada directa, casi desafiante, aunque su respiración se aceleró al notar que el viejo ya traía un bulto considerable marcando su pantalón.
—Don Víctor, pase —dijo ella con voz firme—. Pero tengo que decirle algo. Esta va a ser su última visita en unos días. Luis y yo necesitamos tranquilidad, nos estamos agobiando un poco con tanta... vecindad.
El viejo se detuvo en seco en mitad del salón, entornando sus ojos amarillentos. Soltó una risa ronca que pareció salir del fondo de su pecho.
—¿Tranquilidad, preciosa? ¿O es que tienes miedo de que lo que viste ayer te guste más de la cuenta? —Don Víctor miró a Luis, buscando un aliado—. Tu mujer es valiente, Luis, pero sus ojos dicen otra cosa.
Se sentaron en el sofá, con los grandes ventanales abiertos al jardín, dejando que la luz del atardecer los bañara. MC se sentó frente al viejo y, con un movimiento calculado, cruzó las piernas lentamente. El vestido, al ser de seda y tan corto, se deslizó hacia arriba, dejando al descubierto no solo sus muslos perfectos, sino un destello fugaz de su sexo depilado y rosado.
Don Víctor se quedó sin aliento. El bulto de su pantalón pareció cobrar vida propia, tensándose hasta el límite.
—He hablado con una amiga del hospital —dijo MC, sacando su móvil con fingida naturalidad—. Le he hablado de usted... y de su "particularidad". No me cree. Dice que a su edad es imposible. Así que, antes de que se vaya y nos deje tranquilos un tiempo... quiero una foto. Una foto de su polla.
Luis soltó una carcajada nerviosa, excitado por la audacia de su mujer. —Venga, Don Víctor. Sea generoso. MC quiere un trofeo para presumir con sus amigas médicas. Enséñenos otra vez esa bestia.
El viejo, picado en su orgullo y excitado por la exhibición impúdica de MC, no se hizo de rogar. Con dedos temblorosos por la urgencia, se desabrochó el pantalón. La verga saltó hacia fuera con una fuerza asombrosa, golpeando casi contra su propio abdomen. Estaba más dura que el día anterior, con las venas tan dilatadas que parecían a punto de estallar bajo la piel oscura y arrugada.
MC se inclinó hacia delante, con el móvil en la mano. El escote de su vestido se abrió, dejando que sus tetas casi rozaran las rodillas del viejo. Enfocó la cámara. El glande morado y brillante de precum llenaba la pantalla. Click. Luego otra de perfil, para captar la longitud imposible de más de 20 centímetros.
—Es... es increíble —susurró MC, guardando el móvil mientras sentía un flujo caliente empapar la seda del vestido bajo ella—. Pero ya está. Ahora, por favor, guárdesela. De momento, solo podrá mirarnos desde su telescopio. Nos gusta que nos mire, Don Víctor, pero hoy no habrá más contacto.
El viejo gruñó, visiblemente frustrado. El dolor de la erección no satisfecha se le marcaba en la cara. —No puedes hacerme esto, niña... Me tienes como un animal. Mira cómo palpita. Siente el calor que desprende.
Don Víctor, en un gesto de desesperación, se agarró la base y empezó a masturbarse con fuerza, pero MC se levantó y se alejó unos pasos, manteniéndose fuera de su alcance.
—He dicho que no, Don Víctor. Se tendrá que conformar con mirar a través de los cristales a partir de mañana —dijo ella, aunque su propia voz temblaba de deseo.
—Por lo menos... por lo menos hazlo tú —suplicó el viejo, con la voz rota—. Hazme una paja, MC. Solo una. Déjame sentir tu mano de seda en este tronco. Si no, no voy a poder ni caminar hasta mi casa. Ayúdame a calmar a esta fiera, por favor...
MC miró a Luis. Su marido estaba disfrutando de la agonía del viejo. Se acercó a ella y le rodeó la cintura, dándole un beso en la oreja.
—Cariño, no seas cruel... —le susurró Luis con tono burlón—. Mira cómo está el pobre hombre. Es muy mala con el pobre vecino, Don Víctor. Le enseñas el coño sin bragas y luego le pides que se guarde esa maza. Anda, MC... alivia un poco al señor, que nos va a dar un infarto aquí mismo.
MC dudó. El morbo de tocar aquella piel rugosa y caliente la estaba consumiendo. Lentamente, se acercó de nuevo al sofá. Se arrodilló entre las piernas de Don Víctor, sintiendo el olor a viejo y a sexo que emanaba de él. Cerró sus dedos pequeños alrededor de la circunferencia de la verga; ni siquiera podía rodearla por completo con una sola mano.
—Solo un poco... —murmuró ella.
Empezó a mover la mano arriba y abajo, sintiendo la fricción de las venas contra su palma. Era como sujetar una barra de metal forrada en cuero caliente. Don Víctor echó la cabeza hacia atrás, soltando gemidos guturales, mientras Luis observaba la escena desde el lateral, masturbándose él también ante la imagen de su mujer dándole placer a esa bestia.
—Eres... eres una zorrita muy mala, MC —jadeaba el viejo—. Me la vas a pagar... juro que cuando te la meta, vas a llorar por haberme tenido así...
Tras unos minutos de una paja rítmica y técnica, MC se detuvo de golpe, justo cuando el viejo estaba a punto de estallar.
—Ya es suficiente —dijo ella, levantándose y limpiándose la mano en el vestido con una sonrisa triunfal—. El resto lo termina usted en su casa, mirando por el telescopio si es que nos ve hacer algo. Buenas noches, Don Víctor.
Luis acompañó al viejo a la puerta, quien caminaba encorvado y dolorido, con la polla todavía fuera y goteando.
—Eres un demonio, MC —le dijo Luis cuando cerró la puerta, abrazándola por detrás y metiéndole la mano directamente bajo el vestido, encontrando su coño empapado—. Has dejado al viejo al borde de un ataque al corazón. Pero Dios... qué bien te ha sentado el papel de dominanta.
MC se giró y lo besó con furia. —Mañana que mire todo lo que quiera. Pero hoy... hoy quiero que me des tú lo que él no ha podido.
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La cena se servía sobre la misma isla de la cocina donde, apenas un rato antes, Don Víctor había estado sentado exhibiendo su monstruosidad. El ambiente estaba cargado; el aire todavía parecía oler a ese aroma almizclado de sexo, vejez y la humedad que MC había dejado en el ambiente tras masturbar al vecino. Luis había servido un par de copas de vino tinto, necesitando algo que templara el temblor de sus manos, mientras MC devoraba una ensalada de forma mecánica, con los ojos fijos en la negrura del ventanal.
Al otro lado, en la penumbra del chalé número 9, Don Víctor estaba pegado a su telescopio Bushnell. No parpadeaba. Tenía la lente ajustada con una precisión quirúrgica para captar no solo el movimiento de sus cuerpos, sino el sutil movimiento de sus labios. Había aprendido a leerlos tras años de soledad y espionaje, y lo que estaba viendo esa noche era el banquete más suculento de su vida.
—A ver, cuéntame eso de Ana —soltó Luis de repente, dejando la copa sobre el mármol—. Me has dejado helado con lo de la foto. ¿De verdad tu amiga sabe lo que está pasando aquí?
MC levantó la vista, con las mejillas todavía encendidas por el vino y la adrenalina. Se humedeció los labios, consciente —quizás inconscientemente— de que cada palabra estaba siendo "devorada" desde la oscuridad exterior.
—Se lo he contado todo, Luis —confesó ella con una sonrisa traviesa—. Bueno, casi todo. No me creía. Decía que un hombre de setenta y cinco años no podía tener una erección, y mucho menos algo de ese calibre. Me dijo que era una exagerada, que mi imaginación de recién casada me estaba jugando una mala pasada.
Luis se inclinó hacia delante, sintiendo un latigazo de calor en la entrepierna. La idea de que otra mujer, una colega de MC, estuviera ahora mismo imaginando o viendo la polla del viejo a través de una foto, le resultaba insoportablemente excitante.
—¿Y qué te ha dicho cuando le has dicho que le ibas a mandar la prueba? —preguntó Luis con voz ronca.
—Se ha puesto nerviosísima. Me ha dicho que si era verdad, ella misma quería venir un día a "hacerle un chequeo" a ese hombre. —MC soltó una risita nerviosa—. Dice que un ejemplar así es un milagro de la naturaleza. Mañana, cuando llegue al hospital y le enseñe las fotos que acabo de hacer... no sé cómo va a reaccionar. Creo que se va a mojar tanto como yo esta tarde.
Luis se pasó la mano por la cara, jadeando. Don Víctor, desde su atalaya, sonreía con maldad. Sus labios se movían en silencio repitiendo la palabra: "Chequeo... milagro...". El viejo se ajustó la polla, que seguía doliéndole por la paja interrumpida, y siguió leyendo.
—Eres increíble, MC —dijo Luis—. Estás convirtiendo nuestra casa en un escenario pornográfico para tus amigas. ¿Te das cuenta de lo que estamos haciendo? Estamos destruyendo todas las reglas.
—¿Y no te gusta? —replicó ella, levantándose y rodeando la mesa hasta quedar frente a él—. Luis, estoy al límite. Ver esa maza venosa hoy, sentir su calor en mi mano... me ha dejado fuera de combate. No puedo quitármela de la cabeza. Siento que mi cuerpo ha registrado ese tamaño y ahora el resto me parece... insuficiente.
Se sentó a horcajadas sobre Luis, sin dejar de mirar hacia el ventanal, ofreciéndole a Don Víctor una vista perfecta de su espalda arqueada y su trasero bajo la seda negra.
—Escúchame bien —le susurró al oído, aunque sus labios eran perfectamente visibles para el telescopio—. Esta noche me tienes que follar hasta que pierda el sentido. Tienes que hacerme olvidar lo que he visto, porque si no... —soltó una risita cargada de malicia—... si no me dejas satisfecha, voy a tener que buscarme a otro que tenga una polla tan grande como la de Víctor para que me calme los ánimos. Y no creo que sea fácil encontrar a otro monstruo así por aquí.
Luis la agarró de las naderas con fuerza, clavando sus dedos en la carne suave. —No bromees con eso, zorrita... —gruñó él—. Sabes que el viejo está ahí fuera mirándote. Sabe que le estás retando.
—Que mire —dijo ella, echando la cabeza hacia atrás—. Que vea lo que es tener diecinueve años y estar desesperada. Pero que sepa también que hoy se ha ido de aquí con hambre, y que yo me voy a quedar llena.
Don Víctor, al otro lado de la lente, sintió un escalofrío de poder. Leyó la frase "polla tan grande como la de Víctor" y un rugido de satisfacción escapó de su garganta. No le importaba que ella bromeara con buscar a otro; sabía que MC ya estaba marcada. Había visto el miedo y el deseo en sus ojos de médica cuando enfocó la cámara hacia su glande.
—Mañana... —susurró el viejo para sí mismo, mientras veía cómo Luis empezaba a levantar el vestido negro de MC en mitad de la cocina—. Mañana no habrá fotos, ni bromas sobre Ana, ni pajas a medias. Mañana, esa "muñeca de porcelana" va a aprender lo que es que un monstruo la reclame.
En el chalé número 7, las luces del salón permanecieron encendidas mientras la pareja se entregaba a un sexo frenético y casi violento sobre la isla de la cocina. Luis intentaba con todas sus fuerzas compensar el tamaño de su rival con velocidad y fuerza, mientras MC gritaba, cerrando los ojos e imaginando, por un segundo, que lo que la penetraba no era la polla de su marido, sino el tronco oscuro, rugoso y eterno de su vecino.
Y Don Víctor, impasible y eterno, no apartó el ojo del telescopio hasta que el último gemido se apagó y las luces, por fin, se extinguieron. La guerra de nervios solo acababa de empezar.
La penumbra del dormitorio solo estaba rota por la luz plateada de la luna que entraba por los ventanales y el resplandor lejano de los faros de la urbanización. Luis y MC estaban tumbados, con los cuerpos todavía entrelazados y la respiración recuperando su ritmo natural tras el frenesí en la cocina. El sudor se secaba sobre su piel, pero el ambiente no se había enfriado; la carga psicológica de lo vivido con Don Víctor seguía flotando sobre la cama como una densa niebla.
Luis, con el brazo rodeando los hombros de su mujer, rompía el silencio con una voz que arrastraba el rastro de la excitación previa.
—¿Sabes? —susurró él, recorriendo con la yema de los dedos el brazo de MC—. Me he quedado pensando en lo que has dicho durante la cena. Eso de buscarte a otro si yo no era suficiente... Sé que lo has dicho en broma para picarme delante del viejo, pero me ha puesto la polla como una piedra.
MC soltó una risita suave, casi culpable, y se acurrucó más contra el pecho de su marido. —Era por provocar, Luis. El pobre hombre estaba sufriendo tanto que no he podido evitarlo.
—Ya, pero... ¿lo harías? —insistió Luis, girándose para mirarla a los ojos—. ¿Te atreverías a coquetear con alguien del hospital? Alguien que no fuera un viejo repulsivo como Víctor, pero que tuviera ese toque... maduro. Alguien que te mirara con esas mismas ganas de destrozarte.
MC se quedó rígida un segundo. En ese preciso instante, como un flash prohibido, la mente le traicionó. Una imagen cruzó su retina mental con una nitidez que la asustó: Andrés, uno de los camilleros veteranos del hospital. Andrés tenía unos cuarenta y largos, brazos fuertes acostumbrados a mover pacientes y una mirada gris, experimentada, que siempre se detenía un segundo de más en el escote de MC cuando se cruzaban en los pasillos de urgencias. Recordó cómo él le sonreía con cierta suficiencia, como si supiera que, tras esa fachada de médica perfecta, se escondía una mujer con ganas de ser sometida.
"Dios mío, ¿qué me pasa?", pensó MC, sintiendo un latigazo de calor en el vientre. "¿Qué manía tiene mi cerebro ahora con los maduritos? Me estoy volviendo loca".
El silencio se prolongó un segundo de más. Luis, que conocía cada gesto y cada pausa de su esposa, notó cómo la respiración de ella se cortaba levemente. Sintió el pequeño espasmo de sus muslos.
—Te he pillado... —dijo Luis con una sonrisa perversa, incorporándose sobre un codo—. Has pensado en alguien. No pongas esa cara de niña buena, MC. Tu cara te ha delatado. ¿Quién es? ¿Quién es ese afortunado que ha pasado por tu cabeza nada más mencionar lo de coquetear?
MC se tapó la cara con las manos, muerta de la vergüenza, pero soltando una carcajada nerviosa. —¡No! ¡Es una tontería! ¡Luis, para!
—Ni hablar. Cuéntame —insistió él, empezando a besarle el cuello para debilitar su resistencia—. ¿Es un médico? ¿Un paciente? ¿Quién es ese "madurito" que te hace pensar en cosas malas mientras estás de guardia?
MC suspiró, rindiéndose a la confesión. Sabía que a Luis le encantaría, que era el combustible que su retorcida relación necesitaba esa noche.
—Es... es un camillero. Se llama Andrés —soltó ella en un susurro, sintiendo cómo el corazón le golpeaba las costillas—. Es mayor que tú, tendrá casi cincuenta años. Es un hombre de esos... rudos, con las manos grandes. Siempre me tira los tejos, de una forma muy sutil, pero muy descarada. Me dice cosas como "Doctora, qué bien le sienta ese uniforme, parece que va a reventar de un momento a otro".
Luis tragó saliva, visualizando la escena. La idea de su mujer, la "muñeca de porcelana", siendo deseada por un hombre rudo y maduro en el entorno aséptico del hospital, lo volvía loco.
—¿Y qué más? —presionó Luis, bajando la mano hacia el vientre de MC—. ¿Qué has pensado cuando he mencionado lo de coquetear?
—He pensado... —MC cerró los ojos, dejando que la fantasía fluyera—. He imaginado que mañana, cuando llegue al hospital, en lugar de evitarle, le devuelvo la mirada. Que me meto en el ascensor con él y dejo que vea la foto de la polla de Don Víctor en mi móvil, "por error". He pensado en lo que harían esas manos de camillero si me acorralara en un cuarto de suministros... Es horrible, Luis. Siento que Don Víctor ha abierto una puerta en mi cabeza que ya no puedo cerrar. Ahora veo hombres maduros por todas partes y solo puedo pensar en si la tendrán tan grande como el vecino.
Luis se pegó a ella, su erección presionando contra el muslo de MC. —No es horrible, es excitante. Estás despertando, MC. Ese viejo asqueroso nos ha quitado la venda de los ojos. Mañana quiero que cuando hables con ese Andrés, pienses que yo estoy en casa sabiendo que le estás provocando. Quiero que me lo cuentes todo por WhatsApp. Quiero saber si ese camillero se pone tan duro como se pone el vecino cuando te mira.
MC asintió, atrapada en la espiral de morbo. —Me estoy convirtiendo en una perversa, Luis... Me encanta que me des permiso para ser una zorrita en el hospital. Pero te aviso... como ese hombre me toque, no sé si podré contenerme después de haber visto lo de ayer. Tengo el cuerpo pidiendo guerra.
—Eso es lo que quiero —sentenció Luis, empezando a besarla con renovada urgencia—. Que estés al límite. Que cuando Don Víctor nos mire por el ventanal, vea a una mujer que ya no le pertenece solo a su marido, sino a cualquier hombre que tenga lo necesario para domarla.
Mientras se fundían de nuevo en un abrazo carnal, en la casa de al lado, Don Víctor guardaba su telescopio con una sonrisa de satisfacción absoluta. No necesitaba oír susurros bajo las sábanas para saber que la semilla de la corrupción ya no solo crecía en su jardín, sino que se extendía como una plaga por la vida profesional de su preciosa vecina. El territorio estaba conquistado; ahora solo faltaba la ejecución.
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