Xtories

Castillos de naipes 6/8

Olana nunca imaginó que su refugio sería también el lugar donde despertaría un deseo dormido. Marco le ofreció un hogar, pero ella le devolvió una vida. Ahora, entre las sábanas y los secretos de una casa que ya no es solo de él, la pasión se vuelve la única verdad.

Fernando4.5K vistas9.5· 35 votos

Olana observaba la escena desde el umbral de la puerta, con el corazón martilleando contra sus costillas de una forma que no conocía. Ver a Marco arrodillado a la altura de Eva, entregándole ese ordenador con tanta naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo proteger los sueños de una niña que apenas acababa de conocer, terminó de romper las últimas defensas que le quedaban.

«Nadie hace esto por nada, Olana», se decía a sí misma en una parte de su mente, marcada por los golpes de la vida. Pero al mirar los ojos de Marco, no encontraba rastro de condescendencia ni de interés oculto. Solo había una bondad serena, una especie de puerto seguro que ella ya no recordaba que existía.

Sentía que lo amaba. Era un sentimiento súbito pero profundo, nacido de la gratitud pero alimentado por la admiración. Lo amaba por no habernos juzgado. Lo amaba por habernos sacado de aquel infierno de paredes sucias y miedos nocturnos sin pedir explicaciones innecesarias.

—Marco… —susurré cuando Eva se sentó en la cama, absorta ya con la pantalla encendida, sus dedos pequeños acariciando las teclas con una reverencia casi sagrada.

Él se levantó y me miró. En el pasillo, lejos de la mirada de la niña, le tomé del brazo. Mis dedos temblaban.

—No sé cómo voy a pagarte esto. No hablo de dinero, Marco. Hablo de… de devolverle la paz a mi hija. Ella no ha sonreído así desde que su padre… desde hace tanto tiempo.

—No me debes nada, Olana —respondió él, bajando la voz, con esa calma que parecía capaz de detener el mundo—. Solo quiero que durmáis tranquilas. Por primera vez en mucho tiempo, esta casa ahora, se siente como un hogar.

Durante los días siguientes, fui testigo de algo maravilloso. Eva, que siempre había sido una niña retraída por las circunstancias, empezó a florecer. Lo buscaba. Al principio eran excusas: una duda sobre un término de ingeniería que había leído, un problema con la conexión de internet… Pero pronto, el despacho de Marco, ese lugar que antes me parecía un santuario prohibido, se convirtió en el rincón favorito de mi hija.

Una tarde, los encontré sentados frente al gran monitor de Marco. Él le explicaba, con una paciencia infinita, cómo funcionaba una estructura de carga usando piezas de Lego que él mismo había ido a comprar esa mañana.

—Mira, Eva, si la base no es sólida, todo lo demás se cae —decía Marco con voz suave.

—Como nuestra antigua casa, ¿verdad? —preguntó ella con esa honestidad brutal de los niños.

Marco se quedó en silencio un segundo, la miró con una ternura que me encogió el alma y acarició su cabeza.

—Exacto. Pero esta base, la que estamos construyendo aquí, es de hormigón armado. Esta no se cae.

Eva apoyó su cabecita rubia en el brazo de Marco mientras seguían montando las piezas. En ese momento, lo supe. No solo yo estaba perdida por él; mi hija había encontrado en Marco el referente, el protector y el amigo que la vida le había arrebatado tan pronto.

Esa noche, mientras preparaba la cena y escuchaba las risas de ambos llegando desde el salón, miré mi reflejo en la ventana de la cocina. Por primera vez en años, el color había vuelto a mis mejillas. Ya no era la mujer asustada que escondía a su hija en una habitación infecta. Era una mujer que empezaba a creer que el amor no era una carga, sino el lugar donde por fin podíamos descansar.

Cuando Marco entró en la cocina para ayudarme con los platos, nuestras manos se rozaron al alcanzar una fuente. Me quedé inmóvil, mirándolo, sintiendo esa electricidad recorriéndome.

—Gracias por salvarnos —le dije, apenas en un susurro.

Él no se apartó. Acortó la distancia y me apartó un mechón de pelo de la cara.

—Os estaba esperando, Olana. Aunque no lo sabía, os estaba esperando.

Y en ese primer beso, suave, profundo y con sabor a esperanza, supe que nuestra vida acababa de empezar de verdad.

**********

Esa misma noche, cuando terminamos de cenar, y después de que Eva se fuese a dormir, Olana se sentó en la chaise longue, pero en vez de sentarse muy separada de mí, como hacía siempre, guardando las distancias, se sentó a mi lado, pegada a mí, apoyó su cabeza en mi pecho, y lo besó por encima de la ropa.

—No me creo que este viviendo esto contigo.

—Pues créelo, por qué esta es vuestra vida ahora.

Esa noche, cuando nos fuimos a dormir, ella se paró en la puerta de su dormitorio, me abrazó con fuerza, dejándome sentir su calor y su cuerpo, buscó mi boca y nos besamos desesperados por demostrar ese amor que sentíamos.

—Hasta mañana mi amor, que descanses. —Susurró Olana.

—Hasta mañana mi vida. Descansa tú también.

Solo el paso de las semanas, me demostró lo importante que había sido dar estabilidad y un hogar a Olana y su hija. Aunque vivía en mi casa, Olana no descuidó su labor. Era consciente de que entre nosotros había nacido algo, pero ella viviendo en esa casa, la tenía que mantener en perfecto estado, como había hecho siempre. Sin pretenderlo, se había convertido en la señora de, para ella, ese palacio.

Una tarde de lluvia, Marco llegó antes de trabajar y encontró a Eva sentada en la alfombra del salón, frustrada con un proyecto de ciencias sobre el sistema solar. Olana observaba desde la cocina, con un paño en la mano, dudando si intervenir.

Marco se quitó la chaqueta, se aflojó la corbata y se sentó en el suelo junto a la pequeña.

—¿Necesitas un ingeniero de la NASA o con un "manitas" te apañas, mi pequeña ingeniera? —bromeó él.

Eva levantó la vista, con los ojos brillantes.

—Es que Saturno no se queda pegado, Marco. Se cae todo el rato.

Marco pasó la siguiente hora ayudándola a equilibrar los anillos del planeta con alambre y pegamento, hablándole no como a una niña, sino como a su mejor aliada. Olana los miraba apoyada en el marco de la puerta, con el corazón encogido de pura gratitud. Al terminar, Eva, en un impulso de alegría pura, rodeó el cuello de Marco con sus brazos y le dio un beso en la mejilla.

—Gracias, papá Marco —soltó la niña sin pensar.

El salón se quedó en un silencio sepulcral, pero cargado de una ternura infinita. Eva se puso roja y miró a su madre, asustada por si había dicho algo malo. Marco, sin embargo, la atrájo hacia sí en un abrazo protector y miró a Olana. En sus ojos había una promesa: la de quedarse para siempre.

Esa noche, después de que Eva se durmiera con su sistema solar reluciendo en la mesilla, Olana buscó a Marco en la terraza. Se acercó por la espalda y lo rodeó con los brazos, hundiendo la cara en su espalda.

—¿Has oído cómo te ha llamado? —susurró ella con la voz quebrada.

Marco se giró, la tomó por la cintura y la elevó un poco para besarla con una intensidad que le quitó el aliento.

—Lo he oído. Y es el título más importante que me han dado nunca.

—Tengo miedo de que esto sea un sueño y me despierte otra vez en la calle, sola —confesó ella, dejando que las lágrimas resbalaran.

Marco le secó las mejillas con los pulgares y unió sus frentes.

—No es un sueño. Es el hogar que hemos construido. Tú me diste una vida que yo no sabía que necesitaba, y yo solo quiero cuidar de vosotras hasta que me falte el aire.

Olana me miró con intensidad. Me besó con pasión y deseo, tomó mi mano y tiró de mí. Salimos de la terraza y fuimos hacia los dormitorios, pero cuando llegamos a su puerta, ella no me soltó, entré en su habitación, y cerró la puerta.

Me puse muy nervioso, parecía un joven que iba a perder su virginidad, no sé, quizás fuese por quien era, alguien que empezaba a meterse en mi corazón con una fuerza que no conocía.

Empezó a desabotonarme la camisa, mientras me miraba a los ojos, y besaba mis labios con dulzura:

—Llevo deseando esto hace mucho tiempo. Te amo Marco.

Ver desnuda a Olana fue impactante. Era una mujer escultural, con un cuerpo perfecto. El sexo con ella fue pasional, furioso, apasionado, vicioso. Su sabor me hechizó. Perfectamente depilada, con su sexo abierto, pidiendo que lo mimasen, yo no me hice de rogar, lamí, chupé, besé esa preciosidad, hasta que mordiendo su mano para no gritar, la habitación de Eva estaba al lado, alcanzó un orgasmo que la dejó rota y relajada.

Yo me dediqué a mimarla, besarla, acariciarla. Olana se dejaba hacer, ofreciéndome su cuello, sus labios, sus tetas, un pecho que sin ser exagerado, sí que era generoso, de areola pequeña y pezón lujoso. Cuando se recuperó un poco de su orgasmo, se incorporó y me miró con malicia:

—Déjame devolverte el favor. —Me dijo con cariño.

Abrió mis piernas, se metió entre ellas, y empezó una mamada increíble que me llevó a una excitación que no recordaba. No aguanté nada, parecía un novato con eyaculación precoz; le avisé que no aguantaba mucho más, ella me miró traviesa, sacó mi polla de su boca y sonriendo lascivamente me lo dijo.

—Córrete mi vida. —Dijo volviendo a meterse mi balano en su boca hasta la garganta.

Mi orgasmo también fue espectacular. Mi polla parecía un surtidor echando leche en la garganta de Olana que tragaba mi corrida sin problema. Su cara, su expresión, reflejaba el placer que estaba sintiendo al sentir como mi esencia bajaba por su garganta. Cuando terminó mi orgasmo, ella siguió lamiendo hasta dejar mi polla limpia y reluciente.

Trepó por mi cuerpo, mirándome con ojos de gata en celo, relamiéndose, mordiendo su labio inferior, mientras se situaba encima de mí, entre sus piernas, agarraba mi polla, la dejaba a la entrada de su vagina y se dejaba caer, cerrando sus ojos…

—Dioooos Olanaaaa…que cerradita estaaaaas…

—Ábreme mi amor…déjame bien abierta para ti… —Gimió en mi oído, mientras me ofrecía sus tetas.

Olana era puro fuego. Follar con esa mujer, era como hacerlo como con una virgen. Los músculos de su vagina, apretaban mi polla como si la quisiese para sí, para no dejarla escapar.

El placer que estaba sintiendo era algo que nunca había sentido, o no recordaba sentirlo de esa manera. Me acababa de correr y el cosquilleo que sentía en mis ingles, mi perineo y mis huevos, era el preludio de el orgasmo que se avecinaba.

Olana movía sus caderas con rapidez, con penetraciones profundas. Se la metía hasta el útero y movía sus caderas de adelante atrás para sacarla de nuevo y dejarse caer otra vez. Gemia en mi oído, me besaba, gritaba en mi boca, un orgasmo, otro, y mi aguante ya no daba para más. Hasta que un sonido gutural salió de lo más profundo de mi:

—Olana…Olanaaaa…me corroooooo…

—Mi amoooor…

Antes de lanzar el primer trallazo de semen dentro de ella, sacó mi polla, la apoyó en su perfecto culo, entre sus nalgas, y me pajeó con ellas. Me corrí como un desesperado, pero frustrado, por no haber podido dejar mi semilla en su interior.

Ella se tumbó encima de mí, besándome con cariño y algo de culpa, y lo confieso, sí, me hubiese gustado terminar dentro de ella.

Recuperamos nuestras respiraciones, nos abrazamos con fuerza, y nos besamos con mucho amor.

Ella se quedó tumbada sobre mí, con mi polla aun dura como el granito apoyada en su vulva y sintiendo la transpiración de nuestros cuerpos. Olana besó mis labios de nuevo y me miró con intensidad:

—Mi amor, no he querido que terminases dentro de mi…no… no me cuido, y estoy en mis días de más riesgo.

—Bueno, si tu deseas que termine dentro de ti, es algo que podemos solucionar, pero deseaba hacer el amor contigo…Dios, ha sido fantástico sentirte.

Esa noche, por primera vez dormimos juntos, abrazados. Al amanecer estábamos en cucharita, con mi balano duro como el acero, alojado entre sus nalgas. Miré la hora en mi reloj, todavía eran las seis de la mañana.

La mano de Olana se metió entre nuestros cuerpos y se adueñó de mi erección. Me masturbó con suavidad, mientras mi mano se colaba entre sus piernas y me encontraba con su sexo totalmente encharcado. Se tumbó en la cama, tiró de mí, me puso entre sus piernas y me lo susurró:

—Fóllame mi amor.

De nuevo entré en ella, hasta que solo mis huevos se quedaron afuera. Se abrazó a mí, moviendo sus caderas, abrazando mi cintura con sus piernas. Mas que follar, hicimos el amor. No fue salvaje, ni con embestidas violentas, no hubo frases vulgares; fue algo íntimo, tierno, con cariño, despertándonos de una manera que ya ni recordaba.

Lo mismo que la noche anterior, terminé fuera de ella. Embarré todo su pubis y su tripa. Ella me miró agradecida, y me besó con cariño:

—Te prometo que, voy a solucionar esto ya mismo. Quiero sentirte totalmente.

Hicimos algo de pereza en la cama, hasta que a las siete sonó el despertador de Olana. Nos duchamos juntos, y aunque nos volvimos a excitar, ya no había tiempo, Eva se levantaría dentro de poco y había que preparar el desayuno.

Esa misma mañana, Olana concertó una cita con un ginecólogo. Después de un examen médico y una analítica de sangre, le colocaron un DIU.

Por consejo del ginecólogo, esperamos cuatro días, en los que ella observó que no se encontraba mal y todo era normal. Pero llegando el fin de semana, nos comíamos con la mirada.

La suerte quiso bendecirnos. El viernes, cuando fui a recoger a Eva a su colegio, salió corriendo al verme, viniendo de la mano de una niña y detrás, la madre de esa niña. Cuando llegaron a mi altura las dos se pararon, mirándome ilusionadas:

—Papá Marco, ella es mi amiga Verónica. Su mamá me ha invitado a dormir esta noche en su casa con mi amiga ¿puedo ir?

—Eva, no creo que haya problema, pero lo tenemos que hablar con mamá.

Por supuesto que no hubo ningún problema. Olana ya conocía a la madre de esa niña y no tuvo problema en dejarla pasar la noche en su casa.

Esa tarde cuando regresé de llevar a Eva a casa de su amiga, entre al salón de nuestra casa. Olana, medio desnuda, se abalanzó sobre mí, comiéndome a besos y gimiéndome que necesitaba sentirme dentro de ella.

Follamos como animales, de manera pasional y ardiente. Correrme dentro de ella fue lo mejor. Perdimos la cuenta de nuestros orgasmos, y ya de madrugada, Olana me entregó la virginidad de su culo, sellando así su promesa de ser totalmente mía.

Nuestra vida se acomodó en una rutina agradable. A Eva la cambiamos de colegio, a uno que le pillaba más cerca de nuestra casa. Olana, aparte de encargarse de la casa, consiguió esa ansiada beca para la facultad de derecho y así poder ejercer en España de abogada.

Todo, absolutamente todo, iba muy bien. Mi vida dio un giro de 180º. Tuve que ajustar mi vida a esas dos mujeres que ahora eran el todo para mí. Tuve que organizar fiestas de cumpleaños para Eva, involucrarme en reuniones de padres, acostumbrarme a ir a hacer la compra semanal en familia…pero nuestra convivencia era perfecta, a Olana se la veía feliz y muy enamorada, y Eva, mi dulce y preciosa niña me demostraba día a día lo que me quería y lo importante que yo era para ella.

Pero había algo que me preocupaba, y eso no era otra cosa que a mi madre no le había hablado de Olana y de su hija, y mucho menos de que estaban viviendo en mi casa. Ella insistía en que siguiera teniendo citas, pero siempre me excusaba, alegando falta de tiempo. Y algo creo que mucho peor; a Olana no le había hablado de Natalia, su traición y mi divorcio, era algo que me avergonzaba, y aunque habían pasado muchos años, todavía resonaba en mi cabeza muy de vez en cuando aquella humillación de esa noche fatídica.

El timbre sonó con esa insistencia aristocrática que solo mi madre sabía imprimirle. No era una llamada, era una orden. Al abrir, me encontré con mi madre, impecablemente vestida, sosteniendo una bolsa de una boutique gourmet y esa expresión de quien espera ser atendida de inmediato.

—Marco, querido, como no coges el teléfono he decidido... —Su frase se cortó en seco.

Sus ojos, rápidos como los de un halcón, detectaron unas zapatillas de niña en la entrada y el bolso de Olana colgado en el perchero. En ese momento, Eva salió del salón corriendo, con un dibujo en la mano.

—¡Papá Marco, mira lo que he hecho para la escuela! —gritó la pequeña, deteniéndose al ver a la desconocida.

Mi madre enarcó una ceja, transformando su rostro en una máscara de hielo.

—¿Papá Marco? ¿Y esta... criatura? —preguntó con una voz cargada de un clasismo que me hizo encoger el alma.

Olana apareció entonces, secándose las manos en un delantal, con esa belleza natural que a mi madre siempre le había parecido "sospechosa" en las mujeres que no pertenecían a su círculo.

—Mamá, ella es Olana. Y la pequeña es su hija, Eva. Viven aquí conmigo.

El silencio que siguió fue asfixiante. Mi madre recorrió a Olana de arriba abajo, deteniéndose en su acento cuando ella, con una educación exquisita, intentó saludarla.

—Mucho gusto, señora. Marco no nos dijo que vendría, pero pase, por favor...

—Imagino que no lo dijo —escupió mi madre, entrando al salón como si temiera mancharse los zapatos—. Marco, ¿se puede saber qué es esto? ¿Una casa de acogida? ¿Desde cuándo te relacionas con... servicio?

Me dolió el pecho. Estuve a punto de explotar, de recordarle que Olana era una futura abogada, de echarla de casa por insultarla de esa manera. Pero entonces ocurrió algo que no esperaba.

Eva, ajena al veneno de las palabras, se acercó a ella y le extendió el dibujo. Era un retrato de nosotros tres, de nuestra pequeña "familia" improvisada, lleno de colores brillantes y soles sonrientes.

—Es para ti. Papá Marco dice que la familia es lo más importante —dijo la niña con una pureza y una naturalidad que desarmó el aire.

Mi madre miró el dibujo. Luego miró a Olana, que mantenía la cabeza alta con una dignidad que superaba cualquier linaje. Y finalmente me miró a mí. Me vio sonreírle a Eva de una forma que no hacía desde antes de que Natalia me destrozara la vida. Vio que la casa, antes fría y minimalista, ahora rebosaba vida, desorden de juguetes y un calor que ella nunca supo darme.

Elena apretó los labios. Su arrogancia luchó contra la evidencia de mi felicidad.

—Vaya —murmuró, dejando la bolsa sobre la mesa con menos brusquedad.— Parece que el café huele bien. Supongo que me daréis una taza mientras me explicas por qué he tenido que enterarme de que tengo una "nieta" por sorpresa.

No pidió perdón, el orgullo se lo impedía, pero se sentó. Y por primera vez en años, la sombra de Natalia pareció un poco más pequeña frente a la luz que Olana y Eva habían traído a mi hogar.

No voy a negar que la conversación que tuvimos después, café en mano, fue difícil; porque realmente lo fue

Mi madre inició un interrogatorio disfrazado de curiosidad que Olana no dudó en responder con una mezcla de educación, respeto y una elegancia innata que mi madre advirtió de inmediato; aquel "servicio" que ella prejuzgaba no solía comportarse así. Olana se desnudó emocionalmente, sin ocultar nada: le habló de su vida en Ucrania, de la muerte de su marido en el frente, de la pérdida de su familia bajo un misil ruso, de su huida a través de Polonia y de su llegada a España. Le confesó cómo entró a trabajar en mi casa y cómo, tras rescatarlas de una vida miserable, terminaron enamorados.

Durante el relato, observé los gestos de mi madre y fui testigo del nudo en la garganta que intentaba ignorar al hacerse consciente de la tragedia de aquella mujer. Vi sus ojos brillar, luchando por contener unas lágrimas que se negaban a caer; vi su mentón temblar y cómo bajaba la mirada, necesitando un instante de soledad frente a Olana para recomponerse. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, la vi sufrir de pura empatía.

Sin embargo, quien terminó de conquistar su corazón fue Eva. Con esa naturalidad ajena a la gravedad del momento, inundó la mesa con sus dibujos. Le mostró con orgullo su cuaderno de deberes, explicándole cómo lograba resolver los problemas junto a su "papá Marco". Al escucharla relatar cómo pasábamos las horas en el despacho resolviendo "problemas de ingeniería", vi asomar en el rostro de mi madre una sonrisa auténtica, de esas que hacía años no le conocía.

©Fernando, 2026.

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