Volver a sentir (9) FINAL
Las cartas encontradas en el cajón de un muerto no solo revelan secretos, sino que devuelven a María el dolor que intentó enterrar. Entre la ropa que aún huele a él y las palabras escritas con mano temblorosa, descubre que el amor y la traición pueden ser la misma moneda.
CAPÍTULO 27
Estoy desconsolada.
Mi hija me abraza mientras entramos en su casa para hacer limpieza y donar las cosas que puedan aprovecharse.
José murió hace tres días y no puedo hacerme a la idea de no volver a verlo nunca más.
Aguantó seis años de perdidas de memoria, de desorientación y de desórdenes dialécticos.
Aunque su sufrimiento me mataba fui feliz al poder estar a su lado. No fue fácil hacerle aceptar que me necesitaba.
Como amiga, ya que no me permitió otra cosa, empecé a pasar más horas con él. Ocupaba mi tiempo libre en ir a su casa a hacerle compañía. Primero con la escusa de la limpieza y la comida. Más tarde, cuando ya sus lagunas eran más notorias, me dedicaba a estimular su mente con el único fin de poder disfrutar más tiempo junto a él. Me instalé en su casa y intenté hacerle su vida más fácil.
Como ya he dicho, aunque los últimos meses fueron muy duros y no tan dignos (para él), los años que pasamos juntos los disfruté como nunca.
Se lo debía. Le debía el estar a su lado cuando sus fuerzas no le acompañaran. Era mi manera de demostrarle que siempre lo amé y que, aunque fui una estúpida y no supe reprimir mi parte egoísta, él siempre estuvo en mi corazón.
Al principio las conversaciones eran muy frías. José no quería que estuviera obligada a atenderle. Me decía que continuara con mi vida y que no me preocupara por él.
Pero yo era feliz así, a su lado y de la manera que él me dejara estarlo. Era un placer hablar con él. Comentábamos aspectos de la política, de las ultimas noticias del mundo y de cosas intrascendentes para nosotros. A mí no me importaba hablar de “nada” mientras eso me permitiera estar con él para cuidarlo y mimarlo.
Conforme pasaron los años y José fue perdiendo la cabeza, las conversaciones se tornaron más íntimas. Sobretodo cuando su mente le transportaba a sus años de feliz matrimonio.
A lo mejor estaba leyendo y, de repente, miraba al frente y me decía.
- Amor, ¿qué hay de comer?
- Y yo me derretía al escuchar esa palabra de sus labios. En ese momento sabía que no era el José del presente, si no el del pasado. Y yo encantada de seguirle el juego.
- Te preparo lo que quieras, cielo. ¿Quieres un poco de pasta, que te gusta tanto?
- ¡O si, gracias mi vida! Hazlos con parmesano que me encantan.
Y yo, solícita a sus deseos, le preparaba su comida preferida. Aunque fueran las seis de la tarde y faltaran varias horas para la cena.
O, en otra ocasión que me dijo.
- Qué bien lo pasamos anoche, ¿verdad?.
- Si José, muy bien.
- Me gusta mucho hacer el amor contigo, eres insaciable.
- Todo es poco para ti, cariño.
Todas esas confesiones me hacían llorar y besarle como nunca lo hice. Creo que le dije más veces “te quiero” en un año que en toda nuestra vida.
Y él también me lo dijo muchas veces. Desorientado por la enfermedad volvía a los años donde fuimos felices.
Me miraba con esa cara de bobalicón enamorado y me decía mientras me acariciaba la mejilla.
- Que guapa eres María.
Era imposible no estar a su lado y acompañarle hasta el final.
Esther se pasaba muy a menudo a visitar a José. Venía siempre con una sonrisa en la boca y dispuesta a entretenerlo para que su mente estuviera despierta.
Al principio él agradecía su presencia y participaba de las conversaciones, aportando comentarios de la calidad de una persona inteligente. Pero, los últimos años, no reconocía casi nunca a mi hija. Me preguntaba quién era esa chica que pululaba por casa y que no hacía más que molestarle.
Yo le decía que era mi hija y que me ayudaba con la limpieza.
- ¿Tu hija? ¿Cuándo hemos tenido tú y yo una hija?
En ese momento, ese día decidí contarle lo que nunca me atreví.
“Cuéntale todo lo que sientes mamá”
Las palabras de mi hija, esas que siempre me decía desde que le conté mi historia, me golpeaban en la cabeza fuertemente.
- José, Esther es tu hija. Me di cuenta años más tarde, cuando fue creciendo y se constató tu verdadera paternidad. Era igualita a ti, esos ojazos verdes que enamoran, el pelo rizado (agradecido que dicen por ahí) y, sobretodo, tu forma de ser. Esa alegría ante todo, ese amor desinteresado y esas rabietas injustificadas que tanto me desquiciaban de ti. Decidí contrastar el ADN de Esther con el de Jorge, y no encontraron similitudes cromosómicas. Es tu hija José. Siento no habértelo dicho antes. Siento no haber ido a buscarte al fin del mundo para que vieras a tu hija.
A lo que él contestó.
- ¿Mañana tengo turno de tarde o descanso?
Aparentemente José ya estaba en otro lugar. Me miraba con los ojos perdidos mientras volvía a revisar la sopa de letras con la que trabajaba su mente.
Esther y yo estamos comprobando la ropa de su armario. Aún huele a él y me veo tentada a quedarme alguna prenda suya para recordar su aroma.
Los recuerdos…, me hacen volver a derramar más lágrimas, aunque parece que ya casi no queda nada que expulsar. He llorado tanto que mis ojos están permanentemente irritados.
Repasamos los cajones de su mesita de noche en busca de alguna prenda interior que no haya sido usada. Junto a los slips veo un paquete de preservativos, aquél con el que pretendia sacarme de su vida, casi entero. Con la fecha de caducidad ya vencida.
- Podríamos haberlos gastado juntos.- digo en voz baja para que no me oiga mi hija.
En ese mismo cajón, escondido en el fondo como si de un tesoro se tratara, observo un sobre blanco, sin cerrar. Lo tomo y veo en el frontal la dirección de nuestra antigua casa, la que compartía con José y que tantos recuerdos diferentes me trae. Y, como destinatario de la carta, aparece mi nombre en él.
Dentro del sobre puedo apreciar varias hojas. Me doy cuenta a simple vista que son dos escritos diferentes por la forma en la que están dobladas sus hojas. Hay un primer grupo de un par de folios y luego otra hoja suelta.
Destapo primero las hojas que considero más antiguas. Miro rápidamente las palabras que contiene la página. Es la letra de José sin duda, pero su trazo es caótico y desordenado, como si el emisor muriera de dolor mientras escribe esas palabras.
- ¿Qué es mamá?- pregunta Esther al ver como comienzo a llorar mientras le doy un primer vistazo al escrito.
- Es una carta de José. Dirigida a mí.- le respondo.
- ¿Quieres leerla?
- Me da miedo leer algo que me lastime.
- Creo que José era bastante claro en sus juicios. Seguramente no leas nada que no sepas ya.
- Seguramente…
Y comencé a leerla.
PARA MARÍA
Hola María,
No era mi intención escribirte pero mi psicóloga me recomendó que lo hiciera. Dice que, aunque nunca te haga llegar esta carta, es bueno que deje salir mis sentimientos.
He intentado odiarte y creo que lo he conseguido. No entiendo como pudiste engañarme de tal manera. A mí que besaba por donde pisabas, que me tenías enganchado a tu amor.
No se ni como sigo pensando en ti. Me duele hacerlo porque no te lo mereces.
Tengo que escribir lo que sentí en cada momento y, aunque no quiera, debo hacerlo para poder pasar página.
No te voy a negar que algo imaginaba. Los rumores en el hospital se escuchan muy alto y a la gente le gusta más meterse en la vida de los demás que en la suya propia, como si el mal de otros supusiera un alivio en sus patéticas vidas.
Así fue como empecé a pensar que algo extraño sucedía.
Un día estaba revisando unos informes para tramitar las citas a los pacientes, cuando escuché una conversación entre dos enfermeras que pasaban por la sala. Ni siquiera sabían que eras mi mujer o, mejor dicho, ni siquiera sabían quienes éramos tú y yo. Pero el morbo de pregonar que María Marín, enfermera de urgencias, se encerró varias veces con el doctor Ruiz, hizo que yo y más de diez pacientes, que aguardaban a ser llamados, nos enteráramos que había un marido que tenía que agacharse al entrar por una puerta. Mientras la gente reía y cuchicheaba yo no podía dar crédito a lo escuchado.
No las creí. Pensé que tú no serías capaz de hacerme eso. Pero un hecho estaba claro, merodeabas por el despacho del doctor y, debido a nuestra bajada de calidad sexual, hacía que pensara que debía cortar la actual situación entre nosotros.
Y así fue como me esmeré en presentar la tesis cuanto antes. Quería volver a lo que éramos antes de dedicarme al estudio. Pasé muchas noches en vela mientras tu trabajabas o hacías lo que hacías con tu doctor.
Presenté la tesis, que fue un éxito, y preparé un viaje para nosotros, para encender la llama nuevamente. Y funcionó.
Volvimos a ser esa pareja compenetrada y complacida. Volvieron los maratones de sexo y las tardes de relax en el sofá.
¡Te amaba tanto!
Hasta que me diste la noticia. ¡Un hijo!. Pero, ¿sería mío?.
Las fechas coincidían y mi incapacidad para darte un descendiente me hizo preguntarte lo que nunca me hubiera imaginado que te diría. Dudé de ti.
Ante tu negativa me sentí ridículo y avergonzado. ¿Cómo podía dudar? ¡Si me amabas con locura!
Pero el amor no fue suficiente para no acostarte con otro y engendrar un hijo.
Tras anunciar tu embarazo varias personas me comentaron tus internadas en el despacho de tu doctor, nuevamente.
Ya ves que humillado me sentía. Yo que creía que el bebe era mío y resulta que todos sabían más que yo. Entre ellas una de tus compañeras, una mujer mayor que tenía la lengua muy larga y la falda muy corta (como decía Sabina en una de sus canciones). Y, tras delatarte, me propuso devolverte el favor acostándome con ella.
Así te querían tus compañeras.
Así que no tuve más remedio que enfrentarte y, para mi sorpresa, no lo negaste.
¿Qué hubiera pasado si no te hubiera preguntado nada? Fácil, me hubieras hecho cargar con la vergüenza de criar al hijo de otro. No te bastó con engañarme, pretendías reírte de mí toda la vida.
Me duele mucho la infidelidad, no sabes cuanto, pero me duele más que hayas querido faltarme al respeto de esa manera.
Pero, no contenta con eso, seguías acosándome en el hospital. Tus mensajes me enfadaban y tus visitas a la cafetería… ¡Dios! Me humillabas ante todos haciéndote la victima. Una pobre embarazada que quiere volver con su marido. O peor, la gente pensaría que si te perdonaba criaría al hijo del doctor Ruiz. ¡Que panoli!
Más risas y más humillación para mí.
Por eso me fui. No quería saber más de ti. No quería verte cada día mientras criabas a un niño que me diría lo cruel que fuiste conmigo.
¿Está mal que te desee lo peor? Imagino que sí. Supongo que la vida nos pondrá a cada uno en su sitio. Yo, por el momento, he decidido no amar a nadie más. Quizás el tiempo me de la oportunidad de superar la traición y dejarme volar nuevamente.
Ahora mismo no tengo ni fuerzas ni ganas de volver a sentir. Prefiero mantenerme en la neutralidad. Dejar que la vida pase y ver hacia donde me dirijo.
Mi nuevo camino empieza aquí, en Valencia, donde están mis raíces y donde espero que sanen mis heridas.
Te quiero, no dejaré de hacerlo porque ya no me apetece intentarlo. Me doy por vencido en esa tarea.
Gracias por hacerme feliz durante nuestros buenos años, aunque también trataré de olvidarlos.
JOSÉ.
Mis lágrimas desbordadas caían por mis mejillas. Siempre he sabido el daño que le hice y que nos hice. Era consciente de la crueldad de mis acciones. Pero leer que la persona a la que siempre has amado te desea lo peor, duele mucho.
Aunque él nunca lo supo, lo que me deseó se cumplió. Nunca más fui feliz hasta que nos reencontramos años después. Sólo con poder verlo casi a diario hizo que mi carácter mejorara y que tuviera ganas de mirar el futuro. Antes de eso, sólo seguía en pie por mi hija.
- Mami- me llamó Esther mientras comenzaba a abrazarme.- ¿Quién es mi padre?
- Jorge es tu padre. Nunca dudes de eso.
¿Qué queríais que le dijera ahora? ¿Qué Jorge no era su padre?.
Ambos tenían una relación magnífica y, aunque como pareja nuestra relación nunca funcionó, la relación padre- hija siempre fue estupenda. Tanto, que no me veía con derecho a destrozarlo todo.
Lo que viví con Jorge no fue más que un cúmulo de decisiones que, a la larga, se que fueron desastrosas. Tras dar a luz me encontraba muy débil y deprimida y Jorge me ayudó mucho en ese tiempo. Al volver al trabajo y saber que José había desaparecido traté de encontrarlo, pero fue imposible con mis medios limitados y con una hija a la que atender. Me abandoné y él me cuidó estupendamente. Una cosa llevó a la otra y me vi viviendo con Jorge, sin amarle, sin querer dañarlo. Pensaba que, aunque nunca olvidaría a José, con Jorge podría darle una familia a Esther. Pero me engañé a mi misma, a Jorge y a Esther.
- No dudo mamá. Papá me ha criado con mucho amor y se que entre vosotros no pasaba lo mismo. En cuanto a mí, nunca me sentí poco querida. Al contrario, estoy colmada de amor. Pero, no se, por momentos me dio la sensación de que José y yo teníamos algo en común. No es que no quiera a papá, lo quiero muchísimo. Pero con José la compenetración iba más allá de dos personas conocidas, era ese filling que hace que sientas que entre tú y esa persona hay algo más. No se si me explico. Pero quizás esté equivocada y sólo sea el cariño que le cogí en el tiempo que pude charlar con él.
- José estaba muy a gusto a tu lado también. Era una persona que cuidaba a los que le cuidaban. Él siempre ha sabido apreciar una buena compañía. Por eso se alejó de mí, porque no pudo seguir a mi lado.
Volvemos a abrazarnos con ternura siendo, mi hija, mi sostén emocional en estos momentos tan difíciles para mí.
- Oye mamá, ¿no vas a leer la otra hoja?
- Si, si.- digo mientras deshacemos el abrazo y me limpio los restos de mi último llanto- A ver que dice esta.
PARA MARÍA II
Hola de nuevo María.
Retomo la carta que te escribí hace años porque tengo la necesidad de volver a mostrar mis sentimientos.
Estaba furioso y a la vez muy feliz.
¿Qué demonios hacías volviendo a mi vida? Cuando empezaba a respirar, volviste a abrir puertas que estaban prácticamente cerradas. Y encima viniste con él, con la persona que te arrevató de mi lado y que te dio lo que yo nunca pude.
Tengo sentimientos encontrados, ya lo ves. Por un lado, tengo ganas de devolverte todo el sufrimiento que me has hecho sentir. Pero por otro, me apetece volver a estar contigo.
Aún recuerdo, casi a diario, nuestro día a día. No me refiero a las noches de pasión, no. Me refiero a la compañía mutua, a las conversaciones de sofá o a las caricias furtiva. A esos momentos donde éramos uno sólo y nada nos faltaba.
Al menos a mí no me hacía falta nada más, pero a ti sí.
Y has querido entrar de nuevo en mi vida. De una patada pretendes romper la puerta que intento cerrar con mil candados.
Pero mi voluntad es débil y prefiero estar a tu lado, protegido aunque traicionado, que en cualquier otro lugar.
Junto con Julia me hicisteis sentir nuevamente. Pero no puedo olvidarme del daño que me causaste. Nunca podré olvidar como me hundiste en la miseria emocional.
¿Perdonarte? Perdonarte fue más fácil. Sólo tuve que asistir a terapia varios meses para darme cuenta de que, en ocasiones, las personas cometen errores que afectan a terceros. A esa conclusión llegué, fui un daño colateral de tu egoísmo, pero te perdoné por eso.
Ahora bien, lo de olvidar ya es más complicado. Una cosa es tu corazón y otra tu cabeza. Te veía cuando te desnudabas y me mirabas como loba en celo. Deseosa de atraerme hacia ti y que te hiciera mía. Y yo sólo veía una mujer atractiva y deseable, pero no recomendable.
Mi cerebro bloqueaba cualquier conato de necesidad por poseerte.
En más de una conversación con Julia, ella me pedía que lo intentara. Que me despojara de mis prejuicios y que intentara hacerte mía. Pero me era imposible desear tu cuerpo cuando ya no me pertenecía.
Así que volví a jugar a estar en la mitad. Quería estar contigo más que con otra persona, pero no podía estar sólo contigo.
Por esa razón no volví a llamarte cuando Julia nos abandonó. Preferí no hacerme ilusiones sobre algo para lo que no estaba preparado.
¿Y si me volvías a dañar? No, esta vez permanecería alejado de ti.
Ni siquiera puedo reprocharte que tu hija sea una niña malcriada. Esther es una mujer encantadora. Culta, sensible y divertida. Es fiel reflejo de su madre, sin duda. Tiene tu cara y tu cuerpo. Es tan guapa como tú. Dile a Esther, si algún día llegas a leer esto, que le tengo gran estima, a pesar de que hubiera preferido no conocerla nunca.
Hoy me han comunicado que tengo demencia senil. Nunca hubiera imaginado que mis desorientaciones y mis lagunas lingüísticas me llevaran a este diagnóstico.
Estoy decidido a contártelo. Tienes derecho a saber que estoy enfermo. Y eres la única persona a la que necesito contárselo. No entiendo bien el porqué pero es lo que siento.
Te lo diré para que no sufras por no saber más de mí pues pretendo volver a alejarme de todos y terminar mi paso por el mundo sabiendo que estoy en paz.
Te diré que te perdono, que no te guardo rencor.
Y que te amo.
Nunca dejé de hacerlo, aunque lo intenté con todas mis fuerzas.
¿Sabes? Es irónico pensar que lo que no pude olvidar por las buenas, lo olvidaré por las malas. Gracias a eso espero recordar nuestros días de amor y felicidad mutuos.
Siempre tuyo.
JOSÉ
Otra vez comienzo a llorar al terminar de leer la misiva. Otra vez la angustia de saber que destrocé al hombre que más amé, me rompe el corazón.
- Quédate con lo bueno, mamá- dijo Esther- Siempre te amó.
- Ya lo se pero, en ocasiones, amar un recuerdo es como no amar. Lo único que me consuela es que pude estar con él los últimos años de su vida y que le demostré que le quería. Aunque él nunca lo supiera. Jamás pensé que después de lo que le hice, fuera él el que me hiciera volver a sentir.
FIN.
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