Amor Inconcluso… Intruso Seguro
Salomé ya no es la esposa tímida que él conoce; bajo el sol y el agua, se ha convertido en el centro de una atracción peligrosa. Mientras Diego intenta retenerla, Valeria orquesta un juego donde la desnudez y la fotografía revelan secretos que ninguno estaba preparado para ver.
16. Entre anhelos y revelaciones
Sobre los techos de las casas de la urbanización empezaba a despertar lentamente el día. Aún no eran las seis, y la madrugada se aclaraba con la típica luz suave e inspiradora de la sabana. La luz ―imprudente y sigilosa― se colaba al interior de la sala a través de las ventanas, acariciando las persianas y formando figuras geométricas en el piso y los muros, que parecían adornar los recuerdos que llevaban tanto tiempo enmascarados.
Joaquín continuaba bien sentado en el sofá, con su característica y singular despreocupación, como si ese mueble estuviera hecho a la medida de su curiosidad. Con un pie cruzado sobre el otro, sostenía lo que le restaba por consumirse a su cigarro Pall Mall, entre el índice y el dedo medio, mientras el humo ascendía suave y de manera gradual, describía curvas formando una espiral, como las frases que en su interior se resistían a proyectarse al exterior.
Del otro lado, Diego Alejandro seguía de pie, apoyado en sus codos por detrás del mesón de la cocina, con la pipa encendida en la mano derecha. El humo era más espeso, sí, pero pausado, otorgándole un aura un tanto filosófica. La diferencia entre ambas humaredas parecía otorgarle algún significado a esa distancia. El inesperado invitado seguía fumando, con la habitual urgencia por hacer más preguntas, mientras que el anfitrión parecía querer hablarse a sí mismo, pero en voz muy baja.
—Y entonces, hombre… —rompió el silencio Joaquín, sin mirarlo directamente—. Cuénteme, ¿qué fue lo que realmente pasó allá? ¿Nuestra Salomé sorprendió a todos con esa belleza tan exuberante? Porque, ya que estábamos en eso, me interesa mucho conocer de su propia boca qué pasos dieron en ese mundo tan caluroso. ¿Qué demonios ocurrió con ustedes en esa piscina? ¿Se adaptaron con rapidez a ese ambiente? ¿Destacó demasiado su esposa?
El anfitrión bebió un poco de café, dejando que el exquisito sabor fuera degustado por su lengua antes de tragarlo con lentitud, como si al sentirlo descender por la garganta le organizara de paso esas memorias. Miró el vapor ligero que se dispersaba en el aire de la cocina, antes de poner sus cansados ojos en la figura de Joaquín, que esperaba la respuesta, inquieto y ceñudo, pero respetuoso.
—Pues a ver, Joaquín… ¿Qué le puedo decir? Lo de la belleza de Salomé…, sí. Por supuesto que se dieron cuenta. ¡Vaya si la notaron! Es la vieja historia de siempre, ¿sabe? Ella y yo, cuando entramos a un lugar, llamamos la atención por la diferencia de color, pero nos hacemos los locos y mejor nos concentramos en nuestras actividades, aunque, claro, todo cambia en el instante en el que por alguna broma Salomé se carcajea. Pero allá, en «El Terruño»… ¡Allá fue diferente!
—¿Y el motivo fue su atrevido look? —le preguntó el invitado, centrando a Diego Alejandro. Guiándolo a lo que realmente quería descubrir.
—No era solo que la miraran por el bikini. Era cómo la miraban, todas y todos, y cómo ella se dejaba admirar. Y lo que pasó después de la charla…
Diego hizo una pausa, dejando que su mirada se detuviera un momento en los portarretratos de la vitrina a un costado del comedor. El recuerdo de Salomé caminando por delante de él con ese micro bikini se le mezcló con la imagen uniformada de ella bajo el ala del primer avión que pilotó.
—Nos invitaron a ingresar en la piscina para realizar unos juegos. Una tontería con una pelota de playa, en equipos, donde todos debíamos intercambiar parejas. Pero el jueguito era solo una excusa, ¿me entiende? El sol, el agua, la cercanía de los cuerpos… eso comenzaba a calentar aún más el ambiente. La idea de «liberación» de la que hablaba Valeria se iba materializando con cada roce casual, en cada abrazo ocasional que duraba un poquito más.
La pipa volvió a su boca más pronto de lo pensado; esa vez el humo salió más rápido, junto a las palabras.
—Salomé…, ella ondulaba sus caderas, enseñaba los dientes, sonriéndose por cualquier cosa, como si hubiera estado esperando ese momento toda su vida. Como si esa piscina fuera su escenario, y cada uno de esos desconocidos, el público que la adoraba. La vi reír, lanzar o esquivar la pelota, y cada vez que había un roce con algún tipo, no parecía incomodarse en lo absoluto. Al contrario. Lo disfrutaba, y así, casi que provocaba el siguiente. Se reía con uno y con otro; coqueta, tocaba el costado de la otra…, y entonces yo, desde el otro lado de la piscina, junto a Gonzalo, que también parecía en shock, sentí que se me retorcían las entrañas.
Diego Alejandro le resumió aquellos momentos, evitando darle a su invitado mayores detalles, pero lo cierto es que, entre pausa y pausa, entre fumada y fumada, recordaba muy bien lo sucedido.
El agua fresca de la piscina fue un alivio muy bienvenido después del calor agotador de la mañana y la tensión de la charla motivacional. Jhonny, con su energía contagiosa, había lanzado una pelota de playa de colores y, con su voz alta y alegre, empezó a organizar a las seis parejas que estaban allí.
Los animó Valeria, ya con la pelota en sus manos: —«¡Vamos, mi gente! Vamos a dividirnos en dos grupos para un pequeño juego en el agua. Contaremos en parejas: uno y dos, uno y dos…».
Las parejas rápidamente se acomodaron, formando un grupo a un lado de la piscina y el otro al otro extremo. Salomé, con su micro-bikini fucsia que ahora parecía una segunda piel bajo el sol, se unió al equipo opuesto al de Diego Alejandro, enviándole una sonrisa traviesa que él le devolvió con una mueca de tímida conciliación. La presencia de Gonzalo y Martina en su mismo equipo le hizo sentirse un poco mejor.
El juego era simple: intentar pasar la pelota de playa entre los miembros del equipo sin que cayera al agua. Ganaba quien lograba hacer más pases seguidos sin que se rompiera la cadena. Pero ―con el agua tan cerca―, el entusiasmo del momento y todo lo que pasaba a nuestro alrededor, la diversión pronto dio un giro inesperado. La pelota iba de una mano a otra, haciendo salpicar goterones clorados con cada toque. En medio de la emoción por hacer pases cortos, Rubén, del equipo rival, se lanzó encima de Colette, rozando sus cuerpos de una forma que la tela del traje de baño casi no opuso resistencia. Colette soltó una risita nerviosa mientras le devolvía la pelota a Thierry, que miraba todo con una sonrisa complaciente.
En otro instante, mientras intentaba interceptar un pase dirigido a Margarita, Omar se encontró abrazando brevemente, pero con firmeza a Santiago. Ambos cayeron al agua y salieron a la superficie, mojados y riendo por lo torpe que había sido el momento. Sin embargo, la cercanía de sus cuerpos, la humedad y la situación hicieron que esa proximidad generara una especie de tensión invisible en el aire.
Salomé, con su habitual agilidad y con mucha energía, se movía como pez en el agua. En una ocasión, al recibir un pase alto, manos y brazos se cruzaron brevemente con las de Rubén, quien la sujetó por la cintura para evitar que perdiera el equilibrio. La sensación de sus dedos en su piel fue tan sorprendente como inesperada, y la mirada que él le dedicó tenía una intensidad que iba más allá del simple apoyo. Sin perder la sonrisa, Salomé le devolvió una escaneada desde el abdomen para arriba, y del amplio tórax hasta esos labios humedecidos, y todo sin rastro de incomodidad, sorprendiendo a Diego Alejandro, que observaba todo desde el otro extremo.
Martina, del equipo de Diego, intentaba mantener la compostura, pero en un forcejeo por la posesión de la pelota con la exuberante Margarita, sus cuerpos se presionaron. Los senos, apenas cubiertos por la húmeda tela, se rozaron de manera fugaz, pero la electricidad entre las dos fue innegable. Ambas se separaron con una sonrisa nerviosa, pero la semilla de la conciencia del contacto ya estaba sembrada y visible en la dureza del cuarteto de pezones.
Los «accidentes» no se detenían y se hacían más frecuentes. Una mano que intentaba alcanzar la pelota terminaba tocando sin querer un glúteo ajeno bajo el agua. Un intento por bloquear la pelota resultaba en un abrazo más apretado de lo esperado, donde los dedos —sin querer— se perdían debajo del triángulo de nailón que cubría un seno, y eso duraba un instante más de lo necesario. Las risas y las bromas intentaban aliviar la tensión, pero debajo de la superficie, esa actitud juguetona sugería el inicio de nuevas sensaciones, aproximaciones tanto de curiosidad como de excitación, alimentando los descuidos, consintiendo todos los toqueteos fortuitos, y aflorando en la mayoría una relajada camaradería.
Diego, cansado y sediento, tomó la decisión de sentarse en el borde de la piscina, sonriendo de labios para afuera, pues en verdad sentía una mezcla de incomodidad por la situación y miradas de fascinación hacia la figura llamativa de la organizadora. Observaba a Salomé interactuar alegremente con los demás, admirando la naturalidad con que se movía entre ellos; no obstante, se sorprendió de la forma en que los roces parecían no perturbarla en absoluto. Gonzalo, a su lado, igualmente bebía su cerveza en silencio, con una expresión que reflejaba una tensión diferente a la suya. A él sí le gustaba cómo la «integración» en “El Terruño” parecía estar tomando un cariz mucho más físico y explícito de lo que ninguno de los dos había anticipado completamente.
—Después de una larga hora de juegos en la piscina —retomó la narración, el anfitrión para con su invitado—, dos camareros nos avisaron que pronto estaría servido el almuerzo. En parejas nos dispersamos hasta las cabañas y allí nos duchamos y arreglamos para volver al poco tiempo a la casa. El aroma a cilantro fresco y a especias exóticas flotando desde el área del comedor fue un llamado inesperado a la calma. Todos, sin excepción, estábamos hambrientos. Valeria y Jhonny, con la amplia sonrisa que enseñan los buenos anfitriones, nos describieron el menú. ¡Una explosión de sabores peruanos!
Diego Alejandro levantó la vista hacia el techo de la cocina, como si buscara en lo alto alguna pista de aquel banquete que todavía llevaba en su memoria. No era solo una comida deliciosa, sino también una experiencia cargada de un poder afrodisíaco que la hacía aún más especial en ese momento.
—La mesa estaba decorada con un estilo rústico y acogedor, cubierta con manteles de lino blanco y adornada con pequeños jarrones llenos de flores tropicales. La comida empezó a llegar rápidamente, y quedé gratamente impresionado por los colores vibrantes y su gran variedad. Había mucho ceviche tradicional, con trozos de pescado blanco, cebolla morada y ají, todo en su jugo que parecía bailar en la copa; también tiraditos de lenguado cortados finamente, causas de atún y cangrejo que parecían obras de arte, y bandejas de jalea de mariscos fritos, dorados y crujientes, que venían acompañadas de yucas y salsa criolla. Todo alrededor se llenó con el tintineo de los cubiertos y esas conversaciones animadas nos empujaron a participar en conversaciones de todo tipo.
—Hummm… ¡Qué rico! —exclamó Joaquín, frotándose los labios con una expresión exagerada, como si pudiera saborear la comida solo con pensarlo—. Hombre, parece que en ese «paraíso» sabían cómo nutrir el cuerpo… ¡Y el alma, Diego! Después de tanto «juego de piscina», imagino que necesitaban recargar energías. ¿O me equivoco y los apetitos que surgieron en la actividad eran… de otro tipo? Cuénteme, ¿la comida sí ayudó a calmar esa emoción o simplemente la hizo más fuerte para lo que vendría después?
—Pues mire que no lo sé —le respondió al instante—. Mientras yo aún procesaba lo que había pasado en la piscina, me serví un poco más de ceviche. El toque cítrico del limón me ayudó a refrescar tanto el paladar como la mente. Recuerdo que miré a Salomé, que estaba sentada a mi lado. Ella llevaba puesto un vestido de verano muy ligero y vaporoso, uno que se compró en un vuelo que tuvo como destino a Punta Cana, hecho de algodón blanco con bordados calados que dejaban entrever sutilmente su piel morena.
A Joaquín le pareció que Diego Alejandro dudaba de nuevo, pero no. Él continuó relatándole hasta el más mínimo detalle, solo que después de aspirar otro poco de tabaco y retenerlo en el paladar.
—Los tirantes finos y un escote en «V», le daban un aire sensual, pero lo que más llamaba la atención de los demás, era cómo la tela transparente se movía con gracia cada vez que ella reía o gesticulaba, y eso no parecía incomodarle para nada. Para completar su look, llevaba unas sandalias de tiras y unos aretes grandes que brillaban con el sol. ¡Yo me he sentido siempre muy feliz de haberla conquistado!
Y no era mentira. Desde un comienzo, Diego Alejandro agradeció al cielo por haberle dado la paciencia necesaria para saber esperar el momento en el que Salomé le diera el sí, y después de eso siempre presumió de tener a semejante morenota bien tomada de su mano o pegada cariñosamente a su costado. Por ello, durante aquel almuerzo no fue distinto, pero sí un poco diferente.
—Salomé se reía mucho; charlaba junto a Colette y Martina, compartiendo historias divertidas y disfrutando cada bocado de la comida. Las otras parejas también parecían disfrutar, aunque no podía quitarme de la cabeza las miradas y los gestos pícaros que me hizo Salomé en la piscina. Esas risas, junto a aquellas caídas de párpados tan suspicaces, y algunos toquecitos «casuales», para nada inocentes, fueron sospechosamente provocadores.
La comida duró casi dos horas, un descanso que todos necesitaban, donde la carne, los pisco sour y las pláticas sencillas ofrecieron un respiro del tenso ritmo de la mañana. Diego comió lo suficiente, sin prestarle mucho interés a las demás conversaciones, mientras su mente seguía trabajando, dándole vueltas a esas miraditas que su esposa, metida en el agua, le lanzaba de vez en cuando. ¡Tan desenvuelta, tan… libre y feliz!
Joaquín se inclinó apenas, con la colilla acabada del cigarrillo todavía entre sus dedos, y soltó su acostumbrada opinión de los acontecimientos, buscando no perturbar a su anfitrión.
—Pues a ver, hombre. Me da por pensar que con el calor, los mariscos y ese pisco malicioso que les sirvieron… no sé si fue un almuerzo o un conjuro, ja, ja, ja. Me late que el tal Jhonny y esa Valeria pusieron alguna cosita adicional en esa mezcla. ¿No sintió usted que la integración ya cruzaba la frontera de lo meramente protocolario?
Diego Alejandro recordó que cuando los postres y el café oscuro daban por terminado el banquete, sintió el efecto del sol en su cabeza, los mariscos en el estómago y la intensidad de la mañana sobre los hombros; se inclinó hacia Salomé para hacerle un breve comentario: ―Mi vida, ¿qué tal si regresamos a la cabaña un rato? Tanta «integración» me ha dejado agotado, y con tanto afrodisíaco… Tú y yo… ¡Podríamos aprovechar el descansito!
Salomé le dedicó una sonrisa cansada, pero coqueta, le respondió: ―«Uhum, fijate que para nada me suena mal. ¡Vamos, mi monito hermoso!».
—Pues, ya que lo menciona, sí. Caminamos de regreso a la cabaña y, una vez dentro, no esperé. El cansancio se me olvidó al ver a mi mujer en la intimidad romántica de nuestro pequeño espacio. La tomé por la cintura, atrayéndola hacia mí, y comencé a besarla con urgencia, deslizando mis manos por la piel desnuda de su espalda. Con mis labios busqué su cuello, luego besé su escote, mientras mis dedos desataban con premura los tirantes finos de su vestido de verano. Quería recuperar, en esa privacidad, algo de la Salomé que sentía que se me escapaba cuando estaba ante ese público.
Joaquín se reacomodó de nuevo contra el espaldar del sofá, cruzando los tobillos como quien está por contar una anécdota inocente, y soltó su comentario sin mirar directamente a su anfitrión, pero sonrió con disimulo.
—Entonces sí que funcionó el afrodisíaco. ¡Ja, ja, ja! Yo, en cambio, si viera a mi pareja tan libre y feliz entre tanta gente… creo que no buscaría recuperarla, sino entender de qué tanto necesita escapar. ¿De mí, de ella o de quién?
Aquel invitado hizo una pausa breve, mientras giraba el cenicero y depositaba entre los demás restos otra colilla, como si escudriñara un secreto en el fondo de esas cenizas y le habló en voz baja, en un intento de no parecer imprudente ante la desgracia.
—A veces uno insiste en rescatar lo que no está perdido… o peor aún, lo que nunca pretendió quedarse como estaba antes.
Y Diego Alejandro no lo oyó, por estar precisamente recordando aquel instante, con esa búsqueda de unión corporal.
—¡Bueno, bueno! Mi morenota hermosa… ¡A lo que vinimos, vamos!
Pero Salomé, aunque respondió a las presurosas caricias y a los primeros besos con pasión, pronto se mostró renuente y empujó suavemente con sus manos a su marido.
—«¡Ay, mi amor, esperate, ve!» —dijo con un suave bostezo y una risita nerviosa—. «¡Vos sabés que estoy molida! Los mariscos me dieron una pesadez… Y el sol… ¡Qué modorra tan berraca, ¿oís?! De verdad, monito mío, que me siento agotada».
Diego Alejandro se detuvo, con las manos aún en su cintura, sintiendo cómo la frustración mental no concordaba con las palpitaciones que sentía en su verga. La vio recostarse en la cama, cerrando los ojos casi al instante, con una placidez que a él le pareció enternecedora, pero de nuevo, ajena.
—«Prefiero echarme un motoso cortico» —murmuró ella, ya casi dormida. ―«Vos andate si querés a darte un borondo por ahí, monito mío. Más ratico te busco».
Diego Alejandro la observó un momento más. La frustración le provocó un sabor amargo en la boca. Esa idea de un reposo ―quizás con otras intenciones― desvanecieron las suyas en el candente ambiente de esa cabaña. Se resignó y salió, yendo a la sala de la casa y se tumbó en un sofá, cerró los ojos por un momento, y aunque no buscaba el sueño, la frustración y el cansancio acumulado lo fueron arrastrando a una siesta inesperada, pero escuchó una voz tenue que lo despertó.
—Estaba cansada y con dolor de cabeza —le respondió Diego Alejandro a Joaquín—. Me pidió que la dejara dormir un rato y fuera a darme una vuelta y compartiera con los otros; así, con esa vocecita dulce… como si nada se me estuviera pasmando.
Igualmente, con voz baja y amarga, desde la cocina el anfitrión, con la pipa encendida en la mano izquierda y el pocillo de tinto en la diestra, le comentó a su invitado: —Ni para un rapidín me alcanzó, Joaquín.
Hizo una pausa larga, exhalando lento el humo y negando con la cabeza.
Joaquín alzó las cejas apenas, sin moverse del sofá. Frente a él, el Beluga se agotaba en la botella, y la de aguardiente amarillo parecía abandonada tras un concierto de música de despecho. Sonrió apenas, ladeando el cuerpo para alcanzar un pequeño retrato en la repisa, el de Salomé con los niños en una finca tropical.
—Mmm, hombre, qué vaina. Pero eso suele pasar, Diego. Uno ofrece el calor y la otra persona necesita sombra. —Y apoyó el marco de nuevo, como si no quisiera dejar huellas.
—Y cuando a uno lo mandan a «darse un borondo»… hay que preguntarse si lo que quieren es que uno camine y suelte… o que pierda lo que la soga tanto amarra.
—Al llegar a la casa di una vuelta por el comedor, pero lo hallé solitario, hasta los platos sucios ya los habían levantado. Pillé en una esquina un six pack de Polar y destapé una, la otra se la guardé para Salomé; luego busqué en el amplio salón sin encontrar a nadie, así que me senté un momento en uno de los sofás de ratán, y cerveza en mano, cerré los ojos. Ya me estaba cogiendo el sueño cuando escuché una voz que me saludaba y al abrir los ojos tenía frente a mí a Valeria.
—¡Ja, ja, ja!, se le apareció a usted la virgen. ¡Qué hombre tan suertudo! Y su mujer, toda juiciosa y bien dormidita en la cabaña. ¡Ah, nos salió usted, picarón, picarón! —dijo Joaquín, levantando ambos pulgares en señal de festejo, como si alabara esa recién revelada buena fortuna.
—Lo que usted llama suerte, Joaquín, yo lo vi como un lío más ―respondió sin abandonar su erguida posición por detrás del mesón de la cocina ni apartar la mirada del pocillo de tinto entre sus manos―. Porque a veces uno no sabe si lo que se aparece es la virgen o el demonio disfrazado de aparente cordialidad.
Joaquín meneó la cabeza y sonrió fingiendo comprensión, pero no añadió nada más. Tal vez porque el tono de la voz del anfitrión desnudaba una verdad un tanto incómoda, o porque entendió que en ese momento no había espacio para las bromas. Valeria seguía rondando dentro de esa cabeza ondulada y rubia melena, y no era precisamente por haberse tomado la cerveza que era para Salomé.
—Pues lo que realmente sucedió, Joaquín… —continuó Diego Alejandro, retomando el hilo de esos momentos— es que ella se sentó a mi lado y agarró la lata de cerveza que tenía a mis pies, y tras destaparla tomó un buen sorbo. Luego me sonrió. Compartimos brevemente, ella observándome a los ojos y a mi boca, y yo a sus labios rojos, comentando sobre la apariencia de los otros invitados, donde demostró su preocupación por mi bajo estado de ánimo y, por supuesto, me preguntó por la ausencia de Salomé. Le conté así por encima la decisión de quedarse a descansar un rato y fue cuando ella me anunció que el atardecer estaría dedicado a la diversión y el autoconocimiento, y que le gustaría que le colaborara a preparar la zona del spa donde realizaríamos la siguiente actividad.
—Seguí a Valeria hacia el área del spa. Como no había tenido tiempo de cambiarme, llevaba puesto los mismos shorts de lino y una camiseta ligera. Cuando la observé a mi lado, un nudo se me formó en el estómago. Valeria llevaba puesto un pareo de seda en tono esmeralda, atado de manera elegante a la cadera, que dejaba ver sus largas piernas de piel clara.
—En la parte superior, llevaba un bikini blanco tipo bandeau con volantes que resaltaban el tono de piel de sus clavículas, haciendo un bonito contraste con el brillo de sus ojos verdes. Lucía unos aretes grandes y dorados que le daban un toque bohemio, y su melena rubia caía suelta y lisa sobre los hombros, destacando su belleza venezolana y transmitiendo tranquilidad pero también poderío. La elección era sencilla, sí, pero la caída suave y el color vivo de la seda le daban una imagen de elegancia relajada y una cierta sensualidad que me resultó tan atractiva como desconcertante.
—¡No joda, hombre! ¡Ja, ja, ja! —al final Joaquín no se pudo contener y soltó una carcajada seca, apagando la colilla de su cigarrillo en el cenicero con un gesto despreocupado—. Me late que esa Valeria no solo pensaba en organizar juegos, ¿verdad? Y el «autoconocimiento» me suena a algo más que meditar frente a un espejo. Ja, ja, ja. Y usted, de bobito, nada de nada.
―El vapor cálido y de tono azulado del spa nos fue rodeando ―continuó relatándole Diego Alejandro, haciendo caso omiso a la ironía―, mientras ayudaba a Valeria a colocar un antifaz de seda negra en una bandeja de madera pulida junto a la bañera de hidromasaje.
—Pero, por supuesto. Esa mujer cumplía con todos los parámetros necesarios para hacerlo caer, y usted ahí, tan buena gente ayudándole con todo y ella efectuando sus actos de magia, que no eran para nada diferentes a una buena táctica de seducción. ¿O me equivoco, Diego?
—Puede que sí, pero no me di por aludido. El caso es que mientras terminábamos de prepararlo todo, escuchamos risas y pasos que se acercaban. En medio del vapor surgieron Colette, con su bikini negro muy sencillo que apenas se notaba debajo de su blusa de gasa, y Margarita, cuya exuberancia se manifestaba en su bañador fucsia que brincaba en la penumbra del spa con cada paso.
—Colette, con su melena platino aún ligeramente húmeda, parecía ansiosa por comenzar con la diversión, mientras Margarita saludaba con una sonrisa amplia y un gesto que prometía cometer mil travesuras. Poco después, llegaron Martina y Gonzalo, con siluetas más discretas, pero con miradas llenas de curiosidad. Martina ajustaba su bata de baño blanca, y Gonzalo, con sus bermudas de estampado hawaiano, observaba con su habitual interés. Habían estado paseando por la segunda planta de la casa, por eso ya era esperado que llegaran tarde al spa. Nos saludamos con entusiasmo, quizá debido a la energía propia del ambiente de «El Terruño».
—Ok, ya veo que fueron llegando a la actividad pactada, pero… ¿Y su mujer? ¿Y los demás? ¿No les avisaron? ¿No fue usted a buscar a Salomé?
Tras aquella andanada de preguntas, que fueron expulsadas de la boca de Joaquín, Diego Alejandro cerró los ojos e inclinó su cabeza, como para buscar refugio dentro de sí, o para ir acomodando sus palabras para responder en orden las inquietudes de su invitado.
—Pues si le avisaron a Salomé, ella no me lo dijo antes de quedarse dormida. Y los otros no aparecieron. Supuse que, al igual que mi mujer, el juego en la piscina y lo exquisito del almuerzo les pasó factura y estarían echándose la siesta. Además, no me dio tiempo de pensar en ir a buscarla, pues cuando los seis estábamos reunidos, Valeria tomó el mando, nos miró con una sonrisa de pura picardía y dio inicio a la charla de inducción.
Joaquín se apresuró a recomponer su posición en el sofá, enderezándose para prestarle mayor atención a su anfitrión, y este, a su vez, en silencio se desplazó hasta uno de los taburetes frente al mesón. Aspiró por la boquilla y retuvo el humo por algunos segundos, los suficientes para hacer memoria de las instrucciones que emanaron de los labios de aquella beldad venezolana y se las fue transmitiendo, tal cual las recordó a ese quisquilloso invitado.
—«¡Hola, mis queridos!» —dijo con una voz melodiosa que resonaba ligeramente en el espacio húmedo. Sostenía la bandeja con un antifaz de seda.
—«Ahora que estamos todos, o casi todos, tengo una sorpresa para esta tarde. Vamos a jugar a la gallinita ciega». —Su sonrisa se amplió, invitándolos a participar.
—«Pero no hay que confundirse con la versión infantil. La idea es que usen no solo su buen oído o el olfato, sino el del instinto, para disparar esta cámara Polaroid en tres oportunidades e intentar capturar el rostro o una parte reconocible de los cuerpos de los participantes. Los capturados deberán despojarse de una de sus prendas y entregársela a la persona que estaba oficiando de gallinita. ¿Queda claro? Solo tendrán treinta segundos para decidirse a disparar el obturador».
—Valeria hizo una pausa esperando por preguntas sobre el juego, y efectivamente fue Colette quien formuló la primera: —«¿Y si no consigo encuadrar a ninguno de ellos?…, ¿yo qué pierdo?».
—«Aquella gallinita que no consiga, en sus tres oportunidades, encuadrar a ninguna persona no perderá nada, pues desde el comienzo no llevará prenda alguna que pueda perder». —Les aclaró la bella organizadora y continuó la explicación—. «Nuestra gallinita jugará desnuda por completo y seguirá así hasta la otra ronda. Si no es atrapada en alguna fotografía por la nueva gallinita ciega, podrá tomar sus cosas y vestirse, pero… si es pillada en alguna toma será enviada un rato a la habitación del baño turco, pero completamente a oscuras como pequeño castigo o… ¡Un fabuloso premio! ¡Va a ser muy divertido, ya verán!».
La música lounge que Diego Alejandro había elegido, sonando en una mediana grabadora de casetes, subió un poquito más el volumen, pero aun así no logró acallar la sorpresa —ni la suya, ni la de los demás—, ni las primeras risas nerviosas y los comentarios emocionados. En el aire, sin embargo, flotaba algo de tensión, pero también bastante entusiasmo, solo que nadie sabía bien cómo iba a dar inicio ni mucho menos cómo iba a terminar.
―¡Ja, ja, ja! Con el vapor, la penumbra y la Polaroid…, era obvio que esa actividad grupal iba a terminar en un revelado de otro tipo. ¡Menudo paraíso, sí, señor! Y su bella durmiente, sin enterarse de nada. —Le hizo el comentario Joaquín, intentando no extralimitarse, aunque Diego Alejandro le hizo mala cara.
—Nadie se atrevió a ser la primera gallinita —continuó relatándole—. Un silencio lleno de expectativa se apoderó del spa, interrumpido solo por el suave zumbido de los chorros del jacuzzi, y fue entonces cuando Valeria decidió dar un paso al frente con actitud desafiante, y aclarando su voz rompió la tensión: —«¡Partida de miedosos!» —nos dijo, y en sus ojos verdes creí observar que chispeó en cada uno de ellos la diversión—. «Está bien, yo voy primero».
—Y así, Valeria, con una elegancia que flirteaba con lo atrevido, empezó a desnudarse. —Y Diego Alejandro no le mencionó nada más, aunque claramente, él mantenía bien grabada aquella escena.
Primero, el pareo esmeralda se deslizó hasta sus pies como si fuera una cascada de seda, mostrando la piel clara de sus piernas. Luego, con un movimiento deliberado, se desabrochó la parte superior de su bikini blanco, dejando al descubierto sus senos operados. Finalmente, la tanga también cayó, enseñando una pequeña pirámide invertida de vellos púbicos recortados, señalando el inicio de la hendidura. Desnuda por completo, pero con una confianza arrolladora, se acercó a Diego Alejandro y el vapor del spa pareció jugar a su alrededor, acentuando cada curva de su figura.
Con una voz suave, en medio de un sensual susurro que solo él podía escuchar, le dijo: —«Tú te encargarás de contar hasta treinta y detener la música; claro, mientras juegas, bailas y te escondes de mi cámara».
Diego, sintiendo la cercanía de aquella tersa piel desnuda y el calor que de ella emanaba, solo pudo encogerse de hombros, y su voz surgió, pero apenas como un hilito: —¿Y por qué todo yo? ¡Qué tal y me atrapes!
Valeria soltó una risita prudente pero seductora y se inclinó hacia él. Sus labios tibios robaron un beso a los de Diego Alejandro. Al separarse, sus ojos verdes lo miraron de forma traviesa mientras le advertía: —«¡Tesoro, eso es lo más emocionante de arriesgarse a hacer lo prohibido! ¡Ojalá y te pille mal parqueado, papacito! ¡Ja, ja, ja!».
—¡Ah, esa Valeria tan bandida, pues claro que tenía sus malas intenciones! —Joaquín intervino con su característica sonrisa sarcástica que no enseñaba los dientes, pero sabía masticar la herida.
Sus dedos se hicieron cargo de tomar un nuevo cigarrillo, pero no se lo llevó a la boca de inmediato, sino que jugó con aquel pitillo largo y blanco, haciéndolo girar sobre su eje, entre la yema del pulgar y el dedo medio.
—Por lo visto, esa reinita no se andaba con rodeos, ¿verdad? Y a usted, hombre, lo tenía en la mira. La que se expuso al fuego fue ella, pero al que quería quemar era a otro. ¡Ja, ja, ja! Esa es la verdadera «suerte», ¿o no? El que se esconde y se hace el bobo… ¡Ese sí que sabe jugar con fuego!
El comentario de Joaquín, lleno de esa ironía mordaz, fue como un baldado de agua helada; una ducha fría que sacó a Diego Alejandro de su inocente ensimismamiento. Dejó de revivir la escena en la zona húmeda y volvió al presente de la sala, de golpe. La sonrisa leve se le desdibujó, y se le frunció el ceño mientras miraba al amigo de su mujer, que seguía jugando con el cigarrillo y para nada lo miraba a los ojos.
—Es muy interesante lo que me cuenta usted. El hecho de que esa «gallinita venezolana» esté completamente desnuda desde el comienzo del juego transforma su rol de organizadora en una especie de rito ceremonial que la expone y la vulnera. No es solo quien juega, sino la libertad que tiene para exponerse; no solo es piel y forma, sino la convicción de ser avalada y deseada por los demás. —Analizó con acertada profundidad aquel insospechado invitado.
—¿Y qué le hace pensar a usted eso? —Enseguida objetó el anfitrión.
—Pues a ver, hombre, me parece que ambos objetos tocan las fibras internas de los que participan. Buscan que afloren temas de ocultamiento y revelación. El antifaz sugiere anonimato, deseo y misterio; la cámara Polaroid, por el contrario, fija instantes emotivos y captura verdades corporales. En conjunto, amalgaman la relación entre lo oculto y lo expuesto.
—¿Y, según su pensamiento filosófico, qué significado le da usted al castigo?
—La oscuridad obviamente representa el internarse hacia lo desconocido, lo introspectivo o incluso lo punitivo. Ser «enviado» allí puede tomarse como una forma de suspensión grupal, ya que la persona es apartada del juego para enfrentarse a sí misma, sin distracción visual, exponiéndose ante su complejidad sensorial.
Joaquín continuó extendido en el sofá, pero su mirada de águila rapaz perseguía la bocanada de humo de la pipa del anfitrión. Y el cigarrillo finalmente lo llevó hasta su boca y lo homenajeó con candela. La sala de estar se mantuvo súper tranquila, como un espacio inhabitado, excepto por el sonido ocasional de las persianas golpeando los vidrios a causa de la brisa mañanera. Se dio cuenta de que Diego Alejandro, a pesar de que estaba un poco tocado por sus comentarios mordaces, en realidad pretendía retomar el hilo de lo que le venía diciendo.
—¿Todo en orden, hombre? —Joaquín finalmente le consultó, mezclando en el tono de su voz un interés genuino, con un poco de sus acostumbradas burlas juguetonas—. ¿Cómo funcionó ese juego con aquella muestra de «liberación» tan profunda? ¿Qué tal le fue a esa gallinita ciega? ¿Consiguió obtener en ese tiempo de espera alguna buena toma?
Diego Alejandro liberó un soplido, parecido al sonido de la enjalma, que estudia el terreno próximo antes de echarse al trote. Aun así, había un poco de enfado, pues quería mencionar aquel inicio sin dar demasiada información, manteniendo a raya la curiosidad del invitado y sin precipitarse en aportarle el final. Miró rápidamente al ambiente que lo rodeaba, todavía pegado al recuerdo de ese lugar, tan caluroso como húmedo.
—En el spa —se despachó con total naturalidad, Diego Alejandro—, la humedad era menos asfixiante que el estado de excitación de todos los que estábamos rodeando y observando aquella espléndida desnudez. Las columnas de vapor dejaron de danzar tras cerrar la puerta del baño turco, y nos situamos alrededor de ella. Valeria, desnuda y con la cámara sujetada a su cuello, se colocó a sí misma el antifaz de seda y me indicó que, a la cuenta de tres, comenzara a enumerar los treinta segundos. Y con el brazo derecho en alto, tan erguido como sus pezones color caramelo, lo bajó de golpe y dio por iniciado el juego.
Diego, tal vez procesando las inquietudes de Joaquín, se vio transportado al instante. Las palabras del amigo de su esposa aún producían eco en su cabeza, pero la situación, en aquel espacio lejano, reclamó mayor atención, y así fue como revivió los momentos divertidos de esa actividad grupal.
Valeria giró y le enseñó la espalda y tres tatuajes; la cintura con dos hoyuelos sacros y el culo en forma de durazno. Y con la cámara Polaroid colgando como un amuleto del cuello, aquella hermosura de mujer dio los primeros pasos sobre el colorido piso de caucho reciclado.
Los demás comenzaron a moverse a su alrededor. Margarita se escabulló detrás de las macetas colgantes con bromelias y helechos. Los vellos dorados de sus antebrazos brillaban envueltos en el vapor. Gonzalo, con la carcajada aún fresca, se sumergió en la tina de hidromasaje, causando mucho ruido y dejando una estela burbujeante y cálida. Colette danzaba en cuclillas con bastante agilidad alrededor de Valeria, y la gaza de su blusa rozaba los muslos de la gallinita ciega. Martina, demasiado tímida, se deslizó detrás del banco de madera, pero sus pupilas brillaban entre la frágil niebla.
Y Valeria… ella convertida en ejemplo de una audaz gallinita ciega, efectuó tres disparos, en instantes separados y en direcciones opuestas, mucho antes de que se agotaran los segundos. A los pies, alrededor suyo, aguardaban tres instantáneas por revelarse y que retrataron el mundo en distanciados chasquidos del obturador. Lo demás ya no fue relato, sino secuencia. El juego en serio había empezado.
—El primer disparo rasgó el aire. Claramente, pude escuchar aquel click. Una imagen robada a alguien o a la nada. Nadie supo a quién. La gallinita retrocedió un paso, se giró hacia otro flanco y su cabello rubio se le desplazó con gracia, como una cortina de agua iluminada. El segundo disparo sucedió cuando la tuve en diagonal, con la seguridad de quien percibe que se está ocupando un espacio, en lugar de tentar a la suerte y acertar. El vapor pareció ondular. Me apreté la camiseta contra el pecho. Sabía que ella no podía verme, pero sentí que algo me empujaba a acercarme a Valeria. No me había movido, pero tampoco había huido. ¡Quizás deseé ser capturado!
—Y la gallinita se agachó con la precisión de un felino al acecho. Sus piernas se recogieron y giró, como si el instinto le hablara por encima de aquel antifaz. Disparó hacia la grabadora, hacia la música que reproducía el eco de mi presencia. Y ese click lo escuché de nuevo. El sonido fue más profundo esa vez. Rompió el aire, y no supe si me atrapó, porque estúpidamente cerré los ojos. No por miedo, sino como acto de aceptación. Valeria quedó inmóvil unos segundos. Todos nos mirábamos, casi sin respirar. La cámara pendía de su cuello como un oráculo silenciado; más a sus pies, la suerte estaba por revelarse.
Joaquín, con los ojos fijos en Diego, retiró de sus labios el largo cigarrillo y tal vez debido a la emoción que aquel relato le causó, se decidió por destapar la botella de vodka y beber un largo sorbo directamente de ella, sin expulsar el humo.
—Valeria, aun con el antifaz, permaneció de pie con la cámara colgando del cuello. El canal entre sus senos, al igual que el vientre, los tenía un poco más húmedos; los muslos más brillantes y mojados, ambos empeines. Por un momento no se movió. Incluso unas pequeñas gotas en sus clavículas consiguieron capturar la luz interior y provocar destellos como si fuesen pequeñas perlas. Sin saber si había sido capturado o no, sentí algo parecido al vértigo. El disparo había sido dirigido a mi dirección, pero ¿bastaba con que el obturador se hubiese accionado para que yo quedara atrapado?
—¡Hombre!, perdóneme que se lo diga ―de improviso lo interrumpió Joaquín, pero en esa ocasión la cara de duende pícaro enseñó un semblante de extrañeza―, pero como que muy avispado no es usted. Quedarse ahí quieto y engarrotado, y más blanco que una rana platanera, pues es una estúpida táctica para jugar. Eso es, que usted andaba embobado admirando otras cosas en lugar de buscar dónde esconderse.
Diego negó con un movimiento leve de la cabeza y apretó los dientes. El ceño, en forma de «H», se le acentuó aún más y, con una voz apenas audible para sí, murmuró un… «¿Y qué le importará a este huevón?», antes de volver a sumergirse en el relato, como si el comentario de Joaquín nunca hubiera existido.
—Nunca he tenido problemas con la desnudez. La he visto con frecuencia tras bambalinas en los desfiles de moda. No la miré embobado por el deseo, sino debido a que admiré su determinación. Me recordaba a mi mujer. —Le respondió en un tono templado y Joaquín, al escuchar cómo se refirió a Salomé, reculó y cambió de pose en el sofá. De nuevo cómodo. Otra vez a la expectativa.
—Bien, la cuestión fue que ella se retiró lentamente el antifaz, como quien sale de un trance hipnótico, y se acercó al borde de una mesa baja de madera. Apoyó la cámara y, con un cuidado ceremonial, recogió del suelo las tres fotografías. El papel comenzaba a revelarse bajo la química del aire húmedo. Todos nos acercamos despacio. Margarita salió de detrás de la planta, agitando el cabello. Colette permaneció en un segundo plano, con los brazos cruzados, pero la mirada entrometida. Gonzalo surgió del jacuzzi, intentando secarse la cara con su camiseta emparamada, entre la risa y algo de expectativa. Martina se acercó con la bata aún cerrada, pero los ojos abiertos como si fueran los únicos testigos de aquel cuerpo desnudo de mujer.
—Una a una, Valeria fue colocando las imágenes reveladas sobre la mesa. En la primera foto, vimos un fragmento de la tela de un rosa purpúreo intenso del bañador de Margarita, junto a un rizo oscuro y una hoja difusa al fondo. En la segunda, el contorno de una pierna detrás del tul grisáceo, apenas visible. Probablemente Colette. Pero en la tercera, todos nos percatamos de una silueta masculina, alta, con cabello semihúmedo cayendo hacia adelante. Aunque desenfocada, el encuadre sugería a los otros que se trataba de mí, justo en el lugar donde la música surgía.
—¡Era obvio, hombre!, ella lo retrató y usted perdió.
—Perdimos, Margarita y yo. Valeria sonrió apenas. No celebró ni sentenció. Solo alzó sus ojos hacia mí, como si me entregara la decisión de quitarme una prenda, tan solo con su íntima mirada.
Y así sucedió. Diego se acercó, contempló las imágenes sin decir nada. Reconoció los detalles y confirmó lo que ya sospechaba: él había sido visto. No por la cámara, sino por ella. Se despojó de su camiseta con un gesto pausado. No hubo pudor ni desafío, solo una entrega tranquila. La extendió hacia Valeria. Ella la tomó con una sonrisa enigmática y se la colocó junto al bañador fucsia que le quedaba holgado.
—Obviamente, me tocó entregarle algo, así que le ofrecí mi camiseta.
—Pero claro, hombre, debía cumplir y aprovechar para mostrar ese… Mejor dicho, mostrarle a ella que usted también tenía lo suyo. ¡Ja, ja, ja!
—No fue por vanidad como usted piensa, Joaquín. Fue más un acto de caballerosidad para que cubriera mejor su cuerpo, pues Margarita fue la primera en darle a Valeria lo único que llevaba puesto. Su traje de baño enterizo, que para nada le marcaba el contorno de la silueta a Valeria, y por ello tan solo con un nudo se lo ajustó lo mejor que pudo a las caderas. Y así, la primera ronda de aquel inspirador juego infantil, pero de una liberadora inmadurez, había concluido con la Venus más vestida, aunque el ritual de la liberalidad apenas daba inicio para los demás.
◆ ◆ ◆
El sol se había escondido un poco cuando Salomé despertó en la cabaña. El aire en la sala de la casa se sentía más fresco, y las voces de las pocas parejas que aún quedaban charlando se escuchaban distantes. Se estiró, sintiendo los músculos relajados, y el recuerdo de la invitación de Diego regresó a su mente. Miró a su alrededor. Él no estaba.
Un pensamiento rápido, una soledad casi imperceptible, pasó por su cabeza. ¿Y si Diego, su querido monito hermoso, como ella le decía, había decidido lanzarse en solitario al desafío después de ver la «liberación» que ella había mostrado en la piscina? Un escalofrío de una nueva emoción, una mezcla de curiosidad y un leve atisbo de celos, la recorrió.
¿Estaría él ya haciendo algo… íntimo, con alguna de las otras parejas? Su mente voló enseguida hacia la reina de belleza, tan espectacular y coqueta, dirigiendo el juego. «¡Se la estuvo comiendo con los ojos!», recordó.
O quizás, con la tímida mujer de Gonzalo, la tal Martina, quien durante el almuerzo no había parado de echarle flores a su Diego, con una admiración que rozaba la obsesión, pero que sin lugar a dudas había disfrutado.
Se levantó de inmediato, con una urgencia que no supo definir. Tenía que salir a buscarlo, pero antes de eso, su reflejo en el espejo la detuvo en seco. ¡Tendría que ponerse más mamasita que las demás!
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