Lola, no estás sola...
Lola lleva años sintiéndose invisible en su propio matrimonio. Cuando un simple ofrecimiento de trabajo despierta la mirada lasciva de un encargado y la promesa de una vida independiente, decide cruzar la línea de la rutina. Pero en el nuevo entorno, el deseo no es solo un sueño, sino una realidad que la pone a prueba.
Lola, no estás sola.
Laura&Sylke
Capítulo 1
El despertador suena a las seis de la mañana como todos los días desde hace ya casi diez años, pero me hago la remolona porque hoy me puedo quedar un rato más la cama ya que al ser sábado las niñas no tienen clase y no tengo que prepararles nada antes de que se vayan al cole, pero de repente recuerdo que Quique, mi marido, sí que trabaja hoy... y siempre me gusta dejarle todo listo para cuando se vaya, así que, sin despertarle, salgo de la cama.
A veces mi amiga Belén me dice que soy tonta y que me he convertido en toda una “maruja”, que debo empezar a pensar en mí, que no soy su sirvienta y ya lo sé, pero no me acostumbro, como ella, a que sea su marido quien se prepare el desayuno. Yo lo he hecho desde que nos casamos, siempre me ha gustado ser servicial con Quique y me parece que él también se ha acostumbrado a eso. Por otra parte, también sé que está muy estresado en el trabajo, por lo que me gusta atenderle en todo lo que pueda y que por un momento se evada de los problemas.
Así que medido dormida, pues anoche acabé a las tantas viendo “Reels” y algún video porno mientras Quique dormía y acabé agotada, además de excitada. Me dirijo hacia la cocina para empezar a preparar el desayuno y el almuerzo de mi marido, con ese tupper de comida casera que tanto le gusta y justo cuando estoy guardando la comida en su bolsa siento como el termo del agua caliente comienza a funcionar y es señal de que se está duchando así que lo guardo todo rápido y me dirijo corriendo hasta el baño para ver si mi Quique se encuentra hoy con ganas, se anima y echamos un “rapidito”, como antiguamente, de esos robados tan ricos...
- Hola guapo ¿quieres que te ayude a enjabonarte? - le pregunto quitándome el camisón, para meterme desnuda con él en la ducha.
- Lo siento cariño, pero ya he terminado - me dice secamente, cerrando el grifo repentinamente y dejándome allí plantada.
Me quedo algo cortada, pero no se lo tengo en cuenta, sé que desde que le han nombrado encargado de la obra, tiene otras cosas en la cabeza y hace tiempo que no tenemos sexo en condiciones. Estoy acostumbrándome a que me deje con las ganas y he llegado a pensar que eso también forma parte de nuestra vida en pareja, sobre todo desde que tenemos a las niñas... y yo acabo consolándome a mí misma con alguna peli cachonda o algún relato erótico.
- Vaya, yo que me levantaba hoy juguetona. - le digo agarrándome a su cintura, pero él me empuja con el culo y cogiendo una toalla se va secando.
- No, Lola, joder, no estoy de humor... - añade algo seco.
Y tal cual lo dice se larga del baño dejándome allí sola, desnuda y con mi calentón matutino. Nunca he tenido queja con Quique en nuestras relaciones, al menos hasta hace unos meses, bueno, para ser sincera, casi desde que nació la pequeña, pero sé que últimamente no está centrado, así que vuelvo a ponerme el camisón y al regresar a la habitación, veo que está terminando de vestirse mientras yo le voy hablando de cosas de las crías, pero él sigue a lo suyo sin decirme nada, consultando mensajes de su móvil y voy tras él por el pasillo como una tonta y al final recoge su bolsa y se pone el abrigo.
- Adiós, cariño. - me dice y me da un piquito, saliendo por la puerta sin más.
- Pero, Quique, te he hecho tostadas... - le aviso.
- ¡Voy mal de tiempo, cielo! - me grita cuando veo la puerta de casa cerrarse.
Suspiro y me meto en la cocina para terminar de comerme las tostadas que Quique dejó junto a su humeante café, que tampoco ha probado y miro por la ventana con la vista ida, llegando a pensar si él está contento conmigo. Lo de que tenga una amante, lo he descartado, no tiene tiempo, pobrecillo, pero supongo que se fijará en las chicas más jóvenes, la vecina del quinto, por ejemplo, que es una monada y lleva esas falditas cortas o la chica de esa pareja de recién casados que acaban de mudarse enfrente y a los que se les oye follar tan a menudo. Sólo con recordar eso suspiro y pienso donde quedaron aquellos momentos tórridos con Quique.
A mis 40 años me sigo conservando bien, pero claro, los años y dos embarazos no perdonan y eso que la pequeña ya tiene dos añitos. Lo cierto es que en parte es culpa mía, no porque no me conserve bien, aún estoy delgadita y me cuido lo que puedo, pero tampoco me peino, me maquillo o me visto como antes, ni soy tan sexy, al menos no me veo así... Antes de quedarme embaraza tenía un cuerpo espectacular, sin ser petulante, era la envidia de toda mi clase y de todos los sitios por donde iba. Quique me lucía orgulloso abrazado a mi cintura, sabiendo que su chica era un bomboncito, siempre llamativa y con vestimentas provocativas, de larga melena negra, buenas tetas, cintura estrecha y culo respingón, llevaba mis taconazos, mis minifaldas o el último peinado de moda, siempre muy coqueta. Ahora mi pelo siempre lo llevo recogido, con coleta o trenzas, mis ojos siguen siendo iguales de color marrón con motas de color verde, muy llamativos, pero lo cierto es que ahora, aparte de no pintarme, con tanto trabajo y preocupaciones tienen ojeras y bolsas. Curiosamente mi culo se mantiene bastante firme a pesar de todo, quizás un poco más grande que antes y mi pecho ligeramente más caído y también ahora tango las tetas más grandes por culpa de los embarazos, al igual que la barriga que intento mantener a raya... antes, la tenía sin ninguna estría y ahora esta llenita, aunque me cuido y hago mis sesiones de pilates en casa, ya que la economía no nos permite un gimnasio. Desde que Quique se recuperó de sus dos largos años en paro, ahora está centrado en ese nuevo trabajo y yo me limito a cuidar de las niñas y cada vez menos de mí misma.
Me dirijo hacia mi habitación para ponerme alguna ropa cómoda como todos los días, un chándal poco sugerente y una vez lista, pongo una lavadora y siento a mis pequeñas que ya me están llamando.
- Mama, ¿qué hay para desayunar que tengo hambre? - grita Diana, la mayor, que acaba de cumplir seis años.
- Hoy tenemos gofres por ser sábado. - le grito.
- ¡Guay! - le oigo decir.
- Ayuda a tu hermana a vestirse, anda. - le comento.
- Ya estoy, mamá. - me dice Sara la pequeña, que, con sus dos añitos, es bastante espabilada y ha logrado vestirse sola.
- Pero si ya tengo una mujer. - le digo dándole un achuchón de los míos a pesar de que tiene los botones de su camisita en ojales distintos.
Mis niñas, son sin duda, la alegría de mi casa y estoy más que orgullosa de ellas. Son dos muñequitas preciosas y ambas han sacado mis ojos. Voy sirviéndoles los desayunos, pero ellas, se pegan como buenas hermanas y luchan entre gritos por adueñarse del gofre más grande o el que tiene más mermelada e intento poner paz, como cada mañana... en ese ajetreo diario con ambas. Cuando empiezan a comer, parece haber algo de paz y yo me quedo contemplándolas pensando cómo era mi vida antes de que se convirtiera en un desastre. No lo digo por ellas, al contrario, ellas son lo mejor que me ha pasado y no lo cambiaría por nada. Amo a mis hijas por encima de todo e incluso por todo eso que haya podido quitar de mi aspecto, mi juventud o mis años perdidos. Pero ¿qué ha sido de mí? ¿Dónde quedó la Lola juguetona, echada para adelante, aquella mujer que se comía el mundo?
Mientras las niñas terminan su desayuno viendo su serie de dibujos favorita yo voy arreglando la casa y una vez que lo tengo todo listo, visto a las pequeñas para bajar al centro comercial a hacer la compra, como cada sábado, ya que suele haber buenas ofertas.
Por el camino, recibo una llamada de mi amiga Belén, con la que había quedado para tomar un café, pero me dice que no puede porque su marido se ha cogido el día libre y quiere aprovecharlo... pues la ha llevado a un hotel romántico y acaban de echar el polvo del sigo, como ella misma ha dicho, algo que me da una envidia tremenda, pues nuestros momentos libres, acaban siendo para recoger la casa, dar un paseo por el parque y como mucho comer una ración con las niñas en el bar del barrio... pero en cambio Belén me dice que su marido es muy fogoso, que se la ha follado varias veces, una en la ducha, otra en el jacuzzi y luego en la cama, hasta quedar rendido... y yo vuelvo a morirme de envidia, imaginando esa escena y recordando aquellos tiempos de nuestros comienzos, de recién casados cuando había más romanticismo y sobre todo más acción y cuanto más me lo repetía Belén, más envidia me daba y para colmo, al estar en dique seco, acabo poniéndome más caliente que un horno. Incluso la pequeña me dice que por qué estoy tan colorada cuando termino la llamada con mi amiga.
Al final, a duras penas y con mi sexo palpitante me meto en el centro comercial, que me ayuda a evadirme de mis “malos pensamientos”. Allí como siempre, tirando de las crías y del carrito, voy pasando por todos los pasillos, pero haciendo números en cada marca, pues siempre andamos apretados en el presupuesto familiar y soy la encargada de gestionar los pocos recursos que tenemos, con un ingreso único, que es el sueldo de Quique y además la hipoteca nos roba la mitad de los ingresos.
- Buenos días, Lola. - me saluda cordialmente Jaime, el encargado de la tienda, como hace siempre que me ve.
- Hola, Jaime.
Ese hombre siempre me mira con cierto descaro y de algún modo no se lo reprocho, ya que sentirme admirada por alguien alimenta mi maltratado ego. Siempre me echa una miradita a mis ojos o a mi boca, pero luego se pierde en mis tetas y eso que tampoco voy demasiado llamativa.
- Cada día más grandes estas pequeñas. - me comenta refiriéndose a mis niñas y haciendo una carantoña a Sarita.
- Sí, no veas cómo crecen, me están haciendo mayor.
- Pero bueno, Lola, si tú te conservas estupendamente.
No puedo evitar ponerme algo roja, por ese piropo, que puede que se lo diga a todas las clientas, pero yo me siento muy bien recibiendo esos pocos halagos que me llegan a través de Jaime, siempre descarado pero muy galante, vamos, con mucho estilo.
- Lo que me permiten estas dos... ya sabes, la casa... - le digo.
- Y Quique con mucho trabajo, supongo. - añade él.
- Sí, no para, pobrecillo y estas no veas lo que comen, hay que apretarse el cinturón.
- Pues, mira, precisamente estoy buscando una cajera. ¿Te interesaría?
- ¿Cómo?, ¿Un trabajo para mí?
- Claro. Es el suelo base, pero os ayudaría.
- Ya, no sé, Jaime... las niñas...
- Bueno, piénsatelo, sé que eres una chica lista y muy trabajadora... antes de poner el anuncio te lo piensas y el lunes me cuentas.
- No sé, no creo.
- Háblalo con Quique, mujer, verás cómo os arregláis.
Salgo de allí hecha un lío. ¿Trabajar? ¿Darle un giro a mi vida y poder darme algún capricho? Además, tal y cómo están las cosas y la economía familiar, eso sería más que una ayuda... pero ¿y las niñas? Con Quique no puedo contar, bastante tiene el pobre con sus líos en la obra. Podría contar con mi cuñado César, el hermano de Quique, que alguna vez nos ha echado una mano con las peques para casos puntuales, pero bueno, creo que él, desde que se separó de su mujer, es un “picaflor” y no para en casa... incluso a mí, con broma y no broma, me tira la caña, intentando ligar conmigo, aunque sea la mujer de su hermano y aunque se lo tomo a coña, la verdad, es que a una le levanta la autoestima, cuando mi cuñadito me llama guapa, me dice lo bien que me queda un vestido o un peinado, cosa que su hermano casi nunca hace por cierto. El caso es que necesito pensar en alguien con tiempo libre para que cuide de las pequeñas fuera del cole, así que siempre acabo pensando en mi madre, pero eso a Quique no le gusta absolutamente nada y es que ambos no se llevan nada bien y él, además, odia que la abuela se haga cargo de las niñas, sin necesidad, como suele decir...
Salimos de la tienda y nos vamos hacia casa a dejar la compra, y no paro de darle vueltas a esa oferta de trabajo de Jaime, pero las niñas están pesadísimas, que se aburren de caminar y de caminar buscando ofertas y rebajas...
- Chicas ¿queréis que vayamos al parque un rato? - les digo a mis hijitas.
- ¡Si, mami! - gritan las dos de alegría
- Pues venga, andando que hoy hace un día espléndido.
Nos encaminamos al parque, lo que me permite que ellas socialicen con otras niñas y se diviertan en los columpios. Yo, mientras tanto, no dejo de pensar en el giro que podría dar mi vida con un nuevo empleo. Desde que tuve a las niñas, no he hecho más que atenderlas a ellas y a la casa... pero nunca pienso en mí, ya no sólo por aportar económicamente a nuestro hogar, que eso estaría genial, sino me vendría bien ese trabajo para mí misma, sentirme útil, verme de nuevo en la vorágine de los horarios, pero saliendo de mi aplastante rutina. Así que decido llamar a mi madre, mi mejor consejera, para ver qué opina.
- ¡Hola, mamá! - le digo en cuanto contesta a la llamada.
- ¡Hola, cariño! ¿Cómo estáis hace días que no sé de vosotras?
- Todas bien y Quique también.
Se lo digo yo, porque ella nunca pregunta por él y sabe que hay un odio mutuo.
- Mamá, tengo que contarte una cosilla a ver cómo lo ves. - le suelto.
- Claro, cielo, cuéntame.
- Verás, me han ofrecido un trabajo como cajera.
- ¡Oh lola...!, ¡Eso es magnífico! - contesta ilusionada.
Mi madre siempre apoya mis decisiones, algo que también me estimula, claro.
- Verás, mamá, sí es genial, pero hay un problema.
- ¿Cuál?
- Ya sabes... Las niñas
- ¿Qué pasa con ellas?
- No puedo dejarlas solas
- ¡Ay, Lola, ¡qué susto...! creía que era algo peor, yo me quedo con ellas sin problema.
- ¿De verdad? ¿No es mucho trastorno?
- Pero sabes que me encanta estar con las crías...
- Bueno, pero no es para un rato precisamente, necesitaría tu ayuda a diario.
- Claro, mejor aún poder pasar más tiempo con mis nietas, además, seguro que nos lo pasaremos súper bien todas. Y si Quique está de acuerdo...
Guardo silencio, pues en realidad todavía no se lo he comentado a él, pero doy por hecho que, aunque no le gusta dejar a las niñas con mi madre, es la mejor solución, al menos hasta que este nuevo trabajo se pudiera estabilizar.
- Gracias, mamá, entonces voy a decir que sí al trabajo – le contesto.
- Claro cielo... es maravilloso.
- ¿Estás segura?
- Corre cariño y ya me dices que días me quedaría con ellas. Me alegro tanto por ti...
Cuelgo la llamada y siento un chute de adrenalina que necesitaba... porque la verdad, estaba algo dudosa de aceptar ese empleo, pero mi madre tiene razón, es maravilloso. Miro el reloj viendo que ya es casi la hora de comer así que llamo a las pequeñas y volvemos a casa, pero antes decido pasar por el supermercado. Estoy nerviosa buscando a Jaime, sin poder controlar el temblor de mis piernas, hasta que por fin le localizo junto a la puerta del almacén:
- Hola Jaime ¿sigue disponible la oferta de antes? - le digo, mientras él me mira lo que deja ver mi escote, que no es mucho, ciertamente.
- ¿El puesto de cajera? Por supuesto, Lola. ¿No me digas que estás interesada?
Creo que hasta Jaime duda de que acepte ese puesto y se debe reflejar en mi cara.
- Pues no busques más cajeras que aquí la tienes. - digo resuelta.
- ¿En serio? Que alegría me has dado, Lola. Necesitamos gente de confianza y creo que tú das el mejor perfil.
- Jaime, en realidad no he hecho eso nunca.
- Bueno, pero en tu anterior empleo me dijiste que trabajabas en una oficina con brokers y todo eso, así que esto te resultará “pan comido”.
Lo cierto es que soy licenciada en económicas y seguramente el puesto de cajera no es el perfil más apropiado a mi curriculum, pero el sólo hecho de sentirme útil, es como si me hubiese tocado la lotería... y es que necesito ese cambio de rumbo en mi vida.
- ¿Bueno y cuando empiezo? - le digo todavía nerviosa.
- El lunes a las 9 ¿te parece?
- Perfecto.
- Pues tráete todos los papeles y empezamos, que hay mucho trabajo.
- Jaime, muchísimas gracias por pensar en mí.
- A ti, tesoro.
Jaime me mira con esos ojos que dicen lo mucho que le atraigo. Lo cierto es que nunca me ha dicho ninguna grosería, pero veo a donde se van esos ojos lascivos. Pero bueno, Jaime siempre ha sido muy respetuoso conmigo y aunque me haga la tonta, no he podido evitar darme cuenta de cómo me mira las piernas o las tetas en cualquier gesto, cogiendo algo de una estantería o atendiendo a las niñas y eso que no enseño mucho, pero Jaime me mira con deseo, lo noto y como mujer eso es todo un estímulo, además de sus piropos, siempre cordiales, es muy caballeroso.
Me despido y vamos corriendo para la casa ya que las niñas están muertas de hambre y casi no me han dejado charlar con Jaime. Estoy super feliz de pensar el dinerillo extra que entrará en casa y sentirme realmente operativa, tratar con gente, ser algo más independiente... y no tener que depender de mi marido.
Se me pasa el día volando entre preparar la comida, dársela a las niñas, acostarlas para la siesta y bañarlas por la tarde, que cuando me quiero dar cuenta ya es la hora de cenar de nuevo y sigue el proceso diario, de leer el cuento de turno y volver a acostarlas y ellas tras el día del parque se quedan dormidas enseguida.
Una vez sola, me doy una relajante ducha, me depilo las piernas, recorto los pelitos de mi entrepierna, dejando una fina tira, me impregno de esa loción que perfuma toda mi piel y me pongo ese body negro que quería reservarle a mi marido para una noche especial y que, por cierto, se me ha quedado algo pequeño, pero eso hace resaltar aún más mis tetas. Estoy segura de que le voy a impactar.
Presiento que hoy va a ser esa noche especial que tanta falta nos hace, en cuanto se lo cuente, pues llevamos una temporada larga sin casi tocarnos... y algo como esto, a mí por lo menos, me ha puesto más viva y hasta excitada. Feliz y contenta, canturreando en la cocina, preparo una deliciosa cena, algo muy especial para mi marido y para mí.
- Lola ya estoy en casa- oigo a mi marido, al entrar en casa, como de costumbre.
- Hola, guapo. - le contesto con mi dedo en los labios para que no despierte a las niñas.
Salgo del dormitorio con una bata de seda sobre ese sensual body y camino marcando el sonido de mis tacones de aguja que también me he puesto para la ocasión, acercándome a Quique que me mira con cara de alucinado, con su vista fija en el canalillo que se forma.
- ¿Y eso? - me dice al verme con ese atuendo.
- De celebración.
- Vaya Lola, ¿Y qué es lo que se celebra hoy? - añade mirando mis piernas pues la batita es corta y creo que hace años que no le monto un “numerito sensual”.
- Pues que tu mujercita ha encontrado trabajo. ¿Qué te parece?
Se lo suelto, caminando a su alrededor, con la voz más sensual que puedo y a la vez insinuándome pegando mis tetas a su espalda, para ver si pilla la indirecta de que en vez de cenar solo quiero ir al postre directamente.
- ¿Un trabajo, Lola? - pregunta confundido.
- Si, cielo... - le digo dándole una lametada a su cuello ya que estoy más caliente que un horno.
Doy un nuevo giro, para ponerme frente a él abriéndome la bata para que vea lo que hay debajo.
- Cielo, perdona, pero vengo reventado del curro. Creo que voy a ducharme y a dormir. - me dice mirándome ese body, que debería levantársela a un muerto, sin embargo él parece agotado realmente.
Todo el calentón acumulado del día se me baja de repente y eso que soñaba con una noche de sexo que tanta falta me hace... bueno, y creía que a los dos.
- Pero cariño... ¿Y la cena? - le pregunto.
- Lo siento, pero me he parado con unos compañeros y he tomado algo por ahí. - me dice soltándose de mi abrazo.
Me da un beso en la cabeza ignorándome completamente después de haber estado casi una hora preparándome y cómo voy vestida, mostrando el encaje de ese body negro, ni mi pelo recogido, ni el maquillaje o el perfume que me he puesto,... ni va a ver cómo me he depilado especialmente para él, con el añadido de la noticia del trabajo y esa apetitosa cena que he preparado con todo el cariño, incluso con velas y dos copas servidas con su vino favorito.
No me puedo creer que Quique no quiera compartir conmigo esa alegría, además de poderlo disfrutar por fin los dos como nos merecemos. En realidad, llego a pensar de nuevo si es que no tiene una amante o peor aún... si le he dejado de gustar.
Acabo metida en el baño y frotando mis deditos en mi sexo, para al menos apagar ese calor acumulado del día, aunque me hubiese gustado un polvo como Dios manda. Ya, ni recuerdo la última vez que lo hicimos y es Quique, siempre es muy mirado para todo, porque si no era porque estaba embaraza, era por la cuarentena, y sino decía que estar dando el pecho a las niñas que no era bueno según había leído no sé dónde... y ahora, por su nuevo trabajo, pero siento que nos estamos distanciando tanto, sobre todo en la cama, que ya ni me acuerdo lo que es echar un polvo.
El fin de semana, pasa sin pena ni gloria, lo habitual con las niñas, con Quique, pero por la noche ni siquiera hago la intentona de nuevo, le veo, como continuamente atendiendo con llamadas de teléfono y le veo discutir con alguno de sus trabajadores o con su jefe, por lo que apenas comentamos cosas nuestras. Quique y su trabajo, ni siquiera se ha interesado por el mío y es que creo que ni se lo ha tomado en serio, como si fuera alguno de mis caprichos.
- No me has dicho nada de mi nuevo trabajo. - le digo una de las veces que las niñas están jugando en el parque y él ha colgado una de sus innumerables y largas charlas telefónicas con sus compañeros.
- No sé si es buena idea, cariño. Las niñas... - me contesta señalándolas.
- Hijo, si no es por una cosa es por otra. - le contesto molesta, porque siempre pone a las crías como excusa para todo.
Se me queda mirando como si no me entendiera.
- Tranquilo, eso está solucionado con mi madre. - añado suspirando.
- ¡Uf, joder, Lola! - su respuesta es una protesta en toda regla porque sé que a él no le gusta nada.
- Quique, ya lo sé, pero es su abuela...
- ¡Joder, por eso, no es su madre!
La réplica es del todo machista y desconsiderada, pues ni siquiera le quiero involucrar a él, en el cuidado que deberíamos compartir.
- Ella lo hace encantada y, además, Quique, ese dinerito nos vendrá bien.
- Yo ahora gano algo más, no hay necesidad, Lola. Además, las niñas están en una edad en la que necesitan a su madre - sigue aportando él otro revés.
- Pero yo también necesito ese trabajo.
- ¿Tú? - me dice cómo si eso no fuera algo natural.
Por su cara, mirándome noto que mi nueva etapa no le agrada en absoluto y al final acabamos discutiendo, algo que no quería.
Ya por fin, el lunes, me despierto ilusionada, pensando en mi nuevo empleo, mientras Quique está en la ducha, aprovecho para levantar a las niñas y las voy preparando para llevarlas al cole. Cuando mi marido se despide al salir de casa y quiero darle un beso, noto de nuevo esa frialdad de sus labios en los míos con esa desidia que ha acabado asentándose en nuestro matrimonio desde hace no sé cuánto. Por un momento pienso si debo aceptar el empleo, pensando en no acarrear más problemas a mi esposo y luego me lo pienso y digo, ¡Claro que sí, Lola! ¿Por qué no?
Una vez dejo a las niñas en el cole y llamo a mi madre para que se encargue de recogerlas a la salida, me presento en el supermercado totalmente decidida.
- Buenos días, Lola – me saluda sonriente Jaime
Esta vez noto su mirada más descarada mirándome, ya que mi indumentaria es algo más sugerente de lo habitual, pues me he puesto una blusa blanca, una falda de tubo gris, con medias y tacones, además de recoger mi pelo con una coleta. Quería asistir algo más elegante mi primer día y eso me ha hecho recordar a cuando trabajaba de broker, en donde lucía mis mejores galas, acompañado de conjuntos sexys, cuando todos aquellos compañeros de trabajo parecían estar locos por follarme, pero yo solo tenía ojos para mi Quique y lógicamente, él para mí... ¿pero ahora?
- Buenas Jaime, ¿qué tal? - saludo al encargado que se queda sorprendido al verme vestida tan diferente a lo habitual
- Qué puntual has llegado. Bueno, creo que es algo pronto todavía. -dijo él, con su vista clavada en el canalillo que dejaba a la vista mi blusa y luego a mis piernas, ensalzadas con aquellos tacones de aguja.
- Sí, es que estoy nerviosa y no quería llegar tarde en mi primer día.
- Tranquila, verás que pronto te haces a esto, por cierto, estás muy guapa. - dijo el hombre algo turbado pero impresionado.
- Muchas gracias, Jaime, quería dar buena impresión.
- Y ya lo creo que la has dado.
Jaime me mira a los ojos y después su vista se vuelve a perder en mi canalillo, algo que no me disgusta, pues que un hombre se fije en mí de esa manera, resulta muy agradable. Por un momento ya no me siento esa madre dejada y volcada en sus hijas... me siento muy mujer y muy deseada.
- Tengo una noticia un poco mala que darte, Lola. - me dice algo más serio.
- No me digas que ya no necesitas ese puesto.
- No, no, no es eso...
- ¿Entones?
- Hoy viene el nuevo director del supermercado y no voy a poder quedarme mucho rato contigo. Precisamente le he comentado que venías hoy.
- Oh vaya. ¿Entonces eso es malo?
- No mujer, no te preocupes ya pondré a alguien que te ayude y por el jefe no te preocupes, parece majo, le hablé muy bien de ti. - añade con esa vista esta vez en la forma de mis caderas.
- Muchas gracias, Jaime, eres un cielo. - añado de forma coqueta, queriendo devolverle el cumplido y no sé por qué me gusta ese tonteo.
Jaime me presenta a los compañeros de cada una de las secciones, así como las cajeras que suelen atenderme habitualmente y que ya me conocen perfectamente como clienta habitual, especialmente Jimena, que siempre es muy maja conmigo. Juntas nos acercamos hasta el vestuario en donde me asigna una taquilla y un uniforme azul, abotonado por delante, que por cierto me queda algo justo, tanto en las caderas como en el pecho y tengo miedo de que con algún movimiento salga disparado alguno de los botones de esa especie de bata vestido, que para colmo me queda demasiado corta, este es uno de los problemas de tener tanto pecho... y un buen culo Entonces decido mejor quitarme la blusa y la falda y así no resultará tan ajustada, pero el volumen de mis tetas sigue siendo considerable en esa batita y para colmo, cuando me siento, se nota la costura de las medias. ¿Por qué no habré elegido ponerme pantys?
Cuando salgo del vestuario me encuentro con Jaime y tras echarme una buena ojeada a esa nueva indumentaria, que parece gustarle, incluso me parece que hasta haga un gesto como si se relamiera, pero deben ser todo figuraciones mías.
Me va enseñando un poco las cosas del super y a manejar la caja, pero él se tiene que ir a la reunión con él nuevo director, así que yo mientras me quedo en la caja con Jimena que me está ayudando en las dudas que voy teniendo.
- Has logrado poner a Jaimito nervioso. - me dice riendo.
- ¿A Jaime?
- Si, bueno, yo le llamo Jaimito... pero le conozco bien y veo que no da pie con bola, le has puesto a cien.
- ¿Tú crees? - pregunto
- Ya lo creo. Siempre ocultas tus atributos, y la verdad si yo tuviera un cuerpazo como el tuyo, le sacaba todo el partido posible... y poner a todos los tíos cachondos.
- Como eres Jimena, se nota que eres joven.
- Como si fueras una vieja, no te digo...
Lo cierto es que le saco unos añitos a esa chica, pero creo que tiene razón, el hecho de haber venido arreglada a mi primer día me ha hecho sentirme más guapa y sobre todo más atrayente, al menos por la cara de Jaime que siempre me mira con buenos ojos, hoy ha sido superada con cara que parecía de auténtico deseo. En el fondo siento que eso me gusta demasiado y hace tiempo que no me dedico tiempo a mí misma, primero para gustarme yo, que el reflejo del espejo me devuelva ese estímulo y como dice Jimena, si hay hombres que sienten algo por mi cuerpo, por mi cara o por mí en general, eso me hace rejuvenecer de algún modo... y siguiendo las palabras de ella... no soy tan mayor.
Ella me dice que seguramente gustaré al nuevo director, que lleva muy poco tiempo, al que yo no conozco y por más que le intento sacar cómo es, si es un tipo serio, recto... o que le parezca que he venido demasiado llamativa, ella se ríe...
- ¿Qué pasa Jimena? ¿No me digas que es un viejo verde?
- No, no precisamente... - dice riendo e intenta recolocar un rollo en la impresora de tickets.
- Veo que quieres esquivar el tema. No quiero ser cotilla, pero...
- Bueno, son cosas que pasan...
- Jimena, ¿insinúas que has follado con ese nuevo jefe?
- ¿Tanto se me nota?
- Hija, es que te ha cambiado la cara...
- Pues sí.
- Pero es que es un tipo que... - intento decir si ha sido acosada o algo parecido.
- No, para nada. Pero es una máquina follando la verdad, me ha empotrado contra la pared del almacén, me ha follado el culo hasta hacerme levantarme con cada embestida.
- Será...
- No, no, Lola... que me ha encantado. Mi novio no tiene nada que hacer después de follar con Diego.
- ¿Diego? ¿Se llama así?
- Sí, pero no me preguntes más, que no quiero perder mi trabajo por hablar más de la cuenta.
En esa conversación veo que Jimena no parece haber sufrido acoso, pero supongo que es una chica joven, que aunque tenga novio, busca aventuras y afianzarse en el puesto, no puedo reprocharle que se haya divertido con ese viejo director o que le haya echado un buen polvo, pero me parece una cerdada que lo haga con la empleada, aunque eso sí, esos detalles y verla empotrada contra la pared, mientras el otro le daba duro, termina por encenderme demasiado para estar trabajando y es que llevo demasiado tiempo sin sexo y cualquier cosa enciende la chispa, pero una cosa tengo clara, aunque este trabajo me hace tanta falta, no estoy tan desesperada para follarme al primer viejo que me lo proponga, por muy jefe que sea.
Continuará...
Laura & Sylke
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