Xtories

Poliamor en el Instituto - Parte 1 y 2

La clase se vacía, pero la tensión en el pupitre apenas comienza. Ella sabe que él no puede resistirse, y él sabe que el riesgo es parte del juego. Esta vez, el timbre no los salvará.

LuckyPuppy8.3K vistas9.5· 8 votos

Este es mi primer relato como autor de esta página. Llevo leyendo relatos desde hace años y me he querido meter en este mundillo. Espero que os guste la historia y queráis seguir sabiendo de ella, pues ya tengo escritas otras 10 partes. La extensión y calidad del texto también va en aumento, tenedlo en cuenta.

Espero que disfrutéis.

__________________________________________

Parte 1

Hoy, 15 de septiembre, empiezo mi segundo año de bachillerato, o lo que es lo mismo, inicia mi despertar sexual. Nunca he sido mucho de ir ligoteando por ahí y no me he comido ni un rosco, como se suele decir. Este curso me he propuesto romper esta ley que me atormenta. En clase hay alguna que otra chica que me mola, que me gusta, pero es complicado. ¿Por qué? Bueno… digamos que es amiga mía y por no arruinar la amistad pues no he intentado nada. Marta es de tez blanca, más bien alta, delgada a pesar de tener curvas, rubia y unos ojos azules que encandilan si los miras. Si tuviera que definirme a mí mismo… Soy de estatura media, pelo rubio casi castaño, pelo liso y flaco, sin muscular.

Llego el primero de todos. Al vivir lejos del insti tengo que coger el transporte público y me deja bastante pronto en la puerta. Entro en clase y elijo mi pupitre aprovechando que soy el primero. Escojo la penúltima fila, así estoy oculto pero sigo viendo bien la pizarra.

Marta entra por la puerta con un conjunto color marrón, con una falda más bien corta y una blusa suelta de color beige. Se desliza por la clase y hacemos contacto visual. En ese instante y sin pensárselo, encamina su marcha hacia mi sitio.

El profesor de filosofía entra y no podemos compartir ninguna palabra. En cursos anteriores, ambos habíamos mantenido nuestro dúo, sentándonos juntos, pero algo había cambiado. Siempre es muy risueña y parlanchina, contándome un sinfín de anécdotas que sonaban en mi cabeza en forma de eco mientras intentaba sin éxito prestar atención al profesor de turno. Sin embargo, estaba callada, sin decir ni esta boca es mía.

A la hora siguiente tenemos historia, así que me ofrezco para leer, siempre me ha gustado mucho la lectura y siento que lo hago bien.

—La corona de Inglaterra gravó los impuestos de.. —Paro por una fracción de segundo al notar como la mano de Marta sube lentamente por mis piernas. Sigo leyendo intentando no ponerme nervioso, temiendo que nos descubrieran. Según voy acabando el párrafo, ella alcanza la altura de mi miembro, el cuál ya palpita y amenazando con ponerse duro. Por suerte mi turno de leer acba antes de estallar.

—Te arrepentirás. —Farfullo, entrando en su juego.

No me creo lo que estaba pasando, no era posible.

A Marta se le notaba satisfecha, incluso cachonda; por suerte para mí ahora era su turno para leer así que me vengaría. Comienzo, al igual que ella, subiendo pausadamente por su muslo, notando su fina piel a través de las medias que cubren sus piernas. Ella se resiste e intenta mover las piernas de tal forma para que me rindiera, pero eso va a pasar, todo lo contrario, me animo a ir incluso con más rapidez. Poso mi mano en su centro, ya mojado y totalmente excitado. Mi compañera lee ahogadamente sin que nadie se enterara y soltando algún gemido que sólo yo podía apreciar.

En cuanto termina de leer, me acerco a su oído y le susurro:

—Me has puesto durísimo. ¿Te gustaría sentirlo? —Le muerdo levemente el lóbulo al acabar. Ella me devuelve una sonrisa de súplica.

—Nada más suene el timbre del recreo te espero en el baño de chicas, en el último retrete. —Suelto, aún entre susurros sin creer lo que estaba pasando. Marta se limita a asentir y sigue a lo suyo.

Como habíamos planeado, suena el timbre y Marta encamina su viaje hasta el baño. Yo espero a que todos hubieran bajado para ir tras ella.

Aunque al exterior pareciese muy calmado y confiado, por dentro estoy hecho un manojo de nervios. La chica que me gustaba me está esperando en los baños para acabar lo que hace escasos minutos había empezado.

Abro la puerta del urinario y allí está, con las piernas arqueadas y comenzando a introducirse sus finos dedos. Me quedo observando, en estado de shock, durante unos segundos hasta que me envalentono, arrodillándome frente a ella y terminando de quitarle las bragas —me las guardo en el bolsillo— para luego ir subiendo por sus piernas, como en clase, pero esta vez con mi boca. Arrastraba mi labio inferior por sus muslos, dando pequeños besos a su erizada piel.

—Por favor —Gimotea Marta, impaciente.

Le hago sufrir un poco más saltando a su vientre, lamiendo delicadamente el hueco de su ombligo, adornado con un piercing rematado con un pequeño diamante. Con mis brazos abrazaba sus piernas desde abajo y mi mano derecha ya ahondaban en sus glúteos como experto en la materia. Mi izquierda se apoya en su cadera. Vuelvo a bajar la cabeza y por fin sumerjo mi lengua en el mar que se abría paso en su coño. Se lo lamía lentamente, subiendo de intensidad paulatinamente y haciendo aros con mi lengua, ella estaba gozando como gozan las flores una tarde de primavera. Fui introduciendo uno a uno mis dedos sin dejar de jugar con su clítoris. Cuando ya tengo tres dedos en su interior alzo lentamente mi mano izquierda hasta acomodarla de tal forma que me permitiera desabrocharle el sujetador. Marta suelta los botones de la camisa que lleva y su sostén cae al suelo, dejándome libertad de maniobrar sobre sus tetas. Con la mano que aún me quedaba libre, me dirijo a sus pezones, los cuales manipulo con sumo cuidado, no quiero que se molestara en este morboso momento.

Levanto la cabeza, sin sacar mi mano de su coño, para tomar un respiro. Suspiro de placer. Antes de volver a agacharme lamo sus pezones y subiendo algo más, la beso. Por primera vez siento sus jugosos y tiernos labios entre los míos. Nuestras bocas se rozaban, lubricadas por nuestra saliva y nuestras lenguas combatían desenfrenadas.

De pronto me empuja, mordiendo su labio inferior. En su semblante se dibuja una sonrisa ladeada, por lo que supuse que ella tomaría el control. Yo me dejo hacer, dada mi inexperiencia. Me desabrocha el pantalón y tira de mis calzoncillos hasta dejar al descubierto mi polla, que salta delante de ella como un resorte.

—Mmmmm… —Gime de gozo al sentir su boca humedeciendo, primero el glande y, posteriormente, todo el tronco. Se ayudaba de su mano derecha para subir y bajar mi polla, y de la mano izquierda para masajear mis huevos, sabía lo que hacía. De vez en cuando metía todo mi miembro en su boca, atragantándose. Me encantaba sentir las paredes bucales de Marta, sus labios rozar mi vello púbico y sus uñas acariciándome. Poco a poco intensificó su ritmo, hasta volverme loco y no querer parar. Con mis manos agarro su cabeza y la sujeto para penetrar su cavidad bucal. Muevo mi cadera con parsimonia, disfrutando de cada estocada.

—Mírame mientras te follo —Le ordeno con toda la confianza que consigo crear. Estaba cumpliendo mi propósito, mi despertar sexual había llegado. Siento unas ganas terribles de penetrar su vagina pero al estar tan cachondo, no puedo más, siento que me voy a correr.

Se lo hago saber.

Marta me hace caso omiso y siguió mamandomelo.

Mis corridas se alinearon con el palpitar de mi miembro, mientras mi compañera relame todos los hilos que mi semen dejó en su boca.

Me recompongo y recuerdo que guardé sus bragas. Las saco del bolsillo y se las muestro.

—Estas me las quedo yo. Nunca vuelvas a traer bragas al instituto. —Bramo, todavía excitado.

—Está bien… —Suspiró antes de decir. —Si prometes cogerme la próxima vez.

—No hace falta ni que lo jure.

Ya en mi casa, cojo aquellas bonitas bragas de Marta, con ese peculiar olor a coño mojado y colonia, y me hago la mejor paja de mi vida mientras las huelo, recordando la mamada que me había dado esta mañana.

Parte 2

Marta me había estado mandando alguna que otra rebuscada indirecta, que al principio me costó pillar. Una tras otra fueron colmando el vaso, que una vez derramado, dejaría en total libertad a las fieras de nuestro interior. Parece que su único objetivo es llenar por completo aquel recipiente, pero sin llegar a desperdiciar ni una gota fuera de él, al menos de momento.

—Coged papel y boli, nos vamos al laboratorio —Dijo nada más entrar a clase, nuestra profesora de biología. Todos empezamos a reunir los materiales y como si de una estampida de cebras se tratara, salimos a trompicones al pasillo.

Al llegar, ocupamos nuestros sitios, con la diferencia de que yo y Marta no estamos al lado; por algún extraño motivo nos pusimos en frente del otro en la última mesa, donde también se sentaban otros compañeros de clase. Al estar en esa posición podíamos lanzarnos mensajes sin que nadie nos pudiera llamar la atención.

—Id pasando de uno en uno por el microscopio —Explica el adulto a cargo. Marta llega la primera y sin dejar de observarme, posa una mano en el cuerpo del tubo y la otra en el tornillo macro-métrico, simulando la escena que tuvimos en el baño –hacía ya dos semanas–, ya que la forma de agarrar el tubo había sido algo más que explícita. Sin demorarse demasiado, pasa el testigo al siguiente de la cola. Una vez que todos examinamos la muestra, volvimos a nuestros taburetes.

—¿Alguien puede traerme un vaso de precipitados? —No termina de formular la pregunta y ya hay tres personas con la mano levantada. Con un gesto de cabeza, nuestra profesora, encomienda la tarea a Marta.

—Espera que te ayudo —Me coloco detrás de ella, haciendo que mi miembro rozara a posta sus lindos glúteos. Cojo el vaso y se lo ofrezco. —Veo que me has hecho caso —Le susurro recordando nuestra promesa.

—Ahora te toca a ti… —La corto antes de que dijera nada y añado:

—Veré que se me ocurre —Le guiño un ojo. —Por lo pronto, quédate aquí al terminar la clase.

Era última hora y después todos se irían a sus casas, dejándonos escasos minutos para liberar a mi bestia, el vaso se había derramado.

Seguimos lanzándonos miraditas.

Ahora teníamos que mezclar dos disoluciones para ver la concentración de cal que hay en una muestra de agua que cogimos del grifo de nuestras casas. Como mi compañera no domina demasiado este tema pide ayuda, sin embargo, la profesora está ocupada y no desaprovecho la ocasión:

—Déjame, que te ayudo.

Me pongo detrás de ella y rodeo sus manos con las mías.

Mientras realizamos el ejercicio le voy explicando todo el procedimiento. Estamos tan pegados que puedo notar su respiración. Mi polla roza su culito, el cuál empuja hacia mí, estrujando mi miembro. Marta mueve la cadera en círculos. En ese momento ya estaba muy empalmado.

Alzo la vista para mirar a mi alrededor y cerciorarme de que no hay nadie mirando para deslizar mi mano izquierda por sus pechos, pellizcando su pezón. Mi boca se posa en su cuello y lo beso con ansia.

—¡Rodrigo! —Gime mi nombre intentando bajar todo lo posible el volumen.

—Shhh —La mando callar silbando en su oído. Como la anterior vez, mordisqueo su oreja, y Marta vuelve a suspirar.

Mi diestra abandona sus manos y la bajo hasta encontrar la cintura de su falda, hoy lleva una de estampado a cuadros rojos y rosas que le sentaba genial, la meto sin pensar.

Marta salta en su sitio y deja caer el frasco que sostenía con toda la mezcla. Se rompe.

—Ostia.

Quedaban cinco escasos minutos de clase, así que, hábil, voy a por el recogedor y el cepillo y limpiamos el estropicio entre miradas cómplices cargadas de electricidad.

Nada más salieron todos, incluida la profesora, cierro la puerta, me giro y Marta ya está quitándose la camiseta y siguiendo con el sujetador. Hago lo mismo, empezando por el pantalón y siguiendo con los boxers que llevaba. Fundimos nuestros labios mientras la cojo entre mis brazos como a una koala bebé, posándola en una de las mesas. Meto las dos manos por sus medias y palpo detenidamente todos los recovecos de sus glúteos, para después retirarlos y dejarla desnuda. Marta siente un escalofrío al sentir el frío mármol debajo de sus muslos.

Bajo y lamo sus pezones con fervor mientras atraigo mis manos hacia su vientre. Saco mi lengua y la restriego contra su coño, desde abajo hacia arriba, parándome en su clítoris. Éste, al hacer presión contra él, hace que marta pierda los estribos y se desboque de placer. Introduzco los primeros dedos y arropo por completo ese órgano eréctil que me encantaba saborear con mi boca, absorbiendo suavemente.

—¡Ahhh! Siiii… Así, sigue —Gimotea gozosa mi amante, haciendo que mis hormonas se disparasen y invadiendome un calor que intensifica mi ritmo. Manoseo con delicadeza su culo, sin perder detalle. Marta agarra mi polla y empieza a masturbarme. Siguiendo con mi tarea, meto un último dedo, sintiendo las paredes de su vagina.

Al no tener demasiado tiempo me apresuro y meto mi polla en su dilatado agujero.

—Metemelo ya, no te preocupes, tomo la píldora. —Tranquiliza mis nervios. Y dejándome de circunloquios, meto hasta el fondo todo mi tronco, tapándole la boca a mi compañera para que su gemido no nos delatara. Saco y meto con rapidez haciendo que mis testículos choquen contra su coxis, produciendo un chasquido por embestida. Con mis manos me deslizo por su cuerpo, deteniéndome en sus tetas; las sostengo entre mis manos y las aprieto con cuidado. Acaricio sus pezones, lo que hizo que Marta saltara con más energía.

Cambio de posición, situando a mi amante encima de mí. Yo, me limito a sentarme en uno de los taburetes. Sube y baja, cabalgando sobre mi polla, echando la cabeza hacia atrás por el placer que sentía. De nuevo, vuelvo a manosear su culo, esta vez con menos tiento y mayor turgencia.

—Oohh… —Gimo estallando de gozo.

Ella me acercó sus dedos –índice y corazón– hacia la boca. Los chupo con lujurioso hambre, rozándolos con mis labios. La sujeto en el aire hasta ponerla de la misma forma pero contra la pared de al lado de la puerta. Estaba a punto de correrme cuando sentí algo introducirse en mi ano. Marta me ha introducido esos dedos que previamente había chupado. Se me corta el rollo y se me baja la calentura. Miro a la puerta, pensaba en irme pero, ahí estaba Fran, observándonos con detenimiento desde la pequeña ventana que había. Empalidecí, pero no dije nada. Fran se escabulle antes de que yo saliera. Marta intenta pararme pero no lo consigue.

Llego a casa y me tiro en mí la cama de mi dormitorio. Me es imposible dejar de pensar en Fran. No sé ni qué sentir…