Los amantes de Lucero: La cena de la empresa [1]
Lucero sabe que el vestido rojo es una trampa. Mientras se ajusta la tela contra su piel, sabe que cada mirada en esa sala de banquetes será un acto de posesión. Tomás solo tiene que sentarse y sonreír, mientras ella se convierte en el centro de gravedad de la noche.
Parte I
Lucero y yo nos conocimos hace cuatro años en la boda de una prima lejana, un evento al que fui solo y por compromiso. Ella no era una invitada; era la coordinadora que corría de un lado a otro asegurándose de que las flores no se marchitaran con el calor.
Yo me había escapado al jardín para aflojarme la corbata y la encontré sentada en una banca, sobándose un pie; se le había roto el tacón que usaba para trabajar. Fui a mi coche, saqué el pegamento industrial que siempre traigo en la cajuela por si acaso, y se lo arreglé en silencio.
Ese día no intenté ligármela. Creo que eso la desconcertó. Lucero venía de una racha de patanes, de tipos con dinero y sin escrúpulos que la usaban y la desechaban.
En mí vio algo distinto: vio un descanso. Vio a alguien que no iba a lastimarla, alguien seguro, predecible.
Nos casamos a los seis meses por el civil, en una ceremonia sencilla pagada con un préstamo de nómina que sigo liquidando. Nadie de la oficina la conoce. Para ellos, soy el tipo soltero y aburrido que nunca habla de su vida privada. Hasta hoy.
-
La noche de la cena de mi empresa, la habitación de mi casa estaba en penumbras, iluminada solo por la luz blanca y clínica de las bombillas que Lucero instaló alrededor del espejo de su tocador. Es un mueble de aglomerado comprado en liquidación, pero ella lo lijó y pintó de dorado para darle apariencia de antigüedad.
Esa es nuestra vida: superficies brillantes cubriendo estructuras modestas. Desde la cama, con los calcetines a medio poner, me quedé hipnotizado viendo el ritual. No era solo vestirse; era una construcción arquitectónica diseñada para demoler voluntades.
Lucero estaba parada frente al armario abierto, totalmente desnuda. Su cuerpo brillaba bajo la luz artificial, una masa imponente de curvas y suavidad que siempre me deja sin aliento. No es una mujer delgada, nunca lo ha sido, pero tiene una firmeza en la carne que desafía la gravedad.
—¿La roja o la negra? —preguntó sin voltear, sosteniendo dos tiras de tela minúsculas en las manos.
—La negra —respondí, con la voz ronca.
Ella soltó la roja en el suelo y se quedó con la negra. Era una tanga de encaje, una prenda ridículamente pequeña para una mujer de sus proporciones, pero ahí radicaba el morbo. Se acercó al espejo de cuerpo entero, dándome la espalda.
Vi cómo se inclinaba ligeramente hacia adelante, apoyando una mano en el marco dorado. Sus nalgas, blancas y pesadas, se separaron con el movimiento. La vi subir la prenda por sus piernas, que son columnas sólidas, de una blancura inmaculada y tersa.
Al abrir un poco el compás para acomodarse, tuve una visión clara de su intimidad antes de que la tela la cubriera. Su pubis es un montículo carnoso, muy pronunciado, que se abulta con descaro entre sus muslos gruesos.
Lleva una depilación brasileña impecable; solo una raya minúscula de vello oscuro sobrevive en la parte superior, una línea delgada que señala el camino hacia sus labios mayores. Son labios gorditos, apretados y rosados, que guardan celosamente su entrada, formando una hendidura perfecta y voluptuosa que contrasta con la piel pálida de sus ingles.
Sus dedos, con las uñas ya pintadas de un rojo violento, estiraron la banda elástica. El encaje negro contrastaba brutalmente con la palidez de su piel. Lucero soltó la tela y el elástico dio un chasquido suave, definitivo, contra su cadera.
Entonces comenzó el ajuste.
Con una lentitud ensayada, metió los pulgares en la parte trasera de la tanga. Jaló hacia arriba. El hilo dental, una cuerda fina y resistente, se hundió en la carne blanda de sus glúteos, desapareciendo, tragado por la profundidad de su anatomía.
—Mira, Tommy —dijo, mirándome a través del reflejo del espejo—. Mira cómo se pierde.
Se giró un poco para que yo tuviera mejor ángulo. El hilo partía sus nalgas en dos hemisferios perfectos, tensos. La tela se clavaba tan profundo que parecía doloroso, pero ella suspiró de gusto, acomodándose, frotando su trasero contra el aire como buscando acomodar la intrusión.
—¿Te gusta? —preguntó, dándose una nalgada sonora con la mano abierta. La piel vibró con el impacto.
—Me encanta —admití, sintiendo cómo mi pantalón de oficina se volvía incómodo.
—Lástima que no es para ti hoy —se burló, guiñándome un ojo—. O bueno, sí es para ti, pero no solo para ti. Esta noche quiero sentirme... sujeta.
Se enderezó y caminó hacia el tocador. Abrió un tarro de crema corporal. Metió tres dedos, sacando una cantidad generosa de una sustancia blanca y espesa.
—Ven acá —ordenó.
Me levanté de la cama y fui hacia ella.
—Pónmela en la espalda —dijo, dándome el tarro—. Yo me encargo del frente.
Mientras yo esparcía la crema en sus hombros y en la curva de su espalda baja, sintiendo el calor que irradiaba su piel, ella se dedicó a sus pechos.
Lucero tiene unos senos grandes, pesados, que caen con su propio peso pero mantienen una forma redonda, agresiva. Tomó más crema y empezó a masajearlos. Sus manos no eran delicadas; eran firmes.
Amasaba su propia carne con movimientos circulares, levantando los senos, apretándolos, haciendo que la crema se absorbiera mientras sus dedos se hundían en la blancura.
Me quedé quieto detrás de ella, mirando en el espejo.
Sus pezones, grandes y oscuros, empezaron a reaccionar al frío de la crema y a la fricción. Se endurecieron, proyectándose hacia adelante, arrugándose. Las areolas, que cubren una buena parte de la mama, brillaban aceitosas.
—Están muy sensibles hoy —murmuró ella, pellizcándose el pezón izquierdo entre el índice y el pulgar, tirando de él hasta deformarlo—. Me duelen un poquito. Me gusta que duelan.
Soltó el pezón, que tardó un segundo en recuperar su forma, rojo por la presión. Luego repitió la operación con el otro. Se miraba a los ojos en el espejo, con la boca entreabierta, la respiración un poco más agitada.
No me miraba a mí. Se miraba a ella misma, excitándose con su propia imagen, con la idea de lo que esos pechos iban a provocar en unas horas.
—¿Crees que les gusten? —preguntó de pronto, rompiendo el trance.
—¿A quiénes? —pregunté, aunque sabía la respuesta.
—A tus amigos. A los de la oficina. —Se pasó las manos por el bajo vientre, bajando hacia el borde de la tanga—. ¿Crees que cuando me vean con el vestido se imaginen esto? ¿Se imaginen cómo se ven mis tetas llenas de crema?
—Lucero, por favor... —sentí una punzada de celos y excitación.
—Contéstame, Tomás. Sé honesto. Tú eres hombre. Si tú vieras a la esposa de... no sé, de Garrido, con un escote así, ¿no te preguntarías cómo son los pezones? ¿No te preguntarías si son rosas o cafés? ¿Si son chiquitos o si son... así? —Se levantó los pechos con las manos, ofreciéndoselos al espejo.
—Sí —susurré—. Sí me lo preguntaría.
—Exacto. —Sonrió, satisfecha—. Eso quiero. Quiero que se lo pregunten toda la noche. Quiero que no puedan pensar en otra cosa mientras se toman su vino. Quiero que sepan que tú, el flaco de logística, tienes acceso a esto y ellos no.
Se limpió el exceso de crema en los muslos, frotando con fuerza, haciendo temblar la carne de sus piernas.
—Pásame el vestido, Tommy —ordenó finalmente, girándose hacia mí.
Extendió la mano hacia atrás con naturalidad autoritaria, moviendo los dedos con impaciencia.
Me levanté de la cama con el vestido rojo en las manos. La tela se sentía resbalosa, fría. Cuando ella se giró para recibirlo, me detuve en seco. La visión de su torso frontal, ahora brillante por la crema, siempre me provoca el mismo vértigo, una mezcla de hambre y asfixia.
Sus pechos cayeron con su propio peso, liberados de cualquier contención, rodando sobre su caja torácica. El aire acondicionado del cuarto había hecho su trabajo: sus pezones seguían duros, proyectados hacia adelante, advertencias físicas.
Le entregué la prenda, pero mis ojos se quedaron anclados en el balanceo de esa carne cuando ella levantó los brazos.
—¿No... no te vas a poner bra? —pregunté. Mi voz salió más aguda de lo normal, delatando mi nerviosismo. Señalé sus senos con un gesto vago, sin atreverme a tocarlos todavía—. Se va a notar todo, Lucero. La tela es muy delgada, es licra pura.
Ella soltó una risa corta, ronca, esa usada cuando cree que digo una estupidez.
—Ni siquiera es licra, Tomás, no inventes.
Empezó a meterse en el vestido, jalando la tela con fuerza para pasarla por la curva pronunciada de sus muslos. Esas piernas gruesas y potentes, que a ella no le importa ocultar y que a mí, en secreto, me vuelven loco.
—Pero Lucero, en serio, se te verá todo el chichero.
—No empieces de enfadoso, cariño, ni de escandaloso —dijo con tono burlón. La tela roja subió, comprimiendo su cintura, y se tensó al máximo al llegar al pecho—. Luego te angustias y bien que no te aguantas cuando llegamos a casa. Aparte, con este corte no se puede usar sostén, se verían los tirantes y eso sí es de nacos. Hay que tener clase, Tommy.
—No somos ricos.
—La clase no tiene que ver con dinero.
Terminó de acomodarse el vestido. El resultado fue inmediato y brutal. Sus tetas quedaron guardadas, comprimidas y levantadas por el corte de la prenda, juntándose en el centro para crear un canalillo profundo donde la vista se perdía.
La presión de la tela hacía que la parte superior de sus senos se desbordara ligeramente, creando dos montículos pálidos y brillantes que parecían a punto de estallar.
Los pezones, lejos de ocultarse, marcaban dos puntos agresivos en la tela roja, evidentes ante cualquiera que tuviera ojos. Se notaba el relieve, la dureza.
Se sentó frente al espejo para maquillarse. La vi delinear sus labios, carnosos, casi esponjosos, siempre pareciendo estar húmedos. Se aplicó el labial rojo con grado minucioso, frunciendo la boca, luego relajándola. Se miraba a sí misma con una aprobación rara vez dedicada a mí.
—Pero me veo preciosa, ¿no?
—Bueno sí, pero…
—¿Qué significa ese “bueno sí” Tomás?
—No, nada, solo digo que…
—Mira, mejor no digas nada. Ya es hora de que te cambies, Tommy, que se hace tarde.
Yo seguía ahí, parado como un idiota, con mi pantalón gris de oficina. Fui al armario y saqué la camisa blanca de siempre, la usada para las bodas y los funerales. Es una talla más grande porque odio sentirme apretado, siento asfixia.
—¡No! —El grito de Lucero me hizo saltar. Dejó el labial sobre la mesa y se giró, mirándome con desaprobación total—. ¿Cómo te vas a poner eso, Tommy? A ver, ven acá.
Caminé hacia ella. Me jaló de la hebilla del cinturón hasta que quedé entre sus piernas abiertas. Podía ver el interior de sus muslos, la piel blanca y suave apretada contra la silla, y podía oler la crema, una fragancia dulce y penetrante que ahora era su aroma.
—Esa camisa no, Tommy. Te hace ver muy flacucho, pareces niño de primera comunión o un vendedor de biblias —me dijo, palmeando mi abdomen plano con condescendencia—. Por eso no te respetan en la chamba, mi amor. Porque te vistes pareciendo que vas a ver a tu padrino.
Se levantó, su cuerpo rozando el mío. Fue al armario y rebuscó entre las perchas hasta sacar una camisa azul cielo, de corte slim fit.
—Ponte esta. La que te compré en el outlet de occidente. Me costó trescientos pesos porque le faltaba un botón, pero se lo cosí ayer. Esta tela tiene estructura, te arma los hombros.
Obedecí sin chistar. Me quité la camisa vieja y me puse la elegida por ella. La tela se pegaba a mi torso. Me sentía expuesto, pero al verme en el espejo, noté la diferencia.
Me veía más ancho, más presentable. Lucero se colocó detrás de mí. Sus pechos se aplastaron contra mi espalda, calientes y masivos a través de nuestras ropas. Sus manos rodearon mi cuello para abotonar el cuello de la camisa y ajustar el nudo de la corbata.
—Así mejor —murmuró cerca de mi oído. Su aliento cálido me erizó la piel—. Escúchame bien, Tomás. Esta noche no vas a ser el empleado que trae los cafés. Hoy vas a entrar ahí con la cabeza alta, me vas a tomar de la cintura con firmeza, no con esa manita aguada que pones a veces. Quiero que esta noche seas mejor que los demás.
Me giró para que la mirara a los ojos. Verde contra café. Ella tenía el control absoluto. Sus manos bajaron desde mi cuello, alisando las arrugas de mi pecho, y se detuvieron en mi cintura, apretando.
—Tienes a una mujerona a tu lado, Tommy. Mira esto —se señaló a sí misma, pasando las manos por sus curvas, desde las costillas hasta esas caderas desafiando las leyes de la física—. Mírame las tetas, mírame las nalgas. Todo esto es tuyo. Si tú no te lo crees, ellos te lo van a querer quitar. Y te lo van a quitar con la mirada primero.
Me sentí pequeño bajo su escrutinio, un niño recibiendo instrucciones de su madre, pero al mismo tiempo, una corriente eléctrica, sucia y pesada, me recorrió la ingle.
Lucero sabía lo que hacía. Sabía el efecto de su cuerpo monumental sobre mi complexión delgada. Y sabía que mencionar la posibilidad de que otros me la quitaran despertaba en mí ese miedo antiguo, esa certeza dolorosa de que yo nunca fui suficiente para tanta mujer.
La verdad es que mi esposa es mucho más que una cara bonita y un cuerpo de escándalo. Bajo esa fachada de esposa controladora y decoradora de eventos, vive una bestia sexual que yo apenas logro mantener alimentada.
Esa calma que yo representaba al principio, ese "puerto seguro", le duró poco. A los tres meses de casados, la novedad de la ternura se desgastó y emergió su verdadera naturaleza: Lucero es cachonda. Voraz. Insaciable.
No es solo que le guste el sexo; es que lo necesita con la urgencia de quien necesita aire. Y no cualquier sexo. A Lucero le gusta duro, rápido, sucio. Le gusta que la cojan sin preguntar, que la pongan en cuatro y le jalen el pelo, que le dejen marcas en esas nalgas blancas y abundantes.
Y yo... yo lo intento. Dios sabe que lo intento. Compro pastillas azules en la farmacia del centro para aguantar el ritmo, hago ejercicio en casa para tener más fuerza, leo cosas en internet. Pero a veces, muchas veces, siento que me quedo corto.
Veo cómo me mira cuando terminamos, jadeando, con el sudor corriéndole por el pecho. Me sonríe y me besa, me dice que me quiere, pero sus ojos siguen teniendo ese brillo de insatisfacción, esa chispa de energía que no logré apagar del todo.
Es en esos momentos cuando saca "la caja".
La guarda en el cajón de su buró, bajo llave, aunque solo vivimos los dos. Es una caja de zapatos forrada con papel de regalo inocente, pero lo que hay dentro es mi humillación y su salvación.
Tiene vibradores de todos los tamaños y colores. Tiene uno morado, grueso, venoso, que vibra con una potencia que me asusta. Tiene otro más pequeño diseñado para estimular el clítoris mientras la penetran. Y tiene lubricantes, geles de calor, anillos para mí.
Al principio me ofendía. Me sentía desplazado por un pedazo de plástico y silicona. Le reclamaba, le decía que si no era suficiente hombre para ella. Ella se reía, me sentaba en la cama y me explicaba, con esa paciencia pedagógica que usa para todo, que no era cuestión de hombría, sino de mecánica.
—Tú tienes lo tuyo, Tommy —me decía, acariciándome la cabeza—, pero a veces necesito... más intensidad. Más fricción. No te sientas mal. Mejor ayúdame.
Y así terminábamos muchas noches: yo usando el vibrador sobre ella, viendo cómo sus ojos se ponían blancos, escuchando esos gemidos roncos y profundos que rara vez lograba sacarle con mi propio cuerpo.
La veía arquearse, sus pechos rebotando, sus muslos temblando, entregada al placer que le daba una máquina sostenida por mi mano. Me convertía en un accesorio de su orgasmo, un facilitador. Y aunque me dolía el orgullo, verla así, tan desatada, tan animal, me ponía duro como una piedra.
Lucero ama el sexo con una libertad que a mí me aterra. Habla de ello con naturalidad, pide lo que quiere, se toca frente a mí sin pudor.
A veces, cuando llega de trabajar, ni siquiera me saluda; se va directo al baño, se ducha y sale desnuda, goteando agua, se tira en la cama y abre las piernas, exigiéndome con la mirada “cómeme la panocha papi”.
Otras veces, me despierta a mitad de la noche, montándose sobre mí, moviendo sus caderas con un ritmo frenético, usándome mientras yo todavía estoy medio dormido, buscando su alivio antes que el mío.
Pero lo que más me inquieta no es su apetito, sino su curiosidad. Últimamente ha empezado a hablar de cosas nuevas. De tríos. De ver porno juntos. De que le gustaría que la vieran. "Imagínate hacerlo en un probador, Tommy", me dijo la semana pasada en una tienda departamental. "Imagínate que nos oye el de seguridad".
Yo me escandalicé, por supuesto. Le dije que estaba loca. Pero ella solo sonrió y me apretó la mano, y supe que no era una broma. Era un tanteo. Estaba probando los límites de mi moral, empujando la cerca para ver hasta dónde podía llegar antes de que yo me rompiera.
Por eso esta noche es tan peligrosa. Por eso el vestido rojo no es solo tela; es un mensaje. Lucero no se vistió así para mis compañeros de oficina.
Se vistió así para ella misma, para alimentar esa bestia que lleva dentro y que se aburre en nuestro departamento de interés social. Se vistió para provocar, para sentir las miradas ajenas recorriendo su cuerpo, para validar su poder sexual en un escenario nuevo.
Y yo, su marido, el hombre que le arregló el zapato y le prometió una vida tranquila, soy el encargado de llevarla al matadero, de abrirle la puerta a los lobos, sabiendo perfectamente que ella no les tiene miedo. Al contrario: está hambrienta.
—¿Entendiste? —preguntó, dándome una palmadita en la mejilla, un gesto a medio camino entre el cariño y una advertencia—. Nada de risitas nerviosas. Nada de ofrecerte a servir los tragos. Tú te sientas, pides tu whisky y dejas que me miren. Porque me van a mirar, Tommy. Y tú vas a sonreír sabiendo que eres mejor que ellos.
Asentí, incapaz de articular palabra. La vi tomar su bolso, una imitación de marca dando el gatazo perfecto, y caminar hacia la puerta. El sonido de sus tacones era un martilleo constante. Sus nalgas se movían con un ritmo hipnótico, arriba, abajo, izquierda, derecha, tensando la tela roja hasta el límite de la resistencia.
—Vámonos —sentenció—. Y camina derecho, saca el pecho. Que hoy vamos a cenar con tiburones, y no quiero que te vean cara de pez.
Salí tras ella, cerrando la puerta de nuestro departamento minúsculo, sintiendo esa mezcla terrible de pánico social y una excitación apretándome el pantalón. Iba a ser una noche larga.
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