La cena del idiota. La excursión
Dani cree que su relación es sólida, pero la noche en el albergue de montaña prueba lo contrario. Mientras él delira con pesadillas de traición, ella folla con otros bajo el techo del grupo. La pregunta no es si lo hará, sino si él podrá sobrevivir al amanecer sin perder la cabeza.
La excursión
Se encontraban preparando una pequeña mochila con alguna prenda de abrigo y algo de comer. Lo justo para pasar la mañana. Habían decidido ir, junto con el resto del grupo, a una excursión que les tendría fuera dos días.
La idea de ir a un albergue de montaña había llegado de Aníbal. Un amigo suyo se lo había reservado para ellos solos. Una oportunidad que no podían rechazar. A Dani no le pareció mal si eso le alejaba de aquella casa al menos durante un par de días.
Eso también le daría la oportunidad de hablar a solas con él. Tenía curiosidad por conocer su versión de lo que pasó la noche que Alba lo ató a la cama. En ninguna de las versiones de Andrés, el adonis aparecía en el mismo lugar y, después de lo que había oído ayer desde la ventana, ya no estaba seguro ni de que el propio Andrés hubiera estado en el mismo sitio. A estas alturas ya solo quería saber que, lo de Cristian con Alba, había sido solo teatro.
—¿En serio que te parece bien?
—Claro —contestaba Dani, absorto en su mochila—, sabes que siempre me gustan las salidas por el monte.
—Ya, pero, como vamos a estar todo el finde con mis amigos… —Alba lo abrazó desde atrás— pensaba que igual te agobiabas un poco.
—Bueno, poco a poco ya me voy haciendo a ellos. —Se dio la vuelta y le devolvió el abrazo—. Estará bien salir a caminar todos juntos. Y me ha dicho Marcos que las vistas son una pasada.
—Sí, de crías solíamos subir allí para estar a nuestro rollo. Claro que entonces no teníamos todo el albergue para nosotras solas. —Se apretó contra su paquete—. El sitio no es muy grande, pero a lo mejor podemos coger una habitación para nosotros solos —susurró en su oído—. Ya sabes que eso de hacerlo con gente cerca me pone muchísimo —le guiñó un ojo—. Y así te compenso lo de ayer.
Se obligó a sonreír, con la sensación de la incertidumbre apretando sus huevos. No obstante, su polla iba por libre y reaccionó dando muestras de su dureza, lo que provocó la sonrisa complaciente de Alba.
— · —
Habían dejado los coches en un pueblito desde donde comenzaba la ascensión. El plan era llegar antes del mediodía para disfrutar de la tarde, descansando. Rocho, el amigo de Aníbal, les había dado la llave del albergue. Retornarían al día siguiente después de disfrutar de la puesta y salida de sol que, desde aquellas alturas, eran dignas de ver. Además, gozarían del sinuoso camino que hacía, de ese trayecto, una ruta muy disfrutable.
Pero eso era solo en la teoría. En realidad, la idea de todos pasaba por montar una fiesta particular con la bebida que Rocho había dejado en cantidades ingentes.
Dani caminaba junto a Marcos. A cierta distancia, delante de él, iba Alba acompañada de su prima y de Aníbal. Estaba realmente feliz, sin parar de charlar y de bromear, sobre todo con él. Aquel colegueo le produjo cierta desazón. Quizás rememoraban pasajes de la noche anterior. Ya tendría oportunidad de mantener una charla con él. León, algo más alejado, caminaba junto a Quico que, como buen colega, no paraba de reírle las gracias. Ese día, como luego comprobaría, se había levantado excesivamente bromista.
Tras éstos, justo un paso por detrás, les seguía Eva, dando la impresión de que no existía para ellos. Los demás, abrían paso por delante, haciendo que la comitiva se alargara una gran distancia.
El cielo estaba despejado, pero el calor se había atenuado con la altitud de la montaña. De hecho, casi todos se habían puesto alguna prenda de abrigo. El camino era perfectamente transitable a excepción de algún que otro paso estrecho que había que superar con dificultad.
Caminaron buena parte de la mañana antes de parar a reponer fuerzas bajo la sombra de los pocos árboles que iban quedando a medida que cogían altura. Los chicos, a excepción de Aníbal, se sentaron juntos en un lateral del camino. Ellas, se alejaron algo para cuchichear en la intimidad.
Dani se quedó junto a Eva que se había apartado del grupo. Se había sentado sobre un saliente de piedra para comer a solas su almuerzo.
—¿Qué te pasa, Eva? Llevas toda la mañana muy callada.
—¿A mí? Nada.
—Seguro que es por el bobo de Quico.
—No te pases, que es mi novio. —Había ensombrecido tanto su cara que dejó claro cuánto se había pasado de largo.
—Vale, perdona. —Agachó la cabeza—. Tienes razón. Pero es que siempre que te veo con él, no me parece que se comporte como el novio del año, la verdad.
—Bueno, Enrico es así —dijo haciendo un mohín—. Y en el fondo es muy bueno. Lo que pasa es que tú no le conoces como yo.
—En el fondo —repitió entre dientes—. Pero que muy al fondo.
Ella continuó abriendo su pequeña mochilita y sacando cosas de dentro. Entre ellas, un envase transparente. Dentro, guardaba una especie de galleta integral gruesa. A Dani le pareció muy poca comida para pasar toda la mañana caminando hasta la cumbre. Esa manía de mantener la figura a toda costa no era algo que él llevara muy bien. Y entonces, ella hizo algo que le dejó con la boca abierta. Partió un pequeño trozo y se lo llevó a la boca. El resto, lo tiró al suelo. Eva se dio cuenta de que su amigo la miraba asustado.
—Es que no tengo hambre. —Una mentira que no se creía ni ella. Dani no abrió la boca, pero la forma de mirarla lo decía todo—. Además, ¿el objetivo no es quemar calorías? Pues… qué más da que las tire ya.
—Claro, claro, sin pasar por el estómago ni hacer la chorrada esa de la digestión.
Eva se dio cuenta de que su excusa era una soberana estupidez y que no engañaba a nadie. Apartó la mirada y se puso colorada.
—No me juzgues, Dani.
—No lo hago, pero tampoco lo hagas tú.
—Cállate, no sabes nada de mí. No me conoces.
—Cierto. Y si te reconocí el primer día fue de milagro. Con esa naricita que tienes ahora y esos pómulos, o esa cintura mínima que te has encajado Dios sabe cómo. ¿Por quién lo haces, por ti, por Quique, por encajar en esta sociedad que nos ha tratado a patadas desde que éramos pequeños?
—Eso es… por tema de salud. Tenía el tabique desviado y… el sobrepeso…
—Eva, no necesitas nada de eso para ser guapa —cortó tomando su cara entre sus manos—. Siempre lo has sido. ¿Nadie te lo ha dicho nunca? ¿O es que no lo ves por ti misma?
Ella dejó que sus manos la sostuvieran, pero apartó la mirada. Después, la abrazó. Un largo y cálido abrazo.
—Deberías quererte más a ti que a tu novio. —Lo pensó un momento—. Digo más, deberías quererte. Es lo que hace él. Incluso diría que es lo único que hace, además de beber.
Eva no dijo nada. Quizás porque sabía reconocer un buen consejo o porque le avergonzaba hacerlo.
—Venga, vamos con los demás.
Apenas había dado un paso, un objeto le golpeó en el ojo. Lo vio en el último momento, sin tiempo para esquivarlo. Era parecido a una piedra o una bola. El golpe fue fuerte y le obligó a llevarse las manos a la cara. Durante unos segundos permaneció ciego, con un enorme dolor; incapaz de abrir ninguno de los párpados por el reflejo nervioso.
Con una mano en la zona malherida, a modo de parche, se acercó al grupo de chicos. Los miró de uno en uno, enfadado, y señaló a Quico. —Joder, tío, que me has dado en todo el ojo.
Quico giró la cabeza a un lado y a otro, confuso. —¿Y a mí qué me dices, chaval?
Alba, en su corro de amigas, había girado la cabeza. Aníbal, que estaba a su lado, también se giró.
—¿Cómo que qué te digo? Que casi me dejas tuerto.
Eva, detrás de él, puso una mano en su hombro intentando que se calmara. Lo último que quería era una situación como aquella entre él y su novio. Dani, en cambio, al límite de su ya perjudicado amor propio, no estaba dispuesto a ceder y menos con determinados temas. La agresión era lo de menos. Ya iba siendo hora de dejar claras ciertas cosas.
—¿Qué pasa, cari? —preguntó su novia que se había acercado hasta ellos. Sus ojos iban de Quico a Eva y volvían a él.
Puso una mano en su pecho y pegó su cuerpo. Eva apartó la suya y dio un paso atrás.
—Aquí, tu novio, acusando sin saber —espetó Enrico.
—Has sido tú —escupió Dani—. Por lo menos da la cara.
—Ey, Amor. —Alba estaba asustada por su tono beligerante. Miraba a uno y a otro intentando comprender la causa del estallido de testosterona.
—Ni Amor ni pollas, este tío es imbécil. —Se frotaba por encima del párpado—. Dios, y encima escuece que no veas.
Quico se puso de pie haciendo notar su altura. Era media cabeza más alto. A Dani no le importó. Desde abajo se veía mejor dónde golpear llegado el caso. Todo el mundo se puso tenso. Las chicas ya estaban haciendo corro. Una mano se puso en el pecho de Enrico para frenarlo, era Aníbal.
—Venga, nos tranquilizamos un poquito —dijo éste— Hemos venido a pasarlo bien.
—Que se tranquilice ese, que ha venido de gallito acusando de sus mierdas. —Se encaró a él—. Si no ves por donde caminas y te has comido una rama, es tu problema.
Dani apretó los puños y retrasó un pie, repartiendo el peso de su cuerpo. Agachó la barbilla y alineó los hombros. La situación, en la que ninguno iba a ceder, se había vuelto muy desagradable. Todos se miraban entre sí sin perder de vista a Dani que continuaba con un ojo completamente cerrado y el otro fijo en Quico. Marcos se colocó a su lado.
—Ey, tío —intercedió.
—He sido yo —dijo León de repente. Todos se giraron a mirarlo. Había levantado las manos a modo de reo culpable—. Lo siento. No quería darte. Perdona.
Pero Dani negó con la cabeza y volvió a mirar a Quico, acusándolo tercamente.
—De verdad —insistía León—. La he tirado yo, lo siento. Era una bola de papel de aluminio del bocata. No creí que te fuera a hacer tanto daño.
Pero Dani no daba el brazo a torcer y seguía centrado en Quico. Alba tiró ligeramente de su brazo.
—Ha sido León —insistió conciliadora—. Te ha pedido perdón. —Era evidente que quería que se solucionara el incidente cuanto antes. Aquella situación generaba muy mal rollo en el grupo.
Pero él estaba seguro de que había sido Quico y no se lo iba a dejar pasar, manteniendo el pulso de miradas. Había flexionado sutilmente las piernas y amartillado el brazo derecho que mantenía pegado a su cuerpo. Quico solo debía acercarse un poquito más.
—Dani, ya.
La advertencia de Alba fue amable, pero no dejaba lugar a dudas. O reculaba o el problema se lo iba a buscar con ella. Tras unos segundos, Dani sopesó la situación y relajó los puños, después, dio un paso atrás.
—Vale, ha sido León —concedió sin quitar la vista.
Se alejó acompañado de su novia que permanecía agarrada a él. Marcos iba detrás, escoltándolo.
—Me pedirás perdón por lo menos, ¿no?
Quico, a su espalda, exigía la restitución de su honor y, de paso, la humillación de Dani. Pasó su brazo por los hombros de Eva en un mensaje velado de propiedad. Dani bufó. De nuevo la temperatura le subió hasta las orejas y, de nuevo, Alba apretó su brazo apelando a la calma. Marcos palmeó su hombro, poniéndose de su parte.
Eva tenía la vista en el suelo. A diferencia de Alba, no presionaba a su novio para que lo dejara estar. Dani mantuvo la vista en ella antes de alejarse. Alba tardó algo más en seguir sus pasos. Se había quedado mirando a Eva.
Cuando iniciaron el camino, mantuvieron el mismo orden, con Marcos y él cerrando la comitiva. Alba y su prima iban justo delante, hablando con Aníbal. Desde el incidente, ella se había mostrado más distante.
Llegaron a un repecho de difícil ascensión que les obligó a pasar de uno en uno. Aníbal ayudó a subir a Martina. Tiró de ella hasta alcanzar la cumbre. Después llegó el turno de Alba a la que esperó con un brazo extendido. Sin embargo, al llegar arriba no se soltaron y continuaron caminando cogidos de la mano.
—Este tramo es muy estrecho —dijo él—. Hay que ir con cuidado.
Dani, que iba detrás hablando con Marcos, se mordió la lengua. No sabía si lo hacía por lo de antes o porque la noche anterior habían pasado más cosas de las que pensaba. Cristian, Andrés y ahora también Aníbal. Ya no se fiaba de nadie. Sacudió la cabeza y terminó de subir por su propio pie, ayudándose de las manos para trepar por el complicado acceso. Algo más adelante les tocó cruzar un río de montaña. No era profundo, pero debían atravesarlo pisando las piedras salientes para no mojarse. En esta ocasión, seguía los pasos de Marcos. Pisando cada piedra que él dejaba libre. León iba detrás.
El ojo seguía doliendo. Un escozor continuo le obligaba a mantenerlo cerrado. Y así, medio tuerto, saltaba de piedra en piedra intentando no perder el equilibrio.
Varios ya habían pasado al otro lado. A él todavía le faltaba la mitad del camino cuando, de repente, alguien golpeó su talón desestabilizándolo y provocando que su pie trastabillara.
Cayó con la espalda, sumergiéndose por completo.
Se levantó como un rayo pero, aunque la corriente solo llegaba por debajo de las rodillas, el chapuzón lo había empapado hasta los huesos. Y el agua estaba helada. Salió caminando por el fondo, arrastrando las piernas por dentro del agua hasta alcanzar la orilla. Su acrobacia había atraído la atención de todos. Alba lo esperaba en la orilla preocupada.
—¿Estás bien? —Tiró de él para ayudarlo a salir.
—Sí, sí. Solo estoy empapado. Alguien me ha dado en el pie.
Quico, que estaba delante, vio su oportunidad de malmeter. —Igual he sido yo desde aquí —dijo socarrón. Dani lo fulminó con la mirada.
—Perdóóón. —León llegaba saltando las últimas piedras—. He sido yooo —gritaba desde la lejanía—. Iba tan concentrado que no me di cuenta de dónde pisaba. Culpa mía, lo siento. —Al menos no se reía, eso era un punto a su favor.
—León, joder, eres idiota —bramó Alba.
Marcos se acercó y, de nuevo, se quedó junto a él. En esta ocasión, la sangre no llegó al río y todo quedó como un incidente montañero. Dani no tenía muy claro que el toque a su talón hubiera sido fortuito, pero había preferido no tensar la cuerda.
Como no tenía ni una prenda de abrigo seca, decidieron que él iría por delante a paso ligero para alcanzar el albergue cuanto antes. Marcos lo acompañaría para indicarle el camino. También León se apuntó al sentirse culpable.
Iba tiritando. Si no se quitaba pronto esa ropa iba a pillar un resfriado de órdago. Marcos decidió variar el rumbo eligiendo una ruta más corta. Habría que trepar en más de una ocasión, pero llegarían antes.
Y entonces se encontró con el primer problema. La ruta acortaba por una cornisa que recibía un viento helador que hizo del trayecto una tortura. Daba igual caminar que correr, la sensación térmica era la misma.
Y cuando por fin llegaron al albergue se toparon con el segundo problema: No tenían la llave.
—Mierda, la tiene Aníbal. Se nos olvidó pedírsela. Qué cagada —se lamentó Marcos.
Dani había llegado con un dolor de cabeza horrible. Pensaba que le iban a estallar las sienes. Seguía con el ojo cerrado y, además, empezaba a tener ganas de vomitar. Se sentó en la entrada y se hizo una bola intentando generar algo de calor. Dentro había una chimenea y hasta bombonas de butano para cocinar. Solo debía esperar a que llegara el resto del grupo para poder quitarse la mojadura cuanto antes.
Tardaron dos horas.
— · —
—Es que, como vosotros ya veníais directos, hemos decidido pasar por el lago que hay en LA SARTÉN —explicaba Aníbal—. Para que lo viera Eva.
La Sartén, según le explicaron, era una vaguada donde se formaba un pequeño lago. Se llamaba así porque, independientemente de su altitud, siempre había buena temperatura. Algunos de ellos habían aprovechado a darse un chapuzón, desnudos.
—Siempre te puedes secar al sol después del baño. No corre viento y el calor rezuma que es una pasada.
Aníbal lo contaba como si eso alegrara a Dani cuando, en realidad, estaba maldiciendo por dentro.
—Toma, cari. —Alba le traía un caldo caliente. Estaba sentado frente a una estufa, enfundado en una manta. Los demás, se apiñaban alrededor de la gran mesa del salón, rememorando las batallitas del día. Se fijó que su novia tenía el pelo mojado, señal de que había sido una de las que se habían despelotado en el lago. De nuevo la misma amarga sensación que cuando estuvieron de fiesta sin él. Excluido mientras ella jugaba con Aníbal. Ahora, con el pensamiento del consolador perforando su cabeza, la imagen de ellos era tan dolorosa que lo empequeñeció. Alba lo abrazó, melosa y pasó una mano debajo de la manta, palpando entre sus piernas. Dani sopló el vaho que salía de la taza y le dio un sorbo.
—Siento estar así. Adiós al plan de esta noche —susurró.
—Ya, con las ganas que tenía. —Sacó la mano y se pegó a él—. Pero lo importante es que te pongas bien.
Succionó su lóbulo en un claro intento por encender su lívido. Dani sabía que ella tenía verdaderas ganas de follar esa noche al amparo de la oscuridad. También sabía que, parte del calentón, era culpa de ese baño montañero en plena desnudez que la había encendido más de la cuenta y del que, por cierto, él había estado ausente.
—Me voy al catre. A ver si hay suerte y en unas horas estoy mejor.
Le hizo un guiño con clara intención. A ella le brillaron los ojos. Sonrió de oreja a oreja y lo besó con pasión. Enfundado en la manta, caminó hacia la habitación de las literas con la taza humeante en la mano. Había dejado la ropa secándose junto a la estufa, incluidos los calzoncillos. Los demás, lo vieron alejarse y le desearon que se recuperara pronto.
—Espera, para que no pases frío. —León le alcanzó antes de que desapareciera dentro del dormitorio y le enfundó una braga de cuello por la cabeza.
El cuarto era el único disponible para pasar la noche. Había otro más pequeño, pero lo habían utilizado para llenarlo de trastos. Caminó hacia el fondo. Las literas estaban situadas a cada lado, puestas en batería, cada una unida a la siguiente por el lateral, con las cabeceras pegadas al tabique. Cinco en total en cada lado del dormitorio. Llenando los huecos desde la pared de la puerta hasta la del fondo. Una especie de litera corrida de dos alturas.
Se entraba por la parte de los pies. Había elegido la última de abajo, la del fondo. Se metió dentro y se arrebujó en su manta. Todavía tenía el ojo hinchado. La braga de León olía a demonios, pero no se la quitó. Cualquier cosa que lo mantuviera caliente era bien recibida. Pronto empezó a sudar la fiebre.
Enseguida cayó en el sueño aunque, su alta temperatura, hacía el descanso más difícil. Fuera, tras la puerta, se oían las risas y las voces del grupo. Rogó porque no le dieran mucho a la bebida. Su novia había demostrado ser muy peligrosa en estado ebrio.
Pasó el tiempo. Por la luz que entraba por la ventana supo que llevaba más de una hora tumbado. La fiebre alta también le provocaba delirios. No dejaba de tener sueños extraños y surrealistas que le impedían descansar. Una mano tocó su frente sacándolo de su sopor.
—¿Estás mejor? Te he traído algo.
—Sí, creo que ya me voy recuperando. Siento no poder estar con vosotros.
Alba le traía otro caldo. Dani se recostó para beberlo. Pudo distinguirla con la poca luz del atardecer. Seguía con el mismo brillo en los ojos. Miró en derredor. Había varias mochilas sobre las literas, pero nadie ocupándolas. Ella adivinó enseguida sus pensamientos.
—Ey, tranqui, no te preocupes por eso ahora. Lo principal es que te pongas bien. Además, tampoco lo vamos a hacer aquí. Podría entrar cualquiera. Y todavía es muy pronto. Ni siquiera es de noche.
Apuró el caldo y le devolvió la taza. —No sabía que eso fuera un impedimento.
Alba sonrió, marcando los hoyuelos de esa manera tan picarona que ponía cuando estaba realmente caliente. Pasó la mano sobre la polla, por encima de la manta y apretó suavemente. Pero enseguida torció el gesto y aflojó la presión.
—Tú ponte bien, ¿vale?
Dani sujetó su muñeca y la volvió a colocar. La movió arriba y abajo, sobándose con lentitud para que notara crecer el bulto. Quería demostrarle que estaría listo para darle lo que necesitaba.
—Ven luego. Escápate cuando puedas. Te prometo que hoy no te voy a defraudar.
La cabeza le estallaba, pero confiaba que, con un poco de tiempo, el dolor comenzara a remitir. En el exterior, todo era azul marino y pronto, aquella habitación, se cubriría de negrura. Detrás de la puerta, sus amigos seguían gritando y riendo, apenas a unos metros de distancia. El recuerdo del cuarto oscuro volvió a flotar en el aire y notó cómo a ella le subía la temperatura.
—Si alguno nos pilla follando, me muero de vergüenza.
—Y si no nos pillan, te mataré de placer. Prometido.
Ella apretó sus dedos alrededor de la polla que ya había tomado proporciones. Sus mejillas encendidas dejaban muy claro cuánto deseaba realizar la fantasía. Nada más salir por la puerta, él volvió a caer en su sopor deseando, en lo más profundo, reponerse a tiempo. Hoy menos que nunca quería defraudarla.
— · —
El sueño no fue profundo. De nuevo los delirios nublaron su mente haciéndole perder la noción del tiempo. Volvía a estar en la playa el día que le dejaron sin bañador. Las chicas se reían, pero esta vez, su actitud era como la de Aníbal: tranquilo y seguro de sí mismo. En su ensoñación, se acercó a Martina y se colocó entre sus piernas. Ella se echó hacia atrás mientras él le quitaba la parte baja del bikini.
Para su sorpresa, el coño de Martina no estaba depilado, sino que era como el de Alba, oscuro y recubierto de fino vello alrededor de los labios. El tatuaje de la mariposa estaba entre sus tetas. Fue a besarlo y se encontró succionando su pezón. Estaba duro de la excitación. Mientras lo lamía, su pecho subía y bajaba.
Puso más esmero abarcando toda la zona, jugando con el pezón cada vez más duro. Crecía y crecía hasta que llenó su boca. Al separarse vio que lo que chupaba era la polla de Aníbal. Una polla grande y gorda completamente húmeda. La miró con detenimiento, comprobando que era exactamente igual que el consolador que tantas veces había tenido entre sus manos… y en su boca.
—Sigue —le ordenó él.
Alba estaba a su lado tumbada boca arriba. Aníbal se la acababa de follar. Por eso su polla brillaba tanto.
—Hazlo, Dani. Si me quieres, chúpasela —rogó ella.
De alguna manera, la polla volvió a su boca y notó el sabor de su coño… y el de su semen. Quiso apartarse, pero no podía. El falo salía y entraba hasta tocar la garganta.
Eva, de pie, lo miraba con gesto triste. Quico no estaba a su lado. Alguien le cogió de las caderas empujándolo hacia atrás. Era él. El novio de su amiga le estaba dando por el culo. Quiso gritar para que se apartase, pero su voz quedaba ahogada por la polla de Aníbal que llenaba su boca y taponaba su garganta. Las chicas reían. Martina, había girado la cabeza, abochornada.
Se revolvió hasta conseguir liberarse de su enorme polla. Al levantar la vista, vio que éste llevaba una capucha que le ocultaba toda la cabeza. Miró hacia atrás y se encontró con que el que le enculaba ahora, era Cristian. Se reía. Andrés, a su lado, observaba con gesto serio a su yerno mientras, Alba, masajeaba su polla antes de metérsela en la boca.
Notó unas manos pasando por su frente. Los chicos habían hecho un corro a su alrededor y se habían corrido sobre su cara. Uno de ellos esparcía todo el semen por sus mejillas y barbilla.
Las manos bajaron hasta su polla. Para su consternación, estaba dura como una piedra. Todos se rieron, incluida Eva. Alba, en cambio, se mordía el labio inferior. La mano empezó a pajearlo.
—Seguro que se corre —decían todos sin parar de reír.
Las manos seguían sobándolo. Cerró los labios con fuerza pero los dedos empapados de semen se colaban en su boca. Pronto los dedos se convirtieron en algo blando y húmedo. Sofocó una arcada.
Se despertó de golpe. Alguien lo besaba llenando su boca mientras acariciaba su polla por debajo de la manta.
Era Alba.
La habitación estaba completamente oscura. Debía haber estado delirando durante mucho tiempo. Dio gracias por que todo hubiese sido una pesadilla. La mano de ella lo manejaba experta. Puede que la fiebre nublara su cabeza, pero de cintura para abajo seguía regio como un adolescente pajillero. Su polla no tardó en terminar de ponerse dura.
—¿Qué hora es?
—Hora de follar —susurró ella en su oído.
Tuvo la sospecha de que en aquel cuarto había alguien más. Miró alrededor, pero solo había oscuridad por lo que no supo si alguien ocupaba alguna de las otras literas. La lengua de ella volvió a meterse hasta su garganta. Inmediatamente después, apartó la manta de un tirón y se subió encima de él, a horcajadas.
La penetró. Cabalgaron. Se corrió… como de costumbre.
Quiso pedir perdón, pero ella selló sus labios con un beso. Su respiración seguía agitada como la de alguien que se queda a las puertas de lo mejor. Aún con la polla dentro, ella se apretó contra él, sintiendo en su interior lo último de su firmeza.
—Te lo hago con la boca.
—Calla —susurró ella. Lo descabalgó y se apartó—. Su tono lo dijo todo.
Con sigilo se bajó de la litera y salió del cuarto. Al abrir la puerta, oyó la algarabía de los que estaban fuera, riendo y bebiendo. Alba se había escaqueado del grupo para quitarse el calentón y volvía con ellos más caliente que una gata en celo. Además, el aliento de Alba sabía a alcohol que tiraba para atrás. Un mal presentimiento le recorrió el estómago. No era una buena combinación para estar rodeada de una panda de tiburones.
Sopesó salir y unirse a ellos, pero al intentar incorporarse, la cabeza le dio mil vueltas. Volvió a tumbarse y terminó tapándose con la manta.
Los delirios volvieron. Sueños mezclados con recuerdos en estado de vigilia. Imágenes confusas de duración indeterminada.
Y así pasó el tiempo hasta que alguien entró al cuarto cerrando la puerta tras de sí volviendo a despertarlo. Quien fuera, se acostó en una cama en pleno silencio. Algo después la puerta volvió a abrirse y entraron más personas que, poco a poco, fueron ocupando sus literas, iluminándose con la luz de sus móviles, intentando sin éxito, ser sigilosos. Se notaba que alguno iba como una cuba, vista la torpeza en subirse a las literas superiores. Hubo multitud de bisbiseos y risas por lo bajo. Posiblemente la fiesta ya había acabado.
Alba ocupó la litera contigua a la suya. Puso su mano en la frente para tomarle la temperatura y le acarició la cara. Seguía febril y mareado. Cuando intentó cogérsela, la retiró. Le dolió que no se metiera con él, aunque solo fuera un ratito.
Algo después, alguien se subió a la litera de arriba. Por los movimientos, debía ser más de una persona. Después, el mundo desapareció al caer nuevamente dormido.
Le despertó un ligero zarandeo. En la litera superior, alguien no paraba de moverse. «También es mala suerte que de 20 camas, tenga que escoger precisamente la de encima el que padece de insomnio», pensó. Llegó a sospechar incluso que, quien fuera, estaba follando. Alba, se pegó a él por detrás y lo abrazó parcialmente, haciendo la cucharita. Notó su aliento en la nuca. «Al menos, ya no le apesta a alcohol», pensó con alivio. El fulano de arriba todavía tardó un buen rato en coger postura.
…o en acabar de follar.
— · —
Llegó la mañana y con ella la luz que cegó sus ojos. Pero no fue eso lo que le despertó, sino la gente que ya se estaba vistiendo. El ruido de bolsas y tosidos ocupaba toda la estancia. Con gesto cansado, se recostó, apoyando su espalda en el cabecero. Alba no estaba en su litera. Metió la mano bajo su manta. Estaba helada, por lo que concluyó que hacía mucho que ella ya no estaba allí. No la vio entre la gente. Probablemente estaría en la ducha. Algunos volvían de allí, toalla en mano.
Desde su posición, podía verlos a todos de cintura para abajo. Algunas chicas se cambiaban allí mismo, dejando al descubierto sus coños. Dani soltó el aire lentamente, disfrutando de las vistas y adivinando a quién pertenecía cada uno. Intentó encontrar el de Martina. Quizás se había atrevido a descubrirlo y enseñar, por fin, su tatuaje oculto. Sin embargo, una polla larga tapó su visión. Quico acababa de llegar de la ducha y se deshacía de la toalla. Por lo visto, era él quien ocupaba la litera superior. «Si alargo el pie, le puedo soltar una patada en los huevos», fantaseó.
Se deshizo del pensamiento y se estiró, ahogando un mugido. El ojo ya no le molestaba y el dolor de cabeza y la congestión casi habían desaparecido.
Salió del catre y anudó su toalla como un plebeyo romano. Todos lo saludaron alegres. Demasiado, quizás. Hubo palmaditas, parabienes y muchas sonrisas. Sobre todo, sonrisas.
—Tú, lo de vestirte por los pies no lo llevas muy bien, ¿no? —dijo Quico a su lado.
—Eso sí que es vestirse con cabeza —acompañó Gonzalo.
Las chicas no eran menos imaginativas.
—¿A eso os referís los tíos cuando decís que tenéis los huevos de corbata?
Terminó por anudarla a la cintura. No entendía tanto chiste. Continuó hacia las duchas que estaban al final de un pasillo que las comunicaba con el dormitorio y la zona del salón-comedor. Había cuatro cubículos y, varios chicos y chicas, las compartían indistintamente en modo unisex. Alba acababa de salir de la suya y se estaba atando su toalla por debajo de las axilas. Marcos venía por detrás.
Ella ya tenía cara de cabreo antes de verlo. Cuando lo hizo, puso los ojos en blanco y negó con la cabeza mostrando decepción. Sin embargo, suavizó el carácter cuando se plantó frente a él.
—Quítate eso, anda —dijo señalando su cuello.
Apretó suavemente su hombro y pasó de largo hacia la habitación de las literas. Perplejo, se llevó la mano a la prenda del cuello para observarla. No era una braga para el frío, sino unos calzoncillos usados. El maldito León se la había vuelto a jugar. Se los sacó de un tirón y los lanzó con fuerza a un rincón. Se frotó el cuello en un vano intento por limpiar la peste adherida a su piel. Marcos llegó a su altura y se lo quedó mirando, intentando comprender.
—He estado toda la noche oliendo los huevos del… Morro Puta ese —blasfemó entre dientes—. ¿Se puede ser más cabrón?
Marcos miró al suelo, donde se encontraba el gayumbo, y comprendió al instante.
—Ya, el puto León y sus gracietas de mierda.
Lo dijo asqueado, como si sintiera como propia la jugarreta. Marcos no estaba muy hablador y enseguida lo dejó solo.
«Otro que no ha dormido bien esta noche», pensó Dani.
Se metió en la última de las duchas. Quizá fuera paranoia, pero no dejaba de oler a polla sudada, aunque, en ese momento, su principal preocupación era Alba. Miró entre sus piernas. «¿Es que no puedes aguantar por una vez, cabrona?». Pulsó la llave y se apoyó con las dos manos en la pared dejando que el agua fluyera por su cuerpo y espalda.
La ducha fue un bálsamo relajante. Y todo un alivio deshacerse del asqueroso olor a meados de León.
Al girarse para salir, se dio de bruces con Gloria. Los cubículos no tenían puerta por lo que, cualquiera que pasara por delante, podía ver quién se encontraba en su interior. Ella lo observaba apoyada en la pared con las manos en la espalda y media sonrisa. Tenía una toalla enrollada por debajo de las axilas, preparada para ducharse. Bajó la vista a su polla con descaro.
—Hmmm, prefería cuando estabas de espaldas.
Ladeó la cabeza como si buscara otra perspectiva. En el pulso de miradas, Gloria quería conseguir que se ruborizase. Dani apretó los dientes, pero no se tapó. Se acabó lo de dejar que lo intimidaran y puso los brazos en jarras.
Un pequeño movimiento y la toalla de ella se descolgó desde delante hacia los lados, quedando sujeta por las axilas. Un gesto estudiado para dejar al descubierto toda la parte delantera de su cuerpo. Por acto reflejo, sus ojos fueron desde sus tetas a su coño y de vuelta hasta sus pezones. Recordó ver botar aquellos melones antes de tenerlos pegados a su espalda. Su polla acusó la imagen y comenzó un leve pero incesante movimiento, lo que dejó claro lo que Gloria había provocado. Ella sonrió, maliciosa.
—Pues va a ser verdad eso de que llevas fuego en el cuerpo.
De nada sirvió que se tapara con rapidez. El mal ya estaba hecho y enseguida le subió el enfado con su traicionera polla por haber obedecido a sus pretensiones. Se alejó de allí tan cabreado como empalmado.
—Que era broma, hombre —se carcajeó—. Y que conste que lo de verte de espaldas era porque tienes un culito muy mono.
«Que te den», pensó.
Ya en el cuarto, vio que alguien había dejado su ropa seca encima de la cama, quizás Alba. Ella no se encontraba allí, tampoco Aníbal ni Marcos. Se giró hacia la pared y se colocó los calzoncillos tapando su erección. Por desgracia, su secretillo no pasó desapercibido para alguien.
Martina estaba echada en una de las literas interiores mirando su móvil, por lo que tuvo una visión perfecta. Pero esta vez no bromeó con él lo que le dejó algo cortado. Mantuvo una mirada sin expresión antes de volver a su pantalla.
—¿Qué tal anoche? —dijo intentando romper el hielo.
Ella tardó en reaccionar. Como si le costara levantar los ojos de su móvil. —Mucho alcohol. —Se levantó y lo dejó solo. Cualquiera diría que también estaba enfadada.
Fue el último en salir del dormitorio de literas. Se encontró con los demás en el salón-comedor y, aunque desayunaban juntos en la mesa, se notaba un extraño silencio por encima de todos. Extraño e incómodo. Alba estaba sola. Le pareció raro que Aníbal no estuviera cerca de ella. Se sentó a su lado y se acercó para besarla. Ella le ofreció la mejilla.
La conversación no fue más allá de las típicas frases obligadas y comentarios vacíos de cortesía. Al acabar, recogieron sus cosas con el mismo ambiente de cementerio. El descenso por la montaña fue mucho más lúgubre que el día anterior. A excepción de los constantes bisbiseos y miraditas, esta vez, en el grupo no hubo chistes ni risas. La resaca estaba haciendo estragos.
Marcos seguía sin abrir la boca y, por la actitud de Martina, entre ellos tampoco debía ir bien la cosa. Ambos caminaban separados. Empezó a pensar que él no había sido el único en tener una noche complicada.
—Ayer la cagué otra vez —dijo Dani a su novia en voz baja.
—Ahora no quiero hablar de eso.
Continuó a su lado, en silencio, intentando propiciar el acercamiento, pero fue en vano, ella no estaba muy receptiva. Resignado, terminó por caminar junto a Eva que, para no variar, seguía siendo invisible para su novio.
—¿Qué les pasa a todos? Parece un funeral.
—Eh… no, nada. Bueno, ya sabes, mucha fiesta… mucho alcohol. —Había dudado demasiado. Dani se sujetó el puente de la nariz con dos dedos.
—Buff, Eva, me acojona cuando tartamudeas así.
—¿Eh? ¿Por qué? No pasó nada raro. De verdad.
De nuevo ojos en blanco y sensación de desasosiego. Alcohol, ganas de cachondeo, Alba caliente como una perra en celo y un cabreo con él de mil demonios. Se temía lo peor.
—Venga, cuéntamelo —pidió—. Sea lo que sea.
Eva hizo como que no entendía, pero terminó suspirando como el que no sabe por dónde empezar una mala noticia. Pasó un minuto entero hasta que decidió abrir la boca.
—Desfasaron con la bebida. Empezaron a hacer chorradas. A alguien se le ocurrió jugar al Strip Póker.
—No me jodas. —Se le empezó a acelerar el pulso.
—Sí, es decir… no. A ver. —Otra vez resoplaba y suspiraba sin saber cómo explicarlo—. Al principio era en plan coña, mucha risa. Una se quitaba una zapatilla, otro el reloj. Cosas así. —Lo miró de reojo—. Algunos pagaban prenda haciendo alguna prueba humillante, como… masticar un mechón de pelo. O lamer algo asqueroso.
Dani asentía esperando la bomba.
—Alba no jugó.
Soltó el aire que llevaba tiempo conteniendo. «Menos mal», pensó.
—Solo al final —añadió.
Blasfemó para sus adentros. Bien sabía él la razón.
—Eva —interrumpió—. Ahórrame las anécdotas de la noche. Dime solamente lo que hizo Alba.
—Nada. —Había tardado bastante en responder.
—Eva, por favor, dímelo.
—Nada. En serio. O sea, a ver, habían hecho una apuesta superfuerte y ella perdió, pero… —puso los ojos en blanco—. Ya conoces a tu novia y el carácter que tiene. Se negó a hacerla.
—¿Qué apuesta?
—Una bobada de las suyas. Ya sabes, pero no la hizo, se negó. Menuda es ella.
—¿Qué apuesta?
Hizo un mohín, pero terminó por contestar lo que pedía. —En la ronda final, se jugaron que el que perdía, le hacía una paja a Aníbal.
Él cerró los ojos. «Cómo no —pensó—. El puto Aníbal otra vez».
—Se puso delante de ella —continuó—. Se bajó los pantalones. —Dani asentía, conminándola a seguir contando—. Pero se negó a hacérsela. No quiso.
Dani arrugaba la frente y movía el mentón a un lado.
—Le dejó con la polla fuera. Dijo que no quería seguir con el juego si no estabas tú. —Observó a su amigo durante unos segundos—. No le hizo la paja.
No sabía si lo estaba endulzando o simplemente le mentía por compasión.
—Lo paró, Dani. Se levantó y lo dejó. A pesar de que todos le gritaban y la bronqueaban como locos.
Él no contestaba. Con la vista puesta en su amiga. Eva insistía.
—Aníbal quedó como un tonto. Ridiculizado, con la polla al aire. Y no veas los que tuvieron que hacer las pruebas más humillantes. Estaban que trinaban.
—¿Qué pruebas?
—No me hagas hablar de eso. En primer lugar, porque esas cosas nunca salen de allí y además… porque me da mucha vergüenza.
Dani levantó las cejas. —¿Es que tú también…? —Ella no contestó y siguió caminando—. ¿Tú también hiciste cosas? —de nuevo el mutismo—. Eva —la paró, haciendo que se girara hacia él—, que si hiciste cosas que no querías hacer.
Ella dudó. —No al nivel que otros, pero jugábamos todos, así que…
No quiso indagar más. Estaba muy incómoda y no quería atosigarla. Unos pasos más adelante, su novio susurraba con León. Los dos se reían por lo bajo. Dani le odió en silencio.
Llegaron a los coches y se repartieron para hacer el camino de vuelta. Dani y Alba iban sentados detrás, en el coche de Marcos y Martina. Los cuatro en silencio. Alba no dejaba de chatear con el móvil. Últimamente, no se despegaba de él. Su prima, miraba por la ventanilla, pensativa.
Dani sacó el suyo y escribió:
DANI_
Perdóname. Tuve una mierda de día y te di una mierda de noche. La cagué. Sufro por lo que te hago sufrir. Merezco que me odies, pero aunque no sepa quererte, no quiero que me separes de tu lado.
El tono de mensaje entrante se oyó al cabo de un segundo. Alba levantó el móvil y deslizó un dedo por la pantalla haciendo que se iluminara. Abrió la aplicación y se quedó mirando durante un buen rato, con la vista fija en el texto. Después, cerró los ojos un segundo y se giró hacia él, abrazándolo.
—Anda, ven aquí, que eres más bobo…
Correspondió rodeándola con sus brazos y haciéndola suya. La besó, esta vez en la boca que recibió su lengua como fruta madura. Marcos los observaba por el retrovisor sin variar su gesto. Después, se quedaron uno al lado del otro, en silencio. Dani sonrió por dentro. Por fin ya tenía lo que quería.
El patrón de desbloqueo de su móvil.
Fin capítulo XXXIII
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