No quería ser infiel, pero lo necesitaba
Magda creía tener el control total sobre su nuevo subordinado, pero no sabía que su jefe y su esposa esperaban esa reacción. Lo que comenzó como un conflicto laboral se transformó en una lección de sumisión que ninguno de los dos podría haber imaginado.
Llegaba septiembre el primer día de trabajo el viernes ya que caía el uno en ese día. Tenía un hormigueo en la tripa de preocupación. El día fue de lo más normal, todos hablando de las vacaciones, donde habíamos estado y todas esas chorradas. Don José no venía ese día, empezaría el lunes. Para eso era el jefe. Sucedió algo que me mosqueo, la buenorra de Magda, el sabueso que nos controlaba, mano derecha de Don José, que sabia todo de él o eso debía de creerse. Empezó a putearme nada más verme. La compañera que más la conocía, me dijo que se había pasado un huevo y le dije que no entendía el motivo, que en julio nos despedimos muy bien. No sé si era en tono jocoso o qué, pero me dijo —no le hagas caso, que seguro que es porque te pareces a su marido. Que hace culturismo, se mete cosas para muscularse y ya sabes lo que dicen de eso— estiro el dedo corazón y luego lo encogio lentamente añadiendo —vamos que, seguro que ha lucido mucho de marido, pero no se ha comido ni los mocos y eso trastorna—
El comentario de mi compañera resonó en mi cabeza con un clic siniestro. Magda, la "buenorra", con su marido culturista y sus frustraciones íntimas. La imagen era demasiado perfecta, demasiado tentadora. No era sólo que me pareciera a su marido; era que yo representaba todo lo que su marido, con sus músculos artificiales y su probable impotencia química, no podía ser: una amenaza viril, cruda y funcional. Su hostilidad repentina no era profesional; era personal, visceral. Era el odio envidioso de quien huele el sexo en otro y se muere por probarlo. Pero luego lo pensé mejor y me dije si no sería don José que le dijo que me buscase las vueltas para echarme. Me cuadraba más esto último que lo de su marido.
Durante el resto del día, cada vez que Magda pasaba por mi sección con su andar arrogante y su mirada de halcón, yo la observaba. No con miedo, sino con pasotismo, aunque no voy a negarlo, también con el interés calculado de un depredador que ha identificado una nueva presa. La veía ajustarse la chaqueta del traje que le ceñía un cuerpo que, efectivamente, estaba esculpido para la admiración, no para el uso. Notaba la tensión en su mandíbula, la forma exagerada en que evitaba mi mirada, y luego la forma en que sus ojos, llenos de rabia y algo más, se posaban en mí un segundo de más cuando creía que no la miraba.
Le llame la atención a Magda por el trato que me había dado, total si me querían echar, por lo menos quedarme a gusto, para lo que me quedaba en el convento... El enfrentamiento fue total. No me mordí la lengua, dejé que toda la rabia y el desprecio salieran a flote. Cuando le solté lo de su marido, sin hacer lo del dedito, sus ojos, antes fríos y controladores, se encendieron con un odio puro y vergonzoso. Se puso colorada, no de rubor, sino de furia contenida que hervía bajo la piel.
—¿Tú qué sabrás de mi vida, pedazo de mierda? ¡Eres un don nadie, un puto recién llegado con aires de grandeza por haber ido a la universidad y tener un título!— escupió, su voz un silbido agudo que atrajo las miradas discretas de los compañeros desde sus cubículos. —Vas a ver, vas a ver lo que es bueno. Le voy a contar a Don José cada palabra, y te va a echar a la calle antes de que puedas decir 'perdón'—
Yo me reí, un sonido seco y carente de humor. —Háblale, Magda. Cuéntale a tu jefe cómo te arde la entrepierna cada vez que me ves pasar. Dile que tu marido de gimnasio no te calienta ni el desayuno. A ver qué le parece— sé que me pase tres pueblos. Ella palideció, luego enrojeció de nuevo, un torbellino de humillación y rabia. Nos dijimos de todo: "zorra frustrada", "machito de pacotilla", "amargada", "pringado”
La tensión en la oficina era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Los compañeros fingían estar absortos en sus pantallas, pero las orejas estaban tiesas, captando cada sílaba venenosa. Magda temblaba, no de miedo, sino de una furia impotente que la hacía vibrar. Su autoridad, ese caparazón de eficiencia y control, se había resquebrajado frente a todos, y yo era el martillo que la había golpeado.
—Vete a la mierda— bufó finalmente, su voz un hilillo de aire envenenado. —No vales ni el suelo que pisas. Espera a que vuelva Don José el lunes. Verás cómo te arrastro por el barro hasta que no quede ni el recuerdo de tu nombre aquí— Dio media vuelta, su taconeo contra el suelo sonando como disparos secos, y se encerró en su oficina de cristal. La puerta se cerró de un golpe que hizo temblar los tabiques. Yo me quedé de pie en medio del pasillo, respirando hondo, el sabor metálico de la adrenalina en la boca. No había miedo, sólo una excitación fría y peligrosa. Había levantado la liebre, y ahora había que ver hacia dónde corría.
Llegué a las ocho en punto de la mañana y ya tenía todo recogido. Don José llego a las nueve de la mañana y Magda salió de su despacho como si le fuera la vida en ello, de pronto la veo frenar en seco. Es porque Sofia acompaña a su marido, Magda le da dos besos a Sofia y veo que hay complicidad, pero no intimidad. Entran en el despacho de su marido solo el matrimonio. Luego la secretaria de don José me dice que vaya a su despacho. Nada más cerrar la puerta la secretaria con una advertencia de don José para que nadie molestara.
La puerta del despacho de Don José se cerró con un clic definitivo, aislando el mundo exterior. El aire en la habitación era cargado, a perfume caro y poder. Pero todo eso se desvaneció en el instante en que Sofía se separó de su marido con la elegancia de una pantera y se lanzó sobre mí.
No fue un acercamiento. Fue una toma de posesión. Sus labios se estrellaron contra los míos con una urgencia feroz, sus manos se enredaron en mi pelo tirando con fuerza, exigiendo sumisión y dominación al mismo tiempo. El morreo fue brutal, húmedo, profundo. Nuestras lenguas libraron una batalla que ya conocíamos, un baile salvaje, ella era pura lujuria reprimida. Podía sentir la sonrisa triunfal de José a mis espaldas, el silencio cómplice del depredador que observa a otro cazar.
Cuando rompimos el beso, jadeando, con los labios hinchados y brillantes, las palabras salieron de mi boca sin filtro, un desafío y una prueba arrojada al centro de su juego perverso. —Hace mucho que nadie me come la polla— dije, la voz ronca por el deseo y la provocación, mis ojos clavados en los de Sofía, desafiándola a seguir el ritmo. Una sonrisa lenta, cargada de malicia y promesas sucias, se dibujó en los labios de Sofía. Sus ojos, brillaban con un fuego que hacía arder cualquier resto de decoro.
—Con las ganas que tenemos nosotros— susurró, su voz un hilo sedoso que me recorrió la espina dorsal. —Creo que podemos arreglar esa... necesidad, ¿no te parece, cariño?— Se dirigió a su marido sin apartar la mirada de mí. José, sentado tras el enorme escritorio de caoba, con una copa de coñac en la mano, asintió con una calma que resultaba obscena. No había celos en su rostro, sólo una curiosidad intensa, la de un coleccionista que está a punto de presenciar una nueva adquisición.
—Por supuesto, mi amor— dijo José, su voz serena. —El despacho tiene buena acústica, esta insonorizado pero la alfombra es persa. Ser cuidadosos, que no se manche— Las palabras de José fueron la señal. Sofía me tomó de la mano, su agarre firme y decidido, y me guió hacia el centro de la habitación, lejos del escritorio, a un espacio abierto frente para que el cornudo de su marido pudiera ver mejor.
Sin prisa, pero sin pausa, ella me empujó suavemente hacia atrás hasta que mis piernas chocaron contra el borde del sofá de cuero. La resistencia del material frío y lujoso contra mis pantalones era un contraste brutal con el calor que empezaba a hervir en mi sangre. Sofía no dijo más; sus ojos hablaban por ella. Con una mirada que era una orden y una súplica a la vez, bajó lentamente, sus rodillas encontrando la suave pero densa alfombra persa que José tanto valoraba.
El mundo se redujo a la imagen de ella arrodillada entre mis piernas, su vestido de ejecutiva caro acariciando el suelo, su cabello perfecto cayendo sobre sus hombros. Sus manos, con uñas impecables y pintadas de un rojo oscuro, se posaron en mi cinturón. Los dedos trabajaron con una eficiencia devastadora: el clic metálico de la hebilla al abrirse, el ziiip lento y deliberado de la cremallera de mis pantalones. Cada sonido era amplificado por el silencio expectante de la habitación, roto sólo por la respiración controlada de José desde su trono detrás del escritorio.
Cuando mis pantalones y ropa interior cedieron, el aire fresco de la oficina con aire acondicionado rozó mi piel, pero fue un escalofrío breve, ahogado al instante por el calor abrasador de su aliento fue sólo el preludio. Sofía no hizo ningún movimiento teatral, no hubo miradas lascivas hacia su marido para buscar aprobación. Su enfoque era total, absoluto, como si el universo se hubiera reducido a la tarea que tenía entre manos. O mejor dicho, entre los labios.
Con una mano, me tomó con firmeza mi polla, su agarre era seguro, casi posesivo. Con la otra, acarició la piel sensible de mis muslos internos, haciendo que todos mis músculos se tensaran en anticipación. Luego, inclinó la cabeza. No fue un beso, fue una reverencia. La primera sensación fue de una humedad caliente y una succión experta que me arrancó un jadeo seco, un sonido gutural que resonó en la oficina silenciosa. Su boca era un infierno de habilidad, una cámara de tortura y éxtasis. Su lengua, ágil e insistente, trazó círculos alrededor de la punta, lamió la longitud con una presión que prometía y amenazaba, antes de hundirse de nuevo, tomando más, siempre más. Cada movimiento era calculado, una combinación de presión, succión y el roce de sus dientes, justo en el límite del dolor, para llevarme más allá del placer.
Cuando más cachondo estaba vi la figura de José levantarse de su silla de cuero. No había prisa en sus movimientos, sino una deliberación lenta, como un tigre que abandona su lugar de observación para unirse a la cacería. El crujido sordo de sus zapatos la alfombra persa se acercaba, un contrapunto a los sonidos húmedos y mis jadeos entrecortados.
Sofía no se detuvo. Si acaso, se intensificó, como si la proximidad de su marido la electrizara aún más. Su cabeza se movía con un ritmo más rápido, más profundo, ahogando cualquier pensamiento coherente que pudiera quedar en mi mente. José se arrodilló a su lado, su presencia imponente y elegante incluso en el suelo. No dijo una palabra. Colocó una mano grande y firme en la nuca de Sofía, no para detenerla, sino para guiarla, para sincronizar sus movimientos con una intimidad aterradora que hablaba de años de prácticas compartidas. Con su otra mano, se unió a la acción. Mientras la boca de Sofía trabajaba en la punta con una succión voraz, los dedos de José, largos y seguros, se cerraron alrededor de la base, bombeando con una presión rítmica y experta que creó la fricción perfecta que era insoportable. Era como si estuvieran operando una máquina de placer diseñada específicamente para destruirme. La mano de José, grande y con la palma ligeramente callosa por el golf, se movía en un contrapunto brutalmente efectivo al ritmo de succión de Sofía. Subía, bajaba, retorciéndose ligeramente en la coronación, apretando justo donde más lo necesitaba, liberando cuando la presión se volvía demasiado intensa, sólo para volver con más fuerza.
Sofía, bajo la guía de la mano de su marido en su nuca, había encontrado un ritmo nuevo, más animal. Emitió un gemido gutural, una vibración que recorrió toda mi longitud y me hizo arquear la espalda contra el sofá de cuero. El sonido pareció excitar a José aún más. Inclinó la cabeza junto a la de su mujer, y pude sentir su aliento caliente en mi piel, cerca de donde trabajaba la boca de Sofía.
—Se está portando muy bien, ¿verdad, mi amor— murmuró José, su voz un ronroneo bajo y cargado de lujuria. —Mira cómo responde. Tan duro, tan dispuesto— Sofía respondió con otro gemido, esta vez más alto, y aumentó la velocidad. Su lengua se volvió una bestia salvaje, lamiendo, golpeando, explorando cada centímetro. La sensación se volvió abrumadora, un tsunami de fuego líquido que se acumulaba en mi base, alimentado por cada bombeo experto de la mano de José y cada succión profunda y devoradora de la boca de Sofía. Ya no podía distinguir dónde terminaba uno y empezaba el otro; eran una sola entidad, un depredador bicéfalo dedicado a mi placer y mi ruina.
José ajustó su agarre, sus dedos se entrelazaron con los de Sofía donde ella me sostenía, creando un túnel de carne caliente y presión perfecta. Con su otra mano, acarició el cabello de su esposa, un gesto extrañamente tierno en medio de la obscenidad. —Creo que está cerca, Sofía— susurró José, su voz áspera. —¿Quieres que termine? ¿O quieres saborearlo un poco más?—
Sofía respondió deslizando aún más hacia abajo, tomándome tan profundo que sentí el constrictor suave de su garganta. Sus ojos, llorosos por el esfuerzo, se encontraron con los míos. En ellos no había sumisión, sino triunfo. Ella estaba cazando, y yo era su presa, y ambos lo sabíamos. El sonido que salió de mi garganta fue un rugido ahogado, un grito de rendición. Mis caderas se empujaron hacia adelante por voluntad propia, traicionándome. Buscando esa última fracción de pulgada de profundidad, esa última chispa que haría estallar el universo. Y ella me la dio. Sofía relajó deliberadamente su garganta en el momento exacto en que mi cuerpo se convulsionó, permitiendo que la oleada hirviente de mi leche la inundara directamente.
Fue una explosión larga, brutal, que me arrancó del mundo. Cada chorro era un latido de pura agonía, bombeado directamente en su garganta. Sofía no retrocedió ni un milímetro. Sus pómulos se hundieron con cada trago, sus ojos cerrados en una expresión de concentración. Se aferró a mis muslos, sus uñas clavándose en la tela de mis pantalones, anclándose a mí mientras me vaciaba en ella.
José observaba, hipnotizado, su mano todavía en la nuca de su esposa, sus ojos azules brillando con un orgullo perverso. —Bebe, cariño, que lo necesitabas, que te hacía mucha falta— murmuró, su voz apenas audible sobre el sonido de mi jadeo y los tragos ruidosos de Sofía. —Tómalo todo— Y ella lo hizo. Cuando los últimos espasmos me sacudieron, ella continuó succionando suavemente, limpiando, asegurándose de no perder una gota. Finalmente, con un último y húmedo “pop”, se liberó. Se sentó sobre sus talones. Sin siquiera limpiarse la boca, Sofía se giró hacia José. Su rostro estaba enrojecido, sus labios brillantes e hinchados por el esfuerzo. En sus ojos había un fuego triunfante, salvaje. Con un movimiento fluido, se inclinó hacia él, capturando sus labios en un beso que era cualquier cosa menos tierno.
Era una reivindicación, una exhibición. Abrió su boca contra la de él, y pude ver, con detalle gráfico, cómo transfería mi semen de su boca a la de su marido. La lengua de José se movió para encontrarse con la de ella, aceptando, compartiendo. Un gruñido bajo y gutural escapó de su pecho, una mezcla de lujuria y posesión. Su mano se enredó con fuerza en su cabello, manteniéndola cerca mientras saboreaba el botín que ella le ofrecía.
El sonido era obsceno: los gemidos húmedos, los pequeños sorbos, el roce de sus lenguas. Sofía emitió un gemido en la boca de José, un sonido de puro éxtasis perverso. Finalmente, se separaron, jadeando. Un hilo de saliva y semen brillante conectaba sus labios por un segundo antes de romperse.
José pasó la lengua por sus labios, sus ojos nunca dejaron los de Sofía. —Salado— murmuró, su voz ronca. —Y caliente— terminó José, su mirada fija en Sofía con una intensidad que casi podía sentirse físicamente. Con el pulgar, limpió una gota que había escapado de la comisura de su boca y, sin romper el contacto visual, se llevó el dedo a los labios para chuparlo limpiamente.
El aire en la oficina era ahora espeso, cargado con el olor a sexo, cuero y poder. Yo, todavía jadeando y débil en las piernas, los observaba, un espectador atrapado en el torbellino que ellos habían creado. Sofía finalmente se volvió hacia mí, una sonrisa lenta y satisfecha curvando sus labios brillantes. Se limpió el dorso de la mano por la boca con un gesto casual, casi desafiante.
—¿Satisfecho, JEFE?— preguntó, su tono una mezcla burlona de respeto profesional y íntima familiaridad. La palabra 'jefe' nunca había sonado tan cargada, tan repleta de capas de sumisión y dominio. Antes de que pudiera responder, o incluso intentar formar un pensamiento coherente, José se puso de pie con la gracia de un gran felino. Se ajustó los puños de su camisa impecable, un gesto absurdo dada la situación. Su mirada, ahora fría y calculadora como la de un banquero evaluando un activo, cayó sobre mí. Diciéndome que ahora debía de salir. Así lo hice y minutos despues su mujer.
La puerta de la oficina de Don José se abrió y Magda salió. Cincuenta minutos exactos después de haber entrado. Su andar seguro, casi arrogante, se había convertido en algo vacilante, como si el suelo de mármol se hubiera vuelto inestable. Su rostro era un estudio de derrota humillante: el rímel corrido dejaba marcas oscuras bajo sus ojos, que ahora estaban enrojecidos y bajos. Su labial rojo intenso, su marca registrada, estaba manchado y desdibujado en las comisuras. Se ajustó la chaqueta de su traje sastre azul marino con manos que temblaban ligeramente, un gesto inútil para recomponer una armadura que había sido destrozada desde dentro.
La observé desde mi cubículo, fingiendo concentrarme en mi pantalla. El aire acondicionado parecía llevar ahora un escalofrío diferente. Todo el piso había sentido la tensión, el aura de poder concentrado que emanaba de la oficina del jefe. Algunos colegas intercambiaban miradas furtivas, susurros ahogados. Magda pasó junto a mí sin mirar. Se dirigió directamente al baño de mujeres, cerrándose en un cubículo. Supuse que a llorar.
Exactamente cinco minutos después, mi teléfono móvil, que estaba en modo silencio, vibró sobre el escritorio. La pantalla iluminada mostraba un nombre: SOFÍA. Una sonrisa instintiva, cargada de complicidad y de un regodeo ligeramente perverso, se dibujó en mis labios. Deslicé el dedo para aceptar la llamada y me lo acerqué al oído, bajando instintivamente la voz.
—Sí— dije, mi tono neutral, pero con una expectación palpable.
Al otro lado de la línea, su voz sonaba decidida, impaciente, peligrosa, llena de una certeza absoluta. —Ya viste a la perra salir, ¿verdad?— No esperó una respuesta. —Parecía un gatito mojado al que le pisaron la cola. Don José tuvo una... charla muy persuasiva con ella. A mi AMO, a mi SEMENTAL no se le toca. Le ha explicado su lugar exacto en este ecosistema—
Hizo una pausa, —en breve esa zorra va a pedirte perdón— continuó Sofía, y en su voz había un deleite sádico, un placer por el teatro del poder que estaban montando. —Va a tartamudear, probablemente va a llorar un poco más. Va a intentar explicarse, a justificar sus 'malentendidos'. No importa. Tu trabajo es simple: escuchar. No la interrumpas. No le ofrezcas un pañuelo. Solo déjala hablar hasta que se quede sin palabras y entonces, solo entonces, le dices si aceptas sus disculpas o no—
Otra pausa, más larga esta vez. —Don José y yo queremos ver cómo maneja nuestro AMO esto. Si se lo concedes, demuestras magnanimidad, pero también que eres blando. Si se lo niegas, demuestras fuerza, pero también rencor. La decisión es tuya, cariño. Pero recuerda lo que te dije: si no se lo concedes, será ella la que pueda rodar.
La amenaza no era velada. Era un cuchillo afilado puesto sobre el cuello de Magda. Dejé el teléfono sobre el escritorio, mis dedos temblorosos por una mezcla de adrenalina, poder delegado y un miedo frío que se arrastraba por mi espina dorsal. Esto no era solo sobre Magda. Era sobre mí. Una prueba. Don José estaba evaluando mi fibra moral, mi capacidad para el juego sucio y limpio a la vez. No me gustaba que me manipularan.
Miré hacia el pasillo que conducía a los baños. El tiempo se había espesado, cada segundo un latido de mi corazón acelerado. Los murmullos de la oficina parecían haberse apagado, como si todos, de manera subconsciente, sintieran la tormenta que se avecinaba. Ajusté inconscientemente el nudo de mi corbata, tratando de parecer impasible, inexpresivo. Por dentro, mi mente era un torbellino. ¿Perdonarla? Mostrar clemencia podría leerse como debilidad, como si el espectáculo de poder de José y Sofía no me hubiera marcado lo suficiente. ¿Negárselo? Sería condenarla. Sofía no bromeaba. "Rodar" significaba ser despedida de la manera más humillante posible, con una mancha en su récord que ahogaría su carrera en esta ciudad.
Una vez que salió Magda, paso por mi sitio y me dijo si podía ir a su despacho. Antes de que ella pudiera decirme nada, le pedí yo perdón. Su expresión era de absoluta sorpresa. Me pregunto qué porque le pedía perdón y le respondí —por lo que te dije de tu marido, eso de que no te calienta... que, aunque pueda pensar que es verdad, porque sé de qué hablo, no debía haberlo dicho jamás— y me pregunto qué a que me refería cuando decía que sabía de lo que hablaba. —Me paso muchas horas en el gym, lo que yo tardo en cuidar mi físico, porque me gusta verme bien y por salud, hay tíos que se ciclan y no se esfuerzan, no hacen ningún sacrificio, pero eso luego los lleva a las paranoias, la disfunción eréctil...—
No me dijo que no tenía razon, era más estaba a punto de llorar de nuevo. Le dije que me salía para que respirara y si le parecía bien, a la salida nos veíamos en la cafetería de enfrente, ella acepto.
El ambiente en la cafetería era un contraste brutal con la asfixiante oficina. Olía a café recién hecho y bollos dulces, un mundo mundano y ajeno al juego de poder del que acabábamos de escapar. Magda, sentada frente a mí, jugueteaba nerviosa con la cucharilla de su taza de té. Sus ojos, aún hinchados, me estudiaban con una mezcla de incredulidad y una curiosidad cautelosa. Mi disculpa inicial la había desarmado por completo, cambiando el guión que sin duda había ensayado en el baño.
Cuando le solté mi explicación sobre el gimnasio, los ciclos y las disfunciones, su rostro palideció aún más. No dijo que no tuviera razón. Solo tragó saliva con dificultad, sus ojos vidriosos mirando fijamente la mesa. La había tocado en un nervio expuesto, confirmando sus peores sospechas con la crudeza de un diagnóstico médico. Mi oferta de salir fue un salvavidas que agarró con ambas manos.
Ahora, aquí, después de su velado reconocimiento, me contó con voz temblorosa lo que Don José le había dicho: una lista meticulosa de sus "fallos", insinuaciones sobre información confidencial "filtrada", la amenaza velada de una demanda por incumplimiento de contrato si no demostraba "lealtad absoluta y discreción". Era una artillería pesada diseñada para destrozarla. Cuando terminó, dejó escapar un suspiro tembloroso y me miró, su confusión era palpable en el aire entre nosotros. —No lo entiendo— susurró, su voz ronca por el llanto reprimido. —Después de todo lo que pasó... ¿por qué te pones de mi lado? Él... ellos... tienen todo el poder—
Ahí fue cuando solté mi bomba. La miré directamente a los ojos, sin una pizca de humor en mi rostro, solo una certeza animal y cruda. —Porque pienso follarte como no te ha follado nadie, de manera sucia, sin contemplaciones— dije, mi voz baja pero clara, cortando el murmullo de la cafetería. —Y te daré la zurra que no te he dado hoy, en ese hermoso culo que es muy provocador. Pero que sepas que no soy facilón—
El efecto fue instantáneo y eléctrico. Su boca se abrió ligeramente, un jadeo ahogado se le escapó. La confusión en sus ojos se disipó, reemplazada primero por un shock absoluto, luego por un destello de algo más... oscuro, caliente. Un rubor subió desde su cuello hasta sus mejillas, pero no era solo de vergüenza. Era de excitación. La había sacado por completo de su papel de víctima aterrorizada y la había arrojado a un territorio completamente diferente, uno de peligro y deseo crudo.
Ella soltó una risa. No era una risa nerviosa o incómoda. Era una carcajada corta, gutural, que le salió del pecho como si hubiera estado encerrada allí durante años. Se llevó una mano a la boca, pero sus ojos, ahora brillantes y secos, no se apartaban de los míos. En ellos había un nuevo fuego, una chispa de desafío mezclada con una curiosidad voraz. —¿Pero dónde vas, chaval?— dijo, recuperando algo de su antigua arrogancia, pero esta vez teñida de una ironía lúbrica. —Te saco veintidós años, por lo menos. ¿Crees que una mujer de mi... experiencia, se deja impresionar por las bravuconadas de un niño de gimnasio?—
Su tono era provocador, desafiante. Estaba probando los límites, viendo si mi confianza era solo fachada. Se inclinó un poco sobre la mesa, y el escote de su blusa, que antes parecía solo profesional, ahora parecía una invitación calculada. Su perfume, que antes olía a derrota, ahora olía a peligro y a piel caliente. Yo no retrocedí. Al contrario, me incliné también hacia adelante, bajando la voz a un susurro que solo ella podía escuchar, cargado de una promesa obscena. —Veintidós años de experiencia malgastada con un marido que no sabe usar lo que tiene— terminé, dejando que las palabras, crudas y deliberadamente vulgares, se posaran sobre la mesa como un guante arrojado. —Veintidós años de rutina, de indiferencia, de fingir que no te hierve la sangre por las noches. Yo no te voy a impresionar, Magda. Te voy a recordar para qué sirve ese cuerpo que tanto cuidas y que él ignora. Pero por llamarme niño, además de otra zurra, serás tú quien me pida follar—
Ella no apartó la mirada. Su respiración se había vuelto un poco más rápida, el ritmo apenas perceptible levantando y bajando el suave tejido de su blusa. El rubor en sus mejillas ya no era de vergüenza, sino de una excitación que comenzaba a hervir bajo la superficie. Tragó saliva, y el movimiento de su garganta fue fascinante.
—Eres muy atrevido— murmuró, pero su voz carecía de convicción. Sonaba más como un reconocimiento, un suspiro de rendición anticipada. —Y muy... específico. Demasiado especifico— Lo sé, asentí, manteniendo el contacto visual. Mi pulso latía con fuerza en mis sienes, la adrenalina del poder, del juego, de la caza, bombeando por mis venas. —Porque he estado observando. Cada vez que te ajustas el collar de la blusa cuando estás nerviosa. Cómo cruzas y descruzas las piernas bajo el escritorio, no por incomodidad, sino por pura energía reprimida— continué, mi voz ahora un ronroneo bajo y íntimo que parecía acariciar el aire entre nosotros. —Cómo muerdes el extremo de tu bolígrafo durante las reuniones largas, y tus ojos se pierden por la ventana, no soñando con informes trimestrales, sino con algo mucho más... físico. He visto cómo tu mirada se desliza, solo por una fracción de segundo, hacia los músculos de los repartidores jóvenes que pasan por el pasillo. No es casualidad. Es hambre—
Cada palabra era un golpe preciso, diseñado para derribar sus últimas defensas. Magda ya no intentaba parecer ofendida o desdeñosa. Estaba hipnotizada, sus labios ligeramente entreabiertos, respirando el aire cargado de tensión sexual que yo estaba creando. Su taza de té estaba olvidada, fría. —Eso es... una invasión de la privacidad y una imaginación desbordante— logró decir, pero era un suspiro débil, sin fuerza. Su pie, bajo la mesa, rozó el mío por accidente... o quizás no. No lo retiró.
—Es observación— corregí, deslizando mi propio pie para entrelazarlo con el suyo, un contacto eléctrico a través de la fina tela de sus medias. Si me equivoco y es mi imaginación desbordante como dices tú, seguro que ahora llegaras a tu casa y tu magnifico marido no estará en casa. Te veras sola entre cuatro paredes y aburrida, marchitándote. En una servilleta escribí mi dirección ya que mis padres seguían con mi hermana. —Toma, si no me equivoco, puedes venir aquí y tú eliges para hablar o para zurrarte el culo— ella me decía que estaba loco, que mi ego lo tenía muy subido... pero su mirada era de excitación y sus pezones se marcaban y no por el frio. Parecía que tenía buenas tetas, mejor colocadas, pero lo mismo era por el ejercicio que hacía y por no haber tenido hijos.
Para saberlo, le dije que entendía que lo mismo era muy precipitado, por si tenía hijos y no tenía con quien dejarlos, puso cara mustia y me dijo que no tenía. Sabía que, si le decía de irse conmigo en ese momento había muchas posibilidades, pero prefería que se lo pensara bien y decidiera. Nos despedimos y al darnos dos besos en las mejillas, tuve la sensación de que la noche no había acabado.
El sonido del portero automático, esa voz tensa y decidida diciendo "Magda", hizo que mi corazón diera un vuelco salvaje en el pecho. La había provocado, la había empujado al borde, y ahora ella estaba aquí, al otro lado de la puerta, aceptando el juego. Al abrir, la imagen que me golpeó fue aún más poderosa de lo que había imaginado. Había transformado por completo la derrotada ejecutiva de la tarde. Su melena rubia, antes recogida con severidad, caía en ondas sueltas y un poco alborotadas alrededor de sus hombros, como si se hubiera pasado los dedos por ella una y otra vez, pensando en venir. El maquillaje resaltaba sus ojos, ahora grandes y sus labios, pintados de un rojo intenso. Pero era el vestido lo que me robó el aliento: negro, sencillo en su corte, pero con una falda con vuelo que prometía secretos y un escote que dejaba muy poco a la imaginación sobre la forma perfecta de sus pechos, aquellos que había adivinado bajo la blusa.
La invité a pasar, notando el leve temblor en sus manos a pesar de la determinación en su mirada. El salón estaba en penumbra, solo con la luz tenue de una lámpara y dos copas ya preparadas sobre la mesa baja, junto a una botella de whisky decente. El aire olía a su perfume nuevo, más intenso y floral que el de la oficina. Magda caminó hasta el centro de la habitación, sus tacones haciendo un clic-clac decisivo sobre el piso de madera, pero su mirada recorría el espacio con una curiosidad nerviosa, evitando fijarse en mí directamente.
—Tu piso es... más acogedor de lo que esperaba— dijo, su voz un poco más alta de lo necesario, intentando llenar el silencio cargado. Gracias, respondí, manteniendo mi posición cerca de la puerta, observándola. No iba a hacer esto fácil para ella. Había venido por una razón, y yo quería oírla decirla. —¿Whisky?— Con un poco de agua o solo hielo. —Con hielo, por favor— asintió, finalmente mirándome. Sus ojos eran dos pozos de conflicto: miedo, excitación, orgullo herido y un deseo tan palpable que casi podía saborearlo. Me dirigí a la cocina, dejándola sola en el salón por un momento. El sonido del hielo chocando contra el cristal era el único ruido en el apartamento. Desde la cocina, con la puerta entreabierta, le lancé la pregunta, mi voz casual pero cargada de significado:
—Entonces, Magda... ¿has venido a charlar, o a qué?— La pregunta quedó suspendida en el aire entre la cocina y el salón, un desafío final, un ultimátum disfrazado de cortesía. El silencio que siguió fue breve. No hubo respuesta verbal. En su lugar, el sonido de sus tacones moviéndose sobre la madera, un crujido de tela. Cuando volví, con las dos copas en las manos, la escena que se desarrolló ante mí hizo que mi pulso se acelerara hasta un ritmo frenético y que la sangre me rugiera en los oídos.
Magda no estaba de pie donde la había dejado. Se había recostado sobre la mesa baja de centro, apoyada en los codos. La falda con vuelo de su vestido negro estaba recogida, arremangada alrededor de sus caderas, revelando unas piernas largas y tersas, enfundadas en medias finas con ligueros negros que se enganchaban a un tanga diminuto del mismo color. La tela negra de la tanga se hundía entre las nalgas redondas y pálidas, un contraste obsceno y deliberado. Su postura era de una sumisión provocativa, pero su mirada, cuando alzó la cabeza para mirarme, ardía con un desafío salvaje.
Casi se me cayeron las copas. El impacto visual fue físico, un golpe bajo en el estómago que se transformó en un calor... en una oleada de lujuria pura y voraz. El calor se expandió desde mi vientre, bajando, endureciendo mi polla al instante. Contuve la respiración por un segundo, dominando el temblor en mis manos antes de colocar las copas con cuidado en un estante cercano. El sonido del cristal al tocar la madera fue un clic seco en la habitación cargada.
No dije nada. Las palabras eran inútiles ahora. El lenguaje lo había establecido su cuerpo, su postura, esa prenda negra que era tanto una invitación como una burla. Caminé hacia ella, mis pasos lentos y deliberados en el silencio. El aire olía a su perfume, a su excitación y a mi propio deseo animal. Me detuve justo frente a ella, mis pantalones a la altura de su rostro. Desde arriba, la vista era aún más obscena: la curva de su espalda, la tensión en sus hombros, la forma en que la tela negra se estiraba y se hundía, dejando muy poco a la imaginación. Alcé una mano y, con una lentitud agonizante, deslicé los dedos por la línea de su columna vertebral, sobre la fina tela del vestido. Ella tembló bajo mi toque, un estremecimiento involuntario que recorrió todo su cuerpo.
—Parece que no has venido a charlar— dije por fin, mi voz era apenas un susurro ronco, cargado de una autoridad que no admitía réplica. Mis dedos continuaron su camino descendente, pasando por la cintura, hasta encontrar el borde superior de ese tanga negro. La tela era fina, casi inexistente. Con la punta de un dedo, la enganché y tiré ligeramente hacia atrás, estirándola contra su piel antes de soltarla para que volviera a su lugar con un suave snap. El sonido, pequeño y húmedo, resonó en la habitación.
Magda emitió un jadeo ahogado, un sonido que era mitad sorpresa, mitad placer anticipado. Su cabeza cayó hacia delante, su melena rubia ocultando su rostro, pero sus nudillos, donde se agarraba al borde de la mesa, estaban blancos de la fuerza. —No— logró decir, su voz sofocada contra la madera pulida. —No he venido a charlar— Esa admisión, ese suspiro de rendición total, fue la chispa que encendió la mecha. Ya no había lugar para la paciencia, para los juegos lentos. La necesidad era un animal rugiente dentro de mí. Con mi otra mano, agarré su cadera, no con suavidad, sino con una firmeza posesiva, hundiendo los dedos en la carne suave a través del vestido. La obligué a arquearse un poco más hacia mí, realzando la curva de sus nalgas, presentándolas como una ofrenda. El tanga negro parecía una simple formalidad ahora, una línea delgada que dividía lo permitido de lo inevitable. Con un movimiento brusco, agarré la tela con los dedos y la rasgué. El sonido de la tela cediendo fue obscenamente satisfactorio, un desgarro seco que hizo que ella gritara, un grito corto y ahogado que se transformó en un gemido largo y tembloroso.
Ahí estaba, completamente expuesta, pálida y temblorosa bajo la luz tenue. La piel de sus nalgas era de una blancura luminosa, suave como la seda, marcada solo por el leve enrojecimiento donde la tela había estado apretada. Sin preámbulos, sin más advertencias, alcé la mano y la dejé caer. PLASCA. El sonido fue nítido y explosivo, como un disparo en la quietud del apartamento. Su carne se estremeció bajo el impacto, ondulando, y un marcado tono rosado comenzó a florecer inmediatamente en la piel. Magda gritó de nuevo, pero esta vez no había sorpresa, solo un shock visceral de dolor y placer mezclados. Su cuerpo se tensó, luego se relajó, empujándose inconscientemente hacia mi mano, buscando más.
—¿Es esto lo que querías?— gruñí, mi voz era áspera, cargada de una lujuria que ya no podía contener. La pregunta era retórica. Su cuerpo, su entrega, su gemido ahogado eran la única respuesta que necesitaba. La palma de mi mano aún ardía con el calor del primer golpe, y la marca rosada en su piel blanca era un sello de posesión. No esperé una respuesta verbal. El ritmo comenzó, implacable y duro. La segunda palmada cayó, luego la tercera, cada una más fuerte que la anterior, alternando entre una nalga y la otra. Los sonidos se mezclaban en el aire: el estallido nítido de la piel contra la piel, los jadeos entrecortados de Magda, los gemidos guturales que le escapaban cada vez que mi mano encontraba su blanco. Su piel pasó del rosa a un rojo intenso, caliente al tacto, viva y palpitante. Con cada impacto, su cuerpo se estremecía, se arqueaba, y un hilo de humedad brillante comenzó a vislumbrarse entre sus muslos, traicionando la excitación extrema que el castigo estaba provocando en ella.
Dejé de golpear, pero no me alejé. En lugar de eso, deslicé mis dedos por la piel caliente y enrojecida, sintiendo el calor, la hinchazón. Luego, esos mismos dedos viajaron hacia delante, a través del calor húmedo y la espesura de sus pliegues íntimos. La encontré empapada, caliente, palpitando con cada latido de su corazón acelerado. Un gemido largo y tembloroso escapó de sus labios cuando mis dedos exploraron su sensibilidad, rozando su clítoris hinchado antes de hundir dos dedos dentro de su coño, sin ninguna ceremonia.
Ella estaba increíblemente apretada, su interior era un horno húmedo que se contraía alrededor de mis dedos con una fuerza casi dolorosa. La empujé contra la mesa, sintiendo cómo todo su cuerpo se tensaba y luego cedía, cómo sus caderas comenzaban a moverse en un ritmo instintivo y sucio, buscando frotarse contra mi mano, buscando más profundidad, más fricción.
—¿Te gusta esto, Magda?— le gruñí al oído, inclinándome sobre su espalda, mi aliento caliente en su cuello. —¿Te gusta que te castigue, que te use, que te reduzca a esto? A un culo rojo y caliente y un coño chorreando en mi mesa— Ella no podía formar palabras coherentes. Solo gemidos, sollozos y la repetición incesante de mi nombre, entrecortado y desesperado. —Sí... sí, por favor... no pares...— Retiré mis dedos, brillantes con sus fluidos, y me llevé los dedos a mis labios, sin romper el contacto visual con su reflejo en el vidrio oscuro de la ventana. Su sabor era salado, dulce, terroso, adictivo. La miré mientras lamía cada gota, sosteniendo su mirada vidriosa y llena de deseo. Una nueva oleada de rubor cubrió su rostro, mezcla de vergüenza y excitación extrema.
Ese gesto, tan íntimo y posesivo, pareció quebrar el último vestigio de su resistencia. Un temblor violento la recorrió de pies a cabeza. Con un movimiento fluido y decidido, me solté el cinturón y bajé la cremallera de mis pantalones. La liberación de mi polla dura y palpitante fue casi un alivio físico. La presioné contra la hendidura de sus nalgas, entre la piel caliente y enrojecida, frotando la longitud de mi miembro a través de su humedad, empapándome de ella.
No había más paciencia. Coloqué la punta en la entrada de su coño, que se veía hinchada y ansiosa. Agarré sus caderas con fuerza, mis dedos hundiéndose en la carne marcada. —Esto es lo que querías— gruñí, no como una pregunta, sino como una declaración de hecho, se la meti hasta el fondo, sintiendo cómo su cuerpo se abría para recibirme, una rendición total y húmeda. Su grito fue desgarrador, un sonido crudo que se partió entre el dolor y un éxtasis absoluto. La sensación era abrumadora: el calor intenso, la presión increíble, las paredes de su interior palpitando y ajustándose a cada centímetro de mi invasión como un guante de seda ardiente.
No me detuve. Comencé a moverme, embistiendo con una fuerza animal, cada empuje haciendo que la mesa chirriara contra el suelo de madera. El sonido de nuestros cuerpos chocando, húmedo y obsceno, llenaba la habitación. Con mi mano libre, la que no sujetaba su cadera con una fuerza que dejaría moretones, seguí el camino de su espina dorsal hacia abajo, hasta encontrar el hoyo estrecho y virgen de su ano. Estaba tenso, pero también húmedo por sus propios fluidos y los míos. Apliqué presión con la yema de mi dedo pulgar, circulando, sin ceder aún.
Ella gritó de nuevo, pero esta vez era un sonido más agudo, cargado de pánico y una excitación perversa. —¡Cuidado! ¡Ay, joder, duele... duele, pero... no pares, por favor, no pares de follarme!— sus palabras entrecortadas por cada embestida brutal. —¡Tu polla es enorme, me está destrozando... pero qué rico, coño, qué rico!— Sus palabras se convertían en un mantra sucio, una confesión entrecortada por jadeos y gemidos. Cada vez que me hundía hasta el fondo, su cuerpo se arqueaba en un espasmo, y podía sentir cómo su interior se contraía alrededor de mí en oleadas de placer casi doloroso.
Me fui a disfrutar de su culito que se veía muy chiquito. Me tenía hipnotizado, dejé circular mi pulgar y, con un movimiento firme y decidido, lo empujé dentro. La resistencia era feroz, un anillo de músculo increíblemente apretado que por un momento se negó a ceder. Ella gritó, un sonido agudo y desgarrado, y su coño se apretó alrededor de mi polla de una manera que casi me hizo perder el control. Pero luego cedió, con un pequeño pop interno que sentí a través de ambos puntos de contacto. Mi pulgar se hundió hasta el primer nudillo en su ano, increíblemente estrecho y caliente. El gemido que salió de su garganta entonces fue diferente: un sonido profundo, ahogado, de una rendición total. Su cuerpo, que había estado tenso, de repente se relajó en una sumisión completa, aceptando la doble penetración con un temblor que recorrió toda su espalda.
Ahora estaba completamente anclado en ella, poseyéndola por ambos orificios, sintiendo cada contracción, cada espasmo íntimo multiplicado por dos. El ritmo que establecí era implacable, pura lujuria. Cada embestida de mis caderas empujaba mi polla más profunda en su coño, al mismo tiempo que mi pulgar se hundía y salía de su culo apretado. Los sonidos eran obscenos: el chapoteo húmedo de nuestros cuerpos, los gemidos guturales que me salían a mí, los gritos ahogados y las súplicas incoherentes que ella soltaba con cada movimiento.
El sudor corría por mi espalda. El aire olía a sexo, a piel caliente, a sumisión y dominación. Podía ver en el reflejo de la ventana cómo sus ojos se habían vuelto vidriosos, perdidos en una neblina de dolor transformado en placer. Su boca estaba entreabierta, dejando escapar un hilo de saliva que caía sobre la superficie brillante de la mesa. Había dejado de formar palabras, solo emitía sonidos, quejidos que subían de tono con cada empuje.
—Mi propia excitación se estaba acumulando en una espiral imparable, un nudo de fuego en la base de mi espina dorsal. La sensación era demasiado, la posesión demasiado completa. Agarré su cabello con la mano libre, tirando de su cabeza hacia atrás, arqueé su espalda aún más, exponiendo la línea larga y tensa de su cuello. Me incliné y clavé mis dientes en el punto donde su hombro se encontraba con el cuello, no una mordida de amor, sino una marca de posesión, salvaje y primitiva. Ella gritó, un sonido que se quebró en un gemido largo y tembloroso. Sentí el sabor salado de su piel, el latido frenético de su pulso bajo mis labios.
El ritmo se volvió caótico, desesperado. Ya no era un movimiento controlado, sino una serie de embestidas brutales y profundas, buscando mi propia liberación mientras la llevaba al borde una y otra vez. La presión dentro de mí era una ola a punto de romper. Retiré mi pulgar de su ano, sintiendo cómo el músculo se cerraba de inmediato alrededor de la nada, y en su lugar, apoyé ambas manos en sus caderas magulladas, usándolas como palanca para hundirme aún más profundo, para poseer cada milímetro de su ser.
—¡Vas a correrte Magda!— rugí en su oído, mi voz ronca por el esfuerzo y la excitación. "¡Vas a correrte en mi polla, como la puta que eres, y luego me vas a sentir llenarte hasta el fondo!— Mis palabras fueron el detonante. Su cuerpo se tensó como un arco, y un grito desgarrador, que no parecía humano, estalló de su garganta. Su interior se convirtió en un huracán de contracciones violentas y espasmódicas, apretando mi polla con una fuerza que rayaba en lo doloroso. Era como si su cuerpo entero se estuviera derritiendo y reconstruyendo alrededor de mí, una ola tras otra de placer cataclísmico que la sacudía sin piedad. Podía sentirlo todo: cada temblor, cada palpitación, cada grito interno de sus músculos. Sus piernas temblaban tan violentamente que apenas la sostenían, y solo mi agarre feroz en sus caderas la mantenía de pie, empalada y a mi merced.
—Verla, sentirlo, fue demasiado. El último hilo de mi control se rompió. Con un gruñido gutural que salió de lo más profundo de mi pecho, la empujé contra la mesa una última vez, hundiéndome hasta el tope, hasta donde nuestros huesos chocaron. La explosión fue ciega, blanca y absoluta. Sentí cómo mi propia polla palpitaba, cómo el calor de mi semen brotaba en chorros potentes, llenándola, inundando ese espacio íntimo y ardiente que había sido solo mío. Cada eyección era un espasmo de placer puro, una afirmación brutal de posesión. Me quedé allí, clavado en ella, mientras los últimos temblores de mi corrida se mezclaban con los suyos, nuestros cuerpos convulsionando en un dueto crudo de agotamiento y éxtasis. El aire a nuestro alrededor parecía vibrar, cargado con el olor acre de sexo, sudor y entrega total. Permanecí dentro de ella, aún empalmado, sintiendo cómo mi leche caliente se mezclaba con sus fluidos y goteaba lentamente por sus muslos temblorosos. Su respiración era un jadeo desesperado contra la superficie fría de la mesa, sus manos aferradas a los bordes con los nudillos blancos.
Poco a poco, la tensión salvaje se fue disipando, dejando un peso pesado y satisfactorio en mis miembros. Con un movimiento lento, casi perezoso, me separé de ella. El sonido fue húmedo, explícito, y un nuevo chorro de nuestro encuentro manó de entre sus piernas y cayó sobre la madera oscura. Ella gimió débilmente, un sonido de pérdida y agotamiento profundo. Su cuerpo, marcado con moretones de mis dedos y la mordida en su hombro, se deslizó por la mesa hasta quedar de rodillas en el suelo, temblando incontrolablemente.
Sonó su móvil, era su marido, le costó hablar y solo le dijo que salía más tarde que ya iba para casa. Me ajusté la ropa sin prisa, observándola. La vista era majestuosa. Fue al baño y al salir con una expresión picara me dijo que quien rompía pagaba, enseñándome su tanga rota que me lanzo diciéndome que me la regalaba como recuerdo.
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