Entregada a un haitiano por mi marido
Pedro siempre fue tímido en la cama, pero esta noche no estará presente. Lucía se prepara para ser poseída por un hombre que no es su esposo, mientras él observa desde la sombra, descubriendo que la traición puede ser el mejor afrodisíaco.
El tema había surgido una noche cualquiera, mientras cenaban en la mesa que habían compartido durante más de quince años. Pedro había dejado escapar la idea con una mezcla de nerviosismo y entusiasmo, como si estuviera confesando un secreto que había guardado por demasiado tiempo.
—He estado pensando en algo para nosotros... algo que podría ayudarnos a salir de la rutina. —Su voz era cautelosa, casi temerosa de su propia audacia.
Lucía, con su cabello aún húmedo por la ducha y envuelta en una bata, levantó la mirada con curiosidad. Él lo dijo sin rodeos. Una palabra bastó. Y después, un torrente de explicaciones: que no era tan raro, que muchas parejas lo hacían, que podría ser emocionante para ambos.
Su respuesta fue un portazo.
La discusión había sido intensa, llena de palabras mordaces y miradas de incredulidad. ¿Cómo se atrevía? ¿Acaso no era suficiente para él? Se había ido a dormir furiosa, pero las semanas siguientes le trajeron un nuevo enemigo: la curiosidad.
Lucía no podía evitar que su mente volviera a aquella idea que Pedro había planteado. Compartirla con otro hombre. Investigó, leyó testimonios, relatos... Se descubrió imaginando cómo sería, y aunque sentía vergüenza, también había algo que la encendía. Así que una noche, mientras cenaban como de costumbre, fue ella quien retomó el tema.
—Sobre lo que dijiste... —comenzó, mirando su plato y sin levantar la vista—. He estado pensando.
Pedro, que parecía haber enterrado el asunto tras su reacción inicial, casi dejó caer el tenedor.
—¿De verdad?
—Sí. Pero con condiciones.
La conversación derivó en una planificación que ambos sabían que cambiaría para siempre su relación. Pedro ya tenía candidatos, claro. Había descargado discretamente una aplicación de citas, buscando hombres que encajaran en el perfil de lo que él sabía que a Lucía le atraía.
Jóvenes, con cuerpos atléticos y sonrisas seguras; algo que ella siempre encontraba irresistible, aunque nunca lo admitiera del todo. Pedro había puesto especial cuidado en elegir opciones que despertaran su interés.
Cada uno de los candidatos contrastaba marcadamente con la figura de Pedro, cuyo físico era más bien delgado y deslucido, el de un hombre que había descuidado su cuerpo con los años. Esa diferencia, lejos de intimidarlo, parecía ser parte del atractivo del plan.
Cuando le mostró las opciones a Lucía, ella se inclinó por un chico joven, de piel oscura y sonrisa deslumbrante. Su nombre era Emmanuel, un universitario haitiano que había respondido con interés al planteamiento.
La tarde del día acordado transcurrió con una atmósfera cargada de tensión. Lucía se encerró en el baño, llevando consigo ese conjunto de lencería que siempre había guardado para una ocasión especial. Era negro de encaje que se ajustaba como una segunda piel, moldeando sus pechos grandes, que sobresalían apenas cubiertos por el borde del sujetador.
Combinado con una tanga pequeña, casi inexistente, hecha de una tela tan fina y transparente que parecía más una insinuación que una prenda. El encaje delicado descansaba justo sobre su piel, marcando el contorno de sus caderas amplias
El portaligas abrazaba sus muslos gruesos, dejando una ligera marca en su carne suave, y las medias de seda completaban el conjunto, subiendo hasta justo debajo de sus caderas, resaltando cada curva.
Se miró al espejo mientras se aplicaba crema con movimientos lentos, casi rituales, siguiendo cada curva con sus manos, desde el vientre blando hasta los costados. Sus ojos recorrieron su figura rellenita, consciente del impacto que causaría, especialmente en Pedro, que no había apartado la mirada de ella en toda la tarde.
Unas gotas de su perfume favorito en el cuello y entre los pechos terminaron de completar su preparación.
Cuando salió del baño, Pedro estaba ahí, esperándola. Él no podía dejar de mirarla, sobre todo al notar cómo el vestido negro abrazaba sus curvas y dejaba al descubierto sus piernas. Sabía perfectamente qué había debajo.
—Mierda, estás increíble... —murmuró, incapaz de contenerse, con una devoción casi reverencial.
Lucía sintió el calor de su mirada, pero también algo más. Había algo en la forma en que hablaba de Emmanuel, un entusiasmo extraño que no parecía solo por ella.
—Tiene algo especial, ¿no? —dijo Pedro, tratando de sonar casual mientras se ajustaba la camisa.
Lucía lo miró a través del espejo, arqueando una ceja mientras se aplicaba un último toque de labial.
—Claro que lo tiene —respondió, divertida—. Es joven, fuerte, guapo…
Lo dijo con una risa ligera, pero mientras Pedro apartaba la mirada, Lucía no pudo ignorar un destello de incomodidad en sus ojos. Sabía que su marido ocultaba cosas, secretos que prefería no explorar demasiado. En ocasiones, había notado en él algo que no podía definir, un interés disimulado hacia ciertos hombres.
Ella lo sospechaba, aunque nunca se lo había dicho. Era más fácil ignorarlo, hacer como si no existiera, y seguir adelante.
Esa noche, cuando Emmanuel cruzó la puerta de la casa, el aire se cargó de una tensión eléctrica. Lucía, le ofreció una sonrisa nerviosa mientras Pedro servía las copas de vino.
La cena transcurrió entre risas y miradas furtivas. Emmanuel tenía una facilidad para hablar, y Lucía no pudo evitar sentirse atraída por su confianza. Pedro, sentado al otro lado de la mesa, observaba cómo su esposa parecía florecer ante la presencia de otro hombre.
Cuando los platos quedaron vacíos, Pedro tomó la iniciativa.
—¿Vamos al salón?
Lucía sintió un nudo en el estómago mientras todos se trasladaban al sofá. Caminó despacio, consciente de cómo el vestido negro realzaba sus curvas y del sonido de sus tacones en el suelo. Podía sentir la mirada de Emmanuel siguiéndola, intensa, casi quemándole la piel. Cuando se giró un instante, él le sonrió con confianza, y ella apartó la vista, intentando contener el calor que subía a sus mejillas.
Se sirvieron más copas, y las conversaciones se tornaron más relajadas, casi íntimas. Emmanuel se sentó cerca de ella, y cuando sus miradas se cruzaron, hubo algo que quedó claro.
Era cuestión de tiempo.
Pedro, con las manos temblorosas y el corazón latiendo como un tambor, fue el primero en romper el silencio incómodo que se instaló tras una pausa en la conversación.
—Creo que... voy a dejarlos un momento.
Lucía le lanzó una mirada, mezcla de nervios y gratitud. Pedro desapareció en el pasillo, dejando a su esposa y al joven haitiano solos en el salón.
Emmanuel no tardó mucho en tomar la iniciativa. Cuando recibió la oferta, había sentido una mezcla de curiosidad y vanidad. No era la primera vez que alguien lo buscaba por su físico, pero aquello era distinto: un hombre inseguro ofreciéndole a su mujer como si él fuera un trofeo. Al principio lo tomó como un juego, una oportunidad fácil, pero al ver a Lucía, todo cambió.
Ella era completamente diferente a las chicas jóvenes que solían buscar su atención. Lucía tenía una madurez que la hacía deslumbrante, con una sensualidad que parecía no ser del todo consciente. Esa mezcla de timidez y deseo apenas contenido lo encendía más de lo que esperaba. Sabía que era atractivo, lo veía en la forma en que las mujeres lo miraban, y disfrutaba de ese poder.
Mientras estaba sentado junto a ella, notó cómo los dedos de Lucía temblaban ligeramente al rozar su copa. No había nada de forzado en su nerviosismo, lo que solo lo hacía más tentador. Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro mientras alargaba la mano, rozando suavemente la de ella antes de subir hasta su mejilla. Ella no dijo nada, sólo cerró los ojos cuando él se inclinó para besarla.
El beso fue lento al principio, pero pronto se volvió voraz. Las manos grandes y oscuras de Emmanuel se movieron de inmediato hacia sus pechos, apretándolos con fuerza, sin delicadeza ni dudas, como si fueran suyos desde siempre. Lucía dejó escapar un gemido ahogado, sorprendida por la intensidad del contacto, tan diferente de las manos pequeñas y temblorosas de Pedro, siempre llenas de indecisión.
Sus dedos se hundieron en la carne generosa, amasándola mientras su otra mano bajaba con descaro hacia sus muslos. Allí, los dedos largos y ásperos se deslizaron sin prisa, apartando la tela de la media para recorrer la piel desnuda, cálida y suave. Sus caricias no pedían permiso; exigían y tomaban.
Lucía apenas podía pensar, entregándose a un placer que nunca había imaginado de esta manera. El contraste era abrumador: donde Pedro había sido tímido y torpe, Emmanuel era firme, decidido, un hombre que sabía exactamente lo que quería y no dudaba en tomarlo.
Desde la rendija de la puerta entreabierta, Pedro observaba, su pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas. La escena frente a él lo llenaba de una excitación visceral, pero también de algo más oscuro: un anhelo que no era solo deseo, sino envidia.
No envidiaba a Emmanuel, no del todo. Lo que ardía en su interior era la idea de ser Lucía, de sentir esas manos firmes y ese deseo innegable recorriendo su cuerpo. La fuerza de esa fantasía lo golpeó con la misma intensidad que el placer de verla a ella florecer bajo el toque de otro hombre. Era un vacío extraño y profundo, un secreto que apenas podía admitir incluso a sí mismo.
Lucía dejó escapar un suspiro ahogado cuando Emmanuel comenzó a besar su cuello, sus manos moviéndose con determinación hacia la tela que aún cubría su cuerpo. Con un movimiento seguro, deslizó los tirantes del vestido por sus hombros, dejando que la prenda cayera lentamente, como si disfrutara desnudándola poco a poco. Sus ojos recorrían cada centímetro de piel expuesta, y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro al ver cómo el encaje del sujetador apenas contenía sus pechos.
—Hermosa, demasiado para un pobre diablo como ese —pensó mientras sus manos grandes y firmes desabrochaban el sostén con una facilidad que hablaba de experiencia. La prenda cayó al suelo, y él se tomó un instante para apreciar sus senos desnudos, pesados, coronados por pezones oscuros que parecían llamarlo.
Con una mezcla de ansia y adoración, sus dedos se cerraron alrededor de ellos, amasándolos con descaro mientras su lengua se deslizaba por el cuello de Lucía, descendiendo lentamente. Emmanuel no tenía prisa, pero tampoco pensaba contenerse. Quería saborear cada curva, cada reacción, porque sabía que en ese momento era él quien tenía el poder, no solo sobre su cuerpo, sino sobre su mente.
Sus manos firmes manteniéndola bajo control mientras la hacía caer suavemente sobre el asiento. Lucía jadeaba, sus piernas separándose instintivamente al sentir cómo él se acomodaba entre ellas. Su cuerpo temblaba, no de miedo, sino de un deseo que la consumía por completo. Era abrumador, sentirse así, entregada a otro hombre, a alguien tan diferente de Pedro, que ahora solo parecía una sombra en comparación.
Él no perdió tiempo. Sus manos grandes se aferraron a sus caderas, subiéndola un poco más en el sofá mientras sus labios recorrían su abdomen, descendiendo lentamente. Lucía se arqueó, cerrando los ojos y dejándose llevar por las sensaciones que la recorrían como un torrente, la calidez de su aliento, el roce de su lengua y la presión firme de sus dedos en su piel.
Emmanuel, consciente del efecto que tenía en ella, disfrutaba cada segundo. La forma en que su cuerpo respondía a su toque, los gemidos bajos que escapaban de sus labios, todo le confirmaba que ahora era completamente suya. Pero no era solo Lucía quien lo hacía disfrutar; al alzar la vista un instante, notó la silueta de Pedro tras la puerta entreabierta. Sus ojos brillaron con malicia al percatarse de su presencia.
—Mírame, mírame hacer lo que tú nunca podrías —pensó con una sonrisa burlona mientras sus dedos se deslizaban con audacia entre los muslos de Lucía, arrancándole un gemido más fuerte que resonó en el salón.
Lucía, perdida en el placer, apenas era consciente de otra cosa que no fuera Emmanuel. Sus movimientos eran precisos y decididos, buscando cada rincón de su cuerpo, llevándola al límite de sus sentidos. Cuando él se inclinó más, sus labios y lengua encontrándola con una intimidad que la hizo gritar, Pedro también lo sintió. Lo sabía, lo veía. No era solo un espectador; era un hombre humillado y, al mismo tiempo, excitado por lo que ocurría ante sus ojos.
Las manos de Emmanuel se movieron nuevamente hacia sus pechos, apretándolos mientras su cuerpo se movía contra el de ella. Lucía lo sujetó con fuerza, sus uñas clavándose en su espalda, marcándolo como si quisiera asegurarse de que este momento fuera real.
Emmanuel la sujetó con firmeza por las caderas, acercándose hasta posicionarse entre sus piernas. Lucía sintió cómo la punta de él rozaba su entrada, arrancándole un jadeo involuntario. Era un roce cargado de promesas, y cuando él finalmente la penetró, lo hizo con un movimiento lento y deliberado que la hizo arquearse contra el sofá.
Un gemido profundo escapó de sus labios mientras su cuerpo lo recibía, sintiéndose completamente llena, como hacía años que no lo había sentido. Era una sensación abrumadora, casi demasiado, y sus manos buscaron instintivamente aferrarse a los brazos de Emmanuel. Su respiración era errática, y el calor que se acumulaba en su vientre parecía consumirla por completo.
Emmanuel, consciente de cada reacción de Lucía, se inclinó sobre ella, sus labios buscando los suyos en un beso hambriento mientras comenzaba a moverse, marcando un ritmo que parecía diseñado para llevarla al límite. Pero no se detuvo ahí. Después de unos minutos, la tomó por los muslos y la levantó con facilidad, acomodándola de espaldas al respaldo del sofá, sus caderas al borde y sus piernas rodeándolo con fuerza.
—Así, preciosa, déjame verte completamente —murmuró con voz grave, sus ojos oscuros brillando con una mezcla de deseo y dominio.
Lucía, completamente entregada, dejó que Emmanuel guiara cada movimiento. Su cuerpo se amoldaba al suyo, y el ángulo más profundo la hacía gemir con cada embestida. Sentía cómo la llenaba de una manera que jamás había experimentado, su piel ardía al contacto, y cada vez que él se inclinaba sobre ella, sus pechos rozaban su torso, enviando ondas de placer que se reflejaban en sus gemidos cada vez más intensos.
Pedro, que al principio había permanecido oculto tras la puerta, ahora había regresado al salón, incapaz de resistir la necesidad de observarlos más de cerca. Se sentó en un sillón al otro lado de la habitación, sus ojos fijos en el cuerpo de Lucía, que se retorcía de placer bajo Emmanuel. Había algo hipnótico en la escena, algo que lo mantenía inmóvil, dividido entre la humillación y una excitación que no podía negar.
Emmanuel notó su presencia, y eso solo lo incentivó a moverse con más fuerza, a tomar el cuerpo de Lucía con una intensidad que parecía diseñada para humillarlo. Pedro podía verlo todo: cómo las manos de Emmanuel recorrían cada curva de su esposa, cómo ella respondía a cada toque, a cada movimiento, con una pasión que nunca había mostrado con él.
Lucía estaba perdida en el momento, completamente desconectada de cualquier pensamiento que no fuera el placer que Emmanuel le daba. Sus gemidos llenaban la habitación, y sus uñas se clavaban en la espalda del hombre que ahora la poseía. Era como si todo lo que había estado reprimido durante años saliera a la superficie en un torrente de sensaciones que la hacía olvidar todo lo demás.
Tímidamente, Pedro comenzó a deslizar una mano por su entrepierna, buscando aliviar la pulsante excitación que crecía en él. Sus dedos temblaban al desabotonar el pantalón, como si aún dudara de lo que estaba haciendo, pero sus ojos permanecían fijos en la escena frente a él, incapaces de apartarse.
El contraste lo atrapaba: el cuerpo fibroso y la piel oscura de Emmanuel, brillante bajo las luces cálidas de la sala, parecía devorar a Lucía. Su esposa, con sus curvas generosas y su piel clara, se retorcía bajo él, completamente sometida, cada movimiento un recordatorio de lo ajeno que se había vuelto ese momento para Pedro.
Cada gemido de Lucía era como una bofetada y una caricia al mismo tiempo, encendiendo algo primitivo en su interior. Su mano se movió con más decisión mientras observaba cómo Emmanuel la tomaba, cómo su cuerpo se amoldaba perfectamente al sofá, a su fuerza, a la intensidad de cada embestida. Era como si todo lo que había sido suyo alguna vez ahora perteneciera al hombre que los dominaba a ambos en ese momento.
Pedro cerró los ojos un instante, su respiración entrecortada llenando el silencio entre los gemidos y el crujido del sofá. No podía decidir si lo consumía más la humillación o la excitación; quizás era ambas, mezcladas en un torbellino que lo mantenía anclado en el sillón, su mano trabajando febrilmente mientras el placer y el vacío se disputaban cada rincón de su mente.
Controlando su propia intensidad, Emmanuel se inclinó hacia atrás, tomando a Lucía por las caderas y levantándola con facilidad. La giró con destreza, colocándola a horcajadas sobre él mientras se acomodaba en el sofá. Ahora era ella quien llevaba el ritmo, su cuerpo encajando perfectamente con el suyo, moviéndose en un vaivén pausado que la hacía consciente de cada centímetro que la llenaba.
Lucía cerró los ojos por un momento, dejando escapar un gemido bajo, su respiración pesada mientras se acostumbraba a la nueva posición. Sus manos buscaron apoyo en los hombros de Emmanuel, y cada movimiento suyo era deliberado, como si quisiera saborear cada instante. Pero fue la voz grave de él, casi un susurro, la que la hizo abrir los ojos.
—Míralo —murmuró Emmanuel con malicia, sus manos firmes guiando sus caderas mientras hablaba—. Que vea cómo te sientes ahora.
Lucía levantó la vista, encontrándose con los ojos de Pedro, que no podía disimular su rostro enrojecido, su respiración agitada y la mano que seguía trabajando febrilmente entre sus piernas. El contacto visual entre ellos fue eléctrico, una conexión cargada de emociones contradictorias: vergüenza, deseo, y algo parecido a la rendición.
Cada movimiento de Lucía sobre Emmanuel la hacía más consciente de su propio placer, pero también del poder que tenía en ese instante. Su ritmo, pausado pero decidido, la llenaba por completo, obligándola a sentir cada parte de él. Y mientras lo hacía, no podía ignorar cómo Pedro la miraba, completamente absorto, incapaz de apartar los ojos de la escena.
Emmanuel, satisfecho con la dinámica que había creado, deslizó sus manos por los muslos de Lucía, apretándolos con firmeza, guiándola con ligeros empujones hacia abajo.
Lucía se acomodó sobre Emmanuel, tomando control del ritmo, sus caderas moviéndose con una sensualidad deliberada que la hacía sentir más dueña de sí misma con cada vaivén. Sus manos se apoyaron firmemente en el pecho de él, marcando su propio compás mientras lo escuchaba gruñir bajo ella, sus sonidos profundos y animales arrancados por el placer que le daba.
Por primera vez en años, Lucía se sintió poderosa, como si todo lo que alguna vez había contenido en su interior ahora floreciera en ese instante. Movía las caderas con una experiencia que no era gratuita, una mezcla de conocimiento y naturalidad que Emmanuel no pudo ignorar. Sus manos grandes, antes dominantes, ahora se elevaron hacia sus pechos, masajeándolos con reverencia mientras sus pulgares jugaban con sus pezones endurecidos.
Lucía arqueó la espalda, dejando escapar un jadeo que era mitad placer, mitad provocación, mientras bajaba la mirada hacia Pedro. Su esposo seguía allí, inmóvil salvo por la mano que trabajaba en su entrepierna, sus ojos fijos en cada movimiento que ella hacía sobre Emmanuel.
—¿Te gusta lo que ves, cariño? —murmuró con una sonrisa torcida, su voz impregnada de burla y un toque de malicia. No esperó respuesta; no la necesitaba. Se inclinó hacia adelante, provocando un gruñido más profundo de Emmanuel al apretar sus caderas contra él, y añadió en un tono bajo, pero lleno de intención—: Debería agradecerte por la idea... nunca pensé que me haría sentir tan viva.
Pedro, atrapado entre el placer y la humillación, solo pudo asentir torpemente mientras sus ojos seguían recorriendo cada curva de Lucía, cada centímetro de su piel iluminado por la luz cálida de la sala.
Lucía sonrió, un gesto lleno de triunfo. Sus movimientos se tornaron más pausados, pero más intensos, como si quisiera que ambos hombres entendieran que era ella quien ahora estaba al mando. Emmanuel la observaba con los ojos entrecerrados, sus manos siguiendo el vaivén de sus caderas, sus dedos aferrándose con fuerza a su carne mientras intentaba mantenerse bajo control.
El ritmo de Lucía comenzó a descontrolarse, sus movimientos más erráticos mientras su cuerpo buscaba liberar la tensión que se acumulaba con cada embestida. Emmanuel, notando cómo se acercaba al límite, tomó el control nuevamente. Sus manos fuertes se aferraron a sus caderas, guiándola con una fuerza contenida mientras él aumentaba el ritmo de sus embestidas.
Lucía gritó, su voz llena de placer desgarrado, sus uñas arañando el pecho de Emmanuel mientras una oleada de espasmos la recorría, arrancándole un orgasmo que la dejó temblando. Su cuerpo se arqueó hacia atrás, sus piernas apretándose con fuerza alrededor de Emmanuel mientras cada fibra de su ser parecía colapsar en un torrente de sensaciones.
Pero Emmanuel no se detuvo. Con los dientes apretados, su rostro una máscara de concentración y deseo, continuó embistiéndola con una intensidad brutal, cada movimiento un acto de liberación que llevaba consigo la furia contenida de quien sabe que domina el momento. Sus manos bajaron a las nalgas de Lucía, apretándolas con fuerza antes de soltar un azote que resonó en la sala, arrancándole un gemido ahogado.
—Vamos, preciosa, dame todo —gruñó Emmanuel con una voz grave, cargada de deseo.
Lucía, todavía temblando, no podía responder, su cuerpo completamente entregado a la tormenta que él desataba. Cada azote, cada embestida la llevaba más allá de lo que creía posible, su mente dividida entre la sensación de ser tomada con tal ferocidad y el eco distante de Pedro, que gemía al fondo del salón.
Pedro, incapaz de contenerse más, dejó que todo saliera frente a ellos. Su respiración era pesada, sus ojos clavados en la escena, su mano trabajando con urgencia hasta que él también alcanzó el clímax, su cuerpo sacudido por espasmos que parecían arrancarle la poca dignidad que le quedaba.
La sala quedó en silencio por un momento, solo roto por las respiraciones agitadas de los tres. Lucía colapsó sobre el pecho de Emmanuel, su cuerpo cubierto de sudor, sus piernas temblando mientras su mente intentaba procesar lo que acababa de ocurrir. Emmanuel, con una sonrisa triunfal, acarició su espalda lentamente, satisfecho de haberla llevado hasta ese punto, mientras sus ojos se cruzaban un instante con los de Pedro, ahora más desafiantes que nunca.
Lucía permaneció recostada sobre el pecho de Emmanuel, su respiración todavía entrecortada, sintiendo cómo las manos grandes de él trazaban círculos perezosos sobre su espalda desnuda. Su piel ardía donde la había tocado, besado, azotado. Cada caricia ahora era más suave, como si estuviera marcando el final de un momento que la había dejado completamente vulnerable y satisfecha.
Ella levantó la cabeza apenas, buscando su mirada. Emmanuel le respondió con una sonrisa torcida, sus ojos oscuros llenos de una confianza indestructible. Sin decir nada, él se inclinó y depositó un beso en su frente, un gesto inesperado que la hizo cerrar los ojos, como si quisiera guardar ese instante para siempre.
En el fondo, Pedro seguía inmóvil en su sillón, observando la escena con una mezcla de emociones imposibles de clasificar. Su rostro estaba rojo, sus manos descansaban ahora sobre sus piernas, y sus ojos recorrían cada rincón del cuerpo de su esposa, que aún brillaba de sudor y placer bajo la tenue luz de la sala. Se aclaró la garganta, rompiendo el silencio incómodo que empezaba a instalarse.
—Lucía... —murmuró, con una voz que intentaba ser firme pero que tembló en el último momento.
Ella giró la cabeza lentamente, encontrándose con su mirada. Pedro parecía más pequeño que nunca, pero había algo en su expresión que la sorprendió: no había reproche, ni culpa, solo un extraño aire de aceptación y una súplica tácita que ella entendió de inmediato.
—Tranquilo, cariño. Creo que esta fue la mejor idea que has tenido —respondió Lucía, dejando escapar una risa suave pero cargada de una sensualidad que llenó el aire.
Pedro asintió en silencio, incapaz de articular una respuesta. Lucía volvió a mirar a Emmanuel, todavía debajo de ella, y se inclinó para besarle los labios una última vez antes de levantarse con cierta torpeza, sus piernas temblando mientras buscaba su vestido entre el caos de ropa que rodeaba el sofá.
Mientras se vestía lentamente, Pedro se levantó, sus movimientos inseguros mientras tomaba una copa de vino aún a medio llenar de la mesa. Observó a Emmanuel, quien también comenzaba a vestirse, con una sonrisa tranquila, como si todo hubiera salido exactamente como esperaba.
—Gracias por venir —dijo Pedro al fin, sus palabras más formales de lo que pretendía.
Emmanuel soltó una carcajada baja, ajustándose los pantalones antes de dirigirse hacia la puerta. Antes de salir, giró la cabeza hacia Lucía, quien lo miraba con una mezcla de gratitud y algo más que no podía definir.
—Cuando quieran repetir... ya saben dónde encontrarme —dijo Emmanuel, su voz cargada de una seguridad que parecía envolver la sala.
La puerta se cerró, y el silencio volvió a instalarse. Pedro miró a Lucía, que seguía arreglándose frente a un espejo, su reflejo mostrándole una expresión que parecía rejuvenecida. Sin decir nada más, ella se acercó a él, tomando la copa de vino de sus manos y llevándola a sus labios.
—Por nosotros —dijo Lucía, alzándola ligeramente antes de beber.
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