Las putas de Yeray (Cap. 7)
El capitán no solo gobierna el barco, sino las voluntades a bordo. Cuando las reglas se rompen, la humillación es la moneda de cambio. Pedro descubrirá que su papel no es el de esposo, sino el de testario impotente de un placer prohibido.
NOTA DEL AUTOR:
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CAPÍTULO 7
DÍA 5
Al día siguiente, de nuevo, Pedro y Cristina se encontraban cómodamente mecidos por las olas; esta vez en Cala Negra, otra calita de aguas cristalinas aunque sin apenas arena. El velero se encontraba ancorado en el centro de una ensenada natural y desde él se podían ver incontables peces de todos los tamaños y colores.
Cristina se quitó la camiseta quedándose con el bikini que apenas podía contener sus enormes tetas. Se tumbó en la plataforma de proa y se dispuso a tomar el sol cuando el capitán le llamó la atención.
—¡Señora Cristina! — dijo el capitán alzando la voz, — recuerde las reglas del velero, no se autoriza el uso de bikini en cubierta.
—¡¿Cómo?! — exclamó Pedro, — ¿qué clase de norma es esa?
—Recuerde la regla número 1, caballero; si el capitán da una orden directa debe ser cumplida sin rechistar ni titubear.
Entonces, a regañadientes, Cristina, se quitó la parte de arriba del bikini liberando sus grandes tetas que se balanceaban al ritmo de su respiración.
—Señor Pedro, ¿puede subir a la bañera? — ordenó de nuevo el capitán.
—¿La bañera? — preguntó Pedro extrañado.
—Sí, es la parte cubierta de popa, donde hay el timón y los aparejos.
Extrañado, Pedro, cumplió la orden y subió a la bañera donde a parte del timón también se encontraban los equipos meteorológicos y de radio.
—Estoy esperando el comunicado meteorológico del Centro de Coordinación de Salvamento Marítimo, ¿puede quedarse aquí y tomar nota de lo que transmitan?
—¿Y eso? — preguntó Pedro, —no entiendo porque me necesita para esa tarea.
—¿Debo recordarle de nuevo la regla número 1? Las órdenes deberán ser cumplidas sin rechistar — aclaró firme el capitán.
Confuso, Pedro aceptó su tarea y se sentó junto a la emisora de radio.
El capitán bajó a proa y se situó junto a Cristina.
—Hoy el sol calienta más de lo habitual, debería protegerse la piel si no quiere quemarse.
Y sin esperar respuesta se arrodilló junto a Cristina y le esparció crema solar sobre la barriga y los hombros para, seguidamente, esparcirla por todo el cuerpo. Dedicando una atención especial a sus grandes y delicadas tetas.
Aquello no era un simple masaje para poner crema solar, era un manoseo descarado y cuando Pedro lo vio salió disparado a proa para agarrar del cuello al capitán.
—¿Se puede saber qué hace? — gritó saltando sobre su cuello.
Pero el capitán era mucho más ágil de lo que por edad aparentaba y con un súbito quiebro se liberó del agarre de Pedro y cuando este trastabilló, le propinó un golpe seco en el plexo solar dejándolo sin aliento. Y antes de que pudiera reaccionar lo lanzó por la borda.
—¡Pedro! — gritó Cristina poniéndose de pie y encaramándose en la barandilla.
El pobre Pedro, sin saber cómo, se encontraba en el agua con un intenso dolor en el estómago. El capitán le lanzó un salvavidas para que pudiera agarrarse.
—¿Cómo se le ocurre atacarme por la espalda? — le espetó.
Pedro no respondió.
—¿Va a comportarse como un hombre civilizado o tendré que desembarcarle en el primer islote que encuentre? — amenazó el capitán.
—Voy a comportarme— dijo Pedro humillado con un hilo de voz.
Entonces el capitán le acercó la escalera para que pudiera subir a bordo. En cuanto puso los dos pies en cubierta, Cristina lo abrazó y le dio un beso.
—Amor, ¿pero qué has hecho? — preguntó.
—Te estaba... te estaba... tocando las tetas.
—Sí amor. Ven, tengo que contarte algo.
Y juntos entraron en la cabina donde se sentaron uno junto al otro.
—Cariño, anteayer, cuando tuvimos que hacer noche en Cala Pedregosa sucedió algo.
Pedro que ya se temía por donde iría la confesión de Cristina, apretó fuertemente los puños y la miró fijamente.
—Te lo follaste, ¿no? El guía no mentía, lo oí todo, le estaba contando a su compañero que el capitán se lleva a sus putas a la cala para follárselas. Cala Cornudo la llaman.
—No soy su puta— se defendió Cristina, —o tal vez ahora sí — acabó confesando.
—Sabes cariño, el capitán no es un hombre como los demás. No, no, no... tiene, joder como contártelo, tiene... tiene una polla inmensa. Veinticinco centímetros... ¡o más! Y sabe usarla como nadie.
—Y sí, me folló. Al principio creí que con una vez sería suficiente, un desliz puede tenerlo todo el mundo y por eso no te conté nada. Pasamos el día juntos y estuvo bien pero no pude quitarme su polla de la cabeza.
—Tienes que entenderlo, fue... fue el mejor polvo de mi vida. Fue una experiencia absolutamente cósmica y necesito repetir. De hecho, cuando ayer me lo encontré de camino al restaurante me ordenó que te convenciera para venir aquí y tuve que obedecer. Algo dentro de mí me domina y me fuerza a cumplir sus órdenes.
—Ahora volverá a follarme — sentenció con lágrimas en los ojos, — follarme, no hacer el amor.
—Contigo hago el amor, pero él me folla como un animal. Es distinto, contigo hay amor y con él solo sexo... pero, ¡que sexo!
—Entiendo que no quieras verlo, puedes esperar aquí dentro o... ir a la playa... hay poca arena pero algo hay. Lo que prefieras.
—¿En serio me estás diciendo que vas a volver a follar con él? — preguntó incrédulo.
—Sí, cuando regresemos a la península volveré a ser tuya, sólo tuya. Pero ahora lo necesito, no puedo dejar pasar la oportunidad.
Pedro se quedó sin aliento, hundido en el mullido sofá y vio como Cristina se levantaba, le daba un beso en la boca y salía a cubierta.
Ya fuera se tumbó en el mismo sitio donde aún le esperaba el capitán.
—Antes le he tenido que recordar que los bikinis no están autorizados en cubierta. ¿Debo recordárselo?
Cristina, resignada pero muy cachonda se quitó la braguita del bikini dejándola junto a la otra pieza.
—Ya no va a necesitar eso— dijo el capitán lanzando por la borda las dos prendas.
Cristina no protestó.
Entonces, el capitán reanudó el masaje en el mismo punto en el que lo había dejado antes del ataque de Pedro. Esparció un poco más de crema y la repartió por todo su cuerpo hasta que la piel la absorbió.
Durante el masaje no se limitó a esparcir la crema sino que aprovechó para masajearle las tetas y acariciarle externamente su empapado coñito.
Por su parte, Pedro, hizo acopio de todas sus fuerzas y salió al exterior situándose en la bañera junto al equipo de radio y el timón. A pocos metros de él, el capitán besaba a su esposa mientras le metía dos de sus gruesos y callosos dedos en el coño.
Entonces el capitán lo vio y, interrumpiendo el incipiente orgasmo de Cristina, se acercó a Pedro y, situándose de pie frente a él, le dijo:
—Como ya te habrá explicado tu esposa, a partir de ahora yo seré el macho de Cristina y me la follaré cuando me apetezca. Tú puedes mirar o esconderte en el rincón más oscuro que encuentres pero no molestes, ¿queda claro?
—Sí— respondió Pedro desolado y sujetándose con una mano su dolorido estómago.
Y, con un par de palmadas a la espalda, el capitán se retiró.
—Buen chico— masculló mientras regresaba junto a Cristina que lo esperaba acariciándose el clítoris.
Y volvió a reemprender su tarea en el mismo punto en que lo había dejado, colocando dos dedos en la entrada de su coño y enterrándoselos hasta el fondo.
—¡Ahhhhhh!!!! — jadeó Cristina moviendo las caderas para conseguir un poco más de profundidad.
—Así me gusta, que mis putas se exciten y quieran más— masculló quitándose la poca ropa que le quedaba.
Se agarró su inmensa polla con la mano y con un par de sacudidas consiguió que se pusiera completamente dura. Entonces, penetró el húmedo coño de Cristina que lo esperaba con ansia.
—¡Ahhhhhh!!!! — volvió a jadear Cristina llamando la atención de Pedro que giró la vista lo suficiente como para ver aquel energúmeno follándose a su amada esposa sin contemplaciones.
La imagen era un esperpento, tensando los músculos de su espalda, el Capitán entraba y salía del coño de Cristina que gritaba de placer.
—¡Ahhhhhh!!!! ¡Ahhhhhh!!!! ¡Ahhhhhh!!!!
¡plop! ¡plop! ¡plop!
Desde su cercana atalaya Pedro podía ver con los ojos inyectados en sangre a su esposa disfrutando de una experiencia sexual frenética. La oía chillar, jadear y gemir a partes iguales.
¡chup! ¡chup! ¡chup!
Cuando parecía que pronto los dos iban a correrse, el capitán se retiró sacando su polla del chorreante coño de Cristina y le ordenó:
—Gírate— a lo cual Cristina obedeció sin rechistar.
Apoyándose sobre sus rodillas y codos, Cristina quedó en posición de perrito dispuesta a recibir esa polla con gula. Pero el capitán tenía otras intenciones y, situando su polla en la entrada del culo, dijo:
—Ha llegado la hora de estrenar ese culito.
Y antes de que Cristina pudiera negarse a acatar la orden, empujó con fuerza hasta meter completamente su glande en el interior del culo de Cristina.
—¡Ayyy!!! — gritó Cristina al notar como su culo se dilataba ante la entrada inesperada.
—¡Ayyy!!! — volvió a gritar cuando con otro empujón el Capitán introdujo la mitad de su polla. Sabía que si era demasiado violento podría hacerle daño y se quedaría sin poder correrse en ese culo así que a partir de ese momento inició un lento vaivén en el que entraba y salía del culo de Cristina sin profundizar completamente.
Por su parte Pedro ya no podía mirar, apoyó la cabeza sobre el timón y cerró los ojos aunque no podía evitar escuchar los casi sollozos de Cristina.
—¡Ummmmm! ¡ugggghhhh!
Cuando el capitán notó que los gritos de dolor eran sustituidos por comedidos suspiros y jadeos empezó a aumentar el ritmo metiendo a cada acometida un poco más adentro su polla. Hasta que después de varios intentos logró tocar fondo y su pubis chocó con el culo de Cristina.
—¡Ohhhhhh!!!! — gritó Cristina al sentirse completamente empalada por aquella inmensa polla.
El capitán mantuvo su polla en el interior del culo de Cristina esperando a que se dilatara suficiente y luego la retiró dejando sólo el glande en su interior.
Esperó un par de segundos y de un golpe la empaló de nuevo. Repitió el mismo proceso varias veces, dejando cada vez un poco menos de tiempo entre penetración y penetración.
Y entonces, todo se descontroló. El capitán inició una penetración infernal metiendo y sacando su polla. Clavándosela hasta el fondo y arrancándole a Cristina gritos de dolor y de placer por igual.
—¡Ahhhhhh!!!! ¡JODEEER!!! ¡Ahhhhhh!!!! ¡DIOOOSSSSS!!! ¡Que polla!!! — gritaba fuera de sí.
Y el pobre Pedro ya no pudo aguantar más y se tapó los oídos con las manos pero aun así no podía evitar escuchar los estridentes gritos de Cristina.
—¡Ahhhhhh!!! ¡Me corroooo!!! ¡Me corroooo!!! — gritó al fin.
Y, Cristina, masturbándose frenéticamente con la mano mientras la polla del capitán le perforaba el culo como una piconadora, alcanzó el clímax escupiendo por el coño un chorro de squirt.
—¡Ahhhhhh!!! ¡SIIII!!! ¡SIIII!!! ¡SIIII!!! ¡SIIII!!! Siiii me voyyyyy, ¡Ahhhhhh!!!
Pero el capitán aún no estaba listo para terminar y continuó follándose el culo de Cristina sin descanso. Y esta, sin apenas recuperarse del orgasmo que acababa de padecer volvió a correrse.
—¡Ahhhhhh!!! ¡Me corroooo!!!
Durante los siguientes cinco minutos, Cristina encadenó un orgasmo tras otro hasta quedar literalmente desfallecida y agotada. Exhausta se rindió al placer y permitió que el capitán se la continuara follando sin descanso.
Afortunadamente, el capitán no tardó en correrse y saliendo de su culo instantes antes de eyacular, le puso la polla frente a la cara y empezó a correrse escupiendo un chorro tras otro de semen dejando a Cristina con la cara completamente embadurnada del viscoso líquido.
Al terminar, se hizo el silencio y Pedro lo aprovechó para levantar la vista y ver a su esposa, recostada sobre el cuerpo del capitán y apoyando su cabeza sobre el pecho de él. Con la mano acariciaba distraídamente la inmensa polla que había perdido temporalmente la rigidez.
“¿Ya han acabado?” se ilusionó Pedro aunque algo le decía que aquello no terminaría tan rápido.
“Dios mío, la ha sodomizado” pensó recordando que durante los veinticinco años que llevaban juntos, nunca le había permitido meterle la polla en el culo.
Pedro se sentía humillado, ese maldito viejo le había propinado un golpe del que aún no se había recuperado, lo había lanzado por la borda y lo había humillado follándose a Cristina y reventándole su virgen culo. Y a pesar de todo, su propia polla se endureció al ver como Cristina, retorciéndose empezó a lamer el pecho del capitán que y subía y bajaba al ritmo de su respiración.
Poco a poco Cristina fue descendiendo sin dejar de lamer el cuerpo de aquel hombre. Se detuvo en su barriga en la cual se le marcaban claramente los abdominales que demostraban su excelente condición física y la ausencia de indeseada grasa.
A medida que se acercaba a la polla, la sujetó con la mano poniéndola vertical. Lamió la barriga, jugueteó con el ombligo y descendió hasta el depilado pubis y se auto abofeteó con el descomunal apéndice.
Sus ojos se iluminaron ante aquella polla por la cual sentía una profunda admiración. Relamiéndose remontó la polla y la humedeció con saliva dejándola brillante.
Con la mano retiró el prepucio dejando a la vista un enrojecido glande.
—Qué maravilla— suspiró Cristina admirando ese prodigio de la Naturaleza. Y con la lengua lamió el glande, saboreándolo como si fuera un delicioso helado de nata.
Pedro miraba la escena anonadado, Cristina nunca le había comido la polla de ese modo. Normalmente le masturbaba un poco para luego tragársela sin demasiada dificultad pero aquello era distinto, se evidenciaba que Cristina deseaba aquello, deseaba tragársela y la estaba saboreando para alargar ese placer indescriptible.
Cuando finalmente se la tragó consiguió sorprender a Pedro que vio cómo, en un santiamén, Cristina se metía casi toda esa polla en su boca, apenas le faltaban unos pocos centímetros. “¿Cómo podía meterse todo aquello sin que se le desencajara la mandíbula?” pensó, frotándose los ojos con las manos.
Cristina se retiró un poco, solo lo suficiente para coger impulso necesario para, con un último esfuerzo, tragársela entera hasta que sus labios chocaron con el pubis del capitán que bufó de placer.
—¡Ufffff!!! eres una buena alumna, las demás mujeres necesitan días, a veces semanas, para lograr lo que tú has conseguido en una sola sesión.
Parecía que Cristina fuera a ahogarse, su cara pasó del rojo al morado y poco antes de desmayarse se retiró dejando tras de sí un manantial de saliva. Tomó aire sonoramente y volvió a tragársela hasta la base.
Pedro no salía de su asombro, “¿Cómo era aquello posible?” Esto no era una garganta profunda, esto era demencial y más cuando Cristina empezó un rítmico mete/saca.
Involuntariamente la polla de Pedro se puso dura pero se resistió a tocársela y la dejó encerrada dentro de su bañador.
Sin usar las manos y mirando a su macho con la vista fija en sus ojos, Cristina se retiraba hasta dejar solo el glande en su boca y de un golpe se la metía entera hasta la base. Una y otra vez. Cada vez más rápido, cada vez más intenso hasta que la polla de Pedro empezó a hincharse.
—¡Ahhhhhh!!! Siiiii!!!! Que buena mamona ¡Ahhhhhh!!!
—¡Sal! — ordenó pocos segundos antes de eyacular, — voy a correrme en tu cara.
Y obediente Cristina sacó la polla de su boca y con las dos manos empezó a masturbarlo hasta que salió el primer chorro de semen directamente dentro de su boca, los siguientes chorros de lefa cayeron sobre su cara impregnando las mejillas, los ojos y el pelo con el escurridizo semen.
Por su parte, Pedro ya no aguantó más y se sacó la polla del pantalón para empezar a meneársela. Y cuando vio con desesperación a su mujer mancillada, humillada y denostada como una vulgar puta, se corrió.
Esta vez, el capitán se levantó y se fue directamente al camarote para volver a salir poco después con dos cervezas en la mano. Pedro creyó que se sentaría junto a Cristina para refrescarse juntos después de esa intensa sesión de sexo, pero nada más lejos de la realidad, porque Pedro subió a la bañera y sentándose junto a él le alargó una cerveza.
Pedro que, antes de que el capitán subiera, se había vuelto a enfundar la polla dentro del bañador lo recibió con una desagradable mueca. El capitán estaba completamente desnudo con su polla morcillona pero brillante de la saliva de Cristina y del semen enganchado.
—Pedro, pedrito...Tienes una mujer increíble — le dijo chocando las botellas de cerveza y tomándose un trago.
—Ummmmm— jadeó al terminar, —eso es vida. Follarse a una buena hembra y luego tomarse una cerveza con un colega.
—¡No somos colegas! — refunfuñó Pedro molesto y aún sin probar la cerveza.
—Tómatelo como quieras, pero las cosas son como son. Durante los próximos días voy a follarme a tu querida esposa todas las veces que me apetezca. Tal y como te he dicho antes, tú puedes mirar, pajearte y correrte, pero no puedes follártela. Ni aquí ni cuando estéis solos en la cabaña.
—¿Por qué tú lo digas? — le dijo enfrentándose a él.
—Porque son las órdenes que Cristina ha recibido y sabe que debe obedecerlas sin excusas— respondió con autoridad y tomando otro trago de cerveza.
—Si quieres— continuó, —puedes bajar a hacer compañía a tu esposa, yo tengo que enviar un mensaje por radio.
Pedro abandonó la bañera y se fue junto a su esposa que estaba tomando el sol boca arriba con sus tetas desparramadas y su cara llena de leche que empezaba a secarse bajo el sol.
—Amor, ¿Qué está pasando? No entiendo nada— suplicó Pedro atormentado.
Cristina se lo miró apenada porque Pedro se mostraba como un cachorro perdido.
—Cariño, los días que nos quedan aquí voy a convertirme en la puta personal del Capitán.
—Pero, ¿y yo? ¿Cómo puedes hacerme esto?
—Volveré a ser tuya cuando regresemos a la península. Ven, bésame.
Y se incorporó para besar a Pedro que, cuando la vio con la cara llena de semen seco, hizo un paso atrás.
—No pasa nada amor, — le dijo alargándole la mano y tirando de él. Y cuando lo tuvo cerca le besó en la boca.
Pedro probó por primera vez el sabor del semen de otro hombre y no le gustó. Se sentía tan humillado que estuvo a punto de romper a llorar. De hecho lo hizo y Cristina lo abrazó y lo tranquilizó con unos golpes en la espalda.
—Pronto pasará, sólo quedan cinco días, después volveré a ser toda tuya.
Pero las incontenibles lágrimas de Pedro no cesaban. En pocas horas su vida se había girado del revés; su fiel esposa pertenecía a otro hombre y él no podía hacer nada para evitarlo.
Desde su puesto privilegiado, el capitán se miró la escena con desdén. “Vaya cornudo marica” pensó.
* * * * *
El regreso a la cabaña fue rápido aunque para Pedro duró una eternidad porque su esposa permaneció completamente desnuda en la proa sin limpiarse la lefa de su semental.
Cuando llegaron a su destino, Cristina fue directamente a la cabaña y se sentó en el sillón Emmanuelle, sin vestirse ni limpiarse.
—¿Es necesario que estés así? ¿No deberías ir a limpiarte y vestirte? — preguntó molesto.
—El capitán me ha ordenado que no lo haga— respondió escueta como si esta fuera una orden universal.
—¿Y tampoco vamos a follar? — preguntó para confirmar si lo que le había dicho el capitán era cierto.
—No, hasta que regresemos a casa nada de nada.
—¿Te lo ha ordenado él? — preguntó.
—Sí.
—Pero si follamos por la noche, él, no lo va a saber — argumentó buscando puntos débiles.
—Lo sabré yo— aseguró Cristina — y para mí eso es suficiente. Además, no sé porqué pero algo me impide desobedecerle.
Y entonces Pedro se acordó de la conversación que había oído furtivamente: “Para convertirlas en auténticas putas usa una droga que las vuelve adictas a su polla”.
Era eso, seguro. ¿Pero que podía hacer para librarse del capitán?
* * * * *
Por suerte, Cristina se aseó y se vistió para ir a cenar; “aún le queda un poco de decencia” pensó Pedro mientras comían. Aunque tenía el estómago cerrado y apenas pudo comer nada.
Durmieron juntos, ella completamente desnuda, pero no le permitió que la penetrase. Pedro terminó el día masturbándose sólo con las vívidas imágenes de su esposa chupando una polla descomunal.
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