Miro a mi esposo a los ojos mientras otro me folla
Ana creía conocer las reglas de su matrimonio: él decidía cuándo y con quién. Pero en la isla, el mentor de su esposo no pide permiso, solo toma. Y mientras Pedro la mira, Ana descubre que perder el control es el único placer que le queda.
Miro a mi esposo a los ojos mientras otro me folla
He decidido que este relato iniciará el segundo libro de las historias de Ana, como una continuación del anterior.
El primer libro que conforman los relatos eróticos de la vida de Ana, se encuentra en Amazon, y se titula: “Historia de Ana. Doctora y algo más”
https://www.amazon.es/HISTORIA-ANA-Doctora-algo-m%C3%A1s-ebook/dp/B0C41RVM4Y/ref=sr_1_1?crid=1761A1S8LLAE4&keywords=historia+de+ana+zhara+granada&qid=1687428675&sprefix=HISTORIa+de+ana%2Caps%2C107&sr=8-1
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Vamos a éste.
Aquel problema que mantuve durante años, que consistía en no poder negarme a que cualquier hombre me follara, había sido resuelto por mi esposo, cuando me pidió que fuera su puta, y yo acepté. Desde ese momento el decidía cuando, y con quien tenía relaciones.
Hoy continuaba con el año de licencia en el hospital donde trabajaba, en mi calidad de doctora, y mi esposo, con su profesión de fotógrafo. Pedro había sido contratado por una revista, y por ese motivo arribamos a una isla de la Polinesia, donde él debía fotografiar la naturaleza de esa zona.
El estaba muy entusiasmado, además de este contrato; al lugar donde nos dirigíamos, residía quien había sido su maestro, la persona que le había enseñado todo en su profesión de fotógrafo, y además había sido su mentor.
Se llamaba Gerardo, creo que nacido en Noruega, tendría unos cincuenta años. No lo conocía en persona, porque cuando me casé con Pedro, Gerardo hacía varios años que ya residía en esta zona.
Esa noche nos recibiría en su casa, y allí lo conocería.
—Te va a agradar Gerardo, es un excelente profesional, todo lo que soy se lo debo a él, y siempre me ha ayudado mucho—, me decía mi esposo cuando íbamos en camino.
Gerardo nos recibió, y allí lo vi por primera vez. Alto, fornido, como todos los nórdicos, brazos musculosos, aparentaba unos cincuenta años, con todo el pelo en su lugar, y algunas canas, que le quedaban bien. Apenas ingresamos, él y Pedro se abrazaron con emoción, y por un tiempo prolongado, mostrándose mutuamente la felicidad de reencontrarse.
Cuando terminó ese abrazo, Gerardo vino hasta mí, se detuvo a un metro de distancia, mientras me recorría de arriba abajo, con ojos azules, propios de las personas del norte de Europa, y cuando habló su voz era pausada y apenas ronca.
—¡Pedro tu mujer es más hermosa en la realidad que en las fotos que me has enviado! Ahora veo que su pelo rojo es natural, tiene unos ojazos, un rostro perfecto, y un cuerpo escultural.
Se retiró hacia un lado de aquel salón, tomó una máquina fotográfica que se hallaba encima de un mueble, y regresó junto a mí.
Operando esa máquina con su mano derecha, comenzó a sacar fotos de mi rostro, al mismo tiempo que con la izquierda levantaba mi barbilla, me indicaba que girara el rostro, que elevara la cabeza, y sentí que pasaba el dorso de su mano por mi mejilla, bajaba por el cuello hasta mis pechos, rozándolos.
A continuación, y mientras continuaba tomando fotos dijo: —Ana, gira, quiero ver toda tu figura, tu perfil y tu espalda.
Miré a mi esposo, se notaba feliz por la atención que su esposa recibía de este hombre, a quien él admiraba.
Aquella zona era calurosa; yo había concurrido con un vestido bastante corto, y ligero. Sabía que mi trasero resaltaba con este atuendo, y Gerardo lo miraría a su gusto.
Oía disparar la cámara detrás de mí, y por ello supe que continuaba tomando fotos, hasta que cesaron los disparos, y sentí que se arrimaba por detrás. Colocó su mano en mi nuca, y la fue bajando despacio por toda mi espalda, hasta mi trasero, y mientras lo acariciaba a conciencia lo escuché dirigirse a mi esposo.
—Pedro es perfecta, tiene una hermosa espalda, una cintura de película, y un espléndido trasero, firme y redondo. Un buen culo. Te felicito.
Aquello me turbó, mi corazón se agitó, y mi respiración se sofocó en mi garganta, no podía hablar. Miré a Pedro, quien continuaba sonriendo. Estaba como embelesado con este hombre. Parecía que fuera un honor que este hombre le metiera manos en el culo a su esposa. Y más aún, le decía que lo estaba haciendo, porque continuó.
—Realmente Pedro, buena hembra, hace tiempo que no acariciaba un trasero tan firme, y unas caderas tan perfectas—. Luego me dio una palmada, y nos pidió que nos ubicáramos en los sillones del salón, mientras traería las bebidas.
En aquella parte del salón existían dos butacas enfrentadas, con una mesa baja por medio. Una butaca era individual, la otra un sofá para dos personas, cómodo, con altos y anchos lugares para apoyar los brazos, en los cuales podía sentarse otra persona si lo quisiera.
Nos sentamos en el cual cabíamos ambos, tomé las manos de mi esposo y le pregunte:
—¿Pedro has visto lo que ha hecho?
MI esposo no contestó, solo mantuvo mi mirada.
—Tu amigo me llamó “buena hembra”, me ha manoseado, magreado el trasero, y metió sus dedos en mi culo a través de mi vestido.
Pedro se mantenía en silencio, sólo me miraba, me pareció encontrar en sus ojos un dejo de tristeza, hasta que al final habló.
—Ana, Gerardo fue mi mentor, quien me enseñó, quien me hizo profesional en fotografía, le debo todo lo soy. No sé porque ha hecho eso.
Mi esposo iba a continuar hablando cuando Gerardo lo llamó, pidiéndole que lo ayudara a llevar las bebidas.
Quedé sola en aquel lugar, oía sus voces en la cocina. Desde aquí no lograba entenderlos. Cuando regresaron traían copas, una cuba con hielo, y dos botellas de champan. Gerardo se sentó a mi lado, a la izquierda, y Pedro tuvo que sentarse en el sofá individual que se hallaba enfrente, mesa por medio.
Brindamos por nuestra llegada, ellos hablaban de sus trabajos, mi esposo volvía a estar feliz, y todos nos servimos la segunda copa. El ambiente era de amistad y camaradería, y parecía que lo ocurrido quedaría allí. Cuando me incliné para dejar mi copa sobre la mesa, me di cuenta que no sería así. La mano derecha de Gerardo fue hasta mi espalda, y la recorrió despacio desde mi nuca bajando hasta el final, lo que hizo que me erizara, y casi temblara.
Volví a recostarme en el respaldar del sofá; él quitó la mano de mi espalda, y la llevó a mi rodilla izquierda.
Continuó hablando con mi marido, como si no hubiera pasado nada, mientras acariciaba mi rodilla.
Me percaté que tenía manos grandes. Me recordaron las de Gregorio, aquel paciente del hospital donde yo trabajaba, que me había follado en su casa de campo, y luego acarició todo mi cuerpo con sus enormes manos, hasta que vencida, me dejé follar también por su hermano. Si recordaba aquello me excitaría.
Mientras estaba ensimismada con mis pensamientos, la mano de Gerardo ya acariciaba mi muslo, subía desde la rodilla, pasando debajo del vestido e intentando llegar más allá.
Miré a mi esposo, preguntándole con la mirada que ocurría. Su amigo me estaba acariciando, intentando meterse entre mis piernas. El se mantenía en silencio, sólo me miraba, y volví a ver esa tristeza allá en el fondo de sus ojos. Presté atención a lo que hablaban, y en este momento Gerardo le decía a mi marido —También tiene piernas y muslos firmes—, y volviéndose a mí, dijo: —Levanta tu vestido y abre las piernas, será más sencillo.
¿Más sencillo? Me atraganté con la bebida que estaba a punto de tomar, mi corazón aumentó sus pulsaciones. ¿Que estaba ocurriendo? El acuerdo que manteníamos con mi marido consistía en que él decidiría con quien, y cuando tendría relaciones. Lo que estaba pasando en este momento no había sido acordado, no lo habíamos hablado previamente, y era otro hombre el que estaba decidiendo.
Volví la mirada a mi esposo, buscando su ayuda. El sólo me miró, cerró sus ojos un momento y cuando los volvió a abrir, bajó su cabeza apenas, indicándome con ese gesto que sí. Estaba asintiendo.
Sin dejar de mirarlo, dejé la copa nuevamente sobre la mesa, levanté mi trasero, subí mi falda más allá de la cintura, y abrí mis piernas. Ahora estaba sentada, de piernas abiertas, con las bragas a la vista de mi esposo, y también de Gerardo, si quería mirarlas. Me sentía ofendida con Gerardo por su actitud descarada, y también con mi esposo que lo permitía.
Gerardo no se giró para ver mi entrepierna, continuó hablando con mi esposo, mientras su mano subía por mi muslo izquierdo hasta el final, al llegar allí, acarició despacio mi vagina por encima de las bragas. Lo hacía muy suave, casi con ternura.
Sabía que aquello provocaría algo inevitable en mí, me excitaría, desearía correrme, me abandonaría, y terminaría pidiendo por favor que me follaran. Otra vez busqué la mirada de Pedro pidiendo ayuda. Mi esposo mirándome volvió a bajar levemente su cabeza. Consentía lo que ocurría, y lo que me estaba haciendo su amigo. Masturbarme por encima de mis bragas.
Gerardo bajaba sus dedos, pasaba por mi clítoris, apretando apenas, continuaba hacia abajo, los introducía en mi coño, siempre sobre las bragas, y regresaba arriba hasta la parte más sensible, y repetía.
Los primeros calores los sentí desde mi cuello hacia abajo, los pezones se endurecieron, continuaron bajando hasta la entrepierna, y ocuparon todo mi coño. Las caricias me encendían, y si continuaba me iba a correr. Apoyé mi cabeza en el respaldo, cerré los ojos, abandoné mi cuerpo sobre aquel asiento, y sin poder evitarlo, ese calor regresó hasta mi garganta, y surgió mi primer gemido.
Continuaban hablando entre sí. Entre mi excitación y acaloramiento, escuché que Gerardo le preguntaba a mi esposo si me había hechos fotos desnuda.
—¿Alguna vez ha modelado, y le has hechos fotos desnuda?
—Solo una vez. Debía completar una sesión, para una revista con dos modelos simulando que tenían relaciones, y la modelo femenina faltó a la cita, y Ana la sustituyó.
Vino a mi memoria ese episodio que luego lo relaté en el cuento titulado: “la modelo faltó a la cita”, y especialmente cuando debido al tipo de poses, la polla del modelo terminó entrando en mi vagina, y yo corriéndome como una guarra. No debía recordarlo porque más me excitaba, y mi vagina ya estaba mojándose.
—¿El resultado fue bueno? ¿Fueron buenas fotos?—, continuó preguntando Gerardo, sin dejar de acariciarme sobre las bragas.
—Fueron excelentes fotos, y creo que al final Ana lo disfrutó—, respondió mi marido. Supongo que también había recordado cómo me había corrido con la polla del modelo adentro.
—Pedro alcánzame la máquina de fotos que dejé arriba de aquel mueble, y tú Ana quítate la ropa, veremos cómo modelas desnuda.
Esto iba a terminar mal, me pedía desnudarme frente a él. Mi esposo nos daba la espalda mientras iba en busca de la máquina de fotos, esperé a que regresara, y vi como en esta oportunidad, asentía con su cabeza una vez más, en silencio, sin decir una palabra, indicándome que lo hiciera. ¿Qué ocurría? ¿Cuál era el motivo por el cual mi marido estaba siendo complaciente, sin poder hablar?
Estaba enojada y ofuscada; pero al mismo tiempo me sentía caliente y deseosa, las caricias de Gerardo casi me habían llevado al orgasmo, mi cuerpo iba a tomar el control y luego no habría marcha atrás, estaba a punto de abandonarme, y dejar que hiciera lo que quisiera.
Me puse en pie, me quité el vestido, no llevaba sostén, por lo cual quedé allí en bragas, a la vista de ambos.
—Las bragas también— dijo Gerardo.
En esta oportunidad no miré a mi esposo en busca de su aprobación, ya sabía que no lo impediría, algo había ocurrido, y Pedro ya no era quien disponía de mi cuerpo. Enganché en mis dedos los laterales de mis bragas, las bajé despacio hasta el final, y me las quité, quedando ahora sí, totalmente desnuda.
Gerardo tomaba fotos de mi frente, de mis tetas, mis caderas, luego mi espalda, mi trasero, giraba en torno a mí, hasta que se inclinó para tomar fotos de mi coño, y volvió a hablar.
—Tienes todo el coño mojado. Te han gustado mis caricias. Ven aquí.
Tomándome de un brazo me llevó a un costado de aquel sofá de dos plazas, me hizo quedar de pie, empujó mi espalda para inclinarme sobre el amplio apoya brazos, hasta quedar medio cuerpo sobre el mismo, y mi culo empinado. De esa forma tenía todo mi trasero y vagina a su vista.
—Pedro, toma la máquina, y hazle fotos de su rostro cuando yo te lo diga.
Mi esposo se sentó a mi lado, yo apoyé mis codos en el asiento, levanté mi cara y lo enfrenté. Creo que para evitar mi mirada Pedro levantó la máquina, y con ella tapó su rostro, quedando a la espera.
Gerardo en pie detrás de mí, dijo: —Ana abre las piernas
Otra vez, un hombre que no era mi marido me ordenaba que me ofreciera, toda abierta. Volvía a ocurrir.
Lo hice. Enseguida sentí la mano de Gerardo pasando por toda mi vagina, ahora caliente, mojada, y sin bragas. El debió sentirla así, porque metió dos dedos, provocándome otro gemido, que no pude contener.
—Pedro ahora comienza a tomar las fotos de su rostro.
Gerardo metía y sacaba sus dedos de mi coño, Pedro tomaba fotos a escasos centímetros de mi cara. Ya estaba perdida. Las primeras pulsaciones dentro de mi vagina, me indicaban que se transformarían en espasmos, y el orgasmo llegaría.
Intentaba mirar el foco de la cámara. No lo lograba, gemía, y pedía que aquello no continuara, no lo aguantaría.
—Nooo. Por favor….. ahhh
Gerardo retiró lentamente sus dedos, accedía a mis pedidos, se detuvo. Intenté levantarme de aquella posición. No logré hacerlo, una de sus manos en mi espalda me lo impidió. Quedé allí a la espera, de pie, con las piernas abiertas, inclinada hacia adelante, mi vientre apoyado en el apoya brazos, y las manos en el asiento sin saber que ocurriría.
Enseguida lo supe. Escuché como Gerardo detrás de mí se quitaba las ropas.
Me iba a follar.
No podía continuar buscando la mirada de mi esposo, entonces lo llamé por su nombre.
—Pedro mírame.
El bajó la máquina de fotos, me miró, y en ese mismo momento ocurrió algo que me obligó a abrir los míos al máximo. La cabeza de una polla, abría mis labios vaginales, y comenzaba a entrar en mi coño.
—¡Pedro, me va a follar! ¡Me está metiendo su polla!
Mi esposo mantuvo su mirada, allí estaba el deseo, miraba cómo iban a follar a su esposa; y también en el fondo había tristeza y dolor.
Por primera vez era vencido. Pedro había sido mi dueño, yo había sido su puta, el decidía quien me follaba, había sido el macho alfa. Como cuando me ofreció a sus amigos luego de la fiesta en casa de Ramón. Todos pidieron su permiso para penetrarme. En aquel momento tuve los ojos vendados, y no pude ver quien lo hacía, y tampoco ver a mi esposo. Hoy lo tenía frente a mí, ambos mirándonos, y viendo como se escapaba su poder.
Este hombre no le había pedido permiso, no había necesitado su autorización para follarme. Y lo estaba haciendo.
Una polla gruesa, dura y rugosa, entraba y salía despacio de mi coño. Lo hacía a conciencia, lo hacía lento, para que sintiera como entraba y ocupaba toda mi vagina.
Iba a ocurrir, me iba a correr.
—Diosss, ahh……, me la metió toda.
—Aún no. Ya entrará toda, tendrás un buen orgasmo, y te correrás mucho más.
Las palpitaciones ocupaban todo mi coño, y pulsaban contra aquel tronco que continuaba taladrándome despacio, una y otra vez, casi hasta el final y regresaba. No me aguanté más, y cuando la retiraba, llevé mi culo hacia atrás intentando que no saliera. Gerardo lo sintió, y ahora sí, me clavó fuerte, y hasta el fondo, haciéndome gritar.
—¡Dios mío!. Ahhh…., me la metió toda. No aguanto más…., me voy a correr……por Dios, me corro, me voy a correr toda, toda.
—Mira a tu marido. Pedro toma las fotos mientras se corre, que lo hará ahora—, y mientras decía esto me tomó de las caderas, se afirmó, y me ensartó aquella barra dura y caliente, una y otra vez; y yo me corrí chillando y gritando.
—Se está corriendo—, dijo Gerardo, y mantuvo su polla firme, sin moverse, sin sacarla, esperando que mis espasmos pasaran, y pudiera relajarme.
Aflojé mis brazos que me sostenían en aquella posición y la mitad de mi cuerpo cayó sobre el asiento de aquel sofá, mientras mis piernas aún estaban de pie al otro lado del apoya brazos, y Gerardo también de pie, entre ellas.
Retiró despacio su polla, me di cuenta que él no se había corrido, y cuando intenté levantarme desde aquella posición, volvió a impedirlo con una de sus poderosas manos en mi espalda.
—Tranquila Doctora. Ahora viene lo mejor. Tienes un trasero espectacular, y te gustará.
Metió sus dedos nuevamente en mi coño, que estaba encharcado de jugos, los retiró, y los subió hasta mi ano, pasó esos jugos alrededor, y metió un dedo en él, hasta pasar el esfínter.
Lo supe enseguida, no se había corrido, porque quería follarme por el culo. Lo estaba lubricando, y cuando metió dos dedos, y una vez adentro los abrió, lo dilataba.
Me gustaba follar por el culo, y lo disfrutaba. Aunque aquella polla era de las grandes, no sé qué ocurriría. No lo podría evitar, y mi esposo tampoco.
Pedro estaba vencido, lo tenía sentado a mi lado. Sólo unos momentos antes, nos mirábamos, mientras otro hombre me follaba, y yo me corría. Ahora resignado, miraría como a su esposa volverían a follarla, esta vez por el trasero, y la profanación sería más cruel.
Gerardo continuaba con su trabajo preparatorio, metía y sacaba sus dedos de mi culo, y como consecuencia, empezaba a gustarme, hasta que los retiró y sentí la punta de su polla empujando mi esfínter.
Volví a la realidad, era una polla grande y dura que me iban a meter por detrás. Tomé aire, respiré profundo, tratando de aflojar mi cuerpo todo lo posible.
Cuando la cabeza pasó el anillo no pude evitar gemir. Me estaba abriendo.
—¡Ahhhh…..! Despacio..por favor…. Por Dios, es grande. Por favor despacio, ahhh……
Gerardo tuvo consideración, se mantuvo quieto en ese lugar, no continuó empujando, esperando que me adaptara. Al mismo tiempo inició unas caricias por todas mis nalgas, tratando de darme gusto en otras zonas, mientras mantenía su polla apenas adentro.
Me fui aflojando, sintiendo sus caricias, que repasaban todas mis nalgas, me gustaban y ayudaban, aceptando su polla clavada en mí.
—Ve despacio, por favor…. Ahh…, despacio. Así, sigue, pero despacio por favor…..Ahhhh—. Continuaba pidiéndoselo.
Gerardo empujó apenas y sentí detrás de la cabeza un tronco duro como el hierro que lo ocupaba todo, apretando contra los laterales de mi interior.
—Ahhh…más noooo…. Por favor despacio.
—Tranquila Ana. No hagas tensión, aflójate. Verás que entra toda y te gustará.
Gerardo volvió a dirigirse a mi esposo —Pedro sostenla, que se la voy a meter toda.
Pedro sabía lo que ocurriría. Colocó sus manos sobre mi cuello, sosteniendo mis hombros. Levanté mi cabeza, lo miré, en sus ojos permanecía una enorme y profunda tristeza.
No quería verlo triste, yo lo amaba, le pertenecía, y le seguiría perteneciendo, pasara lo que pasara, aún en esta situación donde otro macho había tomado su lugar en la manada. Puse todo mi amor en mi mirada y le dije:
—Mi amor, no pasa nada, solo me follará por el culo, y nada cambiará. Aguantaré. El se sacará las ganas, se correrá dentro de mí, y nada más. Te seguiré amando como hasta hoy, y más aún. Eres el amor de mi vida, y no me importa lo que me haga.
Pedro me miró un largo momento y dijo: —Te amo Ana.
Antes de contestarle, que yo también lo amaba, escuché nuevamente a Gerardo con más ímpetu.
—Vamos Pedro, te dije que la sostengas, quiero metérsela hasta el fondo—. Y con sus gruesas manos separaba mis nalgas, y luego me tomaba de las caderas para afirmarse.
Y lo hizo. Empujó fuerte con todo su cuerpo, su polla corrió hacia adentro hasta que su pelvis chocó contra mi culo, que estaba abierto y expuesto. Las manos de mi marido en mis hombros evitaron que saliera despedida hacia adelante, y al mismo tiempo permitieron que la polla de Gerardo me penetrara hasta el final.
—Agggg….. nooooo….Dios mío, Dios mío. Entró toda….ahhhhh…..
—Te dije Ana que te entraría toda, y que te gustaría.
—Gerardo, por favor despacio… ahhh…..
—Ana ahora vamos a follar. Un cuerpazo, unas caderas y un culo como el tuyo merecen ser bien follados. Y lo haremos, me voy a correr adentro de ti, y tú también te correrás de nuevo.
Se mantuvo quieto, todo su miembro hasta el fondo, volvieron las caricias en mis nalgas, en ocasiones suaves y en otras apretando, estirando y abriéndolas para permitir ir hasta el final; y me gustaban, comenzaron los mismos ardores que había sentido la primera vez que me azotaron el culo; y casi deseaba que me pegara.
Comenzó a retirarla apenas y despacio, sin dejar de magrear y manosearme toda. Se mantuvo un momento quieto, abrió lo máximo posible mi culo, y empujó de nuevo.
Los calores regresaban, recordé a mi esposo a mi frente, cerré los ojos, porque no podría evitar un gemido que subía hasta mi garganta, y comencé a pedirlo.
—Ahhh…., así, por favor sigue así…. despacio…. Me gusta. Ahh….. ahora, otra vez, sigue.
Gerardo lo estaba logrando, y lo dijo.
—Pedro, le gusta. Le gusta que la follen por el culo. Es tal como me lo habían dicho. Un hermoso trasero, y una hembra que le gusta que la follen por detrás.
En ese momento traté de imaginar quien le habría contado mis gustos. No pude hacerlo, Gerardo había iniciado un movimiento lento, continuo, sacando y metiendo su polla. Cada vez me gustaba y gozaba más.
Me iba a correr otra vez, sentía los calores en todo mi cuerpo, en mi culo por aquel miembro duro y firme, y en mi coño, que con cada vaivén se refregaba contra el apoya brazos.
Comenzaban las pulsaciones, Gerardo debió sentirlas, porque aceleró las embestidas, comenzó a gritar.
—Diooos, que buena hembra. Me voy a correr todo dentro de tu culo. ¡Ahoraaa…. Siiiii….!
Mi esposo, mi Pedro. Lo tenía a mi frente. Lo miré a los ojos al mismo tiempo que el primer chorro del espasmo de Gerardo llegaba allá, en el fondo.
—Pedro te amo, eres lo único que amo en el mundo. No importa lo que me hagan, siempre seré tuya. Perdón, perdón mi amor, no puedo aguantar, no aguanto, nooooo…..me voy a correr, ahhhh……
No logré continuar hablándole, mi cuerpo había tomado el control, lo deseaba otra vez, ansiaba esa barra que me perforaba. Gerardo me mantenía firme, clavada hasta el fondo. Mi cuerpo iba adelante y atrás, refregando mi coño contra la piel del sofá, buscando correrse. Me iba a correr, y mucho más, que un momento antes.
Todo el ardor me abrazó, recorriendo mi cuerpo hacia un solo punto, y cuando llegó a mi culo y mi coño, explotó, apretando y exprimiendo el miembro que eyaculaba disparando chorros de esperma muy dentro de mí. Y me corrí nuevamente aullando y berreando como una marrana.
—Me están follando por el culo. Me gusta, me voy a correr…. ahhh….. me corro ahora también……¡Siii….., me estoy corriendo toda! ¡Mass.., dame más….. más fuerte….!
Y lo hizo la retiró y la metió de golpe hasta donde llegaba, y exploté, gritando y pidiendo más y más.
Gerardo se mantuvo, al igual que la primera vez, adentro a la espera que mi cuerpo se calmara, cuando caí rendida sobre el asiento del sofá, me sujetó, para que no terminara en el suelo, porque mis piernas ya no me sostenían.
Me ayudó a ponerme en pie, diciéndome que podía lavarme en el aseo que estaba a un costado del salón.
Tomé mi vestido que había tirado sobre la mesa, no encontré las bragas, pero ya no importaba. Me encaminé despacio y vacilando hasta el aseo.
Cuando regresé mi esposo se encontraba en el mismo lugar. Gerardo se había vestido, y se encontraba en la butaca individual a su frente. Caminé hacia mi marido, me senté a su lado, apoyé mi cara en su hombro, dejé que me abrazara, cerré mis ojos, deseando quedarme allí a su cuidado. Tendríamos que hablar de lo ocurrido, pero esa conversación tendría que esperar a estar solos.
Ellos habían retornado su conversación, la cual al principio no escuchaba. Pasado un tiempo, entre suspiros, y caricias de mi marido terminé de aflojar mi cuerpo, y la conversación comenzó a tener sentido.
En su momento estuve molesta y ofendida. Uno me había follado dos veces y el otro había consentido todo, sin que yo pudiera decidir nada al respecto; y ahora mantenían una conversación normal, como si todo lo ocurrido anteriormente no hubiera existido; estaba agotada, y no tenía fuerzas para increparlos, me cobijé en los brazos de mi esposo, y escuché su conversación.
Gerardo le explicaba que la Polinesia estaba formada por miles de islas, cada una con su peculiaridad, que la población autóctona de algunas islas mantenía prácticas sexuales antiguas. Existían locales donde los hombres podían ir a elegir una o varias mujeres para tener relaciones con ellas, y no eran prostíbulos porque las mujeres que iban allí, en su mayoría estaban casadas, y sólo lo hacían por placer, no existía dinero por medio. Del mismo modo en otros locales, las mujeres concurrían en busca de uno o varios hombres para hacer lo mismo.
Gerardo a continuación se ofreció para ser mi guía por aquellas islas, durante los días que mi esposo estuviera afuera con su equipo, cumpliendo con el trabajo fotográfico de la revista.
Me llevaría a conocer aquellos lugares donde las mujeres concurrían en busca de uno o varios hombres para tener relaciones sexuales con ellos, y si me animaba también me llevaría a aquellos, donde las mujeres se ofrecían para ser folladas.
Continuaba cansada, recostada en el pecho y hombro de mi marido, y mientras escuchaba lo que proponía Gerardo, me di cuenta que lo sucedido minutos antes, sólo había sido una muestra de lo que podía ocurrirme.
Vendrían días y noches salvajes. Yo sería ofrecida, luego entregada, y follada, una y otra vez.
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