Xtories

La fantasía del cornudo se hizo realidad

Matías llegó a reparar la caldera, pero su verdadera misión era cumplir el deseo más oscuro de Gabriel. Mientras el plomero toma el control, Valentina se transforma en la sirvienta que su esposo siempre imaginó. La puerta se cierra, el silencio se rompe y la fantasía se vuelve carne.

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El timbre sonó a las once de la mañana, puntual como un reloj. Era el plomero, un tipo llamado Matías, joven, con brazos musculosos que sobresalían de su camiseta ajustada y una sonrisa fácil que inspiraba más confianza que la de un médico. Estaba allí para el mantenimiento de la caldera, una rutina trimestral.

Mientras Matías trabajaba en el sótano, su esposa, Valentina, le sirvió un café. La conversación fluyó de manera casual.

—Conozco bien el barrio —dijo Matías, sorbiendo el café—. Tengo varios clientes por acá. A algunos los visito bastante seguido.

Valentina rio, una risa socarrona. —Tan bien no debe hacer su trabajo, si tiene que volver y volver.

Matías soltó una carcajada, una carcajada franca que no tenía nada de ofendida. —En algunos casos, he vuelto porque el marido me lo ha pedido.

La frase quedó flotando en el aire, densa y cargada de sugerencia. Valentina frunció el ceño, intrigada a pesar suyo. —¿Cómo así? No entiendo.

Matías la miró fijamente, su sonrisa ahora era un arma. —Es sencillo. El marido me paga para que me coja a su esposa. En la cocina. Justo frente a él.

Valentina se puso de pie, ofendida. —¡No sea grosero! ¿Qué clase de hombre es usted?

El plomero no se inmutó. Se recostó en el sillón, tomando el control de la habitación con su sola presencia. —Usted me preguntó, señora, yo solo fui sincero y le respondi. Y a usted —dijo, mirando a su marido, Gabriel, que hasta entonces había permanecido en silencio—, ¿y ustedes? No fantasean nunca con que un tercero se coja a su esposa frente al marido?

La pregunta directa golpeó a Gabriel como un látigo. Se quedó sin habla, mirando a su esposa con el pánico en los ojos.

Matías insistió, como un domador que se acerca a una bestia nerviosa. —Si quieren, yo los ayudo con la fantasía. Solo tienen que decirlo.

Gabriel dudó, su garganta seca. Miró a Valentina, una pregunta silenciosa en su rostro. Y fue ella quien, para su sorpresa total, rompió el hechizo.

—Amor... —dijo ella, con una voz suave y resignada—. Siempre sueñas con que otro tipo me coja. Lo sé. Lo hablamos en la cama.

La confesión fue un terremoto. Gabriel se quedó boquiabierto. Matías sonrió, sabiendo que había ganado.

—Ya, ya... quédate tranquila —le dijo Matías a Valentina, poniéndose de pie y acercándose a ella—. Que te voy a coger bien cogida. Te lo aseguro.

Valentina lo miró, y en sus ojos no había miedo, sino una chispa de desafío. Se giró hacia su marido, con una sonrisa pícara.

—¿Querés que me coja de sirvienta, amor? ¿Como siempre fantaseaste, verdad? —dijo, y sin esperar respuesta, se dirigió a la cocina.

Gabriel la siguió con la mirada, incapaz de moverse. Valentina abrió el armario y sacó un delantalcito de satén negro, cortísimo y provocador, que solo usaba para "ocasiones especiales" con su marido. Se lo puso, y luego se calzó un par de guantes de gama amarillos. La transformación fue instantánea y eléctrica.

Matías la observó, aprobando. —Hoy me voy a coger a la sirvienta de tu esposa —le dijo a Gabriel, que seguía paralizado en el umbral de la cocina.

Se acercó a Valentina, le pasó una mano por el pelo y la empujó suavemente hasta que se arrodilló frente a él. Se desabrochó el pantalón y sacó su miembro, grueso y ya erecto.

—Abrila, sirvienta —ordenó.

Valentina obedeció, y mientras lo mamaba, Matías miraba a Gabriel por encima de su cabeza.

—¿La ves, marido? —dijo él, con una voz cargada de morbo—. ¿Así como la imaginabas? Con la boca llena de mi pija, con su delantalcito de puta. Es una buena sirvienta, ¿no? Mírala, qué hambre tiene. Tu esposa necesitaba un macho de verdad que la tratara como lo que es: una perra sumisa para ser usada.

Gabriel solo podía mirar, sintiendo una mezcla de humillación, celos y una excitación tan potente que le quemaba las venas. Mientras su esposa, convertida en la sirvienta de sus fantasías, chupaba la pija del plomero frente a él, supo que su mundo nunca más volvería a ser el mismo.