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María intercambiada en un coche - Completo (12)

La ventanilla bajada reveló más que una invitación a beber; abrió la puerta a un juego donde las reglas se escriben con piel y sudor. Él aceptó el reto, pero no esperaba que el verdadero castigo no estuviera en su boca, sino en sus ojos.

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Interrogué a María con la mirada.

—No parecen peligrosos —susurró—. Abre la mitad y oigamos lo que quieren decirnos.

Así lo hice y el hombre comenzó a hablar.

—Buenas noches… —dijo. Su tono mostraba unos modales educados, nada que ver con el patán de hacía un rato—. Veréis, mi nombre es Antón y ella es Elsa, mi mujer.

—Hola, Antón, hola, Elsa —respondimos a coro.

—Estamos celebrando con unos amigos nuestro aniversario —siguió hablando—. Ellos son Jose y Eli.

Los dos que se habían quedado junto al todoterreno elevaron una mano en señal de saludo al oír sus nombres.

—Hola, chicos —dije y saqué mi mano para saludarlos. Había bajado la ventanilla por completo, el temor del principio se había disipado—. Ella es María y yo, Marcos.

—Hola —respondieron ellos.

Antón tomó la palabra.

—¿Queréis tomar una copa con nosotros? —dijo—. Al principio no nos dimos cuenta de que estabais aquí. Hace un minuto, sin embargo, Eli os ha visto dentro del coche, y lo primero que hemos pensado es que pudierais ser unos asesinos en serie…

Todos reímos la ocurrencia del pijo.

—Pero está claro que sois una pareja de lo más normal… —intervino Elsa—. Y muy guapos, ambos…

María sonrió abiertamente. Se había adelantado hacia mí y me rodeaba la cabeza por detrás con sus brazos.

—Gracias… —replicó.

—Entonces… ¿Qué decís? ¿Os unís a nosotros y os tomáis unas copas? —volvió a preguntar Antón.

Iba a responder que con mucho gusto lo haríamos, pero la uña de María clavada en mi costado me hizo cambiar de opinión.

—Pues… —pegué un saltito sobre el asiento—. Mmmm… Os aseguro que nos gustaría… pero…

—Pero llevamos una noche de aúpa… —me robó María la palabra—. Ya podéis imaginar… Mi novio y yo no hemos parado en toda la noche y estamos un pelín cansados. Os lo agradecemos… pero os dejamos disfrutar solos…

Lo de «novio» y lo de «no parar en toda la noche» lo acepté gozoso, incluso reconozco que una culebrilla recorrió mi estómago. María parecía a gusto con lo vivido dentro de aquel coche, que ni siquiera era mío, y eso me hacía sentir bien.

—Ah, vale… lo entendemos… —dijo Antón, y pareció rendirse. Empezaba a girarse con las palmas de la mano hacia arriba en señal de fracaso, pero su mujer le espoleó y le empujó a insistir.

—Veréis… —apuntó Elsa—. Mi marido no ha terminado de contaros… Vamos, Antón, cuéntales, anda…

—En fin… no sé… —le respondió el hombre alto con sonrisa avergonzada—. ¿Por qué no se lo cuentas tú, que tienes más labia?

María y yo abríamos los ojos con sumo interés, aunque ninguno de los dos parecíamos entender de qué iba aquel rollo. No obstante, nuestra curiosidad nos mantuvo atentos.

Elsa retiró a su marido y se asomó a nuestra ventanilla.

—Lo que a Antón le da vergüenza deciros es que nuestros amigos y nosotros vamos a jugar a un nuevo juego y que tal vez os apeteciera uniros… —se mordió un labio—. Es un juego muy sexy también, más o menos como los que habéis visto, aunque más tranquilo… Seguro que os gustará… ¿Queréis saber de qué va?

—Por supuesto… —me adelanté, antes de que María soltase un «no» rotundo, que es lo que parecía decir su mirada. La uña de ella, de nuevo clavada en mi costado, parecía advertirme de que si el juego suponía meterla en una rueda de sexo, con ella no contara.

Elsa miró hacia atrás y esperó la confirmación de todas las miradas antes de proseguir.

—Veréis… —dijo con un titubeo—. El juego es repartirse en parejas que no sean las habituales de cada uno…

—¿Te refieres a un intercambio…? —pregunté, inocente. La uña de María se clavó aún más, y yo me doblé por la cintura para impedir que me causara una herida mortal.

—¡Exacto! —rió la mujer.

En ese momento me fijé en ella y comprendí lo realmente atractiva que era. Debía de rondar los treinta y cinco, pero era una rubia impresionante, con un pelazo que le llegaba hasta la cintura. Mi instinto empezó a darle vueltas al asunto y las ganas de abrazar a aquella mujer comenzaron a crecer en mi interior.

—Pero se trata de un concurso, ¿eh?, no de ponerse a follar como locos… —aclaró con una risa avergonzada.

—Claro… —respondí con un sentimiento de decepción—. Lo de follar ya casi ni se lleva…

Reímos mi ocurrencia. Pero lamentaba que lo de follar se quedara fuera del juego, no me habría importado encargarme de aquel pedazo de mujer, que estaba pidiendo a voces: cómeme.

No supe si lo que observé en los ojos de María era un nuevo ramalazo de celos —a la mente me vino el recuerdo de la camarera—, pero mi atención volvió a Elsa enseguida.

—¡Se trata de un concurso de mamadas! —dijo de un golpe y empezó a dar saltitos y a reír pudorosa.

—¡Genial! —respondí. Por fuera sonreía, sereno, pero por dentro me estaba poniendo de lo más caliente. La imagen de aquella belleza con mi pene dentro de su boca empezaba a perturbarme.

—El concurso consiste en ver quien es la chica que hace correrse más rápido a la pareja que le toque en suerte…

—¡Joder…! —reí con ella, que seguía dando saltitos, excitada—. Suena de lo más divertido.

Elsa dejó de dar saltitos y preguntó:

—¿Entonces, qué? ¿Os apetece apuntaros?

Miré a María.

—¿Qué te parece, cariño? ¿Nos unimos a estos amigos?

María hizo un gesto de cansancio.

—Uff, cari… yo estoy agotada —acompañó sus palabras con un bostezo a toda mandíbula—. Pero si tú quieres, igual te dejan unirte a ellos sin que yo participe…

Protesté, tenía que buscar una excusa para convencerla. Al fin y al cabo, el juego no incluía dejarse follar, el trato que habíamos hecho no se vería roto. Tal vez, si insistía lo suficiente, lo consiguiera.

—Pero, amor… —dije poniendo morritos—. Si me uno yo solo, seremos impares, no habrá forma de jugar.

Antón, sin embargo, salió al rescate.

—Oh, no te preocupes por eso —dijo, sonriente—. Jose y yo podemos sortearnos el puesto de árbitro y así contigo habrá dos chicas y dos chicos para repartirse las mamadas. ¿Te apetece?

Miré de nuevo a María. Estaba loco por participar y por elegir a Elsa para que me la mamara, si es que podía forzar el sorteo.

Así que le pregunté:

—¿Te importa, cielo?

María deshizo su abrazo y me dejó espacio.

—Claro que no… para nada, cariño, ve tú con ellos… —río en tono excesivamente alto—. Participa en el juego, por supuesto… y pásatelo bien… —luego se dirigió al grupo de amigos que se había arremolinado alrededor del coche de mi mujer—: Pero os aviso que a la que le toque mi novio va a perder, os lo he dejado muy vacío durante la noche. Vais a tardar una eternidad en hacerlo correrse.

—No te creas… —rió Elsa—. A estos dos muchachotes ya les hemos dado un buen tute todo el día, no pienses que les queda mucha gasolina en el depósito tampoco…

Reímos los comentarios morbosos y acordamos hacerlo como había propuesto Antón.

Abrí la puerta, le di un pico en los labios a María, que lo recibió sin darle tiempo a apartarse y salí al exterior. Efectivamente, como había pensado al ver a las chicas con poca ropa, la temperatura era bastante agradable. El viento ya no molestaba y la temperatura se había templado.

Elsa empezó a dar saltos de alegría cuando me vio bajarme del coche. Se la veía bastante borracha. Me señaló con el dedo y dijo a voz en grito:

—¡Me lo pido! ¡Es mío! ¡Es mío!

Todos rieron la gracia y aceptaron su demanda. Y enseguida entendí lo que pasaba en aquel grupo. El intercambio de parejas entre los amigos debía de ser una cosa bastante habitual y ya debían de tenerse muy vistos. De modo que una cara nueva en el juego era más que bienvenida… y celebrada por la ganadora del premio especial de la noche.

En este caso, yo era ese premio.

Cap. 16 – EL JUEGO DE LAS MAMADAS

Una vez fijado mi emparejamiento con Elsa, ya no había nada más que sortear. Solo quedaba un emparejamiento posible sin que se juntara un matrimonio. Eli sería la pareja de baile de Antón y al pobre de Jose le tocaba arbitrar. No parecía el tal Jose muy enfadado, sin embargo. Tal vez se alegraba incluso de quedarse fuera. María, por su parte, se había acomodado en mi lado del asiento y nos miraba curiosa a través de la ventanilla bajada.

Las chicas tomaron el control. A partir de aquel momento ellas eran las que mandaban. No es que yo lo pensara así, sino que ellas se encargaban de proclamarlo a voz en grito.

Nos apoyaron contra el todoterreno, medio sentados en la pasarela deslizante salida del maletero, nos bajaron los pantalones y a la voz de «ahora» del árbitro, empezaron a mamarnos a Antón y a mí a toda velocidad.

Debo confesar que Elsa lo hacía bastante mal e, incluso, a veces me hacía daño. Quizá estando sobria habría sido una buena pareja. Pero medio borracha y con el acicate de un premio —que en realidad no se había especificado— a la más rápida, su estilo era más que abominable. Tiraba de mi piel hacia atrás con exceso, succionaba más con los dientes que con la lengua o los labios y pajeaba mi pene con tanta avaricia que a veces temí que llegara a despellejármelo.

Miraba a Eli y me pareció que se lo hacía a su pareja con mayor esmero y delicadeza. No parecía tan echada para adelante como su amiga, pero el mimo con el que mamaba me hacía sentir que me había equivocado al dejarme elegir por la rubia. Aunque, si de follar se hubiera tratado, desde luego que me habría querido tirar a Elsa, aquel bellezón que estaba a punto de dejarme eunuco a poco que se lo propusiera.

En estos pensamientos me hallaba y por ello no me percaté de la sombra que se acercaba hacia la zona de juegos. Era María, quien se había aproximado despacio. Y llegaba hasta el todoterreno, se apoyaba en el vehículo a nuestro lado y se quedaba absorta contemplando la torpe mamada de Elsa.

Mi alumna se había puesto el abrigo sobre los hombros y fumaba en silencio un cigarro mientras nos observaba, indiscreta. ¿De dónde habría sacado el tabaco? La chica de las sorpresas, recordé.

María debía de estar segura de contemplar a la pareja que quedaría en última posición por el mal hacer de la chica que me había tocado en suerte. Porque con aquellas artes y con la noche que llevaba, podía tardar en correrme una semana o más.

Miré a María y ella me lanzó un beso con los labios. Y le sonreí y elevé mis manos con las palmas hacia arriba en señal de «qué se le va a hacer». Y ella nos estuvo observando unos segundos más y luego comenzó a andar despacio hacia Jose, el árbitro del concurso.

La miré acercarse a él. Y, cuando llegó a su lado, acercó su boca a la oreja del hombre y este lanzó una risotada. Y debía haberle dicho algo muy gracioso, porque era la primera vez que veía a aquel tipo reír tan abiertamente desde que aparecieron los cuatro amigos.

Y sentí una punzada en mi estómago y comprendí que me estaba entrando un ataque de celos.

María ofreció un cigarro al tipo y este lo aceptó complacido. Y le acercó el mechero encendido y él se arrimó a ella demasiado para mi gusto. Y era un acercamiento innecesario para atrapar la llama. Y, sin saber por qué, empezaba a arder en mi interior. Joder, ¿a qué venían las confianzas de aquel tipejo y, sobre todo, por qué María no solo las consentía, sino que las alimentaba?

Una vez encendido el pitillo, María le tomó del brazo y se alejaron despacio hacia la línea de los árboles. Y una zozobra inverosímil se adueñó de mí. Y no entendía a qué debía el sentimiento que me atormentaba, si no había sentido nada durante el intercambio con Juan. Y, por otro lado, sabía que María tampoco era mía. Y, si allí se desarrollaban unos cuernos de libro, el cornudo no sería yo, sino el novio de María, aquel pobre chico que debía de estar durmiendo feliz mientras su chica se pasaba la noche escupiendo y comiendo caramelos de menta.

Un dolor insoportable me devolvió a la realidad. La milf que se hallaba de rodillas ante mí me había mordido el glande y luego había soltado una risita irónica.

—Vuelve, hombre —dijo traviesa—. Parece que estás en otro planeta.

Le devolví la sonrisa y le pedí disculpas, antes de resaltar su técnica y lo bien que me lo estaba haciendo pasar. Y la sujeté de la melena y la devolví a la faena, esta vez controlando yo las idas y venidas de su boca. Y era para evitar que siguiera con aquel ritmo desenfrenado que me empezaba a resultar molesto.

Mientras hablaba con la mujer —que antes de empezar a mamar me había confesado que tenía dos niños pequeños, la muy zorra— prestaba más atención a los sonidos que provenían de María y su acompañante. Y en ese momento se habían detenido en la penumbra de un árbol y se les oía hablar y reír de forma intermitente. Y no había yo imaginado que María tuviera aquella risa tan bonita… ni tampoco la zozobra que me provocaba oírla reír al lado de otro.

Fui consciente entonces de que ella se había reído muy poco conmigo en toda la noche —apenas a la salida del pub, cuando me había gastado aquella broma—, y decidí que tenía que cambiar aquello. Pero eso solo si el fulano que se encontraba ahora junto a ella me daba la oportunidad. Y, por sus intentos, no parecía muy interesado en dármela.

Mi mosqueo subió dos escalas cuando el tal Jose se acercó a María y le pegó la boca al oído, mientras su mano derecha se perdía dentro de su abrigo. Porque era un claro ataque de cazador. Y yo había subestimado a aquel tipo, pero ahora comprendía que para cualquier mujer él debía de ser bastante atractivo y que podría tratarse de un depredador profesional. Y ella rió su comentario y le permitió la mano durante algunos segundos, tras los cuales, observé que se la retiraba con delicadeza.

Suspiré aliviado. No parecía mi alumna necesitada de ayuda para espantar a un abejorro. Aunque si me miraba a mí mismo, empezaba a verme como un auténtico buitre comparado con el tal Jose.

Cuando la mano de él salió del abrigo de María, ella volvió la cabeza y me miró con expresión retadora. Y no es que estuvieran tan cerca del 4x4 como para poder ver el gesto de su rostro con claridad, pero en las últimas horas había aprendido a leerle las expresiones, aún en la penumbra. Y sabía que María estaba actuando para mí. Y, claramente, me estaba castigando, y era una devolución del suplicio que le había impuesto horas antes. Y no me quedaba otra que aceptarlo, porque lo merecía.

El alivio que sentí solo me duró un instante. En breves segundos el tipo comenzaba su ataque de nuevo, esta vez abrazándola. Y empezaba a dar pasos de baile, simulando un tango que solo estuviera en su cabeza y que tal vez se lo tarareaba en susurros a María. Y bailaban completamente pegados. Y yo tragaba saliva amarga como la hiel.

Y, de nuevo, ella se dejaba hacer durante unos segundos. Y yo los contaba. Diez, veinte, treinta, un minuto. Y el tal Jose aprovechaba el estúpido simulacro de baile para magrearla sin pudor… Y María se abandonaba a él. Y mi erección se reducía a la mitad ante el espectáculo. Y estaba a punto de levantarme de aquel estúpido juego, pero Elsa me retenía. Y, al verme flaquear, se levantaba, se pegaba a mí y me comía la boca mientras me masturbaba con desesperación. Y llevaba mi mano bajo su falda, donde no había indicios de bragas.

—Méteme algún dedo… —me decía al oído—. Cuantos más mejor… Ya verás como vuelve tu erección, cielo…

Y la obedecía en silencio, aunque mi mente estaba lejos de ella. Y sabía que Elsa tenía que estar dándose cuenta, pero se empeñaba en mi boca con mejores artes que al mamarla, lo que hacía estremecerse a mi pene en señal de aceptación.

Cuando María rechazó de nuevo al tipejo que la sobaba, el alivio volvió a mí. Y mi erección intentaba revivir. Y Elsa lo celebraba y volvía a ponerse de rodillas.

María se había vuelto totalmente hacia mí y me miraba, desafiante. Y yo no sabía cuál era su juego, pero si lo que quería era hacerme arder por dentro de furia, lo estaba consiguiendo a la perfección.

El tal Jose se le acercó por detrás, la abrazó y se apoderó de sus pechos, apretándoselos con descaro. Y María mantenía las manos caídas, pasiva. Y se dejaba hacer lo que él quisiera.

Y de pronto lo comprendí todo. Porque aquel tipo no era cualquier tipo. Aquel hombre era yo, era mi imagen, era como mirarme en un espejo. Aquel tipejo —la palabra se iluminó en mi mente en letras de neón— era el profesor de una jovencita que la había obligado a dejarse hacer durante una noche aciaga, degradándola hasta convertirla en una muñeca sin voluntad. Y ahora ella me lo mostraba para que lo entendiera.

Y sentí un odio atroz. Pero ya no era por aquel cerdo, sino por mí mismo. Por el cabrón que la había convertido de una niña pudorosa y tímida en una perra en celo, que podía arrimarse a cualquier desconocido y dejarse sobar sin queja. Y mi pregunta era: ¿hasta dónde será capaz María de dejarse hacer? ¿Existían líneas rojas en su cabeza o aceptaría cualquier cosa a la que la obligaran?

Y, con una punzada de dolor, comprendí que si andaban unos pasos más y se situaban tras el grueso árbol al que se hallaban pegados, ya no podría verla y cualquier cosa que ocurriera allí —o que yo pensara que estuviera ocurriendo— iba a volverme loco. Podría incluso atarla y torturarla como habían hecho con las dos chicas juguetonas.

Cuando el tipejo soltó uno de los pechos y bajó a su entrepierna, una arcada se asomó a mi garganta. Pero cuando observé a María rechazar la mano con gesto enérgico, volví a suspirar.

Jose atacaba sin pausa y ella se defendía… de forma intermitente. Y algunas cosas las aceptaba pasiva y otras las rechazaba, enérgica. Y lo hacía mirándome fijamente, dedicándome la escena. Y me castigaba con plena conciencia de querer hacerlo, a sabiendas de que me hacía sufrir.

El tipejo hizo girar a María sobre sí misma y acercó su cara a la de ella. E intentaba besarla. Y María giró la cabeza y volvió a mirarme. Y adivinaba su pregunta: ¿quieres que le deje?

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Continuará...

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