La Seducción Irresistible de Samil
Samil no es solo un primo rico; es una bestia con una verga que desafía la lógica. Cuando llega a la ciudad, Norma y Benito saben que su vida sexual nunca volverá a ser la misma, pero ¿qué pasa cuando el verdadero amor se enfrenta a la perfección carnal?
Día 1: La Llegada de Samil
El sol brillaba cuando Samil, el primo ricachón de Mutombo, llegó a la ciudad en su Lamborghini negro, haciendo que todos giraran la cabeza. Con su traje de diseñador y su sonrisa arrogante, era puro lujo. Mutombo lo recibió en su apartamento con un abrazo de compadre.
—Primo, ¡qué bueno verte, cabrón! Espero que traigas ganas de joder —dijo Mutombo, con una risita sucia.
—Siempre, especialmente si hay putas y maricones para reventar —respondió Samil, guiñando un ojo mientras se ajustaba el paquete.
Mutombo no perdió tiempo y le contó todo: cómo Norma, la madurita tetona, y Benito, su hijo maricón, estaban locos por su verga, pero Leo, el cabrón de la tienda, seguía intentando meterse en el medio. —Esas zorras no pueden vivir sin mi pinga, pero con la tuya, primo, las vamos a dejar babeando como perras en celo.
Samil se rió, palmeándose la entrepierna. —Mi verga hace que la tuya parezca un puto lápiz. Mira esto —dijo, bajándose los pantalones. Su polla, incluso flácida, era un monstruo: gruesa como una lata de cerveza, larga como un antebrazo, con bolas pesadas como melones.
—Joder, primo, ¡eso es una bestia! —dijo Mutombo, impresionado.
—Cuando se para, es aún peor —respondió Samil, en inglés con acento de ricachón, recordando sus años en Londres.
Mutombo, con una sonrisa de mierda, propuso un plan. —Hagamos una cena esta noche. Invitamos a Norma y a Benito, y tú les muestras ese trabuco. Van a caer como moscas.
—Hecho, primo. Vamos a hacer que esas putas se olviden de Leo —dijo Samil, frotándose las manos.
Esa noche, Mutombo preparó una cena en su apartamento. Norma llegó con un vestido rojo que apenas contenía sus tetas gordas y caídas, mientras Benito se puso unos jeans tan apretados que su culito parecía gritar "fóllame". Samil los recibió con una sonrisa de galán, sirviéndoles vino caro.
—Un placer conocerlos. Mutombo me ha hablado mucho de ustedes —dijo Samil, mirando las tetas de Norma y el culo de Benito con descaro.
Norma, coqueta, batió las pestañas. —Ay, espero que solo cosas buenas, guapo.
—Oh, muy buenas, Doña Norma —respondió Samil, con un tono que prometía problemas.
Durante la cena, Samil los encandiló con historias de sus viajes por Dubái y París, de fiestas en yates y orgías con modelos. Norma no paraba de reír y tocarle el brazo, mientras Benito lo miraba con ojos de perra hambrienta.
Después de la cena, con unas copas de más, la conversación se puso caliente. —Mutombo dice que les gusta la pinga grande —soltó Samil, directo al grano.
Benito se atragantó con el vino. —Eh, sí, algo así —balbuceó, rojo como tomate.
Norma, más atrevida, se lamió los labios. —Bueno, nos gusta disfrutar de lo mejor.
Samil se levantó, se paró frente a ellos y se bajó los pantalones. Su verga saltó libre: un pedazo de carne monstruoso, más grande que la de Mutombo, con venas como cuerdas y un glande del tamaño de una manzana.
Norma soltó un gemido. —¡Virgen santa, qué pinga tan divina!
Benito, con los ojos como platos, murmuró: —Joder, es la polla más grande que he visto en mi puta vida.
Samil se acarició lentamente, haciendo que su verga se endureciera aún más. —Y esto no es nada, putitas. Cuando está al palo, es una bestia.
Norma, sin poder contenerse, se arrodilló frente a él. —Por favor, papito, déjame probar esa maravilla.
Samil la miró con desprecio. —Adelante, zorra. Chúpame la verga.
Norma atacó la polla con hambre, intentando meterse la cabeza en la boca, pero era tan grande que apenas cabía. Gemía como loca: —¡Mmm, qué rica pinga, me estás volviendo loca! —mientras la saliva le chorreaba por la barbilla.
Benito, celoso pero cachondo, se unió, lamiendo las bolas pesadas de Samil. —Ay, papito, sabe a gloria —susurró, relamiéndose.
Mutombo, desde un sillón, se reía. —Eso, putitas, adoren la verga de mi primo.
Día 2: Norma se Entrega
Al día siguiente, Norma no podía sacarse a Samil de la cabeza. Su coño palpitaba solo de pensar en esa pinga descomunal. Decidió visitarlo sola en su suite de hotel, un lugar de lujo con vistas a la ciudad, sábanas de seda y champán caro.
Samil la recibió en bata, dejando entrever su pecho musculoso. —Doña Norma, qué sorpresa. ¿Vienes por más?
—Ay, Samil, no puedo dejar de pensar en tu verga —confesó Norma, quitándose el vestido para mostrar sus tetas gordas y su tanga empapada.
Samil la besó con fuerza, arrancándole el sujetador. —Qué tetazas, puta —gruñó, chupándolas y mordiéndole los pezones hasta hacerla chillar. —¡Ay, papito, muerde más, mmm!
La tiró en la cama y le arrancó la tanga, dejando su coño afeitado al descubierto. —Mira qué chocho tan mojado —dijo, metiéndole dos dedos y haciéndola gemir. Luego, se quitó la bata, mostrando su verga erecta, aún más impresionante que la noche anterior.
Norma se arrodilló y intentó chuparla, pero apenas podía con el tamaño. Samil la agarró del pelo y le metió la polla hasta la garganta, haciéndola atragantarse. —Traga, zorra, traga mi pinga —ordenó, mientras Norma gemía y tosía.
Luego, la puso en cuatro y le metió la verga en el coño de un solo golpe. Norma gritó: —¡Ay, me estás partiendo, pero no pares, joder! —Su chocho se contraía alrededor de la polla, empapándola de jugos.
Samil la taladró sin piedad, sus bolas golpeando contra sus nalgas. —Te gusta, puta? Dime cuánto amas mi verga.
—Siii, papito, amo tu pinga enorme, me estás destrozando el coño, mmm —chilló Norma, teniendo un orgasmo tras otro.
Samil se corrió dentro de ella, llenándola de leche caliente. Norma, exhausta, se desplomó, con el maquillaje corrido y el cuerpo temblando.
Día 3: Benito se Rinde
Benito, furioso porque su madre tuvo a Samil para ella sola, decidió visitarlo al día siguiente. Llegó a la suite, con su culito apretado en unos shorts que dejaban poco a la imaginación.
—Hola, reinita. ¿Vienes por tu dosis de pinga? —preguntó Samil, con una sonrisa de cabrón.
—Samil, quiero esa verga en mi culo —dijo Benito, arrodillándose y bajándole los pantalones.
Samil le metió la polla en la boca, casi ahogándolo. —Chupa, maricón, chupa bien —ordenó, mientras Benito lamía y gemía: —Mmm, qué rica, papito.
Luego, Samil lo puso en cuatro, le lubricó el culo con saliva y le metió la verga de un golpe. Benito chilló como perra: —¡Ay, me estás reventando el culito, pero no pares!
Samil lo folló salvajemente, dándole nalgadas que dejaban marcas rojas. —Te encanta mi pinga, ¿verdad, putito?
—Siii, amo tu verga, Samil, taládrame más —suplicaba Benito, con lágrimas de placer.
Samil se corrió, llenándole el culo de leche. Benito, temblando, se desplomó, su culito palpitando de satisfacción.
Día 4: Orgía con Mutombo
Mutombo, viendo el éxito de su primo, decidió unirse a la diversión. Invitó a Norma y Benito a una orgía en su apartamento. Los cuatro se desnudaron, y Samil y Mutombo, con sus vergas erectas como postes, hicieron que Norma y Benito se arrodillaran.
—Chupen, putas —ordenó Samil, mientras Norma y Benito se turnaban para mamar sus pollas. Norma gemía: —¡Mmm, qué pingas tan ricas! —mientras Benito lamía las bolas de ambos.
Samil folló a Norma por el coño, mientras Mutombo le reventaba el culo a Benito. Luego, intercambiaron. Norma chillaba: —¡Sí, papitos, me están llenando, joder! —mientras su chocho y su culo eran taladrados.
Benito, en éxtasis, gritaba: —¡Ay, me están destrozando el culito, mmm!
La habitación apestaba a sexo, con gemidos, nalgadas y el sonido de las vergas entrando y saliendo. Al final, todos se corrieron, dejando a Norma y Benito cubiertos de leche.
La Confrontación con Leo
Leo, alertado por un vecino chismoso, decidió confrontar a Samil. Fue al hotel y encontró a Norma y Benito saliendo de la suite, con el pelo revuelto y sonrisas de satisfacción.
—Norma, Benito, ¿qué mierda están haciendo? —gritó Leo, con los ojos encendidos de rabia.
—Ay, Leo, lo siento, pero la pinga de Samil es... divina —dijo Norma, todavía jadeando.
—Siii, papi, es demasiado grande —añadió Benito, relamiéndose.
Leo, herido en su orgullo, entró a la suite y encaró a Samil. —Tú, hijo de puta, me robaste a mis zorras.
Samil se rió, acariciándose la verga. —No las robé, cabrón. Ellas vinieron a mí porque quieren una polla de verdad.
Leo, humillado, propuso un desafío. —Vamos a ver quién las folla mejor. Que ellas decidan.
Samil aceptó, y organizaron una competencia. Primero, Samil folló a Norma, haciéndola gritar como loca. Luego, Leo intentó superarlo, pero aunque su verga era grande, no podía competir con el monstruo de Samil.
Benito fue el siguiente. Samil lo reventó, mientras Leo hacía lo mejor que podía. Al final, Norma y Benito, exhaustos, declararon: —Samil gana. Su pinga es insuperable.
Leo, derrotado, se marchó, jurando vengarse.
La Partida de Samil
Una semana después, Samil tuvo que volver a su ciudad. Sin despedirse, se fue, dejando a Norma y Benito destrozados. Llorando, fueron a la tienda de Leo.
—Leo, Samil nos abandonó. Nos sentimos como mierda —sollozó Norma.
—Siii, papi, nos usó y se fue —añadió Benito, con lágrimas.
Leo los abrazó. —Tranquilos, yo siempre estaré aquí para mis putitas.
Esa noche, en la trastienda, Leo les dio una follada épica. A Norma le metió la verga en el coño, haciéndola chillar: —¡Ay, Leo, tu pinga sabe cómo hacerme gozar!
A Benito lo puso en cuatro y le taladró el culo, mientras él gemía: —Siii, papito, me llenas de placer.
Aunque la verga de Samil era más grande, Norma y Benito se dieron cuenta de que Leo les ofrecía algo más: una conexión real. Decidieron quedarse con él, al menos por ahora, mientras Leo planeaba cómo asegurarse de que nunca más cayeran por otra pinga.
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