El moro Nabil
El narrador siempre supo que su sumisión tenía un destinatario específico. Al reencontrarse con Nabil, el antiguo compañero de clase, descubre que el poder no se negocia, se entrega. Y esta noche, la entrega será total.
Tras la mamada de la furgoneta volvía de nuevo a las andadas. Esta vez realicé una búsqueda selectiva a través de Grindr. Mi objetivo era el mismo que el de la última vez que había tenido sexo con un hombre: encontrar otro moro al que chupársela. Cualquiera que utilice esta clase de aplicaciones sabe que los árabes no suelen abundar, o al menos no suelen dejarse ver abiertamente. En realidad no fue del todo complicado, ya que mi nombre de perfil -megustanÁrabes- no dejaba lugar a dudas. Ni siquiera tuve que hacer nada. Me hablaron cuatro, y congenié con uno de ellos, aunque al resto también los agregué a mi lista de contactos; no está uno como para dejar escapar a ningún moro. Habíamos intercambiado un par de fotos, entre ellas una de lo que parecía un buen cipote marrón de esos que a mí me gustan. Yo le pasé de cara y de culo, aunque le remarqué que yo preferia solo chupar. Le dejé claro lo sumisa y zorra que yo era, argumentos que terminaron por convencerle de que podríamos pasarlo muy bien. Otra cosa que no dejé oportunidad de recalcar es que era muy discreto, cosa que los árabes, que no pueden permitirse el lujo de ser gays en público, agradecen siempre. A él parecía encantarle el hecho de que yo fuese especialmente sumiso con los marroquíes, lo cual tenía bastante lógica, pues a los machos les gusta que les recuerden la sumisión que generan en los demás solo por el mero hecho de existir.
Eran las 23:00. Me había citado en el bar de mierda donde los moros del barrio se juntaban para beber té y ver el fútbol. "No podía ser mejor escenario", pensé, puesto que me había imaginado allí mismo rodeado de pollas morenas infinidad de veces. Cuando me mandó la ubicación y caí en la cuenta que era ese bar, la boca se me hizo agua. Estaba realmente nervioso. Él todavía no había llegado, así que decidí refugiarme en un portal desde el que podía ver el bar pero nadie me veía a mí. Entendedme, uno siempre sospecha que pueden hacerle una encerrona.
Finalmente lo vi llegar. Un moro que caminaba con cautela y decisión al mismo tiempo. Miraba en todas direcciones, ya que, probablemente, también temía algún tipo de encerrona. Me quedé con la boca abierta, al menos tan abierta como minutos después lo estaría mientras me tragaba su polla. No podía creerlo, ¡era Nabil!, un moro con el que compartí clase en el instituto. Era un morazo maravilloso con la piel marrón oscuro, cara atractiva y expresión agradable. Era esa clase de macho que te gusta tanto como el hijo de puta rudo, egoísta e irreflexivo, pero sin necesidad de ser ninguna de esas cuatro cosas, pues era un buen tipo. Cuando me dejé ver me reconoció, y no pudo evitar sorprenderse de que yo fuera la puta follamoros que le había asegurado que era. Tenía mucha vergüenza, casi no podía mirarlo a la cara. Él me vaciló educadamente con una amplia sonrisa en la cara. Me pasó un par de dedos por la mejilla condescendientemente y me alzó la barbilla con ellos para que lo mirase a la cara. Sonrió de nuevo, y esta vez yo le devolví la sonrisa.
¡Cuánto tiempo! -dijo- No sabía que eras...
Yo no imaginaba que tú lo fueses -le respondí yo.
En realidad no sé si soy, pero mi gusta ver como muchos blancos maricones con estudios y el triple de pasta que yo si arrodillan delante de mí para que les mee en la boca.
Por poco me explota la polla cuando dijo eso.
Pues creo que yo soy de esos -conseguí decir.
Tira p'adentro -ordenó él.
Me abrió la puerta y me hizo cruzar una cortina. Pasamos a la trastienda del bar y subimos una escalerucha de caracol de madera que llevaba a un altillo. Era una espacio pequeño en el que apenas cabía un colchón, que estaba depositado directamente en el suelo, sin somier ni ninguna otra clase de soporte. Nos recostamos en el colchón y me ofreció un porro y un poco de cerveza. Estuvimos hablando durante unos 15 minutos sobre el instituto y sobre lo que habíamos hecho desde entonces. El ambiente se hacía cada vez más propicio. Súbitamente se levantó, se bajó a la misma vez los pantalones cortos y los calzoncillos y se quedó en chanclas y con un polo en la parte superior. Me tiró los calzoncillos a la cabeza, lo que agradecí internamente. Se estrellaron en mi cara y ya pude percibir el aroma de su polla.
El moro se sentó en el colchón, con las piernas abiertas en jarra y cara de satisfacción sabiendo que tenía una zorra sumisa a su entera disposición. Su polla no parecía gran cosa, al menos mientras se mantuvo en estado de flacidez. La cosa cambió a medida que fue adquiriendo rigidez, alcanzando los 17 cm. Era considerablemente más oscura que el resto de la piel, salvo la parte circuncidada, que era más clara. Era la típica polla de moro, seca por la ausencia de prepucio, algo que siempre me ha encantado. La falta de humedad por la ausencia de prepucio tiene una gran ventaja, elimina malos olores por bacterias, ya que el glande siempre está ventilado. La ausencia de malos olores, además de las ventajas evidentes, permite apreciar el olor a polla pura, que además suele presentar matices de orina. Es uno de los grandes alicientes del nabo de moro. También me fijé en sus pies, otra parte que me encanta lamer. Un 44. Pies feos, oscuros y con algo de pelo en dedos y empeine.
Desde el primer momento, y sin necesidad de que nadie lo dijese, quedó claro que él llevaría la voz cantante y que la única polla que iba a ser chupada sería la suya. Yo era la maricona y él el macho al que había que satisfacer, incluso a costa de mi propia satisfacción. Como ya os he contado en otra ocasión, el placer psicológico que un sumiso como yo obtiene de complacer a un machote, es considerablemente mayor al placer erógeno obtenido por estimulación de los genitales.
Gateé hasta él, y situé mi cara por encima de su polla, que ya empezaba a segregar líquido preseminal. Lamí la punta para saborear tan delicioso néctar. Lo hice con cuidado, para no humedecer el resto del glande y la parte superior del tronco, puesto que quería que conservase la sequedad cuando me lo metiese todo de una en la boca. Acto seguido se cogió la polla y empezó a restregármela por la cara. Como cualquier otra persona yo tenía mis propias preferencias en el sexo, aunque como sumiso me gustaba amoldarme a las preferencias del dominante sin tener que "pedir" lo que me gusta. Cuando ambas coincidían se daba la situación perfecta, puesto que me hacían lo que quería que me hiciesen sin tener que pedirlo, pues como sumiso me encantaba dejarme hacer sin pedir nada. Es lo que ocurrió cuando Nabil me restregó su polla de moro por la cara, ya que pude percibir ese aroma a polla pura antes de que mi saliva lo alterase. La cosa no quedó ahí, y después de restregarla me azotó las mejillas usando su manubrio a modo de porra. Saqué la lengua para que también me la azotase, momento que aprovecho para meterme el glande entero en la boca. Sabía a gloria, a polla seca, a orina, a macho marrón. Poco a poco inicié un suave sube y baja, al mismo tiempo que él empezaba el mete y saca, para lo cual me sujetaba la cabeza situando sus mano sobre mis sienes.
Ah, maricón, aaaah -susurraba él. - Ti gusta polla, ah?
Sobre todo la tuya -dije sacándome su nabo de la boca durante un par de segundos.
El sube y baja era lento, y de vez en cuando retenía su glande entre mis labios, momento que aprovechaba para masajeárselo con la lengua y para pajearle el tronco con la mano derecha. La mayor parte del tiempo mi mano izquierda le manoseaba en círculos los cojones, que eran gordos y peludos. No pasó mucho tiempo hasta que me saqué la polla de la boca y con la punta de la lengua inicié un lento descenso hasta sus huevos, que lamí con delicadeza mientras le masturbaba antes de meterme ambos en la boca.
Acto seguido se levantó sobre el colchón, me quitó las manos de su cipote, y sin sacarme los huevos de la boca, depositó su tranca sobre mi cara de zorra. Sus 17 cm reposaban sobre la parte superior de mi cara, sobrepasando mi frente y llegándome casi al nacimiento del pelo.
Yo le miraba desde abajo, arrodillado, en la posición que merecía y escrutando sus ojos negros y brillantes, satisfecho por el placer que a Nabil le proporcionaba verme dándole placer. Esto puede resultar complicado, pero no lo es. Un sumiso maricón como yo proporciona placer a los machos alfa de dos maneras: una es el placer físico que les suministro llevándome su polla a la boca, la otra es la satisfacción que experimentan al ver que yo casi les doy las gracias por darme la oportunidad de complacerles. Como veis también el sexo de los machos tiene un lado psicológico.
Tras esos instantes de mutuo descubrimiento a través de la mirada, Nabil me sacó sus cojones de la boca y volvió a golpearme la lengua con su polla de moro. A aquellas alturas, y pese a que ya se había entremezclado con saliva y sudor, el sabor de polla moruna había alcanzado su punto álgido y me impregnaba por completo las papilas gustativas. Nabil se la cascó sobre mi boca un par de segundo más antes de volver a ensartarme más de la mitad de la polla en la boca. Empezó otro mete saca nada brusco, pues en aquel momento se recreaba viendo como su polla desaparecía casi por completo entre mis fauces de marica para volver a emerger reluciente. Yo comprendí lo que quería, así que opté por usar solo la boca y me puse las manos a la espalda. De nuevo, prescindir de las manos en una mamada tenía implicaciones de dominio-sumisión, ya que las manos podían emplearse para detener las embestidas de un macho. Una mamada sin manos te dejaba expuesto por completo a lo que tu macho desease hacer. Así actuamos los sumisos. Nabil ejerció su poder con misericordia y siguió con un mete saca rítmico y parsimonioso, casi artístico. Esto paró cuando se percató que yo volvía a mirarle a los ojos con una absoluta gratitud. Decidió premiar mi devoción con un repentino ataque de brutalidad. Mi asió el cráneo por las orejas y me violó la boca durante casi un minuto. Como yo era un mamón de campeonato apenas me produjo ninguna arcada, lo que pareció enfurecerle, pues me abofeteó y me derribó sobre el colchón. Él, no obstante, permaneció de pie, y acto seguido me pisó la cara con el pie derecho. A continuación me pasó la planta del pie por la boca para que se la lamiese. Yo respondí haciéndole una mamada a su dedo gordo. Lamía con pasión, mirándole de nuevo a los ojos. Nabil se puso muy cachondo.
Zorra tu, ah? De rodillas y mi sacas la leche.
De nuevo no pude más que obedecerle, así que cuando me quitó el pie de la cara me incorporé y me puse de rodillas sobre el colchón, que amenazaba con ceder debido a que Nabil estaba de pie sobre él. Cuando fui a echarme su polla a la boca Nabil me detuvo, y acercándose hasta donde se había dejado los pantalones, sacó un cigarro y se puso a fumar al tiempo que volvía a ponerme la polla en la cara.
Chupa ahora -me dijo.
Es algo inexplicable, pero el tabaco está fuertemente asociado a los machos, y verlos fumar es algo que me pone especialmente. Su manera de fumar era viril y desenfadada al mismo tiempo, tal y como era Nabil.
La fase final de la mamada no duró mucho. Tras meterme su polla entera en la boca y tocar de pleno su rizado vello púbico con la punta de la nariz, inicié una mamada frenética. Nabil jadeaba, y noté que estaba sudando bastante, pues de repente me embriagó un intenso olor a sobaco.
Aah, sí, aaaah si, maricona -gemía el moro.
Yo le masturbaba con fuerza, ansioso por recibir su corrida en lo más profundo de mi cavidad bucal. Noté que no faltaba mucho, pues Nabil miraba al techo con los ojos casi en blanco mientras me insultaba en árabe.
El momento había llegado; sin dejar de maldecir en árabe me aprisionó la cabeza y ma la estampó contra su pubis. En ese momentó sus improperios aumentaron en volumen e intensidad, sus cojones se contrajeron y su leche magrebí manó directamente hacia mi garganta. Caliente, espeso y abundante, su semen me inundó la boca y tuve que hacer un verdadero esfuerzo para que no se me derramase. Tragué, tragué y tragué. Y volví a tragar.
Aquel moro había hecho conmigo lo que había querido, y por supuesto continuó haciéndolo, ya que tras tumbarse con las piernas abiertas me ordenó que le limpiara la polla. En aquel momento, y pese a mi carácter sumiso, le pedí que hiciese algo. Nabil sonrió al oírlo, y apenas transcurrido un minuto me dio lo que quería. Sin levantarse tan siquiera empezó a mearme en la boca. Por muy tragón que yo fuese hubiese sido imposible beberlo todo sin desperdiciar alguna gota. Nabil me contemplaba satisfecho. Me había tragado su semen y su orina, era una maricona sumisa de campeonato.
Una sonrisa se le dibujó en la cara.
Cogió el móvil y empezó a enviar un audio en árabe. Lo entendí al instante, estaba fardando y pidiendo refuerzos. Mis sospechas no iban desencaminadas, puesto que al instante me pidió que me quedase. Me ofreció una toalla roñosa para que me secara la cara y me preguntó si me apetecía quedarme.
Ya sabéis: cuando se es una puta sumisa como yo, ¿Cómo decir que no?
Continuará...
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