Xtories

María intercambiada en un coche - Completo (11)

En la oscuridad del aparcamiento, la línea entre la víctima y el verdugo se difumina. Mientras él intenta protegerla, ella demuestra que no necesita ser salvada, sino que es la verdadera depredadora. Y cuando creían haber visto lo peor, un coche de lujo se detiene y ofrece algo mucho más prohibido.

Abel Santos3.4K vistas9.8· 11 votos

Cap. 14 – VIOLENCIA INTOLERABLE

Había sido un polvo tranquilo, casi amoroso, a pesar de la sorpresa final. María no parecía enfadada, después de todo. Se había limpiado la cara a conciencia con las toallitas húmedas, mientras chupaba de nuevo caramelos de menta. Pero esta vez no había necesitado escupir ni se le habían provocado arcadas. Eso me congratuló sobremanera.

—Este numerito ha sido en venganza por lo de la leche del niñato, ¿no? —dijo, acusadora.

—Ni hablar, te juro que ni me he acordado de ese tontito…

—Ya, y yo me lo creo…

Mientras me ajustaba el pantalón, la veía a ella arreglarse la ropa, ponerse los pantis y las bragas y, con una goma que sacó de alguna parte, recogerse el pelo en una coleta juvenil. Luego se empolvó las mejillas y se retocó el carmín de los labios. Quizá intentaba parecerse a Lourdes, pensé. María era mucho más madura, sin embargo, no necesitaba emular a una cría caprichosa. Seguramente solo intentaba sentirse coqueta, estar guapa para mí.

Y doy fe de que lo conseguía. Y contemplaba su belleza embobado. Y no podía estar seguro, pero presentía que le había sentado genial la noche de sexo. Porque el color grana de su piel había desaparecido por completo y la tez de su rostro resplandecía.

Cuando terminó de arreglarse, sacó el móvil de su bolso y se entretuvo con él durante varios minutos. Al final, no pude mantener el silencio y, como en ocasiones anteriores, fui yo el que lo rompió.

—¿Y ahora, qué hacemos?

Me miró un instante. Noté que sopesaba si mis palabras iban con segundas.

—Me refiero a… —quise aclarar—… si quieres que te lleve a algún sitio o si esperamos.

Consultó el reloj en la pantalla de su iPhone.

—Es aún pronto —replicó—. Antes de las ocho no puedo ir a ningún sitio.

—¿Las ocho?

—Sí, a esa hora ya no habrá nadie en mi casa. Mi novio y su hermana trabajan este sábado. Podré ir a darme una ducha y luego saldré con una amiga. He quedado con ella a las diez, no puedo faltar…

—Vale, como quieras —acepté, y dejé que el silencio volviera a envolvernos.

*

No habían pasado ni diez minutos, cuando un coche aparcó con un chirrido de frenos a pocos metros de distancia del nuestro. Observé a una pareja de mediana edad en su interior. Llevaban las ventanillas bajadas y la música muy alta. Del interior del coche salía humo como si estuvieran fumando una cajetilla cada uno.

Tanto María como yo habíamos levantado la cabeza de nuestros móviles y mirábamos la escena como si no hubiera nada más que ver. De hecho, así era, por lo que nos recreábamos en el coche y en sus ocupantes. Estuve seguro de que los dos pensábamos lo mismo. No parecía ser ya hora de que una parejita se acercara por el descampado del parking a jugar a los médicos —sonreí mi ocurrencia—, y menos con aquel torrente de música insoportable.

Cuando la música cesó, oímos lo que de verdad se cocía dentro del vehículo. Aunque los sonidos nos llegaban ahogados, escuchábamos a la pareja discutir a un volumen comparable al que se había disipado al apagar la radio. La voz que predominaba era la de él. Parecía que la estaba atacando verbalmente y que ella solo se defendía.

—No puedo soportar lo que estoy oyendo… —dije—. Es un tipo de violencia que me puede…

María callaba, parecía no querer perderse una palabra, aunque estas no llegaran a nosotros de una forma clara.

—No sé, no me gusta… —insistí—. Es de ese tipo de discusiones que anteceden a los golpes.

—Espera, no te lances —replicó—. Son mayorcitos. Si necesitan ayuda lo veremos pronto, pero de entrada es mejor no entrometerse en una pareja. Te puedes llevar grandes sorpresas.

De nuevo oía a María hablar con una madurez turbadora. ¿Era esta la jovencita a la que había acompañado a casa al comienzo de la noche para escapar de la lluvia?, me pregunté. ¿Y la que se había acojonado jugando a los castigos de Mr. Grey? Desde luego, no lo parecía. Escruté su mirada para entender el cambio que de tanto en tanto se producía en ella, pero María desvió sus ojos.

Olvidé estos pensamientos cuando el hombre sujetó del cabello a su acompañante y empezó a zarandearla.

—¿Y ahora qué? —pensé en voz alta—. Joder, María, yo no me puedo quedar mirando…

—Espera… —respondió—. Aún no es el momento…

—¿Esperar…? —repliqué—. ¿Esperar a qué?

Y de pronto, todo se aceleró. El tipo empujó a la mujer hacia delante y golpeó su cara contra el salpicadero.

—¡A eso…! —casi gritó—. Ahora ya no hay excusa para no intervenir. ¡Será hijo de…!

—¡Me cago en la puta! —vociferé sin poder contenerme. Cogí la pitón de debajo del asiento y abrí la puerta a toda prisa. Por el rabillo del ojo observé a María hacer lo propio por su lado del coche.

Corrí hasta la puerta del agresor y tiré del pomo para abrirla. Estaba cerrada, como era de esperar. Pero el cerdo giró la cabeza hacia mí y, con cara de cabreo por la interrupción, me espetó con mala leche:

—¿Tú que coños quieres?

—¡Lo que quiero es darte un par de hostias…! —dije viniéndome arriba. La experiencia con la voyeur me hacía sentir como el mismísimo James Bond. Y le había perdido el respeto a tipos como aquel, con un cuello tan grueso que parecía dibujado para un cómic de gánsteres. Me arrepentiría de ello en unos instantes, aunque entonces no lo sabía—. ¡Sal de ahí y pégame a mí si tienes cojones, cabronazo…!

Veía por encima del coche que María aprovechaba que el tipo se entretenía conmigo para sacar a la mujer por su lado. Lo hacía con sigilo, para evitar que el cerdo se diera cuenta y la diera un mal golpe al intentar evitarlo.

Yo seguía provocándolo como estrategia de distracción, y le dije varias veces que saliera a pegarme a mí si tenía lo que había que tener. Y entonces el tipo me hizo caso y, abriendo la puerta, empezó a «emerger» del vehículo.

Le costó varios segundos salir de él… porque aquel capullo, además de ser un cerdo, era tan grande como un oso. Solo con verlo acojonaba. Medía casi dos cabezas más que yo y tenía músculos hasta en los párpados. Aquel mastodonte era perro de gimnasio. Me había dado cuenta demasiado tarde. Tragué saliva y levanté la pitón, aunque fue más un movimiento reflejo para disimular el miedo que una amenaza.

El gorila se acercó a mí e intenté golpearle con la cadena. El la cogió al vuelo y de un tirón la cambió de manos. Antes de reponerme de la sorpresa, ya me había soltado un tortazo que me hacía rodar por el suelo.

—¿Decías algo? —dijo el gigante con una risotada—. Te voy a meter la cadenita por el culo, gilipollas…

Me eché las manos a la cabeza para evitar que la cadena me la rompiera, ya casi la sentía encima. Pero entonces, por entre sus piernas, observé a María acercarse a la carrera. Iba descalza, con solo los pantis negros cubriéndole los pies. Estos se mojaban al pisar los charcos producidos por la lluvia de la noche.

—¡Eh, matón…! —dijo mi alumna sin dejar de correr.

Fue un grito salvador, porque el gorila se volvió un instante hacia ella y dejó a medias el golpe que iba a propinarme. Y esto me permitió lanzar un suspiro de alivio y escurrirme hacia un lado para intentar levantarme.

Pero me había adelantado al suspirar tan rápido. María se había pasado al correr aquel riesgo y lo iba a pagar por mí. En aquel gigante cabían no menos de tres o cuatro Marías. Si la golpeaba con la cadena, la mataría.

Hice ademán de levantarme para defenderla, pero de nuevo la muchacha me sorprendió. Y antes de que el gigante terminara de volverse, María había llegado hasta él, se había lanzado en plancha con los pies por delante y, de un golpe con uno de ellos en la corva izquierda, le obligó arrodillarse.

No sé si fue mayor la sorpresa del gorila o la mía propia. Porque aquel golpe no había sido casual. Era un golpe medido, con la fuerza justa y en el sitio adecuado. Y no me cupo la menor duda, aquel movimiento había sido ensayado muchas veces en un gimnasio.

El gigante se levantó de muy mal humor. Y daba un grito de rabia y se lanzaba hacia ella. Y yo seguía en el suelo sin salir de mi asombro.

El hombre oso levantó la cadena y la lanzó hacia María sin más. Y observé a la pitón bajar hacia su cabeza a cámara lenta. Y grité sin poder contenerme.

—¡María, no… corre, aléjate de él, por dios…!

Pero ella no me escuchaba. Y se agachó unos centímetros, echó una pierna hacia atrás y se arqueó lo suficiente como para que la cadena le acariciara el pelo, pero sin siquiera rozar su piel. Joder, ¿aquel movimiento no lo había visto en Matrix? ¿Qué otras sorpresas ocultaba María?

Pero no tuve tiempo de pensar en el porqué de lo que veía, la acción no había terminado.

Mi alumna, tras esquivar la pitón, se echaba hacia adelante y daba un singular salto que la ponía al nivel de altura del tipo. Y lanzaba la palma de su mano y golpeaba con ella la garganta del hombre. Un golpe seco que extraía un chasquido del cuello del gigante.

El gorila se derrumbó y empezó a toser. Y boqueaba como un pez fuera del agua. Y se notaba que le costaba respirar. La mano de María le había golpeado la nuez y le había dejado fuera de combate en menos de… ¿treinta segundos? ¡Joder, aquello había sido un KO en toda regla!

María me miró y sonrió exultante. Pero entonces surgieron mil dudas en mi cabeza. Si había conseguido reducir a un fulano que habría podido matarme con un solo dedo, ¿cómo era posible que yo la hubiera podido manejar durante toda la noche? Aquella especie de tortuga ninja no habría necesitado más que mover una mano para ponerme contra la pared.

O mucho peor.

Entonces, ¿cómo era posible…? Mi asombro no solo no acababa, sino que crecía por momentos. Sentía que todo lo que había pasado aquella noche entre María y yo había sido falso. ¿Fingía mi alumna cuando se negaba a hacer lo que le pedía… al menos durante unos minutos, antes de claudicar? ¿Había yo conseguido someterla, o había sido ella la que me había sometido a mí, de una manera encubierta? ¿Todas aquellas acciones extrañas que le había recriminado eran casuales, o respondían a un fin?

El resumen de mis dudas era sencillo: ¿Había habido algo real en toda la noche? O, de otra manera: ¿había dicho María alguna verdad en todo el tiempo que habíamos pasado juntos en el coche de mi mujer?

*

Mientras las dudas me asaltaban una por una, el gigante se había subido al coche y había salido a la carrera. No nos planteamos detenerle ni por un segundo. Mejor tenerle lo más lejos posible. Sentí alivio por ello, aunque estaba seguro de que al lado de María no tenía que temer a aquel pedazo de mierda musculada. Menuda paradoja.

Mi alumna se acercó a mí sin prisa. Sonreía. Pero su sonrisa se congeló al leer en mis ojos las preguntas que habían surgido tras la desigual pelea entre una chiquilla ninja y un gigantesco imbécil.

Me levanté y, cuando llegó a mi lado, volvió a utilizar la estrategia que tan buenos resultados le había dado en momentos de duda por mi parte durante la madrugada. Lanzó sus brazos por detrás de mi cabeza y se pegó a mí con un ansia inaudita. Se alzaba sobre las puntas de los pies descalzos para alcanzar mi boca. Y comenzó a besarme con ternura, al principio, y con gula y ansia a continuación. Y el calor de sus labios había vuelto y estos de nuevo parecían de chicle. Y le cedí mi boca y la dejé hacer por unos segundos. Porque aquel arrebato me hacía sentir bien.

Muy bien, a decir verdad.

Me sentía perdonado por las cien mil locuras por las que la había hecho pasar en aquella extraña madrugada. Y las dudas, como en veces anteriores, se disiparon ante semejante ataque de amor, de ternura, o de lo que fuera que quisiera expresar María.

—Has sido muy valiente… —dijo cuando separó su boca de la mía—. Has defendido a esa chica sin pensar en ti… Te la has jugado por ella…

La miraba, estupefacto.

—¿Valiente? ¿yo? —respondí—. Joder, María, has zurrado a ese tipo que…

—Ssssh —me interrumpió—. No digas nada… Ahora toca ayudar a esa mujer, que está destrozada. Ven…

Y María me llevó al huerto cogido de la mano, que era lo que había pretendido con aquel ataque de afecto, estaba seguro.

*

Cuando la mujer —Sonia, nos dijo que se llamaba— se recuperó del ataque de nervios, dejó de llorar. Se había limpiado la sangre con las toallitas húmedas de mi mujer y ya presentaba un aspecto más normal. María —con mi ayuda— intentaba convencerla para dejarse llevar a una comisaría y denunciar a su novio. Aún no estaban casados, nos comentó, aunque estaban a punto de hacerlo.

Pero se negó en todo momento a hablar con la policía. Se aferraba a que su hombre era bueno y cariñoso, a pesar de que lo que habíamos visto decía lo contrario. El culpable era el alcohol, repetía, lo había mezclado con cierta medicación y eso le había hecho perder los nervios. Aunque no era eso lo que nos había parecido. María me miraba de vez en cuando. «Una maltratada de libro», decía su mirada.

No lo conseguimos, por más que intentamos convencerla. Nos rendimos y aceptamos su ruego de acercarla a casa de una hermana. Se encontraba ésta cerca del centro comercial donde nos hallábamos. Y eso fue lo que hicimos. Cuando la dejamos en la puerta, nos agradeció la ayuda y se perdió en un portal oscuro.

No pudimos estar seguros de que aquella casa no fuera la de su novio, en lugar de la de la hermana, y de que ella no se fuera a reunir con el cerdo que le había dejado la cara sanguinolenta unos minutos antes.

—No se puede hacer nada —comentó María—. Son personas mayores de edad y tienen la libertad de hacer lo que les plazca. Solo si hay denuncia, hay posibilidad de actuar.

—Parece que hablas con conocimiento de causa —tiré de la lengua a mi alumna con el fin de entender de donde sacaba el aplomo que mostraba ante la difícil situación que habíamos vivido, mientras que se había mostrado como una niña sumisa a solas conmigo—. ¿Cómo sabes tanto del tema?

—Estudio derecho, ¿recuerdas? —me cortó de raíz—. En poco tiempo seré abogada…

Me guiñó un ojo y dio la conversación por finalizada. Ni una palabra más, decía su mirada. Le había vuelto el brillo de niña buena a sus pupilas.

Me pidió que nos volviéramos al aparcamiento y eso fue lo que hicimos.

Cap. 15 – LAS EXTRAÑAS PAREJAS

—¿No quieres que hablemos sobre el tema? —pregunté algo después tras acomodarnos de nuevo en el asiento trasero.

Había apagado la calefacción al notar que ya no hacía casi frío. La ausencia del ruido del ventilador trajo una especie de calma al habitáculo. Parecía que era más fácil hablar de esta manera. Al menos, sin tener que elevar la voz.

—¿Qué tema? —respondió sin mirarme

—Joder, María, ¿qué tema va a ser? —respondí—. De la cría de ganado lanar, si te parece…

Rió un segundo, pero se negaba a hablar. Sus gestos demostraban a las claras que era un asunto del que quería que me olvidase. Se mantuvo en silencio unos instantes.

—Vale, Marcos, no hay mucho que decir… —explicó al cabo—. Sí, voy a un gimnasio y practico defensa personal, y no soy la única chica que lo hace… Fin de la historia.

Me sentí eufórico. Había conseguido que entrara al trapo. Y yo no quería dejar escapar la presa una vez que la había atrapado, aunque solo fuera por una hebra del cabello.

—Ya lo creo que hay chicas a montones que van al gym… —contrataqué—. Pero no creo que haya muchas que dejen fuera de juego a Schwarzenegger en menos de un minuto…

—Ha sido suerte, ¿vale…? —volvió la mirada hacia mí—. Olvídalo… de verdad…

Iba a responder que no podría olvidarlo por mucho que lo intentara, pero de nuevo ocurrió algo que atrajo nuestra atención y que nos obligó a dejar el tema en suspenso. Al menos, de momento. Aquella noche parecía empeñada en convertirse en un road movie o algo parecido. ¿Un parking movie?, me pregunté, sonriendo para mis adentros.

Desde luego, el término le venía que ni pintado. Empezaba a ser agotadora la serie de acontecimientos que no dejaban de sucederse desde que nos estacionáramos en aquella explanada hacía unas horas. Apenas uno terminaba cuando ya se anunciaba el siguiente.

Y yo que había creído que en aquel parking vacío podríamos pasar una noche sin sobresaltos.

En esta ocasión, quien rompía la calma era un todoterreno increíble. De los que te dejan con la boca abierta. Llegó sin mucho ruido, tal vez se trataba de un coche eléctrico o, al menos, híbrido. Al principio temí que el gorila hubiera vuelto con ayuda para vengarse y me tensé. Apunto estuve de saltar al asiento delantero y arrancar nuestro coche para escapar a toda prisa.

No tuve necesidad, sin embargo. Antes de que el 4x4 se hubiera detenido del todo, dos treintañeras —milfs fue la palabra que se dibujó en mi mente— se apearon de él y empezaron a bailar alrededor del vehículo. Se hallaban ligeras de ropa, y no parecían sentir frío.

Abrí una rendija en la ventanilla para oír lo que pudiera llegarnos, mejor estar preparados que ser atacados por sorpresa. Situé una mano sobre la rodilla de María en un gesto protector y mi alumna se aferró a ella. Menudo defensor estoy hecho, pensé, más bien sería ella la que me defendiera a mí si las cosas se complicaban.

Tras las dos chicas, dos hombres de lo más normal —pijos de traje y corbata, uno muy alto y el otro más bajo y regordete— salieron del vehículo y abrieron dos botellas de champán. Repartieron el espumoso líquido en cuatro copas que las mujeres habían sacado de algún bolso y brindaron antes de beber de ellas. Aquello parecía una fiesta de amigos, sin más. Dos parejas celebrando el fin de la madrugada una vez que los bares hubieran cerrado.

Los hombres abrieron el portón trasero del todoterreno y se sentaron sobre una plataforma que se había deslizado a modo de asiento desde dentro del maletero. Los hombres bebían y reían a carcajadas, mientras las chicas… joder… ¡las chicas se abrazaban y unían sus bocas!

Una musiquilla romántica surgió de un pequeño altavoz bluetooth y un baile más que sensual se desató, con las mujeres como protagonistas.

Un giro de la celebración se produjo cuando las dos chicas empezaron a besarse y a manosearse de una forma más que apasionada mientras simulaban danzar. No, no parecía una fiesta de fin de madrugada. Aquello era más bien una reunión sexy. Y parecía estar comenzando.

María se echó a reír y yo no pude evitar unirme a ella. Se había abrazado a mí desde atrás y apoyaba su barbilla en mi hombro. Nuestras caras estaban muy cerca y se rozaban, mi mejilla contra su melena

—¿Qué ocurre esta noche? —susurró—. ¿Es que nadie puede pasar un solo minuto sin sexo?

—Yo no digo nada, ¿eh…? —repliqué, haciendo un gesto en señal de declaración de inocencia.

Las dos chicas seguían besándose y magreándose y el show aumentó de temperatura. Las faldas volaban por encima de las manos, y estas parecían buscar los rincones más oscuros debajo de la tela. Se las veía muy excitadas. Y bastante borrachas.

Los hombres, mientras tanto, aplaudían, silbaban y reían sin parar. Al cabo de unos minutos, se reunieron, intercambiaron unas palabras y se dispusieron a sacar varios objetos de dentro del maletero.

—Aquí va a haber fiesta a lo grande —dijo María al ver como uno de ellos extendía una manta de picnic por el suelo. El drenaje del asfalto había hecho su trabajo y había secado el agua que horas antes parecía querer inundarlo todo.

Mientras, el otro desconocido mostraba una caja a las chicas, que la abrieron y empezaron a juguetear con lo que quisiera que hubiera dentro.

—Oh… oh… —apunté yo—. A que adivino lo que hay en esa caja…

—A ver… se admiten apuestas… —replicó mi alumna.

—Apuesto a que son unos juguetitos de chicas, de esos que se meten en…

Me reía al hablar.

—No digas más… guarro… —rió María, a su vez—. Ya lo he pillado…

En efecto, tras revolver dentro de la caja, dos objetos alargados de diferente color quedaron en las manos de las chicas. Estas se los llevaron a la boca y empezaron a chuparlos con expresiones sensuales, como actrices porno ante una cámara.

Una de ellas pareció pedir algo y señaló la parte delantera del vehículo. El hombre alto abrió una puerta y les entregó lo que parecían haber solicitado: se trataba de las chaquetas de las chicas. Era fácil imaginar que con la poca ropa que llevaban estarían empezando a sentir, cuando menos, algo de fresco.

Una vez se colocaron las prendas, las milfs se sentaron en la manta de picnic, se abrazaron y empezaron a jugar con los consoladores. Por encima de la ropa, primero; por debajo, después. Finalmente, las faldas se alzaron. Las mujeres se introducían los aparatos en los orificios inferiores la una a la otra, riendo y gimiendo a la vez. Y los pijos daban palmas y grititos de ánimo a las chicas para que no pararan. De vez en cuando, renovaban la música que salía del altavoz y los gritos de aliento subían de tono.

—Baja más la ventanilla —dijo María. Su voz se notaba excitada con el show del que éramos testigos privilegiados—. Me gustaría entender algo de lo que dicen.

La bajé a la mitad, pero no creí que el cambio sirviera para mucho.

—Están un pelín lejos —le aclaré—. No vas a pillar demasiado.

—Sssshh… calla… —replicó ella.

Uno de los hombres alzó la mano al tiempo que paraba la música y el show se detuvo. Se reunieron las dos parejas sobre la manta y, de rodillas, parlamentaron unos segundos.

—A ver quién es la primera… —oímos decir al más alto—. ¿Cara o cruz?

Estaban sorteando algo entre las chicas, tal vez un turno para un nuevo juego. Mi boca se había secado hacía varios minutos. La de María seguía abierta con gesto de asombro. Ambos esperábamos expectantes por ver lo que vendría a continuación.

La chica rubia pareció ser la afortunada ganadora del sorteo, aunque fue la otra la que saltaba alrededor, complacida. Parecía que lo que le había tocado a la rubia no era un regalo, precisamente. Y no tardamos en comprobarlo.

De un maletín que el regordete había extraído del maletero del 4x4 salieron unos objetos que volvieron a sorprendernos. El primero eran un juego de esposas. El segundo asemejaba una bolsa que seguramente contendría algún utensilio para el siguiente «numerito».

—No me fastidies que van a hacer una sesión de bondage con la rubia… —susurró María, como si temiera que la fueran a oír.

—Jo-der… —respondí yo. Se me habían acabado las palabras.

No tuvimos oportunidad de preguntarnos qué iba a pasar. En menos del tiempo que se necesita para contarlo, la chica rubia se hallaba esposada con las manos a la espalda. La otra mujer se había situado detrás de ella y los dos hombres a sus pies.

—¿Qué coño va a hacer esa zorra…? —saltó María cuando ya no era necesaria su pregunta, por lo obvio de la escena.

La morena le había introducido la cabeza a la rubia dentro de la bolsa y jugaba a asfixiarla. O, quizá, no solo jugaba, sino que la asfixiaba sin disimulo.

María hizo intento de saltar por encima de mí y salir a ayudar a la chica «torturada», pero tuve tiempo de detenerla.

—Quieta, cielo, ¿no ves que es un juego?

—¿¡Un juego, mis ovarios…!? —espetó María, horrorizada—. ¿Pero es que no ves cómo se retuerce la tía? ¡se está asfixiando!

—Espera… dales unos segundos y veremos… ¿No me dijiste eso con el gorila y su mujer?

Se desinfló mi alumna y ambos nos quedamos mirando la escena, aunque preparados para saltar del coche si era necesario.

Sin hacerse esperar, el gordinflón se desabrochó los pantalones y, recostándose entre las piernas de la rubia, empezó a follarla con grandes embestidas. Al tiempo que la penetraba con furia, le gritaba palabras obscenas que hubieran hecho avergonzarse al mismo marqués de Sade.

—Puta… cabrona… toma rabo… ya sé que te gusta… zorra… Muérete de gusto… Te vas a pajear acordándote de mí… guarra…

La mujer se retorcía y levantaba la cabeza. La morena, sin embargo, la empujaba por la frente y no le permitía alzarla. Y se reía a carcajadas a cada intento. Me recordó las películas de mafiosos, cuando matan a la víctima de turno con una bolsa. Una sensación cercana al vómito se me agarró al estómago.

—Fóllala… más fuerte, capullo… mira cómo se retuerce de gusto… quiere más rabo… rómpele el coño, mamón… —gritaba, a su vez, el otro.

María debía de sentir algo parecido, porque se removía sin poder detenerse.

—¿Por qué coño gritan tanto? —dijo, agitada—. Si está claro que la mujer no puede oírles con esa cosa en la cabeza.

—Los gritos no son para la chica, sino para animarse entre ellos…

La follada del hombre no se alargó demasiado. El gordete se apartó y el alto tomó su lugar. Este, además de las palabras soeces, de cuando en cuando le soltaba una sonora bofetada a la supuesta «violada». La mujer dejó de moverse y se dejó hacer. Tuve el presentimiento de que se les había ido la mano y que la habían ahogado.

La morena reía a grandes carcajadas y manejaba el artefacto de asfixia con soltura. De pronto, descubrimos el truco. La bolsa disponía de un artilugio que permitía abrir y cerrar una válvula de la bolsa, dejando entrar el aire cuando la mujer lo decidía.

La tortura duró varios minutos más, no tuvimos oportunidad para calcularlo ya que no podíamos apartar la vista de la escena. Los hombres, sin embargo, no llegaron a correrse.

Cuando la rubia fue liberada de las esposas, empezó a reír y a hacer carreras detrás de la otra chica, seguramente buscando venganza por lo que le había hecho pasar. Cuando la pilló, ambas se abrazaron y se morrearon unos instantes, mostrándose dispuestas a los hombres para lo que viniera a continuación.

Y el segundo acto no se hizo esperar: la morena se hallaba esposada y colgada por las muñecas de la rama de uno de los árboles en menos de lo que se tarda en decir abracadabra. Se notaba que no era la primera vez que ejecutaban aquel numerito. Se habían servido para ello de una gruesa cuerda sacada del mismo maletín que los otros objetos.

—Joder, me duelen los brazos —oímos gemir a la morena—. ¿No podéis aflojar un poco?

La rubia la mandó callar y le metió algo en la boca para silenciar sus quejas.

—Te jodes, puta… —le dijo con una fuerte bofetada.

Los hombres rieron el gesto de «afecto»

—Juraría que lo que le ha metido en la boca son unas bragas. Las llevaba la rubia en el sujetador.

—Su puta madre… —susurré como única respuesta.

No habían pasado más que unos segundos, cuando los dos hombres empezaron a «violarla» a la vez, uno por delante y el otro por detrás. En este caso, no alcanzábamos a ver si la penetración era real o simulada. Anteriormente, ésta había sido totalmente explícita.

La morena gritaba como un cerdo al que estuvieran degollando, aunque sus gemidos salían amortiguados de su boca taponada. La rubia, por su parte, había sacado una fusta del maletín y le soltaba un zurriagazo de cuando en cuando.

—¡Cállate, zorra! —le decía en cada ocasión—. Te voy a poner el culo morado por puta…

María y yo nos mirábamos de vez en cuando.

—¿De verdad hay gente que disfruta con eso? —preguntó ella con gesto de asco—. Estoy a punto de vomitar.

—Por dios, María, aguanta las ganas… —le dije—. No me jodas que vas a pringar el coche de mi mujer. Si a ellas les mola, pues que se aguanten con lo que les toca. No es tu problema ni el mío.

Tampoco este numerito duró demasiado. Por fortuna para la morena supuestamente «torturada». Cuando la soltaron, la mujer empezó a reírse sin contención, al tiempo que se restregaba los brazos y se quejaba del dolor por la forzada postura.

—¿Te has fijado? —preguntó María, curiosa—. Los tíos no se han puesto condones ni se han corrido en ninguno de los juegos.

—Se estarán reservando para algún otro numerito —pensé en voz alta.

Y con esta suposición, acerté de pleno. No tardaríamos en descubrir la respuesta a aquella cuestión.

*

Cuando el show bondage terminó, el grupo se reunió alrededor de la trasera del coche y charlaron y brindaron varias veces con el champán que parecía no tener fin. Tras apurar una botella, otra aparecía como por ensalmo.

Unos minutos después, parecieron mirar hacia nosotros mientras hablaban. Habíamos imaginado que no nos habían visto y que su fiesta se desarrollaba al margen de nuestra presencia. Pero ahora me daba cuenta de que no era así. Y, tal vez, parte del show nos había sido dedicado.

—¿Qué hacen? —dijo María, incómoda—. Parece que vienen hacia aquí.

En efecto, el hombre alto y la chica rubia se acercaban hacia nuestro coche. En pocos segundos nos alcanzaron y con un gesto de la mano me pidieron que bajara algo más la ventanilla.

.

Continuará...

Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!

...

Podéis seguirme en las siguientes direcciones de X (Twitter):

https://x.com/AbelSantos90

https://x.com/i/communities/1982455651885330650

Continúa en