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María intercambiada en un coche - Completo (10)

El silencio del coche se rompe solo con el roce de la piel y los susurros prohibidos. Él sabe que está cruzando una línea que no debería, pero la mirada de ella lo desafía. Esta noche, la autoridad del aula se invierte en el asiento trasero, y el riesgo de ser descubiertos enciende una llama que ninguno podrá apagar fácilmente.

Abel Santos3.3K vistas9.4· 11 votos

Cap. 13 – LA VOYEUR Y EL ACTO DE (CASI) AMOR

Estábamos en la casilla de salida de nuevo. Y otra vez el silencio se había instalado entre nosotros. Yo la miraba a ella y ella miraba a ninguna parte en el exterior del coche. Aún chupaba alguno de los caramelos de menta que había necesitado después de escupir todo el esperma que Juan le había eyaculado en la boca.

Tenía gesto de enfado, y no era para menos, hasta yo mismo pensaba que me había pasado un poco con aquella tontería del castigo. No sabía por qué lo había hecho, pero no podía negar que había disfrutado haciéndolo. Jugar a ser el amo. Y en algún momento creí entender que ella también disfrutaba de su fingida sumisión. En el caso de que fuera fingida.

—¿Qué hora es? —preguntó tras consultar su muñeca—. A mi reloj se le ha acabado la batería.

—Las cuatro y media —respondí.

Hizo un mohín de fastidio. No cabía duda de que estaba deseando salir de allí, de que aquella prisión la estaba causando un trastorno muy incómodo. Pero seguía sin tener dónde ir sin dar explicaciones, o al menos aquella era la excusa que había dado para no salir huyendo hasta entonces. ¿Era solo una excusa?, me preguntaba. Yo deseaba que lo fuera, pero ¿cómo estar seguro de ello?

La oí suspirar antes de abrazarse a sí misma, en gesto protector.

Con tal de que el tiempo pasara, me ofrecí a ir a por más sándwiches y bebida. A ella le gustó la idea.

—Pero no quiero cerveza, tráeme coca cola, ¿te importa? —pidió—. Ya he bebido suficiente alcohol por esta noche.

—Ok, sin problema —confirmé.

—Ah… ¿y podrías traer un paquete de tabaco…?

—No sabía que fumaras tan a menudo —recordaba haberla visto fumando con Lourdes, pero había asumido que se trataba de una excepción, como en mi caso cuando acepté un pitillo de Juan.

—No suelo fumar… pero esta noche es tan rara, que me apetece…

—Vale, cuenta con ello…

—Gracias…

Cuando volví unos minutos después, estuvimos comiendo y bebiendo mientras charlábamos de fruslerías. Hablábamos sobre todo de lo que nos era común: de las clases, del curso, de los compañeros, de los próximos exámenes.

—¿Me pasarás un par de preguntas al menos del trimestral de enero? —decía, pícara.

—De eso, nada, preciosa… —respondía yo. Una futura abogada no necesita hacer trampas.

—Ni siquiera como favor por lo que te he «querido» esta noche —dijo con puchero de niña buena.

No supe si lo decía en broma o si iba con segundas, pero preferí cambiar de tema. En unos instantes nos encontrábamos hablando de natación. Al parecer tenía una hermana que competiría en los próximos europeos y apuntaba a medalla.

Una vez habíamos terminado la segunda cena de aquella madrugada, fumamos en silencio, las ventanillas abiertas para que no quedara olor a humo en el coche de Sara. Menudo enfado se iba a pillar si quedaban restos de olor.

Mientras fumaba, parecía sumida en extraños pensamientos. No era de extrañar. Era indudable que lo que llevábamos de velada daba bastante sobre lo que pensar. Aquella muchacha debía de haber sufrido más sorpresas en aquella noche que en toda su vida anterior.

—¿Haces esto a menudo? —preguntó de pronto sin mirarme.

Su pregunta, totalmente inesperada, me pilló a contrapié.

—¿Hacer… qué? —tartamudeé.

—Pues… esto… —señaló el interior del coche haciendo un giro con una mano—. Tirarte a tus alumnas en el coche.

—Bueno… este es el coche de mi mujer, ya te lo dije… —respondí burlón—. En el mío no hay ninguna comodidad para ciertas cosas…

—No me tomes por tonta, ¿vale? —respondió airada. El volumen de su voz, sin embargo, seguía siendo bajo, como cansado—. No cambies de tema como si fuera subnormal… ¿Te tiras a tus alumnas aquí, en tu casa o donde sea… o qué?

—No, María… yo… en realidad…

—¿No querrás hacerme creer que soy la primera? No insultes a mi inteligencia, ¿quieres? Eso no se lo tragaría ni la más imbécil…

—Vale… vale… —reconocí—. A veces invito a mis alumnas a tomar una copa y…

—¿Y a follar…?

—Joder, sí, vale… ¡A follar…! —repliqué cansado del juego—. A follar… o no… Cuando tomas una copa con alguien no tienes por qué acabar follando… Y, cuando acabas follando, pues en el coche no es lo más cómodo… Te ofrecí ir a mi casa y tú no quisiste, ¿recuerdas?

Me lanzó una mirada aviesa.

—¿Sólo acabas follando en el coche cuando es… conmigo, entonces?

—No... Joder, María, no te lo tomes como algo personal.

Se incorporó en el asiento y me miró fijamente.

—Vaya, el señorito se ofende porque me lo tomo por lo personal. —replicó—. ¿Y qué debería hacer mientras me obligas a tragarme el semen de un imberbe? ¿Reírte la gracia y dar palmadas? ¿Cuántas veces crees que me he tragado el semen de un tío antes de esta noche, eh, cuántas crees?

Guardé silencio.

—Ninguna, Marcos, ninguna… —confesó en un susurro—. Y esta noche llevo dos corridas en pocas horas. Sin contar la del niño virgen. ¿No es eso personal?

—Vale… lo reconozco… —admití—. Soy un pedazo de cabrón… Pero cálmate, por favor…

Aquella conversación me estaba poniendo de lo más cachondo. Unos minutos atrás mi erección se había mitigado y ya casi había olvidado mi intención de follarme a María en el tiempo que nos quedaba de madrugada. Pero la conversación que había elegido mi alumna para matar el tiempo estaba consiguiendo que me volviera a empalmar como un semental.

Estaba pensando en ello, cuando observé a María mirándome la entrepierna. Moví mis ojos y ella retiró los suyos a toda prisa, huyendo para que no la pillara mirándome. Si mi alumna no estaba haciendo aquello aposta para ponerme a cien, lo sentía por ella, porque lo estaba consiguiendo sin querer y el asunto podría volver a acabar mal.

—Dime qué otras chicas hay… —dijo, ahora más calmada—. ¿Te follas también a Lucy… o tal vez a Marta? Espera, creo que he conocido algunos de tus gustos. Si tienes una favorita, esa debe de ser Laura… Sí… creo que es ella… Aunque apostaría a que te follas a las tres.

Me atraganté y tuve que toser para reconducir la cerveza que en ese momento saboreaba.

—Pero si quieres un consejo, con Laura yo no me la jugaría… Esa chica es muy tierna y se pillará contigo… Apuesto a que terminará contándoselo a tu mujer… Seguro que espera que os divorciéis y que te cases con ella… Las hay muy bobas…

—Joder, María, ¿te importaría cambiar de tema? —resoplé—. Pareces una novia celosa… ¿Es eso lo que te ocurre? ¿Estás celosa? —me vine arriba y exclamé, enfadado—: Pues sí, me follo a las tres que has comentado… y también a tu amiga Aurora y a su hermana, Silvia. ¿Estás contenta? ¿Es lo que querías saber?

—En realidad, no… —dijo con una sonrisa que se me antojó siniestra—. No quería que me contaras tanto… Pero saber que Aurora y su hermana también están en tu lista me parece un dato de lo más interesante.

*

La conversación siguió por derroteros similares hasta que mi erección ya era inaguantable. Apuré la lata de cerveza y tragué el último pedazo de sándwich. A continuación, sin decir una palabra me desabroché el pantalón y me lo quité por los tobillos. Mi pene quedó libre y señaló al techo, ufano. Parecía que le encantaba poder respirar de nuevo.

María me miraba atónita. Seguía mis gestos con los ojos muy abiertos, pero en silencio. Cuando vio que rasgaba uno de los sobres plateados y me colocaba un condón de un tirón rápido, se atrevió a preguntar.

—Pero… ¿qué estás haciendo…?

La miré, irónico.

—Joder, María, ¿tú que coño crees que hago? —dije, burlón—. Me preparo para follarte. Te has empeñado en hablar de sexo y me has puesto a cien.

—Y una mierda… —replicó mosqueada—. A mí no me vas a follar, así que ponte el pantalón y déjate de jugar al machito alfa, que no te pega…

—Vamos, cielo, hazte a la idea de que te voy a romper el coño… —resoplé excitado—. Porque es lo que pienso hacer en los próximos minutos. Y no me repliques si no quieres que vuelva a castigarte.

—Te he dicho que no… —se tapaba con una mano la entrepierna y con la otra los pechos, a la defensiva—. Si estás cachondo te la meneas, pero a mí me dejas en paz.

Le acaricié el culo con ternura. María merecía un buen trato por mi parte, y me prometí a mí mismo que la follaría con cariño.

—Si quieres, te pajeo yo misma… —ofreció, desesperada—. Pero follar no, no me fastidies…

—Verás… —repliqué—. Esto es lo que haré: follarte con suavidad… A pesar de que me la has mamado divinamente al principio de la noche, me falta terminarte del todo… Si no te follo como dios manda, mañana no me lo voy a perdonar… ni tú tampoco lo harás… te lo aseguro…

Solté una risita cabrona y ella se arrugó sobre sí misma.

—No… por dios… —se quejó casi sin fuerzas—. Me dijiste que si me portaba bien me quitarías el castigo… ¿Es que… no me he portado bien?

—Sí, cariño, te has portado genial… Por eso te mereces un premio… Y ese premio es lo que te quiero dar.

—No quiero ese tipo de premios, Marcos, por favor…

Le di un azote de mentira y le espeté, excitado:

—Venga, mi amor, si lo estás deseando más que yo…

—¿Deseando…? Una mierda… —su vocecilla se iba debilitando, al igual que sus reticencias. Estaba seguro de que ella estaba más que caliente. Lo veía en el color de su piel, que se había vuelto a poner tan colorada como al principio de la noche.

—Si no lo desearas, hace tiempo que te habrías ido del coche… —retomé el tono canalla que ya manejaba casi con soltura—. Menuda gilipollez… que no tienes dónde ir sin dar explicaciones… Si de verdad te quisieras largar, pues te vas a la gasolinera 24h y allí esperas a que se haga de día… no te jode… Pero no, la nena se queda con Marcos porque espera que se la terminen follando, que a pesar de haber mamado dos veces, la niña quiere postre… Quiere que la follen como a la novia de Juanito… bien fuerte… ¿me equivoco?

—Vete a tomar por saco… —dijo, pero supe que estaba dando en el clavo. Los ojos le brillaban especialmente y yo entendía de chicas. Si María no estaba cachonda como una perra me dejaría cortar los testículos.

—Vamos, no me hagas esperar… —espeté—. Quítate las bragas…

Se puso las dos manos en la entrepierna, a la defensiva.

—No… no las llevo puestas…

—¿Lo ves? —reí bajito—. ¿Quieres una señal más evidente?

—No es por eso… imbécil… No me las he puesto porque se enredaron con los pantis y no sé qué hiciste con ellos. ¿Dónde los has puesto? Te dije que son prestados, como se me rompan o los pierda te juro que…

—Anda, no te enfades, cielo… mira… —le dije señalando al portaobjetos de la puerta de su lado—. Ahí están tus pantis, sanos y salvos… Las bragas deben de estar enrolladas en ellos.

Los cogió con las manos e hizo intención de comenzar a ponérselos por los pies. Se los quité de un tirón y los arrojé al asiento del copiloto.

—Eso luego… ahora follemos cuanto antes, que se me va a bajar la erección…

Me acerqué a ella para atraparle la boca. Sabía que en cuanto la tuviera, María estaría entregada y podría hacerle lo que quisiera. La apartó un instante, pero esta vez no se la cubrió con las manos.

Alcé una mano con la intención de sujetarle la barbilla, pero no me hizo falta. Porque ella giró la cara y abrió los labios, al tiempo que cerraba los ojos. Y le aprisioné la boca y volví a sentir el sabor de su saliva. Y en este caso tenía un toque a sal y a mentol al mismo tiempo. Y no quise pensar en la sal porque imaginaba de donde provenía el sabor. Y decidí concentrarme en el mentol de los caramelos, y le comí la boca por dentro y por fuera a placer.

Ella, rendida, no oponía resistencia… De hecho, no la había puesto desde el inicio. Y, mientras la besaba, le trabajaba por debajo de la falda y ella abría las piernas para que mis dedos entraran y salieran de su interior sin impedimentos. Y mi calentura crecía aún más por momentos. Y me iba a poder follar a María sin más dilación, y sin resistencia por su parte. Y el corazón me latía a mil por hora.

—No entiendo por qué tienes tantas ganas de hacer esto… —dijo, cortándome el rollo por un instante—. Te has corrido en mi boca no hace tanto y acabas de vaciarte con esa niña. ¿Cómo es que aún tienes ganas… y capacidad para hacerlo de nuevo?

Me había dejado helado. Su tono era mimoso, como el de una novia.

—Esa cría es muy puta, pero…

—No digas eso de ella, asqueroso… es solo una cría… aún no ha cumplido los veinte…

—Vale… lo retiro… —dije, mientras le metía un tercer dedo y ella gemía bajito…—. Lo que quiero decir es que le gusta mucho el sexo, pero es una imberbe, en eso creo que estamos de acuerdo. Yo con una niña así no tengo ni para empezar. Lourditas no ha conseguido vaciarme, no temas. Necesito una hembra como tú para vaciarme de verdad.

—¿Eso es lo que soy para ti? —dijo con un gemido—. ¿Una hembra? ¿Lo dices como macho alfa…?

Hablaba retorciéndose de placer, mientras la sobaba por entero.

—Joder, María, no me malinterpretes… —dije liberando sus tetas por debajo del jersey y la blusa y chupándole los pezones erectos como cuernos de caracol—. Ya sabes a lo que me refiero… Ella es un bebé…

—No soy mucho mayor que ella… ¿lo recuerdas? —replicó, y dio un saltito de placer.

—Pues lo pareces… te lo juro… —parecía que se trataba de un simple piropo, pero lo decía muy en serio—. Eres muy madura para tu edad… Nunca diría que tienes los años que aparecen en tu ficha de estudiante ahora que hemos intimado. Tú eres una auténtica…

—¿No irás a llamarme «puta»…?

—Joder, no… una auténtica MUJER… con mayúsculas…

—Vale… vale… chupa así… así… más… —gozaba con mis caricias y eso me hacía feliz. No quería que aquello fuera un acto unilateral, quería… necesitaba… que ella disfrutara conmigo.

Sin que lo esperara, me besó y luego me tomó la cara con las manos y apoyó su frente contra la mía. Un hilo de saliva unía nuestros labios y ninguno de los dos quiso romperlo.

—Quiero decirte algo…

—Dime, cielo… —le respondí frotando mi nariz sobre la suya.

—No me importa que lo hagamos… —más que hablar, suspiraba agitada.

—¿De veras…?

—Sí… yo también quiero esto… —reconoció—. Pero no quiero que follemos… Me parece asqueroso…

—¿Entonces…?

—Quiero que hagamos el amor…

Una punzada se me clavó y me produjo un escalofrío, pero esta vez en el corazón.

—Sí, cariño, hagamos el amor… —repliqué.

—Vale… gracias…

—Por dios María, no me des las gracias…

—Lo siento…

Le sellé los labios con un dedo para evitar que siguiera pidiendo disculpas, cuando era yo quien debería estar haciéndolo. Solo así podría perdonarme a mí mismo. Porque ella tenía razón, yo también quería hacerle el amor, quería amarla como amigo… como un amigo muy íntimo. Amar a María se había convertido en una dulce obsesión. Las horas pasadas con ella en aquel coche me habían hecho olvidar al resto de mujeres con las que había estado. Empezaba a necesitarla a mi lado mucho más que una noche. Aquella muchacha iba a ser mía durante largo tiempo, decidí en aquel momento.

Me eché hacia atrás, liberándole los pechos.

—Venga, cielo, remángate la falda en la cintura y sube la pierna izquierda sobre el asiento, como antes —ordené, aunque con modales suaves—. Así puedo acceder a ti sin problemas.

Hizo lo que le pedía y en un segundo estaba en disposición de penetrarla sin gran problema de espacio. Aquel coche estaba dando un juego increíble para nuestras travesuras. Y daba gracias al cielo por la coincidencia del atentado a mi coche. Y el cabrón que me había pinchado las ruedas no sabía el favor que me había hecho.

Me incorporaba sobre ella para penetrarla cuando me detuvo un segundo.

—Espera… Ponme algo bajo la cabeza para que esté más cómoda.

Busqué toda la ropa desperdigada por el coche, la doblé lo más cuidadosamente posible y la puse bajo su melena. Ella me dio las gracias y se colocó el pelo, coqueta.

—¿Lo deseas…? —le susurré. Necesitaba oír su aceptación una vez más antes de seguir.

—Sí… sí… hazme lo que quieras… —suspiró, excitada.

Ahora sí, me erguí sobre ella y la penetré hasta el fondo. Mis testículos rozaron sus nalgas y sentí un hormigueo en ellos muy agradable.

—Espera… para… —dijo con gesto de dolor—. Me haces daño…

Le levanté la pierna derecha para acomodar su cintura en una mejor posición para mis embestidas.

—Espera… es la pierna… —le decía, mientras la manipulaba—. Te la pongo mejor… así… ahora… ¿qué tal?

—Mejor… sí… mejor… ufff… —suspiró de nuevo y cerró los ojos un instante. Solo un instante.

Porque las sorpresas no parecían tener fin aquella noche.

Tan pronto como empecé a embestirla, María se izó agarrándose al asiento delantero y, mirando hacia el parabrisas, comenzó a exclamar.

—¡No…! ¡No…! —decía con grititos agudos.

La miré alucinado. ¿Otra vez el puto parabrisas? ¡Qué coño había allí que le atraía tanto!

—¿Pero qué puñetas haces…? —dije bastante mosqueado.

—¡No quiero… no quiero! —repetía ella.

La agarré de la cara haciéndole una pinza en los carrillos tal que la boca se le convirtió en un cero arrugado.

—¿Pero se puede saber qué te pasa… zorra? —espeté mosqueado—. Joder, hace un segundo hemos acordado hacer el amor y ahora…

María abrió los ojos y se disculpó, azorada.

—Lo siento, lo siento… Marcos… pero no me llames zorra, por favor… —dijo con voz de niña—. Es que… es que… ha sido una noche de muchos nervios y ya no sé lo que digo ni lo que hago… Lo siento de verdad… te lo prometo… no volveré a hacerlo.

—Joder, María, me estás volviendo loco —dije saliéndome de ella y apuntando con la mano a mi pene—. Mira, hasta mi amigo se me ha encogido del susto… Y… vale… lo siento… soy un bocazas… te juro que no volveré a insultarte…

—Gracias, Marcos, eres muy bueno conmigo… —replicó cariñosa, haciendo que la mandíbula se me desencajara. ¡Joder si era verdad que aquella muchacha estaba de los nervios! Cambiaba de forma de comportarse y de hablar a tanta velocidad que parecía que tuviera dos o tres personalidades distintas.

Me masturbé con premura para que mi erección retornara. La vulva de María palpitaba debajo de mí.

—Por cierto —se me ocurrió preguntar mientras movía mi mano adelante y atrás—. ¿Por qué miras tanto al parabrisas delantero?

—¿Co-cómo…? —replicó ella tartamudeando—. ¿Yo…? ¿Al parabrisas delantero…?

—Sí, eso he dicho —hablaba sin dejar de meneármela. Tenía prisa por volver a la faena, aquella interrupción me molestaba, pero la curiosidad me había podido en esta ocasión—. Lo has hecho varias veces durante toda la noche.

—Ni hablar… —protestó ella—. Deben de ser imaginaciones tuyas… No sé… habré mirado a la lluvia… supongo…

—De eso, nada… —repliqué—. Te he visto hacerlo… y en los momentos más raros, por cierto… ¿Qué quieres que te diga? A mí me parece un comportamiento de lo más extraño…

—Te prometo que yo no…

La corté con sequedad.

—Además, me has hecho unas fotos justo en el momento en que le follaba la boca a Lourdes. No sé qué juego te traes, pero…

—De verdad que no hay ningún juego, Marcos… —se defendía—. Simplemente os fotografié porque me estaba poniendo muy caliente la escena… Con esa foto me voy a tocar mucho acordándome de esta noche… Te lo contaré en clase y nos reiremos, ya verás…

Se me escapó una sonrisa y María aprovechó mi bajada de guardia para cambiar de tercio. Irguió su cadera a la búsqueda de mi pene y empezó a rogarme que la penetrara de nuevo. Era obvio que quería cambiar de tema, pero sus palabras me tocaron profundo en el corazón y se me nubló el juicio.

—Vamos, cielo… —dijo melosa—. No esperes más… estoy muy cachonda… hazme el amor… Si no está dura del todo, dentro de mí se te pondrá como una piedra… ven… por favor… métela… métela…

Recordé las palabras de Juan: «esta es de las que no quiero, no quiero, pero en cuanto lo prueban, no quieren soltarlo».

El asunto del parabrisas —y el de la foto— desapareció de mi lista de prioridades y se la volví a introducir de un golpe. María lanzó un «Mmmm» tan apasionado que mi pene retomó su dureza habitual con un fuerte cabezazo.

*

Unos minutos después, culeaba a María con embestidas medidas. Había varias razones para no empotrarla con fiereza. La primera era que no quería hacerle daño. La segunda, y más importante, me preocupaba la duración de la faena. Si me movía aprisa, me iba a correr rápido —María era mucha hembra y me ponía a doscientos, en eso no le había mentido— y quería que ella y yo llegáramos al clímax al mismo tiempo.

Por otro lado, debo reconocer que mi miembro no era tan largo como el del chaval que había compartido a su cuñadita con nosotros, aunque yo estaba orgulloso de su anchura. Todas las chicas que habían pasado por ella habían estado de acuerdo en que un pene ancho es casi mejor que uno largo.

Y, por ello, con un culeo lento podía permitirme no solo moverme adentro y afuera, sino también en redondo, hacia los lados, haciendo que María sintiera su vagina llena de mí. Y ella resoplaba bajito, y yo sobreentendía que lo estaba pasando bien, con la poca urgencia de un polvo lento y pacífico.

—¿Qué tal estás, cielo…? —le dije mientras le mordía los labios.

—Bien… ufff… muy bien…

—¿La sientes dentro?

—Sí… está toda dentro… me llena entera… es… deliciosa…

—¿Te culeo más fuerte…?

—No… ahora… no… cuando empiece a correrme…

—¿Te queda mucho?

—Sí… un poco… pero lo prefiero así… despacio… ayyy…

—¿Te… te he hecho daño…? —dije asustado.

—No tonto… ha sido un espasmo de gusto… tu pene es muy gordo… me debe de tocar algún punto clave, porque de vez en cuando me da un latigazo… es la gloria bendita… ¿Te correrás conmigo?

Casi me ruboricé. Aunque estaba acostumbrado a lindezas semejantes por parte de otras chicas, oírlo de labios de María, con el trabajo que me había costado vencer su reticencia, era refrescante y alimentaba mi ego.

—Claro, cielo… —afirmé para que se sintiera tranquila. Aunque por la cabeza se me estaba pasando una idea distinta. María se iba a cabrear si la llevaba a cabo, pero no sabía si podría hacerme cambiar de opinión aquel potencial enfado. La lujuria que me empujaba era muy fuerte.

—Marcos… —volvió a hablar ella—. ¿Te gusta más hacerlo conmigo o con Lourditas?

Volví a notar un toque de celos en los comentarios de María.

—Son… —busqué las palabras—… Son polvos distintos… A ella le va mucho la marcha… es muy puta… uy, lo siento… quiero decir… muy apasionada… Le gusta que la follen muy fuerte, que la hagan daño… Es puro nervio masoquista… Tú eres más… dulce… A ti me gusta follarte así, despacio… Al mismo tiempo que te como la boca y las tetitas.

Le di un mordisquito en un pezón y ella dio un saltito y rió la broma.

—No me gusta que llames puta a una chica solo porque le guste disfrutar de su cuerpo… Las chicas, somos «putas»… y vosotros sois «machotes», ¿no…? Eso es una asquerosidad machista… Porque, ¿cómo llamarías a su novio, que la va prestando por ahí como a una vaca para que la ordeñen tíos desconocidos? Seguro que no es la primera vez que lo hace, el muy marrano…

—Oye, oye… que la chica estaba de acuerdo… Tampoco es culpa de Juan…

—Vale, en eso tienes razón… Ella misma me ha dicho que aceptó, que estaba nerviosa, pero al mismo tiempo muy excitada… Y se lo ha pasado genial, me lo ha confesado… Le has echado un polvo de órdago, según me ha dicho… jajaja.

Reí con ella y le pregunté inocente.

—¿Y no te ha confesado… lo otro…? ¿Lo más interesante…?

—¿Qué… otro…?

—Lo de Juan y…

—No sé a qué te refieres… ¿Qué pasa con el tontito de Juan…? —dijo agarrándome del pelo y levantando mi cabeza, al tiempo que me obligaba a soltar mi boca de su cuello. Comprendí que aquello no se lo había comentado Lourditas y un latigazo de placer me recorrió al notar la curiosidad en su mirada.

Reí bajito y me hice el despistado.

—¡Habla…! —dijo pellizcándome el culo.

Di un salto de dolor antes de hablar.

—Ay, joder… Vale, ya te cuento… Pues resulta que el tontito de Juan, de tontito no tiene nada…

—¿Qué quieres decir…?

—Pues, María, cariño, que nos ha engañado… Que Juan no es el novio de Lourditas…

—¿Me vacilas…? —replicó levantando la cabeza. Se la bajé con suavidad y la culeé más fuerte como castigo por haberlo hecho.

—Ayyy… me haces daño… dame más flojo, Marcos, por dios…

—Bueno… perdona… déjame que te cuente…

—Venga, dime…

Me relamí los labios y empecé a contarle la historia.

—Lourdes no es la novia de Juan, sino su cuñada…

—¿¡Qué!?

—Pues eso… La novia de Juan es en realidad la hermana melliza de Lourdes…

—¡Ostras! ¡No me lo creo!

—Que sí, te lo juro… Me lo ha contado Juan y yo le creo…

—¡Vaya…! Y entonces serán iguales… ¿no…? ¿No se habrá equivocado Juan de hermana…? Jajaja.

—¡Qué va! —repliqué—. Por lo visto, no se parecen en nada. Ni en lo físico ni en el carácter. Según Juan, una es demasiado puta… perdón… apasionada… y la otra, su novia, demasiado sosita…

—¡Vaya por dios…! —dijo María con un espasmo de cadera. Debía de haberle tocado alguna zona sensible dentro de ella—. Eso me hace pensar en cosas que me ha dicho antes Lourdes, parecía alucinada con el tamaño del… eso… como si nunca se lo hubiera visto… Será guarra… jajaja.

—Ya te digo…

—Pero, entonces, ¿qué hacían juntos… y tan acaramelados en el bar…?

—Pues ahí está el meollo de la cuestión… —expliqué—. Resulta que Juan la tenía ganas desde hace tiempo y aprovechó que ella estaba cabreada porque el novio se ha ido con los amigotes a ver no sé qué partido en Inglaterra. Total, que Juan se la ha llevado por ahí para follarla todo lo que le den de sí las pelotas durante el fin de semana.

—¡Qué pedazo de marrano…! —exclamó malhumorada—. Y la novia de verdad, ¿qué dice?

—Esa no sabe nada, la muy sosa… —respondí—. Juan me ha comentado que la echó un polvo rápido para que se durmiera y luego se largó diciendo que se iba a encerrar en su casa a estudiar todo el finde. Cuando lo que en verdad va a hacer es follarse a la hermana hasta que le duelan los huevos.

—¡Ostras! ¡Eso no puede ser! Hay que hacer algo, esa pobre chica…

—¿Pobre…? —Me erguí ligeramente sobre ella—. Esa muchacha está encantada de follar con Juan… ¿Tú has visto con qué ganas pedía que la folláramos duro? Necesita liberarse del novio gilipollas y que la den lo que ella precisa. La prueba es que a ti no te ha dicho nada, ¿no…?

—Pues no… es verdad… Supongo que me habría pedido ayuda de haberla necesitado… Pero se la veía muy feliz y en calma después de… eso, ya sabes…

—Lo que yo te digo… —reafirmé—. Y, por cierto, ¿de qué habéis hablado ella y tú, tan amiguitas…?

—No sé… de nada… de cosas de chicas…

—Pues ahí lo tienes… Si hubiera estado a disgusto con la polla de Juanito, te habría pedido ayuda, digo yo… Por cierto… ¿Has visto que pedazo de minga tiene el chaval?

—Joder, a mí me lo vas a decir… Casi me rompe las cuerdas vocales el muy animal… La próxima vez que te empeñes, se la chupas tú de mi parte, a ver qué tal te sabe…

Reímos los dos la ocurrencia. Luego callamos y seguí culeándola rítmicamente al tiempo que la comía la boca con el máximo deleite para ambos.

*

Súbitamente, oí un ruido en el exterior y levanté la cabeza. Una sombra se arrimaba al árbol que estaba a la derecha del coche —y frente a mí—, como intentando pasar desapercibida. Debía de haber dado una patada a un bote de refresco y eso era lo que había llamado mi atención.

Interrumpí la faena y me incorporé un poco. María, sorprendida, se irguió apoyando los codos en el asiento y me miró.

—¿Qué pasa? ¿Por qué paras? —preguntó—. ¿Has visto algo raro?

—Sí… —respondí—. Creo que tenemos compañía…

Mi alumna bajó la cabeza a toda velocidad y se tapó la cara con las dos manos.

—No me fastidies… —dijo—. asquerosos mirones…

La figura se separó del árbol y avanzó unos pasos cautos hacia nosotros. Estaba claro que no se había percatado de que ya conocíamos su presencia. Introduje la mano bajo el asiento del conductor y extraje un objeto que podría servir como arma en caso de problemas.

—¿Por qué no nos vamos a otro sitio? —siseó María—. Me está entrando miedo…

—Tranquila, cielo —intenté calmar su angustia—, tengo un quitamiedos excelente. Mira…

Le mostré el objeto que había extraído de debajo del asiento.

—¿Qué es eso?

—Se llama «pitón» —expliqué—. Es una cadena de acero reforzado que se usaba en otros tiempos como antirrobo. En los coches actuales ya no es útil, pero como arma intimidante es infalible. Si le arreas con esto a alguien y no sale corriendo es porque le has dejado jodido.

Reí en un susurro para rebajar la tensión. María no parecía relajarse, sin embargo.

—¿Para qué llevas eso en el coche? —preguntó—. ¿Te gusta meterte en peleas?

—Oh, no… —me justifiqué—. No soy yo quien la lleva… Recuerda que este coche es el de mi mujer… Ella es la que quiere tenerla cerca por si alguien se propasa. A veces se ha sentido intimidada por algún imbécil, pero con solo tocar la pitón en su escondite se siente a salvo.

La figura había avanzado varios pasos más mientras hablábamos. Yo intentaba aguzar la vista, sobre todo para comprobar si el voyeur iba solo. Asumía que sería así, si se trataba realmente de un tipo de esa clase, aunque nunca se sabía si sería algo peor, tal vez un ladrón… o varios.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal.

Tan pronto como el extraño abandonó la penumbra del árbol, la parte baja de su indumentaria quedó iluminada por la claridad que llegaba de la gasolinera 24h. El voyeur llevaba un abrigo tres cuartos que le llegaba a medio muslo. Por debajo de él asomaba una falda.

¡Joder! El acosador no era un hombre, sino una mujer. Aquello rebajó mi aprensión, aunque hizo crecer mi asombro.

—No es un hombre, sino una mujer… —exclamé—. ¡Es una mirona!

María abrió los ojos tanto que pensé que los globos oculares se le saldrían de las cuencas. Se dejó caer hacia atrás y se volvió a tapar la cara con las dos manos.

—¡No me fastidies…!

—No te preocupes, cielo —le dije—. Estamos muy lejos de tu casa. Es muy raro que sea alguien que te conozca.

Ella no dijo nada. Respiraba agitada, sin embargo, angustiada por la situación.

—Se está acercando —comenté—. Si da dos pasos más, voy a verle la cara y sabré si lleva algo en las manos para hacernos fotos o algo así. La muy guarra se querrá tocar ahí abajo con lo que vea, digo yo… Si no, ¿qué coños hace una tía en un sitio tan solitario como este a estas horas? Hasta podría cruzarse con un violador.

La extraña vestía con ropas elegantes, observé. Esto hacía más insólito su comportamiento. ¿Una mujer refinada que se acerca a espiar a una pareja en su coche para saciar un apetito insano como si se tratara de un cerdo baboso…? Joder, no… se me hacía imposible comparar la escena que se estaba produciendo delante de nuestras narices con nada conocido. Ni en el cine se debía de haber visto algo semejante.

A punto se hallaba la voyeur de mostrarme su cara cuando se detuvo. Parecía alarmada. Quizá se había dado cuenta de que la había descubierto. O, tal vez, simplemente notó que en un metro más su figura estaría iluminada por completo, aunque fuera solo por la claridad relativa de la gasolinera.

—¿Sigue ahí? —preguntó María sin quitarse las manos de la cara. Se había sentado en el asiento y se había recolocado la ropa de la mejor manera que había conseguido.

—Sí, sigue ahí… —respondí.

—¿Crees que podría ser Lourdes? Tal vez se le ha perdido algo y vuelve a buscarlo…

—No, no creo… —repliqué—. No le veo la cara, pero esta mujer viste diferente. Además se nota que no es una jovencita, es bastante mayor que la cuñada de Juan. Por cierto, no la puedo ver bien, pero parece que tiene el pelo corto como…

Me quedé cortado.

—¿Cómo quien…? —apremió María.

—Joder… ¡como mi mujer…!

—¿Qué bobadas dices…? —La oí tragar saliva—. ¿Cómo va a ser tu mujer? ¿No estaba en el extranjero?

—¡Me cago en su puta madre! —dije alucinado—. Esa figura… esa cara que solo se ve en penumbra… ¡Si no fuera porque Sara está en Suiza, casi juraría que es clavada a ella!

María alzó la cabeza, pero no miró hacia la calle, sino que me miraba a mí.

—Eso es una tontería, Marcos —hacía bastante rato que no me llamaba por mi nombre y me sorprendió al pronunciarlo—. Eso es por el sentimiento de culpa que tienes… ¿Qué narices iba a hacer tu mujer aquí, en Madrid, mientras tú te tiras a una de tus alumnas? ¿Crees que tendría ganas de hacernos unas fotos para luego tocarse en la cama pensando en su maridito?

María se había puesto irónica, pero tuve que darle la razón, aquella idea era totalmente absurda. Aunque cualquier posible explicación a lo que estaba ocurriendo sería una total estupidez. No había una respuesta lúcida para la situación que se había formado en el parking de aquel centro comercial a esa hora intempestiva de la madrugada.

—Espera… —dije, sobresaltado.

—¿Qué pasa…? —preguntó.

—¡Se va!

—¿¡Se va!?

—Sí… —respondí—. Creo que se ha dado cuenta de que la he pillado.

María se giró y se atrevió a mirar por la ventanilla. La extraña se había alejado del coche andando hacia atrás y, al pasar el árbol, se había vuelto a toda prisa y había echado a correr.

Me puse los bóxer a toda velocidad y cogí la pitón. Luego abrí la puerta con la intención de salir del coche.

—¿Dónde vas? —preguntó María, alarmada. Me había cogido por un brazo y tiraba de mí—. ¡No me dejes sola, por favor! ¡Tengo miedo…!

—Tranquila, no tardo nada… —dije tirando del brazo para zafarme de ella.

La tenaza de María era realmente fuerte. Tuve que dar varios tirones para conseguir soltarme de ella. Un rayo de duda cruzó por mi mente. Si María hubiera utilizado la fuerza que ahora demostraba tener, todo lo que había pasado en el coche aquella madrugada no habría llegado a ocurrir. ¿Eran imaginaciones mías o María guardaba más secretos de los que yo podía imaginar?

Sin embargo, la voyeur se me escabullía y no podía detenerme a elucubrar. Así que me calcé los zapatos rápidamente y salí a la carrera detrás de la extraña.

Al pasar el árbol, descubrí un jardín bien cuidado que bajaba en pendiente hacia la calle principal. Pero de la voyeur no vi ni rastro. Corrí sin control, sin saber si llevaba la dirección correcta. Al llegar a la avenida miré hacia todos lados. No había ni un alma alrededor.

De pronto, un ruido de motor se unió a unas luces rojas que se encendían. Alguien está a punto de huir, me dije. Y, efectivamente, un Fiat 500 salió de entre la fila de coches aparcados a unos veinte metros de mí y tomó la avenida a toda velocidad.

No me dio tiempo a ver quien conducía el vehículo ni a anotar su matrícula.

*

Unos instantes más tarde me encontraba de vuelta en el coche. Estaba decepcionado, pero al mismo tiempo orgulloso de mi arrojo. No había sentido ningún miedo por la situación, sino que la había afrontado con valentía y resolución. Yo, que lo normal es que me hubiera acojonado —había sido un niño blandito en el colegio—, había perseguido a una delincuente y la había hecho huir. Toda una hazaña. Y aquella hazaña había revivido mi erección. Incluso la había multiplicado.

Tras cerrar la puerta, le hice una seña de negación a María con la cabeza.

—Nada… se me ha escapado.

—¿No has llegado siquiera a ver quién era?

—No… Ha corrido más que yo… —respondí con mal genio—. Aunque si no me hubieras retenido, la habría pillado.

—¿Estás enfadado? —dijo poniendo morritos de niña buena.

—No, no te preocupes… —le respondí con una caricia en la mejilla.

Sin hablar más, me descalcé con un gesto rápido y me despojé de los bóxer de un tirón. María me miraba alucinada.

—¿Qué… qué vas a hacer? —preguntó.

—Pues… seguir con lo nuestro, por supuesto —respondí.

—Por dios, Marcos, con todo este jaleo a mí se me han quitado las ganas… ¿Te importa dejarlo para otro día?

—Ni de coña —repliqué—. Esta noche ha sido accidentada, pero el resumen es lo que importa: aún no te he terminado de foll… digo… de hacerte el amor y necesito terminarte de una vez…

—¿Terminarme? ¿Otra vez con el mismo rollo? —puso expresión de sentirse ofendida, y probablemente lo estaba—. Esa palabrita me está dando ganas de vomitar. ¿Qué es lo que soy, según tú? ¿Una lata de cerveza a la que hay que sorber hasta la última gota?

—Bueno, perdona… —le dije con tono cariñoso mientras le metía la mano por debajo de la falda—. Es que ese término es el que ha usado Juan hace un rato y se me ha debido de pegar…

—Pues que sepas que yo no voy a volverme a colocar para que me la metas…

La miré con cara de pocos amigos.

—Chica mala… —chisté con la lengua—. No vas a hacerme enfadar, ¿verdad?

—¿Y qué si te enfadas? —respondió, airada—. Me la sopla si te enfadas…

La tomé de la cintura y la atraje hacia mí.

—Venga, tontita… si te va a gustar y hasta a lo mejor me pides más… Déjate que te la meta un poquito, solo la puntita, te lo prometo…

—Sí, eso… solo la puntita… ¿Así es como ligas tú…? —Fingía enfado, pero no podía evitar que las comisuras de sus labios se estiraran en media sonrisa.

—Pues me suele funcionar, no te creas… —reí bajito.

—Asqueroso machito… —resopló, dándose por rendida. Había sido solamente un ardid, quizá para ponerme más cachondo. Si no, se habría resistido más. Tomé sus insultos como un sí y la abracé feliz.

La empecé a manejar a mi antojo, sin encontrar ninguna oposición. Le levanté la falda, la tumbé sobre el asiento y, poniéndome sobre ella, volví a penetrarla sin contemplaciones.

La estuve follando durante unos minutos. Primero suave para que entrara en calor y luego más fuerte para que alcanzáramos el estado de la cuestión de antes de aparecer la voyeur.

Esta vez lo hacíamos en silencio. Y ella se guardaba los suspiros, fingía estar cabreada de veras, aunque a veces se le escapaba algun que otro gritito que no podía evitar.

Al cabo, María arqueó la espalda y ya fue incapaz de doblegar los gemidos. Y era una clara señal de que el orgasmo le llegaba, empezando a subirle por las piernas.

—¿Te corres…? —pregunté solícito.

El terremoto ya debía de haberle llegado a los pechos cuando me respondió.

—Sí… Mmmm… me falta un poco… pero casi…

Le tomé la cara con las dos manos y le pegué mi frente a la suya al tiempo que mis embestidas empezaban a ser más fuertes y regulares.

—Así… así… María… cariño… córrete… hazlo para mí…

—Va-vale…

—Pero mírame mientras te corres…

—No puedo… Mmmm…

—Abre los ojos… —ordené.

—Bueno… Mmmmmm…

Los abrió, pero se hallaban en blanco. El clímax ya había llegado a su cerebro y bajaba sin control hacia su vientre.

Y no se hizo esperar. Y estalló en un instante como una potrilla desbocada. Y sus caderas empezaron a moverse sin control. Y le atrapé la boca. Y gemía dentro de la mía y yo la lamía entera. Y sus labios y todo su interior ardían… Y se habían vuelto de chicle una vez más y yo los mordisqueaba a placer.

El orgasmo de María duró largos segundos. Cuando por fin se relajó, quedó como adormilada en el asiento, casi inconsciente. Yo aún no había terminado, y su desmadejamiento me hizo ver que tenía la oportunidad de hacer lo que había planeado unos minutos antes del receso por la voyeur.

Me icé sobre ella y acerqué mi pene a su rostro, avanzando con las rodillas a ambos lados de su cuerpo sobre el asiento. Le levanté la cara sujetándola por el pelo y acerqué el pene a sus labios.

María abrió los ojos de golpe y se quedó petrificada.

—¿Qué vas a hacer…? —gruño. Intentaba moverse, pero la tenía inmóvil con las piernas y apenas si consiguió desplazarse unos milímetros—. En la boca otra vez no, Marcos… En la boca no, por favor… es asqueroso… por favor, no seas guarro…

—No pensaba correrme en tu boca, tranquila… —dije para calmarla.

—Y entonces, ¿qué haces…?

—Voy a correrme en tu cara —dije sujetándola con una mano y pajeándome con la otra—. Como en las fotos que has sacado cuando estaba haciéndoselo a Lourditas. Así podrás tocarte más a gusto al recordarlo…

—¡Por dios… no…!

—No te muevas, cielo… —le dije en un susurro excitado. Mi orgasmo ya no podía contenerse. Estaba a punto de estallar—. Si te mueves solo conseguirás que te ensucie el pelo… y, lo que es peor… la ropa que he puesto debajo de tu cabeza…

—Asqueroso… marrano… —gimió

—Me voy… me voy… —respondí yo.

—Va… vale… —dijo desesperada—. Pero arrímate a mi cara para que no me salpique el resto, por dios…

Así lo hice, justo a tiempo antes que de mi miembro empezara a manar esperma como de una fuente. La movía sobre sus labios y el alrededor y conseguía que no se me escapara ni una gota fuera de su piel. A cambio, los orificios de su nariz, los labios, la barbilla, ambas mejillas… todo quedó embadurnado de mi semen espeso y caliente.

Cuando concluí de manar esperma, me mantuve unos segundos jugando sobre su rostro con el pene y, a modo de pincel, pinté la cara de María de una pintura improvisada que la hacía cien veces más bella de lo que ya era.

María, por su parte, apretaba los ojos y los labios y esperaba a que la tormenta amainara.

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Continuará...

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