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María intercambiada en un coche - Completo (9)

El motor del Porsche 911 sigue encendido, pero el verdadero fuego arde en el asiento trasero. Marcos sabe que está cruzando una línea que no debería, pero la mirada de odio de María solo aviva su crueldad. Mientras Juan devora a la novia de su amigo, él se prepara para romper a la inocente Lourdes, prometiendo un dolor que ella, contra todo pronóstico, parece anhelar.

Abel Santos9.6K vistas9.6· 18 votos
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Cap. 12 – EL INTERCAMBIO

Unos minutos más tarde nos hallábamos los cuatro en el coche de mi mujer y, éste, aparcado en la misma zona del parking que habíamos elegido la primera vez. Estábamos situados de la forma adecuada a nuestro objetivo: yo me lo haría con Lourdes y Juan con María, mi supuesta novia.

Tras salir del Paradiso, nos habíamos vuelto al parking del hipermercado, seguidos por el coche del jovencito, que era nada menos que un Porsche 911, una auténtica reliquia, pero sin apenas espacio ni para sentarse. Mucho menos para echar un polvo. En ello reconocí que Juan llevaba razón.

María y el chico se habían sentado delante —para una mamada era suficiente el espacio del que disponían— y Lourdes estaba conmigo en el asiento trasero. El coche permanecía arrancado y con la calefacción a tope, como el resto de la noche previa.

Permanecíamos todos en silencio y aún con ropa, nadie se atrevía a dar el primer paso. Las dos chicas y Juan me miraban con expectación, aguardando a lo que ocurriría en los siguientes minutos. De algún modo, parecían aceptar que aquel juego lo iba a dirigir yo, quien era el supuesto «experto». Lourdes mostraba una invariable expresión de asombro, como si aún no se creyera que estuviera en aquel coche, con unos extraños que solo parecían pensar en hacer porquerías. El gesto de María, en cambio, era de disgusto, aunque también de resignación.

Al cabo, Juan habló y pidió instrucciones:

—Oye, Marcos… —dijo, confirmando mis suposiciones—. Nosotros somos nuevos en esto, mejor si nos vas guiando.

No quise admitir que para mí era también una novedad, así que respiré profundo para aplacar los nervios y tomé el control como pude.

—Vale —respondí con voz que simulaba ser firme—. El primer paso es besar a la novia, como en las bodas, es la mejor forma de calentar motores. Luego, la calentura hará que todo fluya, dejaos llevar…

María me miró con odio mientras Juan le tiraba de la melena y le acercaba la boca, entrando en la suya con avaricia.

Decidí olvidarme de María y de Juan y me dediqué a Lourdes. Me acerqué hacia ella y le acaricié una mejilla. Noté que le ardía, aquella chica estaba ruborizada hasta la médula. Y, lo que era peor, temblaba como un flan. Follarla en aquel estado no iba a ser tarea fácil, a pesar de mi experiencia con jovencitas como ella.

Acerqué mi boca a su oído y le susurré quedo:

—Tranquila, cariño… —le dije—. Voy a hacértelo con suavidad. Te trataré como a una reina, te lo prometo.

El novio de la muchacha no podía haber oído lo que le decía, así que lo que dijo a continuación debió de ser solo por si acaso. Para ello, tuvo que liberar la boca de María por unos segundos. Me molestó la injerencia, ¿aquel chico no iba a dejarme follar en paz?

—Una cosa, Marcos —dijo tartamudeando—. A mi novia no le gusta que la digan guarradas mientras la follas. Ahórratelas, por favor, solo dile cosas dulces… ¿vale?

—Por supuesto —le tranquilicé—. Yo nunca digo guarradas. Y menos cuando está María delante… Se cabrea un montón, ¿a qué sí, cielo?

María me mostró el dedo corazón en un claro gesto de enfado, pero se cuidó mucho de que Juan no la viera.

—…así que tú a lo tuyo… —le urgí para que dejara de meter baza en mi polvo.

Me volví de nuevo hacía Lourdes y decidí soltarle la coleta. Le quité la goma que la sujetaba y coloqué su melena a ambos lados de la cara. Aquella muchacha era preciosa, realmente un ángel. Decidí que al calcularle la edad unos minutos antes me había pasado en al menos dos años.

A continuación, me dejé de contemplaciones y lancé un ataque en toda regla.

Me quité los pantalones en un par de movimientos, subí la pierna derecha sobre el asiento y me situé frente a ella. Y le tomé una mano, y con sus dedos abracé mi miembro. Y le enseñaba lo que quería que hiciera: que me masturbara despacio. Y ella, obediente, comenzaba a bajar y subir la piel del pene con un pequeño gemido de aprobación.

Y mi mano izquierda entraba por debajo de su falda y subía hacia arriba hasta atraparle la vulva. Y me sorprendía comprobar que no llevaba bragas. Y era porque en ningún momento había visto que se las hubiera quitado, tal vez había salido de casa sin ellas, esperando que sucediera algo como lo que estaba a punto de ocurrir. Pero al menos no llevaba pantis como María, y solo llevaba unas medias de lana hasta medio muslo. Y era una preocupación menos, me alegraba comprobar.

Le introduje un dedo en la vagina y ella suspiró con un «ufff» quedo, muy femenino. Y enseguida intentaba meterle un segundo y ella me detenía con la mano que aún le quedaba libre.

—Espera… despacio —susurró—. Poco a poco… no me hagas daño… tiene que abrirse primero…

Y notaba que, en efecto, aquel coño estaba muy cerrado o, quizá, era muy estrecho. O ambas cosas. Y era uno de esos coños con los que uno sueña encontrarse. Ese tipo de coños que abrazan tu miembro de tal manera que los notas como si quisieran tragárselo. Un coño de bandera, en fin.

—Tranquila… Lourditas… —la calmé—. Voy a ir más despacio, te lo prometo…

Suspiró y asintió. Y sonreía con una sonrisa tímida y había entrecerrado los ojos. Y su rostro inocente hacía crecer mi erección. Y la tenía tan dura que dolía. Y mis pelotas, a esas alturas, eran dos rocas de pedernal.

Acerqué mi cara a su cuello y empecé a besarlo. Y lo lamí con vicio. Y subía la lengua sobre su cara y le lamía las mejillas, los lóbulos de las orejas, los ojos, la nariz y, finalmente los labios. Y Lourdes los entreabría y mi lengua entraba en su boca tan profundo que casi tocaba sus cuerdas bocales con la punta. Y su saliva sabía a limón y menta. Siempre me ha gustado distinguir los sabores de la saliva de las chicas con las que he follado y aquella emitía una menta tan fresca que picaba en la lengua.

Lourdes emitía suspiros con un «Mmmm» intermitente, y luchaba por respirar mientras mi lengua la lamía por dentro sin compasión. Y le lamía la lengua, que jugaba con la mía, los preciosos dientes que había visto en los pocos momentos en que había sonreído, los carrillos, el paladar. Y, en fin, no hubo un centímetro de su boca que no me hubiera comido con ansia en los dos siguientes minutos.

De fondo oía a María que se había empeñado en limpiar la verga de Juan con las toallitas húmedas de mi mujer, y él se quejaba porque quería que la mamada empezara cuanto antes. Y ella le mantenía a raya y conseguía que se dejara frotar con ellas. Me reía por dentro, pero no quería desenfocarme y volvía a Lourdes.

Cuando abandoné su boca, me dirigí a su oído y comencé a hablarle en susurros. Y oía de fondo que Juan comenzaba a bramar a lo bestia cuando María le empezaba a mamar. Y los rugidos ocultaban la conversación en voz baja entre Lourdes y yo.

—Lourdes… —atraje su atención.

—¿Q-qué…? —suspiraba, más que hablaba. Sus ojos seguían cerrados.

—Voy a follarte…

—Va-vale…

—Pero no voy a follarte normal…

—¿N-no…?

—Voy a follarte duro. Tan fuerte como no te han follado en tu vida… Voy a reventarte el coño con mi polla…

—Genial…

—¿Genial? ¿Seguro?

—¿Q-qué…?

—¿Qué te folle duro?

—Sí… no sé…

—¿«Sí» o «no sé»…? Aclárate…

—Sí…

—Sí… ¿qué?

—Sí… me gusta que me folles…

—Que te folle, ¿cómo?

—Que me folles duro…

—¿Qué más?

—Que me revientes el coño…

—¿Con qué?

—Con… tu polla…

La pajeaba mientras le hablaba, dos dedos en su interior y un tercero en el clítoris. Notaba que su vagina se iba distendiendo con rapidez, abriéndose para mí. La muchacha estaba totalmente entregada. Y en aquel momento podría haberle hecho cualquier cosa, que ella no habría emitido ni un solo gemido de queja.

—Y luego voy a follarte la boca… —continué el juego—. Voy a destrozarte esa boquita de zorra que tienes.

—Va-vale…

—¿Te gusta que te folle la boca hasta destrozártela?

—Mmmm… no sé…

—¿Nunca te la han follado a muerte…?

—No sé… un poco solo…

—Pues pídemelo…

—¿Q-qué…?

—Dime lo que quieres que te haga…

—Quiero que me folles la boca…

—¿Cómo?

—Fuerte…

—¿Muy fuerte?

—Sí… muy fuerte…

—¿Cómo de fuerte?

—Quiero que me destroces la boca…

—¿Cómo?

—Con tu polla…

Cuando asumí que ya estaba a tono, me lancé a follarla. Y pensaba hacerlo sin piedad, como le había prometido.

La recosté sobre el asiento y le levanté el vestido para quitárselo por los brazos. Pero ella se resistió y me pidió que se lo dejara puesto.

—No me lo quites… por favor… —se ahogaba al hablar de puro caliente que estaba—. Déjamelo por encima de las tetas.

Tiró del sostén hacia arriba, liberó los pechos y se acarició los pezones. Y tenía unas tetas del tamaño perfecto para mí. Y eran de esas que te caben enteras en una mano. Y los pezones estaban hinchados como canicas. Y parecía mostrármelos para que los chupara. Y no me hice de rogar. Y los babeé hasta hartarme. Y las areolas a su alrededor habían crecido al menos un centímetro y se habían vuelto oscuras. Y Lourdes sufría contracciones de placer a cada succión y respondía con movimientos de sus caderas hacia arriba.

Lo siguiente que deseaba hacer era ensalivarle el coño. Aunque no pretendía comérselo en toda regla, porque si lo hacía se iba a correr demasiado pronto y la fatiga del orgasmo iba a ser más un estorbo que un acicate. Y solo deseaba humedecerlo bien por fuera —por dentro no lo necesitaba—, la estrechez de aquel orificio tenía que ser vencida con estrategia no con fuerza bruta. Y era porque quería follarme duro a aquel angelito, pero en ningún caso hacerle daño.

Una vez ensalivado, probé a meterle un dedo más, y ya iban tres. Y entraron sin dificultad, así que tiré de la piel de mi pene hacia abajo y me incorporé para entrar en ella.

—Eh… tío… —me interrumpió Juan desde el asiento de delante—. No olvides ponerte un condón… ya sabes…

Me tuve que sujetar para no machacarle la cara a aquel idiota, pero me contuve. Si no me había puesto un condón era porque quería disfrutarla sin él, y el muy gilipollas me había cortado el rollo. Le mostré la tira de papel aluminio que había comprado en la gasolinera y el me levantó un pulgar en signo de aceptación.

Aquella interrupción me había rebajado la erección, así que tuve que meneármela para reganar la dureza necesaria para atravesar aquel estrecho pasadizo. Y Lourdes observaba mis movimientos y me apremiaba, encendida.

—Vamos… vamos… —gemía, casi con desesperación—. ¿A qué esperas…? No puedo más… métemela ya… por favor…

Suspiré, encendido.

—¿Quieres que te folle, preciosa…?

—Sí, por dios, si no me follas… me voy a morir… date prisa… por favor…

Sus palabras consiguieron el tono justo de dureza en mi polla y me coloqué el condón con un gesto rápido. Y, sin más dilación, me lancé sobre ella y la penetré con tal rudeza que por fuerza tenía que haberle dolido.

—«Agggg» —gimió la jovencita, sin un atisbo de sentirse incómoda por mi fiereza—. Así… así… muévete… fóllame… dame fuerte… vamos… vamos…

La embestí lo más fuerte que pude, pero ella siempre quería más duro. Mientras lo hacía, Lourdes movía sus caderas hacia arriba para sentirse llena. Sus piernas se habían enroscado a mi cintura y me aprisionaban como tenazas.

—¿La sientes dentro, Lurditas…?

—Sí… joder… sí…

—¿Te vale así o quieres más fuerte…?

—Quiero… más fuerte… más fuerte… Me prometiste reventarme el coño… y quiero que cumplas tu palabra…

Hablaba a trompicones y entrecerraba los ojos, pero por más fuerte que la embestía, no tenía suficiente. Su avaricia me enojaba, así que me vine arriba. Su coño se hallaba ya totalmente abierto, se veía que la vagina de Lourdes era del tipo elástico que crecen al doble o triple durante el sexo. Y de un arrebato le introduje dos dedos junto con la polla y acometí con las tres espadas aquella vagina viciosa. Su grito de dolor rompió la noche.

—¡¡«Agggggggg»… joder…!!

María soltó la polla de Juan y se irguió al tiempo que se giraba hacia atrás.

—Joder, Marcos… No le hagas daño a la chiquilla… —dijo, asustada.

Me detuve un instante e iba a decir algo, pedir disculpas, tal vez. Pero Lourdes se me adelantó.

—María… no… deja a tu novio en paz un rato, por dios… Mmmm… —replicó Lourdes—. Déjale que me folle como quiera… Él sabe cómo hacerlo… pero quiero más fuerte… más fuerte… por favor…

Hice un gesto a María para que retornara a lo suyo y volví a clavarle los dedos y la polla a Lourdes, que ya no se cortaba en gritar como una loca.

Por el rabillo del ojo veía a María mamársela a Juan y a este empezar a gruñir como un cerdo. Y estaba claro que no le quedaba mucho para correrse. Y eso me asustó, porque un crío de su edad podía llenar de esperma todo el salpicadero; tenía que estar atento a la jugada para evitar una catástrofe. Porque tener que limpiar el coche de mi mujer de la esencia de un lechuguino no era algo que me volviera loco de contento.

No pude ser más oportuno, porque María había notado también que el chaval se iba a correr y levantó la cabeza.

—Marcos, pásame un condón… aprisa —me dijo con gesto de urgencia.

Me incorpore, liberando el coño de Lourdes. Ésta, al ver que la abandonaba, me cogió la polla con las dos manos y comenzó a meneármela. Estaba claro que no quería que mi miembro se viniera abajo.

Miré con disgusto a María y negué con la cabeza.

—De eso nada, cariño…

—¿Q-qué…? —dijo sorprendida.

—Estás castigada, cielo, ¿recuerdas?

—¿Qué… qué estás diciendo…?

—Estoy diciendo que te vas a tragar toda la leche que puedas del chaval y el resto la vas a escupir por la ventanilla como una buena chica.

—No… joder… —replicó, desesperada—. Eso es asqueroso… ¿no lo entiendes? Ya lo hablamos antes… No puedes hacerme esto… Voy a vomitar la cena…

No me ablandé, sino que me aferré a mi postura canalla.

—María… no me hagas enfadar otra vez… chupa y calla…

—Eres de lo peor… te odio… —respondió ella.

Y no tuve que decir nada más, simplemente la miré desafiante y ella agachó la cabeza y volvió a succionar del glande de Juan.

El chico empezó a dar botes y María se afanaba para que la polla no se le saliera de la boca. Y sabía tan bien como yo que no solo estaba preservando la limpieza del coche, sino la de su propia ropa. Y la de su melena.

Juan le apretaba la cabeza hacia abajo y veía que María luchaba por respirar mientras su boca se llenaba del semen de aquella bestial verga. Era la primera vez que me fijaba en ella… y fue inquietante. Porque debía de medir casi el doble que la mía.

—Joder… tío… menudo pedazo de cacharro… —se me escapó sin poder evitarlo.

—Ya te digo, colega… —suspiró el chaval tras dejar de correrse—. Y joder qué bien la mama tu novia.

Sonreí mientras María abría a toda prisa la puerta del coche y comenzaba a escupir, toser y dar arcadas para liberarse de todo el esperma que había conseguido no tragar. Tanto Juan como yo la mirábamos con un morbo increíble.

Varios segundos después, y con gesto de dignidad, María cerraba la puerta del coche, se colocaba el pelo, cogía los caramelos de la guantera y se metía un puñado de ellos en la boca. Y con las toallitas húmedas se limpiaba los restos de esperma en los labios y la barbilla. Tras sentirse bien, se cruzó de brazos y se quedó en silencio y con la mirada al frente. Su expresión despreciativa denotaba su mal humor. La hice una carantoña en el pelo, pero ella me ignoró y siguió callada.

Lourdes, mientras tanto, llamaba mi atención tirando de mi pene.

—Venga, tío… Deja de mirar a tu chica… que yo estoy esperando…—dijo con ansiedad—. Vamos, dame por detrás.

—¿Quieres que te dé… por el… culo?

—¡Ni de coña, tío! —saltó Juan—. ¡El culo no se toca…!

—¿Por qué no? —Se quejó su novia.

Juan se quedó cortado.

—Pues porque… ¡porque no…! ¡Y ya está!

No parecía tener muchos argumentos. Imaginé que debía de querer el culo para él solo y no se lo reproché. Tampoco tenía yo mucha experiencia —ninguna, para ser exactos— en meterla por el orificio de atrás, y agradecí la intromisión de Juan.

—Tranqui, cielo —le dije acariciándole la mejilla—. Te voy a follar por detrás, pero por el chochito… A cuatro patas, ¿te apetece?

—Vale… —dijo poniendo morritos de disgusto y con la mirada clavada en su novio—. Pero dame fuerte, porfa, quiero que me duela…

¡Hija de…! ¡Joder, aquella muchacha que parecía un ángel, en realidad era una zorra viciosa! De todas formas, por mí no iba a quedar.

La puse a cuatro patas y empecé a follarla duro, metiéndole al tiempo un dedo por el orificio anal. Mientras, María seguía callada y en su mundo, mirando hacia el infinito fuera del coche.

Miré un momento hacia Lourdes y al volver la cabeza hacia los asientos delanteros, noté que la escena había cambiado: Juan, ya recuperado de la corrida, se pajeaba haciendo crecer su verga de forma increíble. Joder, quien pudiera tener su edad, pensé. Aquel chaval se reponía en muy poco tiempo, casi en segundos.

María, por su parte, tenía el móvil entre las manos y tecleaba en él con parsimonia. Aquello me cabreó sobremanera. ¿Estaría chateando con alguien? Y, si era así, ¿con quién lo hacía? ¿No decía que no tenía nadie con quien hacerlo a aquellas horas sin dar explicaciones? Iba a tener que castigarla de nuevo, por zorra mentirosa.

—Vamos… vamos… —gemía Lourdes al verme aflojar—. No te pares… sigue follando… por favor… dame más… más…

Volví a embestirla con saña y ella gritaba como posesa. Y la agarraba por el pelo y empezaba a tirar de él mientras la empotraba. Y ella se apoyaba con las manos en la ventanilla del coche. Y su cabeza iba y venía y golpeaba con ella el cristal cuando no conseguía parar la sacudida con los brazos. Y las tetas también iban y venían, pero por su tamaño no se bamboleaban como hubiera sido hermoso verlas. Y es que no se podía tener todo, pensé.

—¿Te duele, zorrita…? —le susurraba al oído. No estaba seguro de si el chaval me estaba oyendo putearla con frases soeces, pero ya no me importaba una mierda—. ¿Te duele…?

—Sí… cabrón… me duele… aaah… —respondía ella—. Me haces daño, cerdo…

—Pues entonces te la voy a sacar, putita…

Y ella se revelaba.

—Cabronazo… como me la saques te corto los huevos…

—Dime que te gusta…

—Mmmm… por dios, claro que me gusta… ¿qué leches te pasa?

—Dime que te vuelve loca que te la meta por detrás…

—Por detrás y por delante…

—Dime que te vas a correr como una perra…

—Sí… sí… haz que me corra… pero déjate de palabras…

—Voy a hacerte saltar del gusto… Voy a hacer que llores y supliques…

—Por dios… sí… mátame de gusto… aaah… joder… que me corro… por dios, no pares… me corro… me corro…

Y un estremecimiento amenazó con hacerla desmoronarse sobre el asiento. Y sus piernas se habían encogido, antes de empezar a temblar como un flan. Y supe que no mentía cuando confesaba que empezaba a correrse.

Súbitamente, Juan tiró de mí hacia atrás y me obligó a soltar a la chica. La polla se me salió de aquel coño caliente como un volcán.

—Espera, tío… no dejes que se corra todavía…

—¿Qué coño haces? —pregunté de mala leche.

—Joder… Juan… ¿estás loco…? —protestó Lourdes—. Estaba empezando a correrme… ¡me has cortado el rollo! ¿¡Cómo eres tan mamón…!?

El chico no se cortó con nuestros comentarios.

—Déjame que la termine yo… por favor… —me dijo con expresión de ruego—. Lo necesito, me habéis puesto muy cachondo, me la tengo que follar ahora mismo… o me voy a morir… Tú te la puedes follar por la boca desde la calle abriendo la puerta.

—Joder, Juan, ¿terminarme? ¡Serás hijo de tu madre! —se quejó ella, que se había sentado mientras él me rogaba que le dejara follársela—. ¿Es que te crees que soy una vaca a la que hay que «terminar» de ordeñar? ¿Cómo eres tan cerdo…? Si me tratas como mercancía me voy a cagar en tu…

La corté en su diatriba e intenté calmarla. Si no había paz entre los tortolitos, aquel polvo se iba a ir a la mierda, y eso ni hablar, no estaba dispuesto a permitirlo.

Arrimé la boca al oído de Lourdes y le hablé bajito, sin que Juan nos oyera.

—Vamos, cariño, no te enfades con él. Está muy cachondo, el pobre. Si te dejas hacer, entre los dos te vamos a follar como nunca en tu vida. Vas a sentir el orgasmo más gigantesco que te puedas imaginar. Déjate, anda, no lo hagas por él, hazlo por mí…

La besé en la boca, lamiéndole los labios con suavidad. Luego me incorporé y hablé para los dos.

—Tú decides, Lourdes, y si decides que no, tu novio que se la menee por ahí y aquí el único que te folla soy yo.

Juan casi lagrimeaba pajeándose para que no se le bajara la erección. Tenía ojos de loco de puro cachondo que estaba. Lourdes nos miró a ambos por turnos y por fin aprobó el cambio.

—Vale… déjale que me folle… —dijo mirándome a mí—. Folladme los dos a la vez… me da igual… —Me devolvió el beso con parsimonia, sabiendo que hacía esperar a su novio. Estaba claro que se divertía puteándole.

Cuando liberó mi boca, salí a la calle y rodeé el coche. Abrí la puerta de su lado y observé la boca de Lourdes abierta y dispuesta. Juan terminaba de colocarse un condón y empezaba a empotrarla por detrás, haciéndola gemir con aquella enorme polla que dejaba la mía a la altura del betún.

—Quítate… el condón… –me dijo Lourdes entre gemidos—. Debe de estar asqueroso por mi flujo… Además… quiero sentir tu cosa a pelo en mi boca…

Me quité el preservativo de un tirón y lo lancé al suelo. Luego, sin muchas contemplaciones, inserté la polla lo más profundo que pude en la boca de Lourdes hasta que dio la primera arcada. Y montañas de babas caían por las comisuras de sus labios.

La chica me miraba alucinada y yo le mantenía la mirada mientras la apretaba hacia mí impidiéndola respirar, hasta que de una arcada se echaba hacia atrás y yo la liberaba un segundo.

Repetía la jugada varias veces hasta que le notaba la piel de la cara de un color oscuro, casi congestionada por la falta de oxígeno. Le sacaba entonces la polla de la boca y ella respiraba una bocanada de aire como un pez que se ahoga. Y a continuación me miraba con cara de disgusto y me pedía que lo repitiera.

—¿A qué esperas…? —decía con los ojos llorosos por la asfixia—. Todavía no me has destrozado la boca… ¡Fóllame… y destrózame… como me prometiste…!

Sonreía y cerraba los ojos por las embestidas de Juan.

La volví a embestir por delante y jugamos de nuevo a llegar cerca de la asfixia. Aquella chiquilla jugaba duro y no le daba miedo dejarse romper por dentro por un desconocido y por su novio al mismo tiempo.

El orgasmo ya subía por mis rodillas cuando vi de reojo como María nos miraba con gesto de disgusto y nos hacía una foto en aquella situación morbosa. No sabía a qué coño jugaba mi alumna, pero se lo iba a hacer pagar, me dije a mí mismo.

—¡Me corro…! —gritó Lourdes, haciéndome volver a la realidad.

—Aguanta, Lourdes, dame diez segundos… —replicaba Juan.

Yo estaba también a punto, solo me quedaba un detalle. Acerqué mi boca al oído de Lourdes.

—¿Dónde la quieres? —pregunté—. Prefieres tragártela o te la echo por la cara.

—Por la cara… —replicó con lágrimas de clímax en los ojos—. Lléname de leche la cara… pero no por el pelo… por favor…

Acepté el reto y abracé su pelo por la raíz con la mano izquierda para retirarlo hacia atrás. Y con la derecha aceleraba mi pajeo para, por fin, irme en un río de esperma por todo su rostro.

Ella gritaba con rabia y me acompañaba en las sacudidas. Se había roto la barrera que la separaba del orgasmo y se corría como una fiera.

—¡Me voy… joder… su puta madre…! —gritó Juan y empezó a gesticular con las caderas para entrar más adentro de Lourdes.

Nos estábamos corriendo los tres a la vez. Y era una experiencia nueva, pensaba, y más que agradable.

Juan la sujetaba, una mano en la cadera y la otra en las tetas, y seguía empotrándola mientras derramaba su semen dentro del condón. Y aguantaba el orgasmo monumental de Lourdes tirando de ella hacia arriba para que no se derrumbara. Y el orgasmo le duraba una eternidad a la chiquilla, y pensaba que vaya polvazo se estaba llevando la jovencita.

Cuando empecé a correrme sobre el rostro de Lourdes, ella me miraba, esperando golosa. Y cerró los ojos y abrió la boca. Y mi primer disparo aterrizaba sobre uno de sus ojos, señalándolo desde la mejilla con un trazo espeso. Y los siguientes pintaban de blanco su cara con un latigazo de placer en mis testículos a cada descarga. Y dos trazos habían surcado su nariz, antes de que el siguiente recalara por completo dentro de su boca. Y los disparos de esperma parecían que no iban a acabar nunca, y yo mismo me sorprendía porque no era habitual en mí tanta cantidad. Y era porque aquella muchacha me había calentado de verdad.

Noté que Lourdes ya no se agitaba tanto y pensé que se le había concluido el clímax, mientras yo sentía que aún me quedaba algo dentro.

Un nuevo disparo le cruzó el ojo limpio y dio un respingo. Se había dejado caer sobre el asiento y parecía adormilada, pero yo le levantaba la cara sujetándola por la barbilla para que mi esperma no la manchara el pelo.

Y, sin esperarlo, ella empezó a agitarse y comprendí que volvía a correrse. Me fijé en algo en lo que no había reparado. Y era que Lourdes se masturbaba mientras la inundaba la cara de semen. Y mis disparos, ya finalizados, volvieron a resurgir a causa de aquella imagen. Y, con tres últimos rugidos de mi garganta, otras tres descargas cruzaron su rostro y tiñeron su preciosa melena. La había cagado, se iba a enfadar la zorrita, pero aquello no había sido intencionado. A cada ráfaga ella respondía con un espasmo, y parecía pedir más con su ojo medio abierto. Al final, me atrapaba la polla para recibir el último disparo de semen dentro de su boca. Y sonreía feliz.

Al cabo de un tiempo que se me antojó eterno, terminaba su orgasmo y quedaba desmadejada entre mis brazos. La besé despacio, compartiendo en su boca mi esencia espesa y caliente. Y ella respondía a mis besos con ronroneos de gatita satisfecha.

Una vez consumada la faena, nos recompusimos como pudimos, cada uno buscando las prendas perdidas en la batalla. María había salido al socorro de Lourdes y ya le limpiaba la cara y el pelo con las toallitas húmedas. También le proveía de caramelos de menta. Lourdes le agradecía con la mirada, dando alguna arcada de vez en cuando, ocasión en que ambas reían, cómplices.

—Estos petardos algún día nos la van a pagar y les vamos a hacer tragar litros de su propia leche, te lo prometo… —oí que le decía bajito María a Lourdes—. Ya verás como se les quitan las ganas de pringarnos…

—¿Por qué…? —replicó Lourdes—. Si está buenísima y huele a Chanel…

Y soltaron una carcajada.

Cuando anuncié que necesitaba mear, Juan se me unió. Nos alejamos del coche a la búsqueda de un árbol donde descargar, mientras las chicas quedaban al lado del coche, charlando animadamente.

La noche se había templado y las nubes se habían dispersado, dejando un cielo limpio y tan satisfecho como nosotros mismos.

*

Juan y yo meábamos juntos, como mean los tíos según dicen las chicas, pero cada uno a lo suyo. De fondo oíamos hablar y reír a María y Lourdes, mientras fumaban sendos cigarros apoyadas en el coche. Se habían ayudado a limpiarse y a recomponerse la ropa entre ellas, con complicidad, y ahora hablaban a saber de qué, riendo cuando alguna de ellas hacía un comentario o bromeaba sobre algo que no llegábamos a oír desde nuestra posición.

Eran risas frescas, traviesas, de chicas jóvenes bien folladas. Folladas por alguien con quien ellas sueñan en sus fantasías más íntimas: por chicos malotes que las empotran sin compasión, que las traspasan sin preguntar. Que las follan, en el fondo, pensando en ellas, en su satisfacción, en arrancar un gemido más, un espasmo más agudo, un orgasmo, en fin, más largo, que las transporte a otro mundo, a un mundo en el que una polla grande y juguetona es la reina. Y ellas se sentían así. Y su risa fresca en mitad de una noche que empezó lluviosa y que ahora se había templado era reconfortante.

Y, a pesar de mi ignorancia en esas lides, yo estaba crecido por la experiencia del intercambio de parejas recién estrenada y seguía hablando con Juan de bobadas sin importancia, mientras vaciábamos la vejiga.

—¿Qué te ha parecido Lourdes? —preguntó Juan a bocajarro—. ¿Te gusta cómo folla?

—¿Que si me gusta…? —respondí—. Tu chica folla como una perra, tío, casi me mata de lo empalmado que me ha puesto…

—No me digas…

—Vaya si te digo… —me pensé la siguiente frase y la solté a tumba abierta—. Mira, Juan, con todo el respeto… tu novia será un ángel, que se le ve en la cara que está a medio hacer, pero folla como una auténtica puta…

—¿A qué sí?

Joder, parecía que al chaval le gustaba que le hablaran de su chica, no solo que se la follaran en sus narices.

—Pero como una puta… muy puta —repliqué—. La muy cabrona, cuando le sacaba la polla de la boca para que pudiera respirar, me miraba desde abajo con una mala hostia que no veas. Parecía decirme: «Joder, tío, pero qué coño haces, métemela de una puta vez y rómpeme la boca, mamón…». Vamos que es un pedazo de reputa… con perdón… ya sé que no debería hablar así de tu novia, pero…

Rió a carcajadas y yo le hice coro. De fondo oímos a las chicas reír igualmente y por un momento pensé en seguir la noche allí mismo. Parecía que ellas se encontraban muy enteras y tal vez…

—Es que… verás… —Juan cortó mi hilo de pensamiento—. Tengo que decirte algo… te vas a reír…

—Ah, ¿sí? Dime…

—Pues que Lourdes no es mi novia… —la saliva se me atragantó. Me subí la cremallera del pantalón y me giré hacia él. Sacó una cajetilla de tabaco y me ofreció un cigarro. Lo encendimos y esperé su explicación. La curiosidad por lo que iba a contarme me desbordaba.

—En realidad… es la novia de mi mejor amigo… un tal Lucas.

—¡No jodas! —no pude por menos que exclamar—. ¿Y qué coño hace contigo follando por ahí?

—Pues verás… es una historia larga…

—Yo no tengo prisa… ¿y tú?

Dio una calada a su cigarro y continuó.

—Es que el cabrón de Lucas se ha pirado con unos colegas a Liverpool, a ver un partido del Barcelona, y ella se ha pillado un mosqueo de la hostia. Yo andaba con ganas de follármela desde hace tiempo y he aprovechado su cabreo para…

—¡Qué cabrón…! —exclamé riendo.

—En realidad… —siguió hablando—… te debo una, tío.

—¿Y eso?

—Pues verás… Cuando nos habéis asaltado en el bar, yo andaba intentando meter ficha, pero no había manera… A lo máximo que había llegado era a un morreo y un sobeteo… Bueno, también me había dejado quitarle las bragas, pero no había manera de meterle un dedo por el coño para calentarla.

Recordé el asunto de las bragas. Así que parecía que el cabroncete se las había quitado por adelantado, menudo pedazo de mamón, sonreí para mí.

—Cuenta… cuenta…

—El caso es que ha sido llegar tú con tu novia… Por cierto, que ha sido una pena no poder follármela, pero a mí eso de los coños con tomate me dan un pelín de asco, ya sabes…

No quise desmentir la relación entre María y yo. Él era un chavalín y padecía incontinencia verbal —en aquel momento se habría declarado asesino de Kennedy si le hubieran apretado las clavijas—, pero yo era un tío maduro y no iba a pregonar por ahí las cosas íntimas de las chicas a las que me follaba, de las que María ahora formaba parte.

—… pues que la muy puta se ha derretido con tus palabras —continuó—. Que a piquito de oro no te gana nadie, tío, te lo digo yo que sé de eso… jaja.

—Vamos, que te la he calentado y te la he dejado a punto para entrar a matar.

—Eso es…

—Qué jodío el Juanito… —le dije, dándole un puñetazo fingido en la barbilla.

Reímos a coro y callamos. Pero el silencio se rompió en seguida. Juan tenía más secretos que contarme.

—Y eso no es todo…

—¿Qué…? ¿Hay más…? —Abrí los ojos, maravillado.

—Pues sí… —hizo una pausa para soltar el bombazo—. Lourdes es la hermana de mi novia…

—¡Coño! ¡Qué cabrón!

—Y son mellizas…

—¡No… me… jodas…! —un reguero de baba se me escapaba de la boca—. ¿Y son… ya sabes… idénticas…?

—No… que va… —respondió—. No se parecen en nada. Ni físicamente ni de coco. Son de diferente bolsa o no sé qué coños… ya sabes… Total, que mi chica, Laura, una sosa de cojones… y esta, más puta que las gallinas…

Volvimos a reír.

—En fin… —prosiguió—. Que estábamos en la casa de ellas, los tres en el salón viendo la tele y tal. Yo, calentorro y metiendo mano a Laura para ir poniéndola a tono y follarla en el cuarto. Y, Lourdes, que si el cabrón de su novio era un tal, que si era un cual… Que era un hijo de puta y que seguro que se iba a follar a unas cuantas en Liverpool. Que ella se iba a tirar al primero que pasara…

—Joder, Juan, me estás poniendo burro… ya me imagino como estarías tú.

—Ni de coña te lo imaginas, tío… Estaba que me moría… Llevo dos años intentando meterle la polla a espaldas de su novio a la muy zorra, pero no ha habido manera… Y ahora me estaba pidiendo a gritos que la entrara… que me iba a dejar empotrarla… casi me da un infarto del calentón, tío…

—Bueno… ¿y qué pasó? —le tiré de la lengua.

—Pues que me llevé a Laura a su habitación y le eché un polvo rápido… La dejé orgasmeada y, como es habitual en ella, se durmió. Le dije que me iba a casa a estudiar para el examen de la semana que viene y me fui como un toro bravo a por Lourdes.

—No me cuentes más… Le tiraste el anzuelo y picó al momento…

—Como una niña buena… Lo que pasa es que luego empezó a cortarse… Que si no estaba bien… que si no hablaba en serio… que si nunca le había puesto los cuernos a Lucas… Vamos, que si no aparecéis tú y tu novia… se me escapa viva…

Volví a reír.

—¡Qué cabrón! Pues estoy de acuerdo, me debes una…

—Y grande, tío…

—Bueno —dije para dar por terminada la charla—. Creo que ya te puedes llevar a tu cuñadita para casa… Que se va bien follada, ya te lo digo yo…

Me miró con sorna.

—¿A casa? Ni de coña, tío…

—Ah, ¿no?

—Por supuesto que no… A esta zorra me la voy a llevar a casa de un amigo y me la voy a follar todo el fin de semana. La pienso matar a polvos. La conozco de puta madre. Es de las que no quiero, no quiero… hasta que prueban el rabo. Pero una vez que lo prueban no quieren soltarlo… Cuando llegue Lucas de Liverpool el domingo por la noche, Lourditas va a tener el coño tan escocido que no va a poder sentarse en una semana.

—¡Qué hijo de puta suertudo! —reí, con la envidia carcomiéndome por dentro.

Fumamos en silencio unos segundos.

—De todas formas —dije rompiendo el impasse—, si no me equivoco ya llevas tres corridas esta noche. Una con tu novia, otra con María y otra con Lourdes. ¿Vas a poder seguir follando así, sin más?

—Oh, sí, sin problemas… —replicó—. Yo soy así, tío, no sé, pero me recupero rápido y puedo volver a meter en pocos minutos después de correrme.

Joder con el chaval, me dije. Sentí una terrible añoranza de aquella juventud perdida.

—Vamos, que si te dejo te vuelves a follar a esas dos zorritas tú solo y sin mi ayuda.

—Ya te digo…

Reímos de nuevo y nos dirigimos hacia las chicas, dando nuestra conversación por finalizada.

*

Mientras Marcos y Juan intercambiaban confidencias, las chicas hablaban de sus cosas, apoyadas en el coche de la mujer del profesor.

—¿Quieres un cigarro? —ofreció Lourdes.

—Bueno… vale… —respondió María.

Fumaron unos segundos, silenciosas. Al cabo, María preguntó.

—¿Lo has pasado bien?

—Uy… sí… —se ruborizó la jovencita—. Tu novio es una máquina del sexo. Me ha echado un polvo de órdago…. Jajaja. Debes estar contenta con él.

—Ya te digo… —replicó María con una ironía que Lourdes no captó—. Me tiene loquita…

María aspiró de su cigarro y volvió a preguntar. De pronto necesitaba saber lo que había pasado por la cabeza de Lourdes en el Paradiso, cuando Marcos les había entrado a saco.

—Oye… ¿entonces no te arrepientes de haber aceptado el intercambio?

—Claro que no… —dijo con una sonrisa que mostró su bonita dentadura—. Ha sido la mejor idea de la temporada… Ya verás cuando se lo cuente a mis amigas… lo van a flipar y van a querer copiarme…

—Pero al principio, aunque a Juan parecía gustarle la idea, a ti se te vio muy mosqueada… Ni Marcos ni yo pensábamos que al final aceptarías.

—Bueno… imagínate… Estaba hiper nerviosa, aunque muy excitada… Yo no soy de hacer cosas raras… Follar con mi novio y poco más… Y de pronto me viene un tío mayor con mucha labia y me dice que si me dejo follar por él me lo voy a pasar de puta madre… Y tú y Juan, allí, mirando como bobos y sin decir nada… ¡Qué vergüenza…!

—Jajaja… Sí, has descrito perfectamente a Marcos… Un tío mayor y con mucha labia… Y bastante cabroncete…

Rieron de buena gana y continuaron fumando.

—Ha sido una pena que estuvieras con la regla. Podrías haber disfrutado de la… cosa… de Juan. ¿Has visto que aparato tiene el tío?

—Ufff… como para no verlo… —rió—. Pero tú tienes que estar acostumbrada, no entiendo como aún te sorprende…

Lourdes tosió, antes de responder.

—Ya ves… una nunca se acostumbra a ciertas cosas…

—Por cierto —susurró María como para guardar un secreto—. ¿No te hace daño con semejante… cacharro…?

—Bueno… un poquito puede… —sonrió Lourdes, ruborizada—. Pero al mismo tiempo es una gozada sentir que te… ya sabes… que te llena toda…

Rieron de buena gana y continuaron fumando. Mientras lo hacían, María observó algo en la cara de Lourdes y, estirando una mano, se lo quitó, lo olió y lo tiró al suelo.

—¿Qué es? —preguntó Lourdes—. ¿No será un…?

—No, no era un moquito —rió María—. Por el olor yo diría que era un grumo de semen.

Y puso cara de repugnancia al decirlo, sacando la lengua y simulando una arcada. Lourdes captó el gesto y rió la gracia.

—Parece que tú y el esperma no os lleváis bien… —dijo Lourdes.

—No demasiado, no…

—Pues hace un rato te has tragado una buena carga de Juan… parecía que no terminaba nunca de llenarte la boca…

—Ya… y si fuera la primera de la noche, no me quejaría…

Las dos rieron.

—¿Qué pasa, tu novio ya había empezado la fiesta antes de conocernos?

—Ufff… vaya si había empezado… llevamos una nochecita que ni te cuento…

Volvieron a fumar en silencio.

—No entiendo por qué te da tanto asco la leche de pito… jajaja… —dijo Lourdes, tras el paréntesis—. No es para tanto…

—Por dios, Lourdes… ¿no me digas que a ti te gusta…?

—Bueno, no es que me maraville, pero tampoco me disgusta… y me encanta sentirla… sobre todo cuando sale… ardiendo a tope… me vuelve loca… jajaja.

«Vaya —pensó María—, pues va a tener razón Marcos y hay chicas a las que sí les gusta… no puedo creerlo.»

—Pero, cielo… si huele fatal…

—Sí… huele raro, es verdad, pero no tan mal…

—Pues a Chanel, como tu decías, no huele, desde luego…

Y las dos soltaron una carcajada.

—Desde luego que no, jajaja… Pero hay muy pocas cosas tan excitantes como un pito eyaculando, ¿no crees? A mí me pone muy perra verlo… ¿a ti no?

—No sé, nunca lo había pensado…

Lourdes le dio una calada al cigarro. Luego soltó el humo haciendo aros.

—A mí lo que me molesta es que me embadurnen el pelo… —apuntó—. Y la ropa, aún peor… me pone de una mala leche…

—Pues Marcos te ha pringado la melena…

—Sí, el muy guarro… y mira que se lo he advertido… En fin, hombres…

Acabaron los cigarros y, como los chicos seguían a su bola, encendieron dos más. María aprovechó para cambiar de tema.

—¿Te puedo hacer una pregunta? Si no quieres, no tienes que responder…

—Prueba a ver…

—¿Se te ve muy joven? ¿Qué edad tienes?

Lourdes sonrió sin decir nada.

—Perdona… quizá me he metido donde no me llaman… —dijo apurada María.

—No, tranquila… —replicó Lourdes—. Es que ya me esperaba esa pregunta. La gente se cree que todavía voy al colegio… jajaja… Pero me queda un mes para cumplir los veinte… No te preocupes por lo que ha pasado aquí esta noche… soy mayor de edad.

—Uy, que tonta me siento… —se tapó la boca María—. ¿Me perdonas?

Lourdes rió y le respondió que no tenía nada que perdonarle. Ya estaba acostumbrada a ese tipo de preguntas, sobre todo en las Discos.

—¿Qué vais a hacer ahora? —preguntó María, tras un nuevo paréntesis—. ¿Vais a seguir la noche por ahí?

—Uy, no… —replicó Lourdes con un bostezo—. Yo estoy muy cansada… sobre todo después del numerito con tu novio… A mí que me deje Juan en mi casa y que él se vaya a donde quiera.

—Qué mono es tu novio…

—¿Tú crees?

—Vaya que sí… —respondió María con un guiño—. Si no estuviera pillado, igual le tiraba los tejos.

Volvieron a reír alegres.

—Ah… pues nada, chica… —dijo Lourdes—. Por mí no te cortes. Si quieres tontear con él, y tu chico no te dice nada, pues adelante…

—Anda, boba… no seas tan liberal, que te lo van a quitar por ahí… si se os ve enamoradísimos…

Lourdes lanzó una carcajada cristalina que inundó la explanada del aparcamiento.

—Uy, eso sí… nos queremos muchísimo… —replicó Lourdes, todavía riendo—. Si quieres, hacemos un cambio para toda la noche. Tú me dejas a tu novio y te llevas a Juan por ahí de fiesta…

María le dio una palmotada blanda en la mano.

—Eso ni hablar… jajaja… mi novio se queda conmigo que ya me lo conozco… Y mejor así, te lo aseguro… Si te lo llevaras, no tienes ni idea de en qué líos te podría llegar a meter, el muy canalla…

—Mira, por ahí vienen ya… Por el tiempo que se han tirado, parece que han meado para tres días…

Una última carcajada de las dos jóvenes recibió a los hombres, que se acercaban a paso lento, todavía fumando y charlando sobre sus cosas.

*

Unos minutos más tarde nos estábamos despidiendo con los besos de rigor. Lourdes me dio un abrazo y me dijo algo mientras Juan besaba a María.

—Gracias por todo —expresó, sincera—. Lo he pasado genial.

—Yo también. Gracias a ti, preciosa.

—Me has dejado destrozada —reconoció, sonriente—. Me voy a meter en la cama y a dormir veinte horas seguidas.

—¿Dormir? —repliqué con sorna—. ¿Estás segura de que te van a dejar dormir?

Me miró con asombro y luego giró la cabeza hacia Juan, que puso cara de inocente y se encogió de hombros, como si la cosa no fuera con él. Luego se volvió de nuevo hacia mí y puso morritos de disgusto.

—Alguien se está ganando una bofetada, me parece —dijo simulando enfado—. No me gustan los secretitos. Ahora lo hablaré con Juan y se va a enterar.

Reí bajito y le hice una carantoña en la nariz. Parecía mentira que aquella muñequita fuera mayor de edad, aunque más tarde María me comentó que ella aseguraba estar a punto de cumplir los veinte.

No hubo más palabras entre nosotros. Los jovencitos se metieron en el deportivo de Juan y solo me dio tiempo a escuchar una frase de Lourdes y la respuesta del chico, antes de que cerraran las puertas y desaparecieran tragados por la madrugada.

—¿Puedes hacerme el favor de devolverme las bragas, tío? —preguntaba ella.

—Bah, ¿para qué? —respondía él—. Si dentro de un rato te las vas a tener que volver a quitar…

Sonreí para mis adentros, con un sentimiento de envidia apenas disimulado.

María y yo volvimos al asiento de atrás del coche de mi mujer. Había arrancado el motor de nuevo y puesto la calefacción. Eran más de las cuatro de la madrugada y la noche aún no había terminado. No, el bulto en mi pantalón no me permitía darla por cerrada.

La historia de Juan sobre la golfilla de su cuñada había conseguido empalmarme como un toro... una vez más.

Quizá no tenía tanto que envidiarle al jovencito, después de todo.

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Continuará...

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