María intercambiada en un coche - Completo (8)
Marcos no solo busca placer, busca dominar. Y esta noche, el castigo de María no será privado: será público, compartido y humillante. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar ella para aceptar el juego?
Cap. 11 – EL CASTIGO (II) – LA NEGOCIACIÓN
Salió como una exhalación y la seguí. Un tropezón, sin embargo, me hizo trastabillar y terminé sobre las losas de la acera.
Me miró encantada con aquella caída y, riendo a carcajadas, pero sin decir una palabra, se giró y se lanzó a la carrera.
—¡María! —grité para intentar pararla. Ella, muy al contrario, sorteó unos cubos de basura y torció por la primera calle que encontró accesible.
La había perdido. Había temido aquello desde que decidí que ir a tomar unas copas sería divertido. Debía de haber cambiado de idea acerca de tener que dar excusas por aparecer en casa de algún conocido a esas horas y sin avisar. Me lo tenía merecido, por idiota, pero no hacía ni dos minutos que se había escapado y ya la echaba de menos de una forma increíble.
Me sacudí la ropa que se había manchado de agua y arena. Y me erguí con la mayor gallardía posible para no quedar como un idiota delante de un grupo de adolescentes que bebían y reían junto a un coche del que salía una música infernal.
En fin, ya lo había considerado al entrar en el pub irlandés. Si ella desaparecía, me iría a casa y daría la noche por terminada. Y así lo hice. Busqué el coche de mi mujer con la mirada y, tras localizarlo en la distancia, eché a andar hacia él.
Me quedaban unos diez metros para alcanzar su posición, cuando una sombra se separó de detrás de una furgoneta y, para mi sorpresa, me atacó por la espalda.
María se me subió a caballo y, riendo a carcajadas, empezó a darme palmadas en el culo para hacerme galopar.
—¡Arre, caballito…! —gritaba y reía como una niña de cinco años.
Su risa sonaba como la mejor melodía que hubiera oído jamás. Era tan cristalina y feliz, que sentí remordimientos por lo que la estaba haciendo pasar. Y, al mismo tiempo, parecía que a ella todo aquello no la estaba afectando como podría haber temido que lo hiciera. Allí estaba de nuevo María, había vuelto a mí cuando pensaba que la había perdido, y saltaba y bromeaba como si unos minutos antes no la hubiera hecho avergonzarse ante un mozalbete. La actitud de mi alumna me maravillaba y, a la vez, me resultaba del todo perturbadora.
Me revolví riendo como ella y peleamos unos segundos hasta terminar recostados contra la furgoneta de Sara. Sus ojos brillaban como luceros felices. Y yo intenté besar aquella sonrisa. La sonrisa que relucía en sus pupilas.
María me esquivó y me metió una mano en la boca, haciéndome chupar sus dedos suaves, aunque acabados en aquellas garras que ya había probado en el coche un rato antes.
—Pero déjame la boca en paz, mujer… —protesté—. ¿A qué viene esto?
—¿No te lo imaginas? —preguntó, irónica.
No supe responder, solo negué con la cabeza.
—Pues es muy sencillo —se explicaba como una niña resabidilla—. En esos dedos que has chupado aún hay restos de la leche de tu amigo Salva… ¿A qué está rica?
—¡Serás cabrona…! —rezongué, y empecé a escupir asqueado.
María no paraba de reír.
—¿Qué pasa, señor profesor? —prosiguió con su juego—. ¿No te gusta el semen de un colega machote?
—Jodida pirada… —repliqué, escupiendo todavía.
—Vaya… parece que a los tíos os da mucho asco esa porquería que echáis por el pito… Pero os vuelve locos rebozarnos a nosotras en ella… o que nos la traguemos como si fuera caramelo líquido…
—Joder… no es para ponerse así… hay muchas chicas a las que les encanta…
—¡Y una mierda…! —replicó mosqueada—. Eso es por la influencia de la pornografía en la educación sexual de los chavales. Esa porquería no le gusta a nadie, aunque las chicas se den un atracón para darles gusto a sus novios... o a sus ligues… Solo hacen lo que ven en las películas…
Menudo alegato me acababa de soltar. Esta era la María que algún día sería una gran abogada.
—Vaya… no te hacía yo tan feminista… Pero quizá tengas razón.
—La tengo…
Rió unos segundos más y luego me tendió algo que sacó del bolsillo de su abrigo.
—Anda, ten… cómete unos caramelos de menta… —su sonrisa pícara me desarmó—. Y no te preocupes tanto, me he lavado las manos con agua y jabón, no me quedaba ni rastro de esa asquerosidad…
Le di las gracias y me metí dos en la boca. Ahora entendía que le estaba haciendo unas putadas inmerecidas. Me había pasado al menos tres pueblos. No obstante, aquella broma podía perdonarla pero no olvidaba. Apunté mentalmente el detalle para devolverle la gracia en cuanto me fuera posible.
—Y ahora —volvió a hablar—, si quieres, te puedo llevar a un sitio mucho mejor que la bazofia de pub donde hemos estado. Pero esta vez invitas tú.
Acepté sin titubeos y subimos al coche.
*
Unos minutos más tarde entrábamos en Paradiso, uno de los pocos bares que quedan con luces tenues y música suave donde se puede pasar un buen rato sin quedarse sordo. Desconocía el local, y tuve que darle la razón a María en que era mejor sitio que el pub cutre de donde veníamos. Ya eran las tantas de la noche, pero los viernes —ya sábado de madrugada— el bar cerraba mucho más tarde que el resto de la semana y aún faltaban algunas horas para que ello sucediera. En el Paradiso se podía conversar bajito con tu chica o chico y se veía salpicado de parejitas acarameladas en las butacas que llenaban el espacio del local, a excepción de la pista de baile lento.
No había mesas libres, pero negociamos con el barman que la próxima que se liberara nos la dejaría en exclusiva y volvimos a acomodarnos en dos butacas de la barra, al igual que en el pub. Pedimos una coca cola para ella y una nueva cerveza para mí y bebimos sin mirarnos.
—Bueno, estarás contento, ¿no? —dijo María con una sonrisa tras sorber de su vaso—. Ya me has castigado como prometiste.
Los ojos le chispeaban, se sentía envalentonada por el jugueteo que habíamos compartido en la calle.
La miré, burlón. No quería que ella se me subiese a las barbas, así que tenía que contratacar.
—¿Castigado? —sonreí irónico—. ¿A una pajilla le llamas tú castigo? Ni de coña, cielo, lo del chico ha sido un aperitivo.
—Ostras, Marcos, ¿qué leches te pasa? —protestó—. ¿Eres insaciable?
Su tono ya no era tan divertido, pero tampoco era de enfado.
—Algo así…
—Vete a la mierda… —sonrió con sorna—. Te creo capaz de cualquier cosa, pero ya veremos si te sigo la corriente esta vez.
Notaba que la historia del chaval se le había olvidado, así que decidí tirarme un farol.
—Venga, María, reconoce que a ti mis jueguecitos te encantan…
Bebió de su vaso mirándome a los ojos.
—Claro, señor profesor… —su cambio de apelativo, por lo inesperado, me tocó en la línea de flotación—. Y también los burros vuelan, no te fastidia…
Se echó a reír y su mirada me hacía cosquillas en los ojos. Tuve que contenerme de nuevo para no besarle los suyos. Demostrar flaqueza sería dar un paso atrás.
Y es que tenía que inventar algo ingenioso de nuevo. De no hacerlo, iba a perder mi influencia sobre ella. Pero era incapaz de imaginar nada que pudiera sorprenderla. María debió de notarlo, porque volvió a hacer la pregunta que había hecho al entrar en el pub irlandés, pero esta vez con una ironía cargada de mala leche.
—Venga, señor profe… ¿ahora que va a pasar? —su tono burlón denotaba su repentino sentido de dominio de la situación—. ¿Me vas a poner de cara a la pared con los brazos en cruz?
No lo podía tolerar. El nuevo castigo tenía que ser más ingenioso y enérgico. Pero no supe qué responderle, por más que estrujara mi cerebro para imaginar algo. Sabía que cualquier idea estrafalaria serviría.
Entonces recordé una película que había visto no hacía mucho. En ella se desarrollaba un juego que quizá pudiera reproducir en aquel bar. Era una idea estúpida, pero la noche estaba más por las locuras que por la sensatez, de modo que me vine arriba.
—¿Quieres jugar…? —la reté—. Pues juguemos…
—Tu dirás… —su atención, al menos, había vuelto a captarla.
—Busca entre las parejitas del bar y elige la que más te guste —le susurré al oído.
Su expresión cambió de burla a asombro.
—¿La… que más me guste? —preguntó, extrañada—. ¿Y en qué me baso para que me guste más o menos?
—No sé… —respondí—. Tú sabrás… Las chicas sois más emocionales, utiliza tu intuición.
Se volvió hacia la sala y recorrió con la vista todas las mesas del bar. Se la notaba intrigada. Llegó hasta el final sin decidirse por ninguna de las parejas.
—No veo a nadie interesante…
—Empieza de nuevo, ahora más despacio —la insté.
Volvió a empezar la revisión en sentido contrario y, casi al final del recorrido, se detuvo.
—Aquella del fondo —dijo—. La chica rubia con coleta y el chico moreno con barba de tres días.
Observé a los dos e intenté adivinar las razones por las que María había elegido a aquellos dos tortolitos que se besaban de vez en cuando y que miraban mucho a su alrededor, como buscando algo o a alguien. Era la pareja perfecta, pensé. Quizá aquella aparente búsqueda por su parte era una señal de que mi loco plan podría funcionar. Aunque, en su lugar, podría llevarme un buen puñetazo en la boca, porque aquel tío era joven y fuerte, difícil combinación en un enemigo para un intelectual sedentario como yo.
Me fijé en ellos mientras bebía de mi cerveza. Los estudié con ojo de profesor. El chico era un tipo guapetón, seguro de sí mismo y de veintipocos años. La chica, sin embargo, parecía mucho más joven e inocente, unos veinte, pensé. Ambos vestían ropa bastante pija. Él, pantalón rosa y jersey de marca. Ella, un vestido de falda corta que mostraba sus muslos y, seguramente las bragas, cuando se cruzaba de piernas, como en ese momento hacía.
—¿Por qué ellos? —pregunté.
—¿Por qué no? —respondió—. Si no me das más pistas me da igual unos que otros.
Estaba casi seguro de que la juventud de la chica había sido lo que la había empujado a elegirlos. Tal vez se sentía mejor frente a alguien de su edad. Pero no quise insistir.
—Ven, acompáñame… —dije saltando de mi taburete y tirando de uno de sus brazos.
—¿A… adónde vamos…? —dijo María soltándose de mi mano. Su cara mostraba sorpresa y falta de ganas—. ¿No podemos jugar desde aquí?
—Imposible… —respondí andando hacia ellos y volviendo a sujetar el brazo de María—. Necesitamos conocerlos en persona.
Cuando llegamos ante los jovencitos, se estaban besando con suavidad y no se percataron de que estábamos allí. Tuve que toser un par de veces para que detuvieran el morreo y se volvieran hacia nosotros. Cuando lo hicieron, nos miraron con sorpresa.
—Hola, chicos —dije sin esperar a que reaccionaran—. Mirad, os presento a mi novia, María. Yo soy Marcos.
Ninguno de los dos respondió, y yo me crecí ante su mutismo por la absurda situación que se había creado entre los cuatro. Si lo que estaba a punto de decir funcionaba, pues genial. Si no, haría unas risas con María unos minutos más tarde en el coche. No había nada que perder, solo era otro juego estúpido.
—Os preguntaréis por qué os interrumpimos, pero si nos dejáis que nos sentemos con vosotros, os lo explicaremos en un segundo. Yo pago una ronda de copas por vuestro tiempo.
Hice una seña al camarero y con un giro de mano le pedí una nueva ronda.
El chico le preguntó con la mirada a la rubita y ella se encogió de hombros.
—Vale, tío… —dijo el chaval—. Tenéis cinco minutos. Si lo que nos contáis no nos va, os largáis con viento fresco.
—Perfecto –respondí. Sabía que había ganado la primera batalla. Era hora de empezar la segunda.
Nos sentamos en dos sillas frente a ellos mientras el camarero servía las copas.
—Pero, antes… —continué—. ¿Podemos saber vuestros nombres? Vosotros ya conocéis los nuestros, es lo justo, ¿no?
Volvieron a intercambiar miradas.
—Ella es Lourdes, yo soy Juan —dijo al fin el chico. La jovencita pestañeaba sin parar, pero hasta ahora solo había hablado por gestos, y solo con su novio.
Y entonces, sin más, me lancé al vacío sin paracaídas.
—Vale Juan… —dije, acordándome de la explicación del imberbe que nos había asaltado de una forma semejante—. Verás… lo que ocurre es que desde que hemos entrado en el bar, le estaba comentando a María que siento unas ganas locas de follarme a tu novia.
—¿Q-qué…? —dijo el chaval. Los ojos de mis contertulios, María incluida, se abrieron como platos. Lourdes intentó levantarse, quizá para alejarse de aquella broma, pero Juan la retuvo del brazo y le apretó una mano para ganar su confianza. Le estaba insinuando, con toda seguridad, que podía estar tranquila. Porque podía tumbar a un imbécil como yo de un sopapo.
—Esperad, esperad… —dije levantando las palmas de las manos para calmarles—. No es tan malo como parece… Lo que os estoy proponiendo es que nos… intercambiemos, por supuesto… Yo me follo a tu novia y tú te follas a la mía.
—Mamada… —me cortó María.
La miré, perplejo. Ella se dio por aludida y aclaró.
—Yo solo mamada, cariño, ¿recuerdas? —aflautó la voz y dijo con tono cantarín—. Semáforo en rojooo…
Y estiraba la «o» para hacerse la graciosa, aunque mi gesto de contrariedad la cortaba en seco.
—Ah, vale, es verdad —me disculpé—. María hoy solo puede mamarla, está en esos días… ya sabéis...
Los tortolitos seguían sin decir nada. Había imaginado —iluso de mí— que las miradas a su alrededor eran a la búsqueda de alguna otra pareja para algo parecido a lo que yo les estaba proponiendo, pero parecía haberme equivocado de pleno.
Por fin, el chico se decidió a hablar. Su novia, sin embargo, se había encogido en el sillón y parecía querer desaparecer.
—Vale —dijo con un balbuceo—. Ya sabemos lo que queréis… si no os importa…
—Y… ¿qué os parece? —presioné para sacarlo de su estupor y que nos mandara a la mierda, si era lo que quería hacer, en aquellos momentos me la sudaba lo que hiciera.
—Bueno… —tartamudeó de nuevo, sonriente, sin un solo gesto de desaprobación—. Tengo que hablarlo a solas con Lourdes. Si no os importa, id a la barra y nos esperáis allí. Ahora os decimos algo.
¡Joder! ¡No me lo podía creer! Aquella gilipollez que había inventado sobre la marcha estaba funcionando. No estaba seguro de si llegaría a buen término, pero el comienzo no podía ser mejor. Estaba seguro de que el chico había picado el anzuelo. Imaginar la boquita de María mamándosela le había parecido ofrecimiento suficiente, el brillo de sus ojos lo delataba.
Lourdes, sin embargo, era el punto débil de la historia. Estaba casi seguro de que no iba a aceptar, a no ser que el chico la presionara a tope. La verdad era que, tras ver a la chica de cerca, la idea de follármela me provocaba tal subidón que amenazaba con reventar mis pantalones.
—Vale, nos vamos… —insistí—. Pero os agradecería si nos pudierais adelantar si esto os suena bien o es una completa estupidez… Hay otras parejas en este bar y la noche no va a durar para siempre…
Juan volvió a mirar a la chica, que esta vez no le dijo nada, ni siquiera con la mirada.
—La verdad… —dijo Juan, aun alelado—. Es que a mí no me suena mal… Lo que pasa es que a Lourdes tal vez le asuste…
Si hasta ese momento el recibir un «no» por respuesta no me habría preocupado, ahora ya no iba a tolerarlo, así que decidí jugarme el todo por el todo. Me levanté de la silla y, inclinándome sobre la boca de Lourdes, le di un piquito en los labios con mi lengua, haciéndola estremecer. La chica, sin embargo, no retiró la cara, como había temido que hiciera, y aproveché para lamerle la boca durante varios segundos. Juan se había convertido en estatua de sal y no había movido un solo músculo en todo ese tiempo.
María me miraba con una media sonrisa indescifrable, pero no salía de su mutismo. Sabía que una palabra de ella, un gesto tan solo, podría mandar a la mierda aquel juego, así que la miré de reojo y le rogué que no dijera nada y, mucho menos, que se levantara de la silla. Ella pareció entender mi mirada y se recostó sobre el respaldo.
—A ver, Lourdes… —le hablé a ella en exclusiva, después de volver a mi silla. Le hablaba despacio, con calma, como se le habla a los niños cuando quieres convencerlos de que se tomen su medicina—. ¿Nunca has participado en un intercambio?
Lourdes miró a Juan y luego volvió sus ojos hacia mí.
—N-no… nunca…
—Entonces te has perdido el placer que proporciona mirar a los ojos a tu novio cuando te está follando un desconocido —Lourdes abrió los ojos aún más. Juan se limpió una gota de sudor de la frente—. En ese momento, ambos, el que mira y el mirado, sienten crecer su amor de forma infinita… Es como un estallido de pasión entre los dos… Algo que luego ayuda a mantener el ardor en la pareja. ¿Lo entiendes? ¿Entiendes lo que te digo?
—Sí… supongo… no sé… —replicó ella, titubeante.
Veía alucinar a Juan, pero sus ojos parecían suplicarme que la convenciera. No supe la razón de aquella súplica hasta una hora más tarde. Aquella noche me guardaba muchas sorpresas.
—Si aceptáis la propuesta de María y mía —utilicé el nombre de María para enviar un mensaje de calma. Sin decirlo, les estaba dejando claro: «eh, que no soy un cerdo baboso… somos mi chica y yo que, simplemente, buscamos pasarlo bien en una noche de viernes, compartiendo lo nuestro con otros, de una forma equitativa y sin compromiso»—, te prometo que te voy a follar con cariño, despacio, suave, con mucho amor…
Y luego recalqué:
—Con el mismo cariño y suavidad que espero de Juan hacia mi chica, por supuesto.
El chaval asentía con la cabeza a todo lo que yo decía. Se le veía deslumbrado por la escena que se desarrollaba ante sus narices y era incapaz de meter baza. Pero estaba más que convencido, se le notaba, así que solo tenía que dedicarme a romper las barreras de aquella jovencita, que a cada segundo que pasaba me parecía más guapa y deseable.
—Dime, Lourdes… ¿qué piensas? —presioné.
—Mmmm… no sé…
Me acerqué de nuevo hacia ella y volví a picotearle la boca. Esta vez la sobé las tetas unos segundos, primero una y luego la otra. Acto seguido, le tome una mano y la apreté contra mi entrepierna, dura como una piedra en ese instante. La chica cerró los ojos y se humedeció los labios con la lengua. Me gustó ver aquella sensual expresión, muy de hembra caliente. Era señal de que podrían avecinarse buenas noticias.
Llegó el momento del ataque final. Acerqué mi boca a su oído y procuré que mis siguientes palabras no fueran oídas por nadie más que por la jovencita.
—Lourdes, cariño… Sssshh, que no se entere tu novio… Si me dejas que te folle esta noche, voy a hacerte sentir muy sucia… y muy puta… Vas a sentirte la más sucia de todas las putas… Te sentirás tan guarra, que desearás que la noche no acabe para poder follarte las pollas de todos tus amigos. Y te juro que me pedirás que te destroce el coño, que te folle tan fuerte que te lo reviente… ¿Te parece bien, cielo…?
Arrimé mi oído a su boca, esperando su respuesta.
—Mmmm… no sé… quizá… —replicó, caliente ya como una perra. Podía olerlo en su sudor y abrasarme con el calor que emanaba de ella.
Después, me levanté y lancé el último mensaje.
—Vale —dije para concluir—. Os damos diez minutos para que lo habléis, y si decidís que la respuesta es que no… no pasa nada… Quedamos como amigos y ya está… por supuesto… Os esperamos…
Unos segundos más tarde, María y yo ocupábamos nuestros taburetes de antes, junto a la barra. Ella me miraba con cara de enfado y se señalaba la sien con un dedo al que hacía girar.
—¿Se te ha ido la olla? —casi gritaba en susurros—. ¡Yo no se la chupo a ese tío ni loca!
Sonreí con malicia.
—Has sido una chica mala… y lo sabes… —dije sorbiendo de mi cerveza—. Y te mereces este castigo... mucho más que mirar a la pared con los brazos en cruz, ¿no te parece?
—Una… mierda… —María ya no reía, más bien temblaba.
Reí satisfecho. Le había dado la vuelta a la tortilla y me sentía triunfador, a pesar de no haber ganado aún la guerra.
—Bueno, María, cálmate… —repliqué con tono grave—. No pasa nada, está claro que la tal Lourdes no va a tragar… Aunque, si tragara, solo te librarás de que ese chaval te folle bien follada por esa salida del semáforo en rojo que se te ha ocurrido sobre la marcha… que si no, no te libraba ni dios…
Se mordió el labio. Parecía no atreverse a pronunciar la queja que se leía en sus ojos.
—¿Y eso por qué…? —preguntó, al fin, enfurruñada. Parecía una niña implorante—. Teníamos un trato…
—Tú propusiste un trato… —le aclaré. Me había aficionado a ese tono canalla que estaba descubriendo en mí. Tenía que reconocer que no se me daba tan mal… y que me producía un inmenso hormigueo de placer en la piel—. ¿Acaso me oíste aceptarlo?
—Asqueroso… —dijo ella y bajó la mirada.
Chica obediente, pensé yo.
—Si te portas bien, a lo mejor te retiro el castigo… —dejé una promesa en el aire—. O quizá, solo quizá, incluya en él la cláusula que tú quieres de no dejar que te folle nadie… excepto yo, por supuesto.
Reí bajito y le acaricié la mejilla. Mientras, por el rabillo del ojo, veía a Juan parlamentar con Lourdes. Movía las manos al hablar y ella le miraba sin un solo gesto y callaba. Parecía que el chico se afanaba por convencerla. Esperaba haber calentado a Lourdes como lo había hecho con él. Si fuera así, la fiestecita que íbamos a montar en el coche de mi mujer iba a ser épica. De esas que se recuerdan por siempre.
Aunque, en esos momentos, no podía imaginar cuán épica iba a resultarme la velada… En diferentes términos, todo hay que decirlo.
María iba a soltar una palabrota, pero la voz de Juan la detuvo en seco.
*
Mientras María y yo discutíamos, Juan se había levantado del asiento que compartía con Lourdes y se había dirigido hacia nosotros. Lourdes seguía sentada, pero ya se abrochaba el abrigo.
Aquello tenía pinta de ir viento en popa. Mi pene empujó dentro del pantalón. Se le veía feliz aquella noche.
—De acuerdo, aceptamos la propuesta… —dijo Juan al llegar a nuestro lado. Mi sonrisa se agrandó hasta lo indecible. La de María se había congelado—. ¿Dónde lo hacemos?
Mi casa podía ser una buena opción, medité un instante. Pero luego deseché la idea. No podía dejar mi intimidad expuesta a unos milenials y pensar que aquello no me iba a costar un disgusto. Mi supuesta «novia» se volvió a tapar la cara tras su coca cola, fingiendo dar un largo trago. Imaginé lo que pensaba: «no, por dios, no… no…»
—En el coche —respondí.
—¿En… el coche…? —se extrañó el chaval—. Joder… ¿no tenéis nada mejor…?
—Me temo que no —respondí—. Ya sabes… casas ocupadas por amigos que se lo pasan bien con lo suyo. Son cosas de turnos y eso… A nosotros nos toca hoy hacerlo fuera. Pero es la mar de divertido, te lo aseguro. Y emocionante.
—Hostia, que putada —dijo Juan—. Mi coche es un deportivo, en él no hay quien se mueva para echar un polvo… y menos siendo cuatro…
Temí que se nos fuera la ocasión por una tontería y atajé la cuestión rápidamente
—No te preocupes… —respondí—. Mi coche es un familiar, hay espacio de sobra. Nos podemos apañar dos delante y dos detrás. A veces nos las hemos arreglado hasta tres parejas… —mentí.
Juan se humedeció los labios. Lourdes, por detrás de él, se colocaba el pelo por fuera del abrigo, coqueta.
Se miraron y ambos asintieron con la cabeza.
—Seguidme —les dije al salir del bar.
Tiré de una de las muñecas de María, quien gruñía en susurros. Sabía que iba a tener que comerse la verga del chaval, tanto si le apetecía, como si no.
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Continuará...
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