Casada, cachonda y mal follada
Katrina lleva años esperando que alguien la mire de verdad. Cuando Alex le dice exactamente lo que es, la puerta se abre. Esta noche no hay excusas, ni maridos, ni límites: solo la necesidad de ser poseída hasta el agotamiento.
Continuo en un lugar de Oriente medio. Lo que voy a decir ahora no quiere decir que a todos los extranjeros que estamos aquí vivan la situación de la misma forma, que cada cual se adapta de distintas maneras. Pero también es muy cierto que una serie de “restricciones” por la cultura y la religión imperante, coartan la vida que se pudiera tener por ejemplo en cualquier lugar de Europa. Lo que hace que se viva en núcleo de amistades reducidas, no voy a decir depresiones, pero si ciertas “inestabilidades” mentales. Estando más afectadas las mujeres, ya estén trabajando o simplemente estén acompañando a sus maridos. Aunque hay que yo conozca, tres parejas donde son las esposas las que trabajan y ellos están de acompañantes. Resumiendo, una vida monótona y aburrida. Lo que hace que se tomen otras maneras de diversión.
La legación de un país de Europa celebraba su día nacional e invitaron a mi empresa. Como a nadie le apetecía ir a esa fiesta de pijos, me tocó a mí por ser el último en llegar. Iba el jefe y yo de pringado de compañía. Me avisa el cabrón que buscaría una excusa para pirarse, pero que yo tenía que aguantar hasta el final. Mesa para doce. Todos mayores que yo. De las cinco mujeres que había en la mesa, solo una me llamo la atención desde el primer momento. Katrina (48 años — pelo corto pero abundante rubio — ojos verde claros — 1.66 — 50 kg — mucho pecho — delgada — muy buena figura — siempre me dio la impresión de que era una mujer insatisfecha). Me dio la impresión de que era una mujer insatisfecha, con cara de estar harta de todo. Su expresión era de aburrimiento puro, de insatisfacción, con un poco de rabia y hartazgo. Mi imaginación volaba pensando en qué cara pondría si la follaba bien. Su marido era Lars (ni idea de la edad, pero pareciera la que fuera, estaba hecho una mierda, mal conservado, con un pelo estilo toldo, 1.78, 95 kilos). Era un hombre bastante importante por el cargo que tenía.
El tío hablaba con todo el mundo, pero a su mujer no le hacía ni puto caso, salvo en momentos muy puntuales, donde ella ponía una sonrisa más falsa que un billete de tres euros. Me puse a hablar con ella, que al principio me escuchaba más que hablaba. Hasta que después de currármelo bastante, la hice sonreír de verdad, una sonrisa que no tenía nada que ver con las otras. Tenía una boca y unos labios que parecían hechos para mamar. Se animó —va a ser la primera cena en la que voy a estar cómoda—. Nos entendíamos en inglés, aunque no era nuestro idioma, y ella intentaba hablar español, iba mucho a España de vacaciones. —Aquí hay demasiadas prohibiciones, no puedes estar como quieres en la playa, solo puedes beber en sitios muy concretos, después de un mes ya no tienes nada nuevo que descubrir y estoy hasta... de ir de visita a las dunas— dijo con resignación, y la entendía a la perfección. Quería fumar un cigarro y nos fuimos a donde se podía, se lo dijo a su marido y él estaba tan entretenido hablando que ni caso. Me atraía un huevo, así que la "sondeé", la "tanteé", y ella solo sonreía mientras escuchaba. Empezaba a dudar si me entendía o si, al no ser nuestro idioma materno, la confusión era plausible.
—Oye Alex, acabo de cumplir 53 años, estoy casada. No te deben haber informado de quién es mi marido y quién soy yo. Porque si no... no me estarías entrando. Además, tengo un hijo de tu edad o mayor, lo que quiere decir que podría ser tu madre— me dijo, soltando una bocanada de humo. —No me lo has preguntado, pero te saco de dudas. Sé quién es tu marido, claro que me lo han dicho. Tu marido es... una persona importante, ya lo sé. Pero un cretino integral. Porque a una mujer como tú no se la puede ignorar como lo hace él. Y tú, además de ser su esposa, se ve, se nota, que estás muy aburrida, harta y seguro que te gustaría algún aliciente nuevo en este puto país. Eres una combinación explosiva— le dije, mirándola a los ojos sin pelos en la lengua. —Ja, ja, ja, qué descarado, pero me gusta que tengas tanta confianza en ti mismo. ¿Y qué es eso de que soy una combinación explosiva?— su mirada mientras me preguntaba era de pura excitación.
—Porque eres eso, una mujer casada, cachonda y seguro que mal follada— fue un medio susurro, directo y contundente. No perdió la compostura, ni un mal gesto, ni una expresión de sorpresa. Simplemente, dio otra calada profunda, me echó el humo en la cara y me dio lo que quedaba del cigarro para que lo tirara donde quisiera. Luego se dio la vuelta y se marchó a la mesa. Mientras apagaba el cigarro en un macetero con una planta, pensaba que lo mismo me había pasado varios pueblos. Al llegar a la mesa, veía la misma estampa: Katrina con su misma pose de esposa abnegada, harta de estar allí. Mi jefe ya había desaparecido y, viendo el panorama, decidí que era hora de pirarse, ya que la única persona interesante, que era Katrina, había dejado de hablarme. Me despedí de los de la mesa y, cuando me iba a levantar, —Lars, el joven Alex se ha ofrecido a llevarme, que no me encuentro muy bien— le dijo a su marido, quien me dio las gracias y le dijo algo a su esposa en su idioma, que no entendí, pero por su cara era como si le estuviera diciendo "qué pesada, siempre poniéndote mala, siempre con excusas".
Fuimos camino a mi coche y ella iba pegada a mi lado. Entre susurros provocadores, me dijo —espero que me lleves a un sitio donde puedas demostrarme que soy una combinación explosiva, pero debes saber que soy muy exigente— y añadió, como si fuera algo sin importancia, trivial —lo que más me gusta de aquí son los caballos sementales hispano-árabes, poderosos, incansables... y de España sus toros. El que más me gusta es el toro Miura, noble, con ritmo de embestida, con bravura, inteligente, temperamental, con una forma de embestir salvaje, valiente e imprevisible—. No sé si entendería de toros, pero era una clara invitación a poseerla. —¿Y tu esposo en qué categoría está?— le pregunté al entrar en el coche. —en los cabestros de los Sanfermines, manso y flojo— y no tardamos en llegar a mi casa.
Llegamos a mi casa y ni bien cerré la puerta, ya la tenía contra ella. La empoderé contra la madera y me comí esa boca de putona que tenía. No hubo timidez, se abrió como una flor, metiéndome la lengua hasta la garganta, mordiéndome el labio. Mis manos fueron directas a su culo, a esas dos nalgas duras y perfectas, y la levanté como si no pesara nada. La llevé a mi cuarto tirándole ropa por el camino, chaqueta, camisa, mi camiseta. Cuando la solté sobre la cama, me miró con esos ojos verdes inyectados en lujuria, abriendo las piernas sin que se lo pidiera.
—Venga, cabrón. Demuéstrame de qué vas. Enséñame a ese Miura si eres de verdad un semental o solo un niño con mucha palabrería— me dijo mientras se desabrochaba la blusa.
Me quedé de pie al pie de la cama y me bajé los pantalones de un tirón. Cuando mi polla salió libre y dura, vi sus ojos abrirse de par en par. Se quedó callada, con la boca un poco abierta, mirando mi polla como si fuera una reliquia sagrada.
—Joder... mierda... pero qué coño tienes ahí...— susurró, más para sí misma que para mí. Se incorporó, sin quitarse la blusa, y la rodeó con su mano. Sus dedos apenas se cerraban. —Está... joder, es enorme. Más grande que cualquier cosa que haya visto en mi puta vida—.
Se inclinó y se la metió en la boca. Casi se ahoga. Intentó tragársela entera, tosió y se retiró con un hilo de baba colgando de su labio. Me miró, con los ojos llorosos de tanto esfuerzo, pero sonreía. Era la sonrisa de una perra que acaba de encontrar el hueso más grande del mundo.
La tumbé de espaldas, le arranqué la blusa y el sujetador con la misma rabia, y salieron esas tetas espectaculares. Me las comí, mordiendo sus pezones hasta hacerla gritar. Bajé, me comí su coño a través de las medias, rompiéndolas con los dientes hasta llegar a su piel. Olía a mujer, a excitación, a necesidad. Le pasé la lengua por su coño, haciéndola arquear como un arco.
—¡JODER, SÍ! ¡ASÍ! ¡COME EL COÑO, PUTO!— chilló.
Pero quería más. Necesitaba ser follada. Se giró, se puso a cuatro patas y me miró por encima del hombro.
—Ahora, Alex. Ahora métela. Fóllame. Fóllame como si me quisieras romper por dentro. Dame toda esa verga, semental—.
Me coloqué detrás de ella y, sin más preámbulos, la penetré de un solo golpe, hasta el fondo. Un grito gutural se escapó de su garganta, un sonido de dolor y de placer puro. Su coño era un nudo de fuego, apretado, mojado, que me absorbía. Empecé a darle, sin piedad, a un ritmo que no le daba tiempo a respirar. Cada embestida era un martillazo, mis pelotas le daban en el clítoris. La cogía por la cintura, por el pelo, tirando de su cabeza hacia atrás. Mientras se escuchaba con fuerza el ruido de mi cuerpo cuando chocaba con el suyo.
—¡ASÍ! ¡MÁS DURO! ¡NO PARES, PUTO CABRÓN, NO PARES! ¡DESTROZA MI COÑO!— gritaba, con la cara hundida en la almohada. El cuerpo le temblaba, las nalgas se le ponían rojas de los golpes de mi contra su piel. Se corrió con la primera embestida fuerte, un espasmo que recorrió todo su cuerpo, un grito ahogado. Pero no se rindió. Apuró la cara y me miró de nuevo. —¡No, no te vengas! ¡Sigue, joder, sigue follándome!—.
Y seguí. La volví, la puse encima de mí y la dejé que se moviera, que se clavara una y otra vez, buscando su propio ritmo. Cabalgaba como una posesa, con las manos en mi pecho, contoneándose sobre mi polla. Se corrió otra vez, esta vez más largo, un temblor que la dejó sin fuerzas y se desplomó sobre mí.
Pero yo no había terminado. La agarré, la levanté y la volví a tumbar, esta vez boca arriba. Le levanté las piernas hasta apoyarlas en mis hombros y volví a meterla toda. La tenía doblada por la mitad, abierta, completamente mía. La miraba a los ojos mientras la follaba, viendo cómo se perdía en el éxtasis, cómo no daba crédito a mi aguante.
—¿Cómo? ¿Cómo coño puedes seguir? ¡Joder, no te corres! ¡Eres una máquina!"— balbuceaba, entre gemido y gemido. Su cara era una mezcla de sorpresa, dolor y una felicidad absoluta. Era la puta más feliz del mundo en ese momento, siendo destrozada por una polla que parecía no tener fin.
Sentí que mis propios límites se acercaban. El calor subía por mi espina dorsal. —Me voy a correr, Katrina. Voy a llenarte— le avisé.
—¡DENTRO! ¡JODER, TODA DENTRO! ¡QUIERO SENTIR CÓMO ME LLENAS, PUTO!— me suplicó.
Con un último rugido, me corrí, un chorro de semen caliente que la inundó por dentro. Sentí cómo su coño se contraía otra vez, un último orgasmo que sacudió su cuerpo exhausto. Me quedé dentro de ella un momento, sintiendo cómo latíamos los dos al mismo ritmo, sudados, agotados, completamente satisfechos.
Cuando me salí, vi cómo mi leche se le deslizaba por el muslo. Se quedó tumbada, con los ojos cerrados, sonriendo. Una sonrisa de oreja a oreja. La sonrisa de una mujer que, por fin, había sido follada como necesitaba. Me tumbé yo a su lado, sin aliento, con el corazón martilleándome en el pecho como un animal enjaulado. El olor a sexo, a sudor y a su coño llenaba la habitación. Estaba callada, solo se oía nuestra respiración agitada. Pasé un minuto, luego dos. Creí que se habría quedado dormida, rendida.
De repente, se giró hacia mí, me apoyó una mano en el pecho y me miró con esos ojos verdes, pero ahora ya no eran de insatisfacción, eran de pura y dura posesión. Una sonrisa canalla se dibujó en su cara.
—Joder, Alex... Eres una bestia. De verdad. Pero esto no ha acabado, ¿eh? No creas que con una corrida vas a saciar lo que llevo acumulando años. Esto solo ha sido el aperitivo, el calentamiento para la corrida de toros. Y yo quiero ver a este Miura correr y embestir hasta el final—.
Dicho esto, se deslizó hacia abajo, su pelo rubio rozando mi piel. Mi polla, todavía semi dura y cubierta de nuestros fluidos, se erizó de nuevo al sentir su aliento. Me la miró, la examinó con un cariño casi reverencial, y luego la lamió de abajo arriba, limpiándola con su lengua. Saboreándose a sí misma, a mí.
—Mmm... qué rico. Me sabe a ti y a mí. Pero ahora me toca a mí, puto. Voy a comerte esta verga hasta que te llores. Voy a sacarte hasta la última gota de leche que te quede en los cojones"—.
Y se puso a trabajar. Pero no era una simple mamada. Era un espectáculo. Se la tragaba entera, hasta las pelotas, sin ahogarse, con una técnica que solo dan los años de práctica y una necesidad desesperada. Me masturbaba con una mano mientras me chupaba los huevos, metiéndomelos uno a uno en la boca. Me miraba fijamente, disfrutando de cada gemido que yo soltaba, de cada espasmo de mi cuerpo. Era una artista, una diosa del sexo oral, y yo era su instrumento.
Me tenía al borde del abismo una y otra vez, y cada vez que sentía que iba a correrme, se detenía, apretando la base de mi polla para frenar el orgasmo. Me estaba torturando, y a mí me encantaba.
—¿Qué pasa, semental? ¿Te vas a correr ya? ¿Tan poco aguantas? Pensaba que eras incansable— me decía con una voz ronca y provocadora, antes de volver a metérsela hasta la garganta.
No pude más. La agarré por la cabeza y la obligué a quedarse, moviendo mis caderas para follársela la boca. Se corrió otra vez, sin ni siquiera tocarse, solo con el placer de ser usada así, de sentir mi polla pulsando en su garganta. Sentí cómo sus gemidos vibraban a lo largo de mi verga y eso fue lo que me terminó por follar.
—¡ME CORRO, KATRINA! ¡JODER, ME VOY A CORRER EN TU PUTA CARA!— grité.
Se retiró justo a tiempo, apuntándome con la boca abierta y la lengua fuera. El primer chorro le dio en la frente, el segundo en la mejilla, y el resto lo fui depositando en su boca, que lo tragó sin dudar, con un sonido de pura satisfacción. Me quedé vacío, seco, con las piernas temblando.
Ella se limpió la cara con el dedo, se lo llevó a la boca y lo chupó. —Mmm... delicioso. Pero ya ves, Miura, todavía tienes más. Y esta noche, te voy a sacar todo—.
Se levantó, fue al baño y volvió con un vaso de agua. Me lo dio a mí y luego se sirvió otro para ella. Se sentó en la cama, cruzando las piernas, como si estuviéramos en una reunión de negocios, pero completamente desnuda y cubierta de mi semen.
—Ahora descansa un poco, mi niño. Porque en cuanto te recupere, voy a montarme otra vez en ti y esta vez no me bajo hasta que te quedes seco. Quiero sentir cómo te agotas dentro de mí. Quiero que mañana no puedas ni caminar. Y quiero que cada vez que veas a mi marido, recuerdes que has follado a su mujer como a una perra en celo y que ella te lo ha agradecido a gritos. ¿Lo entiendes?—.
Asentí, sin palabras. Miré mi reloj. Eran las cuatro de la mañana. Llevábamos follando casi dos horas. Y por la mirada que tenía, sabía que la noche, o lo que quedaba de ella, no había hecho más que empezar.
Me quedé tumbado, con el cuerpo dolorido pero la sangre hirviendo de nuevo. Katrina me miró con una sonrisa de depredadora, se montó sobre mí y, sin usar las manos, guio mi polla ya dura de nuevo hacia su coño empapado. Se dejó caer lentamente, absorbiéndome hasta el fondo, y lanzó un gemido bajo y prolongado. Empezó a moverse, ese ritmo lento y profundo que sabía que me volvía loco.
—Venga, semental... demuéstrame que puedes darme más... que eres mi toro particular— susurró, inclinándose para morderme el cuello.
Fue en ese preciso instante cuando su móvil, en la mesita de noche, empezó a vibrar y a sonar con ese tono de llamada estúpido y corporativo. Se quedó quieta, con mi polla clavada dentro de ella, y miró la pantalla. Vi cómo su expresión cambiaba. Era una sonrisa aún más perversa, más malévola.
—Es él. Es el cretino de mi marido— me dijo en voz baja, sin dejar de mirarme a los ojos. Dudó un segundo, un instante de cordura que pareció luchar contra su lujuria. Luego, la decisión fue clara. —Esto va a ser divertido—.
Cogió el móvil, deslizó el dedo para responder y, con un movimiento de muñeca, activó el altavoz. La voz de Lars sonó en la habitación, nasal y aburrida.
—Katrina, cariño, ¿dónde demonios estás? La fiesta ha terminado hace horas. He estado esperando. El chófer está esperando. ¿Estás bien?—.
Katrina no se quedó quieta. Al contrario, empezó a cabalgarme de nuevo, lentamente, mientras mantenía el móvil cerca de su boca. Su voz era un dulce veneno.
—Hola, cariño. Sí, estoy... bien. No te preocupes por mí. El joven Alex se portó como un caballero y me trajo a casa para tomarme una pastilla porque me encontraba un poco mareada—.
Mentía, claro. Estaba en mi casa, con mi polla enterrada hasta las pelotas en su coño. Y mientras hablaba con su marido, empezó a moverse más rápido, apretando sus músculos internos para exprimirme.
—¿En casa? ¿Ya estás en casa? ¿Por qué no me has llamado? ¿Necesitas que vaya?— preguntó Lars, con un tono de falsa preocupación que no le creía ni su propia madre.
Katrina soltó una risita, un gemido disimulado que salió perfecto. —No, no, cariño, qué exagerado. No hace falta que vengas. De hecho... prefiero que no vengas. Necesito descansar. Estoy... muy, muy cansada. Pero de una forma... agradable—.
Mientras decía "agradable", se sentó con fuerza sobre mí, haciéndome morder mi propio labio para no gritar. El sonido de nuestros cuerpos chocando, húmedo y obsceno, llenaba la habitación. Me miró, con los ojos brillantes, retándome a hacer un ruido.
—¿Cansada? ¿Pero qué ha pasado? ¿Estás segura de que estás bien? No te noto bien— insistió el tonto al otro lado de la línea.
Katrina se inclinó hacia mí, sus tetas me rozaban el pecho. Me susurró al oído, lo bastante bajo para que Lars no oyera: —"Joder, sí, gime, puto. Hazle saber a mi esposo que te estas follando a su mujer—.
Siguió hablando al teléfono, con la voz rota por el placer que le estaba dando mi polla, dijo: —Es que... ah... es que he encontrado una forma de... entretenerme en este puto país. Algo que me hace sentir... viva. Muy viva. Algo que tú... joder... que tú nunca me has dado—.
Se estaba poniendo salvaje. Cabalgaba como una posesa, arriba y abajo, con una fuerza que me tenía al borde del colapso. Yo no me quedé atrás. La agarré por la cintura y la ayudé, levantándola y dejándola caer sobre mi verga una y otra vez.
—¡Katrina! ¿Qué coño estás diciendo? ¿Estás borracha? ¡Contéstame!— gritó Lars, ya claramente irritado.
Ella soltó una carcajada, mezclada con un gemido de puta. —Borracha de placer, cariño. De pura y dura verga. Estoy con un hombre que sabe follar, ¿entiendes? Uno que no se corre en dos minutos como un maricón. Uno que me trata como la perra que soy. ¡JODER, SÍ! ¡ASÍ, MÁS DURO!—.
Ya no le importaba. Ya no ocultaba nada. Le estaba contando a su marido, en tiempo real, cómo otro hombre la estaba follando. Y le estaba encantando.
—¿Qué... qué me estás diciendo? ¿Te estás... joder... me estás siendo infiel?— balbuceó Lars, su voz ahora una mezcla de shock y humillación.
—¡Infiel! ¡Te estoy siendo más que infiel, cretino! ¡Estoy follando con un hombre más joven, más fuerte y con una polla que tú ni en tus mejores sueños podrías tener! ¡Estoy follando como una perra en celo y me encanta! ¡Él me está rompiendo el coño y yo le pido más! ¿Lo oyes? ¿Oyes cómo me follan?—.
Y para dejarlo aún más claro, dejó de moverse y me empujó a mí. Me puse a cuatro patas sobre ella y la empecé a dar con una brutalidad salvaje, sin control. La cama golpeaba la pared, mis pelotas le daban en el culo con cada embestida. Los gritos de Katrina eran ahora incontrolables, puros gritos de placer animal.
—"¡SÍ! ¡ASÍ! ¡FÓLLAME! ¡DESTROZA MI COÑO! ¡JODER, CÓMO ME FOLLAS! ¡SÍ, SÍ, SÍ! ¡ME VOY A CORRER! ¡ME ESTOY CORRIENDO COMO UNA PUTA!"—.
Lars seguía al otro lado, en silencio, escuchando la humillación más absoluta. Escuchando cómo su mujer alcanzaba el orgasmo más violento de su vida a gritos, gracias a otro hombre.
Cuando ella se calmó, jadeando, con el cuerpo temblando, cogió el móvil otra vez. Su voz era un hilo, pero cargada de desprecio.
—¿Has oído, cariño? Eso es un orgasmo de verdad. Algo que tú nunca me darás. Ahora vete a dormir. Y no me llames más. Esta noche soy de él. De su polla. Adiós, marido mierda—.
Colgó el teléfono, lo tiró a un lado de la cama y me miró. —Ahora... acábame. Acábame de verdad. Hazme tuya del todo—.
Y la follé de nuevo, sin piedad, hasta que el sol empezó a asomar por la ventana. El silencio que siguió a la humillación de Lars era denso, eléctrico. Katrina me miraba, con el pecho subiendo y bajando, sus ojos verdes brillando con una fiebre que nunca antes había visto. Era la mirada de una mujer que acaba de romper las últimas cadenas que la ataban.
No necesité más. La agarré, la giré como si fuera un muñeco y la puse a cuatro patas, con la cara pegada a la almohada y el culo en alto, en señal de rendición total. Entré en ella de un solo golpe, sin piedad, hasta el fondo. Su coño estaba hinchado, sensible, pero también más húmedo que nunca, lubricado por sus propios orgasmos y la humillación de su marido.
Empecé a darle, con una furia que ni yo sabía que poseía. Ya no era solo sexo, era una marca de propiedad. Cada embestida era una declaración de guerra contra su vida aburrida, contra su marido, contra este puto país. La cogía por las caderas, mis dedos clavados en su piel, dejándole marcas moradas que durarían días.
—"¡Sí! ¡Así! ¡Más fuerte! ¡Enséñame quién es el que manda! ¡Marca mi coño, puto! ¡Hazme tuya!"— gritaba, ahogada en la almohada.
La cama golpeaba la pared con un ritmo frenético, un redoble de tambor primitivo que anunciaba el amanecer. El sol empezaba a colarse por la persiana, dibujando rayos de luz en la habitación, iluminando el espectáculo. Nuestros sudores se mezclaban, el olor a sexo era tan potente que casi se podía saborear.
Vi cómo sus piernas empezaban a temblar, cómo perdía el control de su cuerpo. Se corrió de nuevo, un orgasmo largo y profundo que la hizo gritar hasta quedarse sin voz. Se desplomó sobre la cama, completamente rendida, pero yo no me detuve. La seguí follando, usando su cuerpo inerte para mi placer, como había prometido.
—No... no puedo más... Alex... por favor... me vas a romper— susurró, con la voz casi inaudible.
Pero sus palabras solo me excitaban más. La volví a colocar, esta vez boca arriba, con las piernas abiertas colgando de la cama. Me arrodillé entre ellas y volví a penetrarla. La miraba a los ojos mientras la follaba, viendo cómo se perdía en un estado de semiinconsciencia, entre el dolor y el placer más extremo.
Sentía que mis propias fuerzas flaqueaban, que cada vez estaba más cerca de mi propio límite. El esfuerzo era monumental, pero la satisfacción de verla así, destruida y entregada, me daba una energía sobrenatural.
—Mírame, Katrina. Mírame a los ojos mientras me corro. Quiero que veas quién te está llenando. Quiero que lo recuerdes siempre— le dije, con la voz tensa por el esfuerzo.
Abrió los ojos, vidriosos, perdidos, y me miró. —ME CORRO... ME CORRO DENTRO DE TI... JODER... TODA... PARA TÍ...— balbuceé.
Y me corrí. Una última, violenta y agotadora explosión que vació mis cojones por completo. Me quedé dentro de ella un momento, sintiendo cómo nuestros latidos se calmaban, cómo la luz del sol inundaba ya toda la habitación.
La saqué y me caí a su lado, sin fuerzas para nada más. Estábamos hechos polvo, cubiertos de sudor, semen y los restos de una noche de pura y dura transgresión. Nos quedamos en silencio un largo rato, solo el sonido de nuestra respiración.
Finalmente, ella se giró y me acarició la cara. —Joder, Alex... Eres lo mejor que me ha pasado en mi puta vida. Te has follado mi cuerpo, pero lo más excitante es que me has follado la mente, pero también has destruido mi vida anterior. Y no sabes cuánto te lo agradezco—.
Nos quedamos dormidos así, abrazados, con el sol ya alto en el cielo. Cuando desperté, ella no estaba. En la mesita de noche había una nota escrita:
"Gracias, Miura. Me he corrido como nunca. Lo tuyo no es follar, lo tuyo es un ARTE. Esta noche ha sido más real que toda mi vida de casada. No te preocupes por Lars. Ha aprendido su lugar. Quizá nos veamos pronto. K."
Me quedé tumbado, oliendo su perfume en las sábanas. Sabía que, aunque fuera solo por una noche, había cambiado la vida de esa mujer. Y, sin duda, ella también había cambiado la mía.
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