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María intercambiada en un coche - Completo (7)

Marcos tiene un plan para castigar a María por haberse tocado sola sin su permiso. El castigo no será un simple juego de ataduras, sino una humillación pública que pondrá a prueba los límites de su sumisión y su propia identidad como pareja.

Abel Santos3.5K vistas9.6· 11 votos

Cap. 9 – MARÍA YA ESTÁ SATISFECHA

No tardé más de quince minutos en volver. Me acomodé en el asiento y le mostré a María la caja de preservativos que acababa de comprar. Ella los miró con indiferencia. Se había cubierto con el abrigo por encima de las piernas, a pesar del calor que reinaba en el coche por la calefacción.

—¿Qué llevas en la bolsa? —preguntó al reparar en el paquete de plástico que llevaba en la otra mano.

—He traído algo de beber —respondí. Saqué un pack de cervezas y se lo mostré, sonriente—. Mira, unas cervezas fresquitas para recuperar líquidos y… ¡unos sándwiches para que no muramos de hambre!

—¡Genial! —saltó ella con gesto alegre. Me quitó el pack de cervezas y extrajo una, la abrió y le dio un largo trago. Luego estiró la mano y me pidió un sándwich—. Dame uno cualquiera, me muero de hambre.

Negué con la cabeza y su sonrisa se congeló.

—Nada de eso… —repliqué—. Primero vamos a follar y luego comeremos…

Puso gesto de desagrado.

—¿Ya estás con esas, Marcos? ¿Te han dicho alguna vez que eres un enfermo…? —se quejó—. ¿No puedes pensar en otra cosa que no sea el sexo? Primero dame un sándwich y luego ya hablaremos de lo de follar…

Volví a negar con la cabeza y alejé la mano que sujetaba la bolsa con los sándwiches.

—Lo siento, cielo, pero llevo un calentón de muerte y tengo que solucionarlo lo antes posible si no quiero que se me derritan los testículos…

María volvió a poner el gesto de disgusto que manejaba perfectamente cuando quería mostrar un sentimiento entre el asco y el desprecio.

—Ni hablar, guarro… Si estás caliente, te la meneas…

—¡Y una mierda…! —repliqué yo—. Me has dejado a medias por los putos condones… y ahí los tienes… No puedes hacerme esto, un calentón así puede dejar impotente a un hombre…

Ella aflojó un poco la cuerda.

—Bueno… está bien… si me das un sándwich te la meneo yo si quieres…

Bebí un trago de mi lata de cerveza, necesitaba enfriar mi ánimo porque me estaba cabreando por momentos. Tenía que contenerme, era claro que por la fuerza no la conseguiría. Y la aventura con su boca ya no era tan alcanzable sin salir herido. Apelé a la excusa que nos había llevado hasta el aparcamiento del hiper.

—¿Y qué ocurre con tu calentura? —pregunté, intentando sonar cariñoso—. ¿Ya no te importa parecer un farolillo navideño?

Ella sonrió. En su mirada noté que algo había cambiado en la situación desde que me había ausentado del coche. El solo hecho de que sonriera era ya una novedad.

—Ya no tengo calentura… mi color ha vuelto a ser normal… mírame si quieres…

Me mostró la piel de su cara y de su cuello. El color grana se había esfumado. ¿Cómo era aquello posible? ¿No había dicho que le podía durar horas?

—¿No decías que tardaba mucho en desaparecer si no tenías sexo? —me quejé, malhumorado.

—Bueno… es que, tal vez… sí que haya tenido sexo en tu ausencia… —replicó, melosa, pestañeando como la actriz de una película antigua.

Mi expresión cambió del enfado a la sorpresa. Miré alrededor, buscando un posible competidor. A punto estaba de abrir la puerta para mirar fuera del coche, cuando ella me retuvo.

—Tranquilo, Marcos… —dijo con sonrisa pícara—. No hay ningún chico guapo por los alrededores… al menos ningún empotrador, que yo sepa…

—¿Entonces…? ¿De qué coño estás hablando…?

María levantó la mano izquierda, separó el dedo corazón y lo introdujo en su boca con gesto sensual. Lo chupó y lo volvió a sacar, haciéndome una peineta descarada, mientras lanzaba una carcajada de satisfacción.

—¿Te has… tocado…? —espeté—. ¡Serás cabrona! ¡No me jodas que te has pajeado en vez de esperarme! ¡Me cago en la leche…!

Ella seguía con su gesto burlón. Mis salidas de tono no parecían impresionarla ahora.

—Y me ha sentado genial, te lo aseguro… Me habías puesto a mil, así que he tenido un orgasmo de los que se recuerdan… Eso sí, lo he hecho pensando en ti, profesor, te lo prometo…

Volvió a reír y yo bufé. No sabía lo que estaba pasando, pero saltaba a la vista que ya no era yo el dueño de la situación. Era ella la que marcaba los pasos de baile. Y hasta se permitía burlarse de mí.

Estaba total y absolutamente cabreado. Aquello no podía quedarse así. No obstante, esta vez no me resistí cuando ella me quitó de las manos la bolsa de los sándwiches.

—Joder, María… —espeté con el mayor tono de enfado que pude poner—. Eso ha sido una gran putada… Voy a tener que castigarte…

Tomó un sándwich de la bolsa y empezó a comerlo con satisfacción.

—¿Ah, sí? ¿Vas a castigarme? —dijo tras sorber un trago de la lata de cerveza—. ¿Y cómo vas a hacerlo? ¿Vas a ponerme deberes extra?

No paraba de reír con cada ocurrencia. A mí, sin embargo, sus chistes no me hacían maldita la gracia y se lo hacía saber con gestos de malhumor. Tomé un sándwich yo también y, tras apurar mi lata de cerveza, empecé a comerlo a pellizcos, fingiendo que pensaba en tormentos sofisticados con los que obtener venganza.

—Oh, no te preocupes… —le susurré, amenazante. Recordé el libro que casi todas las mujeres del mundo han leído y me apropié de su popularidad—. Tengo alguna idea de un castigo ejemplar, algo que pueda realmente hacerte temblar. ¿Has leído 50 sombras de Grey?

Me miró, sorprendida.

—Por supuesto que no —fingió ofenderse. En sus ojos noté que mentía—. Pero sé de qué va, como todo el mundo…

—Entonces puedes imaginar a qué me refiero —mi tono había resultado siniestro, incluso para mí mismo.

Comimos y bebimos sin hablar durante unos minutos. Al final, fue ella la que quebró el silencio.

—¿Estás pensando en atarme o alguna tontería semejante? —utilizaba un tono burlón, como intentando banalizar el tema, pero se notaba que un resquemor la recorría por dentro.

Aproveché sus palabras para contratacar, al igual que un luchador de judo utiliza la fuerza del contrario para redoblar la potencia de su propio ataque.

—Me parece una buena idea… —respondí—. ¿Te gustaría que lo hiciera?

—No me fastidies, Marcos, no haces ni puta gracia… —dijo con un temblor en la voz. Había dejado de reír y su gesto era serio.

No lo conseguía entender. Estaba claro de que se trataba de un juego, de simples palabras, de hablar por hablar. Seguramente, en otra situación, ambos hubiéramos hecho unas risas.

Sin embargo, ella parecía estárselo tomando al pie de la letra, como si visualizara las barbaridades que el alucinado de Christian Grey le hacía a Anastasia en la novela y ella se estuviera viendo en el potro del tormento. No podía estar seguro de si lo estaba fingiendo o no, jugando a ser la chica a punto de sufrir la tortura. Así que, en vez de reírme y dar por terminada aquella situación jocosa, mantuve mi tono serio y seguí adelante con el juego de rol.

—Creo que Sara lleva en algún lado unas cuerdas elásticas de esas que llaman «pulpo». Las usa para sujetar objetos voluminosos en el maletero cuando hace la compra, como botellas de aceite y esas cosas —hablaba despacio, observando sus reacciones. María parecía encogerse a medida que yo improvisaba—. Creo que voy a atarte ahí detrás. Luego, te sujetaré las piernas, una a cada lado del coche, te rasgaré la ropa y te violaré hasta que me pidas perdón por lo que has hecho.

Noté como mi alumna temblaba. Si estaba actuando, era una actriz de Oscar. En ningún momento mostraba intención de abrir la puerta y escapar del coche, lo cual ratificaba mis sospechas de que estaba participando del juego, actuando como una fantástica intérprete. Por mi parte, el juego me estaba excitando sobremanera, así que no retrocedí ni un milímetro.

—Y, por haberte portado tan mal, voy a hacerte daño —insistí—. Y te va a gustar tanto, que vas a pedirme que no te perdone, que te castigue más y más…

Su cara de terror era un poema. Y mi erección volvía a palpitar bajo el pantalón.

—Como… se… te ocurra… tocarme… —tartamudeó—, voy a ponerme a gritar hasta que se entere todo el barrio. Incluso… toda la ciudad…

—¿Crees que no voy a taparte la boca? —pellizcaba mi sándwich y sorbía de la lata mientras hablaba. María había abandonado su cena sobre el regazo y se abrazaba a sí misma—. Voy a meterte en ella tus propias bragas y luego te amordazaré con cinta americana. Sara es muy previsora y tiene un rollo en la caja de herramientas.

—Eres un asqueroso… no serás capaz…—replicó María, con un terror en el rostro que le había devuelto el color granate. Ahora sí que parecía un farolillo navideño, podría haber alumbrado el parking solo con asomar la cabeza por la ventanilla.

A mí me costaba aguantar la risa, pero enseguida me cansé del juego. No obstante, no quise desmentirle los tormentos que le había prometido y preferí callar y abrir otra lata de cerveza. La bebí con deleite, sin mirarla de frente. Veía a María por el rabillo del ojo, sin embargo, observando cada uno de mis movimientos, como si esperara que de un momento a otro fuera a saltar sobre ella.

—Está bien… —dijo de pronto—. Lo acepto…

No supe a qué se refería, pero su voz sonaba extraña, sumisa, y consiguió perturbarme. La atmósfera del coche se había enrarecido con el estúpido juego y, al contrario que yo mismo, María parecía no darlo por terminado.

—¿A qué te refieres…? —pregunté.

—Al… castigo —replicó—. Acepto que me castigues…

No podía creer lo que oía, mi alumna parecía haberse vuelto majareta.

—¿Lo… aceptas? —intenté que continuara hablando, que me mostrara sus pensamientos. Porque yo no me creía lo que nos estábamos diciendo el uno al otro, y no estaba seguro de cuál de los dos era el que había perdido el juicio. Los dos, tal vez.

—Sí, lo acepto… pero con una condición…

Estaba claro, debía de estar siguiéndome el juego, tanta locura no era creíble. Sonaba a drama de culebrón. Así que decidí volver a él, por si era eso lo que ella quería.

—No estás en situación de poner condiciones, ¿lo entiendes, cariño? —La tomé de la barbilla y le solté un pequeño cachete en la mejilla, con la mala suerte de que se me escapó la mano. El resultado fue una fuerte bofetada. Ella la recibió sin una queja. Volvió la cabeza y refugió el rostro entre sus brazos.

—No me pegues, por favor…

Quedé yo más aterrorizado que ella. ¿Qué coños había hecho? ¿Me había vuelto loco?

—Ostras, María, lo siento… —dije a toda prisa e intenté tomarla de la cara para mitigarle el dolor. De nuevo el resultado fue peor que la intención.

—No me pegues, más, por favor… —lloriqueaba—. A partir de ahora seré buena… te lo prometo…

Aquella situación se me había escapado de las manos. No podía creerme lo que estaba pasando. Y, cada vez que pretendía arreglarlo, lo estropeaba más todavía.

—¡Joder, María, por dios! —grité desenfrenado—. ¡Te he pegado sin querer! ¡No lo he hecho adrede!

—Vale, vale… pero no te enfades… —parecía haberse calmado un poco.

—¿No te das cuenta de que estoy jugando?

—¿Lo dices en serio?

—Hostias, María, ¿qué edad tienes? —espeté, enfadado—. ¿Crees que un tío como yo va por la vida dando bofetadas a la gente? Te quería hacer un gesto de cariño, no pegarte, te lo juro…

Se retiró las manos de la cara y ya no se le notaba atemorizada.

—¿Y entonces… no vas a castigarme?

Joder, ¿aquella chiquilla me estaba vacilando? No podía ser de otra manera, era imposible ser tan gilipollas, y menos para una chica de notable alto para arriba en la carrera de derecho. Así que yo volví a vacilarla a mi vez.

—Sí, lo siento, te pido perdón por la bofetada… pero el castigo tendrás que cumplirlo —Me mordí el labio para sujetar la risa.

Y ella entonces aclaró la condición de la que había hablado unos segundos antes:

—Vale, aceptaré que me castigues… con la condición de que el castigo no incluya follarme…

Se me cortó la digestión de los sándwiches. ¿Me iba a ver obligado a inventarme algún estúpido castigo para complacer a mi alumna? Pues no tenía ni idea ni por dónde comenzar.

—Para empezar… —le dije—. Te voy a castigar a tomarnos unas copas en un bar de por aquí que conozco. ¿Te apetece?

Asintió, cautelosa, pero la zozobra de momentos antes parecía haberse disipado entre los dos. La insté a bajar de la parte de atrás del coche y a instalarnos en los asientos de delante.

Cuando el coche empezaba a moverse, María me detuvo.

—Espera, me he olvidado de ponerme los pantis y las bragas.

—De esperar nada… Si no llevas pantis, pues mejor… así podré tocarte el culo si me apetece.

Me gustó la frase. Sonaba bastante canalla.

—Por dios, Marcos, me voy a coger frío por ahí abajo…

—Estás castigada, cariño, ¿recuerdas? —mantuve el tono, mientras aceleraba a toda potencia—. Pues esta es tu primera penitencia. Te vas sin bragas y, si tienes frío, te jodes.

Cap. 10 – EL CASTIGO (I) – EL CHICO VIRGEN

Encontramos abierto un pub irlandés que recordaba de los viejos tiempos, aunque lo esperaba menos decadente. Entramos a toda prisa para que a María no se le congelasen las piernas desnudas y ella salió disparada hacia el lavabo de chicas mientras yo me dirigía hacia la barra. Me había pedido que la dejara ir al baño unos segundos antes con expresión de ruego. Debía de pensar que sospecharía que iba a largarse en cuanto me diera la vuelta. Me sentí como el profesor de colegio al que sus alumnos le piden permiso para ir a hacer pis.

En realidad, si había accedido a que se alejara de mi vigilancia, era porque me importaba un pimiento si se largaba. Al fin y al cabo, la noche había sido ya bastante intensa y, si ella desaparecía, me tomaría allí la última copa y luego me iría a dormir. Además, no se había escapado durante mi salida a la gasolinera, por lo que no parecía que fuera a hacerlo ahora. Las condiciones no habían cambiado nada, seguía sin tener a donde ir sin dar demasiadas explicaciones.

Le di mi beneplácito con un gesto de cabeza y se escabulló por unas escaleras que conducían al segundo piso, donde se hallaban los aseos. Me senté en un taburete de la barra y pedí una cerveza a la espera de mi alumna. Le había prometido un castigo ejemplar por haberse pajeado mientras yo iba a la compra de los condones y me preguntaba qué diablos iba a proponerle como tal. Joder, yo no era el señor Grey y aquello me quedaba grande. No tenía ni idea de lo que iba a hacer. Y eso en el caso de que María apareciera.

Tardó varios minutos, pero apareció por fin. La miré, sorprendido. Aquella preciosidad no se rendía ante nada. Tal vez deseaba ser realmente castigada por su osadía, hay gente para todo, pensé.

Se acomodó en el taburete de mi izquierda y se cruzó de piernas. Los muslos desnudos, pálidos, la hacían parecer más vulnerable. Me gustaban aquellos muslos, debo decirlo, aunque opinaba que sus tetas no estaban nada mal, más por las apariencias y el tacto que por haberlas visto, en realidad. Lo que pasa es que yo he sido siempre más de muslo que de pechuga y la visión de sus piernas al desnudo consiguieron empalmarme de nuevo. O, mejor dicho, mantener la erección que había empezado varias horas antes y que nunca había llegado a desaparecer del todo.

Pidió una coca cola y luego se quedó silenciosa, mirando el vaso y sorbiendo de él de cuando en cuando.

—¿Qué va a pasar ahora? —dijo, tras su tercer sorbo. Su expresión mostraba recelo.

Se hacía la misma pregunta que me llevaba haciendo yo un buen rato. Miré a ambos lados de la barra. No había nadie más que nosotros. No sabía qué estaba buscando, si es que buscaba algo, pero en esa barra no se hallaba, desde luego.

Entonces algo ocurrió que vino a responder a las dudas de ambos.

*

Estaba concentrado en escrutar la semioscuridad del local y por eso no vi al chaval que se había acercado a nosotros por mi espalda. Era un criajo, tal vez menor de edad a tenor del acné que le asolaba la frente.

—Hola, Soy Salva —se presentó tras plantarse entre María y yo.

Antes de que pudiera reponerme de la sorpresa, me tomó de la mano y me la estrechó con blandura. Su mano sudaba, era bastante asquerosa. Acto seguido, se lanzó hacia María y trató de plantarle dos besos en la cara. Mi alumna le puso una mano en el pecho y le empujó hacia atrás, soltando un exabrupto.

—¿Oye, tú, dónde vas…? —La cara de María revelaba más cabreo que sorpresa. ¡Joder con las confianzas que se tomaba un niñato al que no conocíamos de nada! Al menos por mi parte. Aunque, por el gesto de María, tampoco ella, a pesar de que al principio había imaginado que podía ser un amigo suyo.

No me dio tiempo a abrir la boca. El chico se lanzó sin pausa a soltar un rollo que debía de haberse aprendido de memoria.

—Vosotros sois María y Marcos, ya lo he oído… —soltó de carrerilla—. Os he escuchado hablar cuando entrabais… ¿Estáis casados? Imagino que sí, hacéis una pareja ideal, por cierto. Veréis, yo… quiero ofreceros algo que…

—Eh, espera, campeón… —conseguí cortar su perorata antes de que se asfixiara por no pararse a respirar—. ¿Nos conoces de algo? Porque nosotros a ti no…

Se recolocó las gafas de intelectual que le hacían parecer mayor y volvió a la carga.

—No, no nos conocemos —dijo, mirándonos a María y a mí de forma alterna—. Pero, como digo, quiero ofreceros algo que creo que os gustará…

—Ya… una oferta que no podremos rechazar, ¿no?

—¡Exactamente…! —replicó exultante por haberse hecho comprender y levantó la mano para chocar los cinco.

—Chavalote… —le reprendí sin mover un solo dedo para responder a su invitación—. Creo que ves demasiadas películas.

María me hizo una seña para que largara al chico. No se esperaba de él nada bueno. Y yo tampoco, debía reconocer. El chaval afirmaba habernos oído hablar al entrar en el pub, lo que indicaba que andaba a la caza de conversaciones ajenas. Podía tratarse perfectamente de un acosador profesional, a pesar de su juventud.

Sin embargo, ver la cara de poema de María me estaba divirtiendo de lo lindo. Y preferí escuchar lo que tuviera que decir el imberbe, quizá podría sacar algo bueno de todo ello.

—Entonces, ¿qué…? ¿Os explico mi oferta? —repitió, machacón, ante nuestro silencio.

—Así que quieres ofrecernos algo interesante, ¿no? —repliqué con ironía—. ¿Nos estás intentando vender drogas, chaval? Porque como sea eso, te las voy a meter por el culo y luego te voy a mandar a la mierda…

El chaval se echó la mano a la frente y rió.

—¡No, ni de coña, tío…! ¡Yo de drogas no quiero saber nada…! —respondió y puso su mano en el pecho en señal de hablar de corazón… O eso fue lo que yo pensé, aunque resultó que lo que hacía era señalar la mercancía ofertada—. Me estoy ofreciendo a mí mismo.

María enturbió aún más su expresión. Yo tuve que morderme el labio para no reír. Estaba claro que el chaval hablaba de sexo, pero su aspecto era tan ridículo que le miré de abajo arriba con el fin de avergonzarle.

—Me parece que no tienes mucho que ofrecer, a no ser que lo lleves muy escondido —Aludí a su paquete, mirándolo sin disimulo.

Pero el chaval era duro como una piedra y totalmente inasequible al desaliento.

—Sé que no aparento gran cosa —dijo hinchando el pecho, orgulloso—. Pero tengo algo único, que sé que os puede interesar a ti y, especialmente…, a tu mujer.

Había vuelto la cabeza hacia María al mencionarla y le había guiñado un ojo. Ella, se sintió aludida y, abriendo la boca con una palabrota silenciosa en ella, se giró hacia la barra para salirse de la conversación.

—¿Y qué es eso tan «único», si puede saberse? —La intriga me corroía, debía reconocer que el chico tenía labia.

—¡Soy virgen…! —replicó orgulloso.

María escupió la bebida que acababa de sorber de su copa y yo no pude por menos que soltar una carcajada.

—…Y me ofrezco a vosotros para que María tenga el honor de desvirgarme… —El chico no se cortaba ni afeitándose, por lo visto—. Tú… tú puedes mirar si quieres, por supuesto…

A María se le debió de encender una lucecita en el cerebro, quizá adivinando que a mí también se me acababa de iluminar. Había un castigo pendiente y el muchacho nos lo estaba sirviendo en bandeja. Mi alumna se volvió hacia mí y, con gesto cáustico, me recordó a la carrera:

—De follar, ni hablar… ¿recuerdas? —los dientes le rechinaban. Había notado que las bobadas del jovenzuelo me estaban haciendo, al menos, reflexionar—. Ya eres mayorcito, Marcos, así que a ver si aprendes a mantener tu palabra. ¡Manda a este tío a tomar por saco o te juro…!

Por fortuna, la música, ni muy alta ni muy baja, amortiguaba sus grititos histéricos.

Ignoré las palabras de María y me dirigí al chaval.

—¿Tú crees que sabrías follarte a mi mujer? —le pregunté, burlón—. Mira que María es mucha hembra, no sé si tú podrías…

—¡Claro que podría, te lo aseguro…! —replicó sin dejarme terminar—. Pero lo que os propongo es que sea ella la que me desvirgue. Podemos hacerlo en los lavabos. Yo me dejaré hacer pasivo. Soy un chico muy sumiso, os lo aseguro…

La risa volvió a mis labios, al tiempo que la expresión de desagrado de María crecía.

—Bueno, no sé… —dije, y quise ir un paso más allá. Ver a María pasarlas canutas me divertía de veras. De hecho, no necesitaba hacer mucho más que darle carrete al chico para aplicar el castigo—. ¿Por qué no nos enseñas tu mercancía? Lo mínimo es conocer qué talla gastas, ¿no?

María levantó los ojos al techo y con las manos hizo un gesto de estrangulamiento, no supe si dirigido a mí o al criajo. El chaval, sin dejarse intimidar, se echó la mano al cinturón y empezó a desabrochárselo.

—Eh… eh… campeón… —le detuve. La única camarera tras la barra nos miraba desde una esquina, con cara de estar pasándoselo de miedo con el show. Parecía estar escuchando la conversación sin perderse detalle—. ¿Quieres que te vea todo el mundo con la picha al aire? No seas majadero… Solo bájate la cremallera y sácatela con disimulo.

Salva hizo lo que le había ordenado y me mostró una polla que no era nada del otro mundo, a pesar de que la tenía bastante dura. La piel le cubría el prepucio, prueba de que podía estar diciendo la verdad sobre su virginidad.

—A mí no me la enseñes, capullo… —le empujé de un brazo para que se girara—. Es a ella a la que tienes que convencer.

El chico se volvió hacia María y se pajeó delante de ella para que pudiera admirar su mediocre instrumento.

—¿Reconócelo, María, a que te gusta…? —preguntó con gesto lascivo.

María le dio un cachete en la polla y se volvió en su taburete hacia la barra, ignorando al imberbe.

—¡Ay… joder…! —se quejó el jovenzuelo—. ¡Ha dolido…!

De pronto, una idea tomo forma en mi cabeza.

—Mira, chaval, creo que no has pasado el examen… —Observé a María que se sonreía para sí misma al oír mis palabras—. No das la talla para follarte a mi chica. Como mucho… —Hice una pausa teatral y mi alumna, sobresaltada por el giro en mi discurso, se volvió hacia mí. Su gesto denotaba que no esperaba nada bueno de lo que iba a oír a continuación—.…como mucho… te da para que te haga una paja. Y no es poco, tío… una paja de mi mujer es mucha paja, si lo sabré yo…

Los ojos de María se abrieron y volvieron a mostrar el asombro y el horror que sentía.

—Por mí, vale… —dijo el imberbe—. Una paja es mejor que nada… ¿nos vamos al baño?

—Oh, no… —respondí—. Podemos hacerlo aquí mismo… con discreción, claro…

—Vale… —aceptó el chaval.

Se giró hacia María y le arrimó el pene para ponerlo a su alcance.

—Cógela, preciosa… —ofreció—. Toda tuya…

Pero ella no se movió un milímetro.

—Vamos, cariño, no hagas esperar al chico… —la apremié yo—. No ves que está más salido que un mono…

Ella no hablaba, pero con gestos de asco me decía a las claras que con ella no contara. Se había vuelto hacia la barra y no nos miraba a ninguno de los dos.

—María… —advertí—. Voy a contar hasta tres… Si para entonces no has empezado a pajear al chaval, voy a anotarlo en mi lista de enfados monumentales.

María se volvió con tan mala leche que empujó al criajo. Este no cayó al suelo porque yo pude sujetarle.

—¡Y una mierda…! —espetó, airada—. ¡Si quieres pajearle, le pajeas tú… anormal…!

La agarré violentamente de una muñeca y acerqué mi cara a la suya. Su respiración estaba totalmente alterada. La mía, sin embargo, era calmosa y regular. Mis ojos, a pocos centímetros de los suyos, la desafiaban con fiereza. Ella me sostuvo la mirada cinco, diez, quince segundos… Entonces, sin decir una palabra, la bajó y la resistencia en su brazo se aflojó.

—Lo ves, cielo, si no es para tanto…

María lanzó un gemido silencioso. Estaba rendida, aceptaba su castigo sin oposición alguna, tal y como había anunciado en el coche.

Situé al chico entre María y yo, casi pegados a la barra y protegidos por una columna lo bastante ancha como para ocultarnos de la zona de mesas del pub. No quería que nadie viera la operación que allí se llevaba a cabo. Porque avergonzar aún más a María no entraba en mis cálculos. Y tomé la mano de mi alumna y le apreté los dedos alrededor de la polla del imberbe. Y la moví adelante y atrás hasta que María inició el ritmo por si sola.

Y durante dos o tres minutos, María pajeaba rítmicamente al chaval, que emitía gemiditos quedos, insuficientes para ser oídos por detrás de nosotros. Y la cara que ponía el tal Salva le asemejaba a un lechón al que fueran a sacrificar. Y María apretaba los labios y mantenía los ojos cerrados mientras le masturbaba violentamente, con la clara intención de que el chaval se corriera lo antes posible. Miraba a sus pies y se había puesto la mano libre sobre la cara, avergonzada.

Súbitamente, el chico elevó una de sus manos y empezó a sobarle una teta. María abrió los ojos, alarmada, y me miró interrogativa. Su gesto manifestaba una clara pregunta: «¿vas a tolerar esto?».

Me encogí de hombros y no moví ni un solo dedo para evitarlo. Y ella, no pudiendo soportarlo, le arreaba un manotazo para que dejara de sobarla. Y acompañaba el golpe con una mirada de odio hacia mí, como si deseara que hubiera sido mi cara la que recibiera la bofetada. Y el imberbe se disculpaba sin palabras y volvía a concentrarse en la paja que le estaba brindando un bombón al que no habría tenido acceso en otras circunstancias.

Cuando el muchacho empezó a temblar, supuse que no iba a tardar mucho en correrse. Y un acto reflejo, probablemente aprendido de las películas porno, le hizo subir su mano y agarrar del pelo a María. Con una rapidez insospechada, introdujo la mano por debajo de la cabeza de mi alumna y la sujetó por la raíz de la melena, atrayéndola hacia él para besarla.

Ella no esperaba el ataque y, sin poder evitarlo, se vio empujada hacia él, que ya abría la boca para asaltarle la suya.

Esta vez no me quedé inmóvil. Me enfadé de veras con el chico, había traspasado una línea roja y no podía tolerarlo. Y, con un rápido movimiento, le agarré de una oreja y tiré de él hacia atrás.

—Ayyy… eso ha dolido… —se quejó.

—Deja ya de hacer el gilipollas, ¿quieres?

—Hostias… que me voy… agggg… —gruñó, antes de empezar a esparcir esperma sin control.

El tirón de orejas debió de romperle la concentración y por eso el imberbe empezó a correrse como una fuente sin poder contenerse. Y entre la inercia del tirón y la corrida, tuve que sujetarle de nuevo para que no se viniera abajo

Cuando la polla del chico reventó, María estaba demasiado cerca de él por el tirón de pelo. Y Ella comprendió el riesgo en un parpadeo. Y sabía que si no hacía nada, su ropa quedaría pringada del esperma del chaval. Y, para evitarlo, se apartaba de un salto y tomaba la polla del chico con las dos manos. Y con una abrazaba el tronco y con la otra el glande. Y recoger el semen entre sus dedos era el mal menor y María lo entendía a la perfección. Así que lo hacía con asco pero con pericia, y sus manos rebosaban de un líquido denso y blanquecino.

Cuando todo terminó, María se observó las manos. El esperma expulsado por el chico había sido muy abundante, a pesar del mediocre aspecto de su pene, y resbalaba por sus palmas y entre los dedos. Su cara de repugnancia lo decía todo. Yo gozaba con la escena, y de cuando en cuando le acariciaba la mejilla.

—Ya pasó… tranquila, cielo… —le dije cariñosamente.

María se limpió en silencio, la mirada baja, utilizando montones de servilletas de la barra. Cuando parecía haber acabado, se giró hacia su espalda y echó a andar.

—¿Dónde vas? —le pregunté, alarmado.

Me mostró las manos, aún pegajosas, y soltó una frase cargada de odio.

—Voy al baño a lavarme las manos… ¿Algún problema?

—No, claro… —respondí.

Acabada la faena, me apresuré en largar al chico, que se fue dando las gracias. El chaval podría ser lo que fuera, pero se le veía muy formal y educado. Los cabezazos que me ofreció en señal de agradecimiento me recordaron a las películas porno japonesas. Y ese pensamiento me hizo sonreír.

Miré alrededor para comprobar el panorama. Nuestra posición en la barra, detrás de la columna, había facilitado la intimidad del acto. Nadie parecía haberlo presenciado… Nadie, a excepción de la camarera. Esta sonrió desde su esquina, me guiñó un ojo y luego se acercó hacia mí.

—A esta invito yo… —dijo con sonrisa pícara, poniendo una cerveza sobre la barra—. Salgo a las tres… ¿Crees que podrías quedarte libre para esa hora?

Sonreí y le devolví el guiño. La chavala era más que guapa y me apuntaba con unas tetas grandes y firmes. No respondí, pero pensé seriamente en su propuesta. Mientras lo hacía, le di un sorbo al líquido frío y amargo. Un papel se despegó del culo de la botella y cayó sobre la barra. Era un número de teléfono escrito en un trozo de servilleta.

Noté un estremecimiento en mi entrepierna, aquella noche mostraba un crescendo de lo más excitante, tal vez era el momento de repensar el final. En otras palabras: ¿por qué no cambiar de chica? La camarera estaba como un tren y me estaba poniendo más que cachondo con su forma de masticar el chicle que burbujeaba entre sus dientes.

Iba a recoger la servilleta con su número, cuando una mano se me adelantó. Me volví, atónito. María, con inusitada fiereza, la había atrapado y la convertía en ínfimos pedazos de papel.

—Oye, zorra… —decía a la camarera mientras rasgaba la servilleta—. Como vuelvas a acercarte a mi novio te arranco los ojos…

La miré paralizado y no pude decir nada, mientras la camarera ponía morritos de disgusto y se volvía con el rabo entre las piernas hacia su rincón. Tuve que reconocer que la palabra «novio» en boca de María me había cosquilleado en el estómago.

—¿Qué puñetas crees que haces? —susurró María cuando la camarera desapareció—. ¿Ibas a dejarme tirada como a una puta? Ya sé que eres un pedazo de asqueroso, pero esto no me lo esperaba…

A pesar del cabreo de María, la situación me causaba un regocijo inesperado. ¿Era un ataque de celos lo que hacía temblar la barbilla de María?

—Claro, que no, cielo —respondí, burlón—. Sabes que yo nunca haría eso…

La bofetada de María no llegó a mi rostro por un centímetro. Quizá la estaba esperando, porque esta vez conseguí pararla justo a tiempo. La camarera se tapó la boca para contener la carcajada. Se le notaba que la pelea de enamorados la estaba haciendo pasar un rato delicioso.

—Haz lo que te salga de las narices, imbécil… —susurró María con su cara a cinco centímetros de la mía—. Pero no me tomes por gilipollas…

No me atreví a rechistar. Tragué saliva antes de soltar una disculpa.

—Vamos, chiquilla, no te enfades… —traté de calmarla—. Solo era una broma…

—Sí, ya me conozco yo tus bromas… ¡pedazo de…!

Intenté beber en silencio, pero ella tiró de mí tras dejar un billete sobre la barra.

—Vámonos de aquí —dijo con cierta ansiedad—. No hagas que me avergüence aún más.

No quise llevarle la contraria, así que la seguí hacia la calle sin rechistar.

Continuará...

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