Xtories

María intercambiada en un coche - Completo (6)

El motor está apagado, pero el deseo está a punto de encenderse. En el asiento trasero de un coche familiar, la línea entre el placer y el peligro se desdibuja, y una simple ausencia de protección está a punto de cambiarlo todo.

Abel Santos3.5K vistas9.6· 10 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

Cuando abrió las piernas, mi mano salió al encuentro de su coño con una premura lujuriosa. La atrapé y, sin pedirle permiso, le introduje dos dedos en la vagina, retomando la acción justo en el punto en el que la habíamos dejado.

—Espera… —dijo con voz ahogada—. No quiero que sigas pajeándome…

—¿Q-qué…? —Dije presintiendo que la fiesta se iba a acabar antes incluso de empezar.

Sin embargo, María tenía sus propios planes.

—Ya no hay tiempo para eso… —dijo con un extraño brillo en sus ojos—. No sigas con los dedos, Marcos… creo que es mejor que me chupes… ya sabes… eso…

Parecía avergonzarla darle nombre a lo que me pedía.

—Joder, María…

—No es por ti… —dijo anhelante—. Es que no creo que puedas hacerme correr con los dedos en el poco tiempo que nos queda… Necesito algo más fuerte… ¿Te… importa…? Si te da asco… pues no pasa nada…

—¿Cómo me va a dar asco? Qué tontería…

Por supuesto que no me importaba, y menos me daba asco, pero entrañaba un peligro del que no sabía si ella era consciente. Si cruzábamos aquella línea roja, era más que probable que no pudiera controlarme. Y no habría vuelta atrás.

Lo pensé y al final decidí correr el riesgo. Allá ella con sus decisiones, ya era mayorcita.

—De acuerdo, abre las piernas todo lo que puedas, quiero tener espacio suficiente para meterte la lengua lo más profundo posible.

—Vale… —dijo con un suspiro.

Me agaché sobre su vientre y empecé a recorrer con mi lengua toda su zona sensible. Y ella gemía dando pequeños botes sobre el asiento. Y se había agarrado a la manilla de encima de la puerta con las dos manos y se tapaba la cara entre los brazos, quizá para ocultar la vergüenza.

Mientras, mi entrepierna era consciente de la batalla que se libraba en el exterior. Y mi miembro se había puesto tan duro que dolía al sentirse sujeto dentro del pantalón. Y mis testículos emitían señales de angustia y los sentía en plena ebullición. Y casi no había vuelta atrás. Y lo había sabido desde el instante en que ella me había pedido que le comiera el coño. Y quizá debería haberme negado.

Abandoné por unos segundos la faena y levanté la cabeza. Ella se alarmó y me miró molesta.

—¿Qué… qué haces…? —dijo extrañada—. ¿Por qué paras? Sigue, por favor… no pares…

Se la notaba muy excitada, casi fuera de sí. Y esa baza jugaba a mi favor.

—Verás, María… —dije acariciándome la nuca—. Esta posición es muy forzada, me estoy haciendo daño en el cuello.

—Vaya por dios… ¿Te estás oyendo…? —se lamentó. El nerviosismo de su voz decía que el clímax le rondaba muy cerca, y quizá ya corría hacía su vientre—. Poco te importaba si a mí me dolía el cuello hace un rato… Venga, Marcos, si son solo dos minutos más… Sigue, por favor, o me va a dar algo…

Rogaba con vocecilla infantil. Sentí que mi plan estaba funcionando. María había llegado a un punto sin retorno, aceptaría cualquier cosa que le pidiera. Respiré profundo y me lancé a la piscina.

—María, cielo, si no digo que no quiera hacerlo… —utilicé mi tono de niño bueno—. Pero… ¿te importa si nos ponemos en el asiento de atrás? Ahí hay espacio de sobra… seguro que estaremos más cómodos.

Mi alumna miró hacia la parte de atrás. Luego posó sus ojos sobre los míos. Temí que me estuviera leyendo el pensamiento, pero no tenía muchas opciones. Tal vez no le gustara la idea, pensé resignado. Si era así, la haría correrse allí mismo y luego la llevaría a casa. Fin de la noche.

—Vale… —aceptó al fin, tras unos segundos de duda. Mis temores se esfumaron y me relamí los labios por dentro—. Pero hagámoslo rápido, nos quedan veinte minutos, como mucho.

Nos bajamos del coche, cada uno por su lado, y nos introdujimos en la zona de atrás. El espacio era inmenso en la trasera del familiar de mi mujer, sobre todo tras empujar los asientos frontales hacia adelante. Estaríamos cómodos para poder comerle el coño… o lo que fuera, pensaba excitado. Cerré las puertas con el mando a distancia y me giré hacia María. Ella se estaba librando de los pantis y las bragas para disponer de toda la movilidad posible. Los iba a colocar doblados en el asiento de delante, pero se los arranqué de las manos y los arrojé a un lado. Mi tensión no podía esperar a que los colocara de una forma tan meticulosa. Mi situación era desesperada, necesitaba penetrarla a cualquier precio.

María intentó quejarse por mis rudas maneras, pero no la dejé terminar. Le levanté la pierna izquierda y se la subí sore el asiento, mientras la derecha seguía apoyada en el suelo del vehículo. En esa postura, su vulva se me ofrecía en todo su esplendor. Y estaba abierta y a la espera.

—¿Te he dicho que tienes un coño precioso…? —dije sin poder evitarlo. Hasta ese momento no había podido apreciarlo por completo, y no me avergonzó decírselo. Porque era la pura verdad. Y estaba super cachondo. Y estaba más cachondo de lo que había estado nunca en mi vida. Y habría dicho cualquier estupidez para conseguir hacer mía aquella hendidura sonrosada e hinchada por la calentura.

—Pues es todo tuyo… —gruñó con una voz ahogada por la excitación—. Chúpamelo… venga… Marcos… por dios… deja de hablar… vamos… vamos…

Me agaché sobre ella y empecé a lamerlo con ansiedad. Esta vez no había problemas de postura. Aquella abertura gloriosa estaba totalmente franca para mí.

Le lamía los labios, el clítoris, la hendidura… Y le introducía la lengua en la vagina… Y María respondía a cada uno de mis ataques con gemidos guturales y con espasmos de cadera, que subía y bajaba al ritmo de mi lengua. Y movía la cabeza a izquierda y derecha sin control, y apretaba los ojos y los labios.

—Sigue… por dios… no pares… así… lámeme, así… cómeme… Marcos… que bien… ay, ay, ay…

Cuando le introduje el tercer dedo en la vagina, ella ya se encontraba perdida sobre aquel asiento trasero. Totalmente perdida.

La llegada del orgasmo era inminente. Y María ya no era dueña de sí misma. Y gemía sin parar, como en un mantra sensual. Y los ojos se le habían puesto en blanco. Y, aunque el «gran» clímax aún no la había asaltado, los pequeños orgasmos en cadena la mantenían casi inconsciente desde hacía algunos segundos. Y era el momento que yo había estado esperando. Y me desabroché el pantalón con manos nerviosas y me lo baje hasta las rodillas. Y lo hacía con disimulo, no quería que supiera lo que se avecinaba.

Me incorporé sobre ella y apunté mi pene sobre su vulva, con la intención de penetrar aquella vagina caliente. Y la humedad que manaba de ella me aseguraba que no le dolería, incluso si se lo introducía de una sola embestida.

Para llevar a cabo mi maniobra, necesité unas décimas de segundo en las que dejé de lamerle. Esto alejó a María del clímax lo suficiente como para que abriera los ojos. Justo cuando empujaba mi cadera para penetrarla, María puso las dos manos en su entrepierna y mi miembro chocó contra ellas.

—¿¡Pero… qué… haces!? —gritó, y solo el rumor del motor y la calefacción apagaron aquel grito en el exterior del coche—. ¿¡Estás loco!?

Deduje que no conseguiría hacer nada por las malas, así que decidí rogarle.

—Por tu padre, María, déjame que te la meta… Me estoy muriendo de ganas… Mira cómo me has puesto…

Deslicé mi miembro sobre su mano para demostrarle lo duro que se encontraba, argumentando que era solo por y para ella.

María le dio un manotazo para apartarlo y el dolor hizo que me encogiera sobre el estómago.

—¡De eso nada…!

—Por dios… nena… deja que te folle… Si no es para tanto… ¿Qué más te da dejarte unos minutos? Si ya estás a punto… Te juro que me corro enseguida… y seguro que tú te corres también… mucho mejor que con la boca...

—No soy tu «nena», asqueroso… —replicó—. No me vas a follar… y menos sin condón… anormal…

—¿Condón? —dije, aunque era una pregunta retórica.

María mostraba un gesto de odio que no le había visto en toda la noche. Bueno, en realidad una vez, aunque en esa ocasión se le suavizó y desapareció tan rápido como había aparecido.

—¡Ni con condón, ni sin condón… no te hagas ilusiones…! —decía, agitada—. Pero al menos podrías haber tenido alguno a mano si querías follarme sin avisar… ¿Es que me quieres dejar preñada…?

—Lo siento, pero es que no tengo, cielo, ya te lo dije… Pero te prometo que controlo…

En efecto, no tenía ningún condón, recordé. Eso ya había supuesto un contratiempo durante la mamada. Quizá si hubiera tenido alguno habría conseguido que María consintiera, por mucho que asegurara que no quería que la follase. Pero estaba en el coche de mi mujer y la caja de condones para lo que pudiera surgir la llevaba en el mío.

De pronto recordé la boca de María. ¿Cómo la había imaginado al comienzo de la noche? Como la cerradura de una caja fuerte, creía. Y mi boca era la llave que podía abrirla. Si conseguía atraparla, María caería rendida, como había pasado anteriormente. Y, por tanto, podría follarla por fin, sin pensar en los jodidos condones. No me sentía culpable por ello, yo era un tipo totalmente sano y, por otro lado, ya saltaría hacia atrás en el momento justo como había hecho docenas de veces en mi vida.

Decidido a conquistar aquella fortaleza, me lancé a por su boca en un movimiento sorpresa. Pero mi alumna conocía perfectamente su punto débil y también sabía que yo lo había descubierto hacía un rato. Apartó la cara girando la cabeza y me puso las manos en el pecho. Intenté sujetarle los brazos y ella se zafó y empezó a palmotearme descontrolada en el pecho, los brazos, la cara.

No desistí en mi empeño. Conseguí inmovilizarle el brazo derecho, justo cuando giraba la cabeza hacia ese lado. Era el momento ideal, avancé mi cara hacia la suya y casi alcanzaba su boca… cuando algo me detuvo. En lugar de sus labios, encontré una garra de uñas acrílicas que se me incrustaban en la mejilla, cerca de uno de los ojos.

Sentí un dolor agudo y salté hacia atrás como un gato herido. El grito que salió de mi garganta debió de llegar a la gasolinera. Las uñas de María se habían empleado a fondo. Me acaricié el rostro y noté la sangre fluir de los arañazos. Empecé a enfriarme y mi erección se quedó en nada en pocos segundos.

—¡Te he dicho que sin condones ni de coña…!

Me lamía las heridas en un extremo del asiento, mientras María se incorporaba sobre él en el otro extremo. En esos momentos la veía a kilómetros de distancia. De todas formas, aquella frase de mi alumna, «sin condones ni de coña…», encerraba un atisbo de esperanza.

—¿Y si tuviera condones? —repliqué mientras me limpiaba la sangre para evitar que el momento pasara del todo.

Dudó un instante, lo justo como para que me diera cuenta de que la respuesta no era negativa, por mucho que ella quisiera que lo pareciera.

—Tampoco… —la palabra sonó débil. Luego prosiguió—. Además, ¿de dónde vas a sacar condones a estas horas? ¿Vas a buscar una farmacia de guardia?

Sonreí para mis adentros, la batalla cambiaba de rumbo.

—No, no necesito una farmacia… —dije alargando la mano para acariciarle la rodilla. Ella me la retiró de un golpe. Conté hasta tres y volví a intentarlo. En esta ocasión, María no la rechazó. Sonreí para mis adentros. Había ganado la partida—. Puedo comprarlos en la gasolinera… ¿recuerdas? Abre las veinticuatro horas…

Me miró y no dijo nada.

—¿Quieres que vaya y los consiga? —Dije despacio. Necesitaba oír un sí.

—Haz lo que te dé la gana, idiota… —replicó. Era el mayor «sí» que una mujer me había dado en mi vida. Mi pene saltó alborozado y empezó a erguirse de nuevo. María lo miraba absorta. Parecía arrobada al verlo crecer para ella. Tuve que tragar saliva para resistir la excitación.

Me subí los pantalones y cogí el abrigo. Antes de salir, pregunté, preocupado:

—¿Puedo contar con que estarás aquí cuando vuelva?

María miraba hacia sus pies y se acariciaba una pantorrilla. Aparentaba haberse rendido.

—¿Y dónde voy a ir a estas horas, anormal? —replicó bajito—. Ya es demasiado tarde para ir a cualquier sitio conocido sin tener que dar demasiadas explicaciones.

Corrí hacia la gasolinera, refrescando mi calentón bajo una lluvia que se había convertido en un simple sirimiri.

.

Continuará...

Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!

...

Podéis seguirme en las siguientes direcciones de X (Twitter):

https://x.com/AbelSantos90

https://x.com/i/communities/1982455651885330650

Continúa en