Mi entrenador, parte 1
Él es el tipo de hombre que hace que todas las mujeres del gimnasio se detengan a mirar. Ella sabe que está casado, pero también sabe que tiene el poder de romperlo. Esta noche, el vestuario vacío será el escenario de una tentación que nadie debería ver.
Mi entrenador personal
Jorge era mi entrenador en el gimnasio unos 41 años.
Tres veces por semana, lo observaba moverse entre las máquinas, marcando rutinas, corrigiendo posturas, con esa presencia que hacía que todas lo miraran. Pero no era solo su físico —alto, fuerte, de músculos tensos y piel dorada por el sol—, era la forma en que se comportaba: seguro, serio, con esa energía masculina que parecía llenar el espacio. Un hombre de esos que hacen suspirar con una sola mirada. Y yo… bueno, yo no hacía más que fantasear con él.
Me encantaba cómo se acercaba a corregirme, cómo rozaba su cuerpo contra el mío “sin querer”, cómo sus shorts pequeños no dejaban nada a la imaginación. Siempre que hacíamos ejercicios juntos, su verga se marcaba en la tela, grande, gruesa. Yo disimulaba mal. Se me escapaba una sonrisa, un mordisco al labio, cualquier excusa para quedarme cerca.
Y aunque sabía que era casado —con una mujer celosa, malhumorada, que parecía odiar al resto del mundo—, no podía evitar sentirme atraída. Él contaba que su esposa no se llevaba con ninguna mujer del gimnasio y que tenía muy mal carácter pero que era la mujer de su vida, y yo, que lo observaba todo, estaba segura de que nunca la había engañado… al menos no con nadie del gimnasio. Eso me gustaba. Me gustaba la idea de ser la primera. De ser la que lo hiciera caer en la tentación.
Comencé a usar ropa más ajustada, tops mínimos, licras tan apretadas que mis pezones se marcaban incluso bajo el sujetador. En Colombia eso no es raro, muchas tenemos busto operado, y en ese entorno de cuerpos esculturales, nadie decía nada ante tal exhibicionismo. Pero yo sabía lo que hacía. Sabía que esa mezcla de cuerpo provocador y cara de niña buena podía ser letal.
Las semanas pasaban y el juego se volvía más intenso. Me restregaba más. Lo tocaba “accidentalmente” con la cadera, con el pecho, con el culo. Al principio, fingía sorpresa. Después, dejé de fingir. Empecé a dejarle claro que no era un error, que lo deseaba. Y él comenzó a responder. Se acercaba más, me guiaba con más firmeza, buscaba ejercicios donde el contacto era inevitable.
Pensé que se quedaría ahí… hasta aquella noche.
Tuve que cambiar de horario y terminé más tarde. El gimnasio estaba casi vacío, y cuando salí del vestidor, lo vi: Jorge, caminando hacia las duchas, con la toalla al hombro. Lo seguí. Ni siquiera lo pensé. Solo lo seguí, como si algo me guiara.
Entré al bañoy habían 2 hombres más duchándose, me vieron pasar pero no dijeron nada, a lo mejor no era la primera que seguía a un hombre al baño, al final en las duchas de último estaba él, con el torso desnudo, el cuerpo empapado por el vapor, con su mano se ponía jabón en su grueso pene, que aún en ese estado se veía muy grande y delicioso. Me acerqué en silencio. Él se dio vuelta cuando sintió mi presencia tan cerca de él
—¿Qué estás haciendo? —susurró, nervioso.
—Dejame probar tu sabor, me muero por chuparte la verga —contesté, mirándolo a los ojos.
Lo besé. Él se quedó quieto, temblando apenas, como si no supiera si detenerme o rendirse. Mis manos bajaron. Toqué su abdomen, su cintura, Mi piel se encontró con su verga directamente, caliente, dura, palpitante. Sentí que el corazón me explotaba en el pecho, mi vulvita se mojaba.
No le di tiempo. Me arrodillé frente a él y lo tomé con la boca.
—No… esto no está bien… estoy casado—murmuró, pero su voz ya no tenía fuerza.
Lo succioné con deseo, con hambre. Le llené la verga de saliva, lo lamí desde la base hasta la punta, lo sentí temblar. Le acaricié los testículos, los tomé con mi boca, y seguí chupándolo con fuerza. Su sabor, su olor a hombre, su dureza… era como si todo me dijera que eso era mío. Que lo había logrado.
—Dios… —gimió, una mano en mi cabeza—. No puedo…
Pero no me detuvo.
Le decía cosas sucias mientras lo miraba, mientras lo chupaba con fuerza, haciéndole ese pop húmedo y ruidoso que siempre enloquece. Le decía que su esposa no lo hacía así. Que yo sí sabía cómo tratar una verga como la suya. Que se dejara llevar.
Y lo hizo.
Cuando estuvo a punto de venirse, me tomó del cabello, lo echó hacia atrás, y con los ojos entrecerrados, jadeante, me dijo:
—Saca la lengua… trágate toda mi leche. Por puta.
Y lo hice.
Abrí la boquita y saque la lengua, esperando su semen caliente, Lo miré a los ojos mientras su leche caliente caía en mi boca. La tomé toda, sin apartar la mirada, con el sabor de su lechita todavía en mis labios.
En ese baño, bajo el vapor, con el sonido de la ducha de fondo, lo corrompí. Y nunca me sentí tan viva.
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