María intercambiada en un coche - Completo (5)
El silencio en el coche es ensordecedor, pero el calor en su cuerpo lo es más. María necesita ayuda urgente, y la única forma de bajar la fiebre es a través de un placer que no puede esperar. En la oscuridad del asiento, las reglas del juego cambian: ella da las órdenes, y él solo puede obedecer.
Cap. 7 – MARÍA NECESITA ENFRIARSE
Sin haberlo esperado, parecíamos haber vuelto a la posición de partida. Ella, en silencio en el asiento del copiloto y mirando al frente con expresión extraña. Yo, observándola por el rabillo del ojo e intentando entender qué hacía de nuevo dentro del coche. El silencio era sepulcral, la radio se encontraba apagada desde hacía rato, solo la poca lluvia que caía sobre el techo del coche rompía aquella densa atmósfera.
Tuve la sospecha de que si yo no decía nada, las horas pasarían y ninguno de los dos volvería a hablar. Sentía que era María quien creaba aquellos silencios densos para obligarme a romperlos con alguna frase estúpida o inocente y así conducirme hacia la conversación que ella tenía preparada de antemano.
Y, a pesar de ello, me presenté voluntario de nuevo para romper el hielo que nos separaba.
—He visto que tecleabas en el móvil —dije, sin pensar si la frase le parecería inocente o absurda—. ¿Con quién hablabas?
Un segundo, dos, tres…
—Con mi novio…
Lo dijo sin mirarme.
—¿Qué… qué le has dicho?
—No temas… —respondió en un susurro–. No le he pedido que baje un cuchillo para asesinarte…
Tragué saliva.
—¿En… entonces…?
—Le he dicho que estoy con una amiga y que aún tardaré un rato en llegar.
La respuesta era para alucinar. ¿Es que quería pasar más tiempo conmigo? ¿Aún no me odiaba lo suficiente como para mandarme a la mierda?
—¿Por qué no has subido? —dije—. ¿Te preocupa algo?
María soltó un hipido y cerró los ojos con fuerza. Luego, se sinceró.
—Tengo un problema circulatorio… —dijo, masticando las palabras—. No es grave, solo una putada…
—No entiendo…
—Es que… en algunas situaciones todo mi cuerpo se tiñe de color rojo como la grana… como si me hubiera ruborizado, pero a lo bestia… —volvió a hipar—. Por ejemplo, cuando estoy muy… muy… cachonda…
¡Joder!, pensé, aquella chiquilla era imprevisible.
—María… ¿estás… estás cachonda?
—Sí, asqueroso… como una perra en celo… —gimoteó—. Me has puesto tan caliente que en estos momentos parezco un farolillo de navidad… No puedo subir a casa en este estado… Luis se dará cuenta en cuanto abra la puerta…
Me mostró la cara y el cuello. También los brazos y el escote. Toda aquella piel estaba colorada como un tomate. Estuve tentado de pedirle que me mostrara las piernas, pero hubiera sido como pedirle que se bajara los pantis, y preferí no llegar tan lejos.
Mi mirada era un poema. No sabía qué decir.
—No me mires así… —dijo al notar mi mutismo.
—¿Así… cómo?
—Pues de esa forma… que me miras… — Se sorbió una lágrima—. Como si fuera una… prostituta.
—No… por dios… no… —respondí titubeante—. Yo no pienso eso… Ni por un momento te veo así.
—Yo no soy de esa manera… —sollozó de nuevo—. Yo no hago estas cosas… Lo sabes, ¿no…?
Empecé a sentirme mal de nuevo. Por ella y por mí mismo. Volví a temer que aquella situación se descontrolara y que acabaría fatal para mi futuro.
—Por supuesto que lo sé… María… —le acariciaba el pelo al hablar—. Tú eres una chica maravillosa…
—No es verdad… tú no crees que yo sea una buena chica… Todo lo que dices es mentira…
Callé unos instantes. Bajé mi mano y le acaricié el brazo.
—Te digo la verdad, lo prometo… Ojalá no hubiera pasado nada… pero ahora solo puedo decirte que lo… lo siento… cielo… —dije—. ¿Puedo hacer algo por ti?
Me golpeó en la mano con la que le acariciaba, retirándomela con malos modos, y siguió hablando con aquel tono entre enfadada y llorosa.
—Sí… si hay algo que puedes hacer… —susurró—. Solo de pensarlo me siento enferma… pero solo tú puedes ayudarme ahora mismo…
—Dime, María, haré lo que me pidas… te lo juro…
—Necesito correrme… —giró sus ojos y los fijó en los míos. Un escalofrío recorrió mi espalda—. Solo así conseguiré que se me pase… el calentón… y que me vuelva el color normal. Entonces podré volver a casa.
Aquello me extrañó y excitó a partes iguales. Sonaba inverosímil y tenía un morbo increíble, pero no dudé que fuera verdad. Se me erizó la piel de todo el cuerpo. Por otro lado, me sentía feliz de poder hacer algo por ella, así que le ofrecí lo primero que se me pasó por la mente.
—¿Quieres masturbarte? —ofrecí—. Puedes pasarte al asiento de atrás, si prefieres algo de intimidad… Incluso me iré del coche si lo prefieres…
—No, pajearme yo sola no me vale… —dijo en susurros—. No me vale un orgasmillo del montón… Necesito un hombre que… me provoque un orgasmo extraordinario… ¿Lo entiendes? ¿Querrías hacerlo?…
No pude evitar abrir los ojos, alucinado... Aquello sí que no me lo esperaba. La misma María que hacía unos minutos tenía mi carrera y mi vida en sus manos, la que podía haberme llevado a la cárcel, me pedía sexo. Si aquello no era el puñetero nirvana, ¿qué otra cosa podría serlo?
Mi entrepierna empezaba a despertar después de la pereza tras la mamada.
—Joder, María… cuenta conmigo, por supuesto… —la boca me babeaba—. ¿Quieres que te folle… duro? Podemos ir a mi casa y…
La bofetada se debió de oír en las cuatro esquinas de la calle.
—¡Eres un asqueroso…! —casi gritó—. A tu casa no voy yo ni loca… Eres capaz de atarme a la cama y follarme hasta que te hartes… Lo que quiero que me hagas es una paja con los dedos, ¿te enteras? Y lo vamos a hacer aquí mismo, no tengo toda la noche…
—Vale, claro, por supuesto… —dije yo, consternado. Decidí medir las palabras, las bofetadas de aquella chica eran incontestables. Cualquiera se metía en más líos aquella madrugada— ¿Cómo lo hacemos?
María miró hacia todos lados e intentó empujar su asiento hacia atrás. La ayudé tirando de la palanca bajo la banqueta y en un movimiento rápido se abrió un espacio suficiente donde poder moverse.
En cuanto se sintió libre, tiró de su falda hacia arriba, se metió los pulgares por los costados de los pantis y las bragas y, arqueando la espalda, levantó las caderas y tiró de ambas prendas hacia abajo. Las dejó a medio muslo y abrió las piernas para ofrecerme su coño que se veía rojo e hinchado como un tomate. Si las piernas y el vientre se veían como aquellos labios que se me ofrecían abiertos y expectantes, no me extrañaba que fuera notorio su calentón.
María ensalivó los dedos de una mano escupiendo sobre ellos y recorrió su hendidura, humedeciéndola. Un segundo más tarde descubriría que aquella operación era totalmente innecesaria, su vagina chorreaba flujo como una fuente. No, no era humedad lo que aquel coño necesitaba en ese momento.
—Vamos… —dijo ella, pasando la lengua sobre sus labios en un gesto que se me antojó lascivo—. Pajéame despacio al principio. Ya te diré cuando puedes hacerlo más fuerte.
Miré su vulva, embelesado. Era preciosa, como solo la vulva de una jovencita puede serlo. Se hallaba en su mayor parte depilada, pero un triángulo de bello muy cortito le decoraba la parte superior del monte de venus. Aquella vulva no se había hecho para ser pajeada, sino para ser degustada, lamida, succionada, chupada hasta dejarla exhausta. En el cubículo del coche, sin embargo, y en una postura tan incómoda, aquello era imposible y por eso no quise proponérselo.
Sin mediar palabra, me giré en mi asiento y me acerqué lo más posible a ella, sentándome sobre el freno de mano. Por suerte, el coche era automático y no había palanca entre los asientos, me dije.
Con el brazo derecho la rodeé por detrás de la cabeza y mi mano se posó en su hombro. La mano izquierda se dirigió a la hendidura y, sin dudarlo, le introduje dos dedos en la vagina, que ardía como un horno.
—Ufff… —se quejó ella—. No seas bruto, Marcos… Empieza con un solo dedo hasta que se vaya abriendo…
—Vale, perdona… —le dije, y me centré en mi faena.
Ella gemía y yo metía y sacaba el dedo corazón de su interior, mientras con el pulgar le masajeaba suavemente el clítoris.
—¿Así te gusta? —pregunté con voz alterada.
—Sí… Mmm… sí… así… sigue… no pares… —gemía ella y movía la cabeza a izquierda y derecha, descontrolada.
Le pasé la lengua por el lóbulo de la oreja y ella dio un pequeño bote sobre el asiento.
—Dos… dos… dedos… ahora… —dijo sin aliento.
Añadí el índice y continué el mete saca con los dos dedos.
Su boca entreabierta me estaba llamando. Y me acerqué despacio hacia ella. Y no sabía cómo iba a tomarse que se la volviera a comer, pero la pillé por sorpresa y se la tomé al asalto. Y, con mi lengua ya en su interior, mostró un atisbo de resistencia, que no llegó a ser más que un gemido, «Mmmm», porque ya la estaba lamiendo por dentro y por fuera, y sus labios se habían disuelto entre mis dientes, y parecían de gominola. Y su resistencia ya no existía. Y toda su musculatura se quedaba laxa. Y ya podía hacer con mi alumna lo que quisiera y ella no podría evitarlo.
María era completamente mía.
Forcejeamos unos minutos, mis dedos en su vagina, mi pulgar trabajando el clítoris, pero María no alcanzaba el clímax. Y aquello me parecía extraño. Y he de reconocer que mi ego de hombre era quien más pensaba que aquello no era normal. Y era porque nunca me había durado tanto una mujer con aquel manoseo y, menos aún, comiéndole la boca como le estaba comiendo.
Aparté mi cara de la suya por un momento y ella me miró con los ojos lánguidos.
—¿Qué te ocurre, María? —pregunté bajito—. ¿Por qué no te corres?
—Ufff… —replicó ella—. No sé… no llego… no hay manera… Es que estoy… estoy muy incómoda. Déjame un segundo, que me coloco mejor…
Me retiré a mi asiento y la vi bajarse los pantis con las bragas enrolladas en ellos hasta los tobillos. Probó abriendo y cerrando las rodillas y pareció más convencida.
—Vale… ya estoy bien… —dijo—. Sigue con dos dedos… ya te diré cuando quiera tres…
Mi polla cabeceó festiva dentro del pantalón. La chica no se cortaba, pedía los dedos que le apetecían en cada momento. Aquello era morboso. Bastante peculiar, pero muy morboso.
Volví a la postura sobre el freno y, cuando le iba a atrapar la boca de nuevo, me puso una mano sobre el pecho para detenerme. Tenía las uñas apoyadas sobre mi piel por encima de la camisa. Parecía una garra, y supe que era lo que quería que yo viera en aquella mano: la garra de una hembra predispuesta a atacar.
—A partir de ahora, la boca ni tocarla… ¿Me oyes?
Supe por qué me la vetaba. Ser dueño de su boca suponía ser dueño de María por completo. Ella lo sabía y sabía que yo era consciente de ello. Y esta vez no quería perder el control de su voluntad.
—Vale… como quieras…
Dije y acepté su orden. Me dispuse en la posición anterior y empecé a pajearla de nuevo.
No llevábamos más de un minuto jadeando juntos tras la interrupción, cuando una sombra cruzó el coche por el lado de la acera, que era el lado de María. El dueño de la sombra había aparecido por la parte de atrás y había recorrido despacio el coche hacia adelante. Era claro que aquella sombra era la de un voyeur.
María dio un salto y se giró hacia mí. Y se echó la melena sobre la cara, intentando que no le pudieran ver el rostro.
—¡Por dios! —dijo ella—. ¿Qué ha sido eso? ¿Era un mirón?
Me di cuenta que ella solo había sentido la presencia, no podía haberla visto, con los ojos cerrados como se hallaba.
—Creo que sí…
—¡No puede ser…! —soltó ella asustada y de un tirón se subió los pantis y las bragas, colocándolos en su sitio. Luego se tiró de la falda, cubriéndose los muslos—. Marcos, por dios, en este barrio me conoce mucha gente. Tenemos que salir de aquí.
—¿Quieres… ir a mi casa? —volví a proponer.
—No seas asqueroso… —respondió—. ¿No te ha bastado con lo que te dije antes…? A tu casa ni loca… ¿No conoces algún sitio por aquí cerca que sea tranquilo y donde nadie nos moleste…?
—Pues no sé… —dije, pensativo.
—Piensa… venga… este es tu barrio, ¿no? —dijo ella.
—Joder, María, sí es mi barrio… pero tengo casa, no necesito hacérmelo en la calle —respondí con un deje de malhumor—. Además, también es tu barrio…
Ella dudó un segundo. Luego respondió.
—Llevo viviendo aquí poco tiempo.... Tú tienes que conocerlo mejor.
Lo pensé un instante. Había una imagen que me rondaba la cabeza, aunque no conseguía materializarla.
—¡Espera! —la imagen se formó nítida en mi cerebro, por fin—. ¡El parking del centro comercial es el lugar perfecto! A esta hora está vacío y las luces están apagadas. Allí estaremos tranquilos, sin miedo a que nos mire algún vicioso desesperado.
—Vale, vamos… —dijo ella, y se cruzó de brazos en un gesto que adiviné defensivo. Aquella muchacha me ponía a doscientos, pero había cosas dentro de su cabeza que me parecían, cuando menos, confusas. No intenté leer en sus ojos de momento, tenía tiempo por delante para hacerlo.
Moví la palanca del cambio automático adjunta al volante hasta la posición “D” y subí la calle a toda velocidad.
.
Cap. 8 – SIN CONDONES NO HAY PARAÍSO
Llegamos al parking y cruzamos la gasolinera 24h que daba acceso a la explanada totalmente vacía a aquellas horas de la noche. Aparqué en uno de los extremos, cerca de los árboles que bordeaban el parque adyacente al aparcamiento, cuyas sombras hacían aún más recogido el lugar.
No paré el motor, sino que lo dejé como antes, con la calefacción puesta para proporcionarnos el calor que necesitábamos en la noche lluviosa. En cualquier caso, el agua ya no caía con la violencia de una hora antes.
Miré a María, que se había cubierto con su abrigo y apoyaba la cabeza en el cristal de la ventanilla, dándome la espalda. No decía nada, parecía adormilada, aunque en el reflejo del cristal podía ver sus ojos abiertos mirando alrededor, curiosa.
Respeté su silencio, encendí la radio en la emisora que ella había elegido y escuchamos música romántica. Al cabo de unos minutos no pude resistir la situación y me decidí —una vez más— a interrumpir sus pensamientos.
—Siento lo que ha pasado… —dije.
—Gracias… —replicó.
—De todas formas, no creo que el mirón haya podido verte, los cristales están bastante empañados, no te preocupes.
Me miró un segundo y yo le sonreí.
—Supongo que ya se habrá largado de allí. Puedo llevarte de nuevo y te subes a tu casa si quieres…
—No es que quiera o no… —respondió, incorporándose en el asiento. Se miró en el retrovisor y no aprobó su estado—. No puedo… Aún sigo con el grana subido.
—Bueno, como prefieras… De todas formas no tenemos por qué hacer nada… si no quieres…
—Por supuesto que no quiero… Si lo hago es por necesidad…
—Vale, tranquila, ya se te pasará el color…
Se mordió el labio y miró la hora.
—No puedo esperar más. Si no vuelvo a casa en la próxima media hora, tendré que inventar una diferente excusa para mi novio.
—¿Diferente excusa?
—Sí… —replicó—. Algo así como que me he quedado a dormir en casa de mi amiga… O lo que sea…
—Ah, ya entiendo… como veas…
Se cubrió la cara con las manos y luego volvió a mirarme.
—Y eso me llevará a tener que hablar con mi amiga para pedirle que me cubra… —agachó la cabeza y se recogió el pelo con desesperación—. No puede ser… Toda una noche de mentiras…
Vi una oportunidad en aquel momento de debilidad y no me esperé a que pasara de largo.
—De todas formas… —dije con tono meloso—. Aún tenemos esa media hora…
Me miró y volvió a morderse el labio.
—Media hora… ¿para qué?
—Para… ya sabes…
Se lo pensó un segundo, volvió a mirarme y a continuación cogió el abrigo y lo arrojó sobre el asiento trasero. Acto seguido, como ya había hecho en el aparcamiento frente a su casa, se izó la falda, metió ambos pulgares por la cinturilla de los pantis y las bragas y, arqueando la espalda, se los bajó hasta por debajo de las rodillas.
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Continuará...
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