María intercambiada en un coche - Completo (4)
La lluvia cae a cántaros y el coche está vacío, pero la tensión es insoportable. Él tiene el control, ella tiene el miedo, y ninguno de los dos sabe qué hacer con el deseo que acaba de estallar entre ellos.
Tenía que reconocer que la chica me estaba matando de gusto, pero le faltaba algo. El roce de su lengua era devastador… pero del todo insuficiente. De aquella manera no iba a conseguir correrme en toda la noche, y era ya necesidad inmediata y acuciante. Deslicé mi mano bajo su pelo y, un poco más arriba de la nuca, la cerré y atrapé un puñado de cabellos muy cerca de las raíces con los que la sujeté fuertemente. En esa posición de poder, apreté la cabeza y le introduje la polla en la boca hasta la mitad. Tuve que vencer algo de resistencia, pero al segundo empellón el glande rozó su campanilla.
María se resistía y empujaba la cabeza hacia arriba, pero yo volvía a bajársela y la obligaba a tragarse mi pene de nuevo, causándole pequeñas arcadas. Seguimos con este juego unos segundos. Se diría que a ella le encantaba jugar a resistirse, pero cuando sus labios escapaban y alcanzaban el glande, ella misma se detenía y volvía a enterrarse mi polla hasta la garganta.
Sin ningún tipo de acuerdo, ella comenzó a bajar y a subir su cabeza sin el acompañamiento de mi mano. Yo empecé a moverme también y entraba y salía de su boca con un «ufff» de placer en cada acometida.
—Te gusta… te gusta… cariño… —repetía yo, enfebrecido—. Sé que te gusta… te dije que te iba a gustar…
Como un acto reflejo, llevé mi mano a la base y la sujeté mientras ella la enterraba y sacaba de su boca a intervalos regulares. Estaba a punto de correrme y ella tenía que estar notándolo. El conducto seminal, a punto de reventar, no daba lugar a engaño. Pero María no hacía nada por retirarse. Súbitamente, levantó la cabeza y se lanzó sobre mi boca, comiéndomela con avidez, mientras le daba una tregua a mi entrepierna. Estuvo así unos segundos, justo antes de volverse hacia el parabrisas, de nuevo.
—No… por favor… no me hagas esto… —dijo alzando algo la voz en esta ocasión.
El gesto tan repetido de mirar hacia adelante y que hasta el momento había dejado pasar, ahora me mosqueó especialmente. ¿Por qué coños lo hacía? Llovía a cántaros. La calle se hallaba vacía. ¿Temía algún mirón? Había que estar muy loco para pararse a mirar al lado de un coche con la que estaba cayendo.
Sin embargo, la disculpé, tal vez se trataba de aquello. Estábamos al lado de su casa. A buen seguro que bastante gente podía reconocerla. No era raro que se sintiera incómoda ante potenciales ojos indiscretos, me dije, intentando convencerme de que no había por qué preocuparse. Pero, ¿era aquella excusa suficiente para aquel comportamiento extravagante?
Cuando iba a peguntarle por ello, mi alumna bajó la cara y retomó la mamada. Y volvió a succionar con ímpetu. Y eso me relajó y me empujó a concentrarme de nuevo en lo que ocurría en el interior del coche, olvidándome de lo que pudiera suceder fuera de él.
Me dejé llevar. Sabía que no tardaría en correrme y mis músculos se tensaron. Ella pareció notarlo justo cuando yo lo pensaba y liberó su boca.
—¿Te vas a… correr? —preguntó, alarmada.
—Ufff… sí… —respondí—. Eres muy buena… zorrita… vas a conseguir que me corra muy pronto.
La bofetada sobre mi cara me hizo volver a la realidad.
—Lo… lo siento… Pero no me gusta que me llames zorrita… —dijo con un lamento.
Me había quedado paralizado.
—Yo… también lo siento, cariño… —repliqué—. No me… lo tengas en cuenta… son los nervios del momento…
Se mordió el labio y, cuando pensé que se iba a levantar y a marcharse, agachó la cabeza y comenzó de nuevo a lamerme el glande, succionándolo con dedicación.
—Si te corres… —dijo al cabo, levantando la cabeza—… vas a ensuciar todo el coche… y me vas a poner perdida la ropa… ¿No tienes un condón…?
Su tono era ahora más… amable… más sumiso… Me extrañó su cambio, tras la salida de tono anterior.
—No… no… me temo que no…
—Prof… Marcos… ¿cómo puede ser? Todos los hombres lleváis al menos uno en la cartera… por si acaso… —susurró, decepcionada.
—Sí… yo suelo llevar en mi coche… pero recuerda que este es el de mi mujer…
—Ya… —parecía desolada, sin saber cómo continuar. Adiviné que esperaba mis instrucciones.
Así que me decidí a jugármela a una carta.
—¿Puedo pedirte… algo? —le dije en un susurro tembloroso. El orgasmo ya trepaba por mis piernas.
—Dime… —preguntó, dándole un lametón al glande.
No sabía lo que diría en cuanto le pidiera aquello, así que me preparé para lo peor.
—Si me corro en tu boca, no se manchará el coche… ni tu ropa…
Me miró con expresión de repugnancia.
—No… espera… puedes escupirla… luego… por la ventanilla… —me apresuré a decir para que no entendiera que quería que se la tragase, como las actrices porno. Si por lo más remoto se sentía llamada «puta», me iba a dejar a medias con toda seguridad. Y probablemente con la cara cruzada por un nuevo bofetón.
Suspiró, pero no dijo nada. Y volvió a la mamada. Y no sabía si aquello era un sí, pero rogué porque lo fuera. Y, cuando ya no podía más, gruñí y apreté su cabeza con la mano con que la sujetaba del pelo. Y María no se resistió. Y se quedó inmóvil y yo me corrí dando saltos y gruñendo desesperado. Y el orgasmo duraba interminables segundos. Y mis sacudidas, seguidas por un disparo de semen cada una, fueron incontables. Y no me había corrido tan fuerte y había derramado tanto esperma desde alguna época del pasado que no recordaba. Y ella las aceptaba sin quejarse. Y el semen le chorreaba por las comisuras de los labios y empezaba a salírsele por las fosas nasales. Y de cuando en cuando recogía con una mano los excedentes.
Cuando la tormenta pasó, liberé la cabeza de María. Y ella se giró a toda prisa y abrió la puerta para escupir en el exterior el esperma que aún no había tragado. Y la oía dar arcadas y salivar para expulsar de su boca mi esencia densa y caliente. Y la lluvia mojaba su bonita melena y se veía forzada a cerrar la puerta para no calarse hasta los huesos. Y abría la ventana y seguía escupiendo durante largos segundos.
—¿Tienes pañuelos de papel? —fue todo lo que dijo tras recolocarse la ropa encima de su asiento.
Le acerqué el paquete de toallitas húmedas que había encontrado cuando buscaba las botellitas de alcohol y ella empleó varios minutos en limpiarse a conciencia. De cuando en cuando sacaba la cabeza por la ventanilla y escupía de nuevo. Le ofrecí unos caramelos de menta del paquete encontrado también unos minutos antes y ella los aceptó en silencio. Se metió varios en la boca y empezó a chuparlos con gusto. La expresión de repugnancia de su rostro empezó a remitir.
*
Los siguientes minutos fueron de profundo silencio. Yo no me atrevía a abrir la boca y ella comía caramelos haciéndolos crujir con sus dientes, único sonido en la semioscuridad. Ambos mirábamos al frente, viendo la lluvia caer, aunque ahora con menor fuerza.
Fui yo el primero en hablar.
—Lo… siento… —dije, simulando consternación—. La he cagado… soy de lo peor…
—Ya… ya me imagino cuánto lo sientes… —protestó ella.
—Joder, María, soy un hombre casado… yo no suelo hacer estas cosas… y menos con mis alumnas…
Creí notar un gesto de burla en sus labios, pero lo achaqué a los movimientos de la mandíbula al morder los caramelos. Volvimos al anterior silencio, hasta que yo volví a romperlo.
—María…
—¿Qué…?
—¿Qué vas a hacer…?
—¿Hacer… con qué?
—Con… esto… con lo que ha pasado…
Ahora sí sonrió de forma lobuna, la semioscuridad no me impidió observarlo.
—No sé…
—¿No… sabes…?
—No… no he pensado en ello…
—Me gustaría echar el tiempo hacia atrás… te juro que no sucedería…
Se metió un nuevo caramelo en la boca. Me sentí feliz de que mi mujer fuera tan golosa, tenía un auténtico cargamento de ellos en la guantera. Y eran lo único que parecía calmar a María.
—¿Tienes miedo de que te denuncie? —dijo ella de pronto. Seguía sin mirarme y su tono era neutro. Me maravillaba la serenidad de aquella muchacha. Otra no habría actuado de tal manera. Probablemente habría echado a correr tan pronto la hubiera liberado y habría llamado a la policía sin perder un segundo.
—¿Lo vas a… hacer?
—No… no sé…
—¿Te puedo compensar de alguna manera?
Ahora si giró la cara hacia mí?
—¿Estás intentando… sobornarme?
—Oh, no… por dios… —respondí rogando—. Yo no soy tan… horrible como estás pensando.
Su mirada se ensombreció.
—¿Qué no eres tan horrible como estoy pensando…? —replicó, llorosa—. Por dios, Marcos, acabas de forzarme…
—No… no… verás…
—¿Sabes cuantos años te pueden caer por esto…? —no parecía enfadada, como debía haber estado, sino abatida.
—Joder… María… —casi lloriqueé.
—¿Quieres que no lo haga?
—Sí… por favor… estoy en tus manos… confío en ti… aunque si lo haces lo entenderé…
—Tranquilo… —dijo al cabo—. Es bastante probable que no te denuncie.
—¿«Bastante»… probable? —remarqué la palabra.
—No sé… —dijo, calmada—. Un ochenta-veinte… No te lo garantizo al cien por cien…
El silencio volvió a rodearnos. El asombro me mantenía confuso. ¿Qué hacía ella allí, aún, en el coche? ¿Por qué no se había ido hacía rato?
—María…
—¿Sí…?
—¿Por qué no te has ido todavía? Ya casi no llueve.
Un deje de ira asomó a sus labios.
—¿Irme? —preguntó, retórica—. ¿Tú me has mirado bien?
—No sé a qué te refieres… —dije, sincero.
—Estoy super alterada… ¿es que no se me nota? —susurró— Un asqueroso acaba de forzarme a hacerle una mamada en un coche… ¿Quieres que me presente ante mi novio con este aspecto? ¿Qué quieres que le responda si me pide sexo? ¿Quieres que le diga: Lo siento, cariño, hoy no tengo ganas, he aprovechado para follar algo por ahí…?
Su tono irónico le salía de algún rincón desconocido para mí. No entendía como era capaz de mantener el humor, aunque fuera un humor negro. La saliva se me atragantó y tuve que toser para reconducirla.
—No es… verdad… no te he forzado… —protesté—. Lo has hecho porque has querido… Quizá al principio, sí… no sé… pero luego…
Su rostro se transformó en una máscara de furia. Pensé que iba a gritar y a golpearme. Sin embargo, relajó la expresión, se mordió el labio y bajó la mirada.
—Lo sé… pero ha sido por culpa del alcohol… Te dije que no estoy acostumbrada… Me has hecho beber para luego aprovecharte de mí…
—Lo siento, chiquilla… —la abracé y le besé el pelo con dulzura—. Siento que seas tan bella que hayas llegado a trastornarme.
Hizo unos pucheros y se aferró a mí con fuerza.
—¿Y ahora qué le digo a mi novio…?
Volví a atragantarme. El fantasma del molesto novio no dejaba de planear sobre nosotros.
—¿Tu… novio…? —Esta vez no pude hacer oídos sordos.
—Mi novio, sí… ¿Qué parte de «novio» no has entendido? —se separó de mí y su personalidad cambió de nuevo. Aquella muchacha era toda una caja de sorpresas, pasando de la nena dócil y perdida a la mujer dura y con carácter.
Me encogí en mi asiento. La mujer con carácter que ahora se mostraba no era mi preferida.
—Ya… ya sé que tienes novio, tú misma lo has mencionado antes. Pero es que… no sé… eres tan joven… pensé que vivirías aún con tus padres.
—Pues el señor profesor se equivoca… No vivo con mis padres, si no con mi novio y su hermana… Hacemos un trío perfecto.
—¿Un… trío…?
—Por dios… Marcos… ¿en qué estás pensando? Eres un adicto al sexo. Somos un trío compartiendo un piso, no esa asquerosa imagen que se te acaba de formar en la cabeza.
—Vaya… claro… qué tontería…
Ninguno de los dos volvió a decir nada. Unos minutos más tarde, María se puso el abrigo, recogió sus cosas del asiento trasero y salió del coche hacia el portal de su casa. La lluvia ya apenas repicaba sobre los charcos que se habían formado en la acera.
La seguí con la mirada. Su caminar tranquilo y seguro. Su femineidad en los gestos. Su melena mecida por el viento. Todo en ella parecía gritar la palabra «sexo»… O tal vez era que esa mierda de palabra se me había encajado en la cabeza y no conseguía quitármela de ahí desde que nos habíamos subido al coche, en el parking de la facultad. Mi sensación de culpa crecía por momentos.
María llegó al portal de su casa. Se detuvo en la oscuridad y sacó algo del bolso. La luz que surgió de sus manos me indicó lo que tenía entre ellas. Tecleó unos segundos, luego leyó, y luego volvió a teclear. Yo la miraba embobado.
Finalmente, tras abandonar la atención sobre el móvil, se subió las mangas de ambos antebrazos, observando estos a la luz que salía del portal. Tras el escrutinio, su cabeza se giró y miró en mi dirección. El corazón me dio una sacudida. ¿Por qué me miraba de aquella manera? Sus ojos me hablaban, estaba seguro, pero a aquella distancia y con la luz ambiental no me sentía con capacidad de entender lo que decían.
No tuve tiempo para darle más vueltas. María guardó su teléfono en el bolso y echó a andar de vuelta al coche. Retuve la respiración y esperé, emocionado.
Cuando llegó a la puerta, la desbloqueé con el automático. Ella se quitó el abrigo con un movimiento felino, lo tiró sobre el asiento trasero junto con su bolso y la carpeta, y volvió a sentarse en el asiento del copiloto.
La miré embobado, no entendía por qué había vuelto.
Continuará...
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