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María intercambiada en un coche - Completo (3)

La lluvia golpeaba el parabrisas mientras el calor del coche subía más que la temperatura. Ella juraba que no quería, pero sus manos ya no obedecían a su razón. En ese espacio confinado, la autoridad del profesor se desmoronaba ante un deseo que ya no podía contener.

Abel Santos5K vistas9.0· 12 votos
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Llegamos al coche y abrí la puerta con el mando a distancia. Dejé mi cartera y mi gabardina en el asiento de atrás y ofrecí a María hacer lo mismo. Ella se excusó con respecto al abrigo, pero aceptó dejar la carpeta y el bolso.

—Te advierto que el coche estará congelado y me gusta poner la calefacción a tope —le avisé—. Vas a pasar calor.

—No creo, es solo para pocos minutos.

—Vale, vale, pero yo ya te lo advertí… —dije en tono de broma.

María se sentó, se desabrochó el abrigo y se lo separó hacia los lados. Hacía caso de mi advertencia, observé. De un vistazo pude distinguir su falda granate sobre unas medias negras transparentes. Esta se le había levantado algo al sentarse y se le apreciaban unos muslos torneados y bastante sexis. En la parte superior, un jersey de punto de color pastel le proporcionaba una imagen de colegiala inocente. Tuve la tentación de mirar el seno que me había rozado unos segundos antes, pero me corté para no parecer un baboso desesperado.

—¡Qué coche más grande! —dijo, asombrada y mirando hacia todos lados—. Por fuera parece más pequeño…

—Sí, bueno… —me sentía como un idiota, pero aquel tonto piropo al coche me había casi ruborizado—. En realidad no es mi coche, es el de mi esposa. Es de ese tipo de coches familiares que se utilizan para la ciudad y que dan mucho juego.

—¿Usted no tiene coche?

—Oh, sí… —respondí sin saber por qué estábamos hablando de aquello. Quizá era la forma de romper el hielo de María. Imaginaba que en pocos segundos volvería a su mutismo habitual—. Lo que pasa es que está en el taller, algún imbécil me ha pinchado las cuatro ruedas y me lo he encontrado esta mañana en el suelo.

—Vaya… qué putada… —dijo, compungida—. Hay mucho gamberro por ahí suelto.

—Sí, eso me temo…

Arranqué el coche, la calefacción se lanzó hacia el número de grados programado en el ordenador de a bordo, y conduje hacia la carretera secundaria que bordeaba el campus sin decir nada. Cuando entré en la autovía, pregunté:

—¿Dónde quieres que te deje?

—Hay una parada de metro justo al entrar en la ciudad por la autovía —replicó—. La que le comenté antes. Si me deja ahí, puedo ir en metro hasta la parada frente a mi casa. Son solo treinta minutos.

No parecía que treinta minutos fueran mucho para ella. Pero a mi edad, perder media hora solo en transporte me pareció una barbaridad.

—¿Dónde vives? —me interesé—. Igual te puedo dejar más cerca si mi casa pilla en dirección a la tuya.

Me dijo su dirección y la miré sorprendido.

—¡No fastidies que somos casi vecinos…!

María puso cara de no creerme, quizá pensaba que intentaba tontear con ella con una excusa de adolescente atolondrado.

—¿Vive en mi calle? —dijo mirando a la carretera—. Vaya casualidad, ¿no?

—No, en tu calle no… —repuse—. Sería demasiada casualidad. Vivo en la calle paralela interior, la más cercana al edificio azul de oficinas. ¿Lo conoces?

—Pues sí, claro que lo conozco —dijo—, lo veo todos los días…. Jo, vaya suerte, ¿no? Menuda coincidencia…

Parecía mosqueada.

—Oye, ¿no pensarás que te estoy vacilando?

—Que no, que no…

Llegamos al primer semáforo después de dejar la autovía y aproveché el rojo para sacar la cartera y mostrarle el DNI. Después de leerlo, abrió mucho los ojos y sonrió.

—Vaya, profesor… Pues es verdad que usted y yo somos vecinos de barrio…

La lluvia arreciaba a cada segundo que pasaba y ni a toda velocidad el limpia parabrisas era capaz de atajarla.

—Pero no me llames de usted, mujer… —dije con enfado fingido—. No nos llevamos tanta edad.

—Ah, ¿no?

—No, tú tienes veintiuno, ¿a que sí? —sonreí.

Ella me miró asombrada.

—No, no es magia, tranquila… —aclaré—. Es que tengo las fichas de todos mis alumnos. Y yo… ¿Cuántos piensas que tengo?

—Pues… no sé…

—Venga, di un número.

—Pues por lo menos treinta y cinco…

—¡Mentirosa! —dije levantando los brazos—. Has exagerado aposta.

Ella lo reconoció entre risas y se encogió de hombros.

—¿Cuántos, entonces? —preguntó.

—Treinta y tres… Ya ves, solo soy doce años mayor que tú.

—Doce años es mucho, profesor —dijo—. Pero está bien, usted gana, yo le veo muy juvenil…

—Muchas gracias… Pero de profesor, nada… Para los amigos soy Marcos… A ver, dilo…

—Vale, prof… digo… Marcos… ¡Ay, que no me sale…! Jajaja

—Bueno, tranquila, es cuestión de acostumbrarse. Tienes medio curso para conseguirlo.

El resto del camino lo hicimos en silencio. Ella tecleaba en su móvil, claramente chateando con alguien. A punto estuve de preguntarle si hablaba con su novio, pero me mordí la lengua. Meterme en su intimidad no venía a cuento y podía romper la armonía que se había creado entre los dos. Quien sabía, quizá pudiera aprovechar aquella armonía en algún momento venidero.

Cap. 6 – MARÍA NO QUIERE, PERO SI QUIERE

Unos minutos más tarde llegábamos a su calle. Me indicó el edificio donde vivía y aparqué cerca de su portal. La lluvia seguía cayendo a mares. Las tiendas de la zona ya habían cerrado y el entorno se encontraba en penumbra.

—Aquí estás… sana y salva… —dije yo.

—Muchas gracias, prof… Marcos… —dijo con una bella sonrisa—. Hasta el lunes.

—Hasta el lunes, que tengas un buen finde —respondí.

María se recolocó el abrigo, cogió la carpeta y el bolso del asiento de atrás e hizo intención de salir. Antes de poner un pie en la acera ya se encontraba medio empapada. Volvió a entrar al coche y cerró la puerta con un estremecimiento.

—Ostras, como cae… —dijo abrazándose a sí misma—. Me voy a calar antes de llegar al portal.

—Espera, no hay prisa —repliqué—. Yo no tengo más plan que sentarme en el sofá de casa y ver algo en Netflix. Ni siquiera me espera mi mujer. Si quieres esperamos a que pase el aguacero. Digo yo que aflojará en algún momento.

—Su… ¿Tu… mujer no está en casa? —preguntó.

—Pues no… ella trabaja en Suiza… —respondí—. Es por el doctorado, le quedan al menos tres meses para acabarlo… Hasta entonces soy un lobo solitario.

—Pues bueno, entonces prefiero esperar, si no te importa… —aceptó—. Gracias, Marcos, no veas como te lo agradezco. Este abrigo es de una amiga y sería un palo devolvérselo destrozado por el agua.

—No tienes por qué agradecerlo, te entiendo —repliqué—. Yo una vez tuve que tirar a la basura un traje por una buena calada bajo un aguacero como este… y en tan solo treinta metros… Incluso este es peor, me temo…

Puse música de fondo para amenizar la espera. A ella no le gustó la emisora y me pidió permiso con la mirada para cambiarla, a lo que accedí. No había detenido el motor para evitar quedarnos helados. La calefacción seguía alta y empezaba a hacer demasiado calor allí dentro. La bajé, pero aun así María se desabrochó el abrigo, se sacó las mangas y se lo echó a los lados como había hecho al subir al coche.

El silencio reinó entre los dos, solo la música tranquila y romántica contrarrestaba el repiqueteo de la lluvia sobre el parabrisas. La luz de alguna farola se colaba por la ventanilla y nos iluminaba de medio cuerpo para abajo.

De pronto recordé algo que solía coleccionar Sara en su coche, producto de pequeños hurtos en los viajes de avión que últimamente hacía a menudo. Levanté la tapa del cubículo central que servía como apoyabrazos y empecé a hurgar en su interior. María me miraba curiosa, pero no decía nada.

Extraje lo que iba encontrando y lo dejaba sobre el frontal del coche para despejar el interior. Lo primero, una bolsa repleta de caramelos de menta, a los que Sara era una auténtica adicta. Luego, un paquete de toallitas húmedas, unos támpax, unos pañuelos de papel y, ¡por fin!, lo que buscaba: seis pequeñas botellas de licor de diferente tipo: Ron moreno, Whiskey y Vodka.

—¿Qué te parece? —Le dije a María con sonrisa triunfal.

—Pues no sé… ¿que usted es un borrachín?

—De tú, María, de tú… —la regañé—. Pues no, no soy un borrachín por varias razones. La primera es que estas botellitas son de mi mujer, no mías.

Mi entusiasmo contrastaba con su indiferencia.

—Las suele robar en los vuelos, y luego las guarda para coleccionarlas —aclaré—. Y no puede haber mejor momento que este para aprovecharlas. A ver, ¡elige una!

—Verá, prof… Marcos… A mí es que no me gusta el alcohol.

Hice como si no la hubiera oído e insistí.

—Vamos, mujer… si son super minis… solo un traguito y ya está. Mira, te recomiendo el ron, es de una buena marca.

Se hizo la remolona y yo, sin esperar su respuesta, abrí una de ellas y le propiné un largo trago.

—Guau… —lancé un suspiro de satisfacción—. ¡Está riquísimo! Toma, venga, pruébalo… No bebas una botella entera, si no quieres, pero al menos mójate los labios con esta que ya está abierta… —observé su mirada pensativa y me adelanté a su potencial comentario—. Te aseguro que estoy muy sano, no te pienso pegar ninguna enfermedad por un pequeño trago.

Debí de ponerme muy pesado, porque tras dar varios cabezazos negativos, por fin accedió.

—Uagggg… —dijo tras beber del botellín—. Está ardiendo…

—Ya te digo, lo mejor para días asquerosos como hoy… Sobre todo para templar el cuerpo por dentro.

—Sí, la verdad es que me ha sentado muy bien el trago.

—Pues venga, no se hable más —abrí una nueva botella y se la pasé. A continuación, le propuse un brindis—. ¡Por las noches lluviosas de invierno!

Aceptó el brindis y bebimos de la botellita hasta agotarla. Cuando habíamos apurado cada uno la suya, ambos reíamos sin control. Sus mofletes se veían arrobados de color. Y mi deseo por aquella chica estaba creciendo como un maremoto. Tenía que aprovechar la ocasión, así que abrí dos nuevas botellas y le pasé una de ellas. María se negó al principio, pero terminó aceptando. Las nuevas botellas tardaron más en ser vaciadas, pero de nuevo acabaron arrojadas por la ventanilla del coche sin una gota en su interior.

—Ufff… —dijo ella, de pronto—. Tengo la sensación de estar volando… ¡Hace tanto tiempo que no bebía!

—Pues mira que es raro que una chica como tú no esté acostumbrada a salir por ahí con las amigas a disfrutar de la vida…

—Sí, si me gusta salir con mis amigas… Y también con mi novio… —el mensaje de que tenía novio lo acepté como un aviso a navegantes—. Pero es que cuando bebo, suelo perder el control y al final me tienen que llevar a casa…

Esa última parte de su comentario me pareció de lo más interesante. Pero no quise adelantar acontecimientos, mejor esperar a la oportunidad adecuada.

Repentinamente, surgió de la radio una canción que llamó su atención.

—¡Bangles! —dijo, arrebatada—. Esta es mi canción favorita del mundo…

Comenzó a cantarla bajito, cerrando los ojos, y siguiendo el playback de las chicas que cantaban en el estéreo.

Aproveché para recorrerla entera con mis ojos. María, la niña sosita a la que había conocido como una alumna tímida y apocada, ahora se me mostraba en toda su plenitud. Más que guapa, era bella, realmente hermosa con sus mejillas coloreadas por el alcohol. Su boca y su largo cuello pedían besos, y su cuerpo pedía caricias. Y, por no ofenderla, no quise pensar en lo que su entrepierna pedía a gritos, aunque mi bajo vientre me lo estaba gritando.

Cuando la canción cesó, María abrió los ojos sin decir nada. Yo tampoco quise alterar su silencio y miré hacia adelante para disimular mi anterior escrutinio.

—¿Estás bien? —le dije al cabo de unos segundos.

—Oh, sí… —replicó—. Estoy genial…

—Te ha sentado bien el licorcillo, ¿verdad?

—Me avergüenza reconocerlo, pero sí… me ha levantado un calorcillo por todo el cuerpo que… —se recorrió con los dedos desde el ombligo hasta el nacimiento de los senos.

No podía creer lo que veía… Aquel licor me iba a hacer la mitad del trabajo para convertir en realidad la fantasía que se iba formando en mi cabeza. Aunque no era otra cosa lo que pretendía cuando extraje las botellitas de su escondite.

*

Hubo un nuevo silencio, mientras buscaba una excusa para acortar distancias —físicas y dialécticas— con ella. De pronto, encontré un hilo del que tirar. No perdía nada por probar, así que no esperé e hice un comentario señalando a sus piernas.

—Creo que tienes una carrera en la media.

Se miró el muslo y descubrió al instante la carrera de la que le hablaba. Humedeció dos dedos con su lengua y la pasó a lo largo de la rotura, como intentando coser el desperfecto con saliva.

La lengua sobre sus dedos me produjo un espasmo. Mi pene cabeceó en mi pantalón. Debía de haber llegado al 80% de su capacidad, como mínimo.

—¡Qué putada! —dijo ella—. ¡No la tenía cuando salí de clase.! Me va a matar mi cuñada, se las he cogido sin pedírselas.

—¿Toda la ropa que llevas es prestada? —bromeé.

—Bueno… no toda… pero sí… —respondió—. Cosas de chicas…

Siguió salivando la carrera de la fina tela buscando el origen de la rotura y, al hacerlo, subió su falda unos centímetros y mostró el interior de los muslos. Sentí un ligero mareo de pura excitación.

No pude resistirlo. Moví mi mano derecha y, apartándole una de las suyas, hice sobre la rotura en la tela el mismo movimiento que ella había hecho unos segundos antes con su dedo humedecido, pero con la mano al completo. No la miraba a los ojos, no me atrevía a hacerlo. Solamente movía la mano de abajo arriba y en cada pasada la falda de ella subía un poco más.

María no había dicho ni una palabra desde que empecé a hacer aquello. Su silencio me envalentonaba y mi mano cada vez iba más arriba. Oía latir un corazón a gran velocidad, aunque no supe distinguir si se trataba del suyo o del mío. Tal vez eran los dos a la vez, acompasados por el deseo, quise creer.

—¡Marcos, no… para…! —dijo de pronto, sujetándome la mano con la suya. Había levantado la cabeza y, en vez de mirar hacia mí, lo hizo hacia el parabrisas delantero. Pensé que quizá había visto a alguien cerca del coche y retiré la mano.

—Lo… siento… —le dije—. Se me ha ido la olla… Tal vez el alcohol… Perdóname, María…

Callé, simulando aflicción, y miré hacia adelante.

—No te preocupes… —me disculpó—. A todos nos puede pasar algo así alguna vez…

—A mí no… por dios… —respondí—. Te juro que es la primera vez que me pasa…

Ella no respondió.

—Pero es que tus piernas son tan bonitas… —continué—. Tus muslos tan sexis… que te juro que he perdido la cabeza… Lo siento…

Ella puso una mano sobre la mía, que estaba agarrada con fuerza al volante.

—¿Crees que mis muslos son sexis? —preguntó, y su pregunta me dejó fuera de juego.

—Si… creo que son los más bonitos que he visto nunca…

María se humedeció los labios mientras me miraba. La cabezota de mi pene luchaba por romper la barrera que la sujetaba al interior de mi pantalón.

—María, ¿me… me dejarías acariciarlos…? Solo unos segundos, te lo prometo…

Ella no dijo nada. Solo soltó su mano de la mía, se recostó hacia atrás en el asiento, cerró los ojos y abrió las piernas.

Me volví como loco. Metí la mano entre sus muslos y los acaricié con suavidad. Intentaba ser dulce, no podía dejarme llevar por la enajenación que me embargaba. Solo era una caricia, nada más. Algo inocente. Pero si metía la pata, ella podría asustarse y salir a la carrera… y mi reputación se podría ir a la mierda.

—Son tan… suaves… —dije, tragando saliva.

—Incluso con las medias… ¿siguen siendo suaves…?

—Sí… como de seda…

Forcé la máquina y subí aún más la mano bajo su falda, hasta tocar el nacimiento de su pubis. María respondió abriendo más las piernas y apretando los ojos.

Aquel gesto era como un disparo de salida. Y sin pensarlo me giraba hacia ella en un movimiento rápido, y mi mano derecha abandonaba su muslo, y se enroscaba por detrás de su cabeza. Y mi mano izquierda tomaba el relevo bajo la falda. Y con la derecha atraía su cabeza hacia mí y yo bajaba la mía para atrapar su boca, que se hallaba entreabierta, y no sabía si por placer o por sorpresa. Y le lamía la boca por fuera y por dentro durante unos segundos. Y su saliva sabía a mermelada de frambuesa, mezclada con ron moreno. Y bebía de ella hasta que notaba que sus labios se derretían de puro calientes.

Pero María se recuperó de la sorpresa de mi ataque y, revolviéndose, me puso una mano en el pecho.

—Prof… Marcos… para… por dios… —dijo entrecortadamente. Se la notaba excitada.

Esta vez no intenté disimular.

—María, no puedo…

—¿Qué es lo que no puedes?

—No puedo parar… necesito besarte…

Se lo pensó un instante.

—No me parece correcto por su parte, profesor…

—Marcos… le corregí.

—Vale, Marcos… —rectificó—. Te estás pasando…

Y volvía a levantar la cabeza hacia el parabrisas delantero y yo volvía a mosquearme y a observar alrededor por si había algún voyeur cerca. Y al no ver a nadie seguía con mi ataque.

—Joder… María… es que eres tan hermosa… —suspiraba—. Déjame que te dé un beso, uno solo… y te juro que te dejo en paz.

—Por dios, Marcos… acabas de chuparme la boca entera… ¿no te ha parecido suficiente?

—Por favor, María… —puse en mis palabras el tono de mayor desesperación que supe.

Volvió a quedarse pensativa, esta vez mirando a la lluvia que no paraba de arreciar.

—Vale —aceptó por fin—. Pero solo un beso…

Aflojó la presión de su mano sobre mi pecho y no necesité mayor autorización. Y acerqué mi boca a la suya y le lamí los labios, carnosos e hinchados en aquellos momentos. E intenté introducir mi lengua en su boca y al principio se resistió. Y forcejeé unos segundos y entonces los abrió por completo con un «Mmmm» que me excitó como a un semental. Y mi lengua entró en su boca como un huracán. Y le lamí la lengua, los dientes, las encías, el paladar… Y la ensalivaba por entero y ella mantenía los ojos cerrados y se iba echando hacia atrás, hasta apoyar la cabeza en la ventanilla.

Y me daba cuenta de que estaba totalmente entregada a mi boca y a mis manos.

Mientras le comía los labios y la lengua, con mi mano izquierda ya había alcanzado su vulva y se la acariciaba con lujuria. Y los labios del coño se notaban hinchados y crecían con mis caricias. Y las piernas de María se habían abierto aún más y podía manipularla por dentro con total libertad. Y con un dedo le recorría la hendidura por encima de los pantis de arriba abajo y de abajo arriba. Y le aprisionaba el clítoris con dos dedos y ella respondía con espasmos de cadera.

Pero los pantis cerraban el paso al ataque de mis dedos y allí morían todos mis intentos. Podría haber seguido manipulando a María, hacía rato rendida y sin fuerza para detenerme, y haber conseguido su satisfacción en pocos minutos. Pero yo necesitaba obtener una satisfacción personal. En caso contrario, el calentón me iba a destrozar los testículos.

Me volví hacia mi asiento. Había estado bastante rato reclinado sobre ella, pero ahora me alejé para mirarla de lejos. Le acaricié el pelo y la mejilla con el brazo extendido. María había abierto los párpados y me miraba alucinada, con los ojos brillantes por el alcohol —bendito alcohol, pensé—. Se acomodó mejor en su asiento.

—¿Cómo te sientes, cielo? —pregunté, cariñoso.

—Bien… —respondió escueta, en su estilo habitual.

—Siento lo que ha pasado… —repetí de nuevo, mintiendo—. Pero es que eres tan guapa… y me gustas tanto…

María miró hacia afuera por su ventanilla. La lluvia no cesaba.

—Me tengo que ir —dijo en un susurro—. No me importa si me mojo un poco.

Hizo un amago de abrir la puerta, pero le detuve el gesto.

—No… espera…

Me miró extrañada.

—Quédate unos minutos más. No estropees tu bonito pelo y ese abrigo de tu amiga…

Ella pareció pensárselo dos veces y se quedó en silencio, mirando a sus zapatos. Yo la observé un segundo y no dije nada. Simplemente le tomé una mano y, muy despacio para no asustarla, me la llevé a la boca y la besé suave.

—¿Te han dicho que tus manos son preciosas?

—Mi madre me lo dice mucho… —rió bajito.

—Pues tu madre entiende de manos —le aseguré.

Con la misma parsimonia de antes, fui bajando la mano hasta apoyarla en mi entrepierna. El bulto en mi pantalón era ya imposible de disimular. María abrió mucho los ojos, e intentó retirarla.

—¡No… prof… Marcos…!

Se la retuve a la fuerza.

—Por dios, María, eres tan bonita… me gustas más que nadie… mira lo que me has provocado… —dije como una excusa.

Empecé a masajear mi erección con su mano y ella tiró del brazo, espantada.

—Profesor… Marcos… para… para… —gimió.

—No puedo, María, no ves que estoy enfermo por ti… —respondí con gesto de dolor. No tuve que fingirlo, en esos momentos mis testículos reclamaban atención o reventarían.

Dirigí sus dedos, los apreté alrededor del tronco de mi pene y empecé a masturbarme con su mano bajo la mía.

María se había puesto la otra mano sobre la cara y se tapaba el rostro, como no queriendo ver lo que pasaba con su mano pecadora. Seguí así unos instantes, sin que ella dijera una sola palabra.

De pronto, volvió a levantar la cara hacia el parabrisas y pareció rebelarse.

—No… no… no quiero… déjeme… profesor…

Y aquella especie de retahíla de lamentos encarando al parabrisas resultaba de lo más extraña. Pero no le hice caso porque ya no era tiempo de pensar en ello. Y era porque yo ya no podía más. Y sentía que mi hinchazón necesitaba salir al exterior. Y le solté la mano y, con movimientos rápidos, me desabroché el cinturón, abrí la cremallera y bajé los pantalones lo suficiente para que mi pene quedara liberado por completo. Y mi miembro, al sentir que al fin podía respirar, levantaba la cabezota y miraba, vanidoso, hacia el techo del vehículo.

María, mientras tanto, se había encaramado a su asiento en actitud defensiva y, de rodillas, miraba hacia mí a través de los dedos entreabiertos de sus manos, que ahora le cubrían los ojos.

Volví a coger la mano pecadora y, con gran lentitud y suavidad la llevé hacia mi entrepierna de nuevo. La resistencia que opuso esta vez fue menor, por lo que no me llevó mucho tiempo dejarla sobre mi erección. Se la entregué sin dejar de mirarle a los ojos y, sujetándole la mano con la mía empecé a masturbarme, despacio al principio, con mayor fuerza cada vez.

—Ufff… —gemí al sentir la suavidad húmeda de su mano sobre mi miembro.

—No… por dios… Marcos… no quiero hacer esto…

—María… María… —gemía yo.

La chica ponía una cara que era una mezcla de varios sentimientos: sorpresa, asco, placer, pasión, deseo, malestar, ansiedad… Y volvía a girar la cabeza hacia el parabrisas de cuando en cuando. Y estuve a punto de preguntarle, pero estaba demasiado alterado como para preocuparme por lo que aún me parecía una simple manía de mi alumna.

Al cabo de unos segundos, noté que podía dejarla sola y liberé su mano. Y su movimiento sobre mi pene continuó inalterable. Y bajaba la piel y volvía a subirla como hipnotizada. Y su mirada decía que no creía estar haciendo aquello. Y menos con su profesor de derecho civil. Y menos en un coche no demasiado grande por fuera, pero espacioso por dentro. Y, lo peor, justo enfrente del portal de su casa.

—No… no… no… —repetía incansable, pero no dejaba de mover la mano arriba y abajo.

Aproveché su confusión y la atraje de nuevo hacia mí. Y sin avisar le capturaba la boca y veía cómo se entregaba cerrando los ojos. Y esta vez retaba a su lengua y ella la introducía en mi boca. Y la dejaba hacer sintiendo que su temperatura crecía por momentos. Y si hacía unos minutos su boca ardía, ahora parecía un volcán.

Seguimos este juego unos minutos más. Luego pensé que necesitaba aquel calor en otro sitio y le liberé la lengua y los labios, dejándolos por unos instantes huérfanos de los míos.

María me miraba suplicante y volvía a repetir.

—Marcos… no… para…. para…

Por supuesto, no atendí su ruego. En parte porque necesitaba aquella mano y aquella boca para gozarlas. Y en parte porque sabía que ella, en realidad, no quería que la detuviera. Y sabía que lo que decía lo hacía por inercia, pero que su temperatura interior iba subiendo sumada al calor de la calefacción. Estaba completamente seguro de ello, y no podía parar porque no había mujer en el mundo a la que deseara más en esos momentos.

Hice un primer movimiento y María me miró a los ojos y luego a la entrepierna. Se mordió el labio y sus ojos vidriosos por el alcohol parecieron entender. Reculó la cabeza y tuve que sujetarla del pelo para que no se escabullese.

—Por favor… no… no me hagas chuparte esa… mierda… por dios… es algo asqueroso…

Su respiración estaba tan agitada como una tormenta. Pero la mía no se quedaba atrás.

—Sí, nena… —le dije sin aliento—. Sí… ven… te necesito… te necesito…

—Espera… para… por favor… —respondió con una súplica—. Te pajeo… te pajeo hasta que te corras, te lo juro… Sé hacerlo bien… te lo aseguro… Pero chupar no… chupar no…

—Sí, cariño… vas a chupármela —dije, engreído—. Y te va a gustar…

—No, por lo que más quieras… no…

—Sí… cielito… ven aquí… no huyas…

Le capturé de nuevo la boca con la mía y sentí que sus labios húmedos se derretían dentro de los míos de puro ardor. Y de nuevo noté como su resistencia perdía fuerza, sus músculos quedaban fláccidos, su voluntad rendida a mis caprichos. Y comprendí que la boca de aquella chica era como la cerradura de una caja fuerte, si disponías de la llave adecuada, la puerta se abría sin resistencia.

No podía estar más excitado, pero descifrar aquel enigma imprimía una aceleración exponencial a mi calentura.

Aproveché su nula resistencia y empujé su cabeza con lentitud hacia mi entrepierna. Liberé mi asiento con la palanca inferior y lo empujé hacia atrás todo lo que pude.

Cuando sus labios rozaron el glande, un «Mmmm» de placer se me escapó. Ella me miró con los ojos vueltos hacia arriba y levantó la cabeza…

—¡Espera… no… no… para…! —exclamó.

—Por favor, María, ¿no ves que estoy a punto de… morirme?

—Una mierda… morirte… —respondió con la poca fuerza que le quedaba—. Tú lo que… eres… es un… asqueroso…

Eran palabras vacías, huecas, sin fuerza.

—Por dios, María, por lo que más quieras… chupa… chupa…

Mis ruegos consiguieron que por fin humillara la cabeza. Y cerró los ojos, abrió la boca y sacó la lengua. Y empezó a lamerme la polla con la punta de aquella lengua rosada y caliente. Y se veía que utilizarla se le hacía más tolerable que introducirse mi miembro entero en la boca.

—Lo ves como… te gusta…

—Mmmm…. —dijo ella por toda respuesta.

Solté un «ufff» de placer, arqueé la espalda y puse una mano sobre su cabeza. Y María empuñaba mi polla con la mano izquierda y empezaba a lamerla por la base. Y apoyaba su lengua sobre la piel y la mantenía quieta un momento. Y después comenzaba a subir, muy despacio. Y la mayor parte de la lengua seguía dentro de su boca, de forma que, según ascendía, acariciaba la superficie del tronco con la nariz, provocándome un cosquilleo excitante. Y pasaba la lengua. Y, después, el labio inferior seguía el surco de su propia saliva. Y cuando llegaba al glande, regresaba a la base, para volver a subir muy despacio.

—¡Joder! —dije, sin poder contenerme.

—¿Te… gusta…? —dijo con voz ahogada.

—¿Qué si… me gusta? —respondí—. Joder… María… me estás matando.

Continuó su faena. Y al finalizar el camino hacia arriba con la lengua, decidía pararse a succionar el glande.

Su actitud empezaba a cambiar, iba aceptando el juego poco a poco.

—Tu polla está muy dura… y muy… muy caliente… —dijo bajito, casi en un susurro. Me extrañó que ya no hablara con monosílabos, como era habitual en ella—. ¿Cómo puede estar tan… caliente?

—¿Te gusta, cariño…? —repliqué.

—Sí… mucho… pero me gustaría parar… por favor…

—No… no pares… verás cómo te gusta más cada vez…

Y ya no mamaba con timidez, sino con lo que casi parecía entusiasmo. Y tuve miedo de lo que pudiera pasar. Porque la veía envalentonada, dueña de la situación. Y porque si en ese momento decidía cerrar los dientes, iba a terminar en urgencias… y con ello se acabarían mi carrera y mi matrimonio. Y mi pene, asustado, sufría un encogimiento y decrecía un tanto. Y María lo pajeaba con suavidad y conseguía hacerlo crecer de nuevo, antes de volver a succionar de su cabezota.

De vez en cuando, María hacía un gesto sobre su pelo, coqueta, y se colocaba algún mechón tras la oreja, para que no le molestara. Y hacíamos un equipo perfecto. Yo la iba guiando y ella respondía como una buena chica.

—Así no… mejor así… ahora succiona… bien… ahora pajea… Mmmm… ahora chúpame los huevos… así… bien… ohhh… genial, María… la chupas de miedo… Ufff…

Mientras tanto, le había subido mi mano por la espalda y, levantándole la falda, le acariciaba le hendidura de la vulva desde atrás. Ella movía las caderas con pequeños espasmos y de vez en cuando soltaba un «aaah» o un «oooh» que me dejaba en calma. Y me calmaba porque si ambos disfrutábamos de aquel encuentro, veía menos probable un hundimiento de mi reputación.

Y volvía a pensar en ello y una corriente de aprensión me cosquilleaba en la nuca. Porque, aunque me había acostado con muchas de mis alumnas en los últimos años, todas habían ido al matadero sabiendo lo que las esperaba. Y también ellas ganaban algo a cambio. No como había ocurrido con María. Me estaba aprovechando de ella sin que ella lo desease.

Pero mi sangre hervía con tanta fuerza que no había forma humana de parar aquello.

Continuará...

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